viernes, 21 de diciembre de 2018

La Poesía debe partir su pan - por Ana María Hurtado



Estamos reunidos en torno a un libro, ya esto de por si constituye una ceremonia sagrada. Este tomo que nos reúne recoge toda la poesía de Armando Rojas Guardia, impecable y  bellamente,  bajo la luz de Reverón, otro Armando -la terquedad de la luz, su reincidencia-.  Y celebramos también en ágape poético al hombre que es el libro, pues el alma del poeta le otorga vida a cada página, y cada página nos habla con la misma suntuosa incandescencia de su voz- mordiendo la pulpa suavísima del aire.
Quiero partir de una imagen de Armando: él propone que Marx y Rimbaud se encuentren en un café de Londres, o que Hegel visite a Hölderlin en el manicomio. Para la ocasión elijo traer a este recinto a tres autores entrañables para Armando.  Tratándose de que estamos en una prodigiosa librería como ésta, llega el primero, Jorge Luis Borges -por supuesto-  y hojea un ejemplar de esta poesía reunida, puede ver con los dedos de su alma el rostro de Armando, mientras recuerda aquel hombre que se propuso la tarea de dibujar el mundo y a lo largo de los años puebla un espacio con multitud de imágenes disímiles y objetos, para al final descubrir en aquel laberinto que ha trazado la imagen de su rostro. Borges siente que en la multiforme dimensión que dibuja este libro puede ver (Gracias a la ironía divina) el rostro del poeta, y a su vez escuchar su respiración entrecortada, sus pausas y circunvoluciones; allí está el Armando que de niño ya sabe su destino y Georgie -el de Palermo- lo mira (de nuevo la ironía) en la distancia de una casa caraqueña diciéndole a la tía Albertina que ya se sabe poeta. Borges se asombra de la precocidad y lo siente afín, él a los 6 ya lo sabía; cualquier destino, por largo y complicado que sea,  consta en realidad de un solo momento -piensa- el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.  Y el hombre que hoy está dibujado en este libro,  encontró su destino a los 4 años y tuvo la certeza, no como aspiración o anhelo, sino  la convicción ontológica de quien se entrega al fatum, lo asume y se ofrenda en cuerpo y alma.  Borges  escucha su voz porque todo libro es la voz del autor, la voz que lo sobrepasa y lo conforma, la voz que lo sobrevive. Y dejamos a Georgie en esta librería que es su cuota de paraíso y - a su pesar-  de inmortalidad, sabiendo que la poesía es ocasión para la belleza, y Armando, que lo sabe, agrega ¡estamos hechos para la alegría! Y la poesía es gozo, Poesía: dolor y gozo imposibles. Se percibe un leve soplo como el que sintió el profeta  Elías en el desierto: es la pequeña y frágil Simone Weil. Un gozo que, a fuerza de ser puro y sin mezcla, duele - se dice para sí mientras mira el esplendor del libro. Agrega  y recuerda  a los griegos: Un dolor que, a fuerza de ser puro y sin mezcla, sosiega; ella lo siente porque recibe el rumor de los poemas, el dolor, la pasión y el sosiego que arden del mismo amor en esas páginas.
Ella se acerca con la reverencia que impone lo sagrado. En todo aquello que nos provoca una auténtica y pura sensación de lo bello, existe realmente la presencia de Dios - expresa con susurrante convicción. Tan testimonial es un canto gregoriano como la muerte de un mártir, piensa desde su levedad que este libro es el testimonio de la belleza en todos sus registros desde lo más vulgar a lo sublime, lo profano, lo sagrado, los espacios del cuerpo, el abismo carnal de la materia, la desnuda locura, la patria, la geografía del  fracaso, de los duelos… y nos invita con ese ánimo de lo sagrado a celebrar el nacimiento, Sol Invictus, ese de Reverón o del poeta.
 Así como la ruindad espiritual y el carácter rastrero pueden hacer un uso vil de las palabras más hermosas, y el genio de un grandísimo poeta puede en ocasiones -aunque muy raramente- llevar a la plenitud de la belleza una palabra comúnmente horrible colocándola en su lugar exacto -recuerda precisa sus palabras, la cristiana judía de París, mientras se detiene  y piensa en el color del daiquirí, y el burdel de rojos verdes azules amarillos, y yo solo creía en ti zarpa florida,  el olor de los baños, la espalda obscura del amor, los urinarios… y que solo las palabras más sucias  harían justicia al mito que nos une. Las mismas palabras pueden ser vulgares o extraordinarias según la manera de pronunciarlas. O de quién las escucha, digo yo.  Recuerda que ella alguna vez escribió en su cuaderno: Y esa manera depende de la profundidad que tenga la región del ser de la que proceden. Merced a una maravillosa sintonía, esas palabras van a llegar, en quien las escucha, a la misma región. Simone aprecia que las palabras del poeta le llegan a esas  últimas regiones de los cuerpos, donde copulan dioses y animales, al lugar donde hay un amor morado y genuflexo, y se estremece desde lo virginal ante el asombro pagano del deseo.  Sólo quien es ruin u obsceno escucha lo ruin en la belleza.
Unas hojas más y aparece el silencio y aquel me seco de palabras

-Cuando tu vienes tu el vacío, el nada el ya

- El poeta compone el poema pensando el silencio

Si yo fuera capaz de entrar por fin
En esa pulcritud del aire inmóvil
Que he llamado silencio en el poema
Si yo fuera capaz de nombrar árbol
Como esta tarde el árbol se mostraba

-Un poema sale del silencio y vuelve al silencio… La poesía: ir con las palabras al silencio, a la ausencia de nombre. Y cavila Simone, la pequeña mística  del asfalto, la misma  que ama a dios pensando que no existe
Y un poco más allá la nada vigilante.
Un poema ha de querer decir al mismo tiempo algo y nada — pero no cualquier nada, sino la nada de arriba. Sigue cavilando Simone, en tanto se columpia entre la gravedad y la gracia, desde su estremecida carne agujereada.

Al final, llega Merton, un poco retrasado, sin moverse tan bien entre la gente se topa con Armando y su miedo irreprimible al desamparo, y le señala con sonrisa de campos de Kentucky: Aquí estamos los poetas. Estamos unidos para denunciar la vergüenza y el fraude de todas las mentiras colectivas.

