Crónica espiritual de la peregrinación a la Hostia sangrante de Betania, en la Capilla de la Transfiguración del Señor, de las hermanas recoletas en los Teques o, la elipsis de mi propia alma…de mi propia herida sangrante.
Lo que nos hiere, nos abre;
y lo que nos abre, nos transforma
Rilke – Cartas a un joven poeta
El, sábado 28 de marzo del 2026, inicié acompañado por esa conmovedora mujer llamada Ana María Hurtado, compañera amorosa y espiritual por más de once años, un peregrinaje a la capilla de la Transfiguración del señor de las hermanas agustinas recoletas, donde está la hostia sangrante de Betania. Hay que subir, ascender hasta el lugar donde al llegar, se siente esa fuerza sagrada y la presencia de lo femenino encarnado en las hermanas agustinas que custodian y cuidan del lugar. Para llegar al sagrario, hay que pasar delante de la capilla y atravesar los jardines que con tanto esmero hacen florecer esas mujeres extraordinarias. Los prados luminosos, las orquídeas, flores exóticas que se abren al camino, geranios, coquetas, helechos y pequeños arbustos preceden el encuentro y la vivencia.
Años atrás, (8 de diciembre de 1991) en el silencio de Betania,
marcado por la oración y la espera, ocurrió un signo que desbordó lo visible:
una hostia consagrada, frágil y blanca como el corazón de la Paloma, comenzó a
sangrar. No era un gesto humano, sino un estremecimiento del cielo en la
materia, un sacramento que se abría como herida y revelación.
La sangre que brotó no fue sólo líquido, sino memoria viva del sacrificio,
eco del Gólgota inscrito en el pan cotidiano. Allí, en el humilde altar, se
hizo presente la paradoja: lo eterno se derramaba en lo efímero, lo invisible
se encarnaba en lo tangible.
Hoy en día, las hermanas recoletas, custodias del misterio, mantienen bajo
su amoroso resguardo la reliquia, como quien recibe un huésped divino. Con
reverencia lo trasladaron a la Capilla de la Transfiguración en Los Teques,
donde hasta hoy permanece como testimonio ardiente. La capilla se convirtió en
un monte Tabor interior: lugar donde la materia se transfigura, donde el pan se
vuelve carne y la carne se vuelve luz.
Quien se acerca a contemplar la hostia sangrante no sólo mira un milagro,
sino que es invitado a entrar en el drama del amor divino: la sangre que se
ofrece, la herida que salva, el misterio que se abre como un río en la
historia. Es un llamado a la conversión, a la reconciliación, a la certeza de
que lo sagrado no está lejos, sino latiendo en lo más íntimo de la creación.
Así, Betania y Los Teques se enlazan como dos nombres de un mismo misterio:
la memoria viva de Cristo que sangra en el pan, que se transfigura en la
materia, que nos recuerda que la fe no es sólo palabra, sino carne y sangre,
herida y gloria.
La hostia sangrante de Betania no es sólo un hecho prodigioso, sino un
signo que irrumpe en la historia como epifanía del Misterio. En aquel altar
humilde, el pan consagrado se abrió en herida y derramó sangre: gesto que
recuerda que la Encarnación no es metáfora, sino carne y sacrificio, memoria
viva del Amor crucificado.
Simone Weil decía que la «atención pura es oración», y este signo nos
obliga a atender: a mirar con los ojos del corazón cómo lo invisible se hace
visible. La hostia sangrante es un llamado a la atención radical, a no pasar de
largo ante lo que parece pequeño, porque allí palpita lo eterno.
Hans Urs von Balthasar, al hablar de la gloria, insistía en que la belleza
es la forma de lo verdadero. La sangre en el pan es precisamente esa paradoja:
belleza que hiere, verdad que se ofrece en fragilidad. La hostia sangrante es
un icono de la gloria oculta, donde lo divino se revela no en poder, sino en
vulnerabilidad.
Teilhard de Chardin soñaba con la materia transfigurada, con un Cristo que
se expande en la creación hasta que todo se vuelva «Cristo cósmico». En Los
Teques, en la Capilla de la Transfiguración, este signo parece anticipar esa
visión: el pan, materia humilde, se transfigura en carne y sangre,
recordándonos que la materia está llamada a ser sacramento, a ser transparencia
del Reino.
