La Iglesia de Nuestra Señora del Rosario... El infinito misterio de la encarnación y de la luz


La iglesia colonial de Nuestra Señora del Rosario, consagrada el 14 de julio de 1655, se alza en Baruta como una madre antigua. Desde afuera parece sencilla, casi tímida, pero basta cruzar su puerta para entender su misterio: su única nave es un útero. Adentro, la penumbra no oscurece: nos contiene, nos gesta, nos protege. La luz entra en hilos suaves, como si filtrara a través de una membrana viva. El aire es tibio, recogido, y el silencio tiene la textura de un corazón que late despacio...latido y respiración compartida con la madre continente. Todo invita a despojarse, a dejar que algo en uno se ablande. Las paredes gruesas, blancas, curvadas por el tiempo, envuelven al visitante como si lo recogieran entre brazos. No hay distracciones laterales: solo un camino recto, íntimo, hacia el altar donde María —Nuestra Señora del Rosario— espera. Ella no domina. Su   presencia es la de una mujer que sabe acompañar procesos invisibles. Caminar por esa nave es entrar en un espacio donde la vida se reorganiza. Cada paso es un retorno al origen, a ese lugar donde no éramos todavía palabra, sino posibilidad. El templo no pide nada: gesta. Y en ese gestar, algo se reordena, se aquieta, se prepara. Al llegar al altar, uno siente que ha llegado al centro del cuerpo de la Madre. María sostiene el rosario como quien sostiene el cordón que une lo humano con lo divino. Sus cuentas son contracciones suaves, ritmos que anuncian un nacimiento interior. a iglesia queda atrás como queda atrás el vientre:  un lugar al que no se vuelve para quedarse,  sino para recordar el origen Así, el recorrido es avanzar por un canal de nacimiento simbólico. Cada paso es una contracción suave que empuja hacia adelante, hacia un punto donde la penumbra se abre. El aire huele a madera, a cera, a historia. Y en ese olor hay algo maternal, algo que recuerda que la fe no siempre se aprende: a veces se recuerda, como si ya estuviera inscrita en la carne. Salir de la iglesia es salir renacido. No porque algo haya cambiado afuera, sino porque algo se ha reordenado adentro. La nave única ha hecho su trabajo: ha nutrido, ha sostenido, ha gestado. Y el alma, que entró dispersa, sale más honda, más suave, más verdadera. Como un recién nacido que abre los ojos por primera vez.

La simbología del rosario es, en sí misma, un pequeño universo: circular, femenino, encarnado, numérico, lunar, y profundamente cristológico. Es un objeto que parece simple, pero que contiene una arquitectura espiritual tan rica que uno podría pasar la vida entera contemplándola. El rosario: círculo, herida y matriz del misterio, un pequeño universo que cabe en la mano. Su forma circular no es un accidente: es la memoria de lo eterno, la intuición de que la vida espiritual no avanza en línea recta, sino en espirales que regresan siempre al mismo centro. Cada vuelta es un retorno, pero nunca al mismo punto; el alma vuelve transformada, como quien regresa a casa después de haber visto algo que ya no puede olvidar. En su inicio está la cruz: una herida que se vuelve eje. Allí donde el círculo se abre, el tiempo se deja atravesar por lo divino. La cruz no interrumpe el círculo: lo fecunda. Es la grieta por donde entra la luz, el punto donde la historia humana se deja tocar por un amor que no conoce medida. Espiritualmente, la cruz es el recordatorio de que toda transformación nace de un quiebre, de un límite aceptado, de una entrega que no se impone, pero llama. El círculo que sigue es femenino. No en un sentido biológico, sino arquetípico: es matriz, receptividad, sabiduría que gesta. María, en el rosario, no es un personaje: es un espacio interior. Es el útero simbólico donde el Verbo se hace carne, donde lo divino aprende a respirar en lo humano. Rezar con ella es aprender a recibir, a dejar que el misterio se forme en silencio, sin violencia, sin prisa. Es permitir que algo en el alma madure con la misma paciencia con que madura un fruto. La numerología del rosario —cinco misterios, diez cuentas, cincuenta avemarías— es un ritmo más que un cálculo. Diez es el número de la totalidad que se mueve; cinco, el número del cuerpo encarnado. Juntos crean un pulso, una respiración espiritual que acompasa el alma con el misterio. La repetición no adormece: afina. No distrae: abre. Cada avemaría es una ola que pule la piedra interior, una caricia que vuelve porosa la dureza del yo. Y en el centro de todo está el misterio. No como un enigma que se resuelve, sino como una presencia que se contempla. El rosario no busca explicar a Dios, sino dejar que Dios toque el alma en la cadencia de lo simple. Cada misterio es una ventana: la encarnación, la entrega, la luz, la herida, la gloria. Son estaciones del alma que se reconocen en la vida de Cristo, pero que se viven desde el seno de María, como si la humanidad aprendiera a mirar lo divino desde la ternura. Al terminar, el círculo se cierra, pero el alma queda abierta. Algo ha sido gestado, algo ha sido devuelto a su origen. El rosario no cambia el mundo exterior: cambia la mirada que lo contempla. Y esa mirada nueva —más mansa, más honda, más verdadera— es ya un fruto del Espíritu.

