sábado 9 de octubre de 2010

La Belleza en sí misma. La belleza abstracta… Platón y la belleza ideal


“No hace falta adornar la apariencia para convocar la belleza, en todo caso lo que haría falta es liberar al paisaje de nosotros mismos.”

CG Jung

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era bella y buena… separó entonces Dios la luz de la oscuridad”

Capítulo 1 del Génesis


Primera charla: La Belleza en sí misma. La belleza abstracta… Platón y la belleza ideal.

Que es La Belleza?… existe La Belleza?... La Belleza es un ente, una realidad?... o por el contrario, es un ideal, un desplazamiento y un reflejo en lo concreto de nuestra necesidad mental de perfección?…

Es La Belleza el resultado de la interacción entre la forma, lo visible, lo audible, lo perceptible y la psique del ser humano?... será La Belleza solamente un atributo de la apariencia visible de la materia y que le otorga subjetivamente el observante, o será más bien un reflejo, una imagen concreta de esa otra belleza invisible a los ojos?

Se puede hablar de La Belleza por sí misma como esencia ontológica independiente, como abstracción, o por el contrario es La Belleza un fenómeno existencial y vivencial con múltiples determinaciones, en definitiva: una experiencia? De ser una experiencia, será una experiencia de orden estrictamente psicológico?...

De tener La Belleza una naturaleza puramente psíquica, tendría los atributos de los arquetipos que constituyen lo que Jung llamó El Inconsciente Colectivo, o podríamos decir que La Belleza es absolutamente subjetiva y por ende perteneciente exclusivamente a la psique individual (por ende con un marcado carácter relativo) de cada ser humano?

Por otro lado, sea lo que fuere La Belleza, estará ésta vinculada solamente con nuestra capacidad sensible de percibir a través de nuestros sentidos biológicos (vista, oído, gusto, olfato y tacto) o también estará vinculada con nuestra capacidad inteligible de percibir aquello que está más allá de lo meramente físico?

Está La Belleza ligada a la luz como fenómeno develador o manifestante de las formas y al sonido como fenómeno develador de la vibración de la creación, o también puede hablarse La Belleza de la sombra, del vacío, del caos?... es La Belleza el resultado del proceso creador del mundo?… solo podemos hablar de belleza en función de la materia o podemos sentir e intuir que existe también la belleza en potencia o la belleza de la energía, de la vibración, del espíritu creador que genera y produce la eclosión de las formas?...

Puede el hombre a su vez generar y crear belleza?... cuál es entonces la modalidad del lenguaje humano que puede traducir La Belleza y expresarla precisamente en términos humanos?... es entonces la belleza el objetivo que ha venido buscado el ser humano en su necesidad de recrear por sí mismo al mundo a través del arte? La Belleza solo se refiere al arte, al fenómeno artístico?... La Belleza es entonces inmanente al sujeto observante y contemplante, o por el contrario es el orden universal y trascendente que penetra todas las formas? Está por ello el ser humano incluído en la belleza del mundo en su conjunto o Pankalía?…

Es La Belleza un sinónimo del bien, y en este caso su opuesto es la fealdad y el mal?... se podría decir que La Belleza es el atributo de lo bueno? O por otro lado se podría decir que La Belleza es a su vez un atributo del amor o la cualidad más significativa de la fuerza amorosa e integradora?... es La Belleza un sinónimo de verdad?... de ser así sería La Belleza una verdad que solamente expresa una parcialidad relativa y variable o por el contrario, La Belleza es una verdad que expresa una sumatoria integradora y abarcante?...

Todas esta preguntas, han inquietado al hombre desde su necesidad racional de explicarse el mundo, pero sobretodo y también, lo han conmovido y asombrado desde sus atributos emocionales, anímicos y espirituales. Pero con seguridad la única respuesta y la síntesis para tantos interrogantes sea una sola y precisamente esa: La Belleza.

Aunque ya antes Pitágoras había medido y mensurado La Belleza de las formas (estableciendo que todo es número), descubriendo y revelando las nociones de la proporción y la armonía, es Platón quien despoja y libera a La Belleza del límite exacto con que la somete la dimensión espacial de la luz, de lo visual o auditivo perceptible a través de los sentidos, para ir más allá de la medida y la proporción de las cosas, y darnos así, una visión más metafísica, mística y poética de la belleza desde lo invisible y oscuro.

Este juego de luces y de sombras y el proceso que se constituye a través de las esencias ideales y las formas que las reflejan cuando son traspasadas y arrojadas ante nuestros ojos como una sombra, es visionado por Platón como un suceso único, abarcante, absolutamente dependiente y comunicado entre sí. Podríamos asimilarlo plenamente al ciclo infinito de la creación y el paso de la potencia a la materia, del caos a la forma, de la sombra a la luz, de lo invisible a lo visible.

Lo que vemos inicialmente (o ilusoriamente) no es La Belleza de manera directa, si no su reflejo o “su Resplandor” en las formas… apenas su sombra proyectada a través de nuestros órganos sensibles, en la pantalla emocional de nuestra psique o alma.

En realidad siento que Platón nos habla de lo visible como una ilusión, como un efecto óptico-lumínico que no nos aporta de manera directa los datos puros de lo que él llama los trascendentales (los atributos del Ser Verdadero), mientras que La Belleza y La Verdad nunca podrán ser asimilados o aprehendidos por estar en la dimensión de lo ininteligible… más allá de la razón o del intelecto. En todo caso, la belleza podrá ser asimilada por el hombre, solamente a través del asombro y del éxtasis que nos provoca el esplendor de esa luz que surge en medio de las sombras.

Para Platón, La Belleza es el único de los trascendentales (trascendentales entendidos como los atributos del SER, como la verdad, la sabiduría) que tiene imágenes visibles en la formas que surgen del proceso creador. En otras palabras, entendemos que según Platón, las formas visibles y/o percibibles (sonido, olor, sabor, tacto), no participan o no contienen los atributos puros del SER Verdadero a excepción de la belleza de cuyo atributo si participan todas las formas creadas. Es decir que en lo bello, la creación entera participa de manera directa con lo creante.

Es a través de La Belleza que se manifiesta la unión entre el Ser Verdadero y el mundo visible de las formas creadas. Tal vez podríamos decir que, precisamente todo el proceso entero de la creación que va desde lo creante-puro hasta su emanación en la multiplicidad de las formas (incluida la vibración que las sostiene), es lo que, cuando podemos percibirlo a través del resplandor, llamamos Belleza.

Por otra parte, tal vez el error fundamental que ha venido cometiendo el pensamiento occidental con respecto a esta visión abarcante de Platón, es el de pretender que existe una separación entre el hombre y el Ser Verdadero o lo creante por un lado y entre ese mismo hombre y el resto de la creación por otro. El mundo verdadero, trascendente, abstracto o ideal que Plantea Platón es un mundo absolutamente interconectado con el despliegue de formas concretas que surgen de lo creante, mundo concreto y visible que a su vez está también absolutamente interconectado con sus orígenes, con su sustancia generatriz. Y bajo esta concepción abarcante, el hombre está involucrado de manera total con estos procesos de la creación, pues es permanentemente penetrado por el Ser creante y a su vez forma parte integral de toda la creación.

Cuando Platón nos dice que La Belleza tiene una existencia autónoma a su manifestación expresada en la apariencia de las formas, y que por tanto no es un atributo particular de los objetos sensibles sino que “resplandece en todas partes”, no nos está diciendo que no hay vínculo entre La Belleza y las formas, sino todo lo contrario: hay un vínculo absoluto y único entre La Belleza como entidad existente por sí misma y las formas creadas, y ese vínculo es precisamente el resplandor o el esplendor de esa Belleza que se esparce en todas partes.

