El hilo que asciende Crónica anímica sobre las advocaciones de lo eterno femenino
El hilo que
asciende
Crónica anímica sobre las advocaciones de lo
eterno femenino
Leyendo y vivenciando el maravilloso y revelador libro "El Tabernáculo como espacio sagrado de lo femenino" de la teóloga, psiquiatra y poetra hebrea Ruth Kara-Ivanov Kaniel, sentí una necesidad inoperiosa de recoger el hilo que su mano femenina sostiene y reinvindica. Hay una imagen perenne e interrumpido en el universo arquetipal: una mujer, sentada, hace pasar el hilo entre los dedos. Antes de ser símbolo fue oficio; antes de ser teología fue trabajo de manos. Y sin embargo ningún gesto humano ha sido tan persistentemente tomado y despojado a las mujeres que lo ejercían para devolvérselo, transfigurado, a lo divino. De ese despojo y esa devolución —de ese hurto que es también una resurrección— quiero dejar constancia aquí.
I. La casa que tejían para Ella
En el propio Templo de Yahvé, antes de la reforma de Josías, había mujeres
que tejían "casas" —בָּתִּים, vestiduras o pabellones rituales— para Ashera. No en un santuario
marginal ni en un altozano campesino: en el recinto mismo de la ortodoxia
yahvista, la consorte femenina de la divinidad tenía sus tejedoras. La reforma
deuteronomista arrasó esos talleres sagrados junto con los símbolos de la
diosa, y desde entonces la memoria bíblica los conserva únicamente como
corrupción a extirpar. Pero lo que se extirpa no se anula: se desplaza. Ashera
no desaparece del imaginario hebreo; migra. Y toda migración de lo sagrado deja
un rastro de hilo.
II. El rastro que sigue Sofía
El primer refugio de ese desplazamiento es la literatura sapiencial: Jojmá,
Sofía, la Sabiduría que "estaba junto a Dios" en el principio,
jugando ante Él, como una hija y como una arquitecta a la vez. Ya no teje casas
para una diosa cananea: teje ella misma la trama del cosmos. Bulgákov, Solovióv
y Florenski —los sofiólogos que tanto hemos conversado— no inventan esta
figura: la reconocen como memoria activa dentro de la propia ortodoxia, e
intentan devolverle carta de ciudadanía teológica sin romper la unicidad
divina. Su empresa, vista desde Ashera, no es una audacia moderna sino una
restitución: lo que el templo expulsó por la puerta del culto vuelve por la
ventana de la contemplación.
III. La niña que tejía el velo
Y entonces el hilo se hace carne en una niña. El Protoevangelio de
Santiago —apócrifo, sí, pero de una fuerza mitopoética que ninguna
canonicidad podría otorgarle— cuenta que María, consagrada al Templo desde su
infancia, fue sorteada entre las vírgenes para hilar la púrpura y la escarlata
del velo del Sancta Sanctorum. Y que hilando —con el huso todavía en la mano,
con el hilo aún tenso entre los dedos— recibió el anuncio del ángel. No es
casual que la iconografía bizantina la represente así, en el instante exacto de
la Anunciación, con la rueca. El texto y la imagen dicen lo mismo que decían
las tejedoras del templo de Josías: que lo divino femenino se manifiesta en el
acto de tejer, y que ese acto es también umbral. En María el hilo deja de tejer
un velo que separa el Sancta Sanctorum del mundo, y comienza a tejer un cuerpo
que los une. Es el "sí que teje" del que ya hemos hablado: la
libertad dialógica convertida en trama.
La hipótesis de Barker completa el círculo. Lo que Josías expulsó del
templo salomónico —la consorte, la Reina del Cielo, la Gran Señora— no fue
destruido sino exiliado a los márgenes del texto, para reaparecer siglos
después bajo un nombre nuevo y una teología distinta, en la Theotokos del
Concilio de Éfeso. La misma ciudad, adviértase, donde antes se veneraba a
Artemisa y donde María pasaría sus últimos días. El lugar no cambia: cambia el
nombre bajo el que se lo visita.
IV. La energía que hace danzar a Shiva
Cruzo ahora, no por filiación histórica sino por resonancia arquetípica
—comparatismo, no genealogía—, hacia el subcontinente indio. Allí Shakti no es
una advocación entre otras: es la energía misma sin la cual lo divino masculino
permanece inerte. Shiva sin Shakti, dicen los tántricos, es shava: un
cadáver. La diosa no acompaña la creación, la produce; el dios contempla, ella
teje —también aquí la imagen textil reaparece en el concepto de Maya, el tejido
cósmico de la apariencia—. Es la misma intuición que laten Ashera y Sofía,
llevada a su formulación más explícita: lo femenino no es el complemento de lo
divino, es su condición de posibilidad activa.
