Eirene: la paz que no es calma
Juan 14:27: La paz os dejo, mi paz os doy;
yo no os la doy como el mundo la da.
No se turbe
vuestro corazón, ni tenga miedo
En medio de una reciente tormenta profundamente emocional, mi hija espiritual —por su inminente bautizo— la querida poeta y dramaturga
Yoyiana Ahumada, de una manera asombrosamente sincrónica y, a razón de la
proximidad del ritual del sacramento, me hace esta conmovedora pregunta: Querido
Padrino, ¿Qué es «la paz de Dios»? ¿Qué significa «mi paz os dejo, mi paz os
doy»?
Esa pregunta como dije, en medio de mi propia tormenta ha sido vital y reveladora.
He aquí pues, el intento que hice para dar esa respuesta, no solo a ella sino a
mí mismo.
Querida ahijada. Tremenda pregunta, que no sé si podré responder. En el
griego del Evangelio la palabra es eirene, que traduce el
hebreo shalom — y shalom no es ausencia de
conflicto ni sosiego interior: es plenitud, integridad, algo restaurado a su
forma cabal. Cuando Jesús dice «mi paz os doy, no como el mundo la da» (Jn
14:27), está marcando explícitamente esa diferencia: la paz del mundo es
la que uno asocia con calma y serenidad — un estado psicológico, alcanzable por
técnica, por meditación, por ausencia de estímulo perturbador. Es real, pero
es efecto. La paz que él ofrece se presenta como causa, como algo
dado desde otro lugar, no cultivado desde dentro por disciplina propia.
Ahí está, me parece, el núcleo de lo que el ser humano busca: la diferencia
entre una paz que se logra (mediante práctica, respiración, desapego en
el camino budista, que es legítimo y profundo) y una paz que
se recibe como don, y que por tanto puede coexistir con la tormenta.
No es casualidad que inmediatamente antes de esas palabras Jesús diga «no se
turbe vuestro corazón» en un contexto de traición inminente, angustia, la cruz
por delante. Es una paz que no depende de que las condiciones externas o
incluso internas estén en calma. San Pablo la llama después «la paz que
sobrepasa todo entendimiento» (Flp 4:7) — literalmente algo que no es producto
de la comprensión racional ni del control emocional, sino que guarda y
custodia el corazón desde afuera de él.
Según Jung en su maravilloso libro sobre las religiones: la calma budista
opera más cerca del yo — apaciguar los movimientos de la conciencia, aquietar
el ego reactivo. La eirene de Jesús, en cambio, tiene la
estructura de lo que Jung llamaría una irrupción del Sí-mismo: no se conquista,
se es visitado por ella. Es potencia en el sentido literal — dynamis latente,
no estado sino fuerza disponible, que puede sostenernos incluso mientras el
alma sigue turbada en su superficie. Por eso Jesús puede decir «mi paz os doy»
y minutos después sudar sangre en Getsemaní: no hay contradicción, porque no
está hablando de anestesia emocional sino de un centro que no se desplaza,
aunque la periferia tiemble.
Ahí coincide, creo, con lo que he venido trabajando sobre las heridas, en
especial la de la cadera del Rey Pescador y la mía propia: una herida que no se
cierra, pero un centro — el Grial, si quiere — que permanece intacto y activo
precisamente en medio de la herida.
Desde lo poético, diría que esa distinción entre la calma budista y
la eirene cristiana es, en el fondo, la distinción entre dos
figuras retóricas distintas para nombrar lo inefable. La calma se deja decir
bien con metáforas de superficie y profundidad: el lago que se aquieta, la
superficie del agua sin viento, el fondo del océano donde no llega la tormenta.
Es una imagen espacial, casi geológica — se trata de descender, de encontrar el
estrato inmóvil bajo el estrato agitado. Toda la poesía contemplativa oriental
—el haiku, buena parte del misticismo apofático— trabaja con esa arquitectura
vertical: abajo, quietud; arriba, oleaje.
La eirene, en cambio, pide otra imagen: no la de profundidad
sino la de visitación. No es el fondo del lago, es alguien que entra al
aposento con las puertas cerradas —como el Resucitado en Juan 20— y dice «paz a
vosotros» precisamente porque las puertas estaban cerradas, por
miedo. La metáfora no es geológica sino dramática: hay un umbral, hay un antes
y un después, hay un sujeto que llega. Por eso el don, más que estado, tiene
estructura de acontecimiento poético — como el eucatastrofe
tolkieniano que tanto estoy estudiando: no es que el mal se disuelva o se
aquiete, es que irrumpe algo que lo desborda sin negarlo. El Rey Percador sigue
herido; pero llega el Grial.
Yo lo pensaría también con la imagen del canto en medio del
naufragio — que es casi arquetípica de las revelaciones que he venido
teniendo, como lo sentido y expresado en el coloquio Cruzar la niebla de
Espacio Interior — nombre por cierto que se aviene muy bien con la
dimensión que venimos vislumbrando. En ese cruzar la niebla, la niebla no
se disipa, el temblor no deja de ser temblor, y sin embargo hay una voz que
canta atravesándolo, no después de él. Ahí la paz no es la ausencia de
niebla sino el canto que la cruza. Mientras que la serenidad budista se canta
mejor como silencio — el poema que se calla para dejar oír el vacío — la paz
evangélica se canta como voz que sostiene la nota mientras todo tiembla
alrededor: no silencio, sino una melodía que no se quiebra, a pesar de las
tormentas.
Cierro este intento de respuesta a lo que es inefable por naturaleza con
algo que escribí escuchando al musico monje llamado Arvo Pärt en su conmovedora
Da Pacem Domine: la paz no es un estado estático. La paz es
profunda, es movible, es intensa. Es la armonía oscilante entre la intensidad
del alma y la intensidad del mundo. Su fuerza es aún más poderosa que la fuerza
de la violencia...Fuerza no necesariamente es violencia. No hay nada más
contundente y que tenga más fuerza que la paz.
Que la paz del Señor sea contigo


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