La Madre que Tiembla: Dos Terremotos, una Sola Herida y tres réplicas

Santa Teresa de Jesús protegiendo a las 21 monjas del convento de Carmelitas. Por Juan Pedro López (1724-1787) Retablo del convento de las monjas carmelitas de Caracas
 

La Madre que Tiembla: Dos Terremotos, una Sola Herida y tres réplicas

Crónica anímica sobre el poema "Terremoto" de Sor María Josefa de los Ángeles y el doble sismo de 2026

Escribo esta crónica personal y anímica en medio del doble terremoto que asoló a Caracas este 24 de julio 2026 y, cuya metáfora, se prefiguró también en mi alma: epicentro entre dos eventos conmovedores; los dramas: Diálogos de carmelitas (adaptación de la obra de George Bernanos) y Juan de la noche (adaptación de la obra de Alicia Alamo). Ambas vivencias me fueron otorgadas por la maravillosa mujer que es Virginia aponte y sus conmvedoras versiones para teatro. Hay una fecha que Venezuela repite sin proponérselo: el Jueves Santo. En 1812, la tierra se abrió bajo Caracas en la hora más sagrada del calendario cristiano —la conmemoración de un cuerpo roto por la salvación del mundo— y sepultó, en cambio, veinte mil cuerpos sin redención visible. Dentro de los muros del Convento de las Carmelitas, una monja que había elegido el silencio como forma de vida sintió el suelo moverse bajo su celda y decidió, contra la regla no escrita de la clausura, escribir. No un poema místico más, no una nueva variación sobre Teresa de Ávila, sino una crónica: el primer texto en la historia literaria venezolana donde una mujer abandona el lenguaje del alma que asciende hacia Dios para describir, en cambio, el cuerpo de la tierra que se resquebraja bajo los pies de los vivos. Esa monja se llamó Sor María Josefa de los Ángeles (María Josepha Damiana de los Ángeles y Paz Castillo). Si duda alguna y luego de muchas revisiones históricas y literarias, ella fue la primera escritora formal venezolana y, de la que solamente sobreviven dos poemas: Anhelo y Terremoto. Por esas sincronías y la ley inexorable de la casualidad, esta maravillosa mujer fue la tía abuela del gran poeta venezolano Fernando Paz Castillo, quien al evocarla a través de una figura tallada y pintada de esta manera: "Un medallón ovalado de caoba. En él aparecía su rostro suave. El cabello peinado en dos trenzas, a la manera española, derramaba un caudal de sombras sobre la frente pálida. En torno al cuello, una cinta de terciopelo, de la cual pendía una cruz de azabache que le llegaba a la mitad del pecho". 

Aunque hablé de los dos eventos cuyo epicentro del terremoto se han metaforizado y replicado en mi alma, toda esta vivencia me precede y a la vez me penetra desde la aparición de El Monte Carmelo (cuyo nombre proviene del hebreo Karmel, que significa "jardín" o "viñedo de Dios") es mucho más que un accidente geográfico en Tierra Santa. A lo largo de los siglos, se ha consolidado como un poderoso símbolo de la vida mística, el encuentro con lo absoluto y la belleza interior. En la tradición bíblica, el Carmelo es el escenario de la gran confrontación entre el profeta Elías y los profetas de Baal (1 Reyes 18). Aquí, el monte adquiere sus primeras capas simbólicas: Lugar del Fuego Divino que representa el triunfo de la verdad y el fervor espiritual. El fuego que desciende del cielo sobre el altar de Elías no solo consume el sacrificio, sino que purifica la fe y La Pequeña Nube que tras años de sequía, hace que Elías suba a la cumbre a orar. Su criado ve surgir del mar una nube "tan pequeña como la palma de la mano de un hombre", que pronto desata una lluvia salvadora. Tradicionalmente, esta nube se ha interpretado como un símbolo de la Gracia divina y, en la espiritualidad mariana, como una prefiguración de la Virgen María, quien trae la vida al mundo sediento. Su riqueza espiritual descansa sobre dos grandes pilares: la herencia profética del Antiguo Testamento y la mística contemplativa de la tradición carmelitana. Así pues, se manifiesta La Espiritualidad Carmelitana: El Desierto y la Noche Interior. En el siglo XII, un grupo de ermitaños inspirados por la figura de Elías se retiró al Carmelo para vivir en contemplación. De allí nació la Orden de los Carmelitas, expandiendo la simbología del monte hacia el espacio interior del alma. El Monte como Ascenso Espiritual: El monte es el símbolo universal de la ascensión interior. Espiritualmente, subir al monte exige un proceso de desapego, purificación y despojo. San Juan de la Cruz inmortalizó esta idea en su obra Subida al Monte Carmelo, donde el objetivo de la ascensión es la unión mítica con Dios en la cumbre. El Silencio del Jardín: Aunque es un lugar de retiro, el Carmelo no es un desierto estéril, sino un jardín. Esto simboliza que la ascesis (la disciplina espiritual) y el silencio no tienen como fin el vacío por el vacío mismo, sino la floración de las virtudes y la intimidad con lo sagrado.

