lunes, 3 de marzo de 2008

"Tapices" de la poetisa Ruth Vidaurre


“Yo soy la madre y la naturaleza entera,
señora de todos los elementos, origen y principio
divinidad suprema, reina de los mares
primera entre los habitantes del cielo,
tipo único de los dioses y las diosas
Las cumbres luminosas del cielo, los soplos salvadores del mar
Los silencios desolados del infierno…
Yo soy quien gobierna todo a merced de mi voluntad.
Yo soy la madre y la naturaleza entera…”


Himno a Isis
Lucio Apuleyo



En este libro, bajo una especie de trance, la mano de una tejedora nos habla a través de la boca de una poeta. Ellas nos han estado hablando silenciosas, inalterables desde el origen. Pero el origen es un misterio, un secreto en el vértice de nuestra comprensión del alma y el mundo.

Ella es quien finalmente arrebata el secreto. Ella es quien sabe pronunciar su nombre, por eso su aliento adquiere potencia divina. Isis, ayudada por su hermana Nephtys, inventó el oficio de tejer. La acción de tejer, íntimamente ligada a la vida como la manifestación del mundo haciéndose, como la estructura y el movimiento del universo. Este tapiz sin embargo puede ser también un velo, un misterio, cuya repetición y perpetuación requiere una suprema inocencia. Por ello, sólo unas manos inocentes pueden ser iniciadas en este oficio. Estas manos iniciadas, detentarán pues a partir de ese momento, el secreto de la vida-muerte-resurrección.

Ankh. La cruz ansada, o el nudo de Isis. Lo vertical y lo horizontal entramados bajo el nudo de Isis, símbolo de absoluto poder de transformación y fecundidad. Símbolo del principio femenino. Urdimbre que representa las líneas verticales y horizontales de la cruz cósmica.

El vidente y místico Abraham Abulafía, en el año 1.100, hablaba de que el éxtasis producido a través de la transmutación de la consciencia, por su entrada a los planos de encuentro directo con el Ser, tenía como suceso y logro mayor, desellar el alma, desanudar los múltiples nudos que la oprimen para llegar a tocar, a vivenciar finalmente la totalidad. Pero ya desde mucho tiempo atrás, las niñas iniciadas en las liturgias en honor a lo femenino de la divinidad, vivían solamente para vincular alma-mundo, o alma-mundos, a través del ritual del tejido sagrado. El reverso del nudo era pues más bien símbolo de vida, de inmortalidad, el vínculo, la unión, el abrazo....

Las manos de una niña, vinculada profundamente a la soledad de la tierra, son predestinadas a tejer la púrpura. Esta virgen, adosada a su telar, establecerá la representación del universo en un marco de madera. El ángulo de arriba es el “enjulio del cielo”. El de abajo representa la tierra desde donde se establecerá el vínculo. Como en un acto de alumbramiento, dice Jean Chevalier, “Cuando el tejido está terminado, la tejedora corta los hilos que lo sujetan al telar y, al hacerlo, pronuncia la fórmula de bendición que dice la comadrona al cortar el cordón umbilical del recién nacido”.

La soledad de la tierra. Ella, nuestra niña, debe buscar lo iridiscente en la aridez de la tierra. La púrpura al fondo de los ojos. Pero esa policromía del mundo debe recortarse sobre el fondo del dolor humano. Son las hilanderas quienes abren y cierran las heridas del alma y de la tierra. Del ámbito humano y del cosmos.

Dentro de esta suerte de lucha por mantener la inocencia inalterable, La perpetua inocencia, ¿por qué ha de ser una niña, por qué una mujer? Creímos alguna vez que el hombre era el gran mancillador de los espacios, el cazador de espacios. Pero la dueña del ovillo ha sido siempre ella. Son sus manos y sus dedos quienes muestran la entrada y la salida. Pero más allá de la entrada y la salida, están la vida y la muerte. Por eso sólo seremos salvados por la gracia del vínculo, del nudo. La iniciación de este especialísimo caso, será el ceder y el entregarse de “Ella” a lo omniabarcante, a lo trascendente, a pesar de que en los procesos arquetipales que sustentan los mitos (elaborados por el hombre), y ya en la explicación revelada a través del dogma de la religión, es usualmente el héroe o el sacerdote quien transciende hacia lo trascendente.

Sin embargo, en este caso, ella es la heroína, la que debe permanecer inmancillada. Su capacidad para la renuncia debe estar más allá de su imponente miedo, de su duda. Por ello la absoluta entrega a la soledad, al silencio exasperado del color. Ella tendrá por fuerza que dejarse morir, aunque sea simbólicamente, para traspasar su miedo y su duda, para iniciarse en la senda de la soledad, soledad que nos marca el camino que sólo puede recorrer ella misma.

El epílogo de este drama cósmico. Donde una niña nos muestra que el Tapíz-laberinto que el ser humano recorre es la eterna re-creación, será su conciencia, su propio reconocimiento de la muerte y la soledad. Pero reconocer esa muerte y esa soledad, es también reconocer a la totalidad del ser.

El Tapiz, y aún más, el sacrificio de nuestra niña hilandera (quizá también de la poeta, cuya boca nos revela el por qué de su silencio) nos representa el eterno vínculo de lo humano con la totalidad del ser (masculino-femenino), proclamando por siempre esos espacios vírgenes, que aún siendo mancillados por la huella del cazador de espacios, permanecen en una transformación inalterable, santificados por la realidad absoluta, salvados por ella.


Edgar Vidaurre

1 comentario:

Escritora y artista visual dijo...

Saludos Edgar.
Vaya que agradable es sentir el tejido de Ruth a través de tu voz escrita.
Un abrazo
Siempre
con afecto
Milagro Haack
tu hermana Diana