martes, 3 de junio de 2008

El jardín místico de Ida Gramcko...por Elizabeth Schön


Si pensamos en la obra de Ida Gramcko lo primero que invade a la mente es la imagen de una montaña gigantesca poseedora de múltiples resonancias, aromas, árboles, cuya ondulada línea de la cresta se interna en la inmensidad hasta tocar lo invisible, ignoto del universo. De aquí la vastedad inquebrantable de su pálpito creador y los caminos innumerables que emergen de la lectura de tan inagotable fortaleza. El poeta Benito Raúl Losada la calificó de "Catedral inmensa". Juan Liscano se refirió a ella como "monstruo poeta". José Antonio Yépez la colocó más allá del horizonte donde se halla José Lezama Lima, y nuestro gran ensayista Mariano Picón-Salas la comparó con Sor Juana Inés de la Cruz. Además, la nombró como la “séptima musa de la poesía en los siglos de la tierra”. Ida es aquella artista inquebrantable, tenaz, que pudo convertir la vida en palabras; nos lo sugiere una frase de su "Poética": Existir. No vivir.

Retomando lo anterior, la palabra, el mejor acto existente, (en el buen sentido aristotélico) que logra detener por constitución de si misma, lo encaminado a perderse, a desaparecer transformándolo en un otro ademán de creación no apto para inclinarse ni para decaer frente a la temporalidad. Leamos unas líneas de "La vara mágica": La salvación es el viviente gesto que se alza de tu ser como una lluvia. Lo viviente, la lluvia, no son acaso elementos que se identifican en la metáfora, al ser ambos imprescindibles para el resurgimiento de la hoja, el ala, el corazón, la tierra, y "salvación" no es igualmente la palabra indicadora de un dinamismo capaz de retener para sí lo que en la tierra pareciera hundirse sin retornar más? Es increíble, asombroso, cómo este requerimiento de rescatar lo que perece para injertar a través de la palabra la consistencia de un existir no sujeto al olvido, a la desaparición, es decir recobrar lo abandonado totalmente para integrarle lo siempre anhelado por el hombre: la permanencia, lo eterno. En su obra se mantienen y amplían sus raíces, sus escondidos vericuetos tal vez nacidos desde el instante en que ella percibió el enlace entre el horizonte, la tierra, los cielos. Mediante un derroche metafórico de rigurosa síntesis en la honda intimidad de cuerpo y sangre de la escritura su lenguaje se avoca a una persistente movilidad entre lo que concluye y lo que surge. Así Ida nos lo transmite: estamos bien prendidos a una móvil bandada...


Además se forma de un materialismo poético, místico, que contiene en su estructura interior inaprensible de horizontalidad e igualmente de ascenso hacia las alturas, como hacia la cima de la montaña; a su vez esta forma se nos hace casi tocable mediante una ondulante y variada continuidad en su contacto al pie de la montaña. Insisto, su lenguaje es dueño completo de una forma siempre ágil, móvil, cuyos elementos de la imagen y la metáfora se engarzan unos a los otros; rompen a veces los límites propios de un motivo o de la metáfora, o bien se acercan entre sí y aún exclaman con dulzura, vigor, tejiendo todo ello presencias sucesivas casi carnales, pero lúcidas en sus hallazgos y en el ser y en el eco pródigo del combate por lo eterno y la certeza de lo que se destruye y se deshace. Por consiguiente se nos facilita repetir que su lenguaje lleva consigo una voluptuosa y exuberante plasticidad comparable a la de ese gran pintor, Pablo Picasso. Alfredo Silva Estrada, en el prologo de "Obras escogidas" de la misma Ida, nos dice: Un poema como Cantejondo, para dar nada más que un ejemplo sólo sería comparable a GUERNICA de Picasso y ello, sin que medie ninguna semejanza. Un castellano como el de Ida, recio, fecundo, ensartado silenciosamente en nuestra propia naturaleza (germen de su barroquismo) sería difícil de captar en otras lenguas, e incluso también lo sería entender y traducir un libro como Poética, densamente profundo, densamente infinito en su ilimitada cuenca de voluntad y decisión al elegir a la poesía en la unicidad plena del existir humano en el cosmos; y nos preguntamos entonces ¿habrá poetas que amen tanto la materia universal, el hombre, el absoluto, Dios, como lo hizo Ida? ¿Y habrá alguien capaz de ofrendar su vida para que ese absoluto, divino, eterno sea asequible al hombre, a la mujer, a los ancianos? Reflexionemos acerca de este párrafo: Murió el detalle, el tiempo, el calendario. Quedó la eternidad, quedó la esencia…