He aquí pues, según el modo griego de asombrarse para darle sentido y correspondencia a ese juego de luz y sombra en que se desenvuelve todo el proceso de creación, lo que se ha venido llamando Lo Apolíneo y Lo Dionisíaco. Esas dos tendencias que rigen el alma, en realidad no son tendencias si no instancias de un proceso único de transformación permanente. En el muro derecho del templo de Delfos (que se encuentra bajo la protección del dios Apolo) está escrito: lo más exacto es lo más bello. Por su parte en muro izquierdo del mismo templo, encontramos el rostro oscuro y misterioso de Dionisio sin inscripción o regla alguna que lo circunde o limite.

De esta manera, La Belleza que emerge de la luz, viene y se conforma desde la sombra (esa oscura belleza). La apacible y serena armonía de la proporción que ocupa el espacio que vemos, es una resurgencia de las fuerzas oscuras y apasionadas cuya expresión ocupa y se desarrolla en los espacios de la psique o del alma. Tal vez por ello podríamos decir que para Platón, La Belleza es la manifestación en lo visible (y/o perceptible por los sentidos), de ese vínculo entre el Ser Verdadero y el mundo creado de las formas, vínculo al que no si no llamamos fuerza amorosa o integradora (o Amor a secas) no sabríamos que nombre darle. Igualmente la Belleza, al ser uno de los atributos del Ser Verdadero o Creante, y precisamente aquel del que participan las formas creadas bajo ese orden amoroso, es absolutamente asimilable a la Verdad como elemento y atributo trascendental de ese Ser Verdadero, de cuya emanación (o psique) provienen y devienen incesantemente.

En el prólogo del libro El silencio del árbol de la poeta Maite Ayala sentíamos qué la verdad no podía ser otra cosa si no La Belleza...“La luz y la belleza son reflejos de la verdad. El amor terreno encendido por la belleza mundana es el primer peldaño en el camino ascendente que lleva al alma a la contemplación de la belleza como tal, que no es otra cosa que la verdad. La belleza pertenece al mundo de las ideas y es a partir de ellas que el hombre crea el mundo real". Platón, aquí nos habla de que únicamente La Belleza en todo su esplendor y el amor que suscita en el hombre, es el punto de partida, el punto de retorno posible para el recuerdo y la contemplación de la sustancia ideal y por ende de la verdad.

La identificación posterior de la verdad con la belleza, ya en pleno Romanticismo, nos la entrega Hegel cuando afirma que: Belleza y verdad son la misma cosa y sólo se distinguen porque la verdad es la manifestación objetiva y universal de la idea, en tanto que lo bello es su manifestación sensible. Fue sin embargo San Agustín, quien de una manera arrebatada nos reafirma que ante la belleza –que sólo pude venir de Dios- se redimen y purifican todos los aspectos contradictorios del hombre. En esa hondura angustiada entre la consciencia de la culpa, del pecado y el anhelo clamoroso hacia Dios, surge la belleza para salvar al hombre: amaba esa “otra belleza” de las cosas mundanas, y luego iba a lo profundo y decía a mis amigos ¿acaso amamos algo sino lo bello?...Di te lo ruego, ¿podemos amar algo que no sea lo bello?...tarde te amé, belleza tan antigua como nueva…tarde te amé…(Confesiones IV, 13).

La creación en todo su proceso que va desde la voluntad creadora del Ser, a la aparición de las formas, es precisamente emanación pura, vibración transformadora cuya energía tiene, (y así podríamos verla), un naturaleza psíquica, es decir, la parte física y concreta de la creación es apenas una instancia dentro de la infinita dinámica en que se despliega el proceso desdoblante y multiplicador del Ser. En otras palabras la potencia creadora capaz de provocar el incesante devenir de la potencia a la materia y viceversa, es de naturaleza psíquica, de la cual participa el ser humano de una manera especial y privilegiada. De hecho, el proceso de alquimia espiritual que es capaz de llevar al ser humano desde un principio instintivo y animal a consustanciarse con al espíritu puro, es absolutamente un proceso psíquico, cuya dinámica también consiste en ese paso incesante de correspondencias entre las sombras a la luz, o como diría el Maestro Jung, la auto-realización del inconsciente.

Esta visión abarcante e indisoluble de la belleza-amor-verdad que resplandece como el fulgor de la creación, tiene su expresión contemporánea y a la vez perenne, en este párrafo del Maestro Jung cuando nos dice que: “La belleza y la verdad como atributos de la fuerza amorosa se pone de manifiesto tanto más plenamente cuanto mayor cantidad de instinto sea capaz de contener. Pero cuanto más sofoque el instinto al amor más sale a la luz el animal. El amor se revela empíricamente como la fuerza del destino por excelencia, tanto si aparece como vulgar concupiscencia o como la afección más espiritual. Es uno de los móviles más poderosos en los asuntos humanos. Cuando se lo considera “divino”, entonces esta denominación se le aplica con todo derecho, pues a lo más poderoso en la psique se le llamó desde siempre “Dios”. Siempre y en todas partes se llamó divino a lo que posee la máxima potencia psíquica. Sin embargo, Dios siempre es contrapuesto a las personas y se lo diferencia expresamente de ellas. El amor, con todo, es algo común a ambas partes. Este mundo solamente es vacío para aquel que no sabe dirigir su libido a las cosas y personas para hacerlas vivas y bellas. Solamente la resistencia que su no-querer opone al querer produce esa regresión que puede convertirse en el punto de partida de un trastorno psíquico. El problema del amor pertenece a los grandes padecimientos de la humanidad, y nadie debería avergonzarse del hecho de tener que pagar su tributo.”

Edgar Vidaurre

lunes 15 de febrero de 2010

La Religión...

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Oh Orfeo!... Discípulo de Moisés, antecesor de Buda y de Jesús, no solo has sido el primer cantor del mundo… has sido el teólogo por excelencia, el que instituyó los misterios que aseguraban la salvación de los hombres, y, cosa esencial, el intérprete de los dioses.


El sentimiento religioso en el hombre

Hablamos de sentimiento religioso, porque lo religioso como vivencia se produce en el ámbito humano, y aunque esta vivencia cuando se produce abarca e involucra al hombre en todos sus aspectos, es en el elemento emocional y afectivo donde se manifiesta lo que llamamos fenómeno o experiencia religiosa. En este sentido, el estado consciente de estar religado, vinculado y en permanente relación no solamente con el mundo visible (o más bien manifiesto) si no con algo más allá que lo trasciende, puede llevar al hombre a razonar, a pensar y reflexionar sobre estas vivencias, pero sin duda será a través de los elementos emocionales y afectivos como se podrá encontrar y establecer nuestra verdadera naturaleza religiosa, donde surgirá la visión integradora que le dará sentido y explicación a la creación en su totalidad, es decir tanto en sus aspectos visibles y manifiestos como en aquellos que creemos invisibles.

A nuestro sentir esa vivencia o experiencia religiosa es un fenómeno como dijimos que se produce en el ámbito humano, es decir que su manifestación o “revelación” se instaura en la psique humana que es donde pueden integrarse los arquetipos universales con la consciencia individual de cada uno de nosotros. Al contrario de Freud, quien tenía una visión negativa y patológica del fenómeno religioso como una proyección paranoica en el mundo exterior, como un mecanismo inconsciente que proyecta en el mundo externo el deseo de eternidad y trascendencia, frente a la finitud y los temores que esta falta genera en el sujeto, La psicología analítica, tiene una gran consideración por la religión, considerada como expresión y formulación de arquetipos, y reconoce la importancia de los ritos religiosos, que permitirían a todos, independientemente de sus propias capacidades, vivir ciertos arquetipos.

