Hamnet: La mirada femenina de Chloé Zhao
Reconocimiento amoroso, heridas, duelo y el arte como
redención: una lectura simbólica de Hamnet de Chloé Zhao
He tenido la oportunidad de ver y sentir la extraordinaria
película Hamnet desde una visión que —por determinaciones muy personales,
emocionales, íntimas y profundas— considero coherente y muy en sintonía con lo
que suele explorar Chloé Zhao en su cine: el proceso y la transformación del amor, las heridas fundamentales, la
identidad que se construye desde el dolor y la naturaleza como espacio
simbólico para la reconciliación. Más que un drama biográfico o una
reconstrucción histórica, Hamnet de Chloé Zhao se configura
como una exploración íntima de la psicología profunda de sus personajes. A
través de un lenguaje fílmico que privilegia los silencios, la interioridad y
lo simbólico, Zhao transforma la tragedia familiar en un mito de duelo
compartido. La película se mueve entre dos ejes fundamentales: las heridas
fundacionales del arquetipo masculino y femenino —encarnados en William
Shakespeare y Agnes Hathaway— y la manera en que esas heridas encuentran una
vía de redención a través del amor y la creación artística. El filme, más que
narrar eventos, revela procesos internos: ser hijo, ser madre, ser padre,
perder, sobrevivir al dolor y finalmente convertirlo en sentido. Mito y no
historia que nos habla de heridas heredadas, de maternidad y paternidad como
procesos iniciáticos y de la creación artística como un acto de sanación.
Los arquetipos masculino y femenino: un diálogo
desde la herida. La idea del «arquetipo» en Zhao es frecuente: figuras
que encarnan dinámicas universales [lo receptivo, lo protector, lo
sanador]. Shakespeare como portador de la herida del padre y Agnes como
portadora de la herida de la madre, entrelazándose en una narrativa simbólica
potente, que además dialoga con la estructura arquetípica junguiana que muchos
analistas asocian con sus películas. Así pues, Zhao construye a Shakespeare y
Agnes no como personajes históricos sino como figuras míticas. Él representa el
arquetipo masculino vinculado al padre: la herida de la insuficiencia, de la
distancia emocional, del deseo de ser visto y validado por quien lo antecede.
Ella encarna el arquetipo femenino asociado a la madre: la intuición, la
sensibilidad expansiva, pero también la vulnerabilidad ante la pérdida y la
culpa. En Shakespeare encontramos la marca de la herida del padre:
un hombre que arrastra la huella de un vínculo paterno quebrado y que ha hecho
de la creación un refugio para su carencia afectiva. Su masculinidad aparece en
tensión constante entre la necesidad de demostrar y el anhelo de amar. Zhao no
lo presenta como un genio distante, sino como un ser humano frágil cuya
sensibilidad ha sido reprimida por un modelo de padre rígido y autoritario. En
Shakespeare la redención de la herida del padre la logra a
través de convertirse él mismo en un padre sensible y amoroso como tema central
del duelo que subyace a la novela Hamnet (en la que probablemente se basa la
película). En Agnes, en cambio, la herida se vuelve hacia adentro —duelo,
culpa, reclusión emocional— y eso genera un contraste arquetípico muy fuerte
carga con la herida de la madre: la pérdida temprana de su propia
figura materna, la responsabilidad temprana, la capacidad de sentir demasiado.
Su mundo interior es vasto, pero a veces oscuro; su don perceptivo se convierte
en encierro cuando la muerte toca a su puerta. El filme la muestra como alguien
profundamente conectada con la naturaleza, pero incapaz de protegerse de su
propio exceso de empatía.
