sábado, 30 de mayo de 2015

La gitana es una mujer verde (Amalia - Ailama)


Creo que, en todas las mujeres, 
hay una gitana antigua y salvaje 
que llora de angustia cuando la reprimimos. 
Hay una parte de nosotras que nunca, 
nunca será feliz hasta que la gitana pueda bailar.

Clarissa Pinkola Estés


Supe de Graciela Alvarez a través de un e-mail fechado el 2 de octubre de 2009, en donde y por la gracia de la poeta Astrid Lander, me pedía compartir en la distancia, las charlas que sobre el sonido como expresión y manifestación del alma dicté en el Centro de Estudios Junguianos de Caracas. Me acuerdo que le hice énfasis en la música de ejemplo de la primera charla, tomada del coro “El misterio de las voces Búlgaras”,  unos cantos arcaicos macedonios ejecutados por mujeres campesinas como rituales que las religaban a la naturaleza y a la creación en general (al cosmos, al universo y a la tierra como resonancia viviente de esa creación). Estos cantos se ejecutaban en el atardecer, en las bodas, en los tiempos de lluvia, de fertilización, de las estaciones, de los solsticios de invierno y de verano y en fin a todo el acaecer de la vida como manifestación de aquella ‘”anima” que nos vincula, nos mantiene y nos nutre. Esa Anima Mundi, que resalta la conexión de lo esférico y lo circular como la forma representativa de lo visible de la creación, y su manifestación simbólica más extraordinaria como lo son los Mandalas.

En ese e-mail, de una manera muy pura y casi tímida, Graciela me copiaba un texto Inspirado que se titulaba Cosmos Alquímico, que en su versión original decía así:

Tiempo!
Mecida por el amor
“Mono y poli”
¡Alegría!
Sinfonía ejecutada
Por las circulaciones del cuerpo
Vibración sutil de violines
Blancos y rojos
Tiempo de adagio
Que busca radiodifundirse
Por los poros de la piel
En volutas.
Vitalidad, canto, rezo,
Eros, himno al amor
Anida en el  ser
A ritmo de sinfonía en crescendo
Allegro vivo, éste movimiento.
La inspiración, composición,
Los movimientos, tiempo,
Los ejecuta la esencia,
Alquimia que se da
En el laboratorio del ser completo.
Captación súbita
Visión interior, cósmica, policromada
Pentagrama con forma estrellada 
Danza de corcheas y semicorcheas
Cóncavo y convexo
Imaginando como construir un
Punto de encuentro para hacerse esfera
Alucino? La esencia prepara la mezcla?
Alquimia? …
Suspenso que anima, entusiasma
A seguir imaginando, insistiendo

El amor hizo el milagro!

Mi sentir y mi respuesta no se hicieron esperar y le escribí este texto: La evocación inicial del tiempo no como medida de duración, sino como ritmo acompasado en el oscilar, ese mecerse entre lo único y la eclosión de lo múltiple.  Además la música…esa sinfonía que es ejecutada por el cuerpo, nos indica igualmente la unión (a través de la música danzada) entre cuerpo y alma. Me llama la atención la búsqueda de ella para “radiodifundirse” en los poros de la piel… y es verdad somos energía, nuestro cuerpo físico es solo una antena receptora que vibra, que se deja penetrar al danzar y como diría Sonia Sanoja: ese es el momento en que el cuerpo se transforma en luz. Y como dices… esa dinámica, esa vitalidad  que termina integrando a través de la Alquimia Espiritual, todo en el laboratorio del ser completo. Por último me asombra la epifanía nuevamente de lo esférico de lo redondo, esta vez en sus aspectos continentes y contenidos…en lo cóncavo y convexo.

A partir de aquel momento y durante casi cinco años, estuvimos correspondiéndonos visiones, sueños, puertas que se abrían y se cerraban, “El ojo de Horus”, sincronías asombrosas, un aprendizaje mutuo en donde asimilamos el “tempus” alquímico y la paciencia necesaria, para finalmente compartir, gota a gota en una especie de revelación que se desplegaba a lo largo de esos años, la existencia secreta de unos textos que trataban sobre el renacimiento alquímico personal de ella, hasta que el 26 de mayo de 2014, en una entrevista memorable, me entregara en persona la versión final y corregida por la poeta Carmen Cristina Wolf del cuaderno de poemas que hoy publicamos.

Y precisamente hoy, ante este libro vibrante que se abre como se abre la primavera en flor, me pregunto quién es esa mujer verde, esa gitana? Cuál es su sentido oculto, por qué se me parecen tanto estos poemas a los rituales mistéricos de las antiguas diosas de la fertilidad y el proceso de transformación de lo femenino?

"El opus alchymicum debe comenzar en la primavera (en efecto, en Aries, cuyo Señor es Marte).Todas las fuerzas del alma deben “Juntarse” para la gran transformación. El misterio de la conjunción tiene lugar en Mayo"… nos dice el maestro Jung en su libro Paracélsica, y que la poeta-gitana pone como epígrafe que antecede su escrito llamado Mayo. Como el libro llegó completo a mis manos en mayo, y hoy 30 de mayo es su bautizo, no puedo dejar de contar esta anécdota asombrosamente sincrónica: Impreso el libro y encuadernado, me presenté en la casa de Graciela el 9 de abril (comenzando la primavera y bajo el influjo de Aries, cuyo señor es marte), y cuál no sería nuestra frustración compartida al observar que faltaba de manera evidente el escrito titulado Mayo. Este error, me obligó a insertar de manera trabajosa el texto dentro de un libro ya encuadernado, y además a leerlo y reparar con más profundidad, sobre el significado y el mensaje de esta sincronía. Esa noche soñé con el Maestro Jung, quien me decía en el sueño “El misterio de la conjunción tiene lugar en mayo, el  libro debe bautizarse en mayo”. Quiero resaltar que el  libro iba a ser bautizado en abril y que la labor de insertar y corregir el error nos ha llevado de manera como dije, sincrónística en términos Junguianos, a bautizarlo un día como hoy, donde está por cerrarse el mes de mayo. Pero es que además este hecho reveló en todo su sentido el misterio que traspasa y sigue traspasando el corazón de esta mujer, de esta poeta, de esa gitana.

