viernes 28 de marzo de 2008

ARABESCO... cuento breve de Alejo Urdaneta


Por la ventana del apartamento salían las notas de "Arabesque", de Debussy. Desde la calle, él se quedaba extasiado escuchando el engranaje que parecía cascada que corre sobre alfombras y sube al alféizar del ventanal para prenderse de los árboles. Escuchaba, y su imaginación le presentaba a una bella mujer frente al piano, con vestido blanco y manos como teclas.
Después de muchos días en esa actitud reverente, decidió llegar al apartamento mágico para ofrendar admiración y, quizás, una pasión sin límites.
Ha subido los peldaños, mientras escucha la música, y está ante la puerta, que se abre sin esfuerzo cuando la toca. En la semipenumbra de una sala, un piano y muebles belle époque; y en la pared central, el lienzo de Renoir que representa una lección de piano con dos bellas jóvenes descubriendo el arte de la música.



miércoles 26 de marzo de 2008

La soledad de Oswaldo Vigas...


En un bello intercambio de soledades y secretos con la también bella poetisa puertorriqueña Mairym Cruz-Bernal, ella me hablaba de cómo, en la noche, su soledad estremecida ante la inmensidad del cosmos, se mecía acompasada por los astros (especialmente por la luna). Dándole la razón, yo le agregaba que la fuerza que regía a esos astros era la misma fuerza que nos regía a nosotros. Que cómo ellos, estábamos sometidos a esa irresistible gravitación y que también como ellos brillamos en soledad. De alguna manera en ese momento evoqué una cita conmovedora de Aldous Huxley que conseguí en el libro El Arte de mi amigo Alejo Urdaneta: “Los mártires entran en el circo tomados de la mano, pero son crucificados asiladamente. Abrazados, los amantes tratan desesperadamente de fusionar sus aislados éxtasis en una sola autotrascendencia; pero es en vano. Por su misma naturaleza, cada espíritu con una encarnación, está condenado a padecer y gozar en soledad…”

A mi llegada de un viaje a Praga y Budapest, y por la magia de esas sincronías celestes, compartí la sensación plena de la soledad con las poetisas Carmen Cristina Wolf y Beatriz Alicia García a través de la canción de Purcell: Oh! Solitude escrita sobre un poema de Katherine Philips. Igualmente le comentaba en estos días a la poetisa Gabriela Lovera Montero -a razón de su estupendo poema-juego “Elección Multiple: en que se asemejan el amor y la muerte?”- que ambos sucesos se asemejan en la certeza de que serán padecidos en soledad. Se suma a este recuento de solitudes las conversaciones sobre el buen camino que la poetisa Astrid Lander recorrió en soledad hacia el centro de sí misma y por último y desde su infinita soledad, la poetisa Mariela Casal en diciembre pasado, cuando me bautizó con la belleza de su gesto, regalándome el libro de los grandes solitarios.

Como se puede ver, el brillo de estos sentires solitarios, ha estado siempre y contradictoriamente acompañado bajo el influjo de esa fuerza (hoy es luna llena). Como epílogo de esta crónica concurrida sobre la soledad, anoche estuve soñando con el Maestro Oswaldo Vigas; con su presencia sensible y convocante de todo aquello que justamente nos hace brillar. El año pasado había estado en su casa almorzando, gracias a la invitación y a la compañía de Carmen Cristina Wolf. Aún resuena nuestra conversación sobre Dios, la fe, el hombre y su incertidumbre. Me acuerdo que el Maestro se conmovió cuando hablábamos de Palestrina y su Missa Nigra Sum (…Morena soy… del Cantar de los Cantares), y ante la pregunta que nos hacíamos con mi hermana Ruth, sobre si Dios estaría oyendo esa alabanza, o si por el contrario era en vano todo ese esfuerzo y toda esa belleza que arrojábamos al vacío… de aquel silencio elocuente donde no cabía una respuesta bajo el contexto de la razón, nos surgió de manera revelada, la convicción de que Dios si escuchaba a través de nosotros… que nosotros no éramos nosotros si no el universo haciéndose auto-conciente de sí mismo en estos fugaces y frágiles cuerpos… que el hombre no era una individualidad ni una carnalidad en si-misma, si no el producto conciente, la conciencia de ese universo...
-
Y he aquí que me encuentro esta noche leyendo el poema del Maestro Vigas sobre la soledad, purificando en él mi propia soledad con esas aguas que brotan quien sabe de dónde ni por qué… entendiendo de otro modo esa verdad: que no somos individuales, que a medida que vivimos nos vamos despojando de todo, para que solo quede el brillo…

Mirando sobre el horizonte a la estrella Aldebarán de la constelación del Toro, y ante el sentido lamento del Maestro Vigas por no saber comunicar debidamente sus afectos, quisiera en este instante abrazarlo. Decirle que brilla esplendorosamente, que su brillo nos abarca y nos guía, que me he sentido inmensamente acompañado... que él nos ha dado todo, que se ha entregado y gastado en el nombre de la belleza… y que no ha sido en vano. Que hoy, esta noche, solo, profundamente solo, también quisiera despojarme y detenerme junto a él, quedarme quieto saboreando la soledad que me rodea, cerrar todas las puertas y abrir hacia mi patio una sola ventana para que las ranitas japonesas llenen mi soledad con su canción... esta vez llena de sentido, de conciencia , de verdad y de la fuerza acompasada del universo…



Poema " Desde hace mucho tiempo" del Maestro Vigas


Desde hace mucho tiempo
me estoy quedando solo sin darme cuenta.
Las reuniones sociales no me interesan
ni las cenas, los matrimonios en las sinagogas,
los vernisages, los bautizos literarios.
Las gentes que me observan actúan en consecuencia.
Ese es un hombre solo
tiene los ademanes de quien se ha pasado la vida
caminando en el desierto entre lagartijas
perros abandonados y serpientes.
Miran y desconfían porque saben
que aunque ahora simula estar acompañado
de optimistas ideas
ya saldó todas sus cuentas.

Me estoy quedando solo
y tampoco los otros
los que me han comentado del amor
de la amistad y el sexo que no aparenta soledades
se dan cuenta.
Me han dicho que tengo muy bien organizados
todos mis movimientos
mi vida planificada, ordenada y aséptica
pero no es cierto,
no sé comunicar como es debido mis afectos
me quedo entre dos aguas como un pez en la arena
respirando dificultosamente
me voy hasta mi patio con un bello proyecto
pero los diminutos batracios
las ranas japonesas
no tienen sentimientos
y yo que los tengo en abundancia
no sé comunicar cuánto de mí se espera
estoy siempre en retardo
siempre diciendo lo que no estaba en el libreto
un cuarto de hora en el pasado
actuando en otra pieza.
Me estoy quedando solo sin contratos
organizando encuentros
representaciones
fiestas
quisiera detenerme
quedarme quieto saboreando la soledad que me rodea
cerrar todas las puertas
y abrir hacia mi patio una sola ventana
para que las ranitas japonesas llenen mi soledad
con su canción sin sentimientos…

Caracas, 8 de sepiembre de 1984

martes 25 de marzo de 2008

El Astrónomo... de Maite Ayala


Es maravilloso leer y ver, cómo de una manera tan natural se elevan ante nosotros esos poemas de Maite… poemas de largo aliento (los más difíciles)...

Leyendo su poema El Astrónomo entendemos esa verdad; esa inmensidad, presentida, imaginada y vista a través de un ejercicio interno, secreto, encerrado dentro de los espacios de un cuarto, como en una especie de sortilegio o conjuro en donde al igual que los antiguos magos, el ojo ve a través del cristal...Pero como la poeta lo prefigura, si vamos aún más internamente, más adentro, llegaremos a su propio corazón, donde el fulgor de Dios se refleja con todo su misterio. Y allí no habrá mapas cósmicos, ni compases o instrumentos de medición... sólo anhelo y vibración: una mirada transida detrás de las ventanas donde se derrama y se esparce la leche sagrada. Entonces, desde allí, en ese papel, en ese círculo, en ese anillo, no sólo se sostendrá el Astrónomo... pues el cosmos también será sostenido en el éxtasis de su asombro...



El ASTRÓNOMO

El astrónomo inicia su búsqueda
hacia lejanías que sus ojos no han visto
dentro del cuarto repleto de objetos
los cuales usa y deshecha todo el tiempo
les digo que el que mayormente le representa
es uno con la circunferencia de vidrio
que le acerca al hechizo de la aparente noche
pero ésta en realidad no es tal
pues el universo fulgura sin cesar
ni descanso, rota preciso
además una y otra vez
ante su mirada se expande
el enigma, el misterio
algo más inmenso e interconectado
que el mundo geográfico
estudiado tantas veces
en los mapas redondos o en forma de folios
desde su curiosidad infantil que jamás
nadie doblegaría, aunque quisiera_ aunque tratara
gracias a la maciza temperancia de carácter
y a la voluntad de trabajo que los demás le atribuían.
A través de la ventana el telescopio
le acercará a más de una estrella
planeta, meteoro, concavidad, materia no luminosa,
agujeros negros y cometas.

Cada noche desde aquí observará la Vía Láctea
y la Constelación de la gran Osa Mayor
tomará papel, pluma, instrumentos de medición, un compás
y hará un punto- un círculo- un anillo
sobre el cual sostenerse.


Maite Ayala
Enero, 02 – 2008


Maite Ayala Brandt

Poetisa Nacida en Caracas. Abogado por la Universidad Santa María con estudios de letras en la Universidad Católica Andrés Bello

Tallerista de expresión literaria en el Celarg 2003/2004. Igualmente participante durante el año 2003 en el Taller sobre la obra de Rafael Cadenas, 2004 en el Taller sobre 6 tragedias Griegas con enfoque Jungiano, Taller por concurso en la Fundación para la Cultura Urbana dictado por Rojas Guardia, así como del taller de poesía Monteávila dictado por la poeta Edda Armas.

Obra publicada

"EL SILENCIO DEL ÁRBOL"
Editorial Diosa Blanca Caracas 2005

Antologías

Voces Nuevas Celarg
Desde el Patio del Limonero, ediciones Pez soluble

lunes 24 de marzo de 2008

Poemas de El lamento de Ariadna...

Todo lo que para ti es cielo y viento
Se hace piedra aquí adentro

Una gran sombra
Salvo ese último rincón
Donde están mis manos
Y mi corazón

Una inclinación
Una puerta cerrada
Una inquietud por escuchar
Aquella rama en el viento que quiere florecer

Florecer es entregarse a la luz
“Mas yo debo madurar
Y eso es sufrir y ser oscura”

**

Apartada
Separada de la luz

Aquí todo es amplitud
Y el rostro del deseo
Como una imagen de piedra sobre el vacío

Camino a tientas tocando este lado del muro
El ojo de la cerradura
Lo oscuro de esta puerta
Y el eterno corazón de su hondura

Nadie se atrevería a forzarla
Nadie de adentro
Nadie de afuera

En mi sueño él
Tan ilimitado
Transformándose
Como un árbol en la noche

**

Me asomo a la ventana
Envuelta por el viento
Apenas los ojos en el borde
“Y un poco más de mi misma
Incluso mis manos leves”
Sobre esta casa de agua
En esta estancia de la que soy la dueña

Una ofrenda tierna y abierta
Como el interior de una fruta

**

Tú jamás lograrás verme
Porque no te has visto

En esta estancia donde estoy oculta

No te tocaré
Sólo te iluminaré

Amarte con los ojos
Creer que va a ser mía
Toda la seducción de tu boca
Aún no sonreída

Y entregarme a todo esto
A todas estas cosas

**

Dame de beber…

Entonces yo estiraba mis dedos húmedos
Hacia tu boca

Tú apartas los ojos
Y miras hacia el muro
Con una de tus manos
Agarrando fuertemente la mía

Un rostro hendido contra el fuego
Para purificar la mirada
Para abrir esta puerta abandonada

¿Quién se atreverá a atravesar la noche?
Tú…tú te atreverías

viernes 21 de marzo de 2008

El avioncito que podía hacerlo... cuento del niño Juan David Vidaurre


El avioncito que podía hacerlo…



“un cuento para niños menores de un segundo de nacidos…”

Había una vez un avioncito que lo logró hacer.

FIN

Comentarios:

Dice el creador: me gustó la parte en la que dijo: un avioncito que lo logró hacer; pero odié la parte en la que dijo: había una vez. Además me encantó la gran cantidad de comentarios que hay.

PD.- (qué desperdicio de páginas Dios mío…)
Prd prd prd

lunes 17 de marzo de 2008

El Simbolismo y El Impresionismo: el alma y la mirada… por María Alexandra y Edgar Vidaurre


María Alexandra y su padre... o sea, yo

El Simbolismo como concepto estético surgido del manifiesto de Jean Moréas en Septiembre de 1886, fue un movimiento de gran repercusión pública e internacional que pudo difundirse sin dificultad, siendo que su originalidad y su principio esencial no radicaban en la técnica aplicada y desarrollada en función de la obra de arte, sino en el contenido esencial propiamente dicho de la obra. Tal como decía Ary Renan en una frase aplicada al simbolismo: -con la técnica más conocida, siempre se podrá “materializar el universo del sueño”-.

El proyecto de El Simbolismo tuvo múltiples precedentes tanto en la literatura como en las Artes plásticas. En Inglaterra, el poeta y pintor William Blake con su arte místico y profundamente simbólico, en Alemania Phillip Runge con sus mujeres-auroras, en Francia Rodolphe Bresdin con sus jardines y sus corrientes de agua. En palabras de Georges Albert Aurier “La obra de arte debería ser a un mismo tiempo ideista, es decir, representativa de una idea, simbolista para expresar esta idea en formas y sintética para proporcionar a estas formas una significación general. Asimismo, esta creación artística debería ser subjetiva, decorativa y emotiva; debería provocar un Estremecimiento del alma”. Constituye pues el Simbolismo, un camino que al igual que otras tendencias y revoluciones estéticas, son herederas directas de los principios románticos y revelan un esfuerzo consciente o inconsciente por desembarazarse del formulismo académico.

Aunque igualmente impulsados por la revolución estética en contra del excesivo academismo, muy al contrario de los simbolistas, el Impresionismo (precedido por las posturas de los Macchiaioli italianos y el naturalismo alemán, quienes hicieron un esfuerzo por representar objetivamente el fenómeno físico de la incidencia de la luz sobre los objetos), surge como manifestación, casi clandestina, de un pequeño grupo de pintores franceses que desde los años 60 aspiran con una pureza y una libertad oculta para el resto del mundo, a captar la impresión inmediata que produce la visión de lo natural, generalmente al aire libre, y en donde la técnica juega un papel primordial a través de un proceso rápido y directo de pinceladas sueltas y colores puros. Luz y color con todas sus vibraciones capaces de captar la atmósfera del momento. Solo en un sentido amplio puede calificarse el proyecto impresionista, como aquella inquietud estética por los valores de la luz y de la atmósfera más que por el tema. Este concepto absolutamente solitario y sin antecedentes, es una experiencia que no puede ser asimilada a ninguna otra, alejándose de cualquier elemento esencial de contenido, de circunstancias histórico-políticas, problemas filosóficos y el academismo en general. Técnicamente se caracterizan por la preferencia a los paisajes, la utilización de la luz natural, las actitudes cotidianas, los argumentos intrascendentes y todo lo que varía y se transforma en función del tiempo como el agua, las nubes, el humo, así como la diversa forma que tienen los objetos sobre la luz que inciden en ellos.

Como ejercicio comparativo entre los elementos individuales de ambas tendencias haremos un intento de análisis de una obra simbolista y una obra impresionista, en donde a nuestro parecer, quedan evidenciadas las características esenciales de ambos movimientos.


Beata Beatriz: Dante Gabriel Rossetti

Hemos escogido como ejemplo simbolista la obra del pintor Dante Gabriel Rossetti: Beata Beatriz. En este cuadro se nos revela la mujer como centro por donde todo pasa y ante la cual también todo sucumbe por su irresistible presencia. Se instaura así una meta-imagen donde la mujer ejerce un poder casi hipnótico sobre la compleja sensibilidad de los hombres. La mujer como símbolo, como ideal, la Beatriz del Dante convertida en ídolo, enhiesta como una torre y en actitud mística, intocable. También podemos apreciar una paloma con una rama de oliva en el pico como símbolo de paz, casi llegando a posarse en sus manos. Más al fondo, un reloj simbolizando al tiempo y al los costados del símbolo femenino, la luz y la sombra. Como vemos, es el contenido esencial de la obra lo que se nos impone en primer lugar y no la técnica. Es lo imperecedero inmutable lo que constituye el afán y la inquietud simbólica del autor y es desde allí donde crea para generar la sensación y el efecto de la obra.


Amanecer: Claude Monet

En el ejemplo del impresionismo tenemos a Claude Monet: Amanecer. En esta obra, se capta justo un momento: el amanecer, que surge de una calidad emotiva y no realista, una reacción sensual ante el mundo visual. Se aprecian los efectos luminosos en este caso tomados con la textura de la primera luz. También podemos ver un estudio del agua y sus reflejos. Captando la verdad óptica, se logran fragmentos de color que sirven para representar el efecto del reflejo en el agua. El método más eficaz que usa para obtener una impresión atmosférica instantánea, consiste en usar pequeños relámpagos de color puro, aplicados en el lienzo libre y rápidamente. Vemos aquí, como se representa el contenido y afán del concepto impresionista del arte, el momento, el "instante en su pureza", la luz, el agua y el contraste de ambas texturas. Es eso lo que inquieta al artista y es su voluntad para lograr plasmar la impresión del instante, lo que determinará la técnica: La belleza del cuadro en si misma, la belleza por la belleza sin que esté implícito nada más.

viernes 7 de marzo de 2008

Las imágenes olvidadas de Claude Debussy...

Yvonne Lerolle pintada por Maurice Denis


Aunque Claude Debussy publicó prácticamente todo lo que sintió musicalmente, permanece oculto debajo de su enorme obra, un enigma, un misterio, una pasión madura y secreta que no sólo involucra el contexto de su música, sino a su propia vida. Fue apenas en el año 1977 (ochenta y tres años después de que fueran compuestas) que de manera callada y sin mayor revuelo, el editor Theodore Presser publicara en su conjunto, tres piezas de Debussy con el nombre de Imágenes Olvidadas (images oubliées).

Por qué ese olvido, por qué durante tantos años, Debussy quien era extremadamente acucioso para que su obra fuera publicada e interpretada, mantuvo en secreto estas pequeñas joyas musicales?