Jung, desde la psicología profunda, habría visto en la hostia sangrante un
arquetipo: la herida que salva, el símbolo del Self que se manifiesta en lo
concreto. La sangre es vida, pero también sacrificio; es el inconsciente
colectivo recordando que la redención pasa por la herida compartida.
En Betania y en Los Teques, la historia se hace sacramento. La hostia
sangrante nos recuerda que la fe no es sólo palabra o rito, sino carne y
sangre, herida y gloria. Es un signo que nos invita a unirnos al misterio
pascual: a dejar que nuestra propia materia, nuestra vida concreta, se
transfigure en luz.
Recorro junto con Ana María, estos espacios sagrados que a su vez
nos revelan los espacios íntimos, para devenir en esa otra luz interior.
Recorro y repaso con ella mi historia, marcada por la herida. Esa vivencia, hasta hoy, estuvo oculta en el tiempo y a lo largo de los años desde mi temprana juventud, cuando acompañado
también por la conmovedora presencia femenina de la pequeña y dulce Susan
Bradley, hice el recorrido por la capilla de Lanciano, un pueblo cerca de Roma
Italia, donde también ocurrió el milagroso evento de una Hostia Sangrante en
las manos de María. La parábola que contiene y abarca el recorrido de mi alma
desde ese pueblo de mi juventud hasta el día de hoy, en mis años dorados, no es
una línea recta sino círculo: un tiempo que se abre y se cierra, que retorna
como río que nunca se agota. La herida no es ausencia, sino puerta: el lugar
por donde entra la luz, el resquicio que convierte el dolor en revelación.
En Betania, la hostia sangrante derramó sangre como memoria viva del
sacrificio. En Lanciano, en el siglo VIII, el pan se transfiguró en tejido
cardiaco humano y el vino en sangre: signo radical de que el corazón de Cristo
late en la materia, que la carne divina se ofrece como alimento y herida
compartida. Así, la herida se enlaza con esa hostia antigua, como eco personal
de un misterio universal, como lo es el amor. El círculo del tiempo une esa
historia con la historia del milagro: lo que ocurrió en Lanciano no quedó
atrás, sino que se repite en cada herida que se abre al amor, en cada corazón
que sangra y se convierte en altar. La feminidad, continente sagrado, es
también símbolo de esta apertura: matriz que guarda, herida que da vida,
espacio donde lo invisible se encarna. Allí, en lo femenino, la herida se
vuelve fecunda, porque por ella entra la luz. La hostia sangrante de Lanciano y
mi propia herida se reflejan como dos espejos: ambos son carne que se abre,
ambos son sangre que se ofrece, ambos son signos de que lo divino no se revela
en la fuerza, sino en la vulnerabilidad. La temporalidad circular hace que tu
historia no sea sólo mía, sino parte de un tejido más amplio: el tejido del
corazón de Cristo que late en la historia, que se hace presente en cada herida
que se abre a la gracia.
Así, este peregrinaje y esta crónica, se convierte en sacramento: La herida
es hostia, la sangre es memoria, y la vida es altar. Y en ese círculo sagrado,
la herida no es final, sino transfiguración: el lugar donde la luz entra, donde
la carne se vuelve gloria, donde lo humano se une a lo divino. Una hostia que
sangra, en clave espiritual, anímica y psicológica, es la irrupción de lo vivo
en lo que creíamos inerte; el retorno de la carne, del afecto y del misterio a
un espacio que a veces se vuelve demasiado conceptual. Es un símbolo que
desestabiliza, que llama, que hiere y que cura a la vez.
A partir de ahí, podemos abrir sus capas. Desde la dimensión Teológica. En
la simbología espiritual de la tradición cristiana, la hostia que sangra es un
signo de presencia real, pero más allá del dogma, espiritualmente habla de la
encarnación que insiste, de lo divino no quiere quedarse en idea, quiere
hacerse cuerpo, herida, vida concreta. Tal vez dentro de esta dimensión
teológica, es muy relevante y revelador el darle un significado a la hostia
sangrante como la expresión de la vulnerabilidad de Dios — un Dios que sangra
es un Dios que se expone, que se deja tocar, que no se protege. El tercer
aspecto de este símbolo sería aquel que expresa a alianza viva — la sangre es
símbolo de pacto, de vínculo que no se rompe. Aunque sería interminable
repasar los aspectos puramente teológicos, siento que el fondo de estas revelaciones,
está el llamado a la conversión del corazón — no como moralismo, sino como
despertar: algo en ti debe volverse más vivo, más sensible, más verdadero. Es
un signo que dice: «No me contemples desde lejos; entra en la carne del
misterio».