La palabra “gitano” viene del nombre “egipcianos” que se les dio a los primeros gitanos que llegaron a España y que decían provenir de una región del Asia Menor cercana a Grecia que se llamaba según ellos “Pequeño Egipto”. Curiosamente su bandera se instituyó el 8 de abril del año 1971, (fecha que marcó el inicio de la primavera y su equinoccio) desplegándose y ondeando al viento por primera vez en el mes de mayo de ese mismo año, mes de la virgen, y más concretamente el 28, día en el que se cerraba antiguamente el ciclo de la primavera en los rituales hindúes y celtas, cuyos procesos vinculantes entre el cielo y la tierra por cierto se rememoraban en esos cantos litúrgicos de la misteriosas voces búlgaras de las que hablaba al principio.

La bandera de los gitanos tiene las siguientes características gráficas-simbólicas: un rectángulo que contiene en su franja superior el color azul y en su franja inferior el color verde. Justo en el medio del rectángulo, encontramos una rueda con sus rayos (evocación de la rueda de una carreta o de la rueda del tiempo circular o espiral) concéntricos que emergen y confluyen desde y hacia un centro rojo muy intenso.

“Rom” es la palabra que designa gitano en su propia lengua y literalmente significa hombre-esposo. El femenino es “romi” que significa doncella: es decir mujer virgen, sin contacto con lo masculino todavía. 

Con estas revelaciones y sincronías, es imposible pues no sentir de manera intensa y contundente que lo que está floreciendo en este cuaderno de poemas es ni más ni menos que la versión y la vivencia personal de la poeta, de su propio proceso de transformación, de su mito de Perséfone, de esa mujer que se arraiga a la tierra y a sus ciclos, de luz y de sombra, de esa alquimia cósmica que se repite en la tierra...en la tierra verde.



En la alquimia el color verde es el color que precede a la eclosión, es el estado germinal, precisamente el color de la primavera, en contraposición al color amarillo que se conforma en el ciclo de otoño con la venida de los frutos, o lo que se llamaba en los antiguos rituales celtas, “el reventar de las granadas”, que solo puede suceder al tiempo de conjunción entre la luz y la sombra.

En una de esas charlas que me vincularon con la poeta-gitana, estaba a su vez el germen de esas revelaciones que hoy ella replica en sus poemas. Allí decía que: La primavera es el encuentro de la luz y la sombra. Estos rituales, sin lugar a dudas, además de estar ligados a los ritos herméticos, están ligados a los primeros ritos mistéricos en honor al eterno femenino que nace, vive, muere y regresa nuevamente a la vida, a los misterios de la Diosa Madre y que más tarde recorrerían los caminos sagrados de Eleusis en honor a las Diosas Demeter y Perséfone. Era nuevamente el conocimiento y el entendimiento sagrado de la vida a través de la danza, esta vez de todo el cuerpo. La danzarina Sonia Sanoja habla de la danza como elemento que provoca la unión total y extática en el hombre de la siguiente manera: La danza pasa por el cuerpo. Su primera instancia es el cuerpo. Hay que desnudar el cuerpo, desnudar el centro radioso. Entonces el cuerpo aparece como una figura exterior que uno puede situar a voluntad. Uno se distancia de sí mismo. Acaso el problema de la danza sea el problema de la física de cómo transformar la materia en luz, sentirse respirando: oleadas de tiempo. Un tiempo volviéndose visible: una danza

Demeter es el símbolo de lo femenino en la divinidad, la Diosa Madre, la fertilidad, los eternos recomienzos, el ciclo de la vida-muerte-resurrección. En definitiva el eterno renacer y sobre todo el progresivo proceso de espiritualización de la forma y la materia. Sin embargo, también simboliza la validez de esa materia como tal, su sentido y su razón, siendo además la madre nutriente, la que enseña el trigo y la semilla, la que contiene todas las facetas visibles e invisibles de la naturaleza… y sobre todo el pan que alimenta al cuerpo. Su hija Perséfone es una advocación de sí misma en una de las tres facetas de la Diosa… es ella desdoblada, aún virgen, en estado de eclosión, de potencia…la rechazada, la que debe bajar a los infiernos para confirmarse a sí misma, para buscar la verdad frente a sí misma. A través de los ritos mistéricos de Eleusis se recordará este paso, este drama y el sentido de la tragedia humana en todo su recorrido, desde lo más hondo y oscuro hasta su conciencia final.

El encuentro cíclico entra madre-hija, expresa el momento de la unión de la conformación del sí mismo, de la integración en un solo evento de todos los aspectos de la existencia. Esta Diosa Madre no representa simplemente a la tierra como elemento cosmogónico. Ella simboliza a la tierra cultivada, labrada, a la portadora de la semilla en todo su recorrido hasta la mano del hombre. Llama la atención que esta vez es el aspecto femenino quien debe bajar a los infiernos para ver, para entender e integrar la verdad frente a sí misma. Ambas caras de la Diosa actúan juntas para expresar el sentido verídico de la vida tanto corporal como espiritual. La sublimación-espiritualización del deseo terrestre. Ella no es la luz, sino la que muestra, la que ilumina. Sin embargo también es la portadora del misterio, del secreto… “dichoso aquel que posee entre los hombres de la tierra, la visión de estos misterios”

Esa bajada a los infiernos para encontrar la luz, si la amplificamos en términos psíquicos a través del proceso tan especialísimo de la “individuación” o la integración de la psique femenina, tiene y contiene ese doble paso, esa aparente dualidad, la mujer doble, su anverso y su reverso.

