miércoles, 23 de septiembre de 2009

El Mito Poético y la Diosa Blanca (continuación)


Segunda parte de la charla introductoria dictada por Edgar Vidaurre en el Centro de Estudios Junguianos de Venezuela para el seminario: El mito poético y la Diosa Blanca
II
“No salgas de ti, retorna a ti mismo,
en el interior del hombre habita la verdad;
y si encontraras Transfigurada tu naturaleza,
trascenderías tú mismo también …”

San Agustín
De vera religióne.*39

En estas charlas, hablaremos como dijimos, de una manera muy pura, libre y estrictamente personal sobre la poesía (palabra y música) como manifestaciones del alma y como vía válida para llegar a su verdad. Hemos tomado como hilo conductor en esta segunda parