El sayal y la sentencia: itinerario anímico de Juan de la noche


El sayal y la sentencia: itinerario anímico de Juan de la noche

Sobre la adaptación teatral de Alicia Álamo a la prisión y el cántico de San Juan de la Cruz, bajo la dirección y puesta en escena de Virgina Aponte


"Termino esta obra justo en el día de su muerte... Siento la necesidad de dedicar también esta obra a su memoria." — Alicia Álamo.


Antes de que suba el telón, Alicia Álamo ya nos ha enseñado su método: escribe guiada por una sincronía que no busca, la encuentra. La función empieza con una muchacha citando textualmente a la autora. Así, nos enteramos de que Álamo termina la obra el día en que murió Miguel Otero Silva —a quien había estado citando por San Juan de la Cruz— y ese mismo día resultó ser la fiesta de San Agustín, en vísperas del martirio de otro Juan, el Bautista, decapitado en el evangelio que se leería esa mañana en todas las iglesias del mundo. Tres Juanes se cruzaron —y se sigue cruzando— en un mismo umbral de agosto. La dramaturga no inventa el símbolo: lo recibe, y ese gesto de recepción —dejarse escribir por lo que se estaba ya tejiendo antes de que ella tomara la pluma— es la primera clave hermenéutica de Juan de la noche. La obra entera es, en el fondo, una meditación sobre esa misma pregunta: ¿quién escribe la vida de un santo, él o lo que a través de él se cumple?

Preludio: el útero de luz en la Sala Plural

Todo lo que sigue está escrito ya desde la memoria de haberlo visto, no solo leído. La versión que Virginia Aponte hizo de Juan de la noche con el grupo AGO Teatro, en la Sala Plural del Trasnocho Cultural de Caracas, replantea el texto de Álamo desde una escenografía esencial y minimalista, despojada, desnuda diría yo, y de un modo profundamente conmovedor convierte la luz misma en el elemento simbólico de ese tránsito que se constituye en la creación desde la oscuridad de la concepción hasta el nacimiento y el arribo a la luz. La sala entera se transforma en espacio uterino: en la oscuridad cerrada, casi total, los personajes van apareciendo, no entrando, con Juan de la Cruz en el centro y, más atrás, apenas emergiendo de la sombra como si estuviera dándolo a luz, Teresa de Jesús. Recordé entonces un verso que solté alguna vez en una hoja suelta —"la luz no se ve en la luz, se ve en la sombra"— y comprendí ahí, viéndolo encarnado en el escenario, que Aponte había puesto en escena exactamente esa ley óptica del alma: nada se revela sino contra su propio fondo oscuro. San Juan atraviesa la noche cumpliendo una dinámica genésica, de nacimiento, que es también la dinámica alquímica completa: del nigredo de la celda pasa, sin prisa, por el tránsito intermedio del albedo, hasta desembocar en el rubedo, la luz final que ninguna sentencia logró apagar. No es una lectura que yo le imponga al montaje desde afuera: es la propia gramática lumínica de Aponte la que la vuelve visible.

I. El tribunal: la conciencia contra la letra

La pieza se abre con la lectura de un decreto pontificio contra los descalzos, ley que cae sobre fray Juan como una losa administrativa, impersonal, "sin apelación alguna". Frente a Tostado y Maldonado —los dos rostros del poder institucional, uno frío y calculador, el otro colérico y literal— Juan no opone desobediencia sino una distinción de una precisión casi escolástica: obedezco, dice, pero la jurisdicción sobre mi conciencia es solo de Dios. Es el mismo gesto de Antígona ante Creonte, trasladado del derecho natural a la teología mística: hay una ley no escrita, anterior a toda ley escrita, y solo ella puede pedir la vida entera.