Aquí estamos en nuestra cofradía de inocencias, en nuestra solidaridad de certidumbres-

Armando, que se siente monje mendicante o mínimo juglar le responde con cierto jesuítico fervor: La poesía debe partir su pan

Y Thomas :

Sintámonos orgullosos de las palabras que nos han sido dadas sin razón aparente, sin la intención de aleccionar a nadie, ni confundir a nadie, ni probar el absurdo de nadie, sino sólo el señalar más allá de los objetos, hacia el silencio donde nada puede ser dicho.
Y Armando que espera atento  la llegada  y Merton que le dice:

Aguarda.
Escucha las piedras del muro.
Permanece en silencio, ellas tratan
de decir tu nombre.

-O el nombre de Mahalia o el de Armstrong-
Y Cuando tú vienes
 tengo prisa por decir
por llamar de algún modo
por nombrarme a mí también

¿Quién eres?
¿Quién
eres tú? ¿El silencio
de quién eres?

Y todo es tan vacío tan gota
Inaprensible
Tan exactamente nada
Tan silencio

Quién (permanece callado)
eres tú (así como estas piedras
permanecen calladas).

-Y Armando que quiere ser silencio mineral-
Y Thomas que le dice

El mundo entero está
secretamente en llamas.
Las piedras queman,
aun las piedras queman.

… y calla Merton para hundirse en el mundo y pasar a la clandestinidad del universo.

De vuelta al esplendor y considerando que los libros son objetos sagrados, comunión eucarística, como diría  Simone,  son el rostro de un hombre, como lo pensó Borges, y  son de todos, aun en el silencio, como lo intuyó Merton,  y que sus palabras se filtran y nos leen, y no sabemos dónde está el poeta y dónde nuestros ojos, con el alma en los dedos.
Concluyo, mi muy querido Armando, diciéndote: Puedes sentirte satisfecho porque el universo de tu poesía te dibuja diáfano, con la intemperie acuestas, tus piedras queman y dicen tu nombre, y en esta eucaristía de amores y poetas te decimos  alguien te ama hoy y no secretamente.

Ana María Hurtado
Caracas, 20-12-2018
Con motivo de la presentación del Libro El esplendor y la espera. Edición Cristóbal Zapata. Colección Mundus, Alcadía de Cuenca. 2018.

PS: las cursivas sencillas corresponden a fragmentos de textos de Armando Rojas Guardia.

Ilustración: Armando Reverón, Cocotero, c 1944, témpera y arena sobre tela


lunes, 17 de diciembre de 2018

Prólogo - reseña del poemario Imprudencias de Ángela Molina



Imprudencias

¡Oh escritor, oh filósofo! con qué palabras, con qué frases,
con qué oraciones, con qué conceptos,
con qué doctrinas se podrá describir, 
la íntegra y perfecta visión de la belleza
como lo hace la poética visual.

Leonardo Da Vinci


Los Escolásticos nos hablaban de la Prudencia, ese contenerse, esa virtud callada que pese a su silencio, crea un elocuente ejercicio de normas y de juicios, como la recta ratio agibilium, para diferenciarla de la recta ratio factibilium o el arte poético en sí mismo sin que medie juicio o normas de conducta entre lo que es bueno o malo y donde solo importa el logro de la visión de Dios o la Belleza. Esta diferenciación, que resaltaba el doble aspecto del alma del hombre en cuanto a debatirse entre la razón y la fe. En este estadio del pensamiento, la resolución de esta contradicción entre razón y fe, no fue excluyente sino incluyente de un modo muy especial, pues ambas coexisten, aunque la razón estaría subordinada a la fe, y solo tendría valor en cuanto confluyera con esas verdades inefables.

Esa recta ratio agibilium o la recta razón de las cosas que se deben hacer o su razón práctica, sustraían al hombre al plano  moral, mientras que la recta ratio factibilium o el arte de la razón abarcante, lo abrirían, lo impulsarían al logro de la suprema perfección: la destreza que el hombre ejecuta y hace para elevarse de manera poética a la visión suprema de la belleza. Hay sin embargo en este esfuerzo por conciliar una contradicción en el alma, otra profunda contradicción, que contrapone precisamente a la prudencia como virtud, con la imprudencia: aquella manifestación desbordante que no se subordina ni se contiene. Esa manifestación que no está precedida de juicio, que solo obedece a su impulso más auténtico e inmediato, y que por ello y de manera contradictoria, se nos parece tanto a la fe.

Y empiezo así, la crónica sensible de este libro, pues el título que lo en marca es el de la Imprudencia, (teniendo este caso además una amplificación absoluta, al tomarlo en forma plural, es decir: imprudencias). No hay manera de obviar aquí, en el despliegue del alma, esa sensación debatida que fragmenta al hombre entre su razón y su pasión, entre lo que se ha venido catalogando como comportamiento moral y aquella otra razón que no se subordina a nada, si acaso a la suprema visión de la belleza en sí misma, como logro y abstracción de la mirada abarcante que precisamente no distingue entre el cuerpo y el alma.

Siento entonces de una manera muy intensa que este libro no está escrito con palabras, con frases, con oraciones, con conceptos. Está escrito con imágenes. Imágenes poéticas que de manera imprudente por demás, nos aportan una visión carnal (y en su reverso descarnada) del alma en su origen, en su estatus de fuerza primaria, cuyo impulso no deviene de normas morales, pero tampoco de dogmas de fe. Ese vislumbre de la metamorfosis anímica, será en este caso impulsada por fuerza hacia atrás, hacia su primer esbozo, algo así como una imagen recobrada del alma, más allá de cualquier ejercicio creado por las normas morales, que la hacen tener una consistencia auténtica… que la despoja de cualquier hecho posterior o artificial que contradiga su naturaleza, revocando así esa contradicción, una imagen que se sostiene en sí misma, o como diría Leonardo Da Vinci una poética visual.

Prefiero el catecismo del cuerpo, antes que el del templo. Los excesos a los comedimientos. El instante seguro y pertinaz. La plaza al circo. Los destellos fugaces a la perenne luz artificial. Los cometas a los soles predecibles. La vida, la insospechada vida, al simulacro.

Estas imágenes penetran y han provocado en mi caso una epifanía. Una mujer que de manera imprudente y avezada se aleja de esa razón moral de lo bueno y lo malo, para para mostrarnos (como la primera mujer y su manzana) la belleza contenida y continente del fruto…la razón abarcante que supone el arte, ese logro supremo y perfecto de la imagen total.