Ella fue una creadora excepcional para el mundo de nuestro tiempo y más para nosotros que le debemos tanto. La entraña poética de sus libros constituye un circulo abarcante, Todo es unión de cántico y caminos donde actúan y nos trascienden desde el espantapájaros, el maniquí, los ingredientes comestibles, la hoja muerta , los cuentos de hadas, hasta el salto ángel, el diablo, el cementerio judío, Caín, el esteta, el mendigo, el ángel, la eternidad, Dios.

De ti, mi Dios, yo no sé hablar y callo
con un silencio puro y sin reserva.
Pero antes de callar, tiende tu mano
el límite total para mi ofrenda
y toma en derredor lo que yo he creado,
tómalo en su dolor y en su impotencia.

Lo fundamental, base sustentadora del universo poético de Ida, son aquellos elementos o apoyos antes mencionados, los que a su vez forman parte intrínseca tanto del devenir de la materia (la muerte, la vida) como del desarrollo espiritual (el amor, la pasión, la justicia, la ambición). Oigamos a nuestra queridísima Ida: La ambición que alarga / un dedo enorme, enteco y sin salida / dejando el inmediato en la mordaza / para esquivar el trance y la caricia. Sin tales motivos, o puntales de su poesía, ¿Ida hubiera delineado, marcado con tan libre pasión y energía existencial, el tiempo de la fugacidad, el tiempo de la eternidad? Ella propone: Nada muere o se empaña / ni la unión como un rapto de betún…

Ella consiguió enlazar lo que muy pocos poetas alcanzan, lo pasajero con lo eterno. Escuchémosla. Es a ella a quien hay que oír:

Que emprendas tu muerte, que es tu aurora
el viaje azul al paraíso eterno
en donde un niño solitario toma
gajos de luz que no consume el tiempo.


Escuchemos estas otras frases: Toda cosa, en un rapto / se olvida de sí misma y se recuerda / después y eternamente en un vocablo / de amor que la dilata y la dispersa.

Todo perdura por una piel sin acuso. Oigamos una más: Eternidad da cuerpo a lo que nada / creyó sentirse; el alma se concreta / nunca se pierde ya lo que se inflama / su inmaterialidad es su materia. Y oigamos esta ultima frase de generoso y amplio sentimiento humano: cada quien ser eterno en su prestancia.

Si se hiciera un estudio minucioso de ese movimiento continuo de hacer suyo el devenir, lo sin límites y lo divino, no habría equívoco al decir que ese estudio la proclamaría como aquella poetisa capaz de injertar a su obra lo que tal vez ninguna otra realizó: la transfiguración de la vida en un existir donde lo eterno es el frontón primordial de su eje expresivo. Otros poetas han establecido lo eterno en un presente incesante. Me arriesgo a manifestar que tal vez ellos no hallaron en su más honda interioridad lo que Ida descubrió cuando se le acercó aquel ángel de “Poemas de una psicótica” y viéndolo intensamente encontró Ida lo máximo vivido por ella. Haz de luz que brotó de la simiente / reveladora o única fanega /divina espiga máxima y ferviente / tesoro que a lo más total nos llega. Escribimos esta tan definitiva exclamación del mismo libro: Oh! mi Absoluto Amado a quien descubro ahora sin que ninguna forma lo limite. Más adelante ella, respondiéndose a sí misma, confiesa: no puede ser igual amar en contacto- que en altura.

En la altura, el esplendor divino ilumina tanto que para ella desaparecen los límites. Siguiendo a Ida en su recorrido poético, diríamos que esa esplendorosa luminosidad que la hizo recibir con lo que nunca ha dejado de existir, Dios no contiene ni el mismo calor ni la misma amorosidad, ni el mismo semblante ni la misma capacidad de permanencia como aquella que provocó en Ida el contacto con el ángel; es decir con ese alguien nombrado solo ángel, en cuya mirada ella se apropió de "lo máximo murmura".