Durante mucho tiempo, un juego de copias manuscritas de las piezas estuvieron guardadas en los archivos de la colección del gran pianista francés Alfred Cortot. Gracias a su esmerado cuidado, todavía aparece en la primera imagen el siguiente prefacio de puño y letra de Debussy:
Puede que estas “imágenes” sean aceptadas por la señorita Yvonne Lerolle con un poco de la alegría que tengo en dedicárselas.

Si seguimos leyendo los manuscritos, sobre el inicio de la segunda pieza Recuerdo del Louvre (souvenir du Louvre) veremos la reiteración de la ofrenda:.. a la señorita Yvonne Lerolle.

En el intento de maqueta con formato italiano para una posible publicación en 1896 que apareció sin dedicatoria expresa entre los papeles del compositor, en el prefacio dice claramente que
“estas imágenes jamás deben ser tocadas en los salones brillantes e iluminados… ellas son conversaciones secretas con uno mismo…”

Antes de seguir preguntándonos por qué Debussy mantuvo esta reserva, y con la esperanza de encontrar allí la respuesta, pasamos a preguntarnos quién era esta señorita Lerolle, dueña según las primeras evidencias de estas imágenes, de estas joyas exquisitas y secretas.




Yvonne y Christine Lerolle pintadas por Renoir


Yvonne Lerolle, nacida en 1877 e hija del famoso pintor simbolista Henry Lerolle fue vista la primera vez por Debussy en la casa de su padre en la primavera del año de 1894, cuando ella contaba sólo 17 años. Ella misma a decir de Debussy era la primavera. Este esplendor y la belleza naciente de la señorita Lerolle fue captada en el cuadro que de ella hiciera (justamente esa primavera) el pintor Maurice Denis y que reproducimos como prefacio de este escrito.

El encuentro de almas entre el compositor (ya de 32 años) y la muchacha duró apenas el transcurso de esa primavera, pero fue lo suficiente profundo y abarcante para mantenerse en el tiempo. La manera en que Debussy -de por si perfeccionista al extremo- describe el talento musical y el sonido en el piano de la señorita Lerolle nos muestra que la consistencia y el cuerpo de esa unión y de ese vínculo tenía algo más que efusión y enamoramiento primaveral. Las consideraciones que Debussy vierte sobre la personalidad y la inteligencia de la muchacha, así como las referencias a las conversaciones sobre el impresionismo, el simbolismo literario y toda la revolución estética en ciernes... pero sobre todo el silencio que mantenían en los jardines atardecidos de la casa del pintor, nos deja constancia de ello.

Extremadamente sensible al Eterno femenino, Debussy quedó para siempre marcado por ese encuentro y contradictoriamente al título póstumo que le impusieron a la piezas, nunca pudo olvidar la imagen de Yvonne… así dos años después en 1896 reitera la ofrenda de estas imágenes en el manuscrito que retuvo por tanto tiempo en reserva el maestro Cortot.

Debussy nunca quiso hacer públicas estas imágenes, así como tampoco el amor sublime que mantuvo hasta su muerte por la mujer y la pianista. Ella por su lado, a pesar de la notoriedad que le hubiera aportado el hecho de tener los manuscritos originales dedicados por el ya famoso compositor, también guardó el secreto y el amor por ella profesado, como la joya más preciada… tal vez y solo compartido con el joven pianista y futuro confidente Alfred Cortot (Nyon, 26 de setiembre de 1877 - Lausana, 15 de junio de 1962). Es muy conmovedor leer en las páginas de los diarios del maestro Cortot, la descripción delicada y nostálgica del rostro de la ya anciana Lerolle, cuando escondidos en los salones del conservatorio, estudiaban las partituras. Es a él, al Gran Cortot, al último romántico, a quien le debemos sin duda que estas imágenes olvidadas hayan llegado de manera madurada, acrisolada como el amor, a nuestras manos, a nuestros oídos y a nuestras almas.

El Maestro Alfred Cortot

Edgar Vidaurre

jueves 6 de marzo de 2008

Gaudí y lo Kitsch: la estética y sus límites... María Alexandra Vidaurre (diseñadora y artista plástico)


Cabe aquí la pregunta ¿cual es el límite de la estética?. ¿Es la estética un concepto que sólo atañe al fenómeno artístico?....Ya Heidegger nos planteaba en su obra El origen de la obra de arte, que: “La esencia del arte sería pues, esta: el ponerse en operación la verdad del ente. Pero hasta ahora el arte tenía que ver con lo bello y la belleza y no con la verdad. Aquellas artes que crean tales obras se llaman bellas artes a diferencia de la artesanía que confecciona útiles. En el arte bello, no es bello el arte, sino que se llama así porque crea lo bello. Al contrario, la verdad pertenece a la lógica. Pero la belleza se reserva a la estética....”

¿Se podría decir entonces que el límite de la estética es la belleza?. Tal vez, ha sido el Modernismo el que ha ensanchado los límites de la estética y del Arte propiamente hablando con su movimiento Art Nouveau. La absoluta libertad creadora y la gran transculturización que caracterizó al Modernismo, ensanchó lo horizontes estéticos de tal manera que hoy por hoy se ha llegado a lo que llamamos la Globalización del arte y del Gusto por el arte.

Hoy en día es muy difícil establecer diferencias y límites entre lo que debe llamarse arte y las manifestaciones estéticas aledañas a éste como podrían ser la artesanía, o lo que se ha venido conceptuando como artisticidad. En este punto, la sociedad de consumo ha determinado por su parte y por los efectos financieros que envuelven a la llamada economía del arte, la dinámica estética en cuanto a los efectos buscados por la mayoría de los consumidores de arte, por así decirlo, y la actividad de los artistas.

El kitsch, resume como concepto, el fenómeno altamente dinámico que rige la estética desde hace algún tiempo. Ya no son los artistas renovadores quienes dirigen el curso del fenómeno artístico desde el punto de vista estético conceptual, sino será el consumidor, el observador, el diletante en el mejor de los casos quien dará la pauta sobre el gusto artístico. A nuestra manera de ver las cosas, El Kitsch recoge apenas un aspecto derivado del fenómeno estético moderno, y además de una manera muy simplista, pues aunque es cierto que una buena parte de las manifestaciones artísticas de la modernidad están signada por el llamado Kitsch, en cuanto a que los fines del arte son el producir efectos en el público de la manera más fácil posible, no es menos cierto que el arte está en permanente evolución y en el vértice más profundo de su génesis siempre estará involucrada la más alta potencialidad humana, más allá del simple consumismo que permite lo que podríamos llamar la falsificación del arte, ya que sin lugar a dudas se encuentra muy lejos de la verdadera naturaleza humana en sí misma considerada.

En el caso el Gaudí, consideramos que la excentricidad y la exageración que caracteriza su obra no pueden ser atribuidas a ese fenómeno estético efectista determinado por lo que se llama El Kitsch. Lejos de estar determinado por el patrón global y consumista del gusto de un público específico que gusta de determinado efecto estético, creemos sinceramente que la obra de Gaudí responde a un impulso muy interno y profundo del artista, quien no sólo dio muestras claras y fehacientes de la ética del arte en su obra en sí, sino en su vida misma, vida profundamente alejada del correteo mundano, con elementos casi monásticos en especial hacia el final de la misma. Nadie que vea el Palacio Güell o la Casa Batlló o la Pedrera, puede negar el evidente alejamiento de lo corriente y superficial en la obra de Gaudí. Es verdad que el ver esas obras provoca de inmediato un efecto ampliamente perturbador, pero en todo caso ello obedece al profundo carácter libérrimo y a un ilimitado poder creador de Gaudí quien como ya dijimos siendo un gran innovador y el gran representante de la arquitectura modernista, nada tiene que ver con la elegancia decadente, refinada y graciosa del Art Nouveao y mucho menos con el llamado Kitsch.

Tal vez y en razón del título de estas consideraciones “Gaudí y lo Kitsch: la estética y sus límites” podríamos agregar que el profundo efecto que produce cualquiera de las obras de Gaudí, jamás podrá atribuirse a una intención predeterminada de provocar de una manera fácil e inmediata efectos estéticos en el observante mediante una actividad cercana a la frontera de la llamada artisticidad, si no muy por el contrario, nos estremecemos por la virtud y el gran carácter de la obra de Gaudí que nos impone estructuras poderosamente asentadas en un Arte que por la gracia de su libertad creadora ensanchó los límites de la estética hacia formas quizá aún no superadas.

Hotel... de la poetisa Mariela Casal (poesía-video)

He leído (a veces con los ojos cerrados) el poemario Hotel de la poetisa Mariela Casal, tratando de traspasarlo, de llegar al lugar propuesto. Sin embargo, cuando abrimos los ojos para ver el video que complementa y termina de confirmar la propuesta de esta experiencia poética, nos damos cuenta de que somos nosotros los traspasados por ella de manera ascendente y a la vez hacia adentro. El ascenso que se patentiza en el video, donde la propia poeta va subiendo escaleras durante catorce estaciones, contrasta con esa voz espectral, casi inaudible y que se confunde a veces con su propia respiración.

Emprendemos entonces el ascenso hacia adentro, en un viaje que nos llevará hacia lo invariable de nosotros mismos, a aquello que se mantiene inalterable a pesar de las transformaciones y en cuanto a lo inasible, (a lo que pasa y nos va pasando fuera del tiempo), “a la duración pura”, aquello que queda en el fondo del crisol cuando “nos permitimos vivir” sin determinaciones dimensionales precisas… un viaje sin mapas, sin rumbo preciso o instrumentos, lejos de cualquier coordenada cartesiana. Tal vez y si se pudiera tratar de ubicar espacialmente el desarrollo de este viaje, de esta experiencia, pudiéramos hablar de las coordenadas del alma.

Sin embargo, esta mujer nos va dejando las pistas, el rastro de ese tránsito a través de las líneas sepias que va trazando con la mano y que se incorporan a medida que ahonda en si misma (y por supuesto también en aquello que resuena en nosotros mismos). El propio libro y los textos que esta vez se separan de la mano de la poeta para adquirir vida propia, se nos parece a esos códices antiguos y cifrados donde los navegantes iban plasmando en el momento mismo del acontecer, los puntos de encuentro y desencuentro, de llegada y de extravío... Allí se nos van marcando los hitos del viaje para llevarnos cada vez más lejos del ámbito dimensional.

Aunque la sensación de atemporalidad es absolutamente indescriptible (por lo menos con palabras), nos damos cuenta de que el tiempo pasa y no pasa...de cómo a través de ese nexo maravilloso que es Humbolt (a veces hombre, a veces edificio de Hotel en ruinas) pueden resurgir una verdad entre dos realidades temporales y relativas: que no importa que sea el año 1800 o el 2007, la belleza intensa siempre estará allí, como el atardecer pleno que se observa en el video desde las ventanas rotas y ruinosas del hotel... que uno debe realizar ese viaje sensible hacia los horizontes de la otredad para que surja el reflejo de lo que portamos adentro… muy adentro. Es ese viaje no debe terminar en el adentro, por lo que se debe hacer el recorrido de nuevo para renacer constantemente, y con ello dar constancia de lo que nos ha impulsado desde siempre... desde la fuente, el origen...

Somos perpetuos viajeros de la nostalgia… y el símbolo del Hotel aparece cuando en medio de la travesía, agotados o ansiosos, cerramos los ojos para reposar y salvarnos en esos otros ojos, aquellos ojos...aquí, allá o más allá. Pero es justamente en el reposo, cuando dejamos de viajar por un instante que, contradictoriamente ocurre la transición, la transformación. Vemos entonces a su vez con otros ojos, la imagen de una mujer que transita la vida en el oficio de amar… tallando la torre debajo del agua, es decir fluyendo generosa en lo más abajado de nuestro sentir, para transformar nuestra sed en esas aguas.

Sed, es decir amor. Pero como en todo viaje o tránsito amoroso, no sólo la sed será transmutada en amor… también el habitar será un ritual de transformación a través de lo soñado en medio de la noche. Con la llegada del amanecer (de tanto soñar, amanece) desde el eterno origen retornará también la luz viajera con sus fuentes deshojadas a desnudar su piel como una flor. Ahora es ella quien nos habita y, correspondiendo a ese amor, ante su extrema desnudez y la implacable luz, cerraremos los ojos, (mis ojos, tus ojos, esos ojos)…

solo así será posible que escuchemos y entendamos la voz de lo invisible: esa voz susurrante de mujer que surge ascendente entre las ruinas del tiempo para disolverse en el alma...


hotel, enero del 2000

catorce pisos
y un pedazo de tus ojos
de mis ojos
de aquellos ojos
de esos ojos

desaparecía el hotel de arroz

sus granos llevaban las aves en el canto para el vuelo

entonces

a nosotros

hotel hotel hotel


**

hotel, dos de enero

esa flor es azul porque es de aire
esa rama es más verde porque es más lejos
esa casa es más alta porque es más arriba

el océano nos lleva el manto
su lejana candidez
y su sal


- - -
sólo sé que volveré a verte
en nuestro hotel las calles son pliegues

todo el siglo es una red distante

yo me quedo en tu cabello
tu cabello de almohada
y piedras peregrinas

**

hotel, expedición a la Silla de Caracas
enero de 1800

las montañas que dominan las grandes ciudades…
adquieren, en ambos continentes, una celebridad
extraordinaria


Alexander Von Humboldt


- - -
sólo escribo solo
sólo el hotel solo

la selva es esta noche Carmelina
hacemos ronda en la penumbra

**

hotel, enero del 2000

de adentro hacia dentro
cantan las aves
y pueblan
los árboles, y las flores y los ojos

su hotel de amor

nada lo posterga

- - -
hotel hotel
alta montaña del Riff
donde la aldea
se ama

- - -
Mala suerte habían tenido los pronósticos de las ocultaciones de los meses de diciembre y enero: se había confundido el tiempo medio con el tiempo verdadero
Humboldt, Expedición a la Silla de Caracas,
Dos de enero de 1800


**

hotel Humboldt, viernes de enero,
la montaña

la cita no es aquí
celebremos el viernes a otro lado
desulado
el corazón es acróbata
de un hotel altísiiiiiiiiiiimo y solo
de un altísiiiiiiiiiimo camino
de la luz, su cuerpo y cobijo

de soñar, ascender, sí

bajo el manto desulado
desuslabios el viento ese paisaje, celebremos:
he allí una mujer feliz

- .- -
en el oficio de amar

en el oficio de amar

tallamos la torre

debajo del agua

lunes 3 de marzo de 2008

Los Garabatos de Frank Ziccarelli...


El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define “Garabato” como: Rasgo irregular hecho con la pluma, el lápiz, etc. También lo define como aquellos Garfios de hierro que sujetos al extremo de una cuerda sirven para sacar objetos caídos en un pozo, o como el Instrumento de hierro cuya punta forma un semicírculo y que sirve para tener colgado algo, o para asirlo o agarrarlo. Igualmente conocemos la advocación de garabato como la representación arbórea de lo duradero y permanente pero al mismo tiempo suave y fresco en la figura del Abedul y por último, y la más hermosa, aquella que lo equipara con la gracia y el garbo de una mujer, aunque no sea bella…

Leyendo despojadamente el poemario de mi amigo Frank Ziccarelli, me atrevo a decir que, en el mismo, el poeta aborda las cuatro acepciones de garabato antes mencionadas (y seguramente muchas otras), toda vez que, aún refiriéndose de manera general e inicial en el título del libro a aquello que trazamos de forma irregular y sin sentido premeditado (bien sea con el lápiz o incluso con el cuerpo), en la lectura de los poemas percibimos fuertemente, cómo este hombre con gran destreza y oficio (tal vez por su trato íntimo con el hierro y el metal) es capaz de hundir con los ojos cerrados pero con mano firme y viril, los garabatos de hierro y aperos de pesca en el pozo de las imágenes de su inconsciente para asirlas, agarrarlas, traerlas a la superficie y así colgarlas en nuestra mirada, a veces con la apostura de un abedul pescador de vientos, o de manera conmovedora…como siguiéndole el paso a una bella mujer.

Tal vez el que escucha el inicio de esta presentación pensará que estoy catalogando al poeta como un poeta surrealista. Incluso, a lo mejor, corro el riesgo de que Frank se ponga bravo conmigo, pues hoy en día algunos poetas se molestan cuando se sugiere alguna relación de su trabajo literario con el surrealismo (por supuesto con ese surrealismo de simple postura o cliché gastado, teórico, ya académico)

Sin embargo, como decía Odiseo Elytis, todo buen poeta en principio es surrealista, y citamos textualmente, “con el surrealismo construimos algo distinto, que dista mucho de su teoría inicial, algo único y que presenta por lo mismo un interés especial. Desafortunadamente, no fue enfrentado nunca de esta manera por los críticos, ni comprendido por los más jóvenes, que se expresan con ironía del surrealismo, porque no conocen de él sino y solamente lo que enseñan las enciclopedias, es decir, la escritura automática, la imagen extravagante y su recurso al onirismo…”

Ese plus, ese construir afanosa y pacientemente pero con pureza y vigilia es, a mi sentir, exactamente lo que hace este poeta pescador. No se trata entonces de un simple ejercicio de asociación automática de imágenes inconscientes, sino de un arduo así como esplendoroso trabajo en los amplios espacios que supone un altamar cósmico, para velar y buscar las imágenes más autenticas. Luego, con las virtudes del hierro y la destreza de la mano sabia y curtida por el tiempo (también cósmico), pescarlas de manera indemne, sin matarlas o destruirlas, dejándolas con todo su brillo, con toda su frescura siempre viva, o mejor aún para dotarlas esta vez de una nueva y vigorosa vida.

Obviamente este oficio de velar (y de develar) en el medio de ese bosque oceánico (y como dijimos cósmico) para presenciar la aparición de las imágenes más llamativas y brillantes, entre las sombras esperanzadoras de las madrugadas, implica irremediablemente la presencia inminente de la luz, luz de lámpara encendida en medio de la noche-madrugada mientras aún se encuentran indiferenciados el cielo y la tierra, y en donde encontramos nuevamente los oficios del hierro, bien como instrumento escudriñador de la tierra a través de una escardilla, o bien como ese hierro que irradia la luz para escudriñar el cielo.

He aquí, en este poema de mi amigo Frank, cómo se despliega literalmente ante nuestros ojos esta nueva y dinámica realidad: “El pionero del garabato, no fue el que inventó la escardilla. En la negra noche, no vio la hendidura paralela, el que la lámpara encendió, en fuga. El que inventó la máquina iluminadora, despertó el surco insignia, develador de un diezmo, de la prístina flor del bosque. A los ojos del madrugador, abra tierra a los cielos despejados. Que la semilla desate su sombra”.