Doscientos catorce años después, en junio de 2026, la tierra volvió a temblar con una violencia que Venezuela no conocía desde hacía más de un siglo. Un doblete sísmico —dos grandes rupturas casi gemelas, según la nomenclatura de la sismología— devastó Caracas, La Guaira, Caraballeda, Miranda, y dejó miles de muertos bajo escombros que los rescatistas removían con las manos. Ocurrió, también, en fechas de conmemoración patria: la batalla de Carabobo, San Juan. Como si la tierra venezolana insistiera en interrumpir los rituales del poder y de la memoria oficial con su propio ritual, más antiguo, más indiferente a los calendarios humanos.

No es casualidad poética que ambos terremotos caigan sobre fechas de celebración colectiva. Es, quizás, la lógica misma de lo arquetípico: lo que ha sido reprimido, negado o construido sobre un suelo simbólico endeble, regresa precisamente en el momento de mayor exhibición de ese orden.

La Gran Madre que devora lo que engendra

Jung nos enseñó que la Gran Madre arquetípica tiene dos rostros inseparables: la que nutre y la que devora, Terra Mater y Terra Devorans. Ningún símbolo lo expresa con más crudeza que un terremoto. La tierra —el suelo mismo sobre el que se erige toda civilización, toda casa, todo cuerpo doméstico— deja de ser el fundamento pasivo que sostiene, y revela su naturaleza de sujeto: se mueve, decide, traga.

Sor María Josefa, escribiendo desde el interior de un claustro dedicado precisamente al culto de una feminidad domesticada y ascética, fue testigo de ese giro terrible: la Madre Tierra dejando de ser metáfora de estabilidad para convertirse en agente de caos. Su crónica —a diferencia de "Anhelo", enteramente entregada al vocabulario de la unión mística— se aparta del misticismo. Ya no describe el alma que anhela fundirse con lo divino; describe cuerpos, derrumbes, el pánico concreto de una ciudad. Es, en cierto modo, el momento en que lo Real —en el sentido más crudo— irrumpe y quiebra el lenguaje simbólico-religioso que había sido, hasta entonces, su único idioma disponible.

El Terremoto (26 de marzo de 1812)

Esta obra es una joya tanto literaria como histórica. Mezcla el sentimiento de la fragilidad humana ante el juicio divino con una crónica vívida, en décimas, de lo que ocurrió aquella tarde de Jueves Santo en Caracas.

I

En un punto, en un momento,
la gran Caracas cayó;
su hermosura se eclipsó,
su gala y su lucimiento.
Todo es pavor, todo es llanto,
todo es gemido y dolor,
al ver del Dios del amor
el brazo tan levantado,
que nos castiga enojado
por nuestro vicio y error.
II
Era el día de la Pasión,
Jueves Santo por la tarde,
cuando este suelo en un arde
sintió la gran conmoción.
Los templos, que religión
habían con pompa adornado,
en un punto se han quedado
en montones de ceniza,
y la muerte con su prisa
mil vidas se ha arrebatado.
III
Nuestra casa y habitación,
el claustro tan recogido,
se vio de pronto abatido
con la mayor confusión.
Las piedras en su unión
se despegaban violentas,
y entre ruinas cenicientas,
las vírgenes asustadas,
se veían precisadas
a salir desamparadas.
IV
A la huerta nos salimos
buscando algún resguardo,
mas el suelo, siempre tardo,
moverse otra vez sentimos.
Al gran Dios nos redujimos
pidiendo de alma perdón,
y en aquella confusión
vimos la gran caridad,
pues su divina piedad
nos dio la salvación.
V
¡Oh Caracas, ciudad bella,
cuán humillada te ves!
Postrada estás a los pies
de tu enemiga estrella.
Ya no eres la que en centella
de oro y plata relucía;
toda tu gran nombradía
en el polvo se ha deshecho,
quedando solo el despecho
de tu pasada alegría.