Agujero negro

Narrar lo vivido en lo obscuro
Turba, estremece
¿Cómo tratar con el campo energético
De un agujero negro?...
Si titubeas, ¡te traga!

En el borde
El tiempo se hizo cuarenta túneles
Asfixiantes, olor a soledad extrema
Nada irradia
Me encojo, encorvo, sudo
Me arrastro como gusano recién nacido.

Eros como principio
Empuja a salir, obliga
Grito cual sayona
Con traje largo

Un amanecer vislumbro
Partículas de luz ambarinas
Me animo
Cambia el grito
Canto con el gallo.

Emerjo como serpiente
Después de haber cambiado
De piel.

Llama la atención en esta gitana, que haciendo honor al significado de su nombre (doncella virgen), establezca su vínculo primaveral partiendo del arquetipo de la doncella, de la virgen, de su pasión Mariana en contraposición con su reverso en Eva, la madre de todos los hombres. La polaridad y la dualidad en este caso marca la ruta de la conciliación, o más bien diría de la re-conciliación de los elementos anímicos en la mujer. En el caso de nuestra gitana, ella nos habla permanentemente de la unión entre cuerpo y alma, entre la mente y la corporalidad. Entre la emoción de las sombras y la luz del sol (metáfora alquímica de ese león verde que se traga al sol). Expresado en términos alquímicos, lo verde que se traga el azul del cielo, moliéndolo en la rueda intensamente roja. Y es aquí donde lo dual se hacer trinitario. Los tres estados de la transformación



En amor rojo tinto

Leona amamanta vigilante
Mujer busca hondo 
En su ombligo
Espera ser amada
En espiral sin fin.

Alma, sexo, mito
Mujer, hembra, diosa
Feminidad trina
¡Naturaleza!

El volcán dice:
Presente.         

Este drama ella lo nomina, dándole nombres al anverso y al reverso. Amalia y Ailama ejecutan el recorrido en una sucesión apasionada en forma de espiral, inquieren, reclaman, elevan, recogen, incluso gimen. Contemplar, aunque sea a través de la lectura el proceso de transmutación de lo femenino, como lector hombre, me constituye esta vivencia que se parece a la contemplación del mar en el corazón de la noche, observar en una sola visión la eclosión de la Pankalía o la belleza del mundo en su conjunto, una lluvia estelar en medio de una tormenta eléctrica, un volcán en erupción o el estallar de los fuegos aurorales.

La exquisita analista Junguiana Ana Teillard, cuando nos hablaba de la polaridad en el ser humano, (luz y sombra, masculino-femenino, cuerpo y alma, bien y mal) y el proceso de integración, nos decía que "La individuación que es lo contrario de un "individualismo" egoísta, comporta una reconciliación de las polaridades "masculina-femenina" así que de las polaridades "consciente-inconsciente". Para comprender esto, es preciso explicar un punto de vista central de la psicología Junguiana: aquel de "Anima-Animus. Un ser humano no es solamente hombre o mujer, sino que lleva en él los dos sexos. La mujer posee elementos masculinos, que condicionan en parte su psiquismo y su carácter, pero que son dados en un estado más inconsciente que sus componentes esencialmente femeninos. Su espíritu batallador, ver porfiador, su ambición, su lógica, a menudo deficiente, pueden evolucionar por una toma de consciencia y ser integrada en la totalidad de su psiquismo.”

Feminidad trinitaria

¡Naturaleza!
Mujer, hembra, diosa
Tierra negra, raíces
De un pozo
De flores rojas.

Luna en sonrisa creciente
Gacela en celo
Nube, agua suspendida
Congelada, plateaba las alturas.

Rosa gestándose en tubo de aristas
Verdes
Guayaba por morder
Con habitantes adentro
Cápsula espacial, saeta
Abeja viaja en ondas cósmicas
Liba estrellas
Venus predilecta.

Volcán extenuado 
Bosteza
Buscando vaciar 
Excesos.

Uva transformada
En vino
Para embriagarse

En una conversación con la también analista junguiana y poeta Ana María Hurtado (otra extraordinaria Ana) sobre lo dual femenino, la doncella, el rapto y su advenimiento en esa “feminidad trinitaria”, decía que: La visión entonces nos lleva a la revelación de que no hay dos instancias de lo femenino actuantes en este proceso. En realidad hay tres instancias: la mujer doble que se integra en una sola y una tercera que permanece inalterable para que este paso de integración se logre. Esta tercera mujer, nunca se integra, pues ella es la que actúa en la integración desde lo invisible del proceso…desde la sombra… para lograr el sí- misma, y así estar preparada y consciente para su encuentro con lo masculino fecundador, con lo que sucederá después de la “boda”

No se trata pues aquí de un proceso de integración en donde actúe solo lo puramente femenino, sino de una abarcante y total plenitud que se conforma en ese punto exacto que se parece tanto a la primavera. Punto donde convergen el cielo y la tierra, lo divino y lo humano, lo femenino y lo masculino, la hipóstasis de la creación, que tan conmovedoramente narran los evangelios en el misterio de la encarnación: el ángel del señor penetrando los espacios virginales de lo continente en una especie de rapto sagrado que la gitana-poeta replica de esta manera:

Anunciación

Escribe en su diario:
Se conocieron en tiempo flamante
Anuncio de floración
Cuerpo excitado, tenso, erecto, el de él 
Labios lacrados, un sello 
En el botón.

