El verdor que canta: Hildegarda y la mujer como cosmos
El verdor que canta: Hildegarda y la mujer como
cosmos
Crónica anímica — El lamento de Ariadna
Un poco antes del boom que el libro El mundo de Sofía del autor noruego
Jostein Gaarder abriera en los años 90 sobre la gran Hildegarda von Bingen, en los años 80 en la escuela de filosofía de la UCAB, ya el querido Maestro
Leovigildo García en la cátedra de filosofía medieval me había abierto el
horizonte numinoso de esta mujer médico, jardinera, filósofa, teóloga, poeta y
sobre todo músico que supo escuchar y traducir el canto del universo.
Más adelante como músico y perseguidor de lo inefable, seguí el hilo que
constituye el gran tejido sonoro que Hidegard hizo vibrar en mi caja de
resonancia —o alma—, vivencia que repliqué de alguna manera en muchos de los
borradores y escritos sobre la música. Más recientemente en los ensayos que
escribí sobre los libros El árbol que en ella muere de la poeta —curiosamente
también médico, jardinera y filósofa— Ana María Hurtado y, Bendito verdor
de la querida poeta María Teresa Ogliastri, pude ver con más claridad ese
tejido que además estoy ampliando con varias crónicas que tratan sobre el Eterno Femenino.
En plena edad media (siglo XII) o la llamada época del oscurantismo —contradictoriamente
a esta apreciación, el mundo multicolor y la luz, iluminaba el alma de la
humanidad a través de los vitrales de las catedrales medievales— existió una
mujer a quien el mundo le llegó primero por los ojos como luz y solo después se
dejó nombrar. Hildegarda de Bingen no tuvo, como tantos místicos, que renunciar
al cuerpo para alcanzar lo divino: lo divino se le reveló a través del
cuerpo, de la tierra, de la savia, del sexo, del canto. En ella no hay fractura
entre la carne y el espíritu —hay una sola sustancia luminosa que se despliega
en escalas distintas, y a esa sustancia ella misma le dio nombre: viriditas,
el verdor.
I. El verdor como fractal de lo divino
Viriditas no es metáfora decorativa. Es, en el vocabulario
de Hildegarda, la fuerza vital que atraviesa por igual la savia del roble, la
sangre menstrual, el fuego del alma contemplativa y la nota que asciende en el
canto litúrgico. Es la misma firma repetida en cada escala del ser —y aquí es
donde su intuición del siglo XII se encuentra, casi sin buscarlo, con una
intuición mucho más contemporánea: si la belleza tiene calidad fractal, si el
mismo patrón se repite desde la proporción de una hoja hasta la arquitectura de
una fuga de Bach, entonces Hildegarda fue una de las primeras en sentir
matemáticamente lo sagrado sin tener el lenguaje de Fibonacci para nombrarlo.
Su cosmos no es jerárquico sino resonante: Dios no está arriba y la hierba
abajo, sino que ambos vibran en la misma frecuencia de verdor.
Y no es casualidad que esta mujer fuera también médica y jardinera
botánica. En Physica y Causae et Curae catalogó plantas, sus
humores, sus usos curativos, con una atención empírica que hoy llamaríamos casi
científica. Pero para ella la botánica no era un saber aparte de la mística:
era la misma viriditas observada de cerca, la prueba palpable de que lo
sagrado se manifiesta en dosis, en raíces, en el pulso de un cuerpo enfermo que
sana. La monja que veía ruedas de fuego en éxtasis es la misma que recetaba
hinojo para el corazón. No hay dos Hildegardas. Hay una sola mirada que no
separó nunca el laboratorio del altar.
II. El cuerpo femenino sin vergüenza
Es en ese mismo tratado médico donde Hildegarda hace algo que casi ningún
teólogo de su siglo se atrevió: describe el placer femenino, la menstruación,
el deseo, con lenguaje fisiológico limpio, sin la sombra de culpa que dominaba
la teología agustiniana de la carne caída. Para ella el deseo de la mujer es
también viriditas —energía verde que busca su propia plenitud, no pecado
que deba contenerse. La sexualidad femenina no es la puerta de la caída; es
otra forma del mismo verdor que hace florecer el manzano.
