La Madre que Tiembla: Dos Terremotos, una Sola Herida y tres réplicas
La Madre que Tiembla: Dos Terremotos, una Sola
Herida y tres réplicas
Crónica anímica sobre el poema "Terremoto" de Sor María Josefa de
los Ángeles y el doble sismo de 2026
Escribo esta crónica personal y anímica en medio del doble terremoto que asoló a Caracas este 24 de julio 2026 y, cuya metáfora, se prefiguró también en mi alma: epicentro entre dos eventos conmovedores; los dramas: Diálogos de carmelitas (adaptación de la obra de George Bernanos) y Juan de la noche (adaptación de la obra de Alicia Alamo). Ambas vivencias me fueron otorgadas por la maravillosa mujer que es Virginia aponte y sus conmvedoras versiones para teatro. Hay una fecha que Venezuela repite sin proponérselo: el Jueves Santo. En 1812, la tierra se abrió bajo Caracas en la hora más sagrada del calendario cristiano —la conmemoración de un cuerpo roto por la salvación del mundo— y sepultó, en cambio, veinte mil cuerpos sin redención visible. Dentro de los muros del Convento de las Carmelitas, una monja que había elegido el silencio como forma de vida sintió el suelo moverse bajo su celda y decidió, contra la regla no escrita de la clausura, escribir. No un poema místico más, no una nueva variación sobre Teresa de Ávila, sino una crónica: el primer texto en la historia literaria venezolana donde una mujer abandona el lenguaje del alma que asciende hacia Dios para describir, en cambio, el cuerpo de la tierra que se resquebraja bajo los pies de los vivos. Esa monja se llamó Sor María Josefa de los Ángeles (María Josepha Damiana de los Ángeles y Paz Castillo). Si duda alguna y luego de muchas revisiones históricas y literarias, ella fue la primera escritora formal venezolana y, de la que solamente sobreviven dos poemas: Anhelo y Terremoto. Por esas sincronías y la ley inexorable de la casualidad, esta maravillosa mujer fue la tía abuela del gran poeta venezolano Fernando Paz Castillo, quien al evocarla a través de una figura tallada y pintada de esta manera: "Un medallón ovalado de caoba. En él aparecía su rostro suave. El cabello peinado en dos trenzas, a la manera española, derramaba un caudal de sombras sobre la frente pálida. En torno al cuello, una cinta de terciopelo, de la cual pendía una cruz de azabache que le llegaba a la mitad del pecho".
Aunque hablé de los dos eventos cuyo epicentro
del terremoto se han metaforizado y replicado en mi alma, toda esta vivencia me
precede y a la vez me penetra desde la aparición de El Monte Carmelo (cuyo
nombre proviene del hebreo Karmel, que significa "jardín" o
"viñedo de Dios") es mucho más que un accidente geográfico en Tierra
Santa. A lo largo de los siglos, se ha consolidado como un poderoso símbolo de
la vida mística, el encuentro con lo absoluto y la belleza interior. En la
tradición bíblica, el Carmelo es el escenario de la gran confrontación entre el
profeta Elías y los profetas de Baal (1 Reyes 18). Aquí, el monte adquiere sus
primeras capas simbólicas: Lugar del Fuego Divino que representa el triunfo de la
verdad y el fervor espiritual. El fuego que desciende del cielo sobre el altar
de Elías no solo consume el sacrificio, sino que purifica la fe y La Pequeña
Nube que tras años de sequía, hace que Elías suba a la cumbre a orar. Su criado ve surgir
del mar una nube "tan pequeña como la palma de la mano de un hombre",
que pronto desata una lluvia salvadora. Tradicionalmente, esta nube se ha
interpretado como un símbolo de la Gracia divina y, en la espiritualidad
mariana, como una prefiguración de la Virgen María, quien trae la vida al mundo
sediento. Su riqueza espiritual descansa sobre dos grandes pilares: la herencia
profética del Antiguo Testamento y la mística contemplativa de la tradición
carmelitana. Así pues, se manifiesta La Espiritualidad Carmelitana: El Desierto
y la Noche Interior. En el siglo XII, un grupo de ermitaños inspirados por la
figura de Elías se retiró al Carmelo para vivir en contemplación. De allí nació
la Orden de los Carmelitas, expandiendo la simbología del monte hacia el
espacio interior del alma. El Monte como Ascenso Espiritual: El monte es el
símbolo universal de la ascensión interior. Espiritualmente, subir al monte
exige un proceso de desapego, purificación y despojo. San Juan de la Cruz
inmortalizó esta idea en su obra Subida al Monte Carmelo, donde el objetivo de
la ascensión es la unión mítica con Dios en la cumbre. El Silencio del Jardín:
Aunque es un lugar de retiro, el Carmelo no es un desierto estéril, sino un
jardín. Esto simboliza que la ascesis (la disciplina espiritual) y el silencio
no tienen como fin el vacío por el vacío mismo, sino la floración de las virtudes
y la intimidad con lo sagrado.