Una década de ausencia
¡Encuentro!
Ojos de mujer alumbrados
Con luz verde de semáforo.

Labios humedecidos 
Con premeditación
Boca, bombón.

Un beso rosa abierta
Se atraganta en el latir
Baila en saliva
Desborda el cauce.

Bordes de espuma
Olorosa a granada
Emana por una grieta
En el lacre.
Estalla el sello.

¡Anunciación!

Para cerrar estos sentires, creo firmemente al igual que  Clarissa Pinkola, que, en todas las mujeres, hay una gitana antigua y salvaje que llora de angustia cuando es reprimida. Hay una parte de ellas que nunca, nunca será feliz hasta que la gitana pueda bailar, y esa danza solo se puede dar con la entrega, con el asumir lo masculino fecundante que ella misma porta, con entender la relación cóncavo-convexo, con soñar en ser ola, con desear, para llegar el momento del encuentro en esa orilla arquetípica y milenaria donde la espera El, para susurrarle en el oído que valió la pena danzar.

La danza de Ailama

Ailama, sueña, desea, imagina
Introducirse en un círculo de oro, ondulado con EL

Danzar, girar, derecha, izquierda
Abrazados, fundidos
Pieles calientes, olores confundidos
Conversación en susurros, oído tibio
Vibración al unísono
Extenuados al final
Yacer desnudos, muy juntos
En un prado brillante
Con rocío suspendido
¡No hay frío!

Excitarse poco a poco                     
Con humedad de hierba
Las yemas de los dedos
Llenas de huellas concéntricas
Indistintas.

En los labios, besos, gemidos, música
Ella contiene en sí, habla
De todos los sueños en capullo
Del alma.

Ailama se entrega
Hasta perder el sentido
En el clímax de esa explosión orgásmica
De volcanes estimulados
En el núcleo de su esencia
Absoluto más íntimo
Como saeta del Centauro Sagitario
Como cohete espacial
Viajar por el espacio sideral
El tiempo inmemorial
Hasta llegar donde el amor
Se encuentra con DIOS.

Convicción  de Ailama
¡Valió la pena danzar!





Edgar Vidaurre.




 


lunes, 25 de mayo de 2015

El DIOS QUE ESPERA (A propósito de los treinta años del Dios de la Intemperie)



                                                 “lo único que en definitiva nos cobija es la intemperie”
                                                                          Rainer Maria Rilke

El Dios de la Intemperie es, por diversos motivos, un libro fundamental y único en nuestra literatura; siendo el primer libro de Armando Rojas Guardia que llegó a mis manos hace muchos años, me dejó una huella profunda que siempre se renueva, de tal forma que se ha convertido para mí en una especie de libro de cabecera, de esos libros inagotables que parecen nacer cada vez que uno los abre. Todo mi trabajo con la palabra, con el sufrimiento, con el cuerpo, con lo divino y lo poético – en suma, con lo humano- ha tenido que ver de algún modo con el discurso que  articula Rojas Guardia en este ensayo pleno de notas confesionales, disquisiciones filosóficas y religiosas, intuiciones místicas, epifanías poéticas y musicales. Un libro que habla, canta, y danza dentro de mí cada vez que lo leo.

Me acerco a este dios y me pregunto en principio por la palabra “intemperie”, porque la labor minuciosa del lector sabe que cada palabra abre puertas a múltiples significaciones. Intemperie viene del latín intemperies, prefijo in, en cuanto privativo y temperie, de temperancia, es decir, templanza; entonces la palabra nos remite de inmediato a aquello que carece de moderación, sobriedad, y que ha sido asociado a la intemperancia del tiempo, en su popular acepción de clima. Aquello que está expuesto al tiempo nos conecta con el estar sin cobijo, abandonado o dejado al tiempo y sus inclemencias, en tanto fenómeno natural; sin embargo, hay que exprimir la palabra y llevarla más allá- o mas acá- al tiempo propiamente dicho, a ese ser-ahí del que hablaba Heidegger cuando se aproximaba al tiempo del hombre. 

Un dios que es lanzado a la intemperie es un dios que  arriba al tiempo del hombre desde la eternidad, a la destemplanza  del clima del deseo, a esa solicitud de la carencia, al desnudo humano, y ¿qué más desnudez que la temporalidad que nos arrasa y nos abre el sendero de la lucidez dolorosa de nuestra finitud, de nuestra precariedad? Ese abajarse del dios que camina entre nosotros y nos interpela con su presencia y con su palabra se constituye en  el núcleo vibrante del libro de ARG. El autor nos invita a una danza dialéctica acercándonos con paso firme y, a la vez, sinuoso, trémulo o perdido a la experiencia del des-centro, a la experiencia íntima y, tal vez, fundante de lo humano: la Intemperie…. Lo único que nos cobija, como vislumbró Rilke. Y desde allí se arriesga a hablar de Dios en medio de nuestra postmodernidad, en esta también zona de intemperie sin asidero espiritual ni metafísico. El que ARG se dedique a otorgar vivo significado y profundidad a palabras que se han convertido en clisés o en hueras sonoridades, es uno de los mayores logros de este libro.