Nació poeta. La primera relación con el mundo empezó con el aire, la pared, la puerta, y un mar tan distante como la serranía de la llanura. Su primera frase poética se la transcribió su madre porque no conocía ni el alfabeto ni los números; pero estamos seguros de un suceso demasiado intimo de su voz: ya estaba invadida de un "algo" peculiar y totalmente diferente a su decir cotidiano de una niña de tres años. De esta manera, casi inadvertidamente, fue intervenida poco a poco por una inquieta pasión indetenible, inalterable que no la abandonó ni aún en su gravedad. El libro " Umbral", que ganó una mención honorífica, fue el primero en editarse; ella tenía apenas doce años. En el poema titulado "Amor" del mismo poemario, nos deja totalmente sorprendidos leer tan bella y significativa frase: Y el alma que se alarga como un cesto presintiendo el jardín.

No sé si, por intuitiva o vidente, esa metáfora fue el anuncio de cómo iba a desenvolverse su vida y, conjuntamente, la que habría de originar la estructura poética de una obra descomunalmente intensa y honda. Ida Gramcko, sin recursos grandilocuentes, ni efectistas, dejando ser a la soledad que las palabras llevan consigo, en esta caso la palabra jardín, instaura en lo más invisible de su forma metafórica un baluarte de audaz y recia naturaleza creadora de la que su alma transfigurada en "cesto" se tiende a buscar, a conocer los contornos mas íntimos de ese "jardín". Atenidos a la dirección o al rumbo de esa metáfora donde ella encaja ese centro "jardín" al que tenía que tenderse para encontrar Ese único es azul, máximo, puro. Significó en su escritura, marcar imperceptiblemente la horizontalidad de un horizonte con la posibilidad de recorrerlo hasta presentársele el Jardín o la "espiga máxima". Mas lo primordial es atisbar que ella desde tiempo atrás sospechaba de una peculiar e inmensa tierra de infinita luminosidad que comenzó siendo "jardín". Tal metáfora nos recuerda aquel gran místico de la poesía universal San Juan de la Cruz cuando dijo palabras precisas, exactas, que manifestarían sin recargo ni ampulosidad su estupefacción ante lo más desconocido de la revelación divina: Entreme donde no supe / Y quedeme no sabiendo. Mas lo importante y que se debe destacar es el hecho de que la revelación divina en ambos se presenta como un repentino amanecer. En Ida hay un "cesto" y un " jardín" en San Juan de la Cruz hay un "donde" y un "no sabiendo". Al observar estas modalidades expresivas, "el jardín" y un "donde", nos muestran una diferencia establecida a través de la materialidad significativa de esos conceptos. Cuando Ida pronunció "jardín" tenía apenas doce años. Cuando San Juan de la Cruz denunció "entreme donde no supe", el santo ya había asimilado el gran aporte creador del "Cantar de los cantares". Lo mismo le había ocurrido con la Biblia y aún más con lo que lleva implícito la religión cristiana. Actitudes que condujeron a ambos poetas a servirse de un vocabulario distinto en el significado material de los conceptos. En la metáfora de Ida, "cesto", "jardín" contienen una significación de conceptos distintos a los de San Juan de la Cruz al proclamar " Donde no supe". Aquí el "donde” y el "no supe" son carentes de toda materialidad figurativa, como sucede al nombrar "Jardín". En cambio, esta frase tan pequeña y hasta humilde "donde no supe", no posee dentro de sí la materialidad figurativa del "cesto".