Esto tiene una consecuencia enorme. Si el cuerpo de la mujer es ya, en sí
mismo, portador de lo sagrado, entonces su camino hacia la plenitud —lo que
Jung llamaría individuación— no necesita mediación masculina. En el Scivias,
la Ecclesia que Hildegarda pinta con palabras es figura autónoma, esposa y
madre a la vez, que no espera ser completada por un Adán. Es Sapientia quien
gobierna el cosmos, no un patriarca abstracto. La mujer, en Hildegarda, se
individúa hacia adentro de sí misma, siguiendo el hilo verde que ya la
habita, no reflejándose en el varón como espejo.
Aquí conviene detenerse, porque es el punto donde Jung y Hildegarda se
rozan sin haberse leído nunca. Para Jung, la individuación femenina suele
describirse —no sin cierta estrechez de época— a través del ánimus: la
mujer se completaría integrando su principio masculino interior, del mismo modo
que el hombre integra su ánima. Es un esquema especular, dependiente de la
polaridad. Hildegarda, ocho siglos antes, no necesita ese espejo. Su Ecclesia,
su Sapientia, no se completan integrando lo masculino: son ya, en sí mismas, la
totalidad simbólica que Jung llamaría Sí-mismo (Selbst). No hay
ánimus que rescatar porque no hay fragmento previo que reparar. Es una
individuación sin dialéctica de opuestos internos —una plenitud que se
despliega, no una síntesis que se conquista.
Esto no invalida a Jung; lo desborda. Si el arquetipo de la Gran Madre en
su cartografía suele escindirse entre polo nutricio y polo devorador —Deméter y
Kali, Isis y Lilith—, Hildegarda ofrece una tercera figura que Jung apenas
alcanzó a esbozar en sus últimos años, cuando empezó a hablar de la Sophia
gnóstica: la Madre-Sabiduría que no devora ni solo nutre, sino que gobierna.
Sapientia, en el Scivias, se sienta a legislar el cosmos. Es arquetipo
de soberanía, no solo de fecundidad. Ahí Hildegarda amplía el mapa junguiano de
lo femenino con una figura que el propio Jung, atrapado en su época, no llegó a
nombrar del todo: la mujer como Logos encarnado, no solo como Eros.
III. Sapientia y Sophia: la Sabiduría que cae y la
Sabiduría que gobierna
La Sophia gnóstica tiene una historia trágica. En los mitos valentinianos,
Sophia es el eón más joven del Pleroma, quien por un exceso de deseo de conocer
al Padre sin mediación cae fuera de la plenitud divina, y de esa caída nace el
mundo material —un cosmos imperfecto, engendrado por error, por pasión no
contenida. Es una Sabiduría que se precipita, que se fragmenta, que necesita
ser rescatada por su contraparte masculina, el Cristo-Logos, para reintegrarse
al Pleroma. Jung, en sus años tardíos —sobre todo en Answer to Job—, se
sintió atraído por esta figura precisamente porque encarnaba lo que él veía
como el drama inconcluso de lo femenino divino en Occidente: una Sabiduría
escindida, caída, a la espera de redención.
Hildegarda invierte el mito sin saberlo. Su Sapientia no cae: gobierna
desde el principio. En el Scivias y en el Liber Divinorum Operum,
Sapientia no es un fragmento errante del Pleroma que necesita ser rescatado,
sino la fuerza ordenadora que sostiene la creación entera, sentada en su propio
trono cósmico, vistiendo al mundo como se viste un cuerpo. No hay narrativa de
caída-y-redención en su Sabiduría: hay presencia continua, soberanía que no
necesita ser completada por lo masculino porque nunca se fragmentó de él. Donde
la Sophia gnóstica es drama, la Sapientia hildegardiana es cosmos ya
reconciliado.
Esto tiene una implicación honda para la individuación femenina. Si Jung
—siguiendo el rastro gnóstico— imaginó lo femenino divino como algo que debe ser
rescatado de su propia caída, Hildegarda ofrece el modelo contrario: lo
femenino divino nunca necesitó rescate porque nunca estuvo escindido de sí
mismo. Es una Sabiduría que no narra una herida original, sino una plenitud que
simplemente es, y que gobierna sin pedir permiso. La mujer que se
individúa siguiendo a Sapientia, no a Sophia, no tiene que sanar una caída
ancestral: tiene que reconocer una soberanía que ya le pertenece.
