martes, 17 de enero de 2017

Perversión y Poder...una ecuación imprescindible


(Giorgio Vasari - La castración de Urano)


“Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo
se puede engañar a algunos todo el tiempo
pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.
                     
        Abraham Lincoln

En estos tiempos he estado leyendo y compartiendo visiones con la extraordinaria Ana María Hurtado sobre el tema de la perversión, y aunque los análisis abarcaban muchos ámbitos, (literarios, poéticos, vivenciales, antropológicos y sociales) el enfoque inicial fue sobre su concepto psiquiátrico y psicoanalítico. En una primera aproximación, el fenómeno de la perversión es el resultado de una estructuración patológica de la psique humana, o la ejecución de un acto puntual de carácter patológico que se articula por motivos también puntuales. 

En este sentido una de las evidencias más inmediatas de estas dinámicas de la psique, es que pueden existir seres perversos que no necesariamente manifiesten su malformación mediante actos perversos explícitos y por ende, estos no tienen la apariencia como tal o, por el contrario, existen personas que sin ser estructuralmente perversas, pueden ejecutar actos perversos. Como es de suponer, existe el perverso cuya psique se ha estructurado de manera patológica y se manifiesta y actualiza a través de la ejecución de actos perversos claros y evidentes. 

Pero sin duda, una de las revelaciones que he tenido a partir de estas reflexiones compartidas, es que el elemento conformador y más determinante en la manifestación perversa cabal, es la convicción en el perverso, de que él y solo él detenta el poder y el control omnipotente sobre “el otro” y sobre las circunstancias externas, lo cual le permitirá manipular a su antojo ese “afuera” como una escena de teatro montada y dirigida de manera unilateral. Esta postura narcisista de relacionarse mediante la actitud perversa, parte de la negación y No acepta la alteridad como presupuesto de cualquier interrelación mutua en igualdad de condiciones. El perverso, siempre estará en una posición de dominio y control de la “escena” en donde se despliega su acto. En otras palabras, en la dinámica antes descrita, creo que hay una ecuación que en su resolución, establece un vínculo imprescindible entre Perversión y Poder.

Esta revelación me hace sentir que todo ejercicio del Poder, tendría la posibilidad de estar derivado de manera directa de la Perversión. Esto no quiere decir que todo ejercicio de poder es perverso, sino que toda perversión, de manera ineludible, terminará manifestándose a través del ejercicio del control y del poder. Me refiero en este caso al poder ejercido bajo una determinación narcisista omnipotente en donde se niega al otro o a los otros, y no como un ejercicio revestido bien sea de valores individuales como la clemencia, la piedad y la tolerancia, o colectivos como pueden ser, la Justicia, la Equidad o cualquier otro que armonice las interrelaciones de ese mismo colectivo.

Al amplificar esta consideración inicial, si nos salimos de la esfera individual (en donde todo el tiempo estamos sometidos a los intentos de la articulación perversa del poder de terceros) y nos vamos al cuerpo de lo que se llama la “Psique Colectiva”, veremos con asombro y espanto como esta dinámica de la Perversión-Poder se manifiesta o puede manifestarse de manera recurrente y peligrosa. Ocurre en este supuesto que refiere de manera muy especial al ejercicio del poder político sobre las masas, el mismo paradigma del acto perverso que se desarrolla en ámbitos más reducidos, pues desde el punto de vista psiquiátrico y psicoanalítico, el Perverso -de manera consciente- siempre intentará el control del Poder. Sin embargo para que ello ocurra, el otro tienen que estar (en términos psíquicos) permeable a sucumbir al acto perverso.

De esta manera, y por lo general, la perversión se establece de manera permanente y sostenida, cuando ese “otro” no tiene suficientes elementos sanos que le permitirían estar consciente de que está sometido a un acto perverso. En el caso de una psique alterada o frágil, esta será la ideal para que el perverso puede concretar y complementar la dinámica de la perversión, en un círculo permanente y crónico. Sin embargo, si “el otro”, tiene como dijimos, las herramientas para descifrar el acto perverso y darse cuenta de la manipulación sobre sus necesidades genuinas, podrá romper y salirse del círculo de la perversión

En el caso de la Psique colectiva, siendo esta el resultado de otras determinaciones y estructuras dinámicas, aquel que pretende ejecutar la relación Perversión-Poder, debe articular su voluntad consciente y premeditada de conectar a esa “psique colectiva” con estados psíquicos perturbadores como la angustia, la desesperanza, la sensación de impotencia, etc., haciéndola entonces más vulnerable. Esto además se logra generalmente a partir de la manipulación, la mentira, la impostación, la distorsión de la realidad (tanto la actual como la pasada)  y el engaño. Es por ello tal vez, que la utilización de los medios y la publicidad (léase propaganda) es una de las herramientas más usadas para estos actos perversos que impactan a la psique colectiva