V. Las tejedoras sin frontera
El motivo no se detiene en el eje judeocristiano ni en el indio: reaparece,
con una fidelidad que ya no puede llamarse casualidad, en tradiciones que jamás
se tocaron entre sí. En el mundo celta, la doncella-cisne despoja su plumaje
junto al agua y, mientras es mujer, teje o hila para quien le ha robado esa
forma alada; su tejido es siempre reversible, siempre a punto de devolverla al
vuelo, y en esa reversibilidad —mujer que teje mientras aguarda recuperar su
naturaleza divina— hay algo que ya conocemos de Ashera exiliada del templo. En
Japón, Orihime —la Tejedora Celestial, identificada con la estrella Vega— hila
las vestiduras de los dioses al otro lado del Río Celeste, separada por decreto
de su amado Hikoboshi y reunida con él una sola noche al año: de nuevo el hilo
como mediación entre dos órdenes, tejido que une lo separado en lugar de
ocultarlo. Y en el mundo maya, Ixchel —a la que ya convocamos en El manto de
la espera— es simultáneamente señora del tejido, de la luna y del parto: la
misma mano que mueve la lanzadera rige la fertilidad y el ciclo lunar, como si
tejer, engendrar y medir el tiempo fueran, en el fondo, un solo gesto sagrado
ejercido por las mismas manos femeninas.
Ashera, Orihime, la doncella-cisne, Ixchel: ninguna depende de las otras
para existir, y sin embargo todas coinciden en el mismo símbolo. Es la prueba
más contundente de que no perseguimos aquí una difusión histórica sino un
arquetipo autónomo —el que Jung llamaría constelado independientemente allí
donde la psique humana necesita nombrar el vínculo entre lo divino, lo femenino
y el acto de tejer.
VI. La Shejiná, hermana cabalística de María
Hay todavía un cauce que corre paralelo al de Barker, y que llega desde la
propia tradición judía tardía. Ruth Kara-Ivanov Kaniel, estudiosa de la cábala
en la Universidad de Haifa, ha mostrado en "El Tabernáculo como espacio sagrado de lo femenino" (2023) que el Zohar lee la construcción del Tabernáculo
—la "casa" que se erige para que more la divinidad— en espejo con el
mito de la creación de Eva: ambos relatos comparten la misma imaginería de lo
femenino como morada que acoge la vida divina. Más aún, el Zohar vincula a Eva,
como "primera fuente", con los "vientres arcaicos" de la
Shejiná y de Biná —los grados femeninos de la propia divinidad en la cábala—,
de los que "florecen mundos nuevos": el Tabernáculo no es solo
residencia, es matriz cosmogónica.
Y Kaniel señala algo que cierra el círculo de un modo casi vertiginoso: el
Zohar reelabora explícitamente mitologías de diosas del Cercano Oriente antiguo
—Inanna, Ashera, Lilit, Hathor, Ishtar— para construir esa imagen de la
Shejiná, y lo hace en un desarrollo histórico paralelo al auge medieval del
culto mariano. Arthur Green, a quien ella cita, llegó a sugerir que el propio
culto a la Virgen pudo haber influido en la cristalización tardía de la Shejiná
como figura cuasi personal —hipótesis que Yehuda Liebes ha discutido—. Da igual
cuál dirección de la influencia se imponga: lo notable es que dos tradiciones
hermanas, la judía y la cristiana, elaboraron casi simultáneamente su propia
respuesta a la misma ausencia dejada por Ashera, cada una llamándola por un
nombre distinto —Shejiná, Theotokos— sin dejar nunca de mirarse de reojo la una
a la otra.
VII. Lo que nos eleva
Y el hilo llega, ya secularizado pero no menos sagrado, hasta el
Romanticismo. Goethe cierra el segundo Fausto con el coro místico que
proclama: Das Ewig-Weibliche zieht uns hinan —lo eterno femenino nos
eleva—. Después de la Ilustración, después de que la razón crítica hubiese
despojado a la teología de buena parte de su lenguaje mítico, la imagen vuelve
a emerger, ahora bajo la máscara de lo estético. No hace falta que Goethe conociera
a Ashera ni a las tejedoras del templo: el arquetipo, como enseña Jung, no
necesita transmisión histórica para reaparecer. Le basta con que exista una
psique humana capaz de anhelar, una y otra vez, una imagen redentora que
ascienda y no que domine.
VIII. El hilo que no se rompe
Ashera, Sofía, María, la Shejiná, Shakti, las tejedoras sin frontera, lo
Eterno Femenino: no son variaciones caprichosas sobre un tema, son un solo hilo
que la historia religiosa ha intentado cortar en más de una ocasión y que
reaparece, tenaz, cada vez con un nombre distinto y la misma función —mediar,
engendrar, elevar—. Cada supresión ha sido, vista con la distancia suficiente,
una preparación involuntaria de la siguiente epifanía. Lo que Josías arrancó
del templo, Salomón lo había cantado sin saberlo en el Cantar; lo que el Cantar
veló, Sofía lo pensó; lo que Sofía pensó, una niña lo hiló en Nazaret sin saber
que estaba respondiendo, con su sí, a una pregunta formulada siglos antes en la
lengua de un pueblo que había olvidado hacérsela conscientemente.
Quizá esa sea la única resurrección continua que nos ha sido dada
presenciar: no la de un cuerpo, sino la de una imagen que la conciencia humana
se niega a dejar morir del todo, porque intuye —contra toda evidencia histórica
de su propio olvido— que en ella se juega algo irrenunciable de lo que
significa ser engendrado, sostenido y, finalmente, elevado.

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