Aquí vemos pues, cómo con trazos espontáneos, sin premeditación alguna y con la frescura de un garabato magistralmente descrito y ejecutado, el poeta nos habla al mismo tiempo de los hierros de pesca, de aquella fortaleza que nos permite escudriñar y atrapar lo que vemos en el fondo pero, como dijimos, diestramente, con la finura innata que nos otorga la paciencia de los pescadores o del árbol… ese abedul arraigado en la tierra pero también nocturno pescador de vientos y de cielos.

Ya para seguir la secuencia de estos sentires, a la cuarta gracia que posee la palabra garabato, es decir la gracia de una mujer (las mujeres siempre son bellas), y que en este caso se convierte en la pescadora de nuestra mirada más interna y secreta, la encontramos cuando la palabra se posa en el ala izquierda de la rosa…cuando en silencio se desplaza por la Vía Láctea, “en la cresta del colibrí, y en íntimo rocío retorna al cuerpo curtido, al trazo…o también cuando él la evoca: ella así va, más allá con sus sueños, recogiendo las palabras, escritas con premura…tantas veces la he visto como la misma tierra incomprensible…los ojos de vida penetran el recuerdo de mi Columba cuando se fue, envuelta en su luz…y finamente cuando se entrega a ella en un beso, un orgasmo, un dejarse ir en la pausa, fundido, volver sin añadiduras al cuerpo flotando…”

Pero tal vez la más extraordinaria y casual de las fusiones de las distintas acepciones y significados de la palabra garabato que nos regala el poeta, está en el poema Urkía. Aquí vuelven a aparecer como peces insistentes en el fondo de la red, la mujer, el hierro (esta vez en forma de yunque), el árbol y por supuesto la luz. Urkía, quien era la mujer del cacique Guaicapuro, es invocada por el poeta: Eres zaeta que se hunde en el laberinto de la cascada violeta. Que deshaces la yunta del fuego traidor. Urkía. Madre. Sumo en la tierra de los huesos retoñados, que cruza la historia esparciendo cenizas al vuelo de la luz. Que amaina la tempestad iracunda…Aquí no debemos olvidar la advocación arbórea de las divinidades femeninas en las mitologías de nuestros indígenas, hecho que, de manera impresionante, se une con los mitos vascos que le dan también el nombre de Urkía al árbol Abedul, significando la esencia y la presencia determinante de las fuerzas femeninas en la naturaleza.

Por otra parte, no puedo dejar de lado, al comentar las imágenes del poeta, la presencia compartida de su perro. Al igual que él, yo también pienso que mi perro es la prolongación de mi mismo, de mis propios sueños y de los retornos de luz cada mañana. A mi perro tampoco las ranas le perturban el resplandor de su ladrido…

A todo ello, a lo que hemos dicho, hemos también de agregar la cadencia personal del poeta, su tono (como él mismo dice) lleno de Karibe, de noche de mar y de luz de madrugada, su mañana de tamarindo, colgado a la longevidad, a ese Corpus Áurico de Armando Reverón en donde la arena blanquísima dibuja sus ojos en la rada…y reflota, su fulgurante recorrido que se balancea entre el garabato y el boceto, el retrato, la mascarilla y la sombra.

Al final del poemario encontraremos para nuestra sorpresa otro poemario distinto pero igual, lleno de imágenes pero esta vez más sosegadas, más reposadas, especie de haikus karibeños. Aun así, volveremos a ver nuevamente y por última vez a King (el perro de Frank) haciendo a su vez unos garabatos y subiéndose triunfador a un autobús con las pestañas quemadas y los garabatos de Ziccarelli en la boca.

No es pues, para terminar, esta poesía una poesía que se pueda catalogar o poner en canon alguno establecido. En todo caso si pertenece a algún canon, será con certeza a ese canon secreto, oculto que sólo algunos poetas conocemos. Bien nos dijo el poeta en su poema titulado Dijo el poeta: “Un canon embotellado no es sólo un empaque inteligente, aprendizaje de vida en lo infinito. No señor, es fuego lamiendo fuego…”

Edgar Vidaurre

"Tapices" de la poetisa Ruth Vidaurre


“Yo soy la madre y la naturaleza entera,
señora de todos los elementos, origen y principio
divinidad suprema, reina de los mares
primera entre los habitantes del cielo,
tipo único de los dioses y las diosas
Las cumbres luminosas del cielo, los soplos salvadores del mar
Los silencios desolados del infierno…
Yo soy quien gobierna todo a merced de mi voluntad.
Yo soy la madre y la naturaleza entera…”


Himno a Isis
Lucio Apuleyo



En este libro, bajo una especie de trance, la mano de una tejedora nos habla a través de la boca de una poeta. Ellas nos han estado hablando silenciosas, inalterables desde el origen. Pero el origen es un misterio, un secreto en el vértice de nuestra comprensión del alma y el mundo.

Ella es quien finalmente arrebata el secreto. Ella es quien sabe pronunciar su nombre, por eso su aliento adquiere potencia divina. Isis, ayudada por su hermana Nephtys, inventó el oficio de tejer. La acción de tejer, íntimamente ligada a la vida como la manifestación del mundo haciéndose, como la estructura y el movimiento del universo. Este tapiz sin embargo puede ser también un velo, un misterio, cuya repetición y perpetuación requiere una suprema inocencia. Por ello, sólo unas manos inocentes pueden ser iniciadas en este oficio. Estas manos iniciadas, detentarán pues a partir de ese momento, el secreto de la vida-muerte-resurrección.

Ankh. La cruz ansada, o el nudo de Isis. Lo vertical y lo horizontal entramados bajo el nudo de Isis, símbolo de absoluto poder de transformación y fecundidad. Símbolo del principio femenino. Urdimbre que representa las líneas verticales y horizontales de la cruz cósmica.

El vidente y místico Abraham Abulafía, en el año 1.100, hablaba de que el éxtasis producido a través de la transmutación de la consciencia, por su entrada a los planos de encuentro directo con el Ser, tenía como suceso y logro mayor, desellar el alma, desanudar los múltiples nudos que la oprimen para llegar a tocar, a vivenciar finalmente la totalidad. Pero ya desde mucho tiempo atrás, las niñas iniciadas en las liturgias en honor a lo femenino de la divinidad, vivían solamente para vincular alma-mundo, o alma-mundos, a través del ritual del tejido sagrado. El reverso del nudo era pues más bien símbolo de vida, de inmortalidad, el vínculo, la unión, el abrazo....

Las manos de una niña, vinculada profundamente a la soledad de la tierra, son predestinadas a tejer la púrpura. Esta virgen, adosada a su telar, establecerá la representación del universo en un marco de madera. El ángulo de arriba es el “enjulio del cielo”. El de abajo representa la tierra desde donde se establecerá el vínculo. Como en un acto de alumbramiento, dice Jean Chevalier, “Cuando el tejido está terminado, la tejedora corta los hilos que lo sujetan al telar y, al hacerlo, pronuncia la fórmula de bendición que dice la comadrona al cortar el cordón umbilical del recién nacido”.

La soledad de la tierra. Ella, nuestra niña, debe buscar lo iridiscente en la aridez de la tierra. La púrpura al fondo de los ojos. Pero esa policromía del mundo debe recortarse sobre el fondo del dolor humano. Son las hilanderas quienes abren y cierran las heridas del alma y de la tierra. Del ámbito humano y del cosmos.

Dentro de esta suerte de lucha por mantener la inocencia inalterable, La perpetua inocencia, ¿por qué ha de ser una niña, por qué una mujer? Creímos alguna vez que el hombre era el gran mancillador de los espacios, el cazador de espacios. Pero la dueña del ovillo ha sido siempre ella. Son sus manos y sus dedos quienes muestran la entrada y la salida. Pero más allá de la entrada y la salida, están la vida y la muerte. Por eso sólo seremos salvados por la gracia del vínculo, del nudo. La iniciación de este especialísimo caso, será el ceder y el entregarse de “Ella” a lo omniabarcante, a lo trascendente, a pesar de que en los procesos arquetipales que sustentan los mitos (elaborados por el hombre), y ya en la explicación revelada a través del dogma de la religión, es usualmente el héroe o el sacerdote quien transciende hacia lo trascendente.

Sin embargo, en este caso, ella es la heroína, la que debe permanecer inmancillada. Su capacidad para la renuncia debe estar más allá de su imponente miedo, de su duda. Por ello la absoluta entrega a la soledad, al silencio exasperado del color. Ella tendrá por fuerza que dejarse morir, aunque sea simbólicamente, para traspasar su miedo y su duda, para iniciarse en la senda de la soledad, soledad que nos marca el camino que sólo puede recorrer ella misma.

El epílogo de este drama cósmico. Donde una niña nos muestra que el Tapíz-laberinto que el ser humano recorre es la eterna re-creación, será su conciencia, su propio reconocimiento de la muerte y la soledad. Pero reconocer esa muerte y esa soledad, es también reconocer a la totalidad del ser.

El Tapiz, y aún más, el sacrificio de nuestra niña hilandera (quizá también de la poeta, cuya boca nos revela el por qué de su silencio) nos representa el eterno vínculo de lo humano con la totalidad del ser (masculino-femenino), proclamando por siempre esos espacios vírgenes, que aún siendo mancillados por la huella del cazador de espacios, permanecen en una transformación inalterable, santificados por la realidad absoluta, salvados por ella.


Edgar Vidaurre

Un poema de mi padre... tomado de su libro "El diván de Aritumayo"

Edgar Vidaurre Reyes (1927-2005)


Al atardecer
cuando parece que ya se terminó el día
mi día destinado se ha ido
sin remedio ni regreso....
sin darme cuenta
parece que perdí este día
que era mío
¿Entonces a quién le robé
el día que he vivido
A quién le debo esta alegría de estar vivo
quién me debe cobrar esta pequeña felicidad?
No lo sé, pero este atardecer
es plenamente mío
lo estoy gozando,
lo estoy contemplando
y no me importaría morir con él

La espiga amarga...de la poetisa Luz machado







Luz Machado (1916-1999)




LA ESPIGA AMARGA 1950

POEMA EN EL UMBRAL
Comparezco ante la tempestad
con un espejo de rosas en las manos.

Para qué huir si el relámpago es cielo fugitivo
y en el trueno cabalga un arcángel herido?

Comparezco ante la tempestad con los ojos abiertos
y recibo en la lluvia el mensaje del génesis.

El mar bajo mis pies salva azules panteras.
La espuma en mis rodillas salva serpientes de oro.
El aire contra el pecho salva fantasmas bellos
y sofoca doncellas y liras en la noche.

Alto es el muro, alto. El mar sube y me habla.
Y en mis manos esconde sus estrellas salobres.

-En donde están los hombres y el amor entre ellos?

Alto es el muro, alto. La soledad responde.

-Prestadme de la infancia su abanico de yerba.

El muro es alto, alto. Las nubes lo conquistan.

-Quién esconde los pueblos de la luz en el cinto?

El muro crece y crece y apenas miro el aire.

La soledad es una aldea con campanas y esta noche agonizan las estatuas.

Quiebra, alma mía. tu espejo de rosas con mis manos.
La muerte hizo una máscara azul con la tormenta.

EMBRIAGUEZ DE LA MUERTE
Quiero una casa de piedra junto al mar.
Quiero saber que detrás de cada cosa
estarías esperando mi pecho para caer,
como un oleaje.
Que echarías tu cabeza de diamante imprevisto
en el agua madura de mis hombros,
buscando, como um pez ávido de soledad,
un par de lunas de limo detenido
en las que un bosque antiguo recogiera sus iniciales savias.

Yo calzaría el crepúsculo entero entre mis dedos
probándome su herencia de anillos,
esperando que creciera en mi cara el polen de la eternidad.
Y tu dirías:
soplo el tiempo ? descubro la llama
que habrá de cortar por siempre
esta piedra frutal de tu ceniza
mordida entre los dientes fríos de la muerte.
Y yo sentiría crecer todas las magnolias del mundo bajo el mar.

Eras un marino ciego contando barcos
por el recuerdo de las constelaciones en e1 puerto.

Y encendías con pequeñas cartas tu pipa azul
lamida con lenta lengua insomne.
Abrías en tus rodillas un álbum temporal de estampas sueltas
y clavabas con embriagados dedos las palabras
y sus mariposas secas en el resplandor del vuelo.
Sucias arañas nocturnas
derramaban las fechas de tus vinos más lentos
y en la piel te crecía una yerba de cántico enraizada en los huesos
cuando me recordabas.
Entonces yo tenía la edad de las campanas.
Pero no conocía el verde campanario del mar

Ahora recibo la convulsa marejada
y una voz nunca oída levanta, fecundando, árboles de adentro.
Y un cinturón de islas me descubre fronteras
y arden bajo las sienes vastos campos de frío.

Tú, con ojos agrarios, vivos ahora y ciertos
frente a los míos de uva, de retama y de estío,
me sacudes, me llamas, breve fuego perdido,
y me ofreces tu red de peces aturdidos.

Y vigilo esa hora de légamos nocturnos
para que permanezca intacta,
porque sólo en la noche el sueño me recibe
con el dedo de Dios sobre la boca,
y el sigilo me unta sus bálsamos oscuros
y paso por el tiempo como una bestia pura.
Esa casa en el mar tendría izadas las banderas más claras del día
y jugaríamos a un viaje por todos los países
recreando sus colores en nuestra latitud.
En el aire leeríamos el diario de los pájaros
y ya podríamos hallar la luz en la pupila ciega de las frutas.

Cuando la tempestad abriera su abanico de inmensas plumas negras,
y una lengua de azufre buscara el pubis roto de los ángeles muertos,
nuestros pies estarían juntos y quietos, abandonados,
sobre el ramaje violento de la oscuridad,
pero entre nuestras manos Abel encontraría sus ramos de diamante.

Cuando la lluvia derramara su selva de abedules
y erigiera campanarios de frío llamando los bronces
enterrados en el fondo del océano;
cuando el agua soplara sobre el rostro de la tierra
las praderas del polvo entre la savia,
-como tú la eternidad sobre mi cara-
yo sé que nuestros cabellos tañerían sus liras
de betún pudoroso convocando ternuras,
como sirenas viejas buscando una ostra azul.
Cuando las estrellas descubrieran sus rodillas
y la luna copiara la playa en miniatura
y cayera de bruces en el pulso del mar
con su reloj de agujas de amaranto,
recorreríamos lentas avenidas
como un par de criaturas de pronto detenidas
en el resplandor del cántico
y su íntima y solitaria iglesia iluminada.

Quiero una casa de piedra junto al mar.
Tendrá que ser se piedra porque hay sal en la ola
y en el alga la orilla exprime ácidos zumos.
Y habremos de estar juntos, como dos piedras juntas,
veraces en el polvo,
sustentando los nombres del amor en el tiempo;
tan claros ya los huesos que erigirán ventanas minerales;
ebrios en la dulzura violeta del racimo,
con la sangre alentando fábulas de palomas,
con la antigua certeza de una estatua sin rostro rescatada del mar.
La muerte es una casa de piedra junto al mar.

ELEGIA POR EL ALMA DE LAS PALABRAS

Donde esta y que señal la hace conocida.
Si sólo encuentro de ella recados en el vino apuntes en el llanto,
huellas en las campanas, grabados en el árbol, alfabeto en el aire,
y en las sienes siento clavados sus ojos fríos
como un par de golondrinas muertas en un friso.

Si apenas queda el cuerpo, las letras solamente,
húmedas en amor, violadas en amigo,
inútiles en paz, mutiladas en fé.
Si desborda en las manos.
un soterrado fuego como vuelo siniestro.

Ah, su piel de marisma embriagadora y ávida,
su memoria transida de aroma y podredumbre,
su harina compañera, su ronda azul de bosque,
su temblor de ala abierta diciendo adiós y vente.
Ah! Las palabras nuevas, símbolos del comienzo,
prólogo de los hombres ante las piedras mudas,
asombro de los labios por donde se escapaban
con esa gracia turbia del hijo que se pare.
Ah! las palabras limpias como las uvas verdes.
Las palabras redondas como horizonte y tierra.
Las palabras agudas, puñales de las voces,
las palabras quebradas como rayos celestes,
las palabras oscuras abriendo pensamientos
bajo el día de la frente.
Y esas de la penumbra: carta, desvelo, beso.
y las claras, las frescas, las luminosas, ágiles:
lebreles, frutas, fuentes, cristales, días, ventanas.
Las cósmicas: sed, tiempo, libertad, luz, criatura.
las leves de los aires, las raudas de los vuelos.
Las de la ira, sórdidas. Las del fracaso, ácidas.
Las abiertas de ausencia: costa, puerta, fantasma.
Las rectas, como hombre. Las falsas: hombre-espejo.
Las fieles: hombres-hombres, y hombre-hijo, de sangre.
Y arriba, abajo, ser: escala de infinito,
tantálica raíz, vendimia prometeica.
En dónde está, hasta cuándo, alma suya y tan nuestra,
violento cielo, ávido corazón de la muerte,
cabellera maldita inasible y ardiente.

Somos aquí con ella. Somos aquí por ella.
en cada instante creando nuestro dios verdadero.
Yo doy esta campana del inefable llanto,
esta campana grávida del cobre de la estrella
para llamar sin tregua la rosa de los vientos,
para saber los nombres de la babel perdida,
para marcharnos juntos, para marchar por ella,
que acaso Dios la guarda bajo la sien como una mariposa clavada,
perseguida por todos,
arrojada del tiempo como de un paraíso.
por un ángel sonoro y su espada de cántico.

Y OTRO DlA ...

Hay que dejar en las ciudades algo.
Para qué vamos hacia ellas si cuando nos marchamos
no sentimos en el pecho una pequeña piedra oscura,
golpeándonos?
Nada es decir: yo conozco esas calles
yesos árboles limpios de la savia de un año.
He recogido la última soledad de la noche
antes de que la luz despierte sus praderas.
Sé por dónde han venido las bestias mas pequeñas
a beber solitarias en el mediodía
y cómo sopla el viento las cortinas
cuando pasa la lluvia.
He visto hacia qué abismo dirigen las cascadas
sus pequeñas flotas de espuma;
bajo cuál puente oscuro se guarece la muerte;
hacia dónde vuelan las hojas de los libros rotos.