Contemplamos un detalle de gran importancia creadora para la semejanza entre estos grandes poetas cuya raíces expresivas no se oponen las unas a las otras debido a la escogencia de sus palabras al mantener dentro de si la misma ansiedad, la sola necesidad que los llevó a internarse y a mirar esa totalidad divina. Esa totalidad en Ida se concretó desde el principio en la imagen del jardín. En san Juan de la Cruz se transparentó a través de un "donde" que no conocía, ni sospechaba lo que podía ser; tal cual se le mostró, dejándolo atónito, quedando él en un "no sabiendo". Hemos de agregar que, en Ida, ese "jardín", en sus libros "Lo máximo murmura", " Sol y soledades" y muchos más, fue adquiriendo múltiples metáforas contrastantes, mas nunca desechó esa esplendorosa divinidad dejada en su alma por el ángel. Otro aspecto sumamente interesante nos impulsa a desempolvar en "Sol y soledades", donde encontramos una frase que por si misma señala una distinción entre la postura mística de ella y la de los místicos españoles: "Amo la eternidad y quiero hacer la hora eterna pero no me acompañan".

En tan sencilla definición – “Pero no me acompañan” - ella crea una otra actitud o manera de alcanzar lo eterno completamente distinta a como procedieron San Juan de la Cruz, y aún Santa Teresa. Para vivir "lo máximo de esa espiga" o "jardín", Ida requiere de la compañía; es más, le urge que ese absoluto o eternidad renazca en ella cada vez y mediante el contacto con el ángel. Y aquí lo importante no es la entrega individual de su alma hacia Dios, conducta que inmediatamente la distingue de aquella otra predominante en San Juan de la Cruz y en Santa Teresa y que consiste que ellos van desde ellos mismos hacia dios es como un ir de las aguas del río hacia las inmensas aguas de los océanos. En Ida ocurre lo contrario, permanece dentro de ella y es ahí, dentro de sí misma, donde estalla mediante el vínculo con el ángel lo mas sorprendente para su vida: lo divino. Cuando San Juan de la Cruz proclama: “entreme donde no supe” sabemos que para entrar es indispensable ir hacia un sitio, en cambio Ida consigue lo absoluto mediante su vinculo visual con el ángel: tierra insustituible de la que emanaron los árboles, las arenas, los frutos, y hasta los ríos de su "jardín". Apreciemos más distinciones: San Juan va solo y entra solo en un "donde" y quedándose "no sabiendo". Ida halla de alguna manera diferente a ese "donde" aún a lo "no sabiendo" pero con una característica nueva: el ángel la ayuda. Lo que nos propone el nacimiento de un misticismo poético diverso del movimiento generativo que va de la mística española, donde lo primero en realizar los místicos es la entrega de su alma (San Juan de la cruz lo llama amar), hasta identificarse con Dios. A Ida la acompaña el ángel robusteciéndole de tal manera su individualidad que Ida jamás prescindirá de aquel instante del deslumbramiento y su permanencia dentro de ella. Por consiguiente entre el movimiento místico de san Juan de la Cruz y el de Ida la diferencia consistiría en que la línea “alta de cresta” de San Juan se moviliza hacia fuera, mientras que la suya abre la hendidura de aquel “donde” junto a la mirada del ángel. Nuestra genial poeta retuvo ese “jardín”, esa “espiga máxima” y ferviente dentro de su propio jardín hasta el último día de su vida. Su amor hacia lo absoluto es la gran ”espiga”, alumbrando constantemente y, a la vez, haciendo germinar el tiempo desde su infancia hasta siempre.

Eternidad. La curvada espalda
sigue en su comba, pero al fin, perfecta,
reconocida, indemne, necesaria,
en las citas de amor que da la esencia.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y quedé yo.. sin derecho a la palabra ..

Lo absoluto de lo máximo amoroso..

tuvo cuerpo y piel.. cuando nacieron Elizabeth e Ida ..

Y... nos hablaron..!! como otro gran gesto de amor hacia nosotros..

Gracias Edgar.. estás rescantando
lo vital..

El alma, la vida.. el sostén..
la energía que nos hace ser..y nacer : una y otra vez..

Lo amoroso cultivado.. sin improvización... ni explosiones
o descargas de lo sentimental..

Allí : donde el duro oficio de bien amar nos visita

Beatriz Alicia García dijo...

Te felicito por tu excelente blog, Edgar. Justo estas vacaciones, entre otras cosas, quiero releer la poesía de Ida. Hay pocos textos de hondura sobre su poesía. Este de Elizabeth no lo conocía. En la actualidad Gabriela Kizer está trabajando también sobre su poesía.

Cariños,

Beatriz Alicia

Alfonsina dijo...

¡!