domingo, 2 de marzo de 2008

"El silencio del árbol" de la poetisa Maite Ayala

Al caer la vida del poeta (un trocito insignificante de su vida)
Sobre la vida de los demás, deja una hendidura.
Uno puede, aplicando allí su ojo, ver, en lo duradero,
Un mar oscuro y una muchacha vestida de blanco
Planeando de izquierda a derecha y perdiéndose en el aire…

Odiseas Elytis

Yo me asomo para mirar a través de la hendidura que esta poeta nos deja…hendidura que a su vez también nos pauta el adentro y el afuera. Y me pregunto ¿qué fuerza, qué vientos impulsan a esta muchacha vestida de blanco para planear sobre un mar oscuro y perderse levemente en el aire? ¿Cómo restañar la herida del afuera en nuestro adentro? ¿Cómo no sentir que las paredes de nuestra casa nos impiden el vuelo hacia el afuera? Agua y aire, la casa y el mundo…o como ella dice en su último poema: la hendidura del cuenco entre mis manos, la traslado adentro y fuera de mi casa, unas veces agua y otras, mariposa. Sin embargo, por la persistencia del dolor, ella no podrá olvidar a la tierra ni al fuego. Ese planear en el afuera de la hendidura es más bien en este caso, un seguir a lo más hondo de la hondura, hasta llegar al afuera de sí…ojos que atraviesan el intersticio de la hondonada, siendo a la vez agua e incendio, humo y reverencia. O tierra…tierra parda donde la poeta se desdobla para amarla, para entregarse sin reservas y temblar junto a ella y compartir sus hondísimas penas…arena del desierto que nadie desea rescatar ni responder, sin comprometer, sin ceder…ranuras por donde se cuelan las incómodas verdades, del distinto uno de sí, el mismo, elevando su grito hacia fuera

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Ya Rilke en su “libro de imágenes”, y cuyo trozo de vida advenido nos abrió la más grande de las hendiduras, nos habla también de esa mirada a través de la grieta, de la alteridad, y que los académicos nombraron “estética de la mirada”. También allí, en uno de sus poemas, volvemos a encontrar a esa muchacha, esta vez parada en el balcón de su casa hacia el mundo, justo entre el afuera y el adentro, como una hendidura estremecida en el centro de la imagen: “Y sale de repente, envuelta por el viento, clara en lo claro, como entresacada, mientras que el cuarto de su casa, como si estuviera tallado, llena la puerta del adentro, a sus espaldas…oscuro como el fondo de un camafeo que deja pasar un relucir entre los bordes, y piensas que la tarde no había existido antes de que ella saliera, parada en la barandilla…dejar un poco más de sí, incluso las manos para ser muy leve, como ofrecida al cielo por la fila de casas… y que todo la conmueva”. (Muchacha parada en el balcón, 1908).

Y que todo la conmueva…he aquí hoy, ante nuestros ojos, a esa muchacha persistente -cuyo nombre puede ser Helena, Hermíone o Safo, que retorna esta vez ella misma devenida en poeta para señalarnos nuevamente la hendidura. Pero ella -que ha mirado tan sufrida y profundamente por esa ranura, con esa mirada total (Gaze)-, nos devuelve una mirada amorosa y sin resentimientos. Es ella, que viene a nosotros esta vez con las manos llenas de versos verdes, como una estrella hija, como un meteorito, como el mar, las lluvias y el almendro…despertando el afuera, el centro de la tierra, para decirnos que el mundo entero es voz, bosque, relámpago.

