El manto de la espera Gestación, tejido y advocación de lo femenino
El manto de la espera
Gestación, tejido y advocación de lo femenino
Crónica anímica
I. El tiempo que no se mide sino que se gesta
Hay dos maneras de estar en el tiempo. Una es la del reloj: sucesión,
cómputo, flecha que corre hacia adelante y no regresa. La otra —más antigua,
más oscura, más fecunda— es la del vientre: tiempo que no transcurre sino que madura.
A esa segunda temporalidad la llamo espera, y quiero sostener aquí una
intuición que me viene acompañando desde hace tiempo: que lo femenino no tiene
la espera como uno de sus atributos entre otros, sino que la espera es
femenina en su estructura más honda, porque solo un cuerpo capaz de gestar
puede saber, desde dentro, que el tiempo vacío no es vacío en absoluto, sino
cámara de incubación de la luz.
La mujer que espera un hijo no cuenta los días como quien tacha casillas en
un calendario. Los habita. Cada jornada es, a la vez, ella misma y otra
cosa que se está formando dentro de ella sin que ella pueda apresurarlo,
dirigirlo, ni siquiera verlo. Ese saber —que hay procesos que solo se cumplen
si no se interrumpen, que la impaciencia es exactamente lo que puede matar lo
que está naciendo— es el saber de la espera. Y me parece que esa es la razón
profunda por la que el mito, una y otra vez, cuando quiere decir
"espera", dice "mujer que teje".
Porque, antes que símbolo, esto es literal. La matriz misma es un tejido.
Mes tras mes se construye una trama —el endometrio— que se hila con minuciosa
fidelidad, se sostiene unos días en su espesor de espera, y si no es fecundada,
se desteje y se derrama para volver a comenzar. Es, en el cuerpo mismo, el mito
de Penélope repitiéndose antes de todo mito: un tejer y destejer incesante que
no es fracaso ni desperdicio, sino la condición misma de posibilidad de que,
alguna vez, lo tejido no se deshaga sino que retenga —que la trama,
tocada por lo masculino, deje de destejerse y se convierta en morada—. La
matriz no espera vacía: teje su propia espera, ronda tras ronda, hasta que el
tejido encuentra aquello que lo hace quedarse y, quedándose, empieza a gestar.
Ahí, en ese umbral entre el destejer cíclico y el tejido que por fin se
sostiene, está ya cifrado todo lo que el mito luego contará con imágenes: que
gestar es, antes que nada, la culminación de una espera que supo tejerse a sí
misma sin desesperar.
II. Penélope: la que desteje para que el tiempo no
se cierre
Penélope es la imagen más pura de esta arquitectura. Rodeada de
pretendientes que exigen respuesta, que exigen que el tiempo concluya,
ella inventa un artificio asombroso: teje de día un sudario para Laertes y lo
desteje de noche. No es solo astucia contra los pretendientes —eso sería leerla
en clave meramente heroica, épica—. Es, en su fondo animico, la representación
exacta de lo que significa sostener una espera verdadera: un movimiento que
avanza y se retira, que construye y deshace, no por indecisión sino porque el
objeto de la espera —el regreso de Odiseo, la reunión de lo separado— no puede
ser forzado a cumplirse antes de su hora. El telar de Penélope es un útero
simbólico. Lo que allí se teje y desteje no es tela: es tiempo gestante, tiempo
que se niega a nacer prematuro.
Y hay algo más: Penélope no espera pasivamente. Su espera es obra.
Trabaja, hila, produce sentido mientras espera. Esto desmonta la lectura
empobrecida de la espera como mera resignación. La espera verdadera —la espera
femenina, la espera-gestación— es intensamente activa: es el cuerpo entero
puesto al servicio de un tiempo que no le pertenece del todo, pero que sin su
entrega no podría cumplirse.
III. Ariadna: el hilo que ata, el hilo que hiere
Si Penélope teje para que el tiempo no se cierre antes de hora, Ariadna
teje para que el tiempo —el laberinto, el descenso, la noche del héroe— tenga salida.
El hilo de Ariadna es cordón: cordón umbilical que conecta al que desciende con
la vida que lo espera afuera. Y como todo cordón umbilical, cumplida su
función, se corta. Ahí está la herida de Ariadna, abandonada en Naxos: el hilo
que fue vínculo se vuelve lamento, la espera que fue entrega se vuelve
abandono. Esto me parece central y no debe suavizarse: el mito no promete que
toda espera-tejido termine en reencuentro. A veces el hilo se rompe del lado
equivocado, y lo que quedó gestándose —la ilusión, el amor, el hijo simbólico
de esa unión— nace ya herido, ya en duelo.