Para que este mecanismo de perversión-poder pueda mantenerse de manera permanente en la psique colectiva, todos los integrantes de ese cuerpo social, deberían ser permeables a creer ciegamente en los argumentos de la manipulación, a no percibir el uso perverso del poder y por ende a sucumbir a esa relación tan destructiva y alienante. Pero tal y como lo demuestra la historia del poder (sobre todo del poder político) es imposible que todos los segmentos de una sociedad entren o se dejen meter en ese círculo que yo llamaría por extensión el círculo de la “neurosis colectiva”, estableciendo así la variable para que el ejercicio del poder pueda mantenerse indefinidamente. Creo por ello que la democracia dentro de sus limitaciones y su carácter perfectible, permite en todo caso esos mecanismos de revisión, purificación y alternancia de quienes detentan el poder, y es por ello que las sociedades más avanzadas cuidan y regulan de manera estricta los mecanismos que permiten ejercer de manera institucional lo que se llama “el control del poder”: es decir, separación de poderes y control social de la gestión de los gobernantes.

Creo que los venezolanos de esta generación no hemos sido los únicos en sufrir los aspectos perversos que el ejercicio del poder determina en estas dinámicas. Es evidente que los estamentos que componen nuestra sociedad han resistido (ahora y siempre) las consecuencias de estas determinaciones, y sin duda alguna, los venezolanos tenemos como colectivo, las herramientas suficientes para conjurar y romper los círculos perversos y modular dicho ejercicio en términos del “ejercicio sano del poder”. Confirmando la historia del poder y su imposibilidad de perversión permanente y sostenida, podemos decir además que No toda la sociedad venezolana está ciega y dispuesta a constituirse alrededor esa “Neurosis Colectiva” indispensable para eternizar las perversiones que el poder genera en ella. Antes por el contrario, es igualmente evidente que las distintas instituciones civiles y sociales (universidades, colegios profesionales, medios de comunicación, el empresariado, los sindicatos, La iglesia, etc.) han permanecido y se mantienen funcionando en la sociedad venezolana, incluso, ganando terreno en la interacción con los detentadores del poder.

Considero igualmente que la sociedad venezolana a pesar de sus diferencias y contradicciones, ha venido respondiendo a los momentos más críticos (y en especial en la etapa terminal de este proceso perverso) amalgámadose cada vez más en torno a un fin común e idóneo como lo es la modulación del poder a través de los votos. Hemos demostrado que los venezolanos estamos empezando a desmontar la trampa perversa. Tal vez lo que nos falta es dar el paso hacia ese tercer estadio resolutorio, que siempre ha liberado y salvado a las sociedades de la perversión del poder: el logro de una conciencia colectiva. Bien lo dijo Abraham Lincoln cuando estableció esa otra ecuación (esta vez infalible) que decreta la prevalencia de las sociedades sobre la figura efímera de aquellos que pretenden detentar el poder de manera absoluta: “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo…se puede engañar a algunos todo el tiempo…pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.



Edgar Vidaurre . enero 2017

sábado, 14 de enero de 2017

Diario de un piano abierto - noche del 13 de enero 2017


-
La nostalgia por el olor de los nardos, ha hecho que esta noche busque las cadencias de los preludios de Sergei Rachmaninoff, en especial los Op. 32. En estas joyas, lo que brilla es la tristeza de las noches estivales, o las fases de la luna reflejadas sobre las aguas (no sabemos si sobre las del lago Svetloyar en el sur de la ciudad de Semionov donde se refleja también la cúpula de la Iglesia de San Nikolas, o su devenir en las del lago Vista en California, cerca de las montañas de Santa Mónica) brillo que se difumina y vuelve a resurgir en la multiplicidad temporo-espacial de sus ondas... pero siempre la misma tristeza y la misma luna, aunque ambas brillen en ciclos, manifestando el vínculo dinámico entre la más plena oscuridad y esa otra luz que hace crecer o bajar las aguas y el alma.
Lo que sí es seguro es que el origen de estas cadencias está en la primera juventud del conmovedor músico ruso (cuya vida existencial ocurre entre Semionov y California) y la música con la que resonaba su alma por ese entonces. Es de ahí que surge la efusiva - y famosísima - Pieza de Fantasía Op. 3 No 2 en do sostenido menor, ahora revestida con la piel dorada que le otorga la madurez de los frutos, etapa esta, plena y serena de donde advendría el concierto para piano No 3 y los preludios Op. 32. A partir de ahí, toda la producción de esos ciclos tendrá determinaciones claramente impresionistas. Esta serie de preludios contrastan a su vez con sus atmósferas entre cada pieza y a su vez con las transformaciones y las progresiones que se logran dentro de cada una de ellas individualmente.
Este contraste progresivo que las anima se aprecia sobre todo y por ejemplo en la sencillez y la esencialidad de los preludios 6, 8 y 11 que complementan y contrastan la fuerza apasionada y casi incontenible del tercero y del cuarto. Ya dentro de una misma pieza, podemos escuchar en el primer preludio contrastes anímicos de una belleza indescriptible. Allí, el apenas audible y melancólico susurro del pos-ludio, cierra de manera inesperada la tormentosa cadencia con la que arranca.
He escogido de manera especial para llenar la ausencia del perfume de los nardos, el preludio décimo de la serie, escrito en la tonalidad de si bemol menor. Su imagen empieza con una muy introspectiva y sensible cantinela en donde las cesuras ternarias y binarias se funden dejando entre los espacios de lamento sonoro, un silencio que suspende y transforma el dolor en una oscura belleza que se va conformando de forma descendente. Esa cantinela evoca, como dije, la elipsis transformadora de una tristeza antigua y a la vez reciente (que paralelamente nos va transformando también de manera descendente). Es en su parte central donde termina el descenso, transfigurándose desde allí en una efusión épica y romántica “in Crescendo” - contrariamente en una progresión ascendente. Luego de esta progresión hay un retorno y un sumergirse esta vez de manera definitiva en la hondura de las aguas o de la tristeza.