Y ese dios que adviene a través de la palabra en el propio camino del místico que se atreve a escuchar a ese Otro que habla, (“Háblame, Señor, que tu siervo escucha”, diría el profeta Samuel), es el que ARG nos muestra. Presencia abismal y dialogante. Letanía de opuestos. Hecho fundamental que nos hace ser-con otros en diálogo íntimo con el abismo que nos habita o que habitamos, y al que sólo accedemos desde el despojo. (“Orar a Dios, no sólo en secreto con respecto a los hombres, sino pensando que Dios no existe.” Como exclamaba Simone Weil desde los pliegues dolientes de su misticismo) Para Armando Rojas el Dios único es el de los místicos que no temen a la nada, “espacio quemante en quien nadie entra impunemente”. 

Opto entonces por tomar una punta de ese extenso tejido caleidoscópico que nos ofrece Rojas Guardia y propongo dialogar con uno de esos puntos brillantes de su disertación confesional constituida por su acercamiento a la enfermedad, particularmente a la enfermedad mental, y que, no obstante su particularidad, tan bien articulada está con todos los otros aspectos del libro. 

Más allá del hecho conmovedor de su experiencia como persona que sufre, Rojas Guardia nos interpela con la palabra locura, que no es cualquier palabra: es una de las palabras más plenas de significaciones y, por ello, tan confusa, en extremo manoseada y, a veces, incluso, vacía. ARG nos acerca a la Locura en tanto herida. Pathos necesario para alcanzar una lucidez extrema nacida del despojo de todo asidero racional; lucidez que conduce a hallarse ante si, solo, como ser  gimiente, ser herido en el costado como Jesús, en el muslo como el rey Anfortas del Parsifal y como el Ulises homérico, o como el propio Adán herido en su costado para extraer de si la feminidad que necesita ver y amar. 

Este postulado de la locura, que puede hallarse en muchos autores y  particularmente en los artistas y poetas, es profundizado por Rojas Guardia y llevado al ámbito místico de encuentro con el Otro, no sólo en el sentido freudiano del Otro del deseo, o de esa Sombra de la cual habla Jung, sino primeramente y ante todo en el sentido del encuentro en esa noche oscura donde una feminidad dialogante, un dios feminizado por la sobreabundancia de vida y amor nos aguarda y sale en nuestra búsqueda, tal como la sublime amada del Cantar de los Cantares. Ya no es el postulado de un encuentro metafísico intelectivo, espiritual, se trata de un encuentro místico a través de la vía del pathos del cuerpo-mente indisolublemente fundidos, tal como lo planteara tan lucidamente el poeta William Blake. (“no tenemos un cuerpo distinto del alma, el cuerpo es el alma percibida por los cinco sentidos”).

Rojas Guardia interpela a la psiquiatría tradicional que no dialoga, que evita la locura y a la persona que la sufre, que la aísla,  la etiqueta y la coloca en un manual y que termina haciéndose sorda a esa singularidad del sufrimiento humano. Decía San Agustín:  es mudo quien no habla de Dios, y en ese sentido podríamos pensar que es sorda y muda toda psiquiatría que no dialoga con la locura, al tiempo que  intenta compulsivamente abortarla- como en stultífera navis- hacia la “normalidad” de la Ley, representada en lo fármacos y en las internaciones. Sin embargo, Rojas Guardia sabe muy bien que no puede negar la existencia de la locura, como no se puede negar la existencia de la enfermedad, las ubica, no obstante, en el lugar de la necesidad ontológica, ellas constituyen el camino del despojo, tal como en el relato babilónico de Inana, a quien en su descenso al inframundo le van siendo arrebatados todos sus atavíos, joyas y aderezos hasta quedar despojada incluso de la propia piel; entonces, la enfermedad es la vía regia en el encuentro con el tú magnifico-parafraseando a Rafael Cadenas- ese Tú de los abismos que espera nuestra llegada: y es en este punto donde el planteamiento rebasa el de un enfermo psiquiátrico o de cualquier otra índole. El sentido último de la enfermedad es, para Rojas Guardia, mostrar la luz, la expansión de la consciencia en tanto advenir a nuestra humanidad en su más alto estado, nacido de la suma precariedad e indefensión en el que nos movemos y tenemos nuestro ser… El psicólogo William James es el primer autor que asocia claramente la enfermedad depresiva y la experiencia mística y señala que el sufrimiento psíquico puede llegar a convertirse en una opción para alcanzar un sentido profundo de la vida y abrir nuestros ojos a estratos más recónditos de la realidad. Mas sin embargo, hay que buscar ese sentido, saber leer o intentar leerlo entre las criptografías del sufrimiento mismo,  penetrar su misterio y lograr simbolizarlo, de lo contrario la enfermedad es refugio.

Dice Rojas Guardia:

” La locura es todo lo contrario a un refugio. 
Si la experiencia interior la convierte en casa cómoda, deja de ser lo que es: se convierte en seguridad, es decir en pose… es decir en coartada. 
La locura sólo es creadora cuando deviene intemperie”

Borges afirmaba: “Un escritor, o todo hombre, debe pensar que todo cuanto le ocurre es un instrumento (…) Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo le ha sido dado como arcilla, como material para su arte”  y así terminaba concluyendo que su ceguera era un don. Así pienso que ARG nos lleva a concluir que la enfermedad es un don en el camino del encuentro consigo mismo y con aquello que nos trasciende en ambas direcciones: hacia el Otro del abismo y hacia el Otro totalmente externalizado que se descubre en el prójimo. La búsqueda infatigable de esta consciencia expandida comienza siempre por ese abismo que interpela y nos acoge, salvándonos de la “pesadez del espíritu”, que se  cree centro ilimitado.

