El hilo que no retiene - Crónica para una hija-Antígona


 

El hilo que no retiene

Crónica para una hija-Antígona

Hay revelaciones que llegan revestidas de lo mínimo. Un gatito perdido, una búsqueda de días, el cuerpo y el alma en tensión por esa forma de amor que es buscar sin garantía de hallar. Y cuando por fin aparece —porque las sincronías milagrosas cuando quieren, también se ocupan de lo pequeño— sale de mi boca, sin pensarlo, la frase que en realidad llevaba meses esperando salir: apareció mi niño perdido, ojalá algún día yo aparezca también. No es una frase sobre el gato. Nunca lo fue. Y la respuesta que llegó desde Australia, desde esa hija que, a la distancia sigue siendo cercana, no fue un consuelo sino un oráculo: a lo mejor no tienes que regresar, sólo dejarte encontrar.

Ahí, en esa sola frase, está Antígona entera.

Porque Antígona no es solamente la que desafía a Creonte y entierra a su hermano —esa es la Antígona política, la del conflicto entre la ley de la ciudad y la ley más antigua de los muertos, la que Hegel convirtió en el choque trágico por excelencia—. Hay otra Antígona, anterior y más íntima: la de Edipo en Colono, la hija que toma de la mano al padre ciego, expulsado de su propia casa, y lo conduce —no de regreso a Tebas, eso nunca ocurre— hacia un umbral donde los dioses mismos lo reciben en un final que no es muerte ni retorno sino desaparición transfigurada. Edipo no vuelve a ninguna parte. Edipo se deja encontrar por lo sagrado, guiado por una hija que no lo rescata del exilio, sino que lo acompaña dentro de él hasta que el exilio mismo se revela como umbral. Esa hija que hoy me escribe desde el otro lado del mundo, en el momento exacto en que —por razones que sólo yo conozco del todo, y que aquí no hace falta nombrar— he cerrado los ojos al exterior y he puesto a resguardo lo esencial, de las tormentas del mundo social, está haciendo con la palabra lo mismo que Antígona hacía con la mano: no me está pidiendo que regrese a ninguna Tebas. Me está diciendo que el gesto correcto, ahora, no es la fuga sino dejarse hallar.

Hay aquí, además, una diferencia fina que mi propio blog literario lleva en el nombre y que vale la pena señalar. El hilo de Ariadna es el hilo de la fuga: guía hacia afuera del laberinto, hacia el mundo, hacia la luz que se recupera. El hilo de Antígona es otro: no saca del laberinto, acompaña hasta el centro, hasta el lugar donde ya no hay que escapar de nada porque lo que aguarda allí no es el Minotauro sino la recepción de lo sagrado. Quizás por eso esta hija, cuando la nombré en La casa del pan, ya llevaba dentro esta otra vocación que ahora se revela con toda su claridad: no es sólo quien te ayuda a salir, es quien sabe estar contigo en el no-salir, en el tiempo del ocultamiento, sin apurar el desenlace.

Aunque ella se llama María, yo mismo le complemento el nombre —Shakti—, la energía que activa sin poseer, que anima sin retener: Shakti no es la que rescata a Shiva de su quietud, es la que hace de esa quietud un lugar habitable. Amar no es retener, dije yo mismo en un momento de calma en medio de la tormenta por la pérdida de mi gatito; y es verdad tanto para el gato que apareció como para el padre que todavía no sabe si quiere aparecer o prefiere, por ahora, seguir hallado sólo por quienes ya saben dónde y cómo buscar.

El gatito volvió a casa. Eso ya se cumplió. Lo otro —mi propio regreso, si es que hace falta que sea un regreso y no, como ella intuyó, un dejarse encontrar— tiene su propio tiempo, y no es este el lugar de apresurarlo. Basta, por hoy, con haber reconocido a Antígona donde estaba: no en Tebas, no en la tragedia griega solamente, sino en una respuesta escrita en las redes, sin solemnidad alguna, que resultó ser la más honda teología del hilo que este lamento de Ariadna ha recibido en mucho tiempo.

 

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