La poesía es arte. Y es asombroso como la palabra “arte” (del latín ars, artis, y del GriegoΤέχνη) es tal vez la palabra más polisémica que existe y que expresa al hombre en su totalidad. “Arete”, ideal del logro, consecución, destreza; “Aristos” lo más alto de logro, lo más elevado y el “Artista” ese ser singular, apasionado, que crea, que genera. Pero en el medio de esta abundante y extraordinaria polisemia, de todas estas advocaciones de su raíz original, la que más resuena en este libro, es aquella advocación de restitución dimensional que le otorga la capacidad de desnudar, de mostrarnos la manzana o la belleza.

En estos textos-imágenes, la poeta se desnuda y nosotros nos despojamos con ella. Su épica nos obliga a dejar de ser ese al que al que toda desnudez le causa espanto. Para volver a ser bestias mansas que se reconocen en el paraíso, quitarnos el polvo que la razón nos arroja a los ojos para entrar de nuevo en esa esfera celeste donde todos los animales se dejan poseer por la divinidad de su naturaleza, donde abrimos nuevamente la puerta a nuestro instinto iluminante, donde dejamos de vivir en la oscuridad de la razón.

Sin embargo, esto no lo logra la poeta de manera natural o silvestre. Hay en esta invocación a esta recta ratio factibilium una rebeldía consciente que traspasa los límites de la prudencia…y me atrevería a decir que en su proclama también rebasa el término de la imprudencia. Como ella misma nos dice cuando se subleva contra el sometimiento (esta vez de la pasión a la razón), en ese Manifiesto Íntimo como ella lo llama: acaso sea la vida un campo de batalla para subvertir el orden, cualquier orden, las órdenes, los roles, para rebelarnos contra nosotros mismos y las creencias que a fuerza de repetirlas emularlas y cumplirlas nos convierten en el otro ese que los demás conocen y existe solo en la epidermis.
  
Crónica de un aprendizaje lento, empezar con una tachadura en el centro de la vida para reescribir la imagen, la fotografía del alma (con toda su luz y toda su sombra). Camino constelado que nos desnuda hasta los huesos, para cubrirlos de una nueva piel originaria, auténtica. Una mujer, una poeta que a pesar de que el amor para ella y por desgracia no ha durado toda la vida, asume con valentía la luz de su intermitencia, pues no importan los ciclos de la luz ni de los frutos, sino el momento de fulgor en el brillo de la piel de la manzana…en el brillo de la piel de la belleza. Una mujer que a pesar del desamor, abraza al árbol mientras tanto.

Pero tal vez lo que termina de conmoverme y establecerme de manera  contundente en el corazón de esta recta ratio factibilium, (asimilación de la pasión con la fe), son las estremecedoras plegarias que penetran y sostienen persistentemente las imágenes: Esa mujer que se abre a sí misma, que se entrega con su oración llena de letanías de aliento y de gemidos para ofrecer su vientre irredento a la orfandad peregrino. O esa mujer que santifica la pasión con un ritual de amor, de confesión, de comunión: eucaristía que contiene la mirada en la desnudez infinita, en el ruego por que se mantenga la pureza. O esa otra mujer que se desdobla para asimilar la vida y conjurar la muerte. Mujer trinitaria que sobrevive para despellejar y parir la palabra, para gritar sus versos en festejo de la vida, para establecer un nuevo orden de vida en medio de la vida. O esa mujer que clama por una tormenta que revoque todo para recobrar después la calma y el mundo paralelo de sus sueños.

No puedo cerrar esta crónica sentida, este regreso al entendimiento desde la pasión, de esta (literal) encarnación de la verdad del alma, sin referirme al penúltimo poema que impulsa la cadencia final de estos cantos, y que la poeta titula Profano. Este sentido de las palabras (en este caso el esfuerzo del arte exquisito de la poética visual de la imagen poética) las relaciona de manera asombrosa. Y es que imprudencia es el reverso de la prudencia y entre ambas constituyen una sola verdad. Si ahondamos más, vemos que prudencia es una advocación de providencia (ver o contemplar hacia adelante, más allá de lo inmediato). En este caso, Profano significa literalmente pro (delante) fanum (templo). Profano era pues lo no consagrado, o que había dejado de serlo, por estar adelante, o sea fuera del templo (DRAE). Por razones etimológicas y de verdad y justicia poética, el tejido de las palabras y de las imágenes han hecho el milagro de que, lo sagrado, lo consagrado en este ritual que nos restituye la belleza pura y natural del cuerpo y de la pasión, sea (providencialmente) más bien lo profano, aquello que está adelante del templo, aquello que no puede ser nombrado, o como nos dice la poeta, lo que no tiene nombre.

Por último, este libro de imágenes es, sin duda alguna una liturgia del amor en todo su cabal sentido: unión del cuerpo y del alma, de la razón (esa abarcante) y la pasión, de la luz y de la sombra, del gozo y el dolor, de la materia y el espíritu, todo ello expresado a través del arte y la metáfora más extraordinaria de todas la metáforas, la única que puede describir la íntegra y perfecta visión de la belleza…aquella que más nos pertenece como humanos: la de los amantes. Por ello repetimos sin recato ni prudencia, juntando nuestra voz a la de la poeta: Que Dios bendiga la soledad de los amantes y los haga entrar desnudos en el templo porque solo ellos son el pan que se encarna. Y los mantenga puros en el lecho y prudentes solo fuera de él. Después de haberse hecho pan y alimentarse que se callen. Que no renuncien que no confiesen que no teman. Que lleven el silencio y no intenten descifrarlo con razones terrenas.


Edgar Vidaurre






lunes, 8 de octubre de 2018

Breve reseña de la pieza teatral: Como una Mariposa, de María Antonieta Flores


Las mariposas,
también se enojan
algunos días

Chiyo-Ni

Este 6 de octubre pasado, asistí a la única función del monólogo: "Como una mariposa", obra que marca el debut como dramaturga de la poeta María Antonieta Flores. La pieza se presentó (creo que por primera vez en la historia de la estética dramática) en dos formatos distintos y en un solo evento: sobre la escena como pieza teatral y desde la pantalla en formato de cortometraje de cine. Debo confesar de una vez, que a pesar de tener esta doble exposición estética, ambas vivencias se amalgaman y se complementan en unidad conmovedora. 

Precedida de gran expectativa (dada la reconocida trayectoria literaria de la poeta) y a medida que se desplegaba la obra, se fue constituyendo una experiencia profunda, fuerte, contundente tanto en el aspecto estético, como en la impronta que deja en el núcleo del mundo emocional y sensible del espectador. Ya desde el inicio y las primeras señales que la preludian, en la obra hay una aparente contradicción: una mujer boxeadora que en el cartel o flayer de promoción aparece con un gesto rudo y agresivo, es signada o catalogada con un título que refiere a algo tan frágil y leve como lo es una mariposa. Mientras el drama se va desarrollando, aunque se trata de un monólogo, creo sentir que el soliloquio está encubriendo en realidad un intenso diálogo entre elementos que (como dije) parecen en principio contradictorios. 

