domingo, 2 de marzo de 2008

"Libro de las decepciones" del poeta Aladar Temeshy





La poesía es una forma de existencia
de elevación de la existencia
de la presencia fuerte de la existencia

Alfredo Silva Estrada


En el corazón de la palabra decepción, convergen tres de los aspectos más reveladores, de nuestra humanidad a saber: el dolor, la desesperanza (o más bien la esperanza herida) y la conciencia del engaño y la verdad. Hablamos entonces del dolor que se impone cuando el conocimiento de una certeza nos saca de manera irreversible de la esperanza, derivando entonces en esa vivencia transida y devastadora que es la decepción. Ante ella el hombre sucumbe ante su propio existir o trasciende su dolor a través de un proceso de transformación existencial. De ser esto último, (es decir el proceso que deviene si la fuerza transformadora es suficientemente clara y determinante), ese sentirse desconectados del mundo que ya no nos pertenece, y que se ha degradado en su sentido vital de correspondencia, provocará también en medio del estado lamentable y lastimoso de nuestro corazón, una insurgencia previa que tiene tal vez y seguramente su más dramática reminiscencia en aquel Libro de las Lamentaciones del profeta Jeremías y que no solo describían el estado lastimoso de su mundo y de la relación con el alma, si no que además traían consigo una viril exigencia y reclamo de restitución mediante la plegaria y la oración: una confesión desde lo más profundo, de que esa ruptura, ese pecado de nuestra alma y la falta de constancia de nuestra fuerza vital, también ha sido determinante en la desvinculación del mundo y que a través de nuestra lamentación se traduce también un grito de esperanza y llamada que parten de la certeza y la confianza en ella misma como lo único permanente y cierto…como lo perdurable.

En el libro de los Símbolos de Chevalier y Gheerbrant se nos habla también de las lamentaciones como ritual de conjuro e imploración. Una llamada intensa a los dioses para que protejan el viaje, el cambio, el despojo inicial de los peregrinos para asegurar la resurrección bienaventurada…el llanto de las plañideras en este caso aseguraban el buen término del proceso de transformación que sigue al dolor. Los griegos también conocían la fuerza de las lamentaciones y los trenos, como ritual doloroso que implicaba la subsiguiente resurgencia del alma a otras realidades.

Ese ritual, ese conjuro, esa instancia, es lo que nos plantea este libro de la decepciones. Se trata de un viaje ancestral, de un viaje perenne que hace la humanidad a través de los ciclos de amaneceres y atardeceres, de los cambios estacionales entre el verano y el invierno y la transformación incesante de la existencia. Es ese viaje que iniciamos cuando nacemos, cuando entramos a la vida y a la muerte. Es el hombre consciente de su propia vida y de su propia muerte y que la asume por sí mismo, en medio del desamparo sobre la tierra sostenido por su propia alma…es Caín estableciendo su propio paso, su respiración, persiguiendo amaneceres hasta que sus ojos se llenen de polvo. Ya antes en otro libro de Aladár, hacíamos mención a Luc Estang, quien en su hermoso libro “Le Jour de Caïn” o “El día de Caín” nos reinterpreta el símbolo de Caín "como el primer hombre nacido de hombre y de mujer, el primer cultivador, el primer sacrificado y el primer repudiado por Dios, el primer asesino y el que nos revela de la muerte: jamás antes de su fratricidio, se había visto el rostro de la muerte: Caín es el primer errante en busca de tierra fértil y el primer constructor de ciudades, es también el hombre señalado por Dios para que no lo maten. Es en definitiva el primer hombre que se aleja de la presencia de Dios y anda sin fin hacia el sol naciente, hacia nuevas auroras. La aventura es de una grandeza sin par, la del hombre librado a sí mismo, asumiendo valientemente todo el riesgo de la existencia y la consecuencia de sus actos. Caín es el símbolo de la auténtica naturaleza humana en sí misma y en toda su expresión.”

Vemos pues como este hombre al asumir su propia vida, se convierte también en el iniciador de la muerte. Caín asume el camino, la peregrinación y el trayecto que lo lleva a errar permanentemente para construir sin cesar su propio porvenir, guiado por la aurora, siempre nueva: el devenir del hombre fuera de la presencia de Dios, andar sus propios pasos aunque al final lo espere la muerte. A partir de él ya el hombre no afronta a Dios si no a la ausencia, pero le quedará su propia faz, su rostro marcado para afrontar la vida, el tiempo, la vejez, la muerte, no sin antes insurgir ante lo perdido, ante esa ilusión material de la existencia y llamar, conjurar y raclamar severamente, a través de la lamentación viril, la presencia de esa otra certeza permenente. Ante esto nos dice también Jean Chevalier: “Caín como Prometeo, es el símbolo del hombre que reinvindica su parte en la obra de creación”

En el caso de Aladár, nuestro “Eterno Caín”, esa reinvindicación de la existencia del hombre como creador se hace a través de la palabra, de la Poesía. Nos recuerda aquella descripción nórdica del Álamo como símbolo del lamento cuando su follaje se estremece con la brisa más sutil. Él como un Álamo maduro, blanco, añejo pero aún fuerte se estremece (y nosotros con él) ente el leve soplo de las últimas brisas del atardecer, en medio del invierno, para religarnos nuevamente con la existencia real, aquella que nos rebasa, que nos trasciende incluso en su manifestación material a través del esplendor de la naturaleza. Ya no es la relación el Alma con el Mundo, si no la del Alma con el Cosmos. Es el último despojo para quedar desnudos y purificados allí, donde se diluye lo que vimos, lo que vivimos y la memoria se reconstituye en una nueva realidad que se encuentra esperándonos al final de este lamento, de estas palabras delirantes, de este treno poético, pues como decía nuestro común maestro: La poesía es una forma de existencia, de elevación de la existencia, de la presencia fuerte de la existencia.



Edgar Vidaurre

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