Cierro con este sentir: al asomarme ahora a la ventana, acabo de ver la luna ya empezando a decrecer después de su plenitud, pensando con nostalgia que no hay un lago como el Svetloyar o el Vista que pueda reflejar su pálida luz...pero ahí, justo en el medio de esa nostalgia, acabo de darme cuenta que esa luz está extendida en el borde donde a su vez se extiende interminable el lago sosegado de mi propia tristeza.


viernes, 9 de diciembre de 2016

Ese canto resonante. Poética del cuerpo en Hanni Ossott



Somos sólo un cuerpo, una carne, unos ojos
                                                                                                            Y esa infinita capacidad de sentir

Hanni Ossott



Para hablar de Hanni Ossott (1946-2003), poeta, ensayista y traductora de otros grandes como Rilke, Dickinson y Lawrence, debo acceder a un espacio sagrado y por lo tanto al misterio de su poesía singularísima. Entrar en su casa de puntillas y en silencio, adentrarme en esta gran poeta quien es en sí misma un acontecimiento  celestial y telúrico. Esperar su advenimiento requiere  cierta reverencia y perplejidad.
En una primera y necesaria visión, se me aparece Hanni como una poeta que habla desde el cuerpo, no porque halle en él un asidero desde el cual encontrar la palabra, sino porque el cuerpo es para ella el lugar de acceso directo al acontecimiento poético, y aún más, es el cuerpo el propio acontecimiento, lugar donde se pierden los pronombres, donde no habla uno sino que se habla desde el Se. Desde el cuerpo, Hanni construye la palabra poética, la construye esperándola, y uno siente que lo hace con la certeza del que espera un fenómeno natural, aceptando que, como tal, tiene su propio ritmo y cadencia, su pálpito, su pausa, su sístole y su diástole, sus estaciones, sus entuertos, sus magnificencias.
En su libro Memoria en ausencia de imagen  Memoria del cuerpo (Fundarte, 1979)  hallamos los trazos de esta poética carnal y atenta que encontramos continuamente en su obra. La poeta expone esa cualidad contradictoria y ambigua del cuerpo, lugar que habla, desde el que se habla y que siempre acaece más allá del habla, que por un lado se resiste a ser dominado por el lenguaje y por lo tanto se declara en pugna contra los códigos verbales, pues el cuerpo es siempre lo que excede la nomenclatura, el lugar de lo real no alcanzado  por la palabra, sin embargo, y permanentemente, lucha por develarse,  derrumba muros y avanza impune contra todo lenguaje, y en consecuencia el cuerpo en su devenir se constituye en el generador de la palabra, es ella su excrecencia con la cual el cuerpo intenta aliviar la herida esencial, herida que reside precisamente en él: nuestro ser para la muerte, para el dolor, para la impermanencia. Allí donde el cuerpo se sabe limitado busca lo ilimitado, allí donde se topa con lo inefable, busca la palabra que lo enuncie intentando, bajo el subterfugio del lenguaje, aplacar el horror a la vez que mostrarlo.  Y donde el cuerpo aparece,  aparece la naturaleza, lo indomable, lo desmesurado, lo vasto, el cuerpo reencuentra su espacio a través de la obra, y a su vez halla su cárcel y su límite:

Pero me contorsiono
y profiero
sólo yo puedo hacerlo
desde lo que me cerca y me abre