El personaje que encarna esa voz, va desplegándose inicialmente de manera cerrada y subjetiva, escalando a lo largo de la pieza diversos planos y vinculaciones, mediante diálogos entre la realidad interior, la realidad del afuera, el choque existencial entre ambas realidades y los valores abstractos y trascendentes a esa dualidad, como lo son el amor, la justicia o los derechos del ser humano como tal. 

El primer y principal diálogo se realiza entre el cuerpo y el alma. El cuerpo como elemento expuesto a las circunstancias, a la violencia de la intemperie social, receptáculo inmediato y piel palpable que recibe en primera instancia las agresiones del afuera por un lado, y por el otro el alma como esa piel inasible, como núcleo donde se procesa y se registra el dolor. De manera especular y en el reverso del drama, es el cuerpo el que a su vez sirve como elemento o vía de reconstrucción y transformación, a través de una dinámica severa, disciplinada y ritualista, otorgándole al alma esa capacidad de asimilar el dolor y transmutarlo en victoria sobre la circunstancialidad. 

Desde los grandes monólogos en la escena como los de Shakespeare, los monólogos del teatro del siglo de oro español, o los monólogos de Alfred Tennyson o Robert Browning, (podríamos incluir aquí el extraordinario monólogo de Molly que rompe con el contexto narrativo en el Ulises de Joyce) la vivencia casi siempre se escenifica y se mantiene inalterable dentro del ámbito unipersonal, íntimo, reflexivo del personaje. En este caso, (hablo desde mi propia vivencia personal y anímica), siento que este monólogo se abre y cubre diversos planos que rebasan y trascienden al personaje. Aquí podríamos incluir como precedente el también extraordinario monólogo a modo de cuento, que rompe la narrativa y que Kafka tituló: Informe para una academia. En esa abertura de tiempos y de espacios, de la aparente contradicción que se va generando a lo largo de la pieza, termino sintiendo que el personaje no habla consigo mismo, ni se repliega hacia su espacio y su tiempo interior, para proyectarse desde ahí. En este caso, el personaje es el centro de los acontecimientos, el epicentro preciso de todas esas contradicciones y a la vez de su resolución. 

Contradicción no significa necesariamente contrasentido; Incluso creo que la contradicción es la que le da sentido a la polaridad de la realidad y la unifica en una dinámica abarcante. Decía el maestro Jung, en su Libro Rojo (en el sugerente capítulo El asesinato del héroe), que “El día no es por sí mismo, la noche no es por sí misma. Lo real, que es por sí mismo, es el día y la noche. Por lo tanto, lo real es sentido y contrasentido”. Siento como dije, que en esta pieza (que pareciera un monólogo girando sobre la contradicción para quedarse en ella), el personaje es el centro de convergencia de todas esas realidades donde confluyen no solo el cuerpo y el alma, sino el adentro y el afuera, la fuerza y la violencia, lo femenino y lo masculino, la sumisión y la rebeldía, el amor y el desamor, constituyendo así una realidad más dinámica y totalizadora

Tal vez, la otra notoria contradicción que aparece de manera inmediata al espectador, es la del boxeo y el teatro. El boxeo o pugilato, un evento deportivo de masas, que aparentemente se sustenta en la confrontación violenta de dos cuerpos, incrustado dentro de un drama escenográfico que se despliega en el contexto estético, artístico y literario del teatro. Pareciera algo osado y transgresor de la poeta este cruce de visiones. Pero si nos remitimos a la génesis de todos los asombros, es decir a los griegos, veremos que estos además de ser los creadores de la lucha y el boxeo, también dentro de nuestra cultura occidental, fueron los creadores de la tragedia y del drama. Ambas manifestaciones humanas, en este caso estarán revestidas de carácter ritual, estético, incluso espiritual. Así entonces, veremos también de nuevo asombrados, como teatro y boxeo son similares. Antes de arribar a los circos y a las arenas, el Boxeo era un ritual que involucraba la danza, la mesura, el control y la belleza. Esos rituales que se ejercían de manera sagrada en los templos del Dios “Agon”, curiosamente estaban determinados por las pautas sonoras de un coro femenino que era a su vez juez e infundía valor y certeza a los luchadores. Los rituales iban precedidos de una intensa preparación meditativa, extática y de severa disciplina, en un largo proceso que simbolizaba la unión de cuerpo-alma. Una especie de Paideia necesaria para superar el aspecto circunstancial de la existencia y sobreponerse a ellas a través de la integridad del ser humano. Liberar al alma a través de una catarsis lenta que comprometía al cuerpo como vía y vehículo de esa liberación. Etimológicamente, de la palabra Agon (contienda, desafío, logro) se desprenden las palabras Agonía, prot-agonista y ant-agonista, todos asimilados a los rituales dionisíacos del drama y la tragedia. 

En el año 334 a.C. Aristóteles postuló que la tragedia (mediante una serie de circunstancias que suscitan piedad o terror) es capaz de lograr que el alma se eleve y se purifique de sus pasiones. Este proceso, que se denomina “catarsis”, es la purificación interior que logra el espectador a la vista de las miserias humanas. El fondo común de lo trágico será la lucha contra un destino inexorable, que determina la vida externa de los mortales; y el conflicto que se abre entre el hombre, el poder, las pasiones y los dioses… donde todo termina, todo se destruye, menos el alma y su poder regenerador y su capacidad de renacimiento perpetuo…De esta manera, esa visión de que el arte y la escena son una confrontación de elementos y del propio artista con la muerte, convierten al teatro en la confirmación más elocuente de que el arte es desafío, lucha interior de realidades, logro, pero sobre todo, agonía y éxtasis

La resonancia con la crisálida y la mariposa como doble símbolo que se une de manera conmovedora en un solo símbolo en sí mismo más amplio y dinámico. Ese lento proceso larvario que sufre el gusano hasta que su dolor rompe la crisálida para que la mariposa vuele en libertad hacia la llama o la luz de la vela sagrada, dándole a esa libertad el carácter de logro más allá de la instancia del cuerpo, de lo físico, por lo que aparenta ser fugaz, leve, frágil…casi inasible. Según Schneider, el logro místico de la transformación después de la vivencia del éxtasis, implica tres virtudes: el equilibrio, la regeneración y el valor guerrero. De manera magistral, el Maestro Cirlot hace la vinculación entre la crisálida y la mariposa con la máscara ritual y la metamorfosis.