Mito y feminidad en la estética de Hamnet: La mujer
fecundada y el hombre contenido. Aunque hemos dicho que la visión de
la cineasta no es histórica, sino psicológica, espiritual y llena de
simbolismos, sería imposible no referirse a la estética que acompaña toda la
película y que, de manera muy especial y poética, nos va mostrando y revelando
el trasfondo abarcante de todo un mundo que fundamentalmente toma la tradición
Celta como hilo conductor de la narración. la figura femenina, la
conexión con la naturaleza y el simbolismo de la cetrería. En Hamnet, Agnes
es representada como una mujer íntimamente ligada al mundo natural, dotada de
una sensibilidad casi sobrenatural para interpretar lo oculto. Esta
caracterización dialoga profundamente con la cosmovisión celta, donde lo
femenino, la naturaleza y lo espiritual forman un solo tejido. La mujer como
puente entre mundos. En la tradición celta, la figura de la Banfháidh (maga
o adivina) es una mediadora entre lo visible y lo invisible. Agnes encarna
este rol al moverse con naturalidad entre lo cotidiano y lo mágico: percibe
señales, intuye destinos y lee el mundo igual que una adivina celta que escucha
el viento o el movimiento de los animales.
El árbol y la soberanía femenina. La película abre con una imagen inefable, abierta y al mismo tiempo profunda. Un gran roble con la copa hacia el cielo y una mujer acostada en posición fetal entre sus raíces en la tierra. El árbol (Bile), eje entre tierra y cielo, es símbolo de estabilidad y sabiduría ancestral. Agnes reproduce este simbolismo: está «enraizada» en la tierra por su conocimiento herbóreo, pero sus intuiciones la proyectan hacia lo espiritual. Así, como el árbol conecta mundos, Agnes conecta cuerpos y almas, vida y presagio. Además, su carácter de mujer sabia la aproxima a la idea de la Triple Diosa (Doncella–Madre–Anciana), reflejando los ciclos de crecimiento, pérdida y renovación que estructuran la obra.
La cetrería como alianza con la naturaleza salvaje. Profundamente elocuente es la imagen simbólica de Agnes como La Cetrera: El simbolismo de la Mujer y el Ave. La cetrería realizada por una mujer en el contexto espiritual celta es una de las imágenes más poderosas de autoridad espiritual y libertad. No se trata de «dominio» sobre el animal, sino de una alianza sagrada. Las aves (especialmente halcones y gavilanes) eran consideradas mensajeras del Otherworld (el Otro Mundo). Una mujer con un ave de presa en el puño simboliza a alguien que tiene control sobre sus facultades psíquicas y que puede enviar su conciencia a volar para obtener información oculta. El Control de la Naturaleza Salvaje que se armoniza en la mano de una mujer.
Aunque buena parte de la crítica y de la sensación del espectador centra el Leitmotiv de la película en el duelo y el dolor, a mi sentir, esta abarca mucho más. Siento incluso que el centro de todo el drama es el reconocimiento mutuo y profundamente anímico-amoroso entre un hombre y una mujer, narración que se despliega durante casi toda la primera mitad de la película. Conmovedora la escena donde ambos pronuncian sus nombres para luego recibir las ofrendas (ella le susurra su destino y él le cuenta la historia de Orfeo y Eurídice). Ella es entonces fecundada, sacada de su estatus de huérfana e hija, para devenir mujer en plenitud. En contrapartida, él encuentra su ánima perdida, su contención…su musa., para trascenderse a sí mismo y a su circunstancialidad a través del arte y así horizontalizarse, acunarse, escribir desde el alma. Curiosa y además comtradictoriamente el reconocimiento ocurre apareciendo ella saliendo ella desde los árboles del bosque, mientas él la oberva desde el adentro, a través de una ventana cerrada de una casa (¿tal vez un útero?). La confluencia y la fluencia amorosa ocurrirá entonces en el centro luminoso ahora de ese mismo bosque, donde los ahora amantes cooretearán sobre su mundo esencial, al mismo tiempo abierto y cerrado. Quizá la escena culmen del filme, es el acto del hombre al sumergirse en las aguas amnióticas del río, como auto bautismal y de su propio renacimiento, mientras la mujer trae a la luz al la primera hija.