Si nos adentramos ya en el alma y su dinámica, y ya desde la dimensión de la llamada psicología profunda, un fenómeno así no se interpreta como truco o literalidad, sino como imagen autónoma del alma, una manifestación simbólica que irrumpe para compensar un desequilibrio. La sangre como energía psíquica — representa libido, vitalidad, impulso de vida que estaba reprimido. Lo sagrado que quiere volver a sentirse — cuando la espiritualidad se vuelve demasiado mental, el alma produce imágenes sangrantes para recuperar el eros, la emoción, la encarnación. Y aquí una revelación importante que nos hace el Maestro Jung en su maravillosa trilogía Psicología y Religión: Occidente y Oriente" (Obra Completa Vol. 11), Símbolos de transformación (Obra Completa Vol. 5) y La psicología de la transferencia (Obra Completa Vol. 16), nos revela en términos del alma, la transformación y el dogma. Jung analiza la transubstanciación desde una perspectiva psicológica, interpretándola como un proceso de transformación simbólica, Jung explora cómo el símbolo de la transformación (que subyace a la idea de transubstanciación) es central en la psique humana y en la historia de las religiones. El arquetipo del Self — la hostia sangrante puede ser una irrupción del centro profundo, recordando que lo divino interior no es abstracto, sino vivo y a veces doloroso. La herida como portal — toda transformación profunda pasa por una herida simbólica; la sangre es el precio y la promesa del renacimiento. En términos junguianos, es un símbolo que corrige: devuelve alma donde había rigidez, devuelve eros donde había ley, devuelve vida donde había forma vacía. Adentrándome aún más en este recorrido y conmovido por mi propia simbología psicológica (lo personal, lo emocional) se constituye en una experiencia íntima, esta hostia que sangra puede resonar como la parte de mí que pide ser atendida — algo vivo dentro estaba silenciado, el dolor que se vuelve sagrado — mi propia herida adquiere un sentido, un brillo, una dignidad. Adviene así La reconciliación con el cuerpo — la espiritualidad encarnada me invita a sentir, no solo a pensar. La irrupción de lo reprimido — emociones profundas que buscan expresión: amor, duelo, deseo, culpa, ternura: «Lo que sangra en ti no es un error; es un mensaje».
Entonces en silencio me pregunto a mí mismo ¿qué significa este símbolo para el alma humana?¿Una hostia que sangra es un umbral? ¿Un recordatorio de que lo sagrado no es limpio, ni aséptico, ni perfecto? ¿Que la vida espiritual auténtica siempre pasa por la carne, por la herida, por la emoción? Tal vez mirando su centro herido y sangrante esta hostia se convierte para mí en un símbolo que une: lo divino y lo humano, lo espiritual y lo corporal, lo consciente y lo inconsciente…lo luminoso y lo doloroso. Es como si esa virgen estirando sus manos y sonriendo me dijera: «Permite que lo vivo vuelva a entrar» abro la herida para que entres, para que hagas una inflexión hacia ti mismo, pero esta vez no desde la teoría, sino desde tu alma, desde tu biografía espiritual, desde ese lugar donde tú mismo eres altar, herida y revelación. Ella me habla directamente, en esta capilla vacía, con la luz entrando oblicua, y tú pregunta con suavidad y en voz baja: ¿Qué significa esto para mí?
A esta altura de mi vida, la hostia que sangra como espejo de mi propio
camino. En mi historia —marcada por la belleza como revelación, por la herida
como maestra, por la búsqueda de lo encarnado— este símbolo toca un nervio muy
profundo. Una hostia que sangra que me habla de lo que en mí quiere dejar de
ser idea para volverse carne. En mí ya larga vida, después de castigar
duramente a mi ánima y volcarme al afuera, he transitado por mucho tiempo en el
reino de la palabra, del concepto, del símbolo. Pero últimamente —y ahora
lo sé— algo me pide encarnación, pide cuerpo, pide afecto, pide riesgo, pide
presencia. La hostia sangrante es la imagen perfecta de ese tránsito: lo
divino que deja de ser abstracto y se vuelve vulnerable, vivo, expuesto,
homologándose así a mi propio proceso. La sangre como el eros espiritual
reprimido. La sangre entonces ya no es violencia: es eros, es impulso vital, es
deseo de unión, de contacto, de verdad encarnada. Un símbolo sagrado, donde el
alma está diciendo: «Lo vivo quiere volver a circular». Y yo justamente
ahí: entre la lucidez y el temblor, entre la claridad teológica y la
necesidad de sentir, entre la palabra y el cuerpo. La hostia sangrante es la
irrupción de ese eros espiritual que ya no quiere quedarse en la teoría de la
belleza, sino que quiere tocarme, transformarme, herirme para abrirme.
