Leucotea, o el velo que no se retiene
Leucotea entrega el velo a Ulises: Friedrich Preller el Viejo (1804–1878)
Leucotea,
o el velo que no se retiene
Crónica anímica
Hay un instante en el Canto V de la «Odisea» que la tradición ha preferido
pasar de largo: Ulises, deshecho ya por Poseidón, aferrado a los restos de una
balsa que el mar ha convertido en astillas, ve emerger junto a él un ave. No es
un pájaro cualquiera. Es Ino, la que fue mortal y enloqueció, la que se
arrojó al abismo con su hijo en brazos y que el mar, en vez de tragarla,
transfiguró en diosa. Ahora se llama Leucotea —«la diosa blanca»— y lo primero
que hace no es rescatarlo, sino desnudarlo. Le ordena soltar la balsa, quitarse
la ropa que Calipso le dio, y atarse al pecho su kredemnon: el velo que
cubre su cabeza divina. Con una condición inapelable: una vez alcanzada la
orilla, deberá devolverlo al mar sin volver la vista atrás.
Christopher Nolan, en su relectura reciente, ha reavivado el interés por los rostros femeninos que impulsan y determinan el regreso de Ulises —Penélope, Calipso, Circe, Nausícaa—, pero como tantas versiones anteriores, deja a Leucotea en la penumbra. Y, sin embargo, de todas las figuras femeninas del poema, es ella quien opera el gesto más decisivo: no seduce, no retiene, no juzga. Interviene en el segundo exacto de la disolución total y presta —solo presta— la forma que hace posible atravesarla.
Para integrar la extraordinaria versión de Nolan —y llenar así la omisión— con las crónicas Marianas que he venido relatando humildemente a lo largo de mi propia Odisea o Nostos personal, he querido
escribir una nueva crónica anímica para resaltar a este arquetipo femenino tan nuclear, vital e importante en el recorrido odiseico, siendo
además de manera asombrosamente sincrónica, la que confirma el nombre de la editorial que he venido forjando durante más de 30 años: La Diosa Blanca.
La herida que se hace función
Leucotea no llega a esa orilla marina desde la indemnidad. Llega desde su
propia catástrofe. Antes de ser diosa fue Ino, hermana de Sémele,
perseguida por la locura que Hera le impuso como castigo, la que vio no
haber otra salida que el salto al mar con su hijo Melicertes entre los
brazos. Es, en el linaje profundo del mito, una hermana del Rey Pescador:
aquella cuya herida —lejos de inhabilitarla— se convierte en la fuente exacta
de su poder de sanar a otro. No protege «a pesar de» haber naufragado. Protege «porque»
naufragó primero.
Hay algo aquí que reconozco, en la lógica misma de la individuación: lo que
el «yo» experimenta como aniquilación —la locura, la pérdida del hijo, el salto
al vacío— no queda sepultado sin más. Se transfigura, y desde esa
transfiguración regresa como «función» al servicio de otro náufrago. La herida
no cicatriza en silencio: se convierte en velo.
El velo como umbral, no como posesión
El kredemnon que Leucotea entrega merece detenerse en su conmovedora
simbología. En Homero, la misma palabra nombra tanto el tocado que ciñe la
cabeza de una mujer como las almenas que coronan una ciudad amurallada: es, en
ambos casos, lo que protege un límite, lo que señala dónde termina lo
vulnerable y empieza lo resguardado. Al atárselo al pecho —no a la cabeza, sino
sobre el corazón—, Ulises recibe una protección que no es armadura sino textil:
no rechaza el golpe, lo absorbe y lo deja pasar.
Y está la condición: devolverlo al mar sin mirar atrás. Es la misma ley que
rige a Orfeo, a la mujer de Lot, a tantos umbrales míticos. El don de lo
femenino numinoso no se capitaliza, no se convierte en trofeo ni en posesión
permanente. Se recibe, opera, y se restituye. Quien intenta retenerlo
—convertirlo en talismán, en propiedad, en prueba— traiciona su naturaleza, que
es la de puro tránsito. Ulises sobrevive exactamente en la medida en que
suelta: suelta la balsa, que era su última construcción racional, su tecnología
de control frente al mar; suelta después el velo mismo, una vez cumplida su
función. Dos desprendimientos, no uno. La tormenta no se atraviesa con más
dominio. Se atraviesa —como dijo el filósofo existencialista Søren Kierkegaard y
reitera Nolan en la boca de Calipso— ejecutando «un salto de fe», entregándose,
desnudo, a una envoltura prestada por una diosa que ya conoció el mismo abismo.