Dentro de la aproximación que hace Chloe Zhao a los mitos Celtas, el caso del arquetipo masculino encarnado
por Shakespeare y, a pesar de asimilarse su obra a la dramaturgia occidental,
siento que la cineasta nos revela un misterio hasta ese momento para mí, todavía no estaba resuelto. Si bien es
cierto que no existe evidencia de un teatro celta en el
sentido clásico (griego o romano), la cultura celta era profundamente dramática
y performática. Su teatro no ocurría en un escenario, sino en el ritual, la
oralidad y la festividad. El Bardo: El Actor y el Escenario. En lugar de
dramaturgos, los celtas tenían a los Bardos. La interpretación de un poema
épico no era una lectura pasiva; era una actuación completa. La Voz y el Gesto:
El bardo utilizaba cambios de voz, ritmos de arpa y expresiones corporales para
dar vida a héroes y dioses. La Catarsis: Al igual que en la tragedia griega, el
objetivo era la respuesta emocional de la audiencia, reforzando la identidad
del clan a través del asombro o el llanto. El Ritual como Drama Sagrado o La
Tragedia en la Literatura Oral celta, de la que ahora me doy cuenta se nutrió
el mundo de Shakespeare.
La muerte de Hamnet como fractura y espejo. Hamnet
no es solo un niño que muere; es el detonador arquetípico que revela las
fisuras internas de ambos padres. Su pérdida transforma el mundo emocional de
la pareja y actúa como espejo de sus heridas. Para Shakespeare, la
muerte del hijo despierta la urgencia de convertirse en lo que él mismo no
tuvo: un padre capaz de amar de manera sensible, abierta y vulnerable. En esa
búsqueda se encuentra con su propia humanidad. Para Agnes, la muerte se
convierte en un abismo. Carga con la culpa, siente que ha fallado en su misión
de proteger. Su duelo no es solo por el hijo perdido sino por su propia
identidad materna fracturada. Queda atrapada en un silencio interior que la
separa de Shakespeare y de sí misma. La pareja se rompe, pero no se destruye:
queda suspendida en una especie de limbo emocional donde cada uno debe
enfrentarse a sus propios fantasmas.
La creación de Hamlet: el arte como vía
de redención. Es aquí donde Zhao introduce su lectura más poderosa: la
obra Hamlet no surge como un mero producto creativo, sino como
un acto de reconciliación emocional. En la película, el proceso de escritura se
convierte en un ritual de despedida y un puente entre Shakespeare y
Agnes. Hamlet es, en la lógica del filme, la transfiguración
artística del duelo. A través del personaje del príncipe que llora al padre,
Shakespeare conecta con su propia herida filial. Pero también ofrece una voz
simbólica al hijo muerto, convirtiéndolo en presencia eterna. En esa operación
poética, Shakespeare redime su herida y rompe la cadena de distancia emocional
que heredó. Agnes, al ver la obra o al sentirse interpelada por ella
—dependiendo de la representación fílmica exacta— encuentra en ese gesto una
forma de reconocimiento. Shakespeare no sólo llora al hijo; la llora a ella, la
honra, la muestra como el corazón roto que sostiene el mundo. La obra se
convierte en un espejo donde ambos pueden mirarse sin reproches. Es en Hamlet donde
ambos se revelan mutuamente: él comprende su necesidad de sanar; ella comprende
que su dolor ha sido visto y compartido. El arte funciona como cicatriz
luminosa: no borra la herida, pero la vuelve significativa.
La película de Zhao no es una biografía; es un mito sobre la
transformación emocional. Acompañada por «La naturaleza de la luz» del músico
Max Richter y la cadencia emocional de una -como diría Rilke- belleza casi
insoportable por su intensidad y la calidad de lo que nos revela, entendemos
como a través de los arquetipos del padre y la madre, de las heridas profundas
que cada uno carga, Hamnet se convierte en una revelación
sobre la verdadero naturaleza del duelo, la culpa, el amor y la capacidad
redentora del arte. Shakespeare y Agnes, lejos de ser figuras idealizadas,
aparecen como seres humanos vulnerables que necesitan encontrar un camino hacia
el otro a través de su propia oscuridad. La redención que encuentran no es
total ni definitiva, pero sí profundamente humana: reconocerse mutuamente,
reencontrarse en el amor y permitir que la creación artística y la inefable
belleza hagan visible aquello que el lenguaje cotidiano no puede contener.
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