La sonrisa que tiene el rostro la imagen de la Virgen con los brazos
extendidos y las manos ahuecadas sosteniendo como si fuera mi propio corazón
esa hostia sangrante, me ha revelado hoy algo esplendoroso: la herida se volvió
sacramento: Ella conoce bien la herida: la afectiva, la relacional, la
existencial y me susurra al oído: «Tu herida no es un defecto; es un altar».
Se revela ante mi alma así algo potentísimo: lo que dolía se vuelve
significativo, lo que sangraba se vuelve sagrado, lo que parecía pérdida se
vuelve iniciación. Mi ánima o aspecto femenino, la doncella que me habita… mi
alma diciéndome que mi dolor no me separa de Dios, sino que me lo revela. Hoy Dios
a través de ella quiere tocar mi carne, Como confesé al inicio, he vivido una
espiritualidad muy luminosa, muy conceptual. Hermosa, sí, pero a
veces demasiado aérea. La hostia sangrante es un descenso. Es Dios diciéndome
desde su dimensión femenina continente: «No quiero solo tu inteligencia; quiero
tu carne, tu afecto, tu vulnerabilidad, tu historia». Es la encarnación
insistiendo en mí, y que ahora en la hora de mi vida me dice sin rodeos: Este
símbolo te está llamando a una espiritualidad encarnada, afectiva, vulnerable y
viva. A dejar que la belleza no sea solo concepto, sino carne. A
dejar que la herida no sea solo análisis, sino sacramento. A dejar que el
amor no sea solo idea, sino riesgo. La hostia sangrante es mi alma diciéndome: «Permite
que lo vivo vuelva a entrar».
Respiro entonces muy hondo antes de escribir lo que viene, pues estoy en el umbral de la puerta que ella me abre…de la puerta de mi propia herida sangrante, parado y listo a entrar en un territorio muy sensible: la herida y la revelación que me unen a lo femenino, desde el símbolo que yo mismo abrí y que ha recorrido, como dije, una elipsis dolorosa por más de cuarenta años: la hostia que sangra: La hostia sangrante como espejo de mi relación con lo femenino.
La hostia sangrante, en mi mapa interior, no es solo un símbolo cristiano. Esa evocación de la Doncella que me habita es una mujer herida que sigue viva. Es lo femenino que sangra y, aun así, se ofrece. Es la carne que pide ser reconocida, no idealizada… y he aquí el centro de mi historia anímica: Lo femenino como presencia que me salva y me hiere. En mi vida, lo femenino ha sido: refugio, revelación, belleza, herida, iniciación, pérdida…retorno. Más allá de lo superficial y cotidiano de esa mi vida, lo femenino, para mí ha devenido ahora epifanía: aparece como algo que me abre, me desarma, me transforma. Pero también es y ha sido fragilidad, abandono, temblor emocional. Por eso la hostia sangrante me toca tanto: porque es lo femenino que sangra, y hoy la he reconocido… conozco esa imagen íntimamente. La sangre como símbolo de la herida femenina que cargo. La sangre en la hostia no es violencia: es memoria afectiva, que desde ese centro conmovedor de las manos ahuecadas de María me dice: vuelve a mirar, ella es la mujer que amaste y que se quebró, la herida que te dejó, la parte de ti que quiso sostenerla, la imposibilidad de salvarla, la culpa que no te pertenece pero que cargaste…la ternura que no supiste dónde poner: «Lo femenino en ti está herido, pero sigue vivo». Eso femenino interior: la parte de mí que pide encarnación. En Jung, lo femenino interior (el ánima) no es una mujer externa: es mi capacidad de sentir, de amar, de entregarme, de encarnarme. Y aquí está la clave: mi ánima sangra porque quiere renacer de verdad, más allá de la palabra, la idea, la teología, la belleza conceptual, lucidez intelectual. Pero esa ánima quiere carne, quiere afecto, quiere presencia, quiere riesgo.