Lo que sigue es una escena de tentación con una arquitectura casi idéntica a la del desierto: Tostado no ofrece pan ni reinos, sino algo más sutil —un crucifijo de oro, "objeto santo por supuesto, de rico valor"— envuelto en la retórica de la compasión filial: vuestra madre es pobre, podría venderlo. Es la tentación perfecta porque viste de virtud (la piedad hacia Catalina Álvarez) lo que en realidad es soborno del alma. Juan besa la joya, reconoce su belleza —no es un iconoclasta, ama la obra bien hecha— y la devuelve con una frase que es a la vez rendición de cuentas y sentencia: "El que busca a Cristo desnudo, no ha de menester joyas de oro." Ahí está ya, en germen dramático, todo el programa de la Subida al Monte Carmelo: no el desprecio de la belleza, sino el desasimiento de ella como posesión.

II. El descenso: la cárcel como noche del sentido

Lo que Álamo pone en escena después no es propiamente un castigo sino un descenso, en el sentido casi chamánico del término: pérdida de nombre (Juan es despojado hasta de la camisa limpia), pérdida de lenguaje (no le dan tinta ni papel), pérdida de tiempo lineal (el ayuno se repite, la disciplina vuelve cada viernes). Es la nigredo alquímica hecho teatro: la materia se ennegrece antes de poder transformarse. Y es exactamente en ese fondo, cuando Juan no tiene "elementos para escribir" y debe "componer sus versos en la mente", que nace el poema. La dramaturga hace una afirmación silenciosa pero radical: la Noche Oscura no se escribe a pesar de la cárcel, se escribe porque hay cárcel. El poema no ilustra el sufrimiento, es la función psíquica por la cual el sufrimiento se vuelve símbolo y el símbolo, alimento. En términos junguianos: es la imaginación activa operando en su forma más pura, sin papel, sin testigos, como el único espacio de libertad que ni Tostado ni las Constituciones pueden confiscar.

Los dos carceleros —Jacinto y Juan de Santa María— no son intercambiables, y ahí está la sutileza dramática de Álamo. Jacinto es la sombra ordinaria: cree servir a la Orden, desconfía de Teresa ("tiene algo de bruja"), golpea a Juan y luego, a solas, pide perdón, avergonzado de su propia dureza. Es el hombre mediocre que la obra no condena sino que redime dentro de su mediocridad: "he tenido gran misericordia conmigo", le dice Juan, y con esa frase el santo hace por el carcelero lo que ningún tribunal hará por él. Santa María, en cambio, ya no custodia: acompaña. Trae agua, pregunta por las coplas, canta con él el estribillo "aunque es de noche". Es la sombra que se ha dejado tocar por lo numinoso hasta empezar a disolverse en amistad. Entre uno y otro, la obra traza la curva completa de cómo lo sagrado, sin un solo milagro visible, va humanizando a quienes lo rodean.

III. Teresa: la que teje y sostiene

La escena con Teresa de Jesús es el único respiro luminoso de la pieza, y no es casual que llegue como memoria, como luz azulada que separa a Juan del resto del escenario apagado: es la anámnesis de la madre, convocada precisamente cuando la carne más lo necesita. Hay un detalle que no puedo dejar pasar, porque toca una fibra que mi propia escritura ha venido tejiendo en otras crónicas: Juan dice de su madre y su hermano que "no han sido otra cosa que tejedores, no conocen otro oficio". Es Álamo, no yo, quien ha puesto el telar en el origen mismo de Juan de la Cruz —la pobreza como hilo, el oficio de tejer como herencia de sangre—, y sin embargo la escena con Teresa retoma ese mismo gesto en otro registro: son las monjas quienes "aderezan" el hábito de descalzo con sus propias manos, "puesto tanto amor" en cada puntada, que Teresa dice haber caído en éxtasis viéndolas coser. El sayal que Juan estrena es, literalmente, un tejido de amor femenino puesto sobre el cuerpo del futuro doctor de la noche oscura. La madre biológica pobre y tejedora, y la madre espiritual que enhebra hábitos de descalcez, se funden en una sola imagen: Sofía como la que hila la vestidura del alma antes de que el alma sepa que la necesitará.