He oído los perros mordiendo mendrugos
debajo de las mesas solitarias
y sé a qué horas la constelación
abre su cintura de puerros resplandecientes
y cuenta la claridad con las estrellas
que penden de su espada mínima y sosegada.
Jardines, casas, campos y caminos
corren la misma suerte de los hombres.
El día, la tarde, la noche son tres flores distintas
con un aroma eterno y verdadero.
Toda esa ciudad yo la conozco, puedo decir.
Pero nada vale decirlo si no duele:
Amor, palabra, estatua, mujer, árbol, poema.
Porque hay que sabernos después, esperando
entre carbón y sed
la isla sumergida.
Y que después lleguen tempestades y nos hallen
de pie en granos de arena contando nuestros dedos.
Y que después vengan a estrujarnos banderas podridas en los ojos
y nos nieguen decir las palabras sagradas.
Y que después vengan y nos corten los pies y nos cieguen y hieran
Y en la frente nos claven máscaras de piel sucia.
Y que después, solos,
cuando recordemos que hemos estado en una ciudad
y hemos perdido en ella algo,
sintamos un molino de cien ruinas
moliéndonos el aire en las entrañas
padezcamos un ramo de violetas
como un alumbramiento de cal viva y de espanto;
oigamos las sirenas de los barcos partiendo
y no podamos irnos ni en la luz de una lágrima.
Que después que hayamos estado en una ciudad
perdiendo algo no poseído nunca,
un arrebol nos hiera con su puñal de pluma colorada
y nos parezca que sobre la cintura de las uvas más dulces,
pasa un volcán calzando un par de botas negras.

FLORES EN LA NOCHE

Hay que enterrar vivas las flores.
Para. esa que tiene seis pétalos tranquilos
en terciopelo de óvalos morados,
y para aquélla que recuerda lentas cabalgaduras
con penachos rojos,
y para ésta viva en mi memoria,
para cualquiera pediría lo mismo viéndolas distantes,
tan hermosas, tan fieles,
aun cuando hubiera de romper el gran mazo
del color de la noche cuando cae sobre el mar.
Les he tocado el corazón escueto,
he juntado sus pétalos nerviosos
con ese movimiento simple de las mujeres
queriendo cerrar las puertas
cuando saben que el amante las abandona;
pero ellas volvían a abrirse
en su dulce y pequeña tensión violada.
Del tallo vienen a mis manos tristes
y en su sitio de siempre
queda el gran mazo ausente, sin un grito.
Alguien pregunta
de qué color tendran el corazón después del viaje
y antes de que lo digan,
ellas dan las iniciales del color de la noche
creciendo sobre el mar.

Hay que enterrar las flores, vivas.
Es preferible a verlas morir entre dos hojas,
perdidos ya el matiz y el suave aroma.
Es preferible a verlas marchitarse día a día
como el amor fugaz de dos criaturas,
perdiendo poco a poco y en la ausencia
el calor inicial y las palabras.
Es preferible a escribirles esas cartas
de agua reciente en los floreros,
rogándoles resistir un poco más que nuestra propia pena.
Mirad cómo se irguen -ángeles del color en el espasmo-­y cómo caen después, l
acias y oscuras,
en el sopor definitivo, abandonadas.

Hay que enterrar las flores, vivas.
Guardar esa imagen purísima en su vitral de aroma
quedarnos para siempre con su amago amoroso
de quien no se atreve a decirnos nada más conocido ya en nosotros.
Y al dejarlas, pensar de ellas
lo que piensan los hombres de las mujeres bellas,
amadas una vez en la nostalgia
y olvidando su nombre al despedirse.
Hay que enterrarlas vivas o perderlas,
que es el modo mejor de hacerlas vivas.

CARTA A LA POESIA

II

"Aquí me tienes". Así empiezo mis cartas.
Y aquí estoy recorriendo lentos arcos de frió.
El pórtico sostiene la melancolía
y en los huertos baldíos crecen arroz y sal.

Llego ciega, perdida, a un bosque abandonado
y una rama estival florece solitaria:
"Ay, me duele la piel del cántico,
la frente de la piedra, la pestaña del musgo.
Dadme un vino de rosas y un bálsamo de mirto.
Llevo una luna ardiente clavada entre los senos
y una palabra antigua me crece como yerba olorosa en la boca.

En los pulsos hay vivas mariposas clavadas
y el aire tiene un aire de ciervo prisionero.

Saltan mastines jóvenes y lagartos desnudos

despertando los ríos cerca de mis tobillos.
Los ojos de la fábula son mi sed detenida
y pudre su esmeralda el silencio en mi boca".

Avanzo, avanzo entre cadáveres.
Las ciudades más antiguas me gritan sus historias.
Los hombres más antiguos desenvuelven sus mapas,
y una ráfaga última siembra sal en mis huesos.

Qué claros pergaminos arden bajo las sienes!
Qué antigüedad más ávida erige lentos cirios!
Qué hontanar transitorio germina en la heredad!
Cómo esparce la herrumbre su enjambre soñoliento!
Olvido en el regreso los nombres aprendidos.

¿Dónde dejé mis manos y su lámpara, dónde?
Por los acantilados la tierra escupe limo
y es una flor de piedra el silencio del mar.

III

Yo te pediría,
te pido que vengas como eterno amante,
ahora que me siento tan desnuda por dentro
como si no tuviera vísceras ni sangre,
como si fuera una piel de cordero embalsamada
con el puro recuerdo de las praderas;
yo te llamo, igual que un gajo salvado de la tormenta,
convocando la savia estremecida.

Tiempo de soledad, con sus palomas, guárdame.
Tiempo de soledad, con sus serpientes, vénceme.
Yo busco entre su pecho la sangre verdadera.

Pastorea la ternura que me falta,
apacienta los ramos de la gracia,
con el junco de luz de tu palabra
trueca en magnolias esta sal que canta;
con un soplo amoroso desbarata
el collar de ceniza en la garganta;
dame el vino y la miel que hay en tu casa
para la espiga fría de la estatua.

Yo te entrego la flor viva del alma
por tu absoluta estampa.

domingo 2 de marzo de 2008

"La Flor, el Barco, el Alma" de la poetisa Elizabeth Schön


Mas ella
la de siempre más
como nunca ha vivido en los campos
ni en las montañas
jamás se desprende

Yo entro en el corazón de esta flor, donde no caben el pie / la mirada , la razón, tal como salí al mundo, a la existencia, con una terrible sensación de desprendimiento, de haber sido separado, para nacer a una dualidad que conforma la división entre mi yo y ese mundo. Al salir a la luz, que hace las cosas visibles a nuestros ojos, experimentamos el cambiante y múltiple mundo de la vida y la muerte, de la creación y la disolución, del tiempo y del espacio. Esa visión es a su vez transitoria, fugaz, impermanente: El nacimiento es una luz

Sin embargo, esta otra luz que empieza a iluminar mi desamparo y mi temor, esta especialísima luz que emana de aquella flor y que me hace volver el rostro hacia su centro -donde somos capaces de ver lo invisible- oscurece lo visible, lo múltiple, lo manifiesto. ¿ Quién es esta flor tan blanca, en blanquísimo oro / sin reflejo alguno de azul / verde, marrón, que alumbra así, con luz nunca de sol / flor ésta tan desnuda y ausente, que nos penetra de esa manera con su más pura emanación virtual ? ¿ Será esa rosa que salida de las aguas primordiales, se eleva y se abre por encima de ellas, aportándonos datos sobre la belleza de la primera madre, o aquel loto sagrado que se despliega y se mantiene puro sin ser mancillado sobre las aguas estancadas? Tal vez sea la rosa eterna que contiene al mundo en germen, las posibilidades de su ser, su corazón, su centro, la rosa de los vientos, la copa de la vida. Pero no hay otra tan cercana a mi alma, tan similar a ésa de San Juan de la Cruz, rosa blanca, viajando pura sobre el torrente de las aguas de la vida, de la existencia.

Las otras, las de los campos y las montañas, las de la selva, el musgo, la vertiente - incluso siendo receptáculos celestes, del rocío y la lluvia - al igual que el resto de las formas, están mezcladas y penetradas por los contrarios. Cada uno de nosotros, estamos viviendo y muriendo, mezclados y relacionados con las fuerzas del movimiento, que nos individualizan e involucra en el comienzo, el despliegue y la caída de una existencia y el surgimiento de otra. Por eso somos cognoscibles, pronunciables, descriptibles, visibles; por eso somos impuros; pero Ella, única, en su soledad inefable, en su transparencia silenciosa, en su eterno ahora, atemporal, es inagotable, inabordable, impronunciable por nosotros, allí, donde el aire no la roza /el agua no la daña / la muerte no la toca / así de sola.

Su gracia, vuelve visibles a los cuerpos impuros. Su inexistente invisibilidad, su transparencia, deja pasar nuestra mirada permitiéndonos ver; pero su luz en sí misma, es invisiblemente cegadora. Y nosotros, ¿qué vemos ? Lo visible no comienza en la luz / empieza en lo inexistente / al fluir junto a la mirada de un niño / en la figura de un árbol / en la exactitud de un poema. Sólo vemos parcialmente lo exacto, lo contradictorio, lo opuesto, el origen y el fin, la esencia y la existencia, lo puro y lo impuro, el uno lo dual y lo múltiple, lo lineal y lo circular, la ida y el retorno, el silencio y la palabra: Lo exacto / en el fondo de los relámpagos / en el fondo tembloroso de la palabra. Sin embargo, todo ese proceso mutante de nacimiento-muerte, toda esa impermanencia es, a su vez, penetrada, sostenida, precedida y sucedida por la invisible Ella.


* * *


En el alma / como si no fuéramos / sangre / médula / límite hasta el fin / y mientras más la sentimos / más se nos arraiga / y más nos cerca / la frescura de su blanco aroma abierto; dulce aroma, mostrando el sendero que el alma debe seguir para relacionarse con el mundo y la existencia tal como son. Ella es como la gran madre, nunca nacida, siempre siendo, posible en lo imposible, sin comienzo ni fin, pero activa, para el despliegue y la revelación del mundo fenoménico. Ella ni nace ni muere, como el vacío incesante, como el cielo, como un gran útero cósmico que permanentemente está grávido o sacando a la luz nuestra percepción de la realidad, como una gran rueda / que se abre se cierra / se cierra se abre, donde no hay flecha, detención, porque lo invisible no es tan invisible / el vacío es su carpa, su útero. Por eso, para verla, debemos raspar el cielo, para que baje la nube, la lluvia, aguas sagradas... bebedero del alma. Ella / la más ella de todas / nos señala lo inseparable, conteniéndolo todo, todo el espacio en su centro y todo el tiempo en potencia, antes de que éste se desdoble en el "tiempo" tal y como lo contemplamos; Ella desafía la medida humana porque en su corazón todo ocurre simultáneamente: el principio y el fin acaecen en uno y en cada momento del tiempo lineal como un "eterno ahora", La flor en el instante de todo nacimiento / tiempo parejo de lo inmensurable / igualmente aquí...su razón no es lo exacto.

Ante la visión de este suceso incomprensible, la destrucción de la dualidad y la revocatoria del número en la conciencia, produce una sensación de apertura y de libertad tan abismal y sobrecogedora como la del desprendimiento inicial del nacimiento a este mundo. Entonces yo busco su rostro como el rostro arcaico de la gran madre que reposa en los pórticos que vigilan el origen desde donde me hace señas, seductora / de callado sorbo manantial, velos. Iniciamos, así, el viaje que restaure nuestra unión y anule la distancia entre nuestro yo y el origen, para cruzar las murallas impertérritas, como el joven en vía hacia ella / y de ella hacia lo demás y todo...ése que buscaba el solo y único rostro...centro de navegación indescifrable...lejos del polen / lejos del fondo que se parte y se repite...inclinado paso de acercamiento / hasta entrar en la nada del vacío.

El barco es el símbolo de ese viaje. Con él cruzamos las aguas, nos elevamos por encima de los puentes que resisten...que impiden que los vacíos / se traguen los arbustos, las flores; salvamos el abismo que ha dejado la hendidura de la flecha, en él viajamos los vivos y los muertos. Nuestras almas son flores, que entran y salen permanentemente de la existencia hacia ella y su silencio, que se hace invisible / si la mirada busca a esa flor / y un barco semejante a los barcos / nos abre la puerta / en un mar que nos es mar / en un mar que semejante al silencio / no es el silencio de la flor.

El alma / que mira al barco desplegar / arribar; barco que espera el anciano dormido al pie del árbol, y que al arribar escoge al niño como costa. Barco construido con el tronco del árbol de la vida, Axis Mundi donde todo converge, construido con los maderos de una cruz donde acaece el encuentro que reconcilia a los contrarios aparentes y la multiplicidad de las cosas manifestadas y visibles nos expresan la unidad por ellas constituida, centro donde lo visible sólo sirve para expresar lo invisible, donde la creación del mundo se reproduce incesantemente como la repetición del acto cósmico; fuerza centrífuga empujándonos más allá de la realidad dimensional, al encuentro de los mundos ( materia y trascendencia ) que aunque incomprensible para nosotros, nos deja una sensación creciente e intensa de estar a un "tiempo" con el todo y Ella, a quién le pertenece / trasbordar una sombra hacia una luz / Un ascenso hacia un salto / un dolor hacia un camino del día.


* * *


El hombre, la boca y el mundo; la flor, el alma y el barco; La palabra, el diálogo y la memoria: trinidad, hipóstasis de la creación y la existencia; esencia que funda lo visible en lo invisible, la palabra carga / donde lo invisible comienza / en espuma blanca / de nubes y velos blancos...la palabra y el vínculo / unión del pistilo con el agua / de la sombra con el cuerpo / del viento con las flores de la tierra, y esta otra flor que es nuestra del mundo y de los hombres

La flor deja que el mundo hable...el advenimiento de una otra faz / de una otra voz antigua de la memoria...la flor viva / entre las flores de las aguas temporales / conmigo contigo / con el otro / en la voz / en el pasado...El canto de los espacios siderales / prende en la memoria / el césped del verbo.

Cómo explicar nuestra relación con los mundos, con lo que acontece / entre la piel, el anhelo / y la palabra que congrega, coloca...cosecha, cuerpo / necesidad ...el almendro requerido por todo labio / toda sed / toda agua: alimento, y aquella otra realidad que nos trasciende. El hombre como parte de la realidad material, posee la palabra que es capaz de unirlo con lo trascendente: la poesía, y de constituir un diálogo con los otros. El filósofo, García Bacca, otro maravilloso Juan, nos dice que: "la poesía es el lenguaje en flor... es el pensamiento en flor, presente y regalo que nos hace la vida, y que no dura más que lo que todo presente, urgido por el futuro, arrastrado por el pasado hacia desde siempre y para siempre...La flor ocupa en el árbol el medio, justo, entre la raíz: de que todo ha venido, y el fruto: de que todo va a venir. Así que la flor es el límite preciso entre pasado del árbol y futuro del árbol. Flor es árbol. Flor es árbol en presente; y presente que nos hace el árbol para que cual regalo la tomemos, regalo que dura un instante, como un instante dura el presente. Mientras que raíz y fruto perduran y se extienden hacia pasado inmemorial, eterno, hacia futuro, patente hacia el para siempre, abierto hacia lo posible".
La poeta en cambio, no necesita explicar el mundo; ella lo ama, y lo ama en su integridad. Por eso, nos lo ha devuelto reunificado como un todo, en su pureza; intacto. Ya no hay "este mundo " ni el de "más allá". Y nuestra percepción dimensional se ha precipitado en la amplitud absoluta de un "espacio-tiempo", que al ser "espacio-tiempo" de la flor, ya no es ni tiempo ni espacio, pues ¿ Dónde están los espacios / si ella carece de las hebras / para engarzar los horizontes / y llenar la página blanca / sin cesar en nuestra vida más íntima? / ¿ Dónde se halla el tiempo / si desconoce los vendavales / e ignora totalmente la muerte ? La amplitud de este "mundo abierto" que ella nos devuelve, no nos diluye ni nos desintegra. Hay en todo este movimiento visible / invisible de pasos abiertos / que no pueden retroceder, cerrarse / red que fluye del árbol al asteroide, en toda esta corriente que sigue / el rumbo de los ciegos / la pisada de los que escuchan / el silencio de los otros / allá, aquí / antes, después, una exigencia, un mandato que nos obliga a reasumir el mundo, a fundar lo invisible en lo visible y lo visible en lo invisible, con una nueva categoría de pasión: la pasión por lo inmenso, para que la ejerzamos en nuestro "aquí", en nuestro cuerpo, en nuestro tránsito, dueños ya de una abundancia de alas / no alas de aves / ni de la razón, donde ninguna mano se desprende del tiempo, donde asimilamos lo permanente.

Pero la poeta no sólo nos exige, también nos ama. Y, desde la santidad de este "para siempre eterno ahora", ella ha arribado a nuestra costa, donde pensábamos que ninguna mujer empuja la puerta, y su palabra nos ha regalado una flor invisible: hela aquí sobre nuestra alma, en su blancura inapresable / de una flor no flor / sin cesar entre la tierra / el hombre, la palabra y los cielos.


Edgar Vidaurre.

Estrellas fugaces en las esquinas del mundo…del poeta Aladar Temeshy


Aladar Temeshy, al igual que el rey David que al decir de Ortega y Gasset lo era todo……se nos ha mostrado como poeta, soñante, de la más antigua nobleza y a la vez desposeído, amante, sufriente, arquitecto, constructor de ciudades, buscador de la luz y nihilista, retador de la muerte, sobreviviente de las guerras, ciudadano y provinciano, refugiado, contemplante augur y según su propio decir, por fin y solamente señor, señor que escribe, regalándose al mundo a través del advenimiento de tres mujeres (sus hijas) y cinco poemarios. Como narrador, ya habíamos leído también su historia del urbanismo y de las ciudades y en su propia voz, los relatos, siempre deslumbrantes de su interesante vida. Sin embargo hoy y de manera conmovedora, nos toca lo central de nuestras propias vidas en la más intensa y hasta ahora guardada de sus narraciones.

Leyendo el título de esta colección de cuentos “Estrellas fugaces en las esquinas del mundo”, no podemos dejar de pensar en el alto significado que tiene para el hombre (especialmente para el hombre transido de soledad) la figura del “Templo”, no solo desde el punto vista arquitectónico, estructural y físico, sino desde el alcance simbólico que representa la misma palabra que lo designa. Varrón, escritor latino del siglo I antes de Cristo afirmaba que “templum” es el nombre que se da a un lugar demarcado y limitado por determinadas fórmulas geométricas y simbólicas con el fin de hacer augurios o recibir auspicios”. De aquí proceden las palabras “templo” y “contemplar”, que aluden a la zona sagrada y demarcada del templo, la que estaba dentro del campo de visión del augur, la que este “contemplaba”. En sentido estricto, si no hay templo tampoco hay contemplación.

