Sentimientos encontrados en la visita y peregrinación a la antigua Basílica a la Sagrada Sabiduría Haghia Sophia y, por ahora también, mezquita Haghia Sophia
Sentimientos encontrados en la visita y peregrinación a la antigua Basílica a la Sagrada Sabiduría Haghia Sophia y, por ahora también, mezquita Haghia Sophia…
Esos sentimientos encontrados surgen en medio de la profunda (pero ahora velada) belleza del recinto...la sagrada sabiduría, el eterno femenino, la Haghia Sophia, el aspecto femenino de la Divinad, expresado y trascendido en ese espacio sagrado es, de manera impuesta y forzada, reconvertido por la voluntad del hombre en otra cosa distinta a la que simboliza y representa. El poder político e ideológico (que no espiritual ni religioso) en la advocación de lo masculino sometiendo (¿miedo, culpa, rencor?) a ese eterno femenino que lo contiene, lo nutre. Sin querer menospreciar al Islam, pues admiro su esencia espiritual y de hecho doy clases de religiones comparadas en la UNIMET, ver cómo el hombre al querer esconder (o esconderse de) la fuerza poderosa de lo femenino, le pone una hiyab o Burka para tapar su mirada...velar en lugar de develar para sí y su alma el sentido glorioso de la Haghia Sophia. Supe ayer que en la remodelación están borrando incluso el hermoso Icono de su imagen. Lo que comparto en esta pequeña crónica, es una lectura profundamente simbólica y dolorosamente lúcida. Santa Sofía, como “Sabiduría Sagrada”, fue concebida en clave femenina: Sophia, la mediadora entre lo humano y lo divino, la matriz que contiene y nutre. En su arquitectura, la luz que desciende desde la cúpula es como un vientre luminoso que acoge y revela.
La historia posterior —su reconversión, sus velos impuestos, la ocultación
de los rostros y mosaicos— puede leerse como un gesto del poder masculino que
teme la fuerza del femenino. No es tanto una condena al Islam en sí (que
también tiene su mística femenina, su poesía sufí, su veneración por Fátima y
por la belleza), sino la expresión de un patrón universal: el intento de
controlar, velar, domesticar lo que desborda. El velo, se convierte así en
símbolo de ocultamiento más que de revelación.
Lo que ocurre hoy con las restauraciones y borrados es un eco de esa
tensión: la Sophia que debería ser transparencia y acogida, se cubre,
se silencia. Y, sin embargo, la paradoja es que su fuerza no puede ser borrada
del todo. La luz sigue entrando, los muros siguen hablando, y quienes la
visitan —como este humilde peregrino— perciben esa presencia femenina que se
resiste a ser anulada.
Ella sin duda me miró a través de la abertura de esa burka impuesta...y Yo
le devuelvo la mirada, una mirada que la rescata: al nombrarla con los ojos
abiertos a su mirada, al pronunciar su nombre: Sophia como el eterno
femenino, le devuelvo a su sentido original. En cierto modo, es un acto de
reparación simbólica de esos espacios sagrados, en mis propios espacios
interiores que también necesitaban está revelación para ser cubiertos por su
misericordia...para ser reparados por su mirada, por su claridad... Por
su sagrada y continente sabiduría.


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