«Belén Efrata» o La casa del pan…Crónica anímica de mi visita a la casa de María en Efeso.
"Totus Tuus" «todo tuyo» — lema mariano de Karol Wojtyła (San
Juan Pablo II)
"Y murió Raquel, y fue sepultada en el camino
de Efrata, la cual es Belén." — Génesis 35, 19 (Reina-Valera, 1909)
"El niño que no reconoció a su madre había
reconocido, sin saberlo, a la Madre."
I. El vitral y los maitines
Un niño de apenas seis años es dejado por su madre en un seminario de
sacerdotes salesianos en Bogotá. Casi tres años — una eternidad para ese niño —
en los que cada noche, sin excepción, soñaba con ella. Pero no soñaba con su
rostro de mujer: soñaba con una imagen que se erguía, silenciosa y luminosa,
como se yerguen las diosas en el umbral de los templos. No era el sueño el que
mentía; era ese niño perdido en la sombra quien aún no tenía nombre para lo que
veía.
Cada mañana, antes de que el frío de la sabana cediera, se levantaba a
escuchar los maitines. Los cantos subían hacia la nave como suben las plegarias
que no necesitan ser entendidas para ser verdaderas, y él, todavía envuelto en
el sueño de la noche anterior, miraba el vitral. La luz —esa luz particular de
las capillas donde el sol atraviesa el color antes de tocar el suelo— caía
sobre la imagen de María. No sabía entonces que estaba mirando, sin saberlo, el
rostro exacto que visitaba sus noches.
Un niño no distingue todavía entre la Diosa que sueña y la Madre que lo
sostiene. Esa distinción —la más antigua de la psique humana, la que Jung llamó
la proyección del ánima materna sobre lo divino— tardaría más de setenta años
en resolverse. Y se resolvería, como todo lo verdaderamente importante en una
vida, no en un análisis ni en una lectura, sino en un cuerpo caminando por una
ladera en Turquía, camino de retorno al centro del alma.
II. El no-reconocimiento
Cuando volví a Caracas, casi tres años después, mi madre estaba ahí,
esperándome. Y no la reconocí.
Confieso esto con el mismo pudor con que se confiesa una herida que ha
tardado toda una vida en cicatrizar: la mujer que soñé cada noche durante casi
mil noches no coincidió, al abrir los ojos, con la mujer real que tenía
delante. Había soñado con una imagen tan pura, tan elevada, tan diosa, que la
carne y el rostro concretos de mi madre no pudieron sostenerla. El sueño había
sido, sin que yo lo supiera, más fiel a la imagen soñada que a ella.
Esa falla de reconocimiento —ese instante en que el hijo mira a la madre y
no la ve— es quizás la herida seminal de mi vida entera. De ella nacieron,
andando los años, tres matrimonios en los que proyecté sobre otras mujeres esa
misma imagen incumplida. De ella nació también, sospecho ahora, cada iglesia
mariana que he visitado durante mi trayecto existencial en Italia, Francia, Inglaterra,
Grecia, Bolivia, Chile, Argentina, Colombia y Venezuela, buscando, sin saberlo
del todo, completar un reconocimiento que quedó suspendido en la infancia.
Hoy soy el único de mis hermanos que cuida de mi madre, que vela por ella
en la vejez. La rueda ha girado: el niño que no la reconoció es hoy el que no
la abandona. Pero, aunque esta crónica también es sobre ella, necesariamente
debe iniciar su recorrido, sobre la que sí sostuvo, sin interrupción, sin
fatiga y sin necesitar ser reconocida a cambio, esas mil noches de sueño.
III. La palabra de mi hija
Dieciséis años sin ver a María Alexandra —mi hija— ni conocer a mis nietos.
Dieciséis años son, en el tiempo del alma, otro exilio salesiano, otra Bogotá.
Cuando finalmente pude viajar a Australia y ella salió a recibirme, me
pidió algo que todavía me detiene el corazón cuando lo recuerdo: que la llamara
solamente María. No su nombre completo, no el diminutivo de la infancia. María.
Hablamos largamente, como se habla cuando hay dieciséis años de silencio
que rellenar. Le conté de mi madre, de aquel no-reconocimiento que había
cargado toda mi vida. Le conté también que mi alma —quizás mi vida entera— se
había salvado gracias a los sacerdotes que se ocuparon de mí en
Bogotá, que me formaron anímica y espiritualmente cuando ningún otro adulto
podía hacerlo.