Para Jung, la experiencia religiosa es de naturaleza psíquica, una hierofanía, dentro de la psique, de arquetipos y de potencias externas al Yo consciente pero intrapsíquicas. En el libro Psicología y religión, de 1940, considera la fe en la existencia real de seres espirituales sólo como proyección al exterior de potencias interiores de naturaleza meramente psicológica: "... no se puede ni siquiera sostener una doctrina de la deidad en el sentido de una existencia no psicológica" (lo cual a nuestro sentir no se opone a los dogmas religiosos que religan a la creación del mundo con la consciencia interior del hombre) En otras palabras, el ser humano es también creación, forma parte irrevocable de la misma, por lo que contiene en su conformación psíquica (y también biológica) todos los elementos de la potencia creadora y sus energías. Llegar a esa visión, integrar en la consciencia esta revelación, hará surgir en todo su esplendor lo que llamamos sentimiento religioso.

Queremos recalcar nuestro sentir, cuando decimos que la aseveración del maestro Jung cuando establece que el fenómeno o experiencia religiosa es de naturaleza estrictamente psicológica, no se contrapone a los grandes dogmas de la religión, antes por el contrario, es el elemento anímico y por ende el alma quien aporta los espacios en donde se produce el fenómeno religioso, es el alma quien se conecta y quien resuena con las energías primordiales y creadoras (a su vez “el alma universal”), es en el alma donde se produce la transmutación que conduce a la espiritualización del ser humano y es en el alma donde se encuentran los arquetipos universales de la creación… Cuando el maestro Jung nos habla de existencia de la divinidad como una emanación de nuestras potencias psíquicas más internas, no lo hace negando su existencia, si no revistiendo la existencia real de este ente superior de naturaleza psíquica… a fin de cuentas el ser humano es también una emanación del alma universal y la trasciende a través de su alma.

Pero hablando de los aspectos biológicos y estrictamente físicos del ser humano y los avances de la ciencia, vemos con asombro los últimos descubrimientos de la ciencia genética cuando propone que la creencia de un ser superior está dictada por unos genes específicos de nuestra cadena genética. Dean H. Hamer genetista estadounidense en su libro "El Gen de Dios: Como la Fe está conectada dentro nuestros genes" afirma que la espiritualidad forma parte de la naturaleza humana, hecho confirmado de manera constante y asombrosa por patrones de química cerebral comunes en gente espiritual, y que son regulados por un gen denominado VMAT2. En otras palabras Dios está en nuestros genes, y por ende nuestra búsqueda de trascendencia y espiritualidad está contenida en nuestro código genético. Es asombrosa entonces la evocación de Teilhard de Chardin cuando en su libro El fenómeno humano habla de la sacralidad de la materia, de cómo el alma es el elemento subjetivo de nuestra sagrada carnalidad.

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Lo sagrado y lo profano

En general el hombre llama sobrenatural, a todo aquello que no tiene explicación perceptible a través de los sentidos físicos o llamados biológicos (vista, tacto, oído, olfato y gusto) pero que si puede ser presentido, intuido o vislumbrado por otros mecanismos de percepción eminentemente psíquicos. Aunque el Maestro Mircea Elíade para explicar la religiosidad, parte de la confrontación entre lo sagrado y lo profano, nosotros (sin contradecir al Maestro) lo ponemos de la siguiente manera. Elíade al utilizar una metodología científica para estudiar el fenómeno religioso, necesita partir de lo definido, de lo definible, de la definición para establecer que lo religioso es aquello que se le contrapone: “Todas las definiciones del fenómeno religioso dadas hasta ahora presentan un rasgo común: cada definición opone, a su manera, lo sagrado y la vida religiosa a lo profano y la vida secular.” Cosa que por otro lado y a su parecer se complica pues es muy difícil establecer una línea divisoria (especialmente en el hombre antiguo, en donde todo, o casi todo era sagrado) entre lo sagrado y lo profano.

Aunque es una audacia de mi parte, yo siento que la sacralidad o la profanidad de los objetos o de ciertas experiencias, la aporta el ser humano: es el cómo percibimos y nos relacionamos con la realidad universal lo que reviste a la vivencia de percibirla como sagrada o profana. De manera común, todo aquello que es percibido por los sentidos físicos (lo visible o manifiesto) constituirá una vivencia que el hombre ha venido llamando como realidad natural, tangible, verificable, material. En cambio toda experiencia con las realidades que no rebasan, en donde esté involucrada lo sustancia psíquica e incluso para-psicológica del ser humano, será llamada sobrenatural. Creo fielmente que lo sagrado, (sea un objeto, un lugar, un hombre consagrado, un rito o un símbolo) es aquello que es vivido y experimentado a través no solo de los sentidos llamados físicos, si no también donde están involucrados los mecanismos de percepción de orden como dijimos emocionales, intuitivos, afectivos o llamados paranormales. Es todo aquello que podemos percibir más allá de nuestra limitada realidad física-espacio-temporal.

Como hemos dicho, la experiencia religiosa (y por ende lo sagrado), es un fenómeno que se produce en el ámbito psíquico del ser humano, su existencia es una existencia puramente psíquica (o intrapsíquica como decía el Maestro Jung), o dicho de otra manera, esa otra realidad que nos rebasa, que nos abarca, es una realidad intangible a los sentidos físicos, pues es una realidad que pertenece a un orden y a una inteligencia que solo puede ser percibida por aquella sustancia humana que participa y resuena con su verdadera naturaleza: el alma. Cuando se integra en la consciencia esta visión que nos religa a la realidad total o universal, todos los actos serán sagrados, pues respetará la armonía implícita en dicha vinculación. Por el contrario cuando se rompe ese equilibrio por exceso de ego y una visión muy parcial de una parte de la realidad (la física, la más inmediata) constituirá una experiencia profana, que no tendrá en cuenta la totalidad, si no la parcialidad. Es pues el alma conformada del ser humano, el alma trasmutada, la psique integrada a través del proceso de individuación, quien marcará la pauta entre lo sagrado y lo profano.

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lunes 30 de noviembre de 2009

El mito de la creación...

La creación, es un enigma para el ser humano, pues aunque seamos contenidos, participemos de su proceso dinámico creativo y estemos inmersos en ella, igualmente somos rebasados y esta nos trasciende. La explicación que se ha dado el ser humano de la creación, no es solo cosmogónica, si no también Ontogénica. La visión que tenemos de la creación no es solo aquella que explica el surgir del universo, su instante de eclosión, el momento de su materialización, sino también aquella que explica el mecanismo invisible que aún provoca la aparición de todos los seres y todas las formas, desde el polvo estelar, hasta un embrión o una imagen. Esta visión, que en todo caso trata de explicar lo inexplicable –por abarcante y trascendente- solo puede ser expresada a través de un proceso de síntesis y nunca dentro de una visión o visiones parciales. Es por ello que el símbolo puede darnos la visión que abarca de manera integral, lo que vemos, sentimos, pensamos y aquello que está aún más allá de todo eso.