Así las cosas, se me antoja que en esta pieza teatral están presentes los símbolos más precisos y originales (tanto de origen como en la reformulación novedosa estos procesos del alma) de todos los supuestos rituales y sagrados del drama como expresión de estás dinámicas sensibles. La crisálida simbolizada por el cuerpo (lo que contiene, lo que sufre y al tiempo resguarda y protege) y la mariposa como el símbolo (por cierto muy antiguo y genuino) de la psique o “Alma”. La contradicción como vertiente de sentido y reveladora de realidades más profundas y abarcantes. 

Una mujer encarna todo el drama. Sobre ella recae toda la convergencia de los elementos del adentro y del afuera. La madre que la determina, la hija que también la proyecta y la ata a las circunstancias, los supra-valores de justicia y de derechos humanos que la trascienden, el maltrato de su pareja como fenómeno de (como yo la llamo) intemperie social, la violencia física y moral de la que es objeto, su voluntad de sobreponerse y entregarse a ese proceso lento y sostenido del cuerpo como símbolo de la crisálida, para finalmente volar con el alma desellada y transformada en mariposa (también símbolo eterno de lo femenino y de la mujer).

Cierro esta reseña sin pretensiones de crítica de teatro, sino como una crónica sentida, evocando una escena conmovedora que se encuadra magistralmente dentro de la vinculación que mencionara del Maestro Cirlot, entre la crisálida, la mariposa y los rituales de la máscara. En su Diccionario de símbolos, Cirlot nos dice que "Probablemente la máscara ritual y teatral, está íntimamente ligada a la idea de la crisálida y de la metamorfosis. Tras la máscara debe ocultarse la transformación de la personalidad que ocurre durante el rito o el teatro". Victoria (el personaje del monólogo) recibe dos llamadas seguidas y contradictorias. Una donde suaviza la voz (en la versión de teatro hay un cambio de luces y de textura en la escena) y le responde aparentemente sumisa y amorosa a su marido que sí, que ella está lista para salir con él a cenar y que ha dejado a la hija con su madre. La segunda llamada es de una clienta que tiene como abogada de derechos humanos, y a la que le informa con voz llena de fortaleza, que el marido de ésta última será sometido a la justicia y a las leyes contra la violencia de género. Pero antes de estas llamadas, tanto en la versión de teatro como en la del cine (tal vez en la del cine se resalta aún más el simbolismo por la utilización como herramienta visual del Zoom) Victoria se está maquillando… se está poniendo una máscara sobre las heridas, sobre las marcas de la violencia en su rostro. Máscara que oculta su metamorfosis, su transformación, la liberación de su alma de todo conflicto, mientras ella camina voluntariamente hacia la llama, como una mariposa  

Edgar Vidaurre

martes, 24 de julio de 2018

María Magdalena



Ella le preguntó: ¿A qué se asemejará el "Reino" ?...y el le dijo: es como una semilla, un único y pequeño grano de semilla de mostaza, que una mujer tomó, amó y sembró en el centro de su jardín, y creció y creció de tal manera, que se convirtió en un frondoso árbol, donde los pájaros del cielo van a hacer nido en sus ramas.

En estos días volví a ver por segunda vez la película María Magdalena (2018) del director Garth Davis. Diría de manera conmovida, que la película narra una historia de amor, pero en su advocación más elevada. La propuesta aborda de manera inicial, el aspecto humano y no divino de Jesús de Nazareth, bajo la visión y el entendimiento de la mujer que fue (y sigue siendo) María Magdalena. No hay épica, no hay héroes mundanos, míticos o espirituales. No hay confrontación violenta con el mundo exterior y artificial creado por el hombre. Y me refiero al mundo social, al mundo religioso (en cuanto a las visiones dogmáticas-patriarcales de las castas sacerdotales), a la Institucional del poder, a la guerra, los imperios y a las demás catástrofes que el ser humano se ha empeñado de manera sostenida en crearse dentro de su entorno existencial. La película se adentra más bien en la psique humana en cuanto a sus posibilidades espirituales de alcanzar planos de conciencia superiores y acceder así de manera diáfana y dulce a un reino que está más allá de los reinos visibles (mineral, vegetal y animal): al reino de los cielos. Incluso diría que trata del despliegue interconectado que hay entre todos los planos de la creación y la toma de conciencia de ese hilo invisible, dinámico y vinculante.  

Se trata entonces de un Jesús íntimo, en su fragilidad, en su agotamiento, en los umbrales de su pasión, y el reconocimiento de María Magdalena como su testigo más fiel y más cercano. En este caso, el regazo de esta mujer será el único momento de contención que Jesús tendrá, el único momento en el que “El hijo del hombre” podrá “reposar su cabeza”.

A través de las imágenes y de la atmósfera creada por Davis, toda la simbología de las aguas, del lago, de los umbrales de luz (amaneceres y atardeceres), el árbol y en especial, el sobrecogedor símbolo de la semilla como origen, como potencial, como expresión de la fe y su interrelación con el atributo gestante de la mujer, la responsabilidad cósmica que ésta tiene como el espacio sagrado donde se concibe la vida, la que gesta, la que la da a luz y que luego la nutre. Visto superficialmente así, los hombres y el patriarcado Judeo-cristiano (y nuestros modernos patriarcados, que someten a la mujer en lugar de honrarla por esa responsabilidad) le adjudican a esta solamente el rol de madre, sin posibilidades de desarrollar un proceso propio e individual y al mismo tiempo trascendente consigo misma… Jesús como hombre entendió esto. Entendió lo que guarda y contiene el corazón de una mujer y la resonancia íntima que su latido produce en el ser humano desde que se encuentra en gestación dentro de su vientre, como esencia misma de la creación. Nada de lo que él propone está relacionado con lo externo, con lo social, con la circunstancialidad. El entendimiento de esa interioridad al mismo tiempo cósmica, es la revelación del reino de los cielos, pues todo está en tu corazón, en tu interior, en tu mente. La salvación y el Mesías no están fuera de ti…es un estado mental de plenitud…algo así como el “nirvana” en los budistas o el éxtasis en los místicos.

