sábado, 21 de mayo de 2016

Divino abrevadero... crónica anímica sobre el libro de Magaly Salazar Sanabria, "Andar con la sed"


Como la cierva sedienta en busca de un rio, así, Dios mío, te busco a ti.
Tengo sed de Dios, del Dios de la vida.
¿Cuándo volveré a presentarme ante Dios?

Salmo 42:2


Sed me Parnassi deserta per ardua dulcis Raptat amor:
La dulce sed del amor, me condujo a través de los desiertos de la belleza

Plinio el viejo


Al abrir el libro de Magaly Salazar -andar con de la sed- e involucrarme en su palabreo con la exquisita Juana Inés de Asbaje, algo me dijo que mi propia sed confluiría finalmente con las aguas. Como si en los cabos del desierto inclemente, encontrara y me adentrara en su bosque denso hasta arribar al centro más secreto y abierto: un inmenso lago de aguas iridiscentes en cuya orilla estuvieran bebiendo bajo el cielo, dos ciervas o gacelas blancas del Señor. Me sentí entonces como el cazador Enkidú que al decir en el poema de Gilgamesh, le hacía el amor con la mirada a las ciervas en los abrevaderos. 

La boca es aquel centro luminoso por donde se sacia la sed, pero es también el centro del deseo, del anhelo, la imagen más intensa de la propia sed. Viendo enamorado como las bocas de estas gacelas tocan el agua sin perturbarla, entiendo la certeza…esa certidumbre táctil del señor en donde la necesidad y la plenitud son un solo y único evento, pues una vez humedecidos los labios en esa plenitud, el deseo se despliega convertido en la palabra iluminada, en imagen. !Cuánta palabra buscando una salida! Nos clama desde su orilla la cierva sedienta.

Pero tocar a Dios a través del roce de la boca con las aguas, esa certidumbre táctil del Señor, es la manera que tiene el creador para seducir y enamorar a sus gacelas. Se establece así un vínculo inefable… un nuevo modo de amar.  

Llegamos así en este andar a los espacios verdaderos del amor… a la soledad y a la noche, donde el lago se transmutará en sueño primero y original, como la realidad más esencial. Allí, en el medio de la oscuridad, se encenderá la fe como la luz que ilumina el rostro de una madre en vela, para que los ojos miren y vuelvan a mirar…para que dejen pasar la luz.

Si pensamos que la sed es lo real, esteremos asumiendo la realidad de manera parcial. La sed y su confluencia con las aguas conforman una realidad más vasta, y todo ello pasa por los labios y la boca. La mística Simone Weil nos decía que: “Lo que es real en la percepción y la distingue del sueño no son las sensaciones: es la necesidad que las sensaciones involucran. ¿Por qué esas cosas y no otras? Es así. En la vida espiritual, ilusión y verdad se distinguen de la misma manera. Lo que es real en la percepción y la distingue del sueño, no son las sensaciones, es la necesidad. Distinción entre los que permanecen en la caverna, cerrando los ojos e imaginando el viaje, y aquellos que lo hacen. Hay lo real y lo imaginario también en lo espiritual, y también en este caso la diferencia reside en la necesidad. En cuanto al sentido interno, nada más engañoso (…) Ante una pérdida, se sufre porque lo ausente se convierte en lo imaginario, es decir: lo falso. Pero el deseo de él no es imaginario. Descender hasta dentro de sí mismo, hasta donde reside el deseo que es real. Hambre: uno imagina alimentos; pero el hambre es real: asirse al hambre”.

El deseo existe y la sed y el hambre y el dolor, pero nunca por sí mismos. En este caso, la sed y el hambre serán la fuerza, el motor o la señal de la vida, la sed es el camino hacia la fuente... pero como decía Jesús, es el cuerpo más que la comida?  En este palabreo de ciervas a la orilla del lago, del sueño o de la noche, ellas trascienden su sed y su deseo (real) al posar sus bocas en el abrevadero. Ese espacio entre los labios y las ondas del agua será entonces la instancia de la última realidad.