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Aunque hemos dicho que el símbolo es la síntesis de la imagen abarcante que nos otorga la visión más completa de la creación, la expresión en el lenguaje de esa sucesión de imágenes y símbolos, se da a través del Mito: Mito significa etimológicamente “expresión”. Esta explicación simbólica de la creación involucra entonces lo cosmogónico con lo intelectivo del ser humano, al universo con la mente, al punto de que se pudiera hablar bajo esta acepción de “Creación” de que aquello que nos parece externo, no es sino la representación mental del mundo o la imagen reflejo de nosotros mismos. Esta sensación nos es dada por la profunda interacción entre el mundo y nosotros, lo cual solo puede recoger y sintetizar el mito. La complicada relación entre materia y espíritu, entre cuerpo y mente y la dinámica permanente que las vincula, se recoge y se expresa también en la metáfora… eso “que nos lleva más allá”, y como decía Emerson: “La naturaleza en su conjunto es una metáfora de la razón humana”

Es pues el Mito y su lenguaje abarcante y metafórico quien reune y sintetiza en un arquetipo común a la materia con la Pisque humana, una resonancia con lo que el Maestro Jung denominaba Unus Mundus: El Cosmos explicado en términos humanos y el hombre explicado en términos cósmicos. Jung salió en busca del Mito como explicación válida y total del mundo, como el sustrato más hondo de sí mismo y al mismo tiempo universal para vincularse a lo trascendente, empezando por el mito primario, El Mito de la Creación, pues este no es otra cosa que la búsqueda del origen: la creación es origen. De manera permanente y simultánea, los seres humanos somos creadores y creación; el origen, el punto de inicio, es único y común para todo lo creado y es allí, donde la vinculación se hace patente… somos apenas una instancia de la transformación, del sacrificio del Ser. No existe la unión de opuestos ni contrarios, pues los opuestos no existen... en el mejor de los casos (para no hablar de la capacidad desintegradora del hombre) estos son una ilusión.

En consecuencia, no existe un movimiento perpetuo de creación-destrucción en donde ambos eventos se suceden permanentemente. Existe un solo y único evento: La Transformación. Esta síntesis que contiene el mito de la creación (universo-mente humana), es a su vez revelada de manera extraordinaria por el Maestro Erich Neumann en donde cada paso y cada retorno que implica el proceso de la creación, se repite en el ser humano al tiempo que se transmuta y se transforma hasta alcanzar lo trascendente. En el Mito de la creación está contenido y simbolizado todo lo interior y exterior, lo horizontal, lo vertical y lo central, lo que surge de la nada, la conciliación de los contrarios, el caos y la ordenación del mundo, el descenso y el ascenso, la materia, el espíritu y el sacrificio, y sobre todo la dinámica transmutante y el eterno retorno. En las láminas siguientes veremos la síntesis que hace el maestro Nuemann de estas relaciones en la creación: Universo, mente y símbolo

El Ouroboros: "El ouroboros representa lo redondo que contiene, es decir, el vientre primitivo materno y el útero, pero también la unión del antagonismo masculino-femenino, los ancestros, padre y madre unidos en cohabitación permanente (...) El incesto urobórico es una forma de penetración en la madre, de unión con ella... (...) el ouroboros simboliza también el impulso creador del nuevo comienzo, la 'rueda que gira por sí misma', el primer movimiento y la espiral...".


La Gran Madre: Corresponde al período en que el ego está bajo el dominio del Ouroboros. "El ego naciente se vuelve consciente de las cualidades de placer-dolor, ... en consecuencia, el mundo se vuelve ambivalente para él.... Ese mundo experimentado es el mundo del matriarcado de J. J. Bachofen, con sus diosas de la maternidad y del destino" (Neumann, 1968:47)

"La madre devoradora y malvada, y la madre dadora y bondadosa son dos aspectos de la gran Diosa Madre ourobórica que reina en ese nivel psíquico. (...) En ese estadio la consciencia no logra aún encontrar un punto de apoyo firme en medio del diluvio del ser inconsciente" (Neumann, 1968:48).

"Eso explica por qué las culturas de la Madre Diosa y sus mitologías están íntimamente relacionadas con la fertilidad y el crecimiento y, en particular, con la agricultura.. (...) Este estadio de desarrollo es regido por la imagen de la Diosa Madre con el Niño Divino... Sin embargo, ese niño sufre el mismo destino del amante adolescente que le sucede: muere. Su sacrificio, muerte y resurrección son el punto central de cultos rituales primitivos de la humanidad..., el niño es asociado al ritmo anual de la vegetación... En una fase en que la conciencia comienza a obtener su auto-conciencia... la preponderancia del ouroboros maternal se torna trágicamente funesta para ese ego" (Neumann, 1968:49-51).

"El reflejo de ese estadio inicial de la conciencia en su relación con el inconsciente es encontrado en la mitología de la Madre Diosa y de su vínculo con el hijo amante...". La gran Madre Diosa es ambivalente: "no son apenas divinidades que alimentan, tejen, dan y conservan la vida, sino también diosas de la avidez de sangre y de lo salvaje.... Sin embargo, están subordinados a un sentido más elevado de la naturaleza, que es el sentido de la fecundidad". "Podemos distinguir varias fases en la relación del amante adolescente con la Gran Madre. La más antigua se caracteriza por la rendición natural al destino, a la supremacía de los poderes representados por la madre u ouroboros....; la masculinidad y la conciencia aún no poseen autonomía ..." (...) En el nivel siguiente, "el temor del adolescente lleva a la fuga y a la resistencia bajo diferentes formas..., la actitud de desafio, el rehusarse a amar lleva, no obstante, a lo que la Madre Terrible desea, o sea, el ofrecimiento del falo (la auto-castración)" (Neumann, 1968: 52 -78).

"Esa fragmentación se revela después en el motivo de los hermanos gemelos hostiles, o motivo arquetípico de la autodivisión.... Este motivo surge cuando el elemento masculino se separa, mediante la autodivisión, en elemento autodestructivo-asesino, de un lado, y de otro, elemento positivo-creador, llegando a la autoconciencia"."En el comienzo de ese ritual, sucede cada año la muerte del rey adolescente de la fecundidad, cuyo cadaver es despedazado y esparcido por los campos... Posteriormente, cuando el matriarcado se transformó en patriarcado,.... el rey permanecía vivo, una vez que el animal o ser humano sustituto ... volvía su muerte innecesaria" (Neumann, 1968: 83-85).

La separación de los Padres Primordiales : Corresponde al surgimiento de los opuestos. "La separación de los Padres del Mundo, la división entre los opuestos a partir de la unidad, la creación del cielo y de la tierra, del encima y del abajo, del día y de la noche, de la luz y de las tinieblas, el acto que es un crimen y un pecado.... Es creencia común de los pueblos primitivos que el cielo y la tierra estaban originalmente unidos uno al otro... (...) Volvemos varias veces al símbolo básico, la luz, que está en el centro de los mitos de creación" (Neumann, 1968: 87-88).

"Esta luz, símbolo de la conciencia y de la iluminación, es el principal objeto de las cosmogonías de todos los pueblos. En consecuencia, en las leyendas de creación de prácticamente todos los pueblos y religiones, el proceso de creación se halla fundido con el surgimiento de la luz... Ese acto de cognición y de discriminación consciente, divide el mundo en opuestos...". El desarrollo tanto externo como interno "de la cultura humana tiene inicio con el surgimiento de la luz y la separación de los Padres del Mundo" (Neumann, 1968: 88-91).