Y aquí el hilo se cierra con el verdor: si Sapientia gobierna, lo hace
vistiendo el mundo de viriditas —su reino no es abstracto sino orgánico,
se manifiesta en cada hoja que reverdece. La Sabiduría que Hildegarda canta no
reina desde la distancia: reina floreciendo.
IV. El contrapunto con Simone Weil: kenosis y
plenitud
Si hay una figura que permite medir la radicalidad de Hildegarda por
contraste, es Simone Weil, ochocientos años después. Ambas piensan el amor
divino no como sentimiento sino como fuerza física que actúa sobre el
alma con la misma necesidad que la gravedad sobre los cuerpos. Pero el signo de
esa fuerza se invierte por completo entre una y otra.
Para Weil, el camino hacia lo divino es la décréation: vaciarse,
adelgazar el yo hasta la transparencia, para que Dios pueda ocupar el espacio
que el ego abandona. Su espiritualidad es de sustracción —la atención pura como
forma suprema de la generosidad, el sufrimiento como umbral necesario, el
cuerpo como algo a trascender antes que a habitar. Hay en Weil una desconfianza
casi gnóstica hacia la carne, una urgencia por desaparecer para que lo absoluto
tenga lugar.
Hildegarda camina en la dirección exactamente opuesta. Su vía no es la
decreación sino la plenitud creciente: cuanto más verdor, más cerca de
Dios. El cuerpo no estorba a lo divino, lo revela. La mujer no se vacía para
dar lugar a Dios: se llena de viriditas y en ese llenarse ya es
teofanía. Donde Weil ayuna, Hildegarda florece. Donde Weil calla y espera,
Hildegarda canta con la voz entera. Son dos teologías del amor-fuerza que se
necesitan mutuamente para completarse: la kenosis de Weil como vaciamiento que
hace sitio, el verdor de Hildegarda como plenitud que se derrama. Una vacía la
copa; la otra la desborda. Ambas, sin embargo, coinciden en algo esencial
—ninguna de las dos concede que el amor divino sea sentimiento tibio: es fuerza
que actúa sobre la materia con la misma ley que rige a los astros.
Pensar juntas a Weil y Hildegarda es, quizás, sostener las dos orillas del
mismo río: el silencio que se ofrece y el canto que se derrama, la nada que
hace espacio y el verdor que lo colma.
V. El sonido que colapsa lo eterno en el instante
Y todo esto —el verdor fractal, el cuerpo sin vergüenza, la Sabiduría que
gobierna sin caer, el contrapunto con la kenosis de Weil— encuentra su
culminación en la música. La Symphonia armonie celestium revelationum despliega
una amplitud melódica que rompe las convenciones del canto llano de su época:
la voz busca físicamente alcanzar lo celeste, como si cada ascenso melódico
fuera un intento de hacer audible el verdor invisible. Su Ordo Virtutum —el
primer drama musical litúrgico conocido— reparte el canto casi enteramente
entre voces femeninas: las Virtudes cantan, y solo el Diablo, que no tiene
canto propio, grita. Es una teología sonora: lo femenino canta el cosmos; lo
que se opone al cosmos no tiene música, solo ruido.
Pensada desde una visión cuántica de la música, la monodia de Hildegarda no
describe lo trascendente: lo actualiza en el instante del canto, como un
estado que solo colapsa en la escucha. No hay partitura fija que contenga a
Dios —hay una posibilidad sonora que se hace real cada vez que una voz la
sostiene. Esa es, quizás, la intuición más adelantada de todas: ocho siglos
antes de cualquier física cuántica, Hildegarda ya sabía que lo sagrado no se
posee, se interpreta.
Coda
Queda, al final, una sola imagen para sostener todo el tejido: una monja
benedictina que ve ruedas de fuego, receta hinojo, dirige un coro de mujeres y
describe el placer sin pedir perdón. No hay contradicción en ella porque no hay
fractura: todo es el mismo verdor, cantado en registros distintos. Tal vez esa
sea la lección más honda que Hildegarda nos deja hoy —a quienes seguimos
buscando, en el amor, en la música, en la palabra, la fractal unidad de lo que
el mundo insiste en partir.
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