Cierro esta crónica espiritual, con la referencia conmovida de la homilía dialogada entre el párroco, Presbítero Carlos Gomes y un joven ciego que subió al púlpito acompañado de sus padres para compartir su vivencia a razón del Evangelio según San Juan: un pasaje donde Jesús cura a un joven ciego de nacimiento. Quise venir en este IV Domingo de Cuaresma a esta Iglesia, justamente en medio de una circunstancialidad perturbadora y confusa a buscar luz con el joven Presbítero, Padre Evert Rivero, Vicario de la parroquia y extraordinario sacerdote. Pero la luz me vino de manera inesperada y directa de la fuente primordial y verdadera. El Padre Evert estaba en retiro, por lo que fue el propio Párroco quien impartió la liturgia y, como relaté, hizo subir a un joven ciego para dialogar con él sobre la oscuridad y la luz, sobre lo visible y lo invisible. El joven es un humilde muchacho habitante de las Minas de Baruta quien, acompañado de sus padres subió al púlpito decidido a revelar lo que ven los ojos del alma: “Lo esencial es invisible a los ojos del cuerpo”, “Dios nos trae a este mundo para demostrar que la circunstancialidad no puede acabar con la fe, sino por el contrario, venimos a este mundo para demostrarle a la humanidad que hay algo que debemos ver y que está más allá de nuestros ojos… que venimos a luchar contra las circunstancias mansamente y amparados en la presencia cierta de Dios”. Dos pensamientos inefables que salen al aire sostenidos por el Espíritu Santo. Dios creo al hombre del barro, de la tierra, esa misma que Jesús toma del suelo para preparar también ese barro sagrado, que debemos luego purificar en el agua de Siloe, en la fuente originaria y amniótica de la creación. Así, en una Kenosis Divina, Dios se repliega y se abaja para llegar a nosotros a través de una mujer: María Madre de Dios de la Teotokos, bajo el fuego y el soplo del Espíritu Santo: aire, fuego, tierra y agua en un ritual milagroso que Jesús ejecuto para recrear el acto creador: y María, nuestra Señora del Rosario, que a modo de cordón umbilical, nos trae devuelta a ese lugar donde se acoge al Siloe, al “Enviado”, para enseñarnos nuevamente a recorrer ese paso de oscuridad a la luz, pasos movidos por una fe que nace de una obediencia confiada en la madre. Hay un tiempo —no medido por relojes— en el que todo parece permanecer en penumbra, como he venido hoy yo a esta iglesia buscando la luz. No es aún la noche del abandono, sino la oscuridad densa de lo que está por nacer. En ese umbral apareció entonces ante mí con su silencio elocuente y humilde, María, no solo como figura histórica, sino como presencia interior, como espacio que acoge sin exigir forma inmediata. María se ofrece entonces a mí como continente: seno de silencio, tierra profunda donde lo no dicho puede descansar. En ese recogimiento, la sombra no es negada; es habitada. Lo que duele, lo que no comprende, lo que aún no tiene nombre, es sostenido con paciencia. Así, desde lo hondo de la psique y del alma, comienza una gestación que no depende del esfuerzo, sino de la disponibilidad. La oscuridad, entonces, deja de ser amenaza y se vuelve sombra fecunda. Allí, la conciencia aprende a esperar. No se trata de una espera pasiva, sino de una atención amorosa, semejante a la que precede todo parto verdadero. En ese espacio, lo inconsciente se ordena, lo disperso se reúne, y la promesa toma cuerpo. Hoy, sin lugar a dudas, para mí, ha llegado un momento —siempre inesperado— en que algo irrumpe. No con estruendo, sino con claridad. María, como mediación silenciosa, conduce el tránsito: de la sombra a la revelación, del encierro a la apertura. Lo que nace no es solo una nueva comprensión, sino una mirada renovada. Los ojos, antes habituados a la penumbra, comienzan a reconocer la luz. No es una luz que enceguece ni domina. Es la luz verdadera, la que no se impone desde fuera, sino que se reconoce como siempre presente. La luz que revela sin violentar, que despierta sin desgarrar. En ese alumbramiento interior, la conciencia se ensancha y la vida adquiere un sentido más hondo. Hoy me he sumergido en cuerpo y alma en la fuente continente y luminosa de Siloe, para salir de nuevo a un mundo renacido, y mirarlo con esa luz que solo pueden ver los ojos del alma...del espíritu









 

 




 

Comentarios

Entradas populares