"El hombre primitivo se encuentra en la misma situación del niño pequeño y el recién nacido: su cuerpo y su 'interior' son parte de un mundo extraño... Por medio del acto heroico de la creación del mundo y de la división entre opuestos, el ego sale del círculo mágico del ouroboros y entra en un estado que siente como soledad y discordia interna. Con el surgimiento del ego, la situación paradisíaca es abolida... La ruptura del estado ourobórico inicial... lleva a la división de la constitución hermafrodita y a la separación del mundo en sujeto y objeto, dentro y fuera, y también al surgimiento del bien y del mal... La superación del ego como síntoma de la inmadurez de la conciencia es compensada por la depresión autodestructiva... siendo todo eso síntomas característicos de la pubertad" (Neumann, 1968: 92-100).

miércoles 23 de septiembre de 2009

El Mito Poético y la Diosa Blanca (continuación)


Segunda parte de la charla introductoria dictada por Edgar Vidaurre en el Centro de Estudios Junguianos de Venezuela para el seminario: El mito poético y la Diosa Blanca
II
“No salgas de ti, retorna a ti mismo,
en el interior del hombre habita la verdad;
y si encontraras Transfigurada tu naturaleza,
trascenderías tú mismo también …”

San Agustín
De vera religióne.*39


En estas charlas, hablaremos como dijimos, de una manera muy pura, libre y estrictamente personal sobre la poesía (palabra y música) como manifestaciones del alma y como vía válida para llegar a su verdad. Hemos tomado como hilo conductor en esta segunda parte de la charla inicial, lo aprehendido en la cercanía de la que considero mi madre poética y mentora: la poeta Elizabeth Schön; por lo que hemos tomado casi textualmente consideraciones que hemos venido elaborando a lo largo de los años sobre su poética, y sobre todo, acogiéndonos a nuestro sentir personal del poeta en cuanto a un ser místico. Y cuando decimos místico, lo hacemos bajo la premisa de que para crear (y el poeta es un creador) lo primero que debe hacer es enamorarse de lo trascendente. Pero enamorarse de lo trascendente no es suficiente para ser creador… se debe penetrar hasta el centro, recorrer el camino de entrada para llegar a lo más hondo para luego regresar transformados a la luz… citando una auto-entrevista del año 1993 sobre el fenómeno poético decía que “enamorarse de lo trascendente no es suficiente… hay que dejar que esa entidad superior nos posea, incluso que nos penetre…. cuando se trata del alma, sólo el hombre que ha sido traspasado por "Ella" hasta confundirse en ese "Ella" que acepta la penetración por Dios, el amor, o cualquier ente superior que lo transcienda, será un creador, y eso es lo que constituye a un poeta y su esencialidad”

Se debe sufrir de una manera totalizadora el proceso de transmutación espiritual para constituir ese esfuerzo en lenguaje que integre la visión inicial. El creador, en este caso el poeta, a través de su esfuerzo hará que los frutos del alma se manifiesten. Es la perfecta vinculación y Asociación de aquellos elementos que se encuentran en lo más hondo del alma y que a través del proceso creativo salen a la conciencia con consistencia real y permanente. Sin embargo, como paso previo al despliegue de lo creado por el hombre, debe producirse ese tornar a sí mismo, mirar lo más hondo de sí en donde están en estado de pureza los elementos abarcantes, totalizantes y vinculantes del alma universal… es ese proceso de construir y asumir nuestra individualidad, con el solo propósito de llevar a la conciencia la sensación de que pertenecemos a una totalidad. En este estado, y aunque hemos dicho que en esta parte de la charla inicial, explicaríamos puramente la representación del alma a través de la poesía, no podemos menos que asombrarnos ante la repetición exacta en este proceso creador, del proceso de transmutación espiritual revelado por Jung, y aunque el mismo maestro en sus conversaciones con Mirecea Eliade (quien aseveraba que Jung no pretendía hacer ni teología ni filosofía de la religión) nos decía: “Yo soy un psicólogo. No me ocupo de lo que trasciende el contenido psicológico de la experiencia humana. Ni siquiera me planteo el problema de saber si es posible semejante trascendencia, pues en todos los casos lo transpsicológico ya no es asunto del psicólogo. Ahora bien, en el plano psicológico, me enfrento con experiencias religiosas que poseen una estructura y un simbolismo susceptibles de ser interpretados. Yo considero que la experiencia religiosa es real, es verdadera. Compruebo que semejantes experiencias pueden «salvar» el alma, pueden acelerar su integración e instaurar el equilibrio espiritual”, no podemos menos que extrapolar aquí lo religioso con lo poético. Es por ello que hemos querido por razones de resonancia traer el epígrafe del santo-poeta. Y así nos devela San Agustín la Conciencia. Ese acto sagrado de íntima pureza, ese replegarse sobre sí mismo: reflexión interior, cuya mejor expresión (la del Alma) es inicialmente el silencio. La conciencia es entonces el reconocimiento de la interioridad espiritual como camino privilegiado de acceso a la propia realidad del alma. No se trata en este caso de una separación o división entre el hombre y el mundo. Se trata más bien del hombre que transido de mundo, retorna a sí mismo para buscar la unión, la totalidad. Relación que también en este caso establece el alma consigo misma, como cualidad intrínseca al hombre que deviene interior o espiritual y por la cual puede conocer de otro modo, de un modo inmediato. Después y sobre ese espacio continente llamado silencio, advendrá el sonido, la palabra.

Es entonces ese camino de acceso a nuestra realidad más íntima, camino que recorremos a través de una experiencia interior y la reflexión acerca de esa interioridad, lo que se plantea en relación a la poesía como vía válida para llegar al centro del alma, para ser puestas de manifiesto a través de lo que las antiguas tradiciones del mito poético celta llamó las Representaciones del Alma Esencial.

Será además el poeta de los sonidos, con la música, quien realizará el logro más abstracto de representar esos arquetipos universales de la creación a través del despliegue sonoro. El canto como manifestación musical, traería la evidencia sonora a los sentidos del hombre y por ello ese canto estaría sujeto al acaecer del tiempo, a la temporalidad rítmica que rige y determina. Las teologías Celtas y Orientales, que también consideran la dualidad cuerpo-alma del hombre y la impureza que esta mezcla determina, sometían el proceso de purificación a la temporalidad cíclica, circular de la reencarnación y sus cantos sagrados estarían también sujetos a un poderoso influjo rítmico palpitante. Los instrumentos que acompañan su clamor simbolizarán aquella dualidad (la percusión sobre la piel de los animales marcando el ritmo cesante de nuestra carnalidad y los instrumentos por donde pasa el viento como el espíritu divino y su revelación melódica incesante e infinita.)

Al igual que los Celtas y los Orientales, ya los griegos se asombraron ante esta revelación. La idea pitagórica de la música, como aquella representación del orden divino que rige tanto a nuestra alma como a ese universo; o dicho de otro modo, aquella combinación sensible y sonora, que al contener la relación numérica del orden universal, nos lleva al conocimiento o más bien al RECONOCIMIENTO del origen de nuestra alma y de su concierto con el resto de las cosas que están sujetas a esa ley formal universal.

Citando un ensayo sobre el alma humana y universo, decíamos que El pitagorismo, a más de haber traído desde el oriente, la noción de la transmigración de las almas (es decir, aquella otra parte trascendente de nuestra condición humana, y que se contrapone a nuestra fugaz y contingente corporalidad) y el de la música de las esferas, nos reveló el más asombroso conocimiento: La estructura armónica, La Armonía. El descubrimiento de la relación 3:4:5, que constituye el acorde perfecto, y el placer de las almas humanas al percibir dicha relación, tendría un carácter de revelación divina, el reconocimiento intuitivo e inconsciente de haberse conectado con la ley divina que organiza el universo. Nuestra alma procedente de las regiones celestes, al percibir a través del aire, la música y su relación armónica, se transportaría a su lugar de origen, la instauración de un recuerdo con carácter de éxtasis y embriaguez; música por supuesto danzada, seguida por todo nuestro cuerpo, haciéndonos salir del encierro de la carne, del encierro del instante, del aquí, del ahora, y literalmente endiosarse. A este proceso arrebatado que conlleva la disolución del Yo, del Ego, le sigue y contrapone el de la serenidad y la templanza que produce el equilibrio armónico. La armonía pues, es la expresión o representación si se quiere, de la ley básica del universo, que traducida a través de la música, nos conduce a un estado de ánimo que ya no será individual ni momentáneo, sino consecuencia de nuestro encuentro e identificación con el principio ordenador del mundo. Música de las esferas y armonía universal. Los planetas engastados en sus respectivas esferas, midiendo las distancias entre sí, emiten una suave armonía inaudible, pues es algo más que sonido; o tal vez porque oímos de otro modo, a esa música no perecedera que es la fuente y la primera.