Y entonces, tomando como referencia esos sueños consecutivos con mi madre
en forma de diosa, mi hija me dijo algo que ninguna teología ni ningún análisis
me había dicho antes con esa claridad:
—No han sido los sacerdotes quienes han velado por
ti, como el buen pastor que cuida a la oveja abandonada por su madre. Ha sido
la Virgen María quien siempre ha estado conteniéndote y sosteniéndote a lo
largo de tu vida. No era tu madre, ni una diosa, esa imagen en el sueño. Era
María.
No sé cuánto tiempo me quedé en silencio después de escuchar eso. Sesenta
años de sueños reordenándose en un instante. La Diosa sin nombre de mis noches
en el seminario tenía, después de todo, un nombre. Y ese nombre, por una de
esas coincidencias que Jung se negaba a llamar casualidad, era también el
nombre que mi hija había elegido para sí misma al reencontrarnos.
IV. Estambul: el umbral de la Sabiduría
Antes de que el cuerpo llegara a la casa, tuvo que atravesar un umbral. Así
ocurre siempre en los relatos verdaderos de iniciación: nadie entra
directamente al santuario, hay que cruzar antes un lugar de paso, un lugar
donde lo sagrado todavía no tiene nombre definitivo.
Ese lugar fue Santa Sofía. Basílica primero, mezquita después, y en su
piedra las dos vocaciones conviven sin anularse: Hagia Sophía, la Santa
Sabiduría, esa figura que la teología sofiológica —Bulgákov, Soloviov— situó
como el puente entre lo divino y lo creado, entre el Logos y la carne. Caminar
bajo esa cúpula inmensa, sentir cómo la luz cae de las cuarenta ventanas de la
base como cae en un vitral de capilla salesiana, fue —lo entendí después, no en
ese momento— un ensayo. La Sabiduría antes de la Madre. El Logos antes de la
carne que lo engendró.
Y muy cerca de ahí, la tumba de San Juan. El discípulo amado, el mismo a
quien Cristo, desde la cruz, encomendó a su madre: "He ahí a tu
madre" — y a ella: "He ahí a tu hijo". Esa entrega,
ese acto final antes de la muerte, es el origen mismo de todo lo que vendría
después en la ladera de Éfeso. Juan no solo recibió a María en su casa: la
recibió en su vida, la sostuvo hasta el final de los días de ella. Estar frente
a su tumba, sin saber todavía que en pocas horas subiría hasta la casa donde
ese cuidado se cumplió, fue como leer el prólogo de un libro cuyo capítulo
central yo estaba a punto de vivir en carne propia.
V. La ladera, la vereda, la estatua sin mano
Se sube a pie. Eso ya es parte del rito: nadie llega a la casa de María en
automóvil hasta la puerta misma; hay una ladera, y hay que caminarla. El monte
Koressos, cubierto de pinos, recibe al peregrino con una vereda flanqueada de
árboles que filtran la luz de un modo que —no puedo evitar decirlo— me
devolvió, sin previo aviso, a la luz filtrada de aquel vitral de Bogotá. La
misma luz, sesenta años después, esperándome al otro lado del mundo.
Aunque en varios puntos del camino está la figura de ella, en el pequeño altar de la casa hay una estatua de María a la que le falta
una mano, la primera, la original que fuera fundida en bronce para ese altar. El bombardeo de guerras sucesivas se la llevó, y nadie la ha
restituido. Me detuve largo rato frente a esa mano ausente. Hay algo
profundamente cierto, casi doctrinal, en una Virgen que sostiene sin poder
sostener con las dos manos. Toda madre verdadera —toda advocación verdadera—
carga la herida de lo que no pudo asir del todo. Mi propia madre no pudo
sostenerme durante esos tres años de Bogotá; y, sin embargo, según la
revelación de mi hija, hubo Alguien que sí sostuvo, con la mano que le queda,
lo que la ausencia dejó caer.
VI. La casa
La casa es pequeña. Eso sorprende siempre a quien llega esperando una
basílica: es una casa de piedra, humilde, restaurada sobre los cimientos de la
que —según la tradición confirmada por visiones de la mística Ana Catalina
Emmerick y sostenida luego por sucesivos papas— habitó María los últimos años
de su vida, acompañada por Juan.
Entrar es agacharse un poco, como se agacha uno al entrar en la propia
infancia. La habitación es pequeña, casi ascética. Y en el centro de la casa,
sobre un pequeño altar, está el rosario que dejó ahí Juan Pablo II —el papa del
Totus Tuus, del soy todo tuyo, de una consagración mariana tan
radical que hizo de su propio escudo pontificio una M bajo la cruz—. Me quedé
de pie frente a ese rosario un tiempo que no supe medir. Totus Tuus. Las
mismas dos palabras que hoy, en esta crónica y en esta vida que me queda, hago
mías sin reservas.
