El amor en Simone Weil - Extracto del libro El amor filosóficamente hablando de EV
"Amar es adorar la distancia con lo
que se ama."
Simone weil
El amor en Simone Weil: una mística del vacío, una
poética de la atención, una humanidad penetrada por la gravedad y la gracia
Hablar del amor en Simone Weil es entrar en un territorio donde la mística
se vuelve carne, donde la filosofía se arrodilla, donde la poesía se vuelve
obediencia. Su tratamiento del amor no es sentimental ni psicológico en el
sentido común: es un amor que hiere, que vacía, que despoja… y precisamente por
eso salva. Para Weil, el mayor obstáculo para amar de verdad es nuestro propio ego.
Cuando queremos "poseer" a alguien, en realidad estamos intentando
llenar un vacío propio. Por eso, su frase adorar la distancia, significa
respetar la autonomía total del otro. Es reconocer que la persona amada no es
una extensión de nosotros, sino un universo independiente. Al mantener esa
distancia, permitimos que lo amado sea exactamente lo que es, sin nuestras
proyecciones ni deseos de control. Weil solía decir que, si cruzamos un
desierto y vemos agua, el hambre nos hace querer correr hacia ella. Pero si es
un espejismo, al llegar desaparecerá. Amar la distancia es como apreciar el
paisaje sin necesidad de "beberse" la imagen; es una forma de
contemplación pura.
Para Simone Weil, amar no es poseer, sino replegarse. Su mística
nace de una intuición radical: Dios se retira para que el mundo exista. Ese
acto —la kénosis divina— se convierte en el modelo de todo amor
verdadero. Amar es imitar ese retiro, ese espacio que Dios abre para que el
otro sea. En su visión, el amor no es un movimiento hacia la fusión, sino hacia
la distancia. La distancia es sagrada porque permite que el otro exista sin ser devorado por
nuestro deseo.
Weil cuando asimila al amor con la oración escribe que “la atención pura
es oración”. Y la atención, en su sentido más profundo, es un acto de amor: no invade, no
exige, no reclama reciprocidad, no busca consuelo, no se apropia del otro como
objeto La atención es la forma más alta de amar porque es vaciamiento del yo.
Es un amor que se parece más a la luz que a la pasión: ilumina sin tocar,
calienta sin quemar, revela sin imponerse. En Weil, el amor es un acto de
renuncia que abre espacio para que Dios pase a través de nosotros.
Simone Weil no escribe sobre el amor como un concepto, sino como una
experiencia estética que hiere. La belleza —para ella— es el mensajero del amor
divino, pero también su aguijón. La belleza nos hiere porque nos muestra un
orden que no podemos poseer, una armonía que no nos pertenece. La belleza es la
promesa de un amor que no es nuestro. En su poética, el amor aparece como un
rayo que atraviesa la carne, un silencio que exige escucha, una nostalgia que
no se sacia, una gravedad que nos arrastra hacia lo alto.
Weil transforma el amor en un símbolo vertical: amar es ser atraído por la
gravedad inversa de Dios, una fuerza que no aplasta, sino que eleva a través
del sufrimiento, la espera y la atención. Su lenguaje es poético porque no
intenta explicar el amor, sino dejarlo resonar. El amor es un temblor, una
vibración del alma ante la presencia de lo absoluto.
Lo más sorprendente de Simone Weil es que su mística no la aleja del mundo:
la hunde en él. Su amor no es abstracto; es concreto, físico, político, encarnado. Para Weil,
amar al prójimo es mirarlo como Dios lo mira: sin utilidad, sin interés, sin
apropiación. El amor humano, en su forma más pura, es: ver al otro en su
sufrimiento, no apartar la mirada, no intentar poseerlo ni salvarlo,
simplemente estar. Su experiencia en las fábricas, en la guerra, en la
pobreza, la llevó a comprender que el amor verdadero es un acto de solidaridad
silenciosa. No es sentimentalismo: es atención al sufrimiento del otro.
En Weil, el amor humano es inseparable de la cruz. No porque glorifique el
dolor, sino porque entiende que amar es exponerse a la vulnerabilidad del otro
sin defenderse.
Un amor que no busca ser amado. Simone Weil lleva el amor a un extremo que
pocos se atreven a mirar: el amor que no pide reciprocidad. Para ella, el amor
más puro es aquel que: no exige ser correspondido, no se alimenta de la
respuesta del otro, no se justifica por su eficacia, no se sostiene en la
esperanza de retorno. Es un amor que se ofrece como la luz: se da incluso
cuando nadie la mira. Este amor es profundamente humano —porque nace de la
herida— y profundamente divino —porque no reclama nada.
Simone Weil convierte el amor en una vía de conocimiento. Amar es ver la
realidad sin deformarla con nuestros deseos. Amar es aceptar la distancia, la
belleza, el sufrimiento y la ausencia como lugares donde el amor se conforma. Su
tratamiento del amor es místico porque apunta a lo absoluto, poético porque se
expresa en símbolos y heridas, humano porque se encarna en la atención al
sufrimiento del otro. En Weil, el amor no es un sentimiento: es una verdad. En La
gravedad y la gracia, la distancia es un tema central. Weil insiste en que
la distancia es la condición del amor verdadero, porque si el otro estuviera
demasiado cerca, lo absorberíamos; si estuviera demasiado lejos, no podríamos
amarlo. La distancia justa —esa tensión entre presencia y ausencia— es el
espacio donde el amor respira. Amar es respetar la distancia que permite que
el otro sea. Esta frase de Simone Weil es una de las más profundas y,
admitámoslo, desafiantes de su filosofía. En un mundo que nos empuja a poseer,
consumir y "tener" al otro, Weil propone algo casi radical: el amor
como un acto de renuncia es, sin duda un reto a la modernidad. En una era de
gratificación instantánea y conexiones digitales constantes, la idea de
"adorar la distancia" suena casi heroica. Nos invita aceptar la
ausencia como parte del vínculo, evitar la voracidad emocional, valorar el
misterio que siempre permanece en la otra persona. Es una visión del
amor que requiere mucha madurez y, sobre todo, un desapego casi espiritual. No
es un amor "frío", sino un amor tan alto que no necesita tocar para
ser real.



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