Pensando intensamente en la cualidad de arquitecto de nuestro poeta-narrador, nos llega con la potencia sobrenatural de una revelación, la relación entra las esquinas o los puntos de la cuadrícula cartesiana, la contemplación y el cielo estrellado. No en balde, en los templos de cualquier religión, y sobre sus cuatro esquinas se posa en las alturas la bóveda o cúpula. Una definición muy arquitectónica de la cúpula de los templos cristianos la podemos encontrar como: bóveda semiesférica que descansa sobre un muro de planta circular. Las pechinas son secciones triangulares de esfera, situadas en las esquinas de un cuadrado o de otra sección poligonal para formar la base circular de una cúpula.

Igualmente en templos budistas, orientales y en las mezquitas del Islam encontramos esta confluencia entra las esquinas, las bóvedas o cúpulas y las estrellas. El kondo, (especie de recinto sagrado al puro estilo de las salas de culto chinas), es una construcción de dos plantas, con postes y vigas, coronada por un tejado de cuatro aguas de azulejos en forma de cúpula para simbolizar el cielo.

Por su parte el asombro que nos embarga al contemplar la Mezquita azul en Estambul, desde el punto de vista arquitectónico se hace patente al observar como La mezquita está rodeada por un muro calado, precedido por un patio, construido mediante arcadas cubiertas con cúpulas. El patio cuenta con tres portadas, repartidas en sus laterales, y se remata con dos alminares (o torres) sobre las esquinas exteriores. El espacio de contemplación y oración se organiza según el modelo instaurado por la iglesia (convertida en mezquita tras la invasión turca) de Santa Sofía, y que se consolidó en la mezquita de Solimán: una planta casi cuadrada de cuatro esquinas cubierta por una cúpula.

John Lundquist, nos profundiza aún más esta sensación cuando nos dice que el templo incorpora en su seno la mayoría de las ideas que configuran nuestro concepto de religión. Estas incluyen las ideas del centro, de la montaña sagrada, de las aguas sagradas, de los árboles de la vida, de la geometría sagrada, de la orientación de los cuatro esquinas o puntos cardinales, del ritual de iniciación, de la danza sagrada, de los misterios y las celebraciones del año nuevo, así como las ideas en torno a mitos de la creación, la oposición entre cosmos y caos y finalmente sobre la propia muerte. Fue en el marco del templo donde surgieron los símbolos, los rituales y las tradiciones de los textos sagrados y es en el interior y en su centro donde conservan su significado más profundo y veraz. A decir verdad, el viajante o peregrino, incluso el buscador que duda, sólo los comprende plenamente cuando los vuelve a situar en el contexto del templo y los ve (o contempla) desde esta perspectiva más abarcadora.

El peregrino pues, después de polvo, al final de todos los caminos de la vida y de la muerte, al terminar su trayecto místico, llegará a las puertas del templo para iniciar el último recorrido, el más importante: penetrar el recinto sagrado y caminar hacia el corazón, hacia el centro de sí mismo, distancia equidistante entre las cuatro esquinas o puntos cardinales, para contemplar ya en éxtasis sereno la bóveda del cielo, pleno esta vez de la belleza fugaz de sus estrellas.

Es a mi sentir esto lo que nos regala el narrador. No se trata de una narratio común o de un ejercicio narrativo en sí como enunciado y conjunto de procedimientos cuyo propósito es referir o relatar una sucesión de hechos, cumplidos por un número variable de personajes, en un tiempo y un espacio determinados. Se trata de aquello que está al final del tiempo o más allá del tiempo y del espacio…

Para nuestro asombro, el poeta…el soñante, que conocimos y amamos, se nos muestra ahora como ese rebelde de la vida que recorriendo desde el aire y con el alma su propio transcurso, se ha mansificado en el arrobamiento de su contemplación final, para narrarnos su historia, esa historia que como el mismo dice se encuentra al margen del tiempo para llegar lejos de si mismo y escribirla auque no se pueda escribir más allá de la vida.

Los viajes comienzan en las madrugadas, antes que se levante el sol… desde esta densidad que es un tiempo incomprensible…donde conoces el itinerario, la salida de los trenes y aviones a pesar de que en esa oscuridad no haya rumbo… es la matriz de la eternidad de donde hay que salir hacia la luz… nos dice el narrador envuelto por esa travesía de aventura intensa que lo lleva desde Budapest, pasando por Viena, Roma, Peruggia, Boston, Los Ángeles, Nueva Cork, Caracas, persiguiendo auroras hasta llegar el corazón del templo para levantar la mirada.

La vida es para usarla, nos dices querido amigo…Lo que importa no es la realidad vivida si no los ideales soñados. La existencia es proporcional a la distancia que nos separa de los nuestros…uno envejece…ilusiones y amores no resisten al tiempo. Escribir es confesión. El papel escucha.

Pero nosotros también te hemos escuchado, arrobados, como si fueras un héroe perdido que regresa lleno de recuerdos y de historias. Es noche de verano, noche estival, El cielo sigue inmensamente alto y la estrellas siguen brillando como los cuentos en el jardín, sin dimensión, sin paredes ni fachada sólo una silla en el centro justo de las esquinas del mundo, para poder ver la inmensidad. Déjanos entonces participar también de tu silencio, recordar el violín olvidado y el deseo de nuestras madres, ahora que por fin entendemos sin tristeza al deseo y a la muerte. Déjanos sentarnos contigo esta noche y compartir aunque sea por última vez, la belleza fugaz de tu estrella… la más secreta, la más amada.


Edgar Vidaurre

Poema de La anunciación. Tomado del poemario "La vida de María" de Rilke







Anunciación

Que un ángel entrara, no fue (compréndelo)
lo que la hizo estremecerse. No más que los demás,
cuando un rayo de sol - o cuando la noche, o la luna -
en sus habitaciones se agita, y no se sobresaltan.

ella no se perturbaría
por el aspecto luminoso del ángel en el umbral;
semejante permanencia visible tan difícil para los ángeles!
apenas presentida…

(Oh! si supiéramos cuán pura era ella.
Esa cierva que un día vio reposando en el bosque
nunca fue tan penetrada por esa mirada…
¿Cómo sin acoplamiento en ella se engendró el unicornio:
el animal hecho de luz, el animal puro?)

Que un ángel entrara, no
sino que tan de cerca
a ella se inclinara un rostro de adolescente
y así su mirada y aquella que hacia él ella elevaba se acordasen
como si de pronto todo estuviera vacío.

lo que veían, lo que buscaban,
portando a millones de hombres concentrados dentro de ella:
sólo ella y él; la visión y lo visto, el ojo y la alegría del ojo,
en ningún otro lugar que aquí: Mira!
Esto al principio les dio miedo. Y los dos se estremecieron.

Entonces el ángel cantó su melodía

"Libro de las decepciones" del poeta Aladar Temeshy




La poesía es una forma de existencia
de elevación de la existencia
de la presencia fuerte de la existencia


Alfredo Silva Estrada


En el corazón de la palabra decepción, convergen tres de los aspectos más reveladores, de nuestra humanidad a saber: el dolor, la desesperanza (o más bien la esperanza herida) y la conciencia del engaño y la verdad. Hablamos entonces del dolor que se impone cuando el conocimiento de una certeza nos saca de manera irreversible de la esperanza, derivando entonces en esa vivencia transida y devastadora que es la decepción. Ante ella el hombre sucumbe ante su propio existir o trasciende su dolor a través de un proceso de transformación existencial. De ser esto último, (es decir el proceso que deviene si la fuerza transformadora es suficientemente clara y determinante), ese sentirse desconectados del mundo que ya no nos pertenece, y que se ha degradado en su sentido vital de correspondencia, provocará también en medio del estado lamentable y lastimoso de nuestro corazón, una insurgencia previa que tiene tal vez y seguramente su más dramática reminiscencia en aquel Libro de las Lamentaciones del profeta Jeremías y que no solo describían el estado lastimoso de su mundo y de la relación con el alma, si no que además traían consigo una viril exigencia y reclamo de restitución mediante la plegaria y la oración: una confesión desde lo más profundo, de que esa ruptura, ese pecado de nuestra alma y la falta de constancia de nuestra fuerza vital, también ha sido determinante en la desvinculación del mundo y que a través de nuestra lamentación se traduce también un grito de esperanza y llamada que parten de la certeza y la confianza en ella misma como lo único permanente y cierto…como lo perdurable.

En el libro de los Símbolos de Chevalier y Gheerbrant se nos habla también de las lamentaciones como ritual de conjuro e imploración. Una llamada intensa a los dioses para que protejan el viaje, el cambio, el despojo inicial de los peregrinos para asegurar la resurrección bienaventurada…el llanto de las plañideras en este caso aseguraban el buen término del proceso de transformación que sigue al dolor. Los griegos también conocían la fuerza de las lamentaciones y los trenos, como ritual doloroso que implicaba la subsiguiente resurgencia del alma a otras realidades.

Ese ritual, ese conjuro, esa instancia, es lo que nos plantea este libro de la decepciones. Se trata de un viaje ancestral, de un viaje perenne que hace la humanidad a través de los ciclos de amaneceres y atardeceres, de los cambios estacionales entre el verano y el invierno y la transformación incesante de la existencia. Es ese viaje que iniciamos cuando nacemos, cuando entramos a la vida y a la muerte. Es el hombre consciente de su propia vida y de su propia muerte y que la asume por sí mismo, en medio del desamparo sobre la tierra sostenido por su propia alma…es Caín estableciendo su propio paso, su respiración, persiguiendo amaneceres hasta que sus ojos se llenen de polvo. Ya antes en otro libro de Aladár, hacíamos mención a Luc Estang, quien en su hermoso libro “Le Jour de Caïn” o “El día de Caín” nos reinterpreta el símbolo de Caín "como el primer hombre nacido de hombre y de mujer, el primer cultivador, el primer sacrificado y el primer repudiado por Dios, el primer asesino y el que nos revela de la muerte: jamás antes de su fratricidio, se había visto el rostro de la muerte: Caín es el primer errante en busca de tierra fértil y el primer constructor de ciudades, es también el hombre señalado por Dios para que no lo maten. Es en definitiva el primer hombre que se aleja de la presencia de Dios y anda sin fin hacia el sol naciente, hacia nuevas auroras. La aventura es de una grandeza sin par, la del hombre librado a sí mismo, asumiendo valientemente todo el riesgo de la existencia y la consecuencia de sus actos. Caín es el símbolo de la auténtica naturaleza humana en sí misma y en toda su expresión.”

Vemos pues como este hombre al asumir su propia vida, se convierte también en el iniciador de la muerte. Caín asume el camino, la peregrinación y el trayecto que lo lleva a errar permanentemente para construir sin cesar su propio porvenir, guiado por la aurora, siempre nueva: el devenir del hombre fuera de la presencia de Dios, andar sus propios pasos aunque al final lo espere la muerte. A partir de él ya el hombre no afronta a Dios si no a la ausencia, pero le quedará su propia faz, su rostro marcado para afrontar la vida, el tiempo, la vejez, la muerte, no sin antes insurgir ante lo perdido, ante esa ilusión material de la existencia y llamar, conjurar y raclamar severamente, a través de la lamentación viril, la presencia de esa otra certeza permenente. Ante esto nos dice también Jean Chevalier: “Caín como Prometeo, es el símbolo del hombre que reinvindica su parte en la obra de creación”

En el caso de Aladár, nuestro “Eterno Caín”, esa reinvindicación de la existencia del hombre como creador se hace a través de la palabra, de la Poesía. Nos recuerda aquella descripción nórdica del Álamo como símbolo del lamento cuando su follaje se estremece con la brisa más sutil. Él como un Álamo maduro, blanco, añejo pero aún fuerte se estremece (y nosotros con él) ente el leve soplo de las últimas brisas del atardecer, en medio del invierno, para religarnos nuevamente con la existencia real, aquella que nos rebasa, que nos trasciende incluso en su manifestación material a través del esplendor de la naturaleza. Ya no es la relación el Alma con el Mundo, si no la del Alma con el Cosmos. Es el último despojo para quedar desnudos y purificados allí, donde se diluye lo que vimos, lo que vivimos y la memoria se reconstituye en una nueva realidad que se encuentra esperándonos al final de este lamento, de estas palabras delirantes, de este treno poético, pues como decía nuestro común maestro: La poesía es una forma de existencia, de elevación de la existencia, de la presencia fuerte de la existencia.



Edgar Vidaurre

"El silencio del árbol" de la poetisa Maite Ayala

Al caer la vida del poeta (un trocito insignificante de su vida)
Sobre la vida de los demás, deja una hendidura.
Uno puede, aplicando allí su ojo, ver, en lo duradero,
Un mar oscuro y una muchacha vestida de blanco
Planeando de izquierda a derecha y perdiéndose en el aire…

Odiseas Elytis

Yo me asomo para mirar a través de la hendidura que esta poeta nos deja…hendidura que a su vez también nos pauta el adentro y el afuera. Y me pregunto ¿qué fuerza, qué vientos impulsan a esta muchacha vestida de blanco para planear sobre un mar oscuro y perderse levemente en el aire? ¿Cómo restañar la herida del afuera en nuestro adentro? ¿Cómo no sentir que las paredes de nuestra casa nos impiden el vuelo hacia el afuera? Agua y aire, la casa y el mundo…o como ella dice en su último poema: la hendidura del cuenco entre mis manos, la traslado adentro y fuera de mi casa, unas veces agua y otras, mariposa. Sin embargo, por la persistencia del dolor, ella no podrá olvidar a la tierra ni al fuego. Ese planear en el afuera de la hendidura es más bien en este caso, un seguir a lo más hondo de la hondura, hasta llegar al afuera de sí…ojos que atraviesan el intersticio de la hondonada, siendo a la vez agua e incendio, humo y reverencia. O tierra…tierra parda donde la poeta se desdobla para amarla, para entregarse sin reservas y temblar junto a ella y compartir sus hondísimas penas…arena del desierto que nadie desea rescatar ni responder, sin comprometer, sin ceder…ranuras por donde se cuelan las incómodas verdades, del distinto uno de sí, el mismo, elevando su grito hacia fuera

*

Ya Rilke en su “libro de imágenes”, y cuyo trozo de vida advenido nos abrió la más grande de las hendiduras, nos habla también de esa mirada a través de la grieta, de la alteridad, y que los académicos nombraron “estética de la mirada”. También allí, en uno de sus poemas, volvemos a encontrar a esa muchacha, esta vez parada en el balcón de su casa hacia el mundo, justo entre el afuera y el adentro, como una hendidura estremecida en el centro de la imagen: “Y sale de repente, envuelta por el viento, clara en lo claro, como entresacada, mientras que el cuarto de su casa, como si estuviera tallado, llena la puerta del adentro, a sus espaldas…oscuro como el fondo de un camafeo que deja pasar un relucir entre los bordes, y piensas que la tarde no había existido antes de que ella saliera, parada en la barandilla…dejar un poco más de sí, incluso las manos para ser muy leve, como ofrecida al cielo por la fila de casas… y que todo la conmueva”. (Muchacha parada en el balcón, 1908).

Y que todo la conmueva…he aquí hoy, ante nuestros ojos, a esa muchacha persistente -cuyo nombre puede ser Helena, Hermíone o Safo, que retorna esta vez ella misma devenida en poeta para señalarnos nuevamente la hendidura. Pero ella -que ha mirado tan sufrida y profundamente por esa ranura, con esa mirada total (Gaze)-, nos devuelve una mirada amorosa y sin resentimientos. Es ella, que viene a nosotros esta vez con las manos llenas de versos verdes, como una estrella hija, como un meteorito, como el mar, las lluvias y el almendro…despertando el afuera, el centro de la tierra, para decirnos que el mundo entero es voz, bosque, relámpago.

Una niña fracturada y leve que regresa después de perderse en el aire, esta vez con la fuerza de una inocencia sobreviva e intacta, capaz de hacerla atravesar los despavoridos vientos, dejándonos entonces caer un trocito de su vida sobre nuestras vidas, y provocar esta hendidura, que nos hace llorar a veces en el umbral de nuestra propia casa. Mas sin embargo, de ese trocito de su vida como una semilla esencial y solitaria -conocedora del desenlace de ser-, ha surgido un árbol de ardiente silencio. Por amor a ella, debiéramos entonces sentarnos y oír también el silencio del árbol, hacer nuestras sus sombras, su gemido blanco, y temblar con él en medio del aire que todo lo hiere…asistir a esa convocatoria del sí mismo y del mundo, árbol que estando –existiendo- nos otorga su verde hasta asir en el vacío el peñasco crítico del arrecife. Árbol de luz, árbol puro de la verdad, que por ser el árbol puro de la verdad, no puede ser a su vez otro, que el árbol de la belleza: Lo duradero surgiendo desde el fondo de la hendidura, para que el hombre lo vea.

**

Y qué otra cosa puede ser la verdad si no la belleza?...“La luz y la belleza son reflejos de la verdad. El amor terreno encendido por la belleza mundana es el primer peldaño en el camino ascendente que lleva al alma a la contemplación de la belleza como tal, que no es otra cosa que la verdad. La belleza pertenece al mundo de las ideas y es a partir de ellas que el hombre crea el mundo real". Platón, aquí nos habla de que únicamente la Belleza en todo su esplendor y el amor que suscita en el hombre, es el punto de partida, el punto de retorno posible para el recuerdo y la contemplación de la sustancia ideal y por ende de la verdad. La identificación posterior de la verdad con la belleza, ya en pleno Romanticismo, nos la entrega Hegel cuando afirma que: Belleza y verdad son la misma cosa y sólo se distinguen porque la verdad es la manifestación objetiva y universal de la idea, en tanto que lo bello es su manifestación sensible.

Fue sin embargo San Agustín, quien de una manera arrebatada nos reafirma que ante la belleza –que sólo pude venir de Dios- se redimen y purifican todos los aspectos contradictorios del hombre. En esa hondura angustiada entre la consciencia de la culpa, del pecado y el anhelo clamoroso hacia Dios, surge la belleza para salvar al hombre: amaba esa “otra belleza” de las cosas mundanas, y luego iba a lo profundo y decía a mis amigos ¿acaso amamos algo sino lo bello?...Di te lo ruego, ¿podemos amar algo que no sea lo bello?...tarde te amé, belleza tan antigua como nueva…tarde te amé…(Confesiones IV, 13).