La hostia sangrante es mi ánima diciendo: busca en ti nuevamente a esa Doncella que te habita en lo más profundo. Desde la herida, en mi relación con lo femenino real —la mujer concreta— siempre apareció con un patrón: ella sangra (emocionalmente), yo quisiera contenerla, ella se desborda, yo quisiera ser altar, sostén, caballero andante o sacerdote… ella se quiebra, yo me quedo con la sangre en las manos y luego la belleza vuelve, y vuelvo a creer. La hostia sangrante es la imagen perfecta de ese ciclo: lo femenino que sangra y yo que lo recibo como sacramento.
Pero aquí viene la revelación profunda de este peregrinaje elocuente y
sagrado: No estoy llamado a ser caballero andante ni sacerdote de la herida
femenina. Estoy llamado a ser compañero, no redentor. Y entonces me vuelvo a
preguntar ¿qué te está diciendo este símbolo sobre lo femenino? La hostia
sangrante revela que mi relación con lo femenino necesita pasar de la herida a
la encarnación. Que esa ánima quiere renacer, y que lo femenino en la vida
—interno y externo— devenga presencia, reciprocidad, cuerpo, verdad, límites…ternura
encarnada, amor que no sea sacrificio. La hostia sangrante me dice: «Lo
femenino no quiere que la adores: quiere que la mires a los ojos, que la
reconozcas… que la acompañes».
Cierro esta crónica espiritual y al mismo tiempo reveladora del amor como
fuerza espiritual y al mismo tiempo encarnada, reconociendo a esa mujer llamada
Ana María Hurtado. Hoy en medio de la luminosidad y la contemplación compartida
en esa capilla ardiente, prácticamente solos en silencio fecundo, entendí
muchas de las revelaciones que escribo y le dedico particularmente a ella. Aun
guardo y guardaré mientras viva, en lo más hondo, esa huella de luz que me dejó
la imagen de Ana María caminando conmovida por esos jardines, su abundante
feminidad fluyendo entre la luz y las flores.
Con humildad, y a razón de la vivencia y las epifanías de hoy, se me hace
imposible no hacer referencia al increíble proceso de transformación que advino
en el poeta Rilke a razón de su peregrinaje a las iglesias rusas, acompañado
por Lou Andreas-Salomé. Ella fue una especie de guía espiritual y psicológica.
Ella lo renombra y lo bautiza durante el recorrido por esas iglesias. Fue un
proceso de sanación en el que lo femenino, la herida y lo sagrado se
entrelazaron. Ella le ayudó a transformar su dolor en visión poética, y a
descubrir en la liturgia un espacio donde la vulnerabilidad podía volverse
fecunda.
Rilke vivía una herida profunda de identidad y sensibilidad, marcada por sus
traumas infantiles y su relación conflictiva con lo femenino. Sentía que lo
femenino era un continente irreal, inaccesible, pero al mismo tiempo
indispensable para su creación poética. Su poesía temprana mostraba un anhelo
de unión con lo sagrado, pero también una fractura interior. El proceso de
sanación que Lou Andreas-Salomé facilitó en Rilke fue un tránsito de la herida
a la visión, de la feminidad irreal a la feminidad como continente sagrado, y
de la vulnerabilidad a la creación poética. Las iglesias rusas fueron el
escenario donde la herida se convirtió en altar, y donde Rilke aprendió que la
luz entra siempre por la herida.
Simone Weil, en especial en su libro La Gravedad y la Gracia, nos revelaba
ese territorio donde la mística se vuelve carne, donde la filosofía se
arrodilla, donde la poesía se vuelve obediencia. Su tratamiento del amor no es
sentimental ni psicológico en el sentido común: es un amor que hiere, que
vacía, que despoja… y precisamente por eso salva. A modo de diálogo, el muy
joven Rilke en sus cartas a un joven poeta nos decía que el amor consiste en
dos soledades que se acompañan, se limitan y se reverencian. Hoy pues ya en mis
setentas, escribo esta crónica amorosa y espiritual en reconocimiento y
reverencia a la mujer real, de carne y hueso, a la presencia siempre sensible
de su ser, y que hoy me acompañó, abriéndome las puerta a la epifanía de su mirada que siempre me penetra,
a la ineludible feminidad terrenal que ella encarna y que es capaz de contener
y resonar en materia y en espíritu, abajándome, entregándome a ese confluir en
la realidad amorosa que me otorga su presencia, su cuerpo, su alma, su verdad, sus
límites…la feminidad encarnada.

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