Ese oscilar entre luz y oscuridad, día y noche, representa muy bien los vaivenes del tiempo cósmico, de la intemperie, del ser  náufrago que  se despliega entre ocasos y auroras. Su confesión sin artificios nos conmueve, pero sabemos que no está dada como ejemplo a seguir, es confesión dentro de su propia e íntima búsqueda de significado. Para ARG la enfermedad es palabra que dialoga, que también interpela, la enfermedad es ante todo sufrimiento que espera ser escuchado, descifrado y cantado: 

“¿habrá alguna vez un poeta que cante estos diálogos, susurrados en uno de los círculos del infierno, mientras Caracas arde de luces allá afuera, indiferente?”

Nótese el topos Caracas, de ser centro en tanto ciudad, ahora, desde la perspectiva del hospital, ella es la marginal, y de esa manera, tal vez, ella asume a ese dios des-centrado que parece indiferente ante el clamor último: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc. 15: 33-34). Dios y la ciudad enmudecen, y el humano que sufre se halla solo ante si, dialogando con el Otro -el mismo- que duerme en la cama de al lado…

El encuentro demoledor de un intelecto hipertrofiado por las ideologías, los racionalismos, las convenciones y demás artilugios de la cultura, con la realidad abarcante del cuerpo, con las paradojas de la materia, es para ARG un camino de redención, pero redención escatológica que no está por ocurrir en un tiempo mesiánico, sino que discurre en nuestro tiempo de intemperie, allí donde se instala el dios del desierto, del Gólgota, de los suburbios. Dios extraño, exuberante y subversivo que conecta de manera admirable con Dionisos, quien también es una inusitada advocación del dolor, de lo terreno, de lo humano en extremo, así como también de la vida perenne, aquella Zoe  inagotable de los antiguos griegos: Dionisos el despedazado, dios de la danza y la tragedia, del vino y la locura. Dice Armando Rojas Guardia: “el fracaso puede ser Dionisos engendrado en el muslo de Zeus”; esta frase me tomó, es una frase-rapto donde el autor nos convoca a aceptar que la herida está presente y no en tanto masoquismo sino como expansión de una vida completa y abundante, que es una herida cóncava con la oquedad de un útero,  cualidad de lo femenino que le permite alojar al Otro del abismo. La herida nos precede, como nos dice Chantal Maillard.

Porque del fracaso estamos hechos todos, somos heridas abiertas donde un dios se engendra y espera que le demos a luz.

Anamaría Hurtado.
Mayo 2015 

Ilustración: El sueño de Job - William Blake

sábado, 2 de mayo de 2015

La seriedad del niño que juega del poeta Florencio Quintero


“La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad
 con que jugaba, cuando era niño”

Friedriech Nietzsche en  Más allá del Bien y el Mal.


Yo entro (y permanezco y luego salgo y vuelvo a entrar) en este libro, con la seriedad del niño que juega. Confieso que en un principio, la necesidad de jugar y descifrar el Anagrama (al mismo tiempo escondido y propuesto por el poeta) acaparó toda mi atención, revocando cualquier lúcida intención de realizar una lectura literaria, incluso diría poética, para llevarme a esa vivencia meta-racional o pre-racional dependiendo del momento y el lugar del recorrido, pero que a todo evento es el punto de partida anímico en su pureza, desde donde empiezo nuevamente a re-cordar el estado especialísimo e indescriptible que habitaba mi alma-niño. 

Según los sabios Chevalier y Gheerbrant el juego “es fundamentalmente un símbolo de lucha contra la muerte, los elementos, las fuerzas hostiles…contra uno mismo (el propio miedo, la propia debilidad, las propias dudas…”  Empiezo pues a jugar con el anagrama “Treoma” que en su des-composición y re-composición lúdica nos despliega tantos significados: Amor-et, Mater-o, Erotma, Erotam, Rema-to...Morte-a.

Esa alma-niño (o su psique) se manifiesta y se expresa de manera lúdica, abarcándolo todo en una libertad de sucesos que a pesar de estar en libertad, se suceden con un sentido cuyas reglas y  causalidad son misteriosas, ocultas, casi indescifrables. En el juego del niño, se produce de manera muy intensa una transferencia de la energía psíquica, que reviste de vida todo lo que le rodea. La inocencia del juego contiene sin embargo un profundo sentido y significado. El Maestro Adler Gerhard decía que “jugar con alguna cosa significa darse al objeto con el cual se juega; el jugador coloca por así decirlo, su propia libido en la cosa con la que juega… de ello resulta que el juego se convierte en una acción mágica que despierta la vida…jugar es vincular la fantasía con la realidad a través de la eficacia de la propia libido; jugar por tanto es un rito de entrada y prepara el largo camino de vinculaciones con los objetos reales”

Mas sin embargo, cualquier intento de explicar esa magia lúdica con la que el niño entiende y se vincula por sí mismo con el mundo, será impotente de revelarla en su verdadero significado y dinámica, pues la vivencia del juego para el niño, está más allá de la certeza o de las incertidumbres…más allá del bien y del mal. Ni los sabios Chevalier y Gheerbrant, ni el El Maestro Gerhard, nos parecen suficientes. Por su parte, Herman Hesse en su libro “El juego de los Abalorios” intenta darnos una interpretación de la contraposición de las explicaciones filosóficas y racionales del mundo y del Ser, con sus verdades poéticas. Sin embargo es a través de este pequeño y esencial poema llamado Treoma del científico, donde se densifica con la humildad esencial del poeta, el drama del hombre que ha dejado de ser niño: Escudriña incertidumbres / atrincherado  en  certezas / se aleja de lo que es.