Leucotea frente a Poseidón
Conviene mirar la pareja que forman. Poseidón es el padre iracundo, el que
castiga sin tregua, el mar que devora. Leucotea es su contrafigura exacta: no
otro mar, sino el mismo mar en su función continente. No hay dos elementos en
pugna —hay un solo abismo que puede matar o puede sostener, según qué arquetipo
lo habite en ese instante. La tormenta y la salvación comparten el agua. Esto,
creo, es lo que casi ninguna relectura moderna se atreve a sostener: que el
peligro y la gracia no son opuestos que se combaten desde fuera, sino dos
rostros de una misma fuerza, y que el tránsito depende de cuál rostro se deje
aparecer. Aunque Nolan integra este gesto como impulsado por Calipso, la
verdadera «curadora herida» es La Diosa Blanca: Leucotea.
El hilo que se repite: Leucotea y Penélope
Aquí llego a lo que más me conmueve de tu pregunta. El kredemnon de
Leucotea y el histos de Penélope —el telar donde teje y desteje, durante
veinte años, el sudario de Laertes— no son símbolos distintos. Son la misma
sustancia anímica operando en dos regímenes de tiempo.
Leucotea teje —o más bien presta, en un solo gesto— un velo para el umbral
agudo: el instante del naufragio, la crisis que se resuelve en horas. Penélope
teje, deshace y vuelve a tejer para el umbral crónico: la crisis que se
sostiene durante años, noche tras noche, para que Ítaca no se disuelva en el
olvido ni en la usurpación de los pretendientes. Una opera en la urgencia del
mar abierto; la otra en la paciencia de la casa cerrada. Pero ambas usan el
hilo —urdimbre, velo, mortaja— como la única tecnología capaz de demorar la
disolución cuando la razón masculina, sola, ya no alcanza. Poseidón destruye
con el mar; Leucotea salva con un textil arrancado del mismo mar. Los
pretendientes devoran el patrimonio de Ulises con impaciencia; Penélope lo
preserva con un textil que nunca termina de completarse.
Dicho en los términos que hemos venido tejiendo en otros umbrales: si
Penélope es el anima que aguarda —la permanencia que sostiene la forma mientras
el héroe se pierde y se rehace en el mundo—, Leucotea es el anima que irrumpe:
el Self que se manifiesta exactamente en el segundo de la disolución del yo,
bajo forma de ave marina y de velo prestado. No hay regreso de Ulises a sí
mismo sin las dos. Sin Leucotea, no hay cuerpo que llegue a la orilla. Sin
Penélope, no hay orilla a la que valga la pena llegar.
Stella Maris
No puedo dejar de nombrar lo que algún lector consecuente ya intuye:
Leucotea, la diosa blanca del mar que rescata a los náufragos con un velo
ceñido al pecho, es una de las prefiguraciones paganas más directas del título
mariano Stella Maris —estrella del mar, patrona de quienes
naufragan—, el mismo título que ha venido tejiéndose en mi crónica sobre la
Virgen del Carmen y en la trama de La casa del pan. El hilo no se
interrumpe entre el Egeo homérico y Éfeso: cambia de nombre, cambia de culto,
pero conserva el gesto —una mujer que ya conoció el abismo, y que, desde ahí, y
solo desde ahí, puede tender el velo que salva a otro de su propio naufragio
existencial; en mi caso un hombre que empieza a entender con su regreso al
centro de la esencia, el tejido de su alma.
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*Nota para el lector: esta crónica se inscribe en la serie de indagaciones
marianas y arquetipales del autor, en diálogo con el poemario Tejiendo el
Ánima y con la crónica La casa del pan.
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