El cuerpo pendula en esa paradoja a la cual va atada la poesía: cuerpo que es naturaleza implica el desaprender a hablar y salir en la búsqueda del movimiento primordial, la danza, el éxtasis, lo dionisíaco, el lenguaje discontinuo y espasmódico.  Pero el cuerpo está ubicado más allá de toda habla y para Hanni la poesía da cuenta de ese excedente que no puede ser pronunciado, sino mas bien sentido en el espasmo, el dolor o el grito. En este sentido, comulga con Rilke cuando dice que el poeta es el receptor de lo excesivo de la existencia, aquello que no está atravesado por el lenguaje.
Por  ello Hanni Ossott se refiere a las hablas rotas, palabras costras que vienen del cuerpo, palabra hervor, espasmo, pulso, latido, contorsión, en oposición al habla elusiva, la que evita, disimula lo esencial y aspira a dominar lo imdominable. Dice: por la poesía somos devueltos a la memoria del cuerpo, y esa memoria es la del desvarío y sobre todo memoria de la herida primordial que nos ubica en la mortalidad, habitantes de la tierra de los atardeceres y la Noche, proclives a la desmesura y al delirio.
Y en la historia de Hanni aparece tempranamente una pérdida, muere su madre cuando la poeta apenas contaba tres años, y la ausencia de ese cuerpo que fue su casa inicial, la impulsa  a buscarlo en el propio cuerpo, en la casa, en los referentes externos, en aquel campanario al que hacía alusión Proust, en todo aquello del afuera que nos da contención y sentido. Sin embargo, el cuerpo que respira siempre la herida del abismo, momentáneamente encuentra el traje, la mirada, configura un lenguaje, una palabra que intenta definir el cuerpo ausente, pero al final vuelve el horror, la imposibilidad:

¿De qué hablaré hoy?
¿de su rostro?
¿su traje?
¿de sus ojos?
(…)
Ella 
era bella.
Y de ella aprendí este horror.

El intento de construir códigos y murallas contra el desasosiego y la ausencia de dioses que contengan nuestra mortalidad, que conviertan nuestra vida en proyectos, nunca es completo ni eficaz, por ello se hacen fisuras a través de las cuales emerge la poesía, el arte. La obra de arte es la voz de la fisura. Otra vez la paradoja: la palabra es muro y contención y no obstante, sólo a través de la poesía la palabra deja salir la herrumbre del ser, su finitud. La palabra muestra a la par que esconde la herida. Pero el cuerpo generador de la palabra es un cuerpo zanjado, abierto, roto, en combate.

Hay una mordida profunda
incisiva
en el centro de mi sexo
por la cual yo me erijo como yo misma
y soy ,
y poseo y dono.
Regalo mi cuerpo y mi ansia.

La poesía de Hanni  es discontinua como el cuerpo, alejada de la continuidad del discurso está llena de temblores, hendiduras, paisajes inconclusos…fracturas, retazos…el habla rota reminiscencia del propio Dionisos despedazado, dios del cuerpo, la naturaleza y la embriaguez creadora.

Ese canto resonante
de Cuerpo
esa expectoración primera
inicialmente contenida
bufido o eructo desarticulado

Ese pujar vocal

Estertor físico del soy que se busca
(…)

rasgadura de garganta
ruido
pobladura de lo vasto

Como señala el poeta español Antonio Rodríguez Esteban, Hanni Ossott crea en su poesía una brecha donde morar, donde de-morar-se. En tal sentido, su palabra es entonces la casa del Ser, tal como lo afirmara Heidegger.
Hanni Ossott es una poeta mayor amenazada de olvido, como tantas otras grandes poetas nuestras. Invoco entonces su presencia con el temblor de su palabra rota, con el delirio corpóreo de su poesía, con su anhelo de hallar lo inefable en el pulso de la vida, testimoniar lo esencial y lo propiamente humano. 
En estos tiempos aciagos, Hanni respondería con la abundancia de su cuerpo-palabra- “erguido el canto de regreso al soy” - a la interpelación de Hölderlin: “Ni sé qué faltan hagan los poetas en tiempos de miseria” 

Si se pudiera, si se pudiera escribir
                             el poema innumerable
                             el único, el entero
                             tenso, vibrante
el atravesado por la gravedad y la divinidad
                             el zanjado por el horror.

Ese poema innumerable, sin duda, lo escribiría Hanni Ossott.

Ana María Hurtado
Septiembre, 2016

domingo, 16 de octubre de 2016

Soplando en el viento...


