El órgano y el velo

Una crónica anímica sobre La condesa y el organista, de Cesia Hirshbein

20 sept 2026

Apertura: el tejido del eterno femenino

Una de las sincronías más reveladoras que he tenido en mi vida se ha producido leyendo el libro La condesa y el organista, de Cesia Hirshbein. Lo leí en las noches cerradas de trasnocho con umbrales de madrugadas, en medio de una revisión de duelos y heridas que se han venido actualizando justamente en este mes de septiembre. Pero tal vez lo más sugerente sea que todo esto se produzca en medio de una búsqueda —o más bien un encuentro— con mi propia ánima y la integración en plenitud, es decir más allá de la felicidad y la tristeza, de mi relación con lo eterno femenino como fuente de conocimiento y transformación de esas heridas en belleza.

Toda advocación del eterno femenino que he ido tejiendo —Ashera, Sofía, la Shejiná, Ixchel, el manto que espera— desemboca, lo sé desde hace tiempo, en una sola figura que las contiene y las excede: María. No la María dogmática de los manuales, sino la niña tejedora del Protoevangelio, que se parece tanto a la doncella que me habita, a la que hila el velo del templo con su propio cuerpo antes de saber que ese velo sería un día rasgado. Cuando tomé entre las manos La condesa y el organista, de Cesia Hirshbein, no leí primero una novela histórica sobre Bruckner: leí, sin quererlo, una nueva advocación de esa misma trama que vengo hilando —la del alma femenina que se ofrece como umbral entre lo terrestre y lo que trasciende la carne.

Porque hay una condesa en este libro, Henriette, inventada y sin embargo verdadera —como toda ánima lo es—, y hay un organista real, tosco de rostro «apretado como una papa cocida» y sin embargo capaz de dialogar con lo eterno. Y en ese contraste reconocí de inmediato mi propia juventud romana. Como esta no es una reseña literaria objetiva sino una crónica anímica, me voy a permitir unir e integrar mis vivencias más íntimas y personales con la vivencia conmovedora que se ha constituido con la lectura de este libro.

Roma: el conservatorio y la basílica

Estudié la obra de Bruckner académicamente en el Conservatorio Santa Cecilia, bajo la disciplina del mirífico Maestro, etnomusicólogo y musicólogo italiano Diego Carpitella, pero fue en un templo, no en un aula, donde Bruckner dejó de ser materia de estudio para convertirse en experiencia del alma. Me refiero a la Basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires, esa iglesia que Miguel Ángel hizo nacer del vientre mismo de las Termas de Diocleciano —ruina imperial convertida en nave cristiana, cuerpo pagano habitado después por otro espíritu—, y donde se guarda el órgano de estilo barroco francés más grande de Italia. Allí escuché el Te Deum de Bruckner en su forma más imponente: coro y órgano desbordando esa nave que ya era, antes de la música, una metáfora arquitectónica de la transformación.

No exagero al decir que aquella tarde el sonido no llegó a mis oídos como escucha sino como acontecimiento: el órgano como cuerpo resonante de lo divino, tal como después reconocería, ya adulto, en mi propia teoría de la música cuántica y la calidad fractal de la belleza. Bruckner ya me había enseñado, sin que yo lo supiera nombrar entonces, que la forma sinfónica puede ser redención del cuerpo imperfecto… mi propio cuerpo devenido aliento, viento que pasa por los tubos del órgano.

El duelo transfigurado

Fue justamente en esos años romanos, entre el conservatorio y esa basílica, donde el duelo se instaló en mí por primera vez con verdadero peso arquetípico: la muerte de la muchacha inglesa, flautista, Susan Bradley, cuya pérdida no cerré entonces, sino que dejé —como se deja una semilla en tierra oscura— cristalizarse en idealización. No fue un mecanismo de negación del duelo, lo he entendido después trabajando esto desde la individuación junguiana: fue el modo en que mi psique comenzó a tejer su propia ánima.

Aquella joven, soplando su flauta dulce —y soplando también mi alma—, su sonido de aire vivo saliendo de un instrumento de viento —contrapunto, curiosamente, del órgano de aire y tubos que la escuchaba resonar en la basílica esos mismos años—, se convirtió en la primera advocación personal de esa energía femenina que hoy reconozco habitándome, dándome aliento, en el sentido más literal de la palabra: anima como aliento, como ruah, como el soplo mismo del órgano.

La condesa y el organista: lectura anímica y sus resonancias en la penumbra

Hay libros que no se leen solo con la vista; se escuchan en el plexo y se padecen en el alma. Adentrarme en La condesa y el organista de Cesia Hirshbein no fue un mero recorrido analítico por la novela histórica, sino un descenso lento hacia los territorios del inconsciente, donde la belleza, el dolor y la memoria conversan a oscuras.