María Magdalena, es la única que entiende este secreto, este mensaje, esta nueva, este evangelio, (los discípulos nunca entendieron en que plano o contexto hablaba Jesús), eso invisible a los ojos y que se refiere al alma sin excluir el cuerpo: ya no será este el que contiene al alma. Será el alma quien lo reviste y lo determina. También será ella la única que entenderá además el punto de fragilidad de ese hombre tomado como todopoderoso en términos de poder material sobre lo visible y que sin embargo se entrega y asume su pasión con toda la humildad que le es posible. Así ella, María Magdalena, bajo ese entendimiento supremo que el amor le otorga, asumirá en estos planos espirituales el gesto de dejarse penetrar, de concebir y de acoger la semilla, de gestarla, de llevarla a la luz y de nutrirla. Aquí surge otra revelación sensible y esencial: la máxima expresión del amor, su más alto grado de trascendencia es la "Misericordia". Esta forma de amor, la más elevada, será revelada al mundo a través del “Espíritu Santo” encarnado en la mujer...el aspecto femenino de la divinidad que se hace cóncava y ejecuta así su máximo gesto de entrega. 

No hay alma o espíritu, no hay "Reino de los cielos" sin que esos procesos tengan su origen, su gestación, su nacimiento o sus renacimientos y sobre todo su proceso nutricio, en lo femenino…no hay amor sin esa vasija que lo pueda contener y revelar, sin la capacidad que tiene la mujer de reflejar el mundo emocional del hombre. Esa metáfora de la luna que es capaz de reflejar la luz enceguecedora del sol, para luego derramarla con suavidad y misterio sobre las aguas (las de la tierra y las del alma). María Magdalena encarna esa verdad…esa conmovedora verdad.

Como dije, la película no aborda el tema teológico, dogmático, ni siquiera el religioso. Es el misterio de la vida misma y su secreto místico expresado en términos humanos y amorosos, en una “Hierogamia” espiritual entre Jesús y María Magdalena. En un pequeño ensayo sobre Jesús, decía que: "Moises (el hebreo), hijo de faraones, criado en la casta de los ungidos, sacerdote de Thot, iniciado en los misterios Órficos y discípulo de Hermes Trimegisto, salió de los recintos secretos sin haber cerrado los ojos ni la boca para revelar estos misterios y la "verdad abarcante" al mundo. Pero lo hizo parcialmente, al pueblo escogido, al pueblo elegido. A pesar de esta apertura, de romper la regla de oro de los iniciados poniendo esa verdad en el afuera, en los montes y en los templos, esta verdad debía seguir siendo administrada por una casta sacerdotal de hombres que encendían el fuego... Cristo, el pescador, el que purificaba con agua (el amante de las mujeres, desatando sus vidas como las barcas) también democratizó ese develar de los misterios y la gracia del espíritu santo, pero amplió la ofrenda y lo hizo para toda la humanidad. De manera contradictoria sin embargo, restituye esa verdad (conformada, concebida y gestada en el vientre de una mujer) nuevamente en el interior, en el corazón...en el adentro."

Para el poeta en que he devenido y por el conmovedor reconocimiento de mi origen, de mi primera respiración, esos procesos que resuenan con mi mundo emocional (el más auténtico, el únicamente auténtico) están unidos de manera indeleble a lo más esencial de mi corazón. En este caso, la existencia cobra sentido y se desprende del tiempo y de las distancias. No importan las lejanías ni las circunstancias. Lo nacido se separa de su Matriz y sin embargo esa distancia marca el vínculo, y en términos amorosos toda esa fuerza que se actualiza a sí misma más allá del tiempo lineal, logra sostenerse en ese primer, único e inolvidable evento…en su hondura, en su esencialidad, en su verdad.

En algo (o en mucho) ese entendimiento genuino, esencial, espontaneo entre ese hombre llamado Jesús y esa mujer llamada María Magdalena, resuena con todas estas cosas que me han sido reveladas en estos tiempos y me atan a la fuerza de lo femenino contenedor, amoroso, dulce y fuerte a la vez, capaz de entender sin palabras el vínculo íntimo entre la mirada y los horizontes: Esa luna capaz de reflejar, reflejarme y reflejarse en mis propios lagos interiores.

Edgar Vidaurre

miércoles, 4 de julio de 2018

Ara Solis - Prólogo al poemario de Gema Matías


Prólogo
 “Que el camino salga a tu encuentro. Que el viento siempre esté detrás de ti y la lluvia caiga suave sobre tus campos. Y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano.” 
Bendición Celta – anónimo

Al traspasar el umbral y entrar por los portales que abre este libro (al modo de los libros sagrados), uno no sabe si está saliendo hacia la amplitud más abierta e inconmensurable, o entrando a la hondura interior más insondable. Así, se constituye una experiencia espiritual inédita, unívoca y al mismo tiempo dual (diría incluso fractal). El tránsito y el desdoblamiento que se vivencia en términos anímicos, me ha puesto en estado de ubicuidad con el afuera y el adentro, con el arriba y el abajo, mostrando en un sólo horizonte cóncavo-convexo las infinitas direcciones que marca la rosa de los vientos en su despliegue de ramificaciones, irrupciones, irradiaciones y convergencias. Todas esas fuerzas  se dinamizan e imantan mutuamente de manera incesante, hacia un “Centro” a su vez fluido y cambiante que lo atrae todo por el efecto de la gravedad de la “Gracia” y que abre y derrama simultáneamente la unidad hacia todos los puntos cardinales y cósmicos, esta vez y en su reverso, por el efecto de la levedad de la “Gracia”.

Aunque la vivencia y el contacto con lo inefable es por definición (o más bien por indefinición) inenarrable e indescriptible, y aun estando la primera sugerencia del texto determinada por la figura extraordinaria de Santiago el Mayor y su “camino de peregrinación” hacia los confines de la tierra, con los ecos de la saga espiritual de San Pablo apóstol y de toda la tradición de las primeras efusiones del cristianismo, es imposible desde lo sugerente de su título dejar de sentir y de evocar las visiones que los Druidas, los orientales y todas las manifestaciones místicas y míticas que han venido revelando y explicando (también en términos anímicos y abarcantes) ese tránsito, ese “camino” que vincula y le da sentido al alma universal y su absoluta relación de correspondencia con ese imponderable que llamamos “El Alma humana”.

Gema Matías, quien es astróloga, maga, sibila, es sin duda alguna una Druida en toda la extensión y la hondura (lo vertical y lo horizontal de la cruz del manzano) que encierra esa palabra del céltico insular o irlandés antiguo Dryw: maga, vidente, o como se narra poéticamente la “Historia de Augusta”, sobre las mujeres galas llamadas “dryades” o “druidesas”. Estas sacerdotisas durante los solsticios de verano oficiaban en los umbrales de los altares de piedra (¿por qué no los de Stonehenge?) tal y como lo describe en estado de éxtasis nuestra druidesa en este libro: topónimo de mi mapa ancestral / separa las aguas convergentes / y en cualquier curva roturada / se filtra sin flexiones / toca la distancia / del bosque o del destierro / como alfarero de fábula / exhuma manuscritos / engendrados en la espesura / del camino solar / para tejer ramajes en el torno / del santuario druida.

