Stella Maris: crónica anímica de un retorno
Stella Maris: crónica anímica de un retorno
El monte y la herida
Hoy, 16 de julio 2026, se celebra el día de la Virgen del Carmen. La
elipsis de tiempo emocional o tiempo del alma reciente que va desde marzo de
este mismo año a la fecha —pasando por un viaje a la casa de Virgen María en
Éfeso, las vivencias carmelitanas que me han otorgado las obras dramáticas
cuyo montaje realizó y realiza la directora de teatro Virginia Aponte, pasando
por el terremoto del 24 de junio pasado y terminando hoy, día del Carmen—; representa
para mí, un viaje odiseico, un nostos que rige mi regreso a la esencia,
atravesando así el mar de la exitencia. Este nostos seguramente empezó mucho antes de la elipsis
señalada, trazado el mapa abarcante y amplio de ese
recorrido o, como yo he venido llamado: una cartografía del alma. Movido por un viento intenso, escribo así esta crónica que, aunque sentida y personal, contradictoriamente me
saca de mí mismo y me expande hacia algo más trascendente. No es casualidad que
por ello justamente hoy he terminado de escribir un poemario llamado: “Tejiendo
el ánima”, que prefigura una individuación o regreso con cuatro estaciones de
viaje y 49 cartas que al modo del tarot van describiendo este proceso del alma. A su vez, entiendo de una manera más luminosa y consciente, a ese también joven pianista u Orfeo herido que fui y que guardó un largo luto en el fondo de su propio Hades secreto, mientras se entregaba a la despiada luz del día con una coraza en el pecho que ocultaba
en las sombras, el ánima muerta…ahogada en el lago —o más bien mar— de mi
propia tristeza.
Hay en esas cartas, en esa cartografía y en esa geografía secreta que
precede a toda geografía real, un símbolo que vuelve a aparecer en mi vida, cuando esta
no se estanca, no se esconde, oculta o se repliega, sino que se dinamiza con el
movimiento de la travesía y la llegada a ese jardín perdido y anhelado: la del
monte que se eleva justo donde el mar se vuelve insoportable. Carmelo —jardín
de Dios, viña fecunda— no es solamente el lugar donde Elías escuchó el silencio
delicado después del fuego y el terremoto. Es también, para quien ha vivido lo
suficiente como para volver sobre sus propios pasos, la imagen exacta de
aquello que se yergue después de la ruptura: el promontorio que el navegante
busca cuando el oleaje ya lo ha desarmado.
Pienso en la herida de mi cadera que rehízo mi manera de
caminar sobre la tierra. El Rey Pescador no elige su herida —nadie elige la
suya— pero sí elige, con los años, qué hacer con la claudicación que le queda. El
paso alterado no es un déficit que deba velar: es la marca que me vuelve
reconocible, como a Odiseo lo reconoce Euriclea por la cicatriz en el muslo
mientras le lava los pies, veinte años después de Troya, como lo expresé en una
página del Diario de un piano abierto llamada “La herida de Ulises”. El cuerpo
guarda la crónica que la mente prefiere olvidar. Y, sin embargo —aquí está el
misterio— es precisamente esa marca la que permite el reconocimiento, el
regreso a Ítaca, el que alguien más pueda decir: eres tú, has vuelto.
El escapulario como vaso alquímico
En la apaición de la Virgen del Carmen, San Simón Stock recibe el escapulario en 1251: dos piezas de tela unidas por
cintas, una que cae sobre el pecho, otra sobre la espalda. Envolvimiento total,
sin privilegiar el frente que se muestra sobre la espalda que no se ve. Es una
imagen que me parece decir algo preciso sobre mi propio itinerario: los años de
derecho y de negocios no fueron la espalda que hay que ocultar del poeta y pianista renacidos ahora; fueron la otra mitad del mismo paño, la que sostuvo el peso mientras la
vocación dormía su largo invierno.