Desde las primeras páginas, sentí que la dimensión simbólica y poética de la obra operaba como un espejo de mis propios exilios. La condesa no es solo una figura de alcurnia; en mi lectura se reveló como el arquetipo del desarraigo: la añoranza de lo que fuimos, la búsqueda inútil del paraíso perdido —esa Habana colonial añorada por la condesa de Merlin desde la frialdad de los salones parisinos—. En su melancolía reconocí esa fisura humana que todos cargamos, esa sensación de estar atrapados en un presente que no nos pertenece del todo, sosteniendo una máscara de elegancia (la Persona) para ocultar el abismo que nos habita.

Allí es donde la música irrumpe, no como simple adorno, sino como la única vía de salvación ontológica. A medida que avanzaba en la lectura, la prosa de Hirshbein comenzó a sonar en mi mente con la gravedad de un órgano barroco. Entendí que el organista no toca para entretener, sino para conjurar lo inefable. Su instrumento, con ese aliento monumental que atraviesa la madera y el aire, se convirtió para mí en la voz misma de la transformación espiritual. Cada nota narrada funcionaba como un contrapunto polifónico: la tensión incesante entre el deber social y la pasión contenida, entre la fragilidad del cuerpo tísico y la eternidad del arte. La música en este libro es el lenguaje con el que el dolor aprende a cantar.

Al mirar el relato desde las profundidades de la psicología analítica, la historia cobró la forma de un proceso de individuación interior. La condesa y el organista dejaron de ser dos personajes distantes para convertirse en las dos mitades de mi propia psique: mi Ánima y mi Ánimus en un diálogo soterrado. El músico encarnó esa fuerza creadora y subterránea que desafía las convenciones; la condesa, el alma sensible que busca sublimar su Sombra —la enfermedad, el paso inevitable del tiempo y la finitud—. La trágica atracción entre ambos no es más que el intento desgarrador del ser humano por integrar sus opuestos y alcanzar una plenitud que el mundo cotidiano nos niega.

Al cerrar el libro de Cesia Hirshbein, me descubrí en un silencio distinto. La condesa y el organista me dejó la certeza de que el arte auténtico es siempre un acto de alquimia psíquica: un lugar donde la nostalgia se transforma en poesía, el sufrimiento en belleza armónica, y la lectura en un íntimo acto de autodescubrimiento.

Por eso la novela de Hirshbein me toca en un lugar tan preciso. La condesa Henriette y el organista Bruckner no consuman su amor —hay, dicen quienes ya la leyeron, desamor tanto como amor—, y sin embargo esa renuncia no es fracaso sino transfiguración: el amor humano trunco se convierte en obra, el ánima no poseída se convierte en fuente. Es exactamente el itinerario que yo mismo recorrí con la flautista inglesa: no la retuve, no la tuve, y sin embargo —o precisamente por eso— se volvió la piedra fundacional de mi propio manto interior, la primera hebra de ese tejido que hoy, décadas después, sigo hilando hacia María, la advocación mayor, la que teje el templo con su propio cuerpo y hace del velo rasgado no una pérdida sino un pasaje.

El órgano de Santa Maria degli Angeli, la condesa inventada de Hirshbein, la flautista real de mi juventud: tres husos de una misma rueca. Y en el centro, sosteniéndolos, la que desde niña supo tejer el velo antes de que nadie le explicara para qué serviría.

Coda con los ojos cerrados

Cierro el libro, cierro los ojos y cierro esta crónica donde la abrí: en el aliento. Porque si algo enseña el Ave Maria, WAB 7 —compuesto por Bruckner en Viena el 5 de febrero de 1882, no para gran coro sino para una sola voz de contralto y un solo teclado, casi en la desnudez de una habitación— es que lo sagrado no siempre necesita la nave entera de Santa Maria degli Angeli para manifestarse: a veces basta una voz de mujer y el aire que la sostiene.

La escuché también por primera vez en aquellos años romanos en que el aire mismo —su instrumento, la voz del contralto, los tubos del órgano barroco francés de las Termas de Diocleciano— parecía ser el único lenguaje común entre lo humano y lo que lo trasciende. En esta noche cerrada, en los umbrales de un amanecer que aún no llega, cierro los ojos y vuelvo a escuchar esa voz femenina conmovedoramente como si saliera de mi propia herida, en diálogo con una profunda belleza y, al hacerlo, no oigo una grabación: oigo aquel aire compartido. Y comprendo, leyendo hoy a Hirshbein, que Bruckner hizo con su condesa exactamente lo que yo hice, sin saberlo, con esa herida: no la retuvo, hizo una ofrenda de ella. Convirtió la ausencia en ofrenda, y la ofrenda, con los años, en advocación de ese Eterno Femenino con el Ave Maria, WAB 7, en su versión para contralto y órgano —la más cercana al color que yo recuerdo—, como quien no termina una crónica sino que la deja, como toda ánima verdadera, en aliento suspendido.

 

 

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