Mas hoy, en nuestro tiempo, en este breve espacio lleno de imágenes, ha sido la poesía enamorada, en su advocación más pura -una niña que pregunta si todavía podemos cantar- quien, como si fuera un ángel, nos redime a través de su verdad trasmutada en belleza, defendiendo nuestro canto, como una anunciación, para que esta vez veamos con el alma lo duradero, lo permanente y apoderarnos de ese soplo: la sal encima de la arena, grano a grano encadenados…con la belleza inmaculada, de la tarde, la calma de los lirios, a sus pies pequeños, rozando el pliegue de su túnica azul, como la inmensidad, una blancura de manos y sus bellos ojos -color de tiempo, colmando la cercanía de una plegaria, el sí desprendido, humilde, a la presencia del ángel… El adentro y el afuera, realidad y sueño unidos en un beso que se eleva por encima de la grieta, de la hendidura, de la culpa, del pecado, de la guerra, del dolor. Toda la ternura del cordero, la belleza de la rosa, las transparencias de la fe, las paredes calladas de una casa convertidas ahora en bienaventuranzas, imponiéndose a las sombras que avanzaban desde la muerte, olvidándola: La belleza, la salvación y el amor en el fondo de los ojos de esta niña, de esta muchacha, de esta mujer, que en lugar de planear de izquierda a derecha sobre las aguas oscuras del mar para perderse ligera por el aire, hoy camina - como también diría Elitys- por el pleno corazón de esta tierra nuestra, tan amada: inflexible entre fuego, entre la luz… como Jesucristo y todos los enamorados.

Edgar Vidaurre

"Cantos al Shabd" de la poetisa Ada Rosentul

Quiero estar siempre pura, vida de mi vida,
Que has dejado tu huella viva sobre mí.
Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía,
Pues tú eres la verdad que ha encendido la luz
De la razón en mi frente.
Voy a guardar mi corazón de todo mal
Y a tener siempre mi amor en flor,
Pues tú estas sentado en el sagrario más íntimo de mi alma.
Y será mi afán revelarte en mi canto
Pues tú eres la raíz que fortalece mis acciones.

R. Tagore
Gitanjali

Era como una espiga en el amanecer…incluso tenía el color del trigo de savia verde o ese color indescriptible que la luz de la mañana o del atardecer le confiere a los campos maduros de arroz. Fueron muchas las veces que cruzó el desierto de Sere, que bebió agua del lago de Anasagar recorriendo la senda completa que va desde la región de Rajastán hasta la ciudad santa de Benarés en busca anhelante de su amado…

Fue sin embargo en uno de los retornos a su ciudad de Chittor, a la sombra de un enorme pero gentil baniano (esos árboles que desprenden sus raíces desde el cielo) que apiadado de los pies llagados y enrojecidos de la princesa Mira Bai, el zapatero de la ciudad, el santo Ravi Das le reveló a esta que su amado no estaba ausente ni lejos. Que no había búsqueda ni peregrinación posible para el encuentro, pues la bienaventuranza del amor se encontraba alcance de su propia respiración, en el centro luminoso de su vida, que sólo allí en ese centro donde todo es posible se celebrarían las nupcias. Desde ese día Ravi Das fue el maestro y Mira Bai su discípula en ese regocijo que rebosa el alma con la corriente celestial del Shabd.

Dicen también que ese día Las enredaderas del baniano se colmaron de flores, que los campos desplegaron todo el amarillo posible, que las cañas recogieron la brisa leve que soplaba y la tornaban en cantos de Basant: era la transformación, la primavera India que hace posible todas las transformaciones, donde la belleza se rebosa y se derrama en éxtasis generoso… y entonces la dulce Mira Bai acogió dentro de sí la primavera interna arrojando también su canto:

Oh! Amado
Ahora estoy toda teñida de tu color
Cuando otros enamorados viven
En tierras extranjeras
Ellos se escriben una carta tras otra
Pero el amado de Mira
Vive en su corazón
Y ella canta y se regocija
Día y noche

II

Kabir dice:
¡Escucha, amigo mío!
Mi amado señor está dentro de mí.

El Shabd o corriente celestial se había convertido ya en una certeza para aquellos santos místicos de la India del siglo XV (por tratar de ubicarla en lo temporal del hombre) que a través de una intensa vigilia o atención vigilante y de espera concentrada (Surat) lograban obtener la evidencia de esa corriente en la conciencia espiritual, gracias a un intenso recorrido al interior de sí mismos. Ramananda Maestro de Kabir y este a su vez Maestro de Guru Nanak son a su vez la evidencia histórica de este evento maravilloso. Sin embargo estamos ciertos que ese evento en donde se manifiesta la divinidad en todo su esplendor para abrazarnos y unirse a nosotros en amoroso encuentro, sólo es posible por la Gracia de esa “Ella” o Shákti como tercer elemento o persona que participa en esta epifanía. Aquí por supuesto, aunque se habla de esa epifanía en términos de la vivencia producida en la Indía, la misma se ha venido repitiendo en todas la religiones a través de sus manifestaciones místicas que han experimentado todos los santos de la humanidad con asombrosa similitud.

Shákti será entonces esa “Ella” misteriosa donde convergen todas las respuestas. Ella equivale también a la palabra en cuanto esta sea considerada no sólo en el sentido inmediato de su codificación sino en la potencia de su significado. Concepción que está como dijimos en todas o casi todas las religiones sobre la cualidad del sonido como elemento constitutivo de la creación: el verbo judeo-cristiano, el Saut musulmán y el maravilloso Shabd hindú: esa corriente divina que al ser reconocida en lo más recóndito e interno del ser humano, se desdobla hacia el afuera para evidenciarse ante nosotros en esos dos maravillosos atributos que son el sonido y la palabra.

Fuerza abstracta y fuerza conformante, materia pura y materia visible, energía y forma. Este doble paso capaz de unir el verbo, Saut o Shabd con la forma, la voluntad con la materia creada, tiene a su vez un triple supuesto, una hipóstasis de creación. Es aquí entonces como el ser humano, la criatura como centro de este suceso elevará su canto para representar la unión de la voluntad trascendente con la obra creada a través del espíritu o alma del mundo. El primer acto de creación, es decir el acto creador del mundo, tuvo su hito en la unión hipostática de ese verbo o corriente celestial con la naturaleza humana, Todo ello gracias a esa “Ella”, y a su capacidad de gestación, de contención, de consuelo, que nos empuja y nos sostiene en la vida.

Shakti también es el Alma en el sentido místico-cristiano, cabalístico, sufí o los procesos de meditación Surat Shabd yoga: la experiencia y la vivencia de estar en contacto directo y sin intermediaciones con la totalidad, pues en todo caso es en el alma en donde se produce este encuentro.

Aquí la Shákti adquiere una hermosura extrema en la revelación de que la Divinidad para acercarse, para manifestarse a la conciencia espiritual del ser humano lo hace a través o mediante la intermediación de sus atributos o aspectos femeninos. Shákti también tiene una enorme resonancia con los postulados de la psicología profunda de Jung que nos explica el simbolismo de esa śakti en perfecta conjunción con la llamada Anima o energía femenina que da vida a todo.

Es esa Ella intermediaria pues que nos permite la revelación del Ser, no solo para adquirir la conciencia de ese Ser en nuestro interior, si no para devolver La Gracia, a través de nuestros atributos del canto y la palabra. Es la Shekinah de la Cábala y de los Sufíes o la María Cristiana, y por supuesto la advocación de esa Shákti como manifestación femenina de la divinidad en la bondadosa Lakshmi, la generosa, la luminosa…la que escucha nuestros lamentos.

III

Mi canasta esta vacía
al borde de este río.

Pisadas se escuchan
y el viento hace rozar con la tierra
los pliegues de mi manto.

Se han detenido las lágrimas.

La orilla parece inaccesible.

Sin embargo,
el corazón anhela
el viaje inmóvil
la eternidad.

En el reloj de arena luminosa
El se acerca y dulcemente sopla las velas
de este barco enamorado

Es de noche, la luz del alba aún está lejana, pero la lectura los cantos de Ada Rosentul me acercan a esa otra luz honda, central, que no pertenece a la periferia, a los bordes… esa luz íntima que nos salva del tiempo… Sería imposible hablar aquí sobre lo literario, pues la lectura de esos poemas ha constituido más bien una experiencia espiritual exquisita e indescriptible. No sabemos cuantos desiertos ha debido de recorrer esta espiga del amanecer y cuantas veces habrá bebido agua de los lagos en los caminos de su búsqueda, pero como es de noche, esa espiga humilde y perfumada se nos presenta bajo la advocación de un nardo azulado, pues sus cantos contienen toda luz recogida a lo largo de ese tránsito anhelante que nadie ni nada pudo detener, para arribar finalmente al centro y contraer las nupcias con la fuente, con el origen de esa luz, totalmente despojada, desprendida de todo menos de su alma enamorada de poeta para arrojar al viento su perfume.

Chevalier y Gheerbrant cuando desentrañan el significado simbólico del Nardo se remiten a su origen sagrado, talmúdico y bíblico, flor que entra en la composición del Paraíso como expresión de la expansión del Amor. En sus comentarios del Cantar de los Cantares, los Rabbi y los Padres de la Iglesia presentan al nardo como símbolo de humildad, pues es prensando sus raíces como se obtiene el perfume maravilloso, con la humildad que da los frutos de la santidad más sublime. La transformación interior de esta flor que permite también la eclosión de una primavera interna al igual que la descrita por la princesa Mira Bai y que en al caso de nuestra espiga de nardo azulado, es arrojada al viento con toda delicadeza así:

Junto a ti
la perfecta paz.

Todos duermen
mientras el alma vela el manantial
la primavera interna.
Las demás flores se han consumido
bajo tu fuego azul.
Nos hemos quedado solos
nos acompaña un arco iris
la inmensidad.

Ante ese evento maravilloso, todo se llena del advenir de la belleza, como esa lámpara encendida capaz de curar todas las heridas…flor que en su extrema desnudez confunde la espina, la hoja, la raíz, que a la orilla del Sol olvida su nombre para ser renombrada nuevamente por la sonrisa de Dios sobre la frente. Esta flor, esta canción en el silencio, esta plegaria de ser el Uno de sentir el Uno danzando, pulsando las cuerdas de la Eternidad… Aquí, más que la disolución, se trata de la inmersión total del “Yo”, previamente conformado en “Sí mismo”, la inmersión en la Pankalía o belleza general del mundo.

Pero tal vez y lo más asombroso es que después de la lectura (y de la experiencia espiritual que hemos tenido) el mundo no se diluye ni nos agobia, pues esta mujer-nardo con sus cantos nos lo devuelven transfigurado en un despliegue llena de esa energía, de esa Shákti y hacernos más bondadosa la vida.

Fue con el canto o Bhajan que la princesa Mira Bai se desbordó a sí misma ante su Amado. Canta la poetisa su unión y su encuentro con la fuerza abstracta, la energía, la materia pura… canta a la corriente celestial, al Creador, mientras vislumbra el instantáneo relámpago de la vida, poseedora de todas las puertas que conducen al vacío de esa su flor soñada, para que surja el canto de la criatura. Aquí adviene el recuerdo del bello ensayo sobre la gestación y la palabra de los sabios Leroi y Gourham: “el canto es el símbolo de la palabra que liga a la potencia creadora a su creación, en tanto que ésta reconoce su vínculo como criatura y la expresa en el gozo, la adoración o la imploración: El canto es el soplo de la criatura respondiendo al soplo del creador

No importa que esta criatura, esta humilde flor haya perdido su nombre al exponerse enamorada al soplo del Ser. Acojamos la Gracia, la ofrenda perfumada de este nardo renacido en el cuerpo de la mujer llamada Ada Rosentul… y mientras esperamos con absoluta fe el retorno de la luz, escuchemos su canto primero, ese que todos desbordamos en el momento en que nacemos o renacemos para revocar la nostalgia de lo invisible amado, Abrazados, contemplando una misma flor. Ya todos los paisajes que veamos llevarán un sólo nombre: Amor.

Edgar Vidaurre

Del poemario "Más allá del silencio" de la poetisa Ruth Vidaurre












COLOR DONDE SE APOYA EL ALMA

1..
Y tú
¿Dónde la promesa del cordero
Apoyándose en mi mano

De este manojito de cristales
Tuyos

De las mieles que me mezquinó
Tu aliento
Aquel día
En las caídas del agua



2..
Era un aroma de especias y de pan:
Tú sonreíste al mirarte
En la hoguera de mis ojos bajos
Y yo te hable de mí
De cómo soy el reflejo de tus cantos


3..
A veces
Mi piel suena
Como el pétalo de las violetas


4..
O de la senda de la rosa que te espera
Cuando las colinas se refugien
En el valle de tus brazos

"Del río hondo aquí" de la poetisa Elizabeth Schön



“El gran Tao es río que se divide para volver luego a juntarse
Se divide de izquierda a derecha
Los diez mil seres viven de Él y Él a nadie se niega
Obra y no pregona su obra
Viste y nutre los diez mil seres y no se enseñorea de ellos
Su perpetua falta de ambición lo hace parecer pequeño
Pero al no enseñorearse de ellos, los diez mil seres vuelven a Él y se hace grande”.

Capítulo 34 del Tao Te Ching


Yo estoy aquí, en el borde. Cierro los ojos y las puertas para empezar a ver la hondura del río, su profundidad oscuramente luminosa y secreta. Mas, ¿cómo conocer su rostro en este aquí, cómo saber si ese presentido rostro es el de ella –su esencia-, cuándo aún no alcanzo a tocar su centro oscuro, primigenio, de necesidad y empuje?, ¿cómo penetrar en su cuerpo doble de aguas fluidas que son y no son, que expresan toda la posibilidad universal y al mismo tiempo el flujo y reflujo de las formas?. Quién es este río que en su hondura contiene de manera co-idéntica la fuerza abstracta y la fuerza conformante, la materia pura y la materia visible, la energía y la forma, lo intemporal y aquello que viaja con el tiempo, y a ella que con su aliento vital penetra al mundo con su infinita alternancia?. Y dónde está, dónde comienza y termina este río?. Aguas que corren hacia todos los horizontes posibles e imposibles abajo, e igualmente río arriba con sus aguas purificadoras que caen, aguas cambiantes, claras, turbias, sin perfiles, anchas, iridiscentes, arremansadas hacia lo permanente. Pero es aquí, ahora, sobre ese mismo río, donde las pupilas entran para cerrarse… y descubrir.

Y descubrimos a Ulises, lanzando sus anclas hacia lo más hondo de las aguas y a sus proas iluminadas por el tejido cósmico de Andrómeda, la tejedora de arriba, la que gira mostrándole el camino, haciéndole la piel combatiente. Símbolo de un hombre que con su fuerza de hombre trata de remontar la fuerza más allá del río –la fuerza del río está en su hondura-, perdiendo el cuenco para ser arrastrado por las aguas. Luego, la pérdida de las aguas será sustituida por el amor y la del amor por la mirada. Comprender con el alma mirando al río que es un árbol y una vez perdido todo, iniciar la Gran Búsqueda: la renuncia de las flores, por el corazón del primer fruto. Fruto que por contener la semilla, porta también en su centro la abundancia desbordada de los orígenes.

Decido entonces desde aquí, zambullirme en el río, olvidar la otra orilla, la ribera opuesta. Para hacerlo, mojo primero las manos en sus aguas y escojo el lugar arremansado donde nacen las espumas, posando el pie en el primer peldaño de las aguas, de la corriente, hacia el principio, hacia el Ser, o ese árbol que de tantos frutos se va inclinando hasta rozar las aguas.

Peldaño este, bullicioso, más suave y limpio… amor de las aguas dejando a la raíz llegar al fruto hasta alcanzar los cielos, doblemente cielos grandes, pequeños… fruto este que al descender, arrastra el rastro del origen. Y yo, el zambullidor, abro entonces los ojos a la hondura dejándome arrastrar por el blanco levantamiento de la corriente… y hay tanta inmensidad para decir que algo se alcanzó. Una cáscara se abre donde la corriente va y la raíz empieza. Empiezo el ascenso, abriendo también esta otra puerta dispuesta a abrirse sin más prisa que la que se pone al amar y seguir, para escalar el río. Pisar con el alma encendida cada peldaño de él, que siempre es igual a lo que nunca concluye… y el peldaño, salto de agua, espacio, irrupción, pie y empuje en amor de hombre y ala, entendiendo que si se quiere tocar la hondura primaria del principio, es imprescindible el vínculo entre los empujes acuáticos, yendo, retornando y la piel blancamente dócil de toda pulpa, límite o corazón de alma.

Y esto es lo que los ojos miraron: Primero la hondura, un eterno umbral sin nombre, lo invisible, lo inmutable, una oscura-luminosa-soledad en calma perpetua, el abismo, el vacío, la oquedad, la nada. Pero, ¿qué es lo que hace irrumpir este fluir de la vida y de la muerte? Qué desdoblamiento es este que penetra la existencia con su doble hilo oro-azul, este anverso y su reverso, este ascenso y descenso. El amor supremo es como el agua, como el río y en su centro ella con su vientre lleno de realidades. Y he aquí que el río pierde su alta trascendencia y se hace inmanente al mundo, al hombre, carne de su carne y hueso de sus huesos. El río es también entonces la madre, la madre del mundo, la hembra misteriosa. Este río que se entrega, se abre, se divide de izquierda a derecha en infinitos arroyos que volverán de nuevo y siempre al cause materno.

El río es la vida de los seres como “El verbo que es vida y luz para todo hombre que ha venido al mundo”. Mas no el verbo de San Juan que es revelado por un Dios trascendente, inasible, innombrable, inalcanzable. No ha sido el hombre quien desprendido de su cuerpo, de su aquí, de su ahora, inicie el vuelo para que su alma y sólo su alma se una con lo trascendente del ser, más allá de su entendimiento, de lo explicable. Es el río quien ha renunciado a la absoluta quietud de su inalcanzable trascendencia, para venir al mundo y aflorar en él, fluir con la vida, la existencia a través de la duración de esa vida, madurar y hacerse fruto para permanecer entre nosotros. El río es vida aquí, ahora. Vida cuya única revelación es aquello visible a la superficie, La fugacidad del relámpago, el tiempo de un fruto, la paciencia húmeda del secreto, la oscilación de un ir hacia el ocre rojo del retorno, la carga del fuego, la vendimia de rostros escarpados junto a miradas enterradas entre redes, radas y escalones desolados, la mudez de lo lejano, cercano, el esplendor de los pinos siempre en pos de un luego arriba y seguir, la sombra del peso, la carga de la paz, lo intemporal con su piel de agua, el viento, la lluvia y la espuma que riega plena de lo huidizo, entre el martillo del relámpago y el fruto que se va estableciendo.