Jung hubiera reconocido en el escapulario un vas bene clausum —el
recipiente cerrado que la alquimia exige para que la nigredo no se disperse en
el aire, para que el ennegrecimiento inicial pueda decantar, con el tiempo,
hacia el albedo. Yo mismo lo viví así: décadas de exilio de mi arpa o piano y de la palabra poética
—un exilio necesario, no un extravío— hasta que 1994 me devuelve al oficio. El
escapulario no impide la caída; la contiene. No evita el naufragio; asegura que
haya a quién reconocer cuando el cuerpo llegue, maltrecho pero vivo, a la
orilla.
Stella Maris: tres matrimonios y siete hijos
Se navega de noche guiándose por una estrella fija, no por el sol que todo
lo expone. María como Stella Maris no ilumina el mar —no lo vuelve seguro, no
calma la tormenta— simplemente permanece en su sitio mientras todo lo demás se
mueve. Es una función muy distinta de la heroica: no rescata, orienta.
Tres matrimonios y siete hijos podrían leerse, en clave profana, como tres intentos de anclar el ánima en una forma concreta, tres travesías distintas del mismo mar interior. Pero hay dos figuras que se acercan más a lo que el Carmen simboliza: María Tipo, transmitiéndome en Roma el Soneto 104 de Petrarca a través de Liszt. Ahí no hay posesión ni naufragio: hay magisterio, hay una mujer que orienta sin poseer, que señala el rumbo del fraseo sin caminar ella misma tus pasos. Esa es la función mariana en su forma más depurada: no la amada que se busca y a veces se pierde, sino la maestra-estrella que permanece fija mientras el discípulo recorre su propio mar. La lotra figura es la de la poeta Elizabeth Schön. Con ella, y citando la herida de Ulises en el Diario de un piano abierto: "El hito poético de mi retorno, lo signó en su momento la antigua madre llamada Elizabeth Schön, quien dentro de mi historia anímica asume un acto muy similar al de Euriclea- el aya de Ulises-. Cuando éste retorna a su Ítaca, ella lo reconoce por la cicatriz en el muslo izquierdo en el momento de lavarle los pies y quitarles el polvo del camino. En mi vivencia esta poeta de las aguas, a través de su presencia sanadora y purificadora, hace que el retorno a mi ánima (incluso diría que un retorno a mi verdadero cuerpo en términos de consciencia) quede conmovedoramente establecido. Es entonces, y a través de tal reconocimiento, que la cicatriz deviene en consciencia: el rostro límpido y diáfano de mi propia ánima… de la doncella que me habita y me anima."
El monte carmelita: la vida escondida
Lo que distingue al Carmen de otras advocaciones —Guadalupe con su
aparición fulgurante, Lourdes con su manantial curativo— es su origen en la
vida contemplativa, en el silencio prolongado de los primeros ermitaños. Siglos
después, esa misma orden produce a Juan de la Cruz, cartógrafo de la noche
oscura, y a Teresa de Ávila, arquitecta del castillo interior. No es
casualidad. El Carmen es la advocación de quienes entienden que la revelación
no siempre llega como relámpago: a veces llega como las cuarenta y nueve
estaciones de un ánima que se teje despacio, carta tras carta, en la paciencia
de quien ha aprendido —como Elías en la cueva— a distinguir la voz de Dios del
ruido del terremoto.
El terremoto venezolano de este año, que trajo el re-cuerdo de Sor María
Josefa de los Ángeles y su "Terremoto" colonial, encuentra aquí un
eco más: la tierra que tiembla afuera y el monte que, adentro, permanece. No es
indiferencia ante el desastre exterior —es la certeza de que hay un promontorio
en el ánima que ninguna sacudida telúrica alcanza a derribar, precisamente
porque ya fue construido con los escombros de derrumbes anteriores.
Coda: el regreso reconocido
Stella Maris no promete mares calmos. Promete que, cuando vuelva a tierra
—cojeando, con la cicatriz visible, con las tres cintas del escapulario
marcando el pecho y la espalda de mi historia— habrá alguien capaz de
reconocerme. No al Edgar intacto que zarpó, sino a este: el que regresa
sabiendo que el jardín de Dios, el Carmelo, no está en la ausencia de tormenta,
sino en el silencio delicado que se escucha justo después.


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