Detrás de la casa, en el pequeño bosque, las estaciones del vía crucis
jalonan un camino corto pero denso: la Pasión resumida en pinos y piedra, como
si el dolor necesitara también su propia vereda antes de llegar al descanso.
Fue en ese mismo bosque donde sentí, sin poder explicarlo del todo
entonces, que ahí había hilado María. No junto a un telar fijo o una rueca de
madera y hierro, sino al aire libre, entre los árboles, con la sencillez de
quien no necesita más taller que la luz filtrada y las manos libres. Las
visiones de Ana Catalina Emmerick recogidas por Clemens Brentano describen
justamente esa cotidianidad: una mujer que hila entre la vegetación, sin
ceremonia, como parte del ritmo mismo de sus días en la ladera. Y esa imagen se
enlaza con una tradición mucho más antigua, anterior incluso a los evangelios
canónicos: el Protoevangelio de Santiago, texto del siglo II, cuenta que los
sacerdotes del Templo de Jerusalén convocaron a siete doncellas puras de la
casa de David para tejer un nuevo velo del Sanctasanctórum, y que, a María, por
sorteo, le correspondió hilar la escarlata y la púrpura verdadera —los hilos
más costosos, los de más carga real—. La tradición sitúa además la Anunciación
en ese mismo gesto: mientras sus manos hilaban la púrpura del Templo, el
arcángel Gabriel le anuncia que en su vientre se tejería, en carne, el cuerpo
mismo de Cristo. El velo que sus manos de niña tejieron fue, según esa misma
tradición simbólica, el que se rasgó en dos el día de la muerte de su hijo
—abriendo, por fin, el paso entre lo humano y lo divino que ella misma había
tejido sin saberlo.
Hilandera del Templo, hilandera del bosque de Éfeso: la misma mujer, el
mismo gesto sencillo de las manos, atravesando los siglos. Y detrás de esa
imagen, otra más antigua todavía: el recinto consagrado a Asherá, advocación «arbórea»
del aspecto femenino de la Divinidad en los albores de la tradición hebrea,
donde —según constatan estudiosos como Michael Jordan en sus biografías de
María— las tejedoras e hilanderas del Templo ejercían su labor. Antes de ser
Madre de Dios, María fue niña hilandera, virgen consagrada al hilo. Y en ese
bosque de Éfeso, sintiendo esa presencia entre los árboles, entendí que el hilo
que ella tejió entonces es el mismo que yo he venido siguiendo, sin saberlo,
toda mi vida.
VII. La fuente
Hay tres fuentes en el recinto —tradicionalmente asociadas a la salud, el
amor y la prosperidad— pero lo que yo busqué, lo que mi cuerpo entero pedía sin
que yo se lo ordenara, fue simplemente el agua original. Bebí de ella. Y no me
contenté con beber: me empapé el cuerpo entero, ahí mismo, sin pudor, como
quien finalmente encuentra el bautismo que le fue debido y postergado.
Porque eso fue, entiendo ahora, escribiendo esto: un bautismo tardío. El
niño que miraba el vitral en Bogotá sin saber a quién miraba, el hombre que setenta
años después moja su cuerpo entero en el agua de la casa donde esa misma imagen
vivió sus últimos días — son la misma persona cerrando, por fin, un círculo que
se abrió una noche cualquiera de una infancia lejana. El sueño y el agua,
unidos al fin. La Diosa sin nombre de mis noches infantiles y el agua fría de
Éfeso son, ahora lo sé, la misma sustancia.
VIII. El atardecer de los peregrinos
Al final del día hay mesas dispuestas para quienes suben —peregrinos de
todas las lenguas y todas las prisas convergiendo, por una tarde, en el mismo
silencio—. Me senté a ver el atardecer desde ahí, todavía con el agua secándose
sobre la piel.
Hölderlin se preguntó, en tiempos que él mismo llamaba indigentes, wozu
Dichter in dürftiger Zeit — para qué poetas en tiempos de penuria. Yo,
sentado frente a ese atardecer en la ladera del Koressos, con setenta años de
sueños finalmente descifrados, creo tener una respuesta parcial: para esto.
Para poder, algún día, sentarse frente a la luz que cae sobre el monte donde
vivió la Madre y saber nombrar, por fin, lo que antes solo se podía soñar.
Me llevo en el corazón, a esta edad, la vivencia más conmovedora de mi
vida. No por lo que vi, sino por lo que finalmente reconocí.