Soplando en el viento...
El polémico premio Nobel que le ha sido otorgado al músico-poeta Bob Dylan, (el Dylan se lo agrega como un homenaje al gran poeta Dylan Thomas) me hace rememorar la historia del premio Nobel que le fuera concedido al también músico-poeta Rabindranath Tagore. Y digo el también músico-poeta, pues por las traducciones a todos los idiomas conocidos a raíz del premio, este trovador hindú, es más conocido por su obra poética estrictamente escrita, que por sus innumerables canciones en Bengalí, las cuales superan diez veces en abundancia a su obra literaria.
Estas canciones que por su abundancia han sido muy difícil recopilar y que dieron lugar a un nuevo género de música bengalí conocido popularmente como Rabindrasangeet, fueron además recogidas por la crítica, la academia y el mundo cultural hindú con fuertes y marcadas polémicas, pues muchas de ellas estaban basadas o eran compendios y recopilaciones de las llamadas “Canciones de los Beoles” (Los Beoles de Bengala son una secta de religiosos mendigos, ignorantes y libres, cuyos cantos ama y canta el pueblo. El sentido literal de la palabra “Beol” es “Loco”). Por ello, fueron consideradas por el mundo cultural de Calcuta como un desafío a las severas y cerradas formas clásicas de la tradición académica y religiosa de la India.
La polémica además en el caso de Tagore, tenía el añadido de que era un perfecto desconocido en occidente y el primer laureado no europeo en un premio que ya tenía para ése entonces trece entregas consecutivas. Ello fue posible gracias a la generosidad y al asombro que sus dos pequeños libros (traducidos por el mismo) provocaron en el pintor británico William Rothenstein y en el poeta irlandés W.B. Yeats, quién a pesar de ser candidato y posible merecedor del premio (lo ganaría diez años después) trabajo desinteresadamente junto con el gran poeta norteamericano Ezra Pound, en el patrocinio del desconocido trovador hindú.
En el pequeño artículo que Ezra Pound escribe como reseña a seis pequeños poemas de “Ofrenda Lírica” en la prestigiosa revista norteamericana “Poetry”, este afirmaba conmovido como esta lírica limpia y humilde, retomaba los orígenes de la verdadera poesía, de la poesía con letra acompañada y en fusión con la música, de la poesía cantada, de la antigua poesía egipcia que recogía los cantos de siembra y de siega los “cantos de maneros” de Osiris o del grano cortado por la hoz del segador al compás de la percusión, las sonajas, el Sistro o el susurro de las cañas, el arpa y la lira. De los rapsodas griegos y de su lírica (se llamaba lírica pues los rapsodas acompañaban sus cantos con la lira, instrumento musical que aportó Hermes a la belleza y al arte).
En el caso de Bob Dylan, más que un acto de audacia, un rompimiento de reglas académicas o una renovación de criterios de la academia Sueca (y habiendo pasado ya más de cien años de ese primer y polémico premio Nobel a Tagore), se hace aún más evidente la intensión de volver la mirada a las fuentes, del retorno a los orígenes de la poesía y de la lírica como género literario en fusión única e inseparable con la música, en donde se retoma con fuerza y además con contundencia, no solo las tradiciones de la poesía cantada de los antiguos egipcios o de los rapsodas griegos, (diría incluso que en resonancia y continuidad a esa expresión oral y cantada que recoge el corpus más extraordinario de poemas cantados conocidos, esos poemas en forma de salmos que el joven y adolescente pastor David le cantara acompañado por la lira al Rey Saúl), sino en la reiteración que la verdadera esencia del género lírico mantuvo y sigue manteniendo en el tiempo a través de esa eclosión de los llamados trovadores y juglares medievales, quienes sin duda alguna, a través de sus canciones y su literatura de contenido amoroso, social y político constituyeron las bases de toda la poesía occidental hasta bien adentrado incluso el siglo XX, donde los cancioneros populares así como los de alta poesía como el “Cancionero gitano” de Federico García Lorca, o el caso del poeta catalán Josep Vicenç Foix (1893-1987) cuya obra solo se puede entender bajo la poética de los escritores populares de la trova de los siglos XII y XIII que se cantaban por los pueblos de Cataluña.
Recordar y escuchar hoy día la poesía cantada de esos extraordinarios trovadores franceses como Pierre Riffard, Marroux, Roubaud y Moret, a los místicos trovadores cátaros Pierre Rogier de Mirepoix, Bernard Mir y Guilhem de Dulfort, pero sobre todo al gran Chrétien de Troyes, es como dije acceder a las fuentes más claras de toda la poesía occidental que fuera escrita en adelante. Pero sin lugar a dudas, los ejemplos de trovadores que al tiempo fueron poetas y literatos de lírica estrictamente escrita en la nueva lengua italiana, lo constituyen los llamados los poetas del «stil nuovo», pues hay que recordar y tener en claro que tanto el gran Dante como el maravilloso Cavalcanti, mantuvieron viva la tradición oral y cantada (en el aspecto esoterista) de la obra trovadoresca. Sin pretender hacer muy larga la lista, no podemos dejar de evocar como grandes trovadores a Guillermo de Poitiers, al Papa Clemente IV, al rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León (que antes de presidir la corte inglesa fue duque de Aquitania y conde de Poitiers), a Pedro el Grande, a Federico III de Sicilia y al humilde Marcabrú, que empezó como juglar para terminar siendo uno de los trovadores más extraordinarios de su época.
Caso muy especial y extraordinario y que puede servir como puente de unión entre la gran poesía contemporánea considerada desde el punto de vista estrictamente literario y escrito y las expresiones musicales que han devenido en música popular universal como el Jazz, el folk, el góspel, el spiritual, pero sobre todo el Blues, lo constituye el poemario “Blues Castellano” del gran poeta español Antonio Gamoneda, en donde éste crea y recrea la auténtica atmósfera del blues como género musical, pero también como género literario-poético. Dicho por él mismo, la poesía es ritmo, hay un ritmo y una cesura rítmica inseparable del poema que además lo vincula y la ata al fenómeno sonoro-musical de manera determinante como los latidos del corazón:


Por la escalera sube una mujer

con un caldero lleno de penas.
Por la escalera sube la mujer
con el caldero de las penas.
Encontré a una mujer en la escalera
y ella bajó sus ojos ante mí.
Encontré la mujer con el caldero.
Ya nunca tendré paz en la escalera

En el caso del hoy premiado con el Nobel 2016, el (indiscutible poeta-músico o músico-poeta, en el orden que queramos ponerlo) trovador Bob Dylan, no solo se manifiesta de manera sostenida, perseverante y contundente una obra de creación que reafirma la unión de la música con el fenómeno poético llamado poema en un solo evento, en un solo soplo de arte, sino la vuelta y retorno del verdadero origen de la poesía como género literario en todo su contexto.
Esta trova, como decíamos, no solo recoge la tradición antigua e inmemorial de la poesía cantada por los segadores egipcios en la siega y la salida del sol, o de los rapsodas griegos o de la trova medieval, sino que además recoge la fusión extraordinaria del blues y del folk como expresiones que mezclan y enriquecen los cantos de los campesinos y segadores irlandeses con los cantos africanos en una expresión poética de dimensiones infinitamente bellas desde el punto de vista estético y de contenido abarcante desde el punto de vista humano y su diálogo con el mundo natural de las estaciones cósmicas y terrestre con la fases emocionales del alma de los hombres y mujeres que viven y aman a las orillas de los grandes ríos del norte.
A razón de estas mágicas y maravillosas fusiones y sobre la poesía cantada, el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor escribió: «La poesía llega a su completa expresión cuando se convierte en canto: en palabra y en música simultáneamente. Ya es tiempo de detener la decadencia poética del mundo moderno. La poesía debe reencontrar sus orígenes, debe llegar a los tiempos en que fue cantada y bailada. Como en Grecia, en Israel y, sobre todo, en el Egipto de los faraones. Y como todavía hoy en África negra».
En el extraordinario libro mágico y surrealista “Tarántula”, Dylan hace un recorrido en prosa poética, (aún hoy en día de difícil comprensión) de la vivencia anímica que constituye la melancólica y cruda cadencia de esta especialísima trova. Posteriormente en sus Crónicas I, aparte del despliegue literario en el que narra sus vivencias existenciales y anímicas, realiza y acomete el que sin duda alguna es el más completo recorrido del cancionero norteamericano en sus expresiones más sugerentes como lo son el Blues y el Folk, alcanzando por su esfuerzo una categoría universal como expresión artística.
Si unimos a todo ello, el sonoro ·"Delta ribereño" de sus propias y sentidas baladas, que aún siguen fluyendo de manera abundante e incesante (como la propia tristeza humana), sería más fácil (para algunos) entender por qué no solo la Academia Sueca lo ha distinguido con el premio Nobel de literatura, (reconociendo en él a todo ese océano de poesía infinita y perenne que conforma la trova o la poesía cantada), sino el por qué le han venido concediendo en el tiempo otros premios tan importantes como el “Premio Príncipe de Asturias de las Artes” Los doctorados Honoris Causa en las universidades de Princeton en New Jersey, de Saint Andrews de Escocia, la gran Orden de Caballero que otorga la república francesa Commandeur des Arts et des Lettres, Miembro honorífico de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, el Premio Pulitzer 2008, así como innumerables premios Grammy y el premio de la Academia de artes escénicas o premio Oscar 2000 por la mejor canción y el Globo de oro 2001, entre otros reconocimientos.
Pero más allá de cualquier premio, polémica o discusión, la poesía cantada ya estaba en el viento mucho antes de que existieran los papiros egipcios o griegos o en los cancioneros medievales. Yo siento y creo que aún sigue allí...soplando en el viento.

domingo, 7 de agosto de 2016

La rosa alquímica...o la "Quinta Esencia del Amor"

.
"Esa mujer en el umbral… entre la tierra y el agua, entre la tierra y el cielo, con los brazos extendidos en el viento, en el centro del fuego, del laberinto, emergiendo de la oscuridad… esa mujer que hace que entiendas que el paraíso tiene la forma de una rosa…"