Doscientos catorce años después, en junio de 2026, la tierra volvió a
temblar con una violencia que Venezuela no conocía desde hacía más de un siglo.
Un doblete sísmico —dos grandes rupturas casi gemelas, según la nomenclatura de
la sismología— devastó Caracas, La Guaira, Caraballeda, Miranda, y dejó miles
de muertos bajo escombros que los rescatistas removían con las manos. Ocurrió,
también, en fechas de conmemoración patria: la batalla de Carabobo, San Juan.
Como si la tierra venezolana insistiera en interrumpir los rituales del poder y
de la memoria oficial con su propio ritual, más antiguo, más indiferente a los
calendarios humanos.
No es casualidad poética que ambos terremotos caigan sobre fechas de
celebración colectiva. Es, quizás, la lógica misma de lo arquetípico: lo que ha
sido reprimido, negado o construido sobre un suelo simbólico endeble, regresa
precisamente en el momento de mayor exhibición de ese orden.
La Gran Madre que devora lo que engendra
Jung nos enseñó que la Gran Madre arquetípica tiene dos rostros
inseparables: la que nutre y la que devora, Terra Mater y Terra Devorans.
Ningún símbolo lo expresa con más crudeza que un terremoto. La tierra —el suelo
mismo sobre el que se erige toda civilización, toda casa, todo cuerpo
doméstico— deja de ser el fundamento pasivo que sostiene, y revela su
naturaleza de sujeto: se mueve, decide, traga.
Sor María Josefa, escribiendo desde el interior de un claustro dedicado
precisamente al culto de una feminidad domesticada y ascética, fue testigo de
ese giro terrible: la Madre Tierra dejando de ser metáfora de estabilidad para
convertirse en agente de caos. Su crónica —a diferencia de "Anhelo",
enteramente entregada al vocabulario de la unión mística— se aparta del
misticismo. Ya no describe el alma que anhela fundirse con lo divino; describe
cuerpos, derrumbes, el pánico concreto de una ciudad. Es, en cierto modo, el
momento en que lo Real —en el sentido más crudo— irrumpe y quiebra el lenguaje
simbólico-religioso que había sido, hasta entonces, su único idioma disponible.
El Terremoto (26 de marzo de 1812)
Esta obra es una joya tanto literaria como
histórica. Mezcla el sentimiento de la fragilidad humana ante el juicio divino
con una crónica vívida, en décimas, de lo que ocurrió aquella tarde de Jueves
Santo en Caracas.
I
En un punto, en un momento,
la gran Caracas cayó;
su hermosura se eclipsó,
su gala y su lucimiento.
Todo es pavor, todo es llanto,
todo es gemido y dolor,
al ver del Dios del amor
el brazo tan levantado,
que nos castiga enojado
por nuestro vicio y error.
II
Era el día de la Pasión,
Jueves Santo por la tarde,
cuando este suelo en un arde
sintió la gran conmoción.
Los templos, que religión
habían con pompa adornado,
en un punto se han quedado
en montones de ceniza,
y la muerte con su prisa
mil vidas se ha arrebatado.
III
Nuestra casa y habitación,
el claustro tan recogido,
se vio de pronto abatido
con la mayor confusión.
Las piedras en su unión
se despegaban violentas,
y entre ruinas cenicientas,
las vírgenes asustadas,
se veían precisadas
a salir desamparadas.
IV
A la huerta nos salimos
buscando algún resguardo,
mas el suelo, siempre tardo,
moverse otra vez sentimos.
Al gran Dios nos redujimos
pidiendo de alma perdón,
y en aquella confusión
vimos la gran caridad,
pues su divina piedad
nos dio la salvación.
