viernes, 9 de mayo de 2008

Alfredo Silva Estrada: Saláh Stétié y las ambigüedades del sentido...


Salah Stétié- poeta, ensayista, filósofo crítico de las artes y de las letras, nacido en Beirut en 1929- ilumina con palabras de fuego y esperanza las tinieblas de nuestro mundo trágico, esforzándose, desde el misterio de un origen unificador, en sorprender y profundizar las confluencias del pensamiento oriental y del occidental. Así, en sus ensayos, escritos con la misma sustancia de su poesía o como una emanación radiante de ésta, no debe asombrarnos encontrar hermanados, por ejemplo, a Novalis y al poeta persa Djelal Eddine el-Roumi, elevando sus himnos con el mismo fervor de una noche esencial. Porque la noche -fondo, subsuelo, raíz del sentido- guarda en su seno el relámpago fundador de la palabra poética, a la vez luminosa y oscura.

Hölderlin es otra de las imprescindibles referencias occidentales de Stétié. Recordando el habitar poético del hombre sobre esta tierra de que nos habla el poeta del Azul adorable (“por la poesía/ hace el hombre de esta tierra su morada”), Stétié nos informa que en la lengua árabe verso se dice bayt (casa). Cada verso en el poema árabe está asimilado a una casa: es morada de las palabras que conforman el sentido. Pero – tal es el deseo del poeta- la palabra no debe hacernos olvidar que proviene de una ola de las profundidades, no hay que sentirla abrigada por el bayt ni protegida por los muros de ninguna morada. Para el poeta de la Inversión del árbol y del silencio que ha visto en la poesía nuestra salvación, la palabra “debe permanecer libre de todo muro y de toda piedra, guardar imperativamente su fluidez, conservar su naturaleza primera y primitiva de elemento: gracias a lo cual nos es respiración y aliento”.

Un hombre como Salah Stétié, que ha fundido su existencia con su escritura (respiración y aliento) sin que una sea sucedánea de la otra, al hallarse en una situación límite (algunos días antes de someterse a una grave intervención quirúrgica que pondría en peligro su vida) se plantea, tal vez nunca antes tan explícitamente, ciertas preguntas esenciales acerca de lo que ha constituido y, no obstante las penosas circunstancias, sigue constituyendo su elección vital, y su razón de ser: ¿Por qué la poesía? ¿Qué representa el poema ante el universo: “ese nido de maravillas, ese nido de víboras”? ¿Qué peso tiene cada poema ante la búsqueda de un sentido compartido, frente a la lengua plural y nuestra, frente a la muerte que es ya mía, la intransferible y, sin embargo, la de todos?

La poesía que ha entrañado para este poeta sabio indagación rigurosa, apasionada e incesante, situado alguna vez “En el umbral de la belleza de los muertos”... “En el umbral del origen”, afirma ahora con dolor: “Reconocer la poesía es, extrañamente, comenzar por desconfiar de ella, abstenerse de conocerla, al menos hasta no haberla experimentado en las balanzas interiores por lo que ella misma es.” Curiosa experiencia, praxis tanteante que precede a todo conocimiento teórico. La poesía se le torna entonces “una totalidad opaca con posible vocación de transparencia”...

Y las interrogaciones subyacen: ¿podrá la poesía legitimar la muerte, así como ha justificado una vida? Las palabras ¿son portadoras de realidad o, más allá de la realidad y por encima del juego semántico, son portadoras de verdad? ¿En qué coyuntura poética coinciden realidad y verdad? ¿Dónde está la autenticidad de la poesía? ¿Cuál es su verdad esquiva que sentimos adentro, encarnándose, y que nos seduce y atormenta?

Ante la amenaza de la muerte, muy cercana, aquella que a lo lejos se emparentó con “la perfectibilidad de los astros”, el poeta osa interrogarse e interrogar a su lector bajo asertos conflictivos: ¿La poesía no será acaso, en el juego de espejos que las palabras traman, más que ilusión, perspectiva tan deslumbrante como falsa, abriéndose al final sobre el vacío?

Salah Stétié nos pone a girar vertiginosamente alrededor de estas interrogantes en su libro Lo Prohibido, publicado en marzo de 1993, con esta afirmación casi al comienzo de sus inquietantes reflexiones: “La poesía, la humilde poesía, vacila en el umbral de todas las respuestas posibles.” Contradictoriamente, más adelante nos dice: “En cierta forma, la poesía es respuesta a una pregunta que no fue planteada o, lo que sería más exacto, a una pregunta que lleva consigo su respuesta y que ella deposita, como el mar a un testigo de leño sobre la playa de lo ya resuelto.” Las contradicciones que podemos encontrar en estas líneas reflejan, sin duda, las contradicciones mismas de la existencia en su relación con la complejidad del acto poético: complejidad que no contradice, en forma alguna, la simplicidad de la revelación fulgurante e instantánea.


A todo lo largo de estas líneas de Lo prohibido que bordean continuamente límites misteriosos, se entrelazan las deslizadas paradojas: “el poema es un habitual / inhabitual, un habitáculo desertado pero no vacío, más bien estaría colmado de no sabemos cuál plenitud. Plenitud que parece no estar justificada por nada objetivo. Plenitud injustificada y, no obstante, soberbiamente justa.”