El poeta Jhon Keats en su Oda sobre una Urna Griega dice:
"A veces, la música imaginada es superior a la real:
Las melodías oídas son dulces, pero las no oídas
lo son más, por eso, dulces flautas, tocad;
no para el oído sencillo sino, más caro,
tocad, para los espíritus, sonsonetes sin tonos."


Thomas Mann en el Doctor Fausto dice:
"Pues escucha hasta el fin, escucha amigo: un grupo de instrumentos después de otro se retira y lo que queda, mientras la obra se desvanece en el aire, es el agudo sol de un cello, la última palabra, el último sonido que se diluye, muriendo con lentitud en un pianissimo- fermata. Luego nada más: Silencio... y noche. Pero ese tono que vibra en el silencio, que ya no está allí, el cual sólo el espíritu oye y que era la voz de duelo, no es más así. Cambia su significado, persiste y habita como una luz en la noche."

Por su parte Shelley nos regaló este hermoso poema:
La música, cuando mueren las suaves voces,
vibra en la memoria.
Los aromas, cuando enferman las dulces violetas,
viven en el sentido que ellas animan.
Los pétalos de rosa, cuando la rosa muere,
se esparcen sobre el lecho de la amada
y así tus pensamientos, cuando te hayas ido,
el propio amor lo soñará.

Wallace Stevens nos dice:
Así como mis dedos en estas teclas
hacen música, así los mismos sonidos
en mi espíritu hacen música también.
La música es entonces sentimiento y no sonido;
y tal es lo que yo siento
aquí en este cuarto, deseándote
pensando que tu seda de azuladas sombras
es música también...

Música hecha por el hombre para ser oída por los hombres y música que suena en el silencio interior de nuestra alma. Ya los orientales, en contraposición al sentido utilitario, soberbio y aislado que tiene la música en occidente, le dieron a esta última, esa connotación que la religa con el acaecer del tiempo, con el ciclo de las estaciones, con la rosa de los doce vientos, como algo sagrado y místico.

Rumi Divan-e Shams Tabriz nos lo dice así:

¡Qué maravilloso es nuestro amor, qué maravilloso es nuestro amor, oh Dios mío!
...Gracias a él podemos danzar (frente a Ti)
y no por el sonido de la flauta, ni por el golpear de manos, ni por la pandereta, ¡Oh Dios mío!
Tu mano ha perforado de tal forma la flauta de mi cuerpo que noche y día llora y se lamenta ¡Oh Dios mío! Esta pobre caña, ¿qué sabe de las gamas melódicas?
es el aliento del tocador de flauta el único que lo sabe y lo comprende ¡Oh Dios mío!
Frente a la puerta del jardín de las rosas...qué luz, ¡Oh Dios mío!

Platón concibe la creación del mundo como una canción, y en su libro, EL TIMEO, nos dice lo siguiente sobre la música y la armonía:"También la música, en cuanto emplea sonido audible, fue concebida por la armonía. Y la armonía, que tiene movimientos emparentados con las revoluciones del alma interna a nosotros, le es dada por las musas al que hace uso inteligente de ellas, cuando ésta ha perdido su armonía, ayudándole a que la restaure y ordene y esté en concordancia consigo mismo."

Yéndonos aún más allá del fenómeno sonoro cono elemento constitutivo de la creación, vemos como la expresión más acabada de la meditación de los maestros yogis Hindúes, se encuetra en la Surat Shabd Yoga, o la Yoga de la Celestial Corriente del Sonido. Esta senda espiritual que conduce hacia el interior del hombre para fundirse allí con el Absoluto, en Su estado pureza, desdoblándose hacia afuera para asumir dos atributos primarios: Luz y Sonido. Los occidentales han querido equiparar esta revelación al postulado judeo-cristiano del “Verbo” o “Palabra”, sin embargo sin ser en lo absoluto eruditos en el tema, sentimos por intiución que este camino luminoso de los sabios hindúes, abarca en su contexto una dinámica de correspondencia entre el absoluto y el hombre de connotaciones diferentes a la percepción (tal vez más estática e inalcanzable) que tiene el Verbo para las religiones, especialmente para la Judía. En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Dicen nuestros evangelios cristianos. Igualmente, en los textos sagrados hindúes (en especial en los cantos védicos) encontramos reitradamente el Aum: Palabra sagrada que interpenetra simultanemanete lo físico, lo cosmico y lo fenomenológico: La tierra y el firmamento no son sino Shabd (verbo).. Sólo del Shabd nació la Luz, Sólo del Shabd surgió la creación, Shabd es el núcleo esencial en todo. Shabd es el agente directivo de Dios, la causa de toda la creación. De una manera muy cercana Los sufis através del místico Abdul Razaq Kashi nos revela que: La creación empezó a existir por el Saut (Sonido o Verbo) y del Saut se difundió toda la luz.
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Vemos pues, cómo Pitágoras, Platón, las sabios Hindúes, los místicos sufíes, los místicos occidentales, Frai Luis de León e incluso los románticos alemanes nos hablan de la naturaleza acústica del alma, que puede encontrar su resonancia en la música sonora audible hecha por el hombre, o desembocar a través del silencio, en aquella otra, cuyo ritmo se mece al compás de lo divino.
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Esta explicación poética del mundo, de su origen, de su nacimiento, no está ajena a la exigencia y a la vivencia del sacrificio. En este caso y bajo la visión totalizadora de esta explicación poética del mundo, el sacrificio tiene también dimensiones absolutas. Estaríamos hablando de un sacrificio cósmico. Vale decir que el mundo, las formas y la materia que lo compone sólo pueden existir por la gracia de la permanente e infinita transformación del Ser o energía primordial, con todas las consecuencias que este sacrificio aporta a nuestra humanidad. Esta es la gran visión que nos otorga el mito poético, su visión del origen, del mundo, de la materia, de las formas cambiantes, del mundo fenoménico, y del Ser por cuyo sacrificio se sostuvo y se sostiene, pues del sacrificio cósmico, del caos, del hundimiento del cielo, surgirá la rosa eterna ocupando espacio a nuestros ojos, desplegándose en la realidad.

Dentro de nosotros mismos, la identificación del yo con el Ser en su totalidad, sólo puede ocurrir en ese lugar imponderable, al que si no llamáramos alma, no sabríamos que nombre darle. Ya Santa Teresa de Jesús en sus “Moradas” nos revelaba que Dios y la totalidad del universo por él creado, resonaban en lo más íntimo y recóndito de nuestro propio ser: El Alma. Es allí dónde ubica a la trinidad, a las tres personas que habitan en su ser para provocar la unidad del mismo. Sólo en el alma el hombre encuentra la unidad. En el caso de los primeros poetas místicos, estos ya nos revelaban igualmente, en dónde, en qué lugar dentro de nosotros mismos se produce el entendimiento de este mecanismo dinámico, entre la esencia y la existencia, que implica la reunión en un sólo evento de todas la formas de manifestación aparentemente opuestas, entre lo físico y mental, lo positivo y lo negativo, lo masculino y lo femenino, la razón y la intuición, la altura y la profundidad, la luz y la sombra, el bien y el mal, el expirar y el inspirar, lo dinámico y lo estático, la acción y el pensamiento, la atracción y la repulsión, la existencia y la no existencia, donde lo Uno da lugar a lo múltiple y lo múltiple se disuelve finalmente en lo Uno.