He aquí entonces los rituales del fuego o las fiestas de Litha, que se celebraban durante la noche previa al solsticio de verano en honor a la diosa solar Xana. Esta diosa es la advocación femenina del sol, de la fase gestadora, nutricia y vivificante de “La estrella Solar”, en cuyo altar las sibilas quemaban las hojas de laurel e invocaban, mediante los conjuros sagrados, su aparición justamente en el instante de su mayor cercanía con la tierra, en su momento de mayor energía, de mayor poder mágico-sagrado. Esta cercanía, revestía al sol de una cualidad femenina bajo el símbolo de la Estrella. En esta instancia de la visión que nos propone la dríade poeta, el arcano XVII de la “Estrella”, ésta representa en su simbolismo a la gran Madre, a las dinámicas de la gestación, de la creación, de nacimiento.

Stella Maris
Venus  Afrodita
Ishtar  Isis  Innana

Heraldo del día que trae la esperanza al alba
Agrada  cautiva  emociona  venera  se enconcha
rasga el envoltorio del resplandor del sí mismo

Lucero del crepúsculo  heraldo nocturno
solitario pasaje del inframundo humano
y una promesa heráldica para llegar al cenit

¿Llegaré?

El reflejo de la estrella o de su imagen en el agua de los lagos, o de los pantanos, se amplifica con el agua derramada por la virgen o la doncella a modo de vertiente desde el alma humana… así la estrella une y vincula el cielo con la tierra, el inframundo con la luz, justamente desde el punto del origen: “La estrella es el mundo en formaciónel centro original de un universo”

Referencia ineludible también la leyenda de Avalon, o la “Isla de las manzanas”. Avalon se deriva etimológicamente de la palabra Abal, que significa en celta antiguo, justamente manzana. Aquí la estrella deviene en manzana. El manzano (sobre todo en su advocación de cruz y sus amplificaciones sumerias y judeo-cristianas) es el árbol sagrado de los Druidas, pues simboliza la inmortalidad y la sabiduría. Allí se celebraba también en el advenimiento del solsticio de verano “la fiesta del amor o el amor de las manzanas”. En estos rituales se cortaba una manzana por la mitad para que apareciera la estrella de cinco puntas en el corazón del fruto sagrado. La virgen que cortaba la manzana, lo hacía debajo del árbol, invocando a la estrella y al fuego. Así se unían de manera sagrada el amor y la vida, la fuerza abstracta del amor con la vivencia trascendida y tangible de su fuego. Este especialísimo ritual, resuena con todos los arquetipos de las diosas o las doncellas del amor, de los árboles y de las manzanas. Afrodita, Inanna, Isis, Ishtar, Eva e incluso María Virgen, quien en algunas de sus advocaciones es rodeada por las manzanas: “Virgen de las Manzanas: Siendo testigo de un cielo vacío  caleidoscopio esférico. Guardaré para tus dedos. Para lamerlos. Como se lamen las heridas. O las cicatrices del alma / Poma”

Imposible para mí no reproducir en estos escritos la vivencia personal sobre mi viaje (o más bien el viaje de mi alma) y el recorrido desde la sombras hasta el amanecer, desde el símbolo de Avalon: “Esa cierva perseguida es mi alma… No importa qué nombre tuviera, qué nombre le hubieran dado: Isla de cristal, Ynyddgwtr o Avallon…fue siempre la misma tierra, como una es mi alma. La herida por la que se había escapado era profunda y al mismo tiempo luminosa. Es por eso que sólo puedo arrastrarme hasta la barca para acostarme en ella, dentro de ella y dejarme ir. Esa cierva herida es mi ánima. Se paraba junto a mí en el anochecer, desnuda, bienaventurada, como si el Paraíso nunca se hubiese ido, inamovible… en la mañana se convertía en una rosa blanca. Hoy sólo siento este dolor en el costado. Aún así me preparo para el viaje. Me preparo para cruzar este mar…aunque sea de noche.

Este círculo sagrado de solsticios y equinoccios, de la rotación de la tierra alrededor del sol, que se inicia de manera mística con el solsticio de verano, se cierra en el Mabon, que la vidente-poeta nombra en su cadencia final. En la visión druida de esta dinámica de vida-muerte-resurrección, el Mabon es el ciclo en el que Dios solar se prepara para morir en el mes de Samhain, y regresar al vientre de la Diosa Madre, para luego renacer en Yule. El gran viaje. El “Camino” de la renovación y el renacimiento, que se concreta en el equinoccio de otoño, donde el día y la noche son iguales. La naturaleza decae, reposa, descansa, los árboles se despojan de sus hojas como un acto de invocación esperanzada de su floración en primavera y de la resurrección de sus frutos. Este hundirse, estas catedrales internas (como las nomina nuestra dryade) tienen a su vez una absoluta resonancia con la leyenda Druida que narra la historia de una ciudad sumergida bajo las aguas del mar, o del “lago sagrado” la denominada ciudad de Ker-Ys, que significa "fortaleza de las profundidades". Esta leyenda, que sirve de inspiración al preludio “La catedral sumergida” del compositor Claude Debussy, narra como la catedral de dicha ciudad fue sumergida a causa de la falta de piedad y virtudes de sus habitantes pero que, cada amanecer, surge desde lo más profundo y puede ser contemplada por los seres humanos, cuando emprenden el camino interno a su origen bajo el impulso espiritual de la luz del solsticio de verano y la cercanía del sol.