En 2026 esa misma irrupción de lo Real se repite sin necesidad de mediación poética: los testimonios hablan de personas atrapadas en el "triángulo de la vida", de familias buscando entre ruinas que parecen "zona de guerra", de un aeropuerto —la puerta misma del país hacia el exterior— colapsado. La Gran Madre no distingue entre 1812 y 2026: ambas veces reclama lo que había prestado.

El terremoto como ruptura del temenos

En la psicología junguiana, el temenos es el espacio sagrado, protegido, donde puede ocurrir la transformación: el círculo mágico, el consultorio analítico, el convento mismo y por supuesto el alma humana (en este caso el centro de la mía). Sor María Josefa vivía dentro de un temenos literal —muros que la separaban del mundo para permitir, precisamente, la vida contemplativa. Que el terremoto haya sido lo único capaz de quebrar su silencio poético es revelador: solo lo que amenaza el temenos mismo puede sacar al alma de su ensimismamiento ritual y devolverla al lenguaje del testigo.

Algo equivalente ocurre a escala colectiva en 2026. Venezuela —un país que ha vivido casi tres décadas construyendo, con enorme esfuerzo psíquico, distintos temenos de sentido: la épica bolivariana, la resistencia, la migración como éxodo con promesa de retorno, y ahora la frágil normalización tras la caída de los todos los paradigmas— ve interrumpidos todos esos relatos por el temblor literal de la tierra. No hay retórica política, de derecha ni de izquierda, que sobreviva intacta al derrumbe de un edificio con una familia adentro. El terremoto es ananké: necesidad ciega, previa a cualquier narrativa que los humanos construyan sobre ella.

Job, la teodicea y el colapso del sentido

Las crónicas de la época —y mi propia sensibilidad hacia Illich resuena aquí— registran que el clero de 1812 interpretó el terremoto como castigo divino contra quienes se habían atrevido a declarar la independencia. Es la respuesta más antigua del ego colectivo frente a la catástrofe sin causa aparente: inventarle una causa moral, aunque sea punitiva, antes que aceptar el absurdo. Es la tentación de los amigos de Job, que prefieren culpar al sufriente antes que admitir que el mal puede caer sin justicia sobre lo justo y lo injusto por igual.

En 2026 la tentación teológica ha sido sustituida por la tentación política: la administración de cifras, el llamado a la calma desde el poder, la disputa sobre si la respuesta del Estado fue lenta o eficiente. Es la misma estructura psíquica —el intento de re-narrar el caos como algo gestionable, moralizable, controlable— sólo que con un lenguaje secularizado. El Self colectivo, frente al terremoto, sigue buscando desesperadamente un marco que le devuelva la ilusión de sentido y control. Sor María Josefa, en cambio, en "Terremoto" parece hacer algo distinto y más valioso psicológicamente: no explica, testimonia. No dice por qué tiembla la tierra; dice que tiembla, y que los cuerpos caen, y que el miedo es real. Ahí está quizás la mayor lección de individuación que el poema ofrece a quien escribe hoy sobre la tragedia de 2026: la crónica anímica auténtica no busca justificar el sufrimiento con un sistema de sentido prestado (ni religioso ni ideológico), sino sostener la mirada sobre lo que ocurrió, sin otro filtro que no sea el alma desnuda.

El Ánima venezolana: silencio, clausura, erupción

Hay una lectura de género que no puede evitarse: quien registra por primera vez, en la historia escrita de Venezuela, el cuerpo roto de la tierra-madre es una mujer enclaustrada, silenciada dos veces —por su género y por su regla religiosa—. Su palabra emerge, precisamente, cuando el cuerpo colectivo (la ciudad, la tierra) sufre lo que ella misma sufre simbólicamentre en su clausura: verse partida, contenida a la fuerza, negada la libre expresión.