La hondura del río aquí, en la espuma de su orilla. Fue entonces cuando vi también con mi cuerpo, a lo fértil de lo pasajero hacerse campo de raíces permanentes y al torrente del río que nunca se separa, dejar a la raíz regresar a través del fruto para alcanzar mis labios. Y si me tocara describir la permanencia, diría como la poeta: “Línea de lenta paciencia… rostro, huella, pálpitos cargándose sobre los hombros neblinosos del río… corriente que asoma en los espejos de las aguas, un rostro que llega y un aroma que si se desprende sigue inundándonos… suceso inalterable si las capas encendidas del corazón, permanecen en los centros abismales de la soledad”.

Pero, ¿cómo tocar desde aquí, desde esta plena y fluida fugacidad, el corazón de lo permanente?. El niño pregunta, la mujer contesta. El peldaño entonces se colma. He aquí a lo inefable. Lo inefable de azul-oro del relámpago, tendido, insito, inviolable. La hoja solitaria, las espumas y entre ambas la corriente que no deja perecer a la raíz: vinculación inefable del río con la muerte… lo inefable vivo en la claridad de lo oscuro… junto al río con semblante de jamás separarse. Lazo inaprensible que no tiene forma ni nunca hace sombra. Vuelvo entonces a cerrar los ojos, y es mi alma la que se abre e inclina hacia el principio, conociendo así lo inexpresable: “esencia y existencia de la realidad absoluta”. Es mi propia ella quien mira que en el espejo de las aguas arremansadas a la ella del río, estableciéndose entre ambas una unidad de vida. Así, me despojo de la realidad toda –lo oscuro y lo visible- pero no para que la realidad sea eliminada sino más bien iluminada, transfigurada por el corazón de ese fruto que trae consigo todo lo indecible, lejos de la razón, de la mirada. Mas en este aquí, en este ahora, en este cuerpo, en esta mano del hombre que sostiene y se lleva a la boca deseosa el árbol todo con el fruto, también hallamos lo inefable. Es la realidad en su conjunto, presente aquí, en todo su esplendor ante nosotros, sin necesidad de expresarse ni de explicarse, absoluta pero fluida, mostrándose a sí misma y mostrándonos que lo permanente y lo fugaz son un mismo y maravilloso suceso. Cuerpo y alma unidos al río, envueltos ya apasionadamente en los motivos del amor, en los motivos del vuelo.

San Juan de la Cruz nos decía: “Que cuando las cosas divinas son en sí más claras y manifiestas, tanto más son al alma de oscuras y ocultas; así como la luz cuanto más clara es, tanto más ciega y oscurece la pupila”… Por su parte, Bergson nos dice que lo inefable es ese continuo religarse de Dios con el mundo, bajo un fluido vital que perpetuamente continúa el empuje creador de la vida, por el amor a lo creado. Pero la poeta nos enseña que lo inefable, también aquí, en lo inmanente, en la duración de su manifestación existencial, se muestra a sí mismo y no necesita expresarse. Entonces aquello que no puede ser expresado, encuentra su virtud más verdadera en el silencio.

La extensión del alma es el silencio. Silencio intacto tan necesario para la conciliación de los dobleces. Silencio que nunca se contempla por permanecer ligado a lo siempre puro y completo del Ser. Y en este blanco silencio, el río ya no me habla de retornos. Unido a él por la constante pasión de la raíz, encuentro la paz, el remanso iluminado. Lo cóncavo aquí, ahora, en mi propia duración, y en reciprocidad, mi mano generosa que se alarga para entregarle en el final del viaje, todo cuanto traje de voz, de cuerpo y de deseo. Así nunca se separa la vida del río. Es entonces cuando el río se vuelve casa para el hombre y el hombre casa para el río. Casa, donde el amor hace cálidas las paredes… la mujer, su voz, su siembra de uvas, su dolor de corrientes, sus senos de cuencas, caminos. Y en los cabos del silencio, la epifanía del mundo a través de la palabra que se hace cuenco de río, casa compartida que se alarga en su entrega, pues es ella quien le atribuye su estructura con un poder que va más allá de lo descriptivo. El mundo como contexto de la manifestación absoluta de la realidad, y el hombre que a través de la palabra se hace trascendente para así corresponder a la inmanencia amorosa de ese Ser, de ese río: La palabra es la casa del Ser. La salvación nos llega entonces desde allí: en el río con la ribera de tu casa. Luego, los hilos empiezan lo asombroso.

Un solo hilo doble. El hilo oro de la casa en el hilo azul de los buscadores, entretejiendo a la hondura de allá, con la luz madurada del sol en el corazón de las manzanas. Hilo de la hoja, del sueño, de la piel, de lo débil, de lo dulce. Hilo del ave, del vacío móvil de los valles. Hilo de la sangre, de la luz y el hilo de los hombres entre las casas, las penumbras y una laja blanca en el amanecer. Hacia dentro y hacia fuera, para que prosiga el goce de la vida, los espacios íntimos de la voz en canto-sol-libre.

Lanzo mi voz en canto-sol-libre como una red sobre las aguas extendidas del río. Voz entretejida a la voz de una mujer que me mira también con el azul oro del río, junto a las aguas claras que arropan el balcón de la casa, de esta casa blanca. Solo una mujer anudando los hilos de lo inmanente y lo trascendente de un tejido inefable para que el hombre lo vea. Canto de regocijo al entender lo inexpresable también aquí, ahora: La raíz y el fruto unidos por el deseo de mi boca.

En el fondo de la red esta visión: El río puro y completo, río este, nuestro, hondo, que da la casa, el pan, el agua: prolongación de redes. Únicamente él dejando ser y el sendero del viaje de un hombre para anclar y alcanzar los hilos indetenibles tejidos por la siempre ella. Callada cruz de las aguas donde los hilos se ensartan a la voz, al corazón y a cada hombre del río hondo aquí, nuestro: Ser.


Edgar Vidaurre

La nostalgia oprimida de la luz... Antonia Pozzi (1912-1938)



La colina es oscura en el cielo claro.
Allí se enmarca tu cabeza, que mueves apenas
y acompaña ese cielo. Eres como una nube
vislumbrada entre ramas. En los ojos te ríe
la extrañeza de un cielo que no es tuyo.

La colina de tierra y de hojas encierra
con su masa negra tu vivo mirar;
tu boca tiene el pliegue de una dulce hondonada
entre costas lejanas. Pareces jugar
bajo la gran colina y el claror del cielo:
para agradarme repites el paisaje antiguo
y lo vuelves más puro

Pero vives en otra parte.
Tu tierna sangre se hizo en otra parte.
Las palabras que dices no se avienen
con la áspera tristeza de este cielo.
No eres más que una nube dulcísima, blanca,
enredada una noche entre ramas antiguas
.

Cesare Pavese.

La lengua italiana, tal vez la última de las lenguas románticas en constituirse (siglo XIII), ha estado sometida al intenso ciclo de cambio y revolución sensible, místico e intelectual que ha caracterizado a los hombres y mujeres de esa parte del mediterráneo. Más allá del culto y clásico Latín y mucho después de la trova Provenzal irrumpe esta lengua, cuya primera manifestación literaria y poética es casi sin duda aquellas Fioretti de San Francisco de Asís, y los cantos amorosos de los santos juglares de Dios. Poco después de la revolución mística de Francisco, y a través de esta lengua recién nacida, surge uno de los paradigmas humanos en su máxima expresión de potencia creadora: Dante Aligheri con su magnífico viaje de purificación redentora hacia la contemplación inefable de Dios. Nuevamente la revolución humana que constituyó el Renacimiento, tiene su máxima expresión poético-literaria en El Cancionero del Petrarca y buena parte de los artistas Florentinos incluyendo a Miguel Angel quien compuso sonetos de la belleza extraordinaria. Ya en el Cinquecento, empiezan a surgir mujeres con una voz poética inspirada y apasionada como Vittoria Colonna, Gaspara Stampa, Tullia D´Aragón y Verónica Gambara. Aún bajo la influencia de Petrarca, la literatura italiana sigue provocando movimientos novedosos como el Marinismo que se mantuvo vigente en el barroco y neoclasicismo hasta la llegada del romanticismo y Giacomo Leopardi quien con sus Canti, no sólo se convirtió en la voz más pura del romanticismo italiano, sino del romanticismo universal a través de una voz poética que nos impone una profunda y desesperada visión del mundo determinado por la soledad, el dolor, y la muerte. Como siempre, ha sido el impulso renovador y purificador del alma italiana, lo que dará la pauta a las manifestaciones literarias. El gran movimiento que se denominó II Resorgimento guiará a los pensadores y poetas italianos, hacia el Novecento, que verá nacer a Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo, y a Cesare Pavese. Es aquí, en este punto del transcurrir literario de la península donde hace su aparición la voz poética, encarnada en la muchacha que fue Antonia Pozzi. Nacida en Milán en 1912, a los veinticinco años había sido tal vez la única mujer de su generación en culminar estudios superiores y postgrado en letras en la universidad de Milán, siendo por lo demás, la alumna más destacada. Mujer de una belleza física y espiritual extraordinaria, a los veintiséis años ha escrito la totalidad de su obra poética (el poemario Palabras –Parole- Pozzi, Milán 1938) bajo la premisa de una ética-poética de vida que no le permitió concesiones ni amparos a su incesante e intensa visión de la existencia, como un tránsito apasionado, amoroso, pero determinado por la profunda soledad y el desarraigo, en un mundo no menos amado que ajeno, desde donde vislumbra la otra orilla infinita. Así, esta mujer que nos ofrendó su canto y su amor, nos ofrenda también su vida el 3 de Diciembre de 1938, envuelta en los crepúsculos de la campiña lombarda.



FUNERAL SIN TRISTEZA


Esto no es estar muertos.
Esto es volver al pueblo, a la cama.
Claro está el día
como la sonrisa de una madre que había esperado
Campos de escarcha
árboles de plata
crisantemos rubios
las niñas vestidas de blanco con velos color de aljófar
voz del color del agua aún viva entre de tierra.
Las llamas de las velas desmayadas en la luz matutina
dicen lo que es este desvanecer de las cosas terrenas.
Dulces, este volver de los humanos por puentes aéreos de cielo
por cándidas crestas de montes soñados
a la otra orilla
a los prados del sol.

Ese desarraigo del mundo, esa soledad impuesta por un espíritu de potencia sensible desbordante, no podía permitirse el amparo ni el consuelo de nada que no fuera el propio latido esencial de su interior. Es verdad que ella ama profundamente las colinas leopardianas, que su mirada retorna hacia el mundo de Virgilio, de Cátulo, que su alma es hermana de la de Safo, que sobre sus dulces hombros pesan todas las circunstancias históricas y sociales que su entorno le impone. Pero esa mujer ha decidido que el camino a seguir no acepta descanso ni apoyo. Ella se aparta de todos los movimientos de vanguardia en cierne. Más allá del surrealismo recién proclamado, del hermetismo cuyas determinaciones estéticas serán superadas más tarde por sus contemporáneos, en especial por Cesare Pavese (1908-1950), está vibrando, está existiendo esta mujer que se interroga así misma por esa existencia que le empuja inexorablemente a la soledad.


SOLEDAD


Aunque el olor de las hojas nuevas te despierte a un deseo de humanos sol
y el ocaso aún no transfigurado en noche
te empuja por caminos de tierra,
lejanos los umbrales apagados del cielo,
inútilmente buscas a quien pueda en esta hora
llegar a través de tu deseo junto a tu corazón.
Verdad es que nadie llega a tu corazón inaccesible.
El está hecho solo.
Réprobo a los gritos de sus golondrinas.


VOZ

Tenía voz en ti el universo de las cosas mudas
las esperanza que está sin alas en los nidos
que está bajo tierra no florecida.
Tenía voz en ti el misterio de la tarde
lo que junto a una muerte quiere tornarse vida.
El hilo de hierba bajo hojas podridas.
La risa primera de un niño salvado
al lado de una agonía
en un corredor de hospital.
Ahora, cuando de las altas ramas de los campanarios
cae un repique
y en el corazón se hunde
como un fruto en el campo arado
entonces,
tiene voz tú en mí
con esa nota amplia y sola
que dice los sueños sepultados del mundo
y la oprimida nostalgia de la luz.

Oprimida nostalgia de la luz. Como una flor amanecida en los sueños sepultados del mundo, esta mujer clama desde una isla de luz donde la muerte quiere tornarse en vida, con una voz y un canto sereno, abarcante, como el de una campana. Canto que nos hunde de nuevo en la tierra como los frutos. Ella ha decidido desprenderse del mundo. Ella ha entrado en el camino del morir. Pero no por que odie a ese mundo; muy por el contrario, ella ha amado demasiado. Aún desde su interrogada existencia, ella ha amado a todas las cosas de este mundo y sobre todo, a las cosas mudas, a la hierba que se levanta sobre las hojas podridas, a la risa de un niño resucitado, con un deseo, una esperanza ya sin alas, hundida en la tierra, lejos de la flor decidida a dejar constancia de ese amor que se irá también inexorablemente como ese mismo niño perdido entre sus manos. Un alma que ya no acepta la existencia en este mundo. Un cuerpo que tampoco se la otorga más allá de ella misma, porque Dios ya no nos mira, porque no pudimos ser liberados en él.

HUBIERA SIDO

Anuncio hubiera sido de lo que no fuimos.
De lo que no fuimos y ya no somos más.
La poesía amada por nosotros y nunca del corazón separada
Tú la habrías cantado con tus gritos de niño.
La única espiga eras tú
el tallo de nuestra inocencia bajo el sol..
Mas te quedaste allá con los muertos
con aquellos que no nacieron
con las aguas sepultadas
apagado amanecer a la lumbre de las últimas estrellas.
No ocupa ahora tierra sino sólo corazón
tu invisible ataúd
alma
y tú has entrado en el camino del morir.

MATERNIDAD

Pensaba tenerlo en mí antes que naciera
mirando el cielo, la hierba, los vuelos de las cosas livianas,
el sol, para que todo el sol bajara en él.
Pensaba tenerlo en mí tratando de ser buena,
buena para que toda la bondad vuelta sonrisa creciera en él.
Pensaba tenerlo en mí hablando a menudo con Dios
para que Dios lo mirara y nosotros fuéramos libertados en él.

La muerte, la vida, la muerte: el amor, una sola estancia, único lugar para esta mujer en flor, para esta mujer-flor, para esta muchacha enamorada. Nunca hubo un antes, no existe después, sólo el instante, breve y apasionado, apasionado al extremo de abrirse en una sonrisa de pudor, sonrisa santa, que dice las grandes entregas. Ella, como una gran amante, lo sabe. Ella se fragmenta, esparce su aroma como si fuera su hijo, que le sobrevive y se queda con nosotros para iluminar la tierra.

PUDOR

Si alguna de mis palabras
te deleita
y tú me lo dices
aunque sea sólo con tus ojos
Yo me abro
en una sonrisa santa
mas tiemblo
como una madre pequeña, joven
que empieza a sonrojarse
si un pasante le dice
que su hijo es bello.

REFLEJOS

Palabras – vidrio
que infielmente
reflejas mi sueño –
en vosotras pienso después del ocaso
en una oscura calle
cuando sobre los cuencos cae una lluvia de vidrios
fragmentados a lo largo
esparcida en la tierra iluminada.

Breve instante, como una mirada, como la lluvia, como los sueños tal vez, nacidos en el reflejo de un cielo que no es, ni será suyo. Breve instante apasionado del que sólo queda el llanto y una áspera nostalgia de enamorada.

AMOR DE LONTANANZA

Recuerdo en la casa de mi madre
en medio de la llanura
una ventana que se abría
a los prados; al fondo, la orilla boscosa
escondía al río Ticino, aún más al fondo
Había una líneas sombría de colinas.
Yo había visto el mar
tan solo una vez, mas le guardaba
una áspera nostalgia de enamorada.
Hacia la tarde fijaba el horizonte
entornando un poco los ojos, acariciando
contornos y colores en las pestañas
y la línea de colinas se suavizaba
trémula, azulada: a mí me parecía el mar
y me gustaba más que el mar verdadero.

LA VIDA SOÑADA

Quien habla conmigo
no sabe que yo he vivido otra vida
como aquel que te dice un cuento o una parábola santa.
Porque tú eras la pureza mía,
tú cuyas lágrimas dulces corrían en la profundidad de los ojos
si mirabas hacia arriba y así te parecía más hermosa.
Oh velo tú de mi juventud
mi vestidura clara, verdad desvanecida
Oh mundo luminoso de toda una vida que fue sueño tal vez.
Por haberte soñado mi vida querida
bendigo los días que me quedan
que sirven para llorarte.

Desde su interrogada existencia, ella nos dice que nuestro destino es la imposible pureza, la soledad del desierto, la soledad infinita del desierto, nosotros tan fugaces como aquella Retama o flor del desierto que nos diera Leopardi. Pero esa mujer, como flor del desierto, sigue sin hacerse concesiones, sigue amando, pero sin concesiones. Tal vez y únicamente la de la oración, la de la plegaria, pero aún así, sin ritual: una plegaria despojada.

PLEGARIA A LA POESIA

Oh tú bien me pesas
el alma Poesía:
Tú sabes si fallo y me pierdo
Tú que entonces te me niegas
y callas.
Poesía, contigo me confieso,
pues eres mi voz más profunda.
Camine por un prado de oro que era mi corazón
roto la grama, pisoteado la tierra
esa tierra donde me diste el m{as suave de tus cantos
donde al amanecer por primera vez
vi volar una alondra en el sereno
y con los ojos traté de subir.
Poesía, poesía que eres mi remordimiento más profundo
ayúdame tú para que vuelvas ha encontrar
mi alta comarca abandonada.
Poesía que sólo te entregas
a quien con ojos de llantos te busca
hazme digna de ti nuevamente.
Poesía que me miras.