Es en el Alma pues en donde se produce el entendimiento profundo de que el tiempo no existe como lo percibimos, que la verdad está fuera del tiempo, que no está en el futuro, sino en el aquí y el ahora, pues aquello que está fuera del tiempo lineal, está libre de limitaciones y las contradicciones internas; de ahí la unicidad de toda la experiencia mística, una visión que transforma todo el entendimiento y lo eleva a un nivel superior que nos enseña, que el Alma, el centro, no es un punto geométrico inamovible, que el alma también es una experiencia, la experiencia de esa búsqueda espiritual, el viaje de regreso al centro, el retorno a la casa, la vuelta al corazón central que emprendieron Ulises, Parsifal, los buscadores del Grial y como decía Eliot, viaje necesario a través de largos caminos para encontrar el lugar que nunca se ha abandonado, para verlo por primera vez.

Gracias al Alma y dentro del alma, entenderemos que el vacío que percibimos entre el arriba y el abajo, entre lo profundo y la superficie, (y por qué no entre inconsciente y consciente) ya no será “ese lugar que se produce por la pérdida de la sustancia necesaria para formar el cielo”, asimilándose así al espacio continente, al espacio materno. Se trata de una insurgencia, de una aparición, de una epifanía en la que irrumpe el Caos, el Origen, la sustancia del mundo, la Magna Mater, la Protohylé, lo que Platón llamó el Alma del Mundo, y donde se integran en disolución indiferenciada todos los opuestos. Se establece entonces y teniendo al hombre como mediador, una alianza dinámica entre esencia y existencia, entre lo manifiesto y el origen, de la única forma en que es posible hacerlo, en un lenguaje inédito y purificado por el magno silencio de los cielos, reflejados en el aquí abajo en la tierra, bajo el canto amplio y generoso que constituye lo que yo llamaría La Ética entre el Hombre y su Alma, la unidad abarcante en el alma interior, en donde el poeta -como diría el Maestro Jung- “ha extraído su visión a través de las fuerzas curadoras y redentoras de la psiquis colectiva que subyacen en el alma humana. Con su aislamiento y errores penosos ha penetrado en esa matriz de vida en la que todos los hombres están incrustados, la que imparte un ritmo común a toda la existencia humana y permite al individuo comunicar sus sentimientos y luchas a toda la humanidad”

El Mito Poético y la Diosa Blanca

I
Tu visión devendrá más clara
Solamente cuando mires dentro de tu corazón...
Aquel que mira afuera, sueña.
Quién mira en su interior, despierta.

C.G.Jung C.W.
vol II Acerca de la psicología de la religión occidental
y de la religión oriental


Ustedes se preguntarán que hace un poeta contemporáneo hablando en la casa de los estudiosos de las ciencias del alma. Sin embargo estoy aquí con el permiso expreso del Maestro Jung cuando en su libro El hombre moderno en busca de su alma dijo que “el poeta ha extraído su visión a través de las fuerzas curadoras y redentoras de la psiquis colectiva que subyacen en el alma humana. Con su aislamiento y errores penosos ha penetrado en esa matriz de vida en la que todos los hombres están incrustados, la que imparte un ritmo común a toda la existencia humana y permite al individuo comunicar sus sentimientos y luchas a toda la humanidad”. Y digo ciencia con todo respeto, pues como poeta, mi admiración por Jung es infinita. Haber encontrado el camino de llegada al centro del alma como él lo hizo, es un hito para la humanidad entera, y aunque el encuentro vital de su propia alma se produjo fundamentalmente a través de la psicología como ciencia, el Maestro nunca desdeñó cualquier otra vía válida para ello y aún más, recorrió casi todos los caminos (conocidos y desconocidos) consustanciándose con todas las manifestaciones humanas que explican al mundo y al alma universal, como la Alquimia y sus símbolos, los mitos, la religión y el arte. Pero con certeza, el logro verdadero, -más que llegar al centro del alma y ver ella los elementos universales que nos constituyen- fue el de encontrar el camino de regreso para regalarnos su visión y abrir esas puertas comunicantes entre los elementos universales y nuestra conciencia. Bajo este sentir, estoy muy honrado por la invitación del Centro de Estudios Junguianos a dar estas charlas que he resumido en una visión integral del alma, como la unión dinámica de todos los fenómenos mentales -tanto conscientes como inconscientes- y el proceso de transmutación e individuación en el ser humano hacia lo trascendente, utilizando como vía regia esta vez, a la poesía y sus manifestaciones sonoras (la música y la palabra) y su revelación a través del mito de la creación, el mito poético, la imagen y los símbolos, en siete charlas principales y una charla final de cierre.


Dichas estas palabras de rigor, y como en las charlas siguientes fundamentalmente hablaré de manera muy libre, pura (y personal) sobre el fenómeno poético y musical como expresiones del alma, quisiera nombrar (y me perdonan el atrevimiento) algunos sentires sobre la influencia que el maestro Jung, ha tallado de manera indeleble en mi alma de poeta y músico, en especial sobre el centro de esta y de todas las charlas, que no es otro que El Alma.


Si bien afirmó Jung que durante y a resultas de sus investigaciones se vio obligado a establecer distinciones conceptuales entre alma y psique; siendo psique la totalidad de los fenómenos mentales tanto conscientes como inconscientes, las leyes que los rigen y sus manifestaciones, hablándonos a su vez del alma como un complejo de funciones que se pueden caracterizar bajo la denominación de "Personalidad", desde otro punto de vista pareciera haber devuelto a sus orígenes míticos y válidos el concepto Griego de "Psiquis" (ψυχής) en donde mente y alma constituyen una totalidad intrínseca en el ser humano... una intrínseca totalidad que incluyendo lo individual, se extiende hasta lo transpersonal de manera amplia y abarcante (en el caso de los griegos y por la tradición Órfica, la dualidad humana estaba constituida por cuerpo-alma). Dentro de nosotros, en el alma, según Jung (y el hermetismo) se halla también la totalidad del universo, y aunque en principio lo ignoramos, "algo" nos impulsa a la integración consciente de nuestros componentes hasta alcanzar lo trascendente. El estadio correspondiente a la obtención y consustanciación de y con el Espíritu como logro del ser humano, fue denominado por Jung "Individuación”. Siendo así, cabe preguntarse ¿es Alma sinónimo de Espíritu? Según la filosofía hermética (y Jung fue un hermetista) El Alma, del latín "Anima", no ha perdido su condición animal, y no es por tanto Espíritu (del griego ánimus άνεμος) pero sí un primer paso hacia lo sutilizado desde la materia que nos constituye y a partir de la cual podemos obtener diversos grados de trasmutación, paso por cierto nada intrascendente. Nuevamente nos preguntamos bajo el concepto de alma explicitado por Jung bajo la nominación de "Personalidad" ¿qué es la personalidad Junguiana?, ¿en qué consiste? ¿qué es la psiquis para Jung?: de manera por demás atrevida, y de lo sentido en las lecturas del maestro, diríamos que La Personalidad es la unificación, el abrazo de todo pensamiento, sentimiento y conducta tanto consciente como inconsciente, la guía que regula y adapta a cada individuo a su ambiente externo, las energías que la activan y su distribución entre los diversos componentes de la misma y cuyos cambios tienen lugar dentro del transcurso de la vida del ser humano. Podríamos afirmar que la Personalidad es aquello a partir de lo cual nos convertimos en "Personas". La Persona no es en este caso un conglomerado de partes añadidas por aprendizajes o experiencias, sino la recuperación de una totalidad originaria. No lucha el hombre para integrarse… ya posee la integración, nació con ella. Lo que debe hacer es desarrollarla hasta el máximo grado de coherencia y armonía. El logro de una especie de psico-síntesis...