A través del retorno que proponen estos versos, me veo a mí mismo conmovido contemplando en la etapa dorada en la que ha devenido mi vida (o la segunda mitad de mi vida), si reconozco a través de su lectura que hubo un punto medio de fragmentación que separó dramáticamente a este hombre que hoy se estremece con el niño original, con el que es y nunca ha dejado de ser.

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Es imposible el dejar de considerar que el poeta-evocador de ese retorno a uno mismo a través del reconocimiento de la niñez, es a su vez un hombre que se dedica a sanar el alma humana de esas fragmentaciones. De una manera inédita, y asombrosamente reciente, Sigmund Freud realiza con rigor la decodificación del alma del hombre y sus conflictos anímicos. Para ello, centró con una claridad asombrosa, todo el origen y despliegue del desarrollo de la pisque humana en los eventos existenciales que se vivencian en la niñez, incluso aquellas que se manifiestan en el ser humano adulto. Ha sido Freud quien reveló y tuvo la visión del primer y más grande “Arquetipo” que no es otro que el arquetipo de Edipo. 

Segismundo / se equivocó / El asunto no reside / entre Yocasta culpable / y Edipo sin ojos con que llorar / El nudo está  / en la pregunta de la esfinge.

Con este poema, de una manera mágica-lúdica-sincrónica, el poeta une en el tablero del poema todos los elementos del drama y de la tragedia humana que marcan su profunda sensación de desprendimiento, de fragmentación, de la salida sin retorno del paraíso y la disolución de una niñez pérdida en los laberintos del alma adulta, llena de culpas, de castraciones y fragmentaciones. El personaje de Segismundo (no por casualidad el mismo nombre de Freud con el que el poeta enuncia su primer verso) en la obra “La vida es sueño” de Calderón de la Barca, tiene una resonancia absoluta con el Edipo de Sófocles. Para Edipo el juego en el reto de la pregunta y su respuesta contiene el sentido de la tragedia. Un Caín que se separa y rompe con Dios-Padre, cuyos ojos enceguecidos lo conducirán a sí mismo, al centro ineludible de su propia alma. Segismundo en su torre, descubre y se identifica con el pez encerrado en su vientre de agua, esperando o soñando que esas aguas se derramen y lo arrojen a la soledad del existir, esta vez más bien redimido con el re-encuentro y su propio re-conocimiento a través de entender al padre. 

En su ensayo Edipo y Segismundo: La libertad en Sófocles y Calderón, el poeta catalán Benjamín Gomollón dice que: “Calderón y Sófocles, expresan, a través de sus héroes, su invencible fe en la libertad del ser humano, más allá de la marca del destino y del padre.” Yo le agregaría o más bien aclararía que esa libertad, es un atributo del alma, a pesar de la tragedia de la alteridad y del trauma con lo externo, libertad que solo se logra a través de la postura lúdica y mágica con la que el niño asimila y a su vez determina al mundo que le rodea y del cual forma parte, a pesar de su sensación de otredad y de desprendimiento con que lo marca el nacimiento y la separación de su origen amoroso-simbiótico. Para  el Segismundo de Calderón “La Vida es sueño”, y como dije, no por casualidad para Segismundo Freud la “vía regia” hacia el alma y la psique es el sueño. Es sin embargo el poeta quien termina de darle sentido al drama y a la tragedia cuando nos recuerda que la “vida es juego”.

Pero la sincronía lúdica se sigue extendiendo y resurgiendo a lo largo de todo el poemario, de todo el juego del poeta-niño-hombre, (y también del lector quien de manera ineludible es parte del juego). Aparte de Heráclito y Stevenson a quienes trae el poeta como piezas de abalorio, abríamos estos sentires con la cita de Nietzsche para que todos concurran en la visión de que sólo a través de la seriedad con la juega el niño se llega al punto de integración que revoca la profunda sensación que como decíamos constituía el drama de la “otredad”

Ese que  mira desde el espejo / guiña el ojo / me reconoce en este cuerpo / con 50 kilos menos / se ríe de mi desconocimiento / Sabe que yo no lo veo / con buenos ojos / Esa barba recortada / postura lozana / poco tienen que ver / con mi desasosiego de hiedra espesa / Ese que  mira y se ríe / Poco tiene que ver conmigo / A pesar de que cada día / que amanece / busco en el azogue / e intento asumirme en su otredad.

Y he aquí el nudo central del juego, la respuesta a la pregunta de la esfinge, pues ese punto medio en donde se divide la vida en dos mitades, esa fragmentación, cuya primera parte la plena la niñez y los traumas y neurosis que producen los conflictos existenciales que se suceden a tal separación (en términos físicos y anímicos) donde todo es pulsión (que de una manera tan conmovedora nos revelara Freud), desembocará en el retorno al centro de nuestra propia alma, evento que solo se logrará a través de asumir nuevamente con toda la seriedad de los niños ese juego o desenlace final de la tragedia humana, en ese proceso de “Individuación” que nos revelara a su vez ese otro sanador de almas llamado Jung, donde niño y hombre formarán un “individuo psicológico, es decir una unidad independiente e indivisible, un todo…” Parafraseando al Maestro Jung, diría que este proceso tiene dos grandes fases que marcan los umbrales de transformación y plenitud de la psique: La de la expansión en la primera mitad de la vida y la de introspección en la segunda.

Estas sincronías se terminan de evidenciar al ver con claridad que esa es precisamente la tragedia universal, la tragedia original que expresa el proceso anímico del ser humano y que los griegos ritualizaron en la “tragedia griega” con su culto y sacralización del mundo emocional y afectivo que Nietzsche describe en su libro “El origen de la tragedia” para integrar esa pulsión dionisíaca con la luz de apolo en un solo evento que desembocará en la conciencia.