Ah! volver. Volver aunque sea sólo un instante, para dejar constancia de ese amor, soñado amor que sale de las sombras para volver. Fugaz pero intensa evidencia de la existencia, transfigurada en un inmenso cielo de verano al amanecer, breve y profundo como el trino de una alondra que mide la dorada y abarcante eternidad.

LA ALONDRA

De la sombra de los olmos
salíamos al camino
para volver
Sonreíamos al mañana
como niños tranquilos
Nuestras manos unidas
componían un fuerte caracol
que custodiaba la paz
y yo estaba tranquila
como si tú fueras un santo
que aplacas la inútil tempestad
y caminas sobre el lago
Yo era un inmenso cielo de verano
al amanecer
sobre infinitas siembras de trigo
y mi corazón
una alondra que trina
midiendo la eternidad.


NOVIEMBRE

Después – sucederá que yo me vaya –
quedará algo
de mí
en el mundo
Quedará una débil fragancia de silencio
en medio de las voces
una tenue aliento blanco
en el corazón del azul
y una tarde de noviembre
una niña hermosa
en la esquina de una calle
venderá tanto crisantemos
y las estrellas os serás frías verdes remotas

Alguien llorará
quien sabe dónde – quien sabe dónde
alguien buscará el crisantemo
para mí
en el mundo cuando deba marcharme sin retorno.

DESPEDIDAS DE LAS MONTAÑAS

Esta es la prueba de que ustedes me bendicen
montañas.
Si en la hora de la despedida
la iglesia
me recibe con su blancura de sol
y con fuerza abraza mi tristeza
el canto de las campanas al mediodía.
En la pequeña plaza
una mujer vende ciruelas rojas y amarillas
para mi ardiente sed.
En el escalón de piedra
de la fuente
brilla la hoja de una piqueta.
El agua helada

Esta mujer se ha ido, está muerta. Nuestro pecho, nuestras manos, nuestros ojos han recibido su despedida y su evidencia, sin poder ampararla, sin poderla mirar a los ojos, sin poder abrazarla. Solo una débil fragancia de silencio perdura entre la multitud de voces, ahora acrisolada en nuestro esencial corazón. No hay un solo crisantemo en el mundo para ella, no hay bendición que no sea la de sus amadas montañas, la tristeza eterna de las campanas y una ardiente sed. Pero hemos de llorar por ti, hemos de buscar, de soñar tu crisantemo. El está aquí, donde sabemos nuestro llanto que tú vuelves más puro, porque vives en otra parte. Tu tierna sangre se hizo en otra parte. Las palabras que dices no se avienen con la áspera tristeza de este cielo. No eres más que una nube dulcísima, blanca, enredada una noche entre ramas antiguas.


Edgar Vidaurre.

Oh! soledad... Katherine Philips


Katherine Philips (1631-1664). Poeta renacentista nacida en Inglaterra. Obligada a contraer matrimonio a los 16 años, creó una organización de mujeres llamada La sociedad de la amistad, en donde adoptó el seudónimo de Orinda. Dada la imposibilidad de las mujeres a participar en la actividad artística y literaria de la época y para ocultar sus amores verdaderos con uno de los jardineros de la reina, la mayor parte de su poesía representaba los sentires amorosos hacia las mujeres. Allí de manera encubierta, dio rienda suelta al sentir y la necesidad afectiva de la mujer, no sólo en la relación erótica, sino en todo su contexto de vida. Fue acusada injustamente de perturbar el espíritu y de desvíos sexuales por sus relaciones de amistad dentro del círculo de amigas: Mary Awbrey (Rosania), Anne Owen (Lucasia), y Elizabeth Boyle (Celimena).

La canción O! solitude de henry Purcell (Westminster, Inglaterra, 1659-Londres, 1695) está escrita sobre los textos de Katherine Philips. A pesar de estar estigmatizada, Purcell tuvo la valentía de incorporar sus textos en varias canciones. Copiamos el texto original y una traducción libre del mismo.


O! Solitude, my sweetest choice
Places devoted to the night,
Remote from tumult, and from noise,
How you my restless thoughts delight!
O Heavens! what content is mine,
To see those trees which have appear’d
From the nativity of Time,
And which hall ages have rever’d,
To look to-day as fresh and green,
As when their beauties first were seen!


Oh soledad! mi dulce elección
Espacio consagrado a la noche,
Lejos del tumulto, y del ruido,
Cómo te deleitas en mi sentir anhelante
Oh Cielos! lo en mi contenido,
Para mirar los árboles que han resurgido
Desde el nacimiento del Tiempo,
Y el umbral de las edades que se ha estremecido
Para mirar el día, ahora fresco y verde,
Como cuando sus bellezas fueron vistas por primera vez

Se puede escuchar la canción en varias versiones, en los links de videos de esta página

"El umbral de los geranios" de la poetisa Maite Ayala

La rama florida del ciruelo
da su fragancia
a quien la rompe

Chiyo-Ni

Cuando la monja budista Chiyo-Ni era una estudiante Zen, buscaba degustar con los ojos cerrados y el rostro sonreído el fruto de la meditación. Más apenas presentido, no podía encontrarlo, palparlo, llevárselo a la boca del alma. Una noche de luna llena, Chiyo-Ni traía agua del pozo en un viejo cubo atado con hojas de bambú. En el umbral de la casa, las cuerdas se rompieron y la base del cubo se soltó, derramando toda el agua a sus pies. Dicen que Chiyo-Ni despertó en ese instante y dijo: Día tras día he tratado de salvar el viejo cubo, pues las tiras de bambú estaban debilitándose, hasta que al fin la base cedió…!ya no hay luna en el agua!...ya no hay agua en el cubo…

Esta muchacha-flor, junto con Den Sute-jo, Sonome y Shushiki forman el cuarteto más importante de mujeres Haijin, o poetisas hacedoras de haikus en aquel Japón donde la poesía a través de tres versos y la relación armónica 5-7-5, había alcanzado su más pura y decantada esencia. La presencia femenina en el haiku, le da a su textura una cualidad muy especial. El espíritu que unifica los tres versos deviene en este caso desde el ánima más inocente y al mismo tiempo más apasionada. Como si fuera una pequeña vela encendida capaz de alumbrar a la noche absoluta, hasta diluirse en la plena luz de la mañana. Es imposible no atravesar el umbral cuando Chiyo-Ni se dice a sí misma:

Mariposa
Tú también te vuelves loca
Algunos días

Años después, en una tarde enrojecida del décimo mes lunar, sobre una colina de la antigua ciudad de Kyoto cuando miraba a lo lejos el perfil de los ciruelos aún sin flores, la bellísima Shushiki escribió:

Yo me voy
Y tú te quedas
Son dos otoños

Tres versos, tres soplos de belleza, de luz, de brevedad intensa. Con seguridad, fue en el corazón de estas muchachas donde se condensó la pequeña gota del perfume exquisito de ese instante que perduró y sigue perdurando.

**

Rompo mi ayuno
Con la flor de la mañana

Bashoo – La senda de Oku

Ya los Haijin hombres, como Bashoo, Issa Kobayashi y Masaoka Shiki (1867-1902) quien le dio el nombre definitivo de haiku a esta forma poética, estructuraron definida y formalmente como se construía un haiku, su disciplina y su arte. Mediante una especie de procedimiento de destilación, la primera estrofa de los Haikai-no-Renga (o cadena de poemas) fue separada del corpus general para obtener la esencia y el perfume del momento poético, del instante. Pero ese instante se decantaba en el más breve y humilde de los espacios con una connotación que lo religaba con el acaecer del tiempo, con el ciclo de las estaciones, con la rosa de los doce vientos, en fin con todo el ritmo intenso de la tierra y el sol: La eclosión primaveral de los ciruelos, cerezos, sauces, el canto de las aves, las siete flores de la primavera. El Estío convertido en el canto de las cigarras, las lluvias, las tormentas, la siembra. El ocre otoño con sus gruyas, sus garzas, sus cosechas, sus largas noches y el Invierno, la nieve, las tristezas blancas, el viento y los campos desnudos. El propio Bashoo trató de definir lo indefinible cuando dice que el haiku es “simplemente ésto que llega en un lugar y en un momento” Sin embargo, es imposible definir lo indefinible. El haiku no tiene un fin determinado. No se trata solamente de la belleza, el Zen, de la ascesis, del misterio del universo o la suprema importancia del suceso más pequeño. Si nos olvidamos de sus definiciones, y nos vamos a la pura vivencia que nos da el recorrer la Senda de Oku de Bashoo, entendemos que el Haiku nos es simplemente poesía escrita, sino poesía vivida, experiencia poética de gran intensidad, finalmente acrisolada en el instante luminoso y breve en el que esta experiencia se convierte en pura esencia, como una gota de rocío que es capaz de contener en su centro montaña y cielo, paisaje y luz. En el haiku no hay nada que entender. Tal vez lo más parecido a este acontecimiento está en la siguiente anécdota de Buddha: …él estaba sentado en el Pico del Buitre, con una muchedumbre congregada a su alrededor en espera de sus enseñanzas. La gente, viendo que el Maestro no decía nada, comenzó a impacientarse, ante lo cual éste tomó una flor y la mostró a los allí presentes. Mientras todos le miraban, en espera de algún sermón, Mahakashyapa sonrió; Buddha le hizo una señal para que se acercara, le entregó la flor y dijo: "Tengo el ojo de la Verdadera enseñanza. Todo lo que se pueda dar con palabras ya se los he dado. Pero con esta flor, le doy a Mahakashyapa la llave de la enseñanza". Mahakashyapa entendió que no hay nada que entender, no hay nada que decir, no hay nada que explicar. Toda la situación es simple y transparente, no hay nada escondido, no hay nada que buscar, porque todo lo que es, está aquí y ahora dentro de ti.

***

amo la tierra
umbral de los geranios
y cuánto crecen!

Maite Ayala

La pequeña gota del perfume exquisito de ese instante que perduró y sigue perdurando. Cuando leemos el cuaderno de haikus de Maite Ayala, al igual que con Chiyo-Ni y Shushiki, no podemos tampoco dejar de atravesar el umbral; ese lugar de trascendencias y de transiciones donde la tierra es el anuncio de los geranios en flor y estos a su vez los anunciadores perennes de la luz: La tierra convirtiéndose en luz a través de los geranios que se desbordan al viento en los balcones. Sin embargo si vemos aún más atrás en el poema, en el primer umbral sugerido, es el amor a esa tierra lo que se convertirá irremediablemente en luz… ¡y cuánto crece! Esta mujer Haijin, esta artesana hacedora de Haikus, ejerce con entrega y rigor la labor de destilación de las esencias de las cosas. Ella nos presta su propio corazón como vaso de las transformaciones y a través de su vocación de entrega, nos ofrenda esa última gota continente que esparce los aromas de manera intensa y libre.

Un poema
es una pequeña gota
cayendo en todas partes.

perfume de mar
roza la noche
quieta de misterios

He aquí pues en el aroma cósmico del mar que roza la noche (que en este caso es una sola con el mar) la essentia, la usia, transfigurándose en pura materia espiritual, y digo materia espiritual porque en el instante de contención poética ya es imposible distinguir materia de espíritu. Es el misterio del Atman hinduista o Espíritu, el Sanctus Spiritus, el pneuma griego, el ruh arábigo, el ruah hebreo, el Amon egipcio, el ch'i chino; es la esencia espiritual, indivisa:

buscando el ser
en las profundidades
habla el hombre

Pues desde allí surge la voz que nos habla, desde el centro de esa gota continente de rocío o de perfume, evocando la perfecta armonía implícita que encierra la dinámica del cosmos a través de la belleza como sostén y unión de todos los eventos. es la belleza en equilibrio que sostiene el mundo En un ensayo sobre el carácter vinculante del sonido y la palabra, comentaba que: la armonía es tal vez la más abstracta, pero también la más grandiosa de todas las metáforas. La armonía es equilibrio, unidad de elementos diversos y contrarios, una resolución de tensiones opuestas y un ordenamiento mutuamente proporcionado de los múltiples componentes, como la combinación de los elementos naturales (tierra, agua, aire, fuego), las cuatro propiedades de la naturaleza (cálido, frío, mojado, seco), los cuatro humores y los cuatro temperamentos, la música de las esferas, la gran cadena del ser, el macrocosmos y el microcosmos, la correspondencia entre ellos y los tiempos y las estaciones, lo contingente y lo infinito -y finalmente, todo ello encerrado en una sola gota, que en el caso de nuestra poeta es ella misma, es el hombre mismo-, pues el hombre es el centro del equilibrio.

quién me habla?
palabras de certeza
iluminaciones

El ejercicio espiritual que supone escuchar la voz que nos habla a través de estos haikus, nos revela que el equilibrio del que hablamos va más allá del concepto estático del equilibrio comúnmente entendido. Se trata como dijimos de un proceso de transformaciones en el que la Haijin y el lector quedan inmersos y fundidos en la vivencia poética constituyendo una unidad absoluta, una certeza que se nos manifiesta con la fuerza del alba. Una especie de Satori (iluminación) que consiste en la penetración en el ser de las cosas y del mundo para ver por primera vez la verdadera esencia de la realidad, para quedarnos callados en el umbral…en ese umbral que promete la belleza eterna de las cosas…el mismo umbral en donde la muchacha-flor Chiyo-ni, presintió el fruto verdadero, para poder al igual que ella, seguir soñando a pesar de que ya no hay agua en el cubo…de que ya no hay luna en el agua…

tibio bálsamo
primero las palabras
después, silencio

Tibio bálsamo el que sucede al esplendor de las imágenes dejando tras de sí su aroma embriagante y permanente. Las palabras en esta ceremonia sosegada no son palabras; son susurros delicados y de belleza extrema condensada en nuestro oído como una salmodia, como un pequeño canto que se basta a sí mismo. Y después de las palabras, el silencio: plenitud elocuente de la tierra, del mundo entero convertido en luz que no necesita ya y nunca más ser explicado, pues como dice la Haijin: la

verdad resuena
en el libre albedrío
de atardeceres.


Edgar Vidaurre

"Cenizas de espera" de la poetisa Milagro haack



Sólo espero al amor para entregarme....
R. Tagore


La poesía es espera. En este libro y tejiendo desde el laberinto en donde se encuentra ella nos habla a través del deseo incorpóreo; Esa extraña potencia del espíritu que nos hace fluir hacia lo que aún no es, o ha dejado ya de ser. Y en ese centro que constituye la realidad presente vivimos esperando o añorando. La sed y el recuerdo, el deseo y la nostalgia, disparados más allá de nuestra mirada hacia la niebla, en donde también se precipita nuestro corazón.

Y es allí, en la tejedora niebla donde se cifra la espera. La belleza del mundo en espera de advenimiento inminente después del caos, La niebla de fuego, pero también la niebla que se constituye a través de la fusión de las aguas con el viento -lágrima y suspiro- y en donde aún no podemos distinguir lo que vendrá, aquello que esperamos o añoramos. La hermosa niebla que precede aquello que nos será revelado.

El filósofo Ortega y Gasset, decía que no hay sino anhelos; lo demás no existe; por lo menos no existe vitalmente. La realidad de que habla la ciencia es no más que una realidad pensada. Realidad viva únicamente la tienen los objetos cuando en ellos se prende nuestro deseo o nuestra nostalgia. El Universo es una azulada niebla uniforme, surcada tan sólo por nuestros mudos ardores, que se levantan como silenciosos cohetes de oro… que la sed es la sustancia del mundo, la sed, la sed, el deseo que nos hace vivir y revivir: sed de placer, sed de vivir y sed de morir.

La poeta en cambio espera. Entrará al lugar de la apariencia y se retirará para calmar la sed, sin caminos de regreso y llamándolo, llamándolo dentro de la sed -lugar de todas las ausencias, al otro lado del deseo- en lo más alto de las ventanas, vestida apenas con el perfume de su amado sonido, por si retorna... por si acaso regresa.

Entonces será llamada por la lluvia, aquella en donde el agua se parece tanto a la luz para establecer ese otro tejido de las aguas. Sabrá también del amor violento y fugitivo de los vientos y finalmente del mar, hasta llegar a la más alta tristeza.

Y he aquí la isla, el pie de isla, el fuego de isla, la naciente invocada isla. Surge aquí la concienciad del sí-mismo, de su firmeza, pero también de la muerte y de la soledad. La presencia presentida de ese joven arquero, que también desde su centro dispara la flecha que se aleja, y que algún día llegará de nuevo a su corazón. El retorno de lo ido que llega por los antiguos caminos del fuego.

Isla en donde la mirada se convierte en un aliento de faro, en donde los anhelos se estrellan envueltos en la oscuridad de una sola, solitaria, invariable ola, lejos, muy lejos del fuego que consume la noche, bajo una plegaria anunciada y la promesa de aquella madrugada embarazada de Dios.

El tejido de las aguas, el tejido de los vientos y el fuego en sagrada trinidad y en el centro, esta espera apasionada que se consume hasta convertirse en polvo, en ceniza: Ceniza de espera.

Pero aquí, la ceniza no es el símbolo de la muerte, ni de la disolución de las formas y su retorno a lo cifrado invisible. Tampoco se nos habla del simple polvo o de lo muy quemado por el fuego.

Se trata de la sacralización de lo muy puro, de lo que queda sobre el suelo sagrado y bendecido, después de la vívida disolución de los cuatro elementos, crisol en donde la poeta quebrando trozos de madera será de nuevo Isla, despojándose de todo para darnos su última ofrenda, desposada con el viento, sobre la orilla: su huella como una reliquia de arena.

Aquí su canto a la transformación, la metamorfosis espiritual que sucede a las cenizas, creciendo desde la raíz hasta los anillos superiores:

Alimento
desde la raíz
crecimiento en otro suelo
y
no callo su condición silvestre
amando
vuestra fluidez con sus hermanas semillas
cayendo la llama en velo fuego
que danza arando el cuerpo
con tu descorazonado
canto
que toca mi vapor escrito
bañando esta extraña paciencia
de esperar
Aro de Aguas
recibiéndomelos
el cabello extranjero con la misma reverencia
juicio por tierra de este sudario
humedeciéndolo
Sabio Amor

deseando la presencia del aire

En Anillos Superiores


Cenizas de espera y de esperanzas donde crecerá el árbol puro de la promesa. El silencio y lo inminente por llegar: Un navegante extranjero en pos de esa mujer de rostro hermoso y las bellezas del mundo que también esperan por nosotros, porque como decía Stendhal: la belleza es una promesa de felicidad, y lo que tiene de bello no es lo que tiene de real, sino lo que tiene de promesa...




Edgar Vidaurre