"Cantos al Shabd" de la poetisa Ada Rosentul

Quiero estar siempre pura, vida de mi vida,
Que has dejado tu huella viva sobre mí.
Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía,
Pues tú eres la verdad que ha encendido la luz
De la razón en mi frente.
Voy a guardar mi corazón de todo mal
Y a tener siempre mi amor en flor,
Pues tú estas sentado en el sagrario más íntimo de mi alma.
Y será mi afán revelarte en mi canto
Pues tú eres la raíz que fortalece mis acciones.

R. Tagore
Gitanjali

Era como una espiga en el amanecer…incluso tenía el color del trigo de savia verde o ese color indescriptible que la luz de la mañana o del atardecer le confiere a los campos maduros de arroz. Fueron muchas las veces que cruzó el desierto de Sere, que bebió agua del lago de Anasagar recorriendo la senda completa que va desde la región de Rajastán hasta la ciudad santa de Benarés en busca anhelante de su amado…

Fue sin embargo en uno de los retornos a su ciudad de Chittor, a la sombra de un enorme pero gentil baniano (esos árboles que desprenden sus raíces desde el cielo) que apiadado de los pies llagados y enrojecidos de la princesa Mira Bai, el zapatero de la ciudad, el santo Ravi Das le reveló a esta que su amado no estaba ausente ni lejos. Que no había búsqueda ni peregrinación posible para el encuentro, pues la bienaventuranza del amor se encontraba alcance de su propia respiración, en el centro luminoso de su vida, que sólo allí en ese centro donde todo es posible se celebrarían las nupcias. Desde ese día Ravi Das fue el maestro y Mira Bai su discípula en ese regocijo que rebosa el alma con la corriente celestial del Shabd.

Dicen también que ese día Las enredaderas del baniano se colmaron de flores, que los campos desplegaron todo el amarillo posible, que las cañas recogieron la brisa leve que soplaba y la tornaban en cantos de Basant: era la transformación, la primavera India que hace posible todas las transformaciones, donde la belleza se rebosa y se derrama en éxtasis generoso… y entonces la dulce Mira Bai acogió dentro de sí la primavera interna arrojando también su canto:

Oh! Amado
Ahora estoy toda teñida de tu color
Cuando otros enamorados viven
En tierras extranjeras
Ellos se escriben una carta tras otra
Pero el amado de Mira
Vive en su corazón
Y ella canta y se regocija
Día y noche

II

Kabir dice:
¡Escucha, amigo mío!
Mi amado señor está dentro de mí.

El Shabd o corriente celestial se había convertido ya en una certeza para aquellos santos místicos de la India del siglo XV (por tratar de ubicarla en lo temporal del hombre) que a través de una intensa vigilia o atención vigilante y de espera concentrada (Surat) lograban obtener la evidencia de esa corriente en la conciencia espiritual, gracias a un intenso recorrido al interior de sí mismos. Ramananda Maestro de Kabir y este a su vez Maestro de Guru Nanak son a su vez la evidencia histórica de este evento maravilloso. Sin embargo estamos ciertos que ese evento en donde se manifiesta la divinidad en todo su esplendor para abrazarnos y unirse a nosotros en amoroso encuentro, sólo es posible por la Gracia de esa “Ella” o Shákti como tercer elemento o persona que participa en esta epifanía. Aquí por supuesto, aunque se habla de esa epifanía en términos de la vivencia producida en la Indía, la misma se ha venido repitiendo en todas la religiones a través de sus manifestaciones místicas que han experimentado todos los santos de la humanidad con asombrosa similitud.

Shákti será entonces esa “Ella” misteriosa donde convergen todas las respuestas. Ella equivale también a la palabra en cuanto esta sea considerada no sólo en el sentido inmediato de su codificación sino en la potencia de su significado. Concepción que está como dijimos en todas o casi todas las religiones sobre la cualidad del sonido como elemento constitutivo de la creación: el verbo judeo-cristiano, el Saut musulmán y el maravilloso Shabd hindú: esa corriente divina que al ser reconocida en lo más recóndito e interno del ser humano, se desdobla hacia el afuera para evidenciarse ante nosotros en esos dos maravillosos atributos que son el sonido y la palabra.

Fuerza abstracta y fuerza conformante, materia pura y materia visible, energía y forma. Este doble paso capaz de unir el verbo, Saut o Shabd con la forma, la voluntad con la materia creada, tiene a su vez un triple supuesto, una hipóstasis de creación. Es aquí entonces como el ser humano, la criatura como centro de este suceso elevará su canto para representar la unión de la voluntad trascendente con la obra creada a través del espíritu o alma del mundo. El primer acto de creación, es decir el acto creador del mundo, tuvo su hito en la unión hipostática de ese verbo o corriente celestial con la naturaleza humana, Todo ello gracias a esa “Ella”, y a su capacidad de gestación, de contención, de consuelo, que nos empuja y nos sostiene en la vida.

Shakti también es el Alma en el sentido místico-cristiano, cabalístico, sufí o los procesos de meditación Surat Shabd yoga: la experiencia y la vivencia de estar en contacto directo y sin intermediaciones con la totalidad, pues en todo caso es en el alma en donde se produce este encuentro.