V
¡Oh Caracas, ciudad bella,
cuán humillada te ves!
Postrada estás a los pies
de tu enemiga estrella.
Ya no eres la que en centella
de oro y plata relucía;
toda tu gran nombradía
en el polvo se ha deshecho,
quedando solo el despecho
de tu pasada alegría.
En 2026 esa misma irrupción de lo Real se repite sin necesidad de mediación
poética: los testimonios hablan de personas atrapadas en el "triángulo de
la vida", de familias buscando entre ruinas que parecen "zona de
guerra", de un aeropuerto —la puerta misma del país hacia el exterior—
colapsado. La Gran Madre no distingue entre 1812 y 2026: ambas veces reclama lo
que había prestado.
El terremoto como ruptura del temenos
En la psicología junguiana, el temenos es el espacio sagrado, protegido,
donde puede ocurrir la transformación: el círculo mágico, el consultorio
analítico, el convento mismo y por supuesto el alma humana (en este caso el
centro de la mía). Sor María Josefa vivía dentro de un temenos literal —muros
que la separaban del mundo para permitir, precisamente, la vida contemplativa. Que
el terremoto haya sido lo único capaz de quebrar su silencio poético es
revelador: solo lo que amenaza el temenos mismo puede sacar al alma de su
ensimismamiento ritual y devolverla al lenguaje del testigo.
Algo equivalente ocurre a escala colectiva en 2026. Venezuela —un país que
ha vivido casi tres décadas construyendo, con enorme esfuerzo psíquico,
distintos temenos de sentido: la épica bolivariana, la resistencia, la
migración como éxodo con promesa de retorno, y ahora la frágil normalización
tras la caída de los todos los paradigmas— ve interrumpidos todos esos relatos
por el temblor literal de la tierra. No hay retórica política, de derecha ni de
izquierda, que sobreviva intacta al derrumbe de un edificio con una familia
adentro. El terremoto es ananké: necesidad ciega, previa a cualquier narrativa
que los humanos construyan sobre ella.
Job, la teodicea y el colapso del sentido
Las crónicas de la época —y mi propia sensibilidad hacia Illich resuena
aquí— registran que el clero de 1812 interpretó el terremoto como castigo
divino contra quienes se habían atrevido a declarar la independencia. Es la
respuesta más antigua del ego colectivo frente a la catástrofe sin causa
aparente: inventarle una causa moral, aunque sea punitiva, antes que aceptar el
absurdo. Es la tentación de los amigos de Job, que prefieren culpar al
sufriente antes que admitir que el mal puede caer sin justicia sobre lo justo y
lo injusto por igual.
En 2026 la tentación teológica ha sido sustituida por la tentación
política: la administración de cifras, el llamado a la calma desde el poder, la
disputa sobre si la respuesta del Estado fue lenta o eficiente. Es la misma
estructura psíquica —el intento de re-narrar el caos como algo gestionable,
moralizable, controlable— sólo que con un lenguaje secularizado. El Self
colectivo, frente al terremoto, sigue buscando desesperadamente un marco que le
devuelva la ilusión de sentido y control. Sor María Josefa, en cambio, en
"Terremoto" parece hacer algo distinto y más valioso
psicológicamente: no explica, testimonia. No dice por qué tiembla la tierra;
dice que tiembla, y que los cuerpos caen, y que el miedo es real. Ahí está
quizás la mayor lección de individuación que el poema ofrece a quien escribe
hoy sobre la tragedia de 2026: la crónica anímica auténtica no busca justificar
el sufrimiento con un sistema de sentido prestado (ni religioso ni ideológico),
sino sostener la mirada sobre lo que ocurrió, sin otro filtro que no sea el
alma desnuda.
El Ánima venezolana: silencio, clausura, erupción
Hay una lectura de género que no puede evitarse: quien registra por primera
vez, en la historia escrita de Venezuela, el cuerpo roto de la tierra-madre es
una mujer enclaustrada, silenciada dos veces —por su género y por su regla
religiosa—. Su palabra emerge, precisamente, cuando el cuerpo colectivo (la
ciudad, la tierra) sufre lo que ella misma sufre simbólicamentre en su
clausura: verse partida, contenida a la fuerza, negada la libre expresión.