Nos sentimos tentados a continuar diciendo....qué "a diferencia de los animales" (como si no fuésemos nosotros mismos animales ¿les suena el fonema ánima?), el hombre tiene el extraordinario poder de concebirse y construirse a sí mismo y de cambiar también al mundo que le rodea, pues al fin y al cabo, el mundo es como es "porque el hombre lo ha concebido así". Respondiendo al principio de correspondencia (Kybalion) porta el hombre el extraordinario poder de hacer realidad aquello que sucede "en nuestro arriba": las simples ideas de nuestra mente finita correspondiendo al reflejo de un Orden Universal e Infinito constituyendo síntesis idénticas, difiriendo apenas en su grado de "manifestación". Manifestando en el "abajo", dentro del plano de nuestra realidad material y "Creando" y reflejando ése mismo orden Celeste o creando a partir de una idea sutil en nuestra mente algo tangible, comprobable ya sea en el plano físico, en el mental o en el espiritual. Esta dinámica hará posible el cambio de un estado de consciencia a otro a voluntad. La mente como una otra cualquiera manifestación emanada a partir de lo Divino creado a partir de su sí mismo (Dios, Creador o simplemente Ser). En otras palabras nos remitimos a plantear la mente como cualquier otro objeto creado a partir de las emanaciones surgidas según el nivel vibracional de lo "creante". En consecuencia planteamos su necesidad (la de la mente) o compulsión a convertirse en su esencia definitiva, a su casi obligatoriedad de transcurrir de un acontecer transmutante a otra transmutación. La filosofía hermética junto a sus otras ciencias aledañas, no sólo aportan conocimientos al intelecto, sino que tienen además la cualidad inherente de transmutar, de cambiar al buscador a medida que se adentra en éstos conocimientos. Esa es la verdadera esencia de la filosofía hermética, de la auténtica Alquimia Espiritual: aquella que nos permite reconciliar los opuestos dentro nosotros mismos, tal y como lo planteo Jung. Las enseñanzas herméticas nos dicen que el hombre puede construir a través de las creaciones mentales.... allí donde no necesitamos ningún tipo de material, herramientas o utensilios, donde la idea permanece pura y perfecta antes de manifestarse en la materia. Aún en lo social, tras cada manifestación en la que exista "un orden" está detrás la mente humana. El ser humano siempre ha tratado de vivir dentro de un orden contrario al caos. Cuando no existe un orden, es imposible la evolución: la social, la cultural, aún la humana, teniendo la capacidad incluso de auto destruirse. Pero la mente así como cualquier otro metal y demás elementos, puede ser trasmutada de estado en estado, de grado en grado, de condición a condición, de vibración en vibración: "La verdadera transmutación hermética es una práctica, un método, un arte mental" (El Kybalion). El concepto de trasmutación mental que nos propone la filosofía hermética (en consecuencia la Junguiana) es la de asumir conscientemente expansiones y aberturas que nos lleven a la integración de qué y quienes somos, que nos eleven al encuentro de nuestros verdaderos y compartidos sí mismos… paso a paso, crisol a crisol.


Jung, se dio a sí mismo una profunda mirada interior para ver, para despertar (aunque el sueño fue contradictoriamente la vía principal), y aunque como dijimos, transitó durante largos años por los caminos de la Alquimia y sus símbolos, la religión y el arte, de manera inicial y al igual que los antiguos poetas, salió en busca del Mito como explicación válida y total del mundo, como el sustrato más hondo de sí mismo y al mismo tiempo universal para vincularse a lo trascendente, empezando por el mito primario, El Mito de la Creación, pues este no es otra cosa que la búsqueda del origen: la creación es origen. De manera permanente y simultánea, los seres humanos somos creadores y creación; el origen, el punto de inicio, es único y común para todo lo creado y es allí, donde la vinculación se hace patente… somos apenas una instancia de la transformación, del sacrificio del Ser. No existe la unión de opuestos ni contrarios, pues los opuestos no existen... en el mejor de los casos (para no hablar de la capacidad desintegradora del hombre) estos son una ilusión. En consecuencia, no existe un movimiento perpetuo de creación-destrucción en donde ambos eventos se suceden permanentemente. Existe un solo y único evento: La Transformación.


Con esta revelación y para terminar la primera parte de la charla inicial, podríamos añadir nuestro asombro y nuestra interpretación (igualmente muy libre y personal) de lo dicho por el Maestro Jung sobre El Sacrificio en su libro Transformaciones y Símbolos de la Libido, como elemento primordial en los procesos de metamorfosis y transformación. Los símbolos del incesto, separación, sacrificio y diferenciación, son reinterpretados de una manera extraordinaria como el proceso indispensable del ser humano para alcanzar la conciencia total. Para ello es necesario enamorarse del origen, salir en la busca del origen perdido, que en este caso es la madre universal. Dicho en otras palabras ir en busca enamorada del origen es incesto, (aunque sea en términos simbólicos un incesto universal). Vincularse con aquello que nos originó, que nos creo. Pero en este caso se trata precisamente del hecho restitutorio de aquello que perdimos con la primera separación, de la diferenciación de la consciencia individual del hombre que se siente inicialmente desvinculada de esa madre universal. El segundo paso para re-vincularse con esa madre universal que debe dar el ser humano, es el diferenciarse de la fuerza activa, del Padre Universal, una especie de Caín a la manera poética como lo describe Luc Estang, en su libro “Le Jour de Caïn” o “El día de Caín”: Caín es hombre desprendido de su madre inicialmente y posteriormente de su padre. El primer errante en busca de tierra fértil y el primer constructor de ciudades, es también el hombre señalado por Dios para que no lo maten. Es en definitiva el primer hombre que se aleja de la presencia de Dios y anda sin fin hacia el sol naciente, hacia nuevas auroras. La aventura es de una grandeza sin par, la del hombre librado a sí mismo, asumiendo valientemente todo el riesgo de la existencia y la consecuencia de sus actos. Caín es el símbolo de la auténtica naturaleza humana en sí misma y en toda su expresión. Es así, que desprendido de la madre y rompiendo con el padre (matando simbólicamente la figura arquetípica de ambos), el ser humano puede alcanzar aquello totalizador que trasciende a estas figuras. Al contrario de Sigmund Freud, para Jung el asesinato simbólico del padre no constituía un aspecto destructivo impulsado por la Libido en el contexto de la rivalidad y el odio hacia éste, sino una ruptura previa, indispensable, imperiosa y a la vez constructiva de individualizarse de constituirse a sí mismo para ver, entender y colmar la necesidad del retorno al origen bajo la figura extraordinaria de la Resurrección o el nuevo nacimiento, de entrar una vez más al seno de la Madre para ser dado a luz nuevamente por ella, y mantenerse ligado, esta vez conscientemente a esa fuerza nutricia incomparable. Curiosamente esta revelación le costó a Jung, el rompimiento con el padre que lo iniciara en el camino hacia el alma humana a través de la psicología, pero en contrapartida lo puso frente a frente con la experiencia y el encuentro directo y definitivo con su propia alma y el Alma Universal


Este proceso de diferenciación y separación inicial, es el primer paso a la integración en la consciencia de los sustratos universales (incluyendo al bien y al mal, a la sombra y a la luz) y esto no se logra sin dolor y sacrificio. Por último, no podemos dejar de decir que la representación de estos aspectos simbólicos en el mito de Edipo, alcanzan realmente una magnitud dramática cuando este queda ciego, es decir cuando dirige su mirada hacia adentro, cuando prescinde de ver el afuera para experimentar lo que llamamos “la mirada interior”. La transformación es entonces sacrificio y así nos lo revela el Maestro Jung: No hay llegada al consciente sin dolor.
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Primera parte de la charla introductoria dictada por Edgar Vidaurre en el Centro de Estudios Junguianos de Venezuela para el seminario: El mito poético y la Diosa Blanca... agradezco prufundamente a mi hermana Ruth por su aporte, ayuda y colaboración con esta charla