IX. El hilo de Ariadna
Hay un hilo anterior incluso al de María, un hilo que ha estado conmigo
desde antes de que yo supiera nombrar ninguno de estos símbolos: el ovillo de
Ariadna, que le entrega a Teseo para que pueda salir del centro oscuro y
caótico del laberinto hacia la luz. No es casualidad que haya bautizado mi blog
con su lamento; algo en mí reconoció ese hilo mucho antes de poder explicarlo.
Ahora, escribiendo esto, entiendo mejor la imagen: el hilo de Ariadna es un
cordón umbilical. Sostiene al héroe mientras atraviesa la oscuridad, lo
mantiene unido a un origen, a una fuente, a un afuera que no se pierde aunque
el laberinto quiera hacerle creer que no hay salida. Pero cuando Teseo llega
por fin a la luz, corta el hilo. Ese corte no es traición ni olvido: es la
condición misma de nacer a la intemperie, de dejar de ser sostenido para poder,
en términos junguianos, conformarse a sí mismo —alcanzar el Self—.
Todo mi propio laberinto —Bogotá, el no-reconocimiento de mi madre, los
matrimonios donde busqué sin saberlo el rostro soñado, los dieciséis años sin
ver a mi hija— ha necesitado también su hilo y, en algún momento, su corte. El
hilo de María hilando la púrpura en Éfeso no me ató: me condujo. Y como Teseo,
he tenido que aprender que seguir el hilo hacia la luz implica, tarde o
temprano, soltarlo —no por ingratitud, sino porque ningún hilo, ni siquiera el
más sagrado, puede sustituir el nacimiento final a la propia luz.
X. El manto de las doncellas
El tejido de María no está solo. Pertenece a una familia arquetípica mucho
más amplia que asoma en casi todas las tradiciones humanas: la doncella del
manto, la virgen tejedora cuyo poder reside precisamente en no entregarse, en
permanecer consagrada a su propia labor de tejer y destejer el mundo.
Los mitos celtas hablan de la mujer-cisne, cuyo medio de transfiguración es
un manto hecho de plumas; el cisne, símbolo alquímico de la unión de opuestos,
del hermafrodita primordial, convierte ese manto en umbral de transformación.
Curiosamente, en las tradiciones asiáticas —muy en particular la japonesa, con
la doncella celestial Izanami— aparece la misma figura: la doncella cuyo manto
de plumas es a la vez su poder y su condición de exilio entre los hombres.
Pero la advocación de la doncella-manto que más me representa es Atenea,
entre las tejedoras del universo griegas —hermana simbólica de las Moiras, que
hilan y cortan el destino mismo—. Christine de Pizán, en su Ciudad de las
damas, atribuye a Atenea nada menos que la invención misma del arte de
hilar y tejer: esquilar, cardar la lana, devanar la madeja, construir el telar.
Una inteligencia que todo lo abarca y que, precisamente por abarcarlo todo,
permanece virgen-doncella toda su vida. Y en el continente americano, resuena
la misma advocación en Ixchel, la diosa maya del tejido, la luna y la medicina.
Todas estas doncellas del manto son, a su manera, la misma mujer: la que
teje y desteje la trama visible e invisible del mundo, la que se cubre a sí
misma con el resultado de su propio poder. Y en mi propia genealogía simbólica,
esa figura ya tenía nombre antes de que yo llegara a Éfeso: Leucotea, la Diosa
Blanca del manto, que salva a Odiseo del naufragio y le permite llegar a su
centro transfigurado. María, hilando entre los árboles del bosque efesino, no
inaugura esta estirpe: la culmina.
XI. Las mujeres y las madres perennes
Y sin embargo, ninguna de estas figuras —por arquetípicas, por sagradas que
sean— sustituye a las mujeres concretas que han sostenido mi vida real. Mi
hermana Ruth, presencia perenne desde la infancia. Mis dos abuelas, y las mujeres
que de alguna manera me otorgaron esa fuerza vital que sostuvo mi búsqueda. Pero
sobre todas ellas, Elizabeth Schön: poeta, madre nutricia y continente. Si
Homero le dio a Odiseo, al regresar transfigurado y disfrazado de mendigo a su propia
casa, una sola persona capaz de reconocerlo antes que nadie —Euriclea, la
nodriza, que lo identifica por la cicatriz en el muslo mientras le lava los
pies—, Elizabeth Schön fue mi Euriclea. Ella me reconoció cuando yo mismo
apenas empezaba a reconocerme, y en ese reconocimiento marcó, sin saberlo
entonces ninguno de los dos, el camino final que terminaría llevándome hasta
Éfeso.