Es tentador —y creo que legítimo dentro de tu propio marco arquetípico—
pensar el terremoto como el retorno de un Ánima colectiva reprimida: aquello
que una cultura patriarcal, jerárquica, colonial y luego ejercida desde el
poder, ha mantenido enclaustrado durante siglos, y que sólo logra manifestarse
a través de catástrofes literales, porque los canales simbólicos para su
expresión legítima han sido sistemáticamente clausurados.
Réplica I: El Ánima enclaustrada y su erupción
sísmica
Von Franz observaba que el Ánima reprimida no desaparece: se acumula en el
inconsciente colectivo hasta encontrar una grieta —literal o simbólica— por donde
emerger, casi siempre con una violencia proporcional al tiempo de su reclusión.
Sor María Josefa es, en este sentido, un caso de manual arquetípico: una mujer
de dieciséis años cuya "rara hermosura" e "ingenio"
brillaban en los salones coloniales, obligada a esperar nueve años a las
puertas del convento — no por falta de vocación, sino porque la regla exigía
que una monja muriera para que ella pudiera vivir su clausura—. Su Ánima, ya
doblemente condicionada por el género y por la estructura religiosa, sólo
encuentra permiso de expresión pública cuando el mundo exterior se derrumba con
la misma violencia con que ella misma fue confinada de por vida.
Hay una correspondencia casi literal entre el cuerpo enclaustrado de la
monja y el cuerpo geológico de la ciudad: ambos están hechos de capas
contenidas bajo presión, ambos rigen su existencia por muros —conventuales o
telúricos— que en algún momento ceden. El terremoto de 1812 no es sólo un
evento que ella presencia; es, psíquicamente, un espejo de lo que su propio
cuerpo-alma experimenta bajo la regla del silencio. Por eso el poema rompe el
registro místico: no puede seguir hablando el lenguaje de la unión amorosa con
lo divino cuando lo que necesita nombrar es la fractura.
En el terremoto de 2026, el paralelo colectivo es inevitable. Una sociedad
que durante casi treinta años vivió bajo un régimen de silenciamiento
sistemático — del disenso, de la información, del duelo público mismo ante la
migración masiva y sus muertos invisibles— ve ahora un duelo que no puede ser
silenciado: cadáveres bajo escombros visibles para cualquier cámara, familias
cuyo dolor circula en redes sociales sin mediación institucional. Es tentador
leer el terremoto de 2026 como la manifestación literal de una energía anímica
colectiva — rabia, duelo, miedo acumulado durante décadas de censura emocional
y política
— que encuentra en la geología su única vía de expresión no mediada por el
poder. No se trata de afirmar una causalidad mística entre poder político y
actividad sísmica —sería una lectura ingenua—, sino de observar cómo la psique
colectiva organiza el sentido alrededor del evento: el terremoto se vuelve el
único espacio donde el duelo colectivo puede finalmente ser público, legítimo,
compartido sin mediación ideológica.
Réplica II: La teodicea política como neurosis
colectiva
Jung entendía la neurosis, en su núcleo, como el sufrimiento que resulta de
negarse a ver una verdad insoportable. La teodicea —religiosa o política—
cumple exactamente esa función defensiva a escala colectiva: transforma el
absurdo en culpa, para que el grupo pueda seguir creyendo que el universo (o el
Estado) es, en el fondo, un sistema moral coherente.
El clero de 1812, al declarar el terremoto castigo divino contra los
patriotas, no sólo cometía una crueldad retórica contra quienes sufrían: estaba
protegiendo su propio marco de sentido religioso-colonial frente al colapso
literal de sus catedrales. Es una operación defensiva del ego colectivo:
prefiere una culpa moral, por injusta que sea, a la angustia sin forma de un
cosmos indiferente.
En 2026 esa misma operación defensiva reaparece bajo ropaje secular: la
disputa pública sobre si la cifra oficial de muertos es correcta, sobre si la
respuesta gubernamental fue lenta o adecuada, sobre quién gestiona bien o mal
la catástrofe. Ninguna de estas discusiones es ilegítima —la rendición de
cuentas importa, y las vidas perdidas por negligencia estructural no son lo
mismo que las perdidas por la fuerza ciega de la naturaleza—. Pero
psicológicamente cumplen, además, una función de contención: mientras el
discurso público pueda organizarse en torno a la pregunta de quién falló, la
comunidad puede evitar, un poco más, la pregunta insoportable que no tiene
gestor ni responsable: ¿qué hacemos con un país que ya cargaba un duelo migratorio
y político no resuelto, y al que ahora se le suma un duelo geológico que no
distingue entre culpables e inocentes?