El cansancio, el hambre y la sed son las escalas que sirven para subir, para alcanzar la gracia, nos sigue diciendo Simone Weil en su libro La Gravedad y la Gracia. Nuestra poeta-gacela, a su vez nos dirá de manera contundente, que hasta que Dios no se esparza, los altos escalones serán apenas una conjetura.

Y será entonces una mujer (que arriba descalza) a la orilla a modo de una cierva blanca del Señor, quien esparcirá a Dios  hacia los vientos a través de la palabra… a través de esa realidad abarcante que llamamos poesía, y lo hará precisamente y también a través la abertura de su boca.

Mujer-gacela por cuyas hendiduras pasará la luz. Un hallazgo en medio de la oscuridad por donde todo entra, por donde todo sale. La que contiene, la que guarda el secreto, la que se lo bebe con el corazón para restituirlo a través de una imagen, pues la poesía es la imagen del universo.

En esta instancia del andar, será necesario que se produzca un repliegue hacia el origen, una apocatástasis que restituya la pureza de la voz. Ese drama que en “El cetro de San José” establecerá el sentido de esta verdad: sólo aquel que cierre los ojos, guardará su corazón, pues será en el medio de la noche donde la luz se hará virgen de nuevo como un jazmín.

!Cuántas maravillas tiene el fuego y yo en la penumbra!, dice quejosa una de las gacelas, en medio de una soledad sonora. Más el poema le responderá con la luz de la aurora para separar así la luz del fuego. Y con la luz vendrá entonces el despertar del vuelo, pues el poema es un vuelo hacia Dios. La belleza será la cercanía de ese Dios, su íntima respiración que ahora nos penetra suavemente.

Y aunque es a la energía del agua a la que llamamos sed, el andar amoroso ya no será solo sed de agua, sino de vuelo, de aire, de viento, de espíritu en forma de paloma mansa, o de aquel alcatraz del pintor Diego Rivera o del ángel de Fra Angélico, que concurren en su vuelo a un mismo cielo, en un palabreo de vuelo entre dos mujeres que arropan al tiempo con su canto.

La dulce sed de amor me va llevando por los desiertos de la belleza, esparcimiento de Dios que atraviesa las sombras hasta elevarse a la luz, plena de romances, endechas, décimas, glosas, redondillas, sonetos, liras, villancicos, autos sacramentales, dramas humanos y crónicas anímicas. Pero ya, en esta instancia del vuelo o de la lectura, sublimada mi sed, me siento con los ojos cerrados junto al árbol que vive a la orilla del lago, donde las gacelas viene a abrevar su sed de Dios y cuyos frutos por la gracia que nos otorga entender la gravedad, han caído muy cerca de su tronco, al alcance de mi mano y de mi boca, ahora plena de éxtasis. Dios omnipotente y omnipresente en todas las cosas, reflejado en el corazón de sus aguas cual "Divino Narciso" y el mundo entero en estado de resurrección, de redención. Imagen infinita del universo, que cabe a su vez en la onda pequeña de agua que besan las bocas de las gacelas y que las mujeres devuelven hacia el aire, sostenidas por la fuerza de un poema.

Edgar Vidaurre


2 comentarios:

Magaly Salazar Sanabria dijo...


Querido Edgar: Las imágenes del "Divino Abrevadero" y de las gacelas con sed y los sentires táctiles y anímicos de la boca se convierten en una entrada mística al tema del enamoramiento de Sor Juana con Dios. También te refieres a la sed de todos. Te acercas sigiloso, "Tan callando" a esas regiones inefables de la poesía. Gracias por la belleza de tu texto. Un abrazo, Magaly Salazar Sanabria

Magaly Salazar Sanabria dijo...


Querido Edgar: Las imágenes del "Divino Abrevadero" y de las gacelas con sed y los sentires táctiles y anímicos de la boca se convierten en una entrada mística al tema del enamoramiento de Sor Juana con Dios. También te refieres a la sed de todos. Te acercas sigiloso, "Tan callando" a esas regiones inefables de la poesía. Gracias por la belleza de tu texto. Un abrazo, Magaly Salazar Sanabria