Una niña fracturada y leve que regresa después de perderse en el aire, esta vez con la fuerza de una inocencia sobreviva e intacta, capaz de hacerla atravesar los despavoridos vientos, dejándonos entonces caer un trocito de su vida sobre nuestras vidas, y provocar esta hendidura, que nos hace llorar a veces en el umbral de nuestra propia casa. Mas sin embargo, de ese trocito de su vida como una semilla esencial y solitaria -conocedora del desenlace de ser-, ha surgido un árbol de ardiente silencio. Por amor a ella, debiéramos entonces sentarnos y oír también el silencio del árbol, hacer nuestras sus sombras, su gemido blanco, y temblar con él en medio del aire que todo lo hiere…asistir a esa convocatoria del sí mismo y del mundo, árbol que estando –existiendo- nos otorga su verde hasta asir en el vacío el peñasco crítico del arrecife. Árbol de luz, árbol puro de la verdad, que por ser el árbol puro de la verdad, no puede ser a su vez otro, que el árbol de la belleza: Lo duradero surgiendo desde el fondo de la hendidura, para que el hombre lo vea.

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Y qué otra cosa puede ser la verdad si no la belleza?...“La luz y la belleza son reflejos de la verdad. El amor terreno encendido por la belleza mundana es el primer peldaño en el camino ascendente que lleva al alma a la contemplación de la belleza como tal, que no es otra cosa que la verdad. La belleza pertenece al mundo de las ideas y es a partir de ellas que el hombre crea el mundo real". Platón, aquí nos habla de que únicamente la Belleza en todo su esplendor y el amor que suscita en el hombre, es el punto de partida, el punto de retorno posible para el recuerdo y la contemplación de la sustancia ideal y por ende de la verdad. La identificación posterior de la verdad con la belleza, ya en pleno Romanticismo, nos la entrega Hegel cuando afirma que: Belleza y verdad son la misma cosa y sólo se distinguen porque la verdad es la manifestación objetiva y universal de la idea, en tanto que lo bello es su manifestación sensible.

Fue sin embargo San Agustín, quien de una manera arrebatada nos reafirma que ante la belleza –que sólo pude venir de Dios- se redimen y purifican todos los aspectos contradictorios del hombre. En esa hondura angustiada entre la consciencia de la culpa, del pecado y el anhelo clamoroso hacia Dios, surge la belleza para salvar al hombre: amaba esa “otra belleza” de las cosas mundanas, y luego iba a lo profundo y decía a mis amigos ¿acaso amamos algo sino lo bello?...Di te lo ruego, ¿podemos amar algo que no sea lo bello?...tarde te amé, belleza tan antigua como nueva…tarde te amé…(Confesiones IV, 13).

Mas hoy, en nuestro tiempo, en este breve espacio lleno de imágenes, ha sido la poesía enamorada, en su advocación más pura -una niña que pregunta si todavía podemos cantar- quien, como si fuera un ángel, nos redime a través de su verdad trasmutada en belleza, defendiendo nuestro canto, como una anunciación, para que esta vez veamos con el alma lo duradero, lo permanente y apoderarnos de ese soplo: la sal encima de la arena, grano a grano encadenados…con la belleza inmaculada, de la tarde, la calma de los lirios, a sus pies pequeños, rozando el pliegue de su túnica azul, como la inmensidad, una blancura de manos y sus bellos ojos -color de tiempo, colmando la cercanía de una plegaria, el sí desprendido, humilde, a la presencia del ángel… El adentro y el afuera, realidad y sueño unidos en un beso que se eleva por encima de la grieta, de la hendidura, de la culpa, del pecado, de la guerra, del dolor. Toda la ternura del cordero, la belleza de la rosa, las transparencias de la fe, las paredes calladas de una casa convertidas ahora en bienaventuranzas, imponiéndose a las sombras que avanzaban desde la muerte, olvidándola: La belleza, la salvación y el amor en el fondo de los ojos de esta niña, de esta muchacha, de esta mujer, que en lugar de planear de izquierda a derecha sobre las aguas oscuras del mar para perderse ligera por el aire, hoy camina - como también diría Elitys- por el pleno corazón de esta tierra nuestra, tan amada: inflexible entre fuego, entre la luz… como Jesucristo y todos los enamorados.

Edgar Vidaurre

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bello libro... creo haber visto ese árbol en las ediciones Diosa Blanca. Donde se puede conseguir el libro?