Lo que en el texto de Álamo era ya símbolo, en el montaje de Aponte deja de ser figura retórica: los hábitos que visten a Juan, a los frailes y a las hermanas fueron elaborados, en la realidad, por las propias Carmelitas venezolanas del convento de Los Chorros, y son también ellas quienes grabaron los cantos que acompañan la obra desde el "en off". Lo histórico —el sayal tejido para el descalzo del siglo XVI—, lo espiritual —el hilo como símbolo de Sofía— y lo actual —una comunidad real de monjas venezolanas cosiendo y cantando para esta puesta en 2026— se funden en un mismo tejido sin costura visible. Y ese entrelazar no se queda en el vestuario: es el propio método de dirección de Virginia Aponte, que rehace la obra como quien teje con diálogos, monólogos y silencios elocuentes los mismos hilos que antes eran solo palabra escrita, hasta lograr que el cántico poético de Juan —tejido él mismo dentro del parlamento dramático— llegue a sonar, en su tramo final, como el primer llanto de un recién nacido.

Teresa aquí no consuela con sentimentalismo, corrige con humor ("no estamos para sardinas") y enseña discernimiento: si el fervor de un fraile lo aleja de sus oficios, "obligarle a comer bien es el mejor camino"; pero si el fervor persiste siendo obediente, "tal vez no es tal bobería". Es la voz del alma sabia que Jung llamaría anciana sabia, la que sostiene sin apagar el fuego del otro. Y su frase final de la escena —"Ten fuerte, sostén a los tuyos, Teresa", la palabra que ella misma escucha en su interior— revela que también ella, la maestra, obedece a una voz que la excede. Nadie en esta obra manda desde sí mismo; todos, tarde o temprano, reconocen una voz anterior a la propia.

IV. El cántico como acción, no como ornamento

Álamo hace algo poco común en el teatro hagiográfico: no cita la poesía sanjuanista como adorno lírico, la convierte en el único lenguaje verdaderamente eficaz de la obra. Cuando las palabras del proceso, las Constituciones, los decretos pontificios han agotado su capacidad de nombrar lo que ocurre, es el verso el que retoma la palabra: "¿A dónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido?" — el Cántico Espiritual irrumpe como el único idioma capaz de decir el abandono sin caer en la queja. Y hacia el final, cuando Maldonado trae la noticia de que Juan ha sido "desterrado" a Úbeda con una llaga que, dicen, "despide un delicioso aroma", la obra cierra con la estrofa de la Llama de amor viva: "muerte en la vida la has trocado". Es la fórmula exacta de la coniunctio alquímica y de la Pascua cristiana en una sola línea: la muerte que no cancela la vida sino que la transmuta. El cuerpo llagado que huele a rosas no es sentimentalismo hagiográfico, es el signo teatral de que la materia más baja —la carne enferma, abandonada— se ha vuelto el lugar mismo de la epifanía. Solve et coagula: la disolución en la cárcel se coagula, al final, en fragancia.

V. El epílogo: cuando la sombra se reconoce sombra

El hallazgo dramatúrgico más audaz de Álamo llega cuando el telón parece que ya podría caer: un diálogo, años después, entre Tostado y Maldonado, los mismos que condenaron a Juan. No hay arrepentimiento fácil ni conversión edificante; hay algo más interesante, una teología del papel necesario. "Pasaremos los dos a la historia como los torturadores de un santo", admite Tostado, y en vez de desesperar, encuentra ahí su propia vocación oculta: "es la única oportunidad que tienen los mediocres para lograrlo: contradecir a los héroes y los santos. Con ello contribuimos a engrandecerlos." Es una relectura extraordinaria del arquetipo del antagonista: ni Judas ni el verdugo quedan fuera de la economía de la salvación, son la resistencia necesaria contra la cual el individuo se define y se consuma. En términos junguianos, es el reconocimiento de la sombra como función indispensable del proceso de individuación del héroe —y, más audaz todavía, como camino propio, "anónimo", de santidad para quien la ejerció de buena fe. Maldonado no logra esa paz del todo; queda con su "cierta rebeldía" sin resolver, y Álamo tiene la honestidad de no forzarle una reconciliación completa. No todas las sombras se integran al mismo ritmo.

