El río, la piedra y el velo

 


El río, la piedra y el velo

Crónica anímica y "abarcante" de Efeso escrita como carta dirigida a mi propia Ánima (en esta crónica-carta la llamo Sophia)... tejido que se expande sobre mi, en esta segunda estación de mi nostos efesino, la otra cara de la moneda de la Casa de María — esta vez no el monte de la quietud mariana, sino la ciudad-cruce donde el mito, el poder, el logos griego y el Verbo cristiano se tocan sin fundirse del todo, como los hilos que conforma la trama de mi centro.

La caída ante la Diosa

Querida Sophia escribo para ti está crónica o más bien carta, en el pergamino que se constituye sobre el tejido que has venido tramando en el centro de mi ser. No fue casualidad, fue *anábasis* al revés: uno no sube al templo de Artemisa, uno cae ante él. Así me ocurrió. Entre las columnas dispersas del Artemision —esa maravilla que cuadruplicaba al Partenón, sostenida alguna vez por más de cien fustes de mármol— tropecé con un escalón invisible y fui a dar de bruces contra la tierra que ya había recibido, siglos atrás, la misma postración de tantos peregrinos. Al levantar el rostro, no me encontré con una piedra: me encontré con Ella. Con lo femenino en una de sus advocaciones más antiguas y más arquetípicas, la cazadora y la nodriza fundidas en una sola diosa anatólica-helénica, señora de la fertilidad y de la distancia.

Y ahí, de rodillas sin haberlo decidido, le pedí perdón. No por mí, sino por Eróstrato, aquel que incendió el templo no por odio sino por la vanidad más pura: quemar la obra para que el nombre sobreviviera al fuego. Le pedí perdón a la Diosa por esa forma tan humana —tan actual— de querer perdurar destruyendo lo que no se puede poseer. Confieso, Sophia, que sentí que ese perdón no era solo mío: era el perdón que toda una civilización todavía le debe a lo femenino que quiso reducir a cenizas cuando no pudo comprenderlo.

El río que sí se repite

Caminé después hacia el pórtico donde se cree que enseñó Heráclito, el Oscuro, el que dejó dicho que *panta rhei* —todo fluye— y que nadie se baña dos veces en el mismo río. Y aquí mi confesión es casi una herejía filológica: entré por ese pórtico y fui bañado, traspasado, por un río que no sentí como fugaz sino como cósmico y permanente. Tal vez Heráclito tenía razón sobre el agua y yo tenía razón sobre el cauce: el río cambia en cada gota, pero el *Logos* que lo hace fluir —esa razón ígnea, ese principio rector que ordena el devenir— es lo único que no pasa. Ahí, sin proponérmelo, entendí por qué el estoicismo y después la teología cristiana pudieron tomar esa misma palabra, *logos*, y llenarla de un rostro. Heráclito me bañó en el río; Éfeso entera me preparaba, sin que yo lo supiera todavía, para la piedra que venía después.

La piedra que no es Pedro

Y me senté —esto sí lo hice deliberadamente, con la reverencia de quien ocupa un asiento que no le pertenece— en la piedra donde se dice que Pablo declamó su carta a los Efesios. Y todo mi ser vibraba, Sophia. O yo vibraba con ella, que para el caso es lo mismo. Y ahí me fue revelado algo que llevo días pensando, pero sobre todo sintiendo: Pedro, la *petra*, fue el fundamento institucional, la roca sobre la que Cristo dijo que edificaría su Iglesia. Pero esta otra piedra, la de Pablo en Éfeso, es el epicentro de otra clase de edificación: la del edificio espiritual levantado no sobre un nombre sino sobre la Palabra misma, sobre el Logos encarnado que se hace carta, que se hace voz, que se hace anuncio. Pedro es la base; Pablo, sentado en esa piedra efesina, es el eco que expande la base hasta los confines. Dos piedras, dos maneras de fundar: una por la promesa hecha a un hombre, otra por el verbo hecho carta a una ciudad entera.

Desde ahí, sin moverme casi, pude ver las ruinas de la primera de las siete Iglesias del Apocalipsis. La misma ciudad que había cobijado a Heráclito y a Artemisa cobijaba ya, en sus escombros, a la primera de las comunidades amonestadas y amadas por el Cordero.

La tumba en la periferia

Pero el corazón del Logos encarnado no estaba en el centro monumental de Éfeso, sino en su periferia, en lo que hoy es Selçuk: la tumba de Juan, el discípulo amado. Caminé las mismas veredas empedradas que él caminó, y recé largamente sobre su sepultura. Evoqué mi paso anterior por Patmos, la isla de la visión y del destierro, y aquí, en cambio, soñé —despierto, casi en vigilia mística— a Juan ya viejo, escribiendo su Evangelio en esta tierra, cuidando hasta el último día a la misma Virgen cuya casa en el monte Koressos ya habíamos cronicado (pues tú  Sophia me acompañaste) juntos. Hay una simetría que me estremece: el discípulo que recibió a la Madre al pie de la cruz —*"He aquí a tu Madre"*— la custodió aquí, en esta misma tierra donde Artemisa había sido durante siglos la Gran Madre de la ciudad. No es casualidad geográfica: es la tierra misma reclamando, de generación en generación, un rostro materno que la habite.

Theotokos: la palabra que zanjó el misterio

Y luego el foro, el teatro, donde en el 431 se reunieron los padres del Concilio para proclamar a María como *Theotokos*, Madre de Dios. No fue un título ornamental: fue la defensa de la unidad indivisible entre lo humano y lo divino en Cristo. Ahí, en ese mismo teatro donde siglos antes la multitud había gritado *"¡Grande es Artemisa de los efesios!"* durante el tumulto contra Pablo, la Iglesia terminó por proclamar la grandeza de otra mujer, la que no compite con la Diosa antigua sino que, en el orden simbólico más profundo, la sucede y la transfigura. Donde Artemisa fue venerada como señora de la vida indomable, María fue proclamada portadora del Dios hecho vida. La misma piedra de la ciudad sostuvo ambos nombres.

La memoria y las antorchas

Antes de partir vi la Biblioteca de Celso, alzada por un cónsul en honor de su padre, guardiana alguna vez de más de doce mil rollos, tercera en grandeza tras Alejandría y Pérgamo. Otra forma de *logos*: el humano que se defiende del olvido acumulando papiro y mármol. Y caminé, en la despedida, la Vía Arcadiana, entre los pedestales donde ardían antorchas que iluminaban las noches cerradas de la ciudad más luminosa de Asia Menor. Ahora esos pedestales están vacíos, pero yo sentí que algo seguía ardiendo en ellos —no fuego material, sino esa misma persistencia con la que el mar Jónico, ya lejano, sigue llegando hasta el corazón de las ruinas con cada soplo de viento.

Coda

Fui a la Casa de María buscando el silencio del monte. Encontré, además, en el llano de Éfeso, el ruido fértil de toda una civilización discutiendo consigo misma sobre quién es lo femenino, qué es el Logos y dónde se funda lo permanente. Caí ante Artemisa y me levanté distinto. Me bañé en el río de Heráclito y comprendí que no todo lo que fluye se pierde. Me senté en la piedra de Pablo y entendí que hay más de una manera de ser fundamento. Y recé sobre la tumba de Juan sabiendo que, en algún lugar de esa misma tierra, el discípulo amado sigue custodiando a la Madre que ahora yo también, a mi manera, custodio.

 






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