En la gestación poética y en sus mutaciones, en ese dominio improbable donde el primer contacto del poeta con su poema es de orden corporal, táctil, “ciegos dedos contra ciego cuerpo”, donde hay que avanzar a tientas, con los dedos abiertos y tensos, con precauciones y prudencias para no romper los frágiles hilos de las relaciones aún nacientes, donde es preciso “tener un ojo en la punta de cada dedo para tantear la sombra”, tropezamos con todo un cúmulo de paradojas. Por ejemplo: “¿Podríamos esperar apresar desde el afuera alguna apariencia del adentro?”. La pregunta encierra su respuesta, porque sabemos por nuestra experiencia que, poéticamente hablando, no hay afuera ni adentro, “siendo el uno la expresión invertida del otro en una proyección simbólica.”

En el agolpamiento de sus espejos – insiste Stétié – “la poesía acumula paradoja sobre paradoja.” Suele mostrársenos como privada de sentido, fiel a su impulso original, a su ola de fondo oscuro, a su fuerza a la vez densa y ligera que precede al sentido. Lo que es la figura novaliana se sitúa en ese lugar intermedio entre lo nocturno que precede al sentido con vocación solar y el otro sentido que continuará esquivándose.

Esa mostración primigenia y a la vez velada de la poesía es lo que Stétié llama “ternura de la palabra poética”, llena de irisaciones y reflejos: “confusión clara... como el desorden de un jardín.” El autor de un admirable texto acerca de los jardines del Islam (Firdaws, 1984), no podía dejar de evocar a su venerado Georges Schéhadé:

Hay jardines que ya no tienen ninguna región
Y que están solos con el agua
Unas palomas los atraviesan azules y sin nidos

Pero la luna es un cristal de dicha
Y el niño se acuerda de una gran desorden claro

Bellas palabras de un poeta amado al que recurre Stétié, como en una oración, cuando, aun afrontando lo terrible, se atreve a acercarnos a una ternura de la palabra en claroscuro:

“Ese desorden, he aquí que poco a poco, por la claridad que asombrosamente emana de él, cede el lugar al orden, no sabemos a ciencia cierta a cuál orden tembloroso, progresiva condensación de la luz difusa, baño original del sentido... Primavera del sentido, pequeñita primavera del sentido, todavía enturbiada de lluvia y de bruma, a la manera de la madrugada.”


Un año después de la publicación de Lo prohibido, Salah Stétié publica, en junio de 1994, el poemario La tierra con el olvido. Al ofrecerme un ejemplar, con cierta timidez, me dijo: “Estos son los poemas de una vida”. Una vida, se entiende, que comienza a encarar la vejez con un excepcional coraje corporal incorporado al poema y una lucidez inusitada. Aquí, lo que podría ser sólo dolor y nostalgia se torna hallazgo de lenguaje y revelación constelada, revelación de cuerpo humano y cosmos: “Oh cuerpo nunca perdido bajo tantas noches / portador en ti de un incendio de estrella.” Y la ausencia misma, la quemadura de la ausencia tiene al final la frescura de una renunciación:

Hay un rocío que cae
Nada hay: la tierra con el olvido


En mi versión de estos poemas, como en mis anteriores de este poeta difícil y espléndido, no he perdido de vista lo que nos comenta acerca de su escritura ese otro gran visionario, el poeta sirio–libanés Adonis. Nos dice Adonis que el arte de nuestro amigo está hondamente enraizado en la caligrafía islámica, renovándola: poesía de arabescos que es, a la vez, música y geometría. “Rítmica liberada que no persigue ningún objeto externo, sino su propio desarrollo, su propia dinámica espacial y lineal. El ritmo puede ser tan pronto esta curva, esta ruptura, este cruce; tan pronto helo aquí analogía, intercambio, similitud. Es así como el cosmos, aprisionando la materia, libera de ésta solamente lo que es energía y significación. Así, con Salah Stétié, el mundo deviene, en su totalidad, admirable barandal de la palabra.”

Confieso que cuando vierto un poema de Stétié a nuestro idioma – placentera tarea emprendida hace ya más de un decenio– me asusta tener presente lo que nos señala Adonis: “Stétié escribe en francés con un lenguaje árabe”...

En los poemas de La tierra con el olvido, me parece que los arabescos, contradicciones y preciosas extensiones de la producción anterior del poeta, han cedido el paso al íntimo desgarramiento existencial del sentido. A veces, sereno desgarramiento. Lleno, en todo caso, de esa “claridad maravillosamente entenebrada” por todo aquello que fatalmente se esconde en la palabra. Porque el sentido, para que lo dicho se mantenga en la palpitación de su origen, nos es retirado por el ofrecimiento mismo del poema.

Alfredo Silva Estrada


I


He aquí, rosa de fuego en la quemadura,
Aquello que al fuego da su frutecer
Cuando el agua está allí, hija de la casa,
Y cuando esta en vigilia con el fuego de la quemadura
Sobre el techo y la larga palma de las nubes
Encendida por la sangre
Por encima del afluente del olvido

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