Leyendo este libro y dejándome llevar con la libertad que otorga el juego, entiendo claramente que el sonido de la respuesta  que corresponde a la pregunta original tiene la consistencia leve del viento. Lo que Nietzsche llamó el sonido “Alciónico”.

A mi manera de sentir, es precisamente esta la voz con la que el poeta nos restaura en la niñez en la edad dorada, nos re-cuerda la prevalencia de los paraísos. Y lo hace precisamente en su punto de inflexión, en su hito de individuación, en donde el niño contempla al hombre y el hombre contempla al niño. Evento que le da sentido al desprendimiento que antecede a la conciencia del amor, a la conformación de la sensación incomparable de crear, de procrear, de ser padre para entender el juego y retornar.

En una vieja charla sobre esta revelación, decía que: “Entender esta visión poética y lúdica del mundo y del hombre que desarrollaron los Griegos antiguos (los de oro), solo ha sido posible para el hombre moderno, (el hombre de hierro, el hombre que solo habita la fría luz de la conciencia razonante), gracias a la rebeldía de Nietzsche y su rompimiento con las concepciones y pensamientos del hombre clásico, académico, del hombre exclusivamente apolíneo. Para lograr ese retorno, instaura lo que él llama la absoluta libertad de interpretación, la legión de hombres llamados alciónidas, capaces de comprender esa dinámica anímica del hombre que se expresa a través de la tragedia griega, y su capacidad de síntesis creativa y recreativa del acontecer humano en toda su expresión: “(…) ¡cómo podrían ellos echar en falta lo que nosotros, los otros, los alciónidas, escuchamos!: gaya scienza, pies ligeros, chispa, fuego y garbo; la gran lógica; la danza de los astros, el espíritu desatado, el trémolo febril de luz del Sur, la mar serena. Plenitud… Un espíritu se libera de toda creencia, de todo deseo de certeza, y es arrastrado a sostenerse sobre cuerdas y posibilidades ligeras, incluso a bailar sobre el abismo. Semejante espíritu sería el espíritu libre por excelencia”. Así nos devela Nietzsche la esencia de los espíritus libres, de esa esencia que es hija de los vientos, capaz de transfigurarse a la llegada del solsticio de invierno en el ave apasionada que recoge la brisa marina y se rige por los tiempos sagrados de la luna. Alcione, hija del viento, será esa voz susurrante de la sabiduría emocional, afectiva y pasional del ser humano en cuanto es espíritu libre… es la voz del ánima transmutada en espíritu, la voz que surge del esplendor humano cuando alcanza la integración, la Individuación: “Es preciso ante todo oír bien el sonido que sale de esa boca, ese sonido alciónico, para no ser lastimosamente injustos con el sentido de su sabiduría. “Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensamientos que caminan con pies de paloma dirigen el  mundo”.

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Me quedo con el pétalo / con la gota de rocío / sobre el verdor ancestral del tallo / Me quedo con la libélula / con su ingravidez sobre el estanque / Me quedo con el sonido de la risa / multiplicada por los maderos del bosque / Me quedo con la sencillez / de lo natural / sobre el estallido de engranajes / El ominoso concreto / La grisácea sucesión de días en la urbe.

Así resuena el poeta con la hija del viento. Eterna libertad que otorgan los retornos, la conciencia del amor, tal vez el más maravilloso de los juegos. La transformación que se produce a nivel de la conciencia amorosa-vinculante, hará que lo lúdico y el juego se profundice, alcance un sentido de transcendencia, donde ya el niño no jugará en soledad, si no que se integrará a sí mismo en ese plano trascendente, que también describe el poeta en la segunda parte del libro. Y no podía ser de otra manera. La cadencia final que desemboca en el juego compartido del amor. El reconocimiento del otro, el dar y recibir, el ofrendar, el suspiro, el vacío que proclama plenitud, los sortilegios del deseo, las confesiones que purifican, total entendimiento amoroso hacia la amada ante la imposibilidad de entender el juego poético por inexplicable. Lo inefable que se expresa cuando el poeta total, cuando el niño-hombre le declara a su amada:  Tú que me amas y te entregas / acepta  que en esta danza de complementos / en tu azul cuando juegas / ocurre el poema.

No podría terminar estos sentires, sin manifestar mi asombro ante el fulgor del epílogo donde nos sumerge en el mundo, y esta vez de manera total el poeta-niño-hombre enamorado. Este tercer plano del juego abarcante, la secuencia de estas revelaciones, de esta profunda sensación de libertad que nos impone el juego despojado de la belleza, “La Gran Belleza”: La divina proporción, el número áureo, el infinito juego de la creación de las formas y su sentido. La secuencia Fibonacci que cierra este despliegue de sincronías, donde se expresa la creación a sí misma también de una manera inefable, vinculándonos en su eclosión fractal, con lo creante. 

Yo
Fuimos ajenos
Ahora nos encontramos
en las muescas de tinta
de un poema que progresa helicoidal como  hojas
de una flor muy viva   muy roja sangre   muy distinta a las palabras
Es armoniosa la matemática del universo que  va sumando y sumando  nos acerca
a esa flor a este poema al refugio
que constituyen las palabras justas
que ahora decrecen
Somos cercanos
Yo.

He aquí pues la respuesta, el sentido del juego, la seriedad del juego, donde lo ajeno se encuentra y se hace cercano, donde el hombre retorna, colmando todos sus ciclos de sombra y de luz, donde se hace maduro y se hace dulce como los frutos pues la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba, cuando era niño.


Edgar Vidaurre