El Dante nos habla de ese descenso-ascenso que nos lleva de manera vivencial al centro de la rosa. Ese doble camino que debemos recorrer de ida y vuelta. Y es que empezando a caminar esta senda dorada, que me lleva con su cadencia infinita a vislumbrar la tremenda belleza de las desembocaduras, ese vislumbrar el Delta que me espera al final del recorrido, ha convertido mi mirada en una absoluta certeza. Ver la imagen de esa rosa que se parece tanto al paraíso. Y es que el amor es un ascenso y un descenso en total correspondencia, la línea dramática de su vivencia nos habla de eso invisible que rige y vincula los ciclos del sol, los ciclos de la luna, los ciclos de las aguas, la confluencia entre el cielo y la tierra: la lluvia, en lo terreno hasta convertirnos barro, en fuego…en viento. 

La expresión visible del amor también se manifiesta a través de los elementos vitales y constitutivos (fuego, tierra, agua y aire) quienes a su vez se encuentran sometidos a las fuerzas transformadoras y dinámicas que mueven el mundo: el nacimiento y la muerte, la generación y la corrupción, la luz y la sombra. Según el poeta-filósofo Empédocles, serán el amor y el odio quienes integren o fragmente el mundo y por consiguiente al propio hombre.

Más adelante Aristóteles añadió el quinto elemento, o lo que él llamó La Quintaesencia, razonando que el fuego, la tierra, el agua y el aire eran terrenales y corruptibles, y ya que no había ocurrido nada así en terrenos celestiales, las estrellas no podían estar hechas de ninguno de estos elementos, sino de uno diferente, incambiable; una substancia celestial, el Ser, el Eter, lo invisible…

Dat rosa mel apibus (la rosa da su miel a las abejas). Este secreto radiante que guardaba en el aire el sabio Robert Fludd, me fue susurrado en el oído izquierdo a través del zumbido de una abeja de pestañas rubias, ojos semi-cerrados y melancólico vuelo, en el momento justo donde mi vida (en este presente lleno de plenitudes) se vincula cada vez más con la rosa y con la miel. Mi alma es una colmena dorada que entiende ese milagro de la flor receptiva que permite la entrada de la abeja, hasta llegar a su propio corazón. Pero para ello tuvo que ocurrir este tremendo naufragio, este despojarse, para acometer desnudo esta crónica dorada, como una especie de clave para entender de que se trata este regreso a los inicios…un hombre llegando al fondo del centro en donde están todavía vibrando las preguntas que él y sólo él debe responder en un acto de íntima alquimia espiritual.

Así como la materia creada se manifiesta y se transforma desde lo sólido, a lo líquido, a lo candente para llegar a la levedad casi inmaterial del viento, así nuestra vida en su recorrido, transfigura nuestra alma en un giro elíptico que nos lleva desde la más profunda y severa gravedad de la piedra, hasta (como la llamaba Milan Kundera) la insoportable levedad del ser. 

En estas crónicas elementales del amor, su verdad se me fue revelando a través de las aguas, del fuego, del aire y de la tierra. Pero debo admitir que es en el vuelo y los aromas donde el amor más se acerca y se asemeja a lo invisible a la Quintaesencia, al espíritu entérico del universo. Pero solo llegaremos allí, si atravesamos la aspereza de la piedra, después de purificarnos en agua y fuego. Ese recorrido vital que nos lleva desde las sombras a la luz, desde la materia al espíritu, es un recorrido lleno de contrastes. Y es precisamente ese contraste entre la luz y la sombra, entre la vida y la muerte lo que nos hace en el punto atardecido de nuestras vidas, entender la realidad vivida, el sentido de su tránsito, de la memoria, para regresar a nuestra ánima perdida: el hombre iluminado por las sombras.

El amor siempre ha llegado con las lluvias me decía la madre de mi madre. Es allí, en ese descenso del cielo donde se actualiza la inminencia del milagro de la flor. Su polinización, su cualidad de entrega a lo alado, el éxtasis que se conforma con la unión de la corola abierta y el libar de las abejas. No por casualidad en este momento de mi vida estoy deviniendo en pastor de abejas, en un hombre colmenero, en un hombre con el alma colmenera. Y ha sido en ese punto exacto (donde se hace dulce la verdad), que una mujer envolvente, abarcante y secreta me abre la imagen verdadera de la rosa, la que me revela que es ella quien le otorga su miel a la abeja: Dat rosa mel apibus.