Y sin embargo —y esto es lo que redime a Ariadna sin negar su herida— ella
misma se transfigura: la tradición la hace esposa de Dioniso, coronada entre
las estrellas. La herida del hilo cortado no cancela la dignidad de haber
tejido. La espera que no llega a su término esperado puede, aun así, gestar
otra cosa: una nueva identidad, un nuevo nacimiento que el sujeto no había
previsto cuando comenzó a tejer.
IV. Las tejedoras del universo
Detrás de estas figuras individuales está la imagen cósmica: las Moiras
hilando, midiendo y cortando el hilo de cada destino; Atenea —según nos cuenta
con una precisión casi litúrgica Christine de Pizán en La ciudad de las
damas— inventando el arte mismo del hilado y el tejido, esquilando la lana,
cardándola, devanándola sobre el huso, y levantando el primer telar para
tejerse su propio manto. Atenea, la doncella perpetua, la que permanece virgen
toda su vida precisamente porque su fecundidad no es la del vientre que concibe
de otro, sino la del intelecto y la mano que inventan el tejido mismo:
ella no espera que le tejan un destino, lo teje ella. Es la sabiduría
que se autoengendra.
Esto añade una capa más a nuestra meditación: hay una espera-gestación que
es biológica (Penélope aguardando el regreso, la mujer encinta), y hay una
espera-gestación que es noética, espiritual, artística —la del pensamiento que
se hila a sí mismo hasta dar a luz una forma nueva—. Ambas comparten la misma
estructura profunda: nada nace sin el tiempo del telar.
V. La doncella del manto: transfiguración por el
tejido
Y aquí llegamos a la figura que más me ha inquietado últimamente: la
doncella-manto, que aparece con sorprendente insistencia en tradiciones que no
se tocaron entre sí. La mujer-cisne de los mitos célticos, que se transforma
por medio de un manto hecho de sus propias plumas —el cisne como símbolo
alquímico de la unión de opuestos, del hermafrodita que reconcilia cielo y
tierra—. La doncella celestial de plumas en las tradiciones japonesas, que
desciende, se despoja de su manto y, al recuperarlo, regresa a su naturaleza
divina. Ixchel, en el mundo maya, señora del tejido, de la luna y del parto
—tejido y parto unidos en una sola advocación—. Y, coronando todas estas
figuras, la Virgen María, cuyo atributo es precisamente el manto: manto que
cubre y ampara a la humanidad, y que al mismo tiempo la preserva a sí misma,
virgen bajo su propio velo.
Lo que estas doncellas del manto tienen en común es esto: el tejido no es
un objeto que ellas poseen, es el medio por el cual ellas se
transforman a sí mismas. El manto es la espera hecha visible, hecha piel,
hecha segunda naturaleza. La doncella no espera pasivamente a que algo la
transforme desde afuera: teje su propio manto de transfiguración. Aquí la
espera y la gestación se funden por completo: esperar es tejerse a sí misma
hacia lo que aún no es, y ese tejido —una vez terminado— es el
nacimiento.
VI. La espera como gestación de la luz
Vuelvo entonces al punto de partida. La espera no es el vacío que precede a
la creación: es la creación misma en su fase invisible. Toda mujer que ha
gestado sabe —de un saber que no pasa por el concepto sino por el cuerpo— que
el tiempo de la gestación no es tiempo perdido a la espera de que algo
comience, sino el único tiempo en que ese algo puede, en efecto, formarse. Lo
que nace a la luz, nace porque hubo oscuridad suficiente, tejido
suficiente, hilo suficiente hilándose en la sombra del vientre o del telar.
Por eso el mito, con una constancia que atraviesa culturas que jamás se
encontraron —griegas, célticas, japonesas, mayas—, elige siempre la misma
imagen para decir "lo femenino que espera": una mujer con un huso, un
telar, un manto en las manos. No hay azar en esa coincidencia. Hay una verdad
antropológica y arquetípica que el mito custodia mejor que el concepto: que lo
femenino, en su advocación humana, es la memoria viva de que todo nacimiento
necesita su noche de tejido, y que quien sabe esperar sin desesperar —Penélope
destejiendo, Ariadna hilando el descenso, Atenea inventando el huso, María
cubriéndonos con su manto— no está perdiendo el tiempo: lo está gestando.
Coda
Queda, al final, el hilo cortado de Ariadna, que no quiero silenciar: no
toda espera se corona con el regreso esperado. Pero incluso esa herida —cordón
que se vuelve lamento— es parte de la misma trama. El manto, tejido o
destejido, cumplido o roto, sigue siendo el signo de que algo, en la oscuridad,
se atrevió a esperar.


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