Es tentador —y creo que legítimo dentro de tu propio marco arquetípico— pensar el terremoto como el retorno de un Ánima colectiva reprimida: aquello que una cultura patriarcal, jerárquica, colonial y luego ejercida desde el poder, ha mantenido enclaustrado durante siglos, y que sólo logra manifestarse a través de catástrofes literales, porque los canales simbólicos para su expresión legítima han sido sistemáticamente clausurados.

Réplica I: El Ánima enclaustrada y su erupción sísmica

Von Franz observaba que el Ánima reprimida no desaparece: se acumula en el inconsciente colectivo hasta encontrar una grieta —literal o simbólica— por donde emerger, casi siempre con una violencia proporcional al tiempo de su reclusión. Sor María Josefa es, en este sentido, un caso de manual arquetípico: una mujer de dieciséis años cuya "rara hermosura" e "ingenio" brillaban en los salones coloniales, obligada a esperar nueve años a las puertas del convento — no por falta de vocación, sino porque la regla exigía que una monja muriera para que ella pudiera vivir su clausura—. Su Ánima, ya doblemente condicionada por el género y por la estructura religiosa, sólo encuentra permiso de expresión pública cuando el mundo exterior se derrumba con la misma violencia con que ella misma fue confinada de por vida.

Hay una correspondencia casi literal entre el cuerpo enclaustrado de la monja y el cuerpo geológico de la ciudad: ambos están hechos de capas contenidas bajo presión, ambos rigen su existencia por muros —conventuales o telúricos— que en algún momento ceden. El terremoto de 1812 no es sólo un evento que ella presencia; es, psíquicamente, un espejo de lo que su propio cuerpo-alma experimenta bajo la regla del silencio. Por eso el poema rompe el registro místico: no puede seguir hablando el lenguaje de la unión amorosa con lo divino cuando lo que necesita nombrar es la fractura.

En el terremoto de 2026, el paralelo colectivo es inevitable. Una sociedad que durante casi treinta años vivió bajo un régimen de silenciamiento sistemático — del disenso, de la información, del duelo público mismo ante la migración masiva y sus muertos invisibles— ve ahora un duelo que no puede ser silenciado: cadáveres bajo escombros visibles para cualquier cámara, familias cuyo dolor circula en redes sociales sin mediación institucional. Es tentador leer el terremoto de 2026 como la manifestación literal de una energía anímica colectiva — rabia, duelo, miedo acumulado durante décadas de censura emocional y política

— que encuentra en la geología su única vía de expresión no mediada por el poder. No se trata de afirmar una causalidad mística entre poder político y actividad sísmica —sería una lectura ingenua—, sino de observar cómo la psique colectiva organiza el sentido alrededor del evento: el terremoto se vuelve el único espacio donde el duelo colectivo puede finalmente ser público, legítimo, compartido sin mediación ideológica.

Réplica II: La teodicea política como neurosis colectiva

Jung entendía la neurosis, en su núcleo, como el sufrimiento que resulta de negarse a ver una verdad insoportable. La teodicea —religiosa o política— cumple exactamente esa función defensiva a escala colectiva: transforma el absurdo en culpa, para que el grupo pueda seguir creyendo que el universo (o el Estado) es, en el fondo, un sistema moral coherente.

El clero de 1812, al declarar el terremoto castigo divino contra los patriotas, no sólo cometía una crueldad retórica contra quienes sufrían: estaba protegiendo su propio marco de sentido religioso-colonial frente al colapso literal de sus catedrales. Es una operación defensiva del ego colectivo: prefiere una culpa moral, por injusta que sea, a la angustia sin forma de un cosmos indiferente.

En 2026 esa misma operación defensiva reaparece bajo ropaje secular: la disputa pública sobre si la cifra oficial de muertos es correcta, sobre si la respuesta gubernamental fue lenta o adecuada, sobre quién gestiona bien o mal la catástrofe. Ninguna de estas discusiones es ilegítima —la rendición de cuentas importa, y las vidas perdidas por negligencia estructural no son lo mismo que las perdidas por la fuerza ciega de la naturaleza—. Pero psicológicamente cumplen, además, una función de contención: mientras el discurso público pueda organizarse en torno a la pregunta de quién falló, la comunidad puede evitar, un poco más, la pregunta insoportable que no tiene gestor ni responsable: ¿qué hacemos con un país que ya cargaba un duelo migratorio y político no resuelto, y al que ahora se le suma un duelo geológico que no distingue entre culpables e inocentes?