Esa secreta mujer me ha dado la llave, la clave que resuena en la confluencia de lo que miran mis ojos maduros con esa transformación que no se puede ver ni describir, la imagen del centro de mi íntima alquimia espiritual. Ella repite para mí el secreto: “Ser abejas de lo invisible y libar trémulamente la miel de lo visible en la gran colmena de oro de lo invisible”. Pero con seguridad, lo más maravilloso de esta revelación, de esta evocación que ella trae a la mirada: la rosa alquímica del sabio Robert Fludd, es que ella misma es la flor que debo libar para sacar miel…

Edgar Vidaurre

viernes, 3 de junio de 2016

María Theresia Von Paradis... la fuerza de lo invisible o la imagen de la belleza


-
En estas noches, bajo la cadencia de la "Sicilienne" para piano y violín de la dulce María Theresia Von Paradis, reviví mi ya antigua reverencia y mi fervor por esta mujer-música-ciega. Su conmovedora historia se mezcla con la de uno de los más interesantes precursores del psicoanálisis como método para la restauración la armonía entre el cuerpo y la psique del ser humano; el médico vienés Franz Anton Mesmer. 

María Theresia había quedado ciega desde los cuatro años de manera repentina. Según las crónicas ocultas de la época, la niña había visto como su padre, un notable barón de la corte austríaca, violaba a una de las muchachas que servía en la casa, siendo probablemente este trauma, la causa de la ceguera. María Theresía, crece bajo la tutela de su tocaya, la emperatriz María Teresa de Austria quien se convierte en su protectora. Su sensibilidad la hace derivar hacia la música, recibiendo una sólida formación como pianista con el maestro holandés Ricter, así como de canto, órgano, contrapunto y composición. Pero tal vez su maestro musical y espiritual más importante fue el abate Vogler, quien descubre su enorme mundo emocional, llevando este potencial al máximo desarrollo artístico. Su encuentro con Mozart es memorable. Este declara que ella y sólo ella es capaz de resonar con la música de las esferas dedicándole entre otros su concierto para piano No 18.

El cruce de vidas entre María Theresia y el médico Anton Mesmer es extremadamente interesante, mirífico y revelador desde lo humano, artístico y médico. Durante buena parte de su niñez y adolescencia María Theresia fue sometida a los tratamientos del médico Stoerk, oculista oficial de la corte para curar su ceguera. Ella misma se entera de manera muy curiosa de la existencia del Anton Mesmer cuya fama se había extendido desde el año 1773 cuando con unas barras de hierro imantadas, curó milagrosamente al profesor Osterwald presidente de la Academia de las Ciencias de Munich de una parálisis crónica y lo hace llamar a la corte.  

Mesmer, considerado el padre de la hipnosis, recogía los precedentes del antiguo Egipto en la tradición del “templo de los sueños” y que Paracelso ya conocía. En su extraordinario libro De planetarum influxu in corpus humanum, (la influencia de los planetas en el cuerpo humano) establece la teoría del magnetismo en general y del magnetismo animal como expresión de las determinaciones que provocaban las fuerzas del magnetismo en los seres vivos. Esta especie de “Astrología” médica con fines curativos, despertó el interés de Maximiliano Hell, constructor y director del Observatorio astronómico de Viena, quien sugiere a Mesmer que profundice aún más en el fenómeno del magnetismo y sus efectos terapéuticos pues este “contienen y representa la fuerza de la gravitación en el universo”.

Las pocas sesiones que se dieron entre Mesmer y María Theresia fueron impactantes para ambos. Mesmer quien ya utilizaba música y atmósferas lumínicas en sus terapias, quedó profundamente impresionado por la música de la muchacha ciega, al tanto que ella quedaría a su vez muy conmovida con la vivencia casi mágica y milagrosa. En apenas siete sesiones con los imanes, efectos sonoros y lumínicos como ondas vibratorias emitidas por campanas y coro de voces de niños, ella recupera totalmente la vista, efecto que dura el tiempo en el que Mesmer se mantiene en Viena.

El médico de la corte, Stoerk, celoso de la fama y de la notoriedad que lograra Mesmer (seguramente también por la propia relación entre este y María Theresia), comienza de manera muy intensa, una campaña en la corte bajo las acusaciones de brujería y magia negra, que culminaría de manera trágica y terrible.

Mesmer y María Theresia se enamoran durante la terapia y el milagro de la recuperación de la vista ahonda el vínculo entre ambos. Stoerk, que descubre el hecho, previene al padre de María Theresia. La intriga deviene en un duelo a espadas entre el padre y Mesmer cuyo impacto deja nuevamente ciega a la muchacha y esta vez para siempre.

Mesmer tiene que abandonar Viena y María Theresia, se resigna al hecho. Es sin embargo notable como en sus diarios, describe su ceguera como el cerrar nuevamente los ojos, pero esta vez para contener toda le belleza. Ella guardará en lo más interno de sí, la presencia viva, sanadora y contenedora de Mesmer, y al decir de la misma María, “su imagen me plena, me soporta, me mantiene viva… nada más merece la pena ser visto. Solo es esencial esta fuerza invisible que me traspasa y que me toca el corazón, mi mente y mi alma.”


Edgar Vidaurre