Aquí la Shákti adquiere una hermosura extrema en la revelación de que la Divinidad para acercarse, para manifestarse a la conciencia espiritual del ser humano lo hace a través o mediante la intermediación de sus atributos o aspectos femeninos. Shákti también tiene una enorme resonancia con los postulados de la psicología profunda de Jung que nos explica el simbolismo de esa śakti en perfecta conjunción con la llamada Anima o energía femenina que da vida a todo.

Es esa Ella intermediaria pues que nos permite la revelación del Ser, no solo para adquirir la conciencia de ese Ser en nuestro interior, si no para devolver La Gracia, a través de nuestros atributos del canto y la palabra. Es la Shekinah de la Cábala y de los Sufíes o la María Cristiana, y por supuesto la advocación de esa Shákti como manifestación femenina de la divinidad en la bondadosa Lakshmi, la generosa, la luminosa…la que escucha nuestros lamentos.

III

Mi canasta esta vacía
al borde de este río.

Pisadas se escuchan
y el viento hace rozar con la tierra
los pliegues de mi manto.

Se han detenido las lágrimas.

La orilla parece inaccesible.

Sin embargo,
el corazón anhela
el viaje inmóvil
la eternidad.

En el reloj de arena luminosa
El se acerca y dulcemente sopla las velas
de este barco enamorado

Es de noche, la luz del alba aún está lejana, pero la lectura los cantos de Ada Rosentul me acercan a esa otra luz honda, central, que no pertenece a la periferia, a los bordes… esa luz íntima que nos salva del tiempo… Sería imposible hablar aquí sobre lo literario, pues la lectura de esos poemas ha constituido más bien una experiencia espiritual exquisita e indescriptible. No sabemos cuantos desiertos ha debido de recorrer esta espiga del amanecer y cuantas veces habrá bebido agua de los lagos en los caminos de su búsqueda, pero como es de noche, esa espiga humilde y perfumada se nos presenta bajo la advocación de un nardo azulado, pues sus cantos contienen toda luz recogida a lo largo de ese tránsito anhelante que nadie ni nada pudo detener, para arribar finalmente al centro y contraer las nupcias con la fuente, con el origen de esa luz, totalmente despojada, desprendida de todo menos de su alma enamorada de poeta para arrojar al viento su perfume.

Chevalier y Gheerbrant cuando desentrañan el significado simbólico del Nardo se remiten a su origen sagrado, talmúdico y bíblico, flor que entra en la composición del Paraíso como expresión de la expansión del Amor. En sus comentarios del Cantar de los Cantares, los Rabbi y los Padres de la Iglesia presentan al nardo como símbolo de humildad, pues es prensando sus raíces como se obtiene el perfume maravilloso, con la humildad que da los frutos de la santidad más sublime. La transformación interior de esta flor que permite también la eclosión de una primavera interna al igual que la descrita por la princesa Mira Bai y que en al caso de nuestra espiga de nardo azulado, es arrojada al viento con toda delicadeza así:

Junto a ti
la perfecta paz.

Todos duermen
mientras el alma vela el manantial
la primavera interna.
Las demás flores se han consumido
bajo tu fuego azul.
Nos hemos quedado solos
nos acompaña un arco iris
la inmensidad.

Ante ese evento maravilloso, todo se llena del advenir de la belleza, como esa lámpara encendida capaz de curar todas las heridas…flor que en su extrema desnudez confunde la espina, la hoja, la raíz, que a la orilla del Sol olvida su nombre para ser renombrada nuevamente por la sonrisa de Dios sobre la frente. Esta flor, esta canción en el silencio, esta plegaria de ser el Uno de sentir el Uno danzando, pulsando las cuerdas de la Eternidad… Aquí, más que la disolución, se trata de la inmersión total del “Yo”, previamente conformado en “Sí mismo”, la inmersión en la Pankalía o belleza general del mundo.

Pero tal vez y lo más asombroso es que después de la lectura (y de la experiencia espiritual que hemos tenido) el mundo no se diluye ni nos agobia, pues esta mujer-nardo con sus cantos nos lo devuelven transfigurado en un despliegue llena de esa energía, de esa Shákti y hacernos más bondadosa la vida.

Fue con el canto o Bhajan que la princesa Mira Bai se desbordó a sí misma ante su Amado. Canta la poetisa su unión y su encuentro con la fuerza abstracta, la energía, la materia pura… canta a la corriente celestial, al Creador, mientras vislumbra el instantáneo relámpago de la vida, poseedora de todas las puertas que conducen al vacío de esa su flor soñada, para que surja el canto de la criatura. Aquí adviene el recuerdo del bello ensayo sobre la gestación y la palabra de los sabios Leroi y Gourham: “el canto es el símbolo de la palabra que liga a la potencia creadora a su creación, en tanto que ésta reconoce su vínculo como criatura y la expresa en el gozo, la adoración o la imploración: El canto es el soplo de la criatura respondiendo al soplo del creador

No importa que esta criatura, esta humilde flor haya perdido su nombre al exponerse enamorada al soplo del Ser. Acojamos la Gracia, la ofrenda perfumada de este nardo renacido en el cuerpo de la mujer llamada Ada Rosentul… y mientras esperamos con absoluta fe el retorno de la luz, escuchemos su canto primero, ese que todos desbordamos en el momento en que nacemos o renacemos para revocar la nostalgia de lo invisible amado, Abrazados, contemplando una misma flor. Ya todos los paisajes que veamos llevarán un sólo nombre: Amor.

Edgar Vidaurre

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