Sor María Josefa, al negarse a moralizar el terremoto de 1812 —al no unirse
al coro que interpretaba el sismo como castigo contra los independentistas—,
ofrece sin saberlo una alternativa a la neurosis teodiceica: la crónica
desnuda, sin veredicto. Sostener la angustia sin resolverla prematuramente en
culpa es, en términos junguianos, un acto de mayor madurez psíquica que
cualquier teodicea, religiosa o política.
Réplica III la fragilidad institucional y la
modernidad interrumpida
Ivan Illich advirtió que las instituciones modernas —el hospital, la
escuela, el sistema de transporte— generan una dependencia que despoja a las
personas de su capacidad convivir y responder a sus propias necesidades. El
desastre sísmico de 2026 expone esa fragilidad con crudeza: un aeropuerto
internacional
—símbolo por excelencia de la conectividad moderna— colapsado y cerrado;
redes eléctricas y de telefonía caídas; un Estado cuya capacidad de auxilio
inmediato se revela insuficiente frente a la magnitud del colapso, obligando a
que sean los propios vecinos, con las manos, quienes remuevan los primeros
escombros mientras llega —si llega a tiempo— la ayuda especializada.
Illich diría, probablemente, que esta es la hora de la verdad para
cualquier sociedad edificada sobre la ilusión de que las instituciones expertas
sustituyen por completo la capacidad comunitaria de auxilio mutuo. Lo que se
observa en La Guaira y Caraballeda —rescatistas voluntarios sin herramientas
especializadas, comercios convertidos en refugios improvisados, redes de ayuda
que emergen espontáneamente antes de que llegue cualquier respuesta oficial— es
exactamente esa convivencialidad que Illich reivindicaba: no como romanticismo
de la precariedad, sino como recordatorio de que ninguna infraestructura
moderna, por sofisticada que se presuma, sustituye del todo el tejido humano
directo cuando el suelo mismo se retira de debajo del sistema.
Hay aquí una paradoja que conecta directamente con Sor María Josefa: el
convento del siglo XVIII era, en cierto sentido, una institución
"premoderna" que sin embargo generaba su propia forma de
convivialidad forzada —una veintena de mujeres viviendo, sirviéndose,
sosteniéndose mutuamente dentro de un límite físico estrecho—. Cuando la tierra
tembló en 1812, esa comunidad clausurada probablemente sobrevivió, en parte,
gracias a lazos de auxilio mutuo que ninguna institución exterior podía proveerle,
precisamente porque su forma de vida ya estaba organizada en torno a la
interdependencia directa. La modernidad venezolana de 2026, en cambio, había
tercerizado buena parte de esa capacidad de auxilio mutuo en instituciones
estatales que el propio terremoto reveló insuficientes. La crónica anímica de
hoy podría, entonces, señalar no sólo el duelo por las vidas perdidas, sino el
duelo por una convivialidad perdida que el desastre obliga, dolorosamente, a
reinventar desde cero.
Coda: la crónica como acto de individuación
Quizás la relación más honesta entre ambos terremotos no sea la comparación
de magnitudes o cifras, sino esta: cada vez que la tierra venezolana tiembla,
alguien se ve forzado a salir del lenguaje heredado —místico en 1812, político
en 2026— y a inventar, con urgencia, una forma nueva de decir lo indecible. Sor
María Josefa lo hizo con una crónica de tres siglos de antigüedad que sigue
viva precisamente porque no intentó consolar ni explicar, sino nombrar.
Para mi escribir hoy sobre el terremoto de 2026 —como lo reseñé— desde esa
misma tradición no es un ejercicio esteticista sobre una tragedia ajena, sino
la continuación de un linaje: el de quienes, frente al derrumbe literal del
suelo, se niegan tanto al silencio como a la falsa teodicea, y eligen en cambio
el testimonio desnudo como forma de duelo y de individuación colectiva.
(este escrito está dedicado a Virginia Aponte, Yoyiana Ahumada y a Sor María de los Ángeles...)



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