Hay algo que no puedo dejar de subrayar: mi madre no me reconoció —no pudo,
o yo no pude ser reconocido por ella— al volver de Bogotá. Pero la vida,
generosa incluso en sus heridas, me dio otras Euriclea: Elizabeth Schön entre
ellas, Ruth, mis abuelas, mi propia hija María devolviéndome por fin el nombre
de lo que soñé. El reconocimiento negado en un umbral se cumplió, hebra a
hebra, en otros tantos.
Coda: Belén, la casa del pan
Hay un nombre que no he dicho todavía en esta crónica, y sin el cual
quedaría incompleta: mi madre, la mujer que dejó a sus tres hijos en una ciudad
extraña —a mi hermana mayor en un convento de carmelitas, a mí en el seminario,
a mi hermano de apenas diez meses al cuidado de mi abuela—, se llama Belén.
No sé, y quizás no me corresponda saber del todo, qué fue lo tremendo que
la obligó a ese desprendimiento triple. Esa historia pertenece a otra crónica,
a la figura de mi padre, y no voy a invadirla aquí. Lo que sí me corresponde, a
esta altura de la vida, es la compasión: sostener a mi madre —hoy, a sus
noventa y ocho años, siendo yo el único de mis hermanos que la cuida y vela por
ella— sin necesitar ya entender la causa de aquel abandono para poder amarla
sin reservas.
Y entonces el nombre revela lo que la biografía había ocultado. Belén
— Beit Léjem, la casa del pan— es la ciudad donde nació Aquel que se dio como
pan partido, y es también, según el Génesis, el lugar donde murió Raquel dando
a luz a Benjamín, la matriarca llorando por sus hijos en el camino, sepultada
junto al mismo sendero que lleva a la casa del pan. Mi madre, sin saberlo,
lleva en su nombre las dos verdades que le tocó vivir: la de la mujer que da la
vida a un precio altísimo, y la de la casa —la casa, como la de Éfeso—
que alimenta aun después de la ausencia.
Esta reparación de lo femenino no se detiene en mí. En Australia, con mi
hija —con María—, entendí que ya no era solamente su padre: soy también el
abuelo de su hija Anabelle, mi nieta amada. Cuatro generaciones de mujeres se
tienden así la mano a través de mi propia vida: Belén, que me dejó sin saber yo
por qué y a quien hoy cuido con un amor que ya no exige explicaciones; María,
mi hija, que me devolvió el nombre verdadero de lo que soñé cada noche en
Bogotá; y Anabelle, mi nieta, en quien el círculo vuelve a abrirse hacia el
futuro en lugar de cerrarse sobre el pasado.
Lo femenino humano y lo femenino sagrado, que en mi infancia se
confundieron sin que yo pudiera nombrarlos, han quedado por fin reconciliados
en su sentido más abarcante. Incluida, con toda la misericordia de la que soy
capaz a esta edad, mi madre.
Y ahora entiendo que todo este viaje ha sido, en el fondo, un seguir el
hilo. El mismo hilo de púrpura que María hiló entre los árboles de Éfeso —el
que tejió, según la tradición más antigua, su propio ingreso a la historia
sagrada— es el hilo que yo he venido siguiendo, sin saberlo, desde aquella
infancia en Bogotá. Lo femenino sagrado no se impone: se hila, hebra a hebra, a
través de generaciones y de siglos, hasta encontrar la mano que sepa
reconocerlo. Mi propio Tejiendo el Ánima —el nombre que le di, hace
tiempo, a mi camino de individuación— no era entonces una metáfora. Era ya una
premonición de este hilo real, tejido primero en Jerusalén, tendido después
hasta un bosque en Éfeso, y llegado finalmente hasta mí.
Y en ese hilo cabe también Belén. Porque cuando Jesús, ya en el umbral
final de su vida, la muerte y la resurrección, le dice a su madre desde la cruz
"he ahí a tu hijo", y a Juan "he ahí a tu madre",
no está solamente entregando el cuidado de un hijo a un discípulo: está
tejiendo una nueva hebra de parentesco donde la sangre ya no basta y hace falta
el amor elegido para completar el lazo. Ese mismo gesto —encontrar en otro el
hijo o la madre que la sangre sola no terminó de darnos— es el que yo he vivido
con la mía. El niño perdido en la sombra, sin madre reconocida durante tantos
años, ha regresado por fin a la trama, al tejido de su propio destino, el
retorno a la matriz viva de Belén, no como quien vuelve a una deuda pendiente,
sino como quien llega, por fin, a ese centro esencial ya arremansado y
despojado de reproche para abrazarla y escuchar una voz dulce y conmovedora que
me dice Madre he aquí a tu hijo…hijo he aquí a tu madre
Totus Tuus.

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