En la puesta de Aponte, este reconocimiento final de Tostado y Maldonado —esa admisión, tan trascendente, de la pureza inocente del santo que ellos mismos condenaron— no llega como un simple giro de guion, sino como el punto donde el largo tránsito uterino de la sala Plural por fin rompe fuera, como en los umbrales del parto donde la madre rompe la fuente: es el llanto que corona un parto. La dinámica genésica que empezó en la oscuridad cerrada del inicio —los cuerpos apareciendo de la nada, la luz que solo se deja ver en la sombra— encuentra su cumplimiento no en Juan, que ya cantaba desde la celda, sino en sus propios jueces, los últimos en nacer a la luz que negaron.

Cierre

Hay una verdad revelada gracias a la producción de Virginia Aponte: Juan de la noche no dramatiza un milagro: dramatiza cómo un lenguaje —el de la obediencia, el derecho canónico, el poder eclesiástico— se muestra insuficiente ante otro lenguaje que solo puede nacer en la oscuridad y sin papel. La cárcel no impide el poema, lo produce; los carceleros no permanecen carceleros, se dejan tejer por lo que custodian; y hasta los jueces, con los años, descubren que juzgar a un santo fue su forma —involuntaria, mediocre, pero real— de participar de la misma santidad que condenaron. Alicia Álamo, que empezó su obra dejándose escribir por una sincronía de fechas y nombres, termina construyendo una estructura donde nadie —ni el santo, ni la madre, ni el verdugo— actúa fuera de un tejido mayor que los sostiene a todos. Esa es, quizás, la noche que da título a la obra: no la ausencia de luz, sino la condición necesaria para que algo cosido con hilos invisibles empiece, por fin, a poder verse.


Agradecimiento

Quisiera resaltar y agradecer al equipo de creadores y productores que hicieron posible la aparición de la luz en la oscuridad inicial del teatro. Dirección general: Virginia Aponte Producción general: AGO Teatro Producción ejecutiva: Leopoldo Álamo Gordils Asistente de dirección: Rubén Herrera Dirección de actores: Wilfredo García Dirección técnica: Andrés Forero Coordinación y logística: Jesús Navas Vestuario y cantos: Hermanas Carmelitas de Los Chorros Promoción y RRPP: Charlot Prins y Jesús Navas Imagen: Goodman… a todo el maravilloso elenco:

  • Relatora: Charlot Prins / Natalia Djekki
  • Fray Juan de la Cruz: Eduardo Burger
  • Teresa de Jesús: Tetelo Fernández / Charlot Prins
  • Fray Jerónimo Tostado: Carlos Torres / Omar El Fakih
  • Fray Fernando Maldonado: Unai Amenabar / Wilfredo García
  • Fray Pedro: Andrés Forero / Jesús Navas / Omar El Fakih
  • Hermano Jacinto: Luigi Di Pietro / Omar El Fakih
  • Fray Juan de Santa María: Eduardo Muñoz / Rubén Herrera
  • Monja 1: Andrea Aparcedo / Natalia Djekki
  • Monja 2: Bárbara Mileo / Aibsel Timaure / Natalia Djekki

Y, por supuesto, a la Sala Plural, Trasnocho Cultural, Caracas.


Coda personal

No puedo cerrar esta crónica sin dejar asomar, aunque sea por un instante, el hilo que me ata a lo que vi esa noche en la Sala Plural. Llevo años trazando en Tejiendo el Ánima la individuación masculina como un tejido de arquetipos, y no es casual que haya sido precisamente el telar —el sayal cosido por manos de mujer, el hábito hecho por Carmelitas reales para un santo real— lo que más hondo me tocó del montaje. Como Juan, yo también dejé un oficio de leyes y de estrados por una celda más silenciosa, la del verso y del piano, y sé algo de esa noche donde no hay tinta ni papel y aun así el poema insiste en nacer. Ver a Tostado y Maldonado reconocerse, al final, no verdugos sino hilos necesarios de un mismo tejido, me devolvió una vieja certeza del arco del Rey Pescador que tanto he trabajado: la herida que no se elige es, muchas veces, la que termina tejiendo la vestidura definitiva del alma.

 

Comentarios

Virginia Aponte ha dicho que…
Ante un escrito como este no me queda otra que respirar desde mi oscuridad, para poder aspirar ese perfume que deja Juan de la Noche..esta crónica es luz..

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