Sin duda alguna, estas dinámicas de retorno al vientre de la gran madre tiene su simbolismo en la Oca: “Plumas de amor, llevan las ocas escondidas”, (para Cirlot, la oca está asociada a “La Gran Madre” así como al descenso a los infiernos y a las fuerzas del destino). Se suma importancia también, la reiteración del verde en todas sus representaciones desde lo mítico hasta lo alquímico, donde se simboliza a la resurrección o los renacimientos. Nuestra asombrosa sibila nos lo canta así: ¿Qué nos mueve? / Las voces de los niños están cerca / verdes maizales los encubren / con olor a tierra   a verano / el sol abrasador matiza el verde / verde de mis intuiciones / trascendencia verde / verde de fanales / Extática / en éxtasis divino / me embriago en el verde del follaje / y en la distancia del olvido

Antes de cerrar y rozar la visión del apóstol Santiago y su recorrido que confirma y amplifica estas dinámicas, se hace indispensable resaltar el vínculo de estas dinámicas religantes con las visiones orientales, y concretamente con la visión del Tao que nos revela ese camino. Tao significa literalmente “El camino”, la vía, el recorrido que muestra la unidad, la armonía entre los opuestos, el arriba y el abajo, la tierra y el cielo, el movimiento convergente y centrífugo de las aguas, o como rezaríamos nosotros parafraseando a la vidente: El cielo en los pozos, las aguas convergentes, el desapego que acorta la distancia entre el cielo y el infierno, la elipsis de los solsticios,  su sinuoso y murmurante río, la lejanía del “verdadero Yo” que se acerca al corazón de nuestra esencia en los desiertos, en la abertura de surcos en la tierra, en el amor que detiene el tiempo, en ese árbol que se aleja para tocar el “Eter”. 

Ya para terminar de cerrar el círculo de vivencias que se abrió en este libro sagrado, terminamos con el título - por el principio- Ara Solis. Como una resonancia de los mitos y leyendas antiguas, en la Costa Da norte en Galicia, se sitúa el Ara Solis (El altar del Sol) en el promontorio del cabo de Finisterre o en el “fin de la tierra”. Ancestral santuario precristiano dedicado al Sol en el extremo oeste de la tierra, donde se ocultaba, sobrecogedor y con proporciones gigantescas, cada tarde.

Ara Solis, espacio donde el sol era visto por última vez y comenzaba el gran misterio,  la isla de la vida-muerte-resurrección. Circularidad que recorrían (y aún recorren) muchos peregrinos al prolongar “El camino de Santiago”, una vez llegados a Compostela, hasta la orilla del fin, como una necesidad y un espacio sagrado, impresionante, misterioso y mágico. Monumento que según las leyendas, estaba formado por cuatro columnas y una cúpula, donde se ocultaba definitivamente el Sol y concluía la ruta de las estrellas, la ruta solar, la Vía Láctea, donde ya no miraba el cuerpo sino el alma. Aunque la tradición local dice que el altar fuer destruido por el apóstol Santiago arrojándolo monte abajo durante su predicación por este umbral de abismos, la Leyenda Aurea del poeta Jacoppo de Varazze sostiene que los discípulos del apóstol consultaron al propio sabio Régulus, sumo sacerdote del Ara Solis, sobre cómo realizar el ritual de su entierro en Compostela.

Diríamos que el apóstol Santiago recorre y resume esta dinámica entre el afuera y el adentro, entre la armonía de los opuestos. Los ciclos de nacimiento, resurrección y muerte que perfecciona Jesús como símbolo solar y revelador del reino de los cielos en la tierra. Que ese recorrido nos llevará desde los orígenes del alba en Stonehenge en el solsticio de verano, hasta los abismos que están en Finisterre o el final de la tierra. Y he aquí la maga ditirámbica que parada en el centro inalcanzable a la mirada, ejecuta una invocación al sol desde las sombras, replicando el movimiento del ritual de las manos de las antiguas Dryades rezando en voz antigua la “Letanía de las azucenas”.

En este punto de la saga, nos sorprende aún más la poeta al establecer de manera gráfica las coordenadas del alma como territorio final de ese recorrido, donde se despliega y desarrolla el camino. El antropólogo Everardo Garduño, cuando nos habla de los chamanes, de los iniciados celtas, americanos y orientales narra como estos líderes espirituales, confeccionan una cartografía simbólica sobre su territorio. Esta cartografía construida con elementos naturales del paisaje, espacios intervenidos y sitios que sólo existen en sus narraciones. En el primer caso sobresalen piedras, aguajes y montañas. En el segundo, cementerios y sitios rituales. En el tercero, los sitios destruidos por el tiempo o de manera intencional. Todos son geosímbolos sobre los cuales se elaboraba una narrativa que los identifica como elementos importantes que merecen ser protegidos o recuperados. De manera poética y revestida de una gran belleza, el poeta y filósofo irlandés John O'Donohue en su libro sobre la sabiduría celta llamado Anam Cara, nos lo dice así: “Tu alma conoce la geografía de tu destino. Sólo ella tiene el mapa de tu futuro; Por eso puedes confiar en este aspecto indirecto, oblicuo de tu yo. Si lo haces, te llevará donde quieres ir; más aún, te enseñará un ritmo benigno para tu viaje”.

En el caso de nuestra poeta, ella, para dejarnos y dejarse a sí misma testimonio desde los topónimos de su mapa ancestral, establece en esa geografía de su destino, las coordenadas del alma: la Rosa de los vientos, la flor de Lis, las estrellas, el dragón, el Céfiro, el faro, las catedrales y las iglesias internas, los montes, los árboles de manzanos, las flores del Avellano (que son de manera diferenciada, femeninas y masculinas), las ocas como símbolo del retorno a la madre universal, los barcos como crisálidas de renacimiento y recorrido sobrenatural,  las aves con su vuelo y el Sol. Esta cartografía sin tiempo ni espacios concretos y materiales, revocará de manera simbólica las distancias, pudiendo unir en un mismo plano sensible a Santiago de Compostela y Santiago de León de Caracas, a Saint Jean Pied de Port con el tepuy de Roraima, como representación del dualismo cósmico, abriendo a su vez esas fisuras, esos agujeros del destino por donde entra el sol a lo más hondo, puerta que abre y une las universos paralelos, el indulto cósmico, donde las almas transmigran en una peregrinación también dual y paralela, y ella misma la druida, la vidente, la maga, como un girasol que recoge la profunda libertad de lo concéntrico, hacia el atardecer, donde el sol que se hunde en el horizonte, donde su circularidad de cierra, se sumerge y se muere entrando en las aguas para simbolizar la íntima y abierta comunión de lo cósmico con la tierra: El cáliz comulgando con el infinito”.

Ahí en ese altar, material o imaginado, cerraremos los ojos, al final del camino (o en el principio) para escuchar la cadencia final de su canto: “Sigo al sol hasta los confines de la tierra / alzo o bajo la alidada en el interior de la madre / hasta que entre por las  rendijas / con fervor silencioso / en la basílica interna / Conseguir la inmortalidad / arrojándome a las olas para morir / bautizarme y renacer en el Ara Solis”


Edgar Vidaurre

Escrito en el amanecer del 21 de junio del año del señor 2018,

en el solsticio de verano.