Sor María Josefa, al negarse a moralizar el terremoto de 1812 —al no unirse al coro que interpretaba el sismo como castigo contra los independentistas—, ofrece sin saberlo una alternativa a la neurosis teodiceica: la crónica desnuda, sin veredicto. Sostener la angustia sin resolverla prematuramente en culpa es, en términos junguianos, un acto de mayor madurez psíquica que cualquier teodicea, religiosa o política.

Réplica III la fragilidad institucional y la modernidad interrumpida

Ivan Illich advirtió que las instituciones modernas —el hospital, la escuela, el sistema de transporte— generan una dependencia que despoja a las personas de su capacidad convivir y responder a sus propias necesidades. El desastre sísmico de 2026 expone esa fragilidad con crudeza: un aeropuerto internacional

—símbolo por excelencia de la conectividad moderna— colapsado y cerrado; redes eléctricas y de telefonía caídas; un Estado cuya capacidad de auxilio inmediato se revela insuficiente frente a la magnitud del colapso, obligando a que sean los propios vecinos, con las manos, quienes remuevan los primeros escombros mientras llega —si llega a tiempo— la ayuda especializada.

Illich diría, probablemente, que esta es la hora de la verdad para cualquier sociedad edificada sobre la ilusión de que las instituciones expertas sustituyen por completo la capacidad comunitaria de auxilio mutuo. Lo que se observa en La Guaira y Caraballeda —rescatistas voluntarios sin herramientas especializadas, comercios convertidos en refugios improvisados, redes de ayuda que emergen espontáneamente antes de que llegue cualquier respuesta oficial— es exactamente esa convivencialidad que Illich reivindicaba: no como romanticismo de la precariedad, sino como recordatorio de que ninguna infraestructura moderna, por sofisticada que se presuma, sustituye del todo el tejido humano directo cuando el suelo mismo se retira de debajo del sistema.

Hay aquí una paradoja que conecta directamente con Sor María Josefa: el convento del siglo XVIII era, en cierto sentido, una institución "premoderna" que sin embargo generaba su propia forma de convivialidad forzada —una veintena de mujeres viviendo, sirviéndose, sosteniéndose mutuamente dentro de un límite físico estrecho—. Cuando la tierra tembló en 1812, esa comunidad clausurada probablemente sobrevivió, en parte, gracias a lazos de auxilio mutuo que ninguna institución exterior podía proveerle, precisamente porque su forma de vida ya estaba organizada en torno a la interdependencia directa. La modernidad venezolana de 2026, en cambio, había tercerizado buena parte de esa capacidad de auxilio mutuo en instituciones estatales que el propio terremoto reveló insuficientes. La crónica anímica de hoy podría, entonces, señalar no sólo el duelo por las vidas perdidas, sino el duelo por una convivialidad perdida que el desastre obliga, dolorosamente, a reinventar desde cero.

Coda: la crónica como acto de individuación

Quizás la relación más honesta entre ambos terremotos no sea la comparación de magnitudes o cifras, sino esta: cada vez que la tierra venezolana tiembla, alguien se ve forzado a salir del lenguaje heredado —místico en 1812, político en 2026— y a inventar, con urgencia, una forma nueva de decir lo indecible. Sor María Josefa lo hizo con una crónica de tres siglos de antigüedad que sigue viva precisamente porque no intentó consolar ni explicar, sino nombrar.

Para mi escribir hoy sobre el terremoto de 2026 —como lo reseñé— desde esa misma tradición no es un ejercicio esteticista sobre una tragedia ajena, sino la continuación de un linaje: el de quienes, frente al derrumbe literal del suelo, se niegan tanto al silencio como a la falsa teodicea, y eligen en cambio el testimonio desnudo como forma de duelo y de individuación colectiva.


(este escrito está dedicado a Virginia Aponte, Yoyiana Ahumada y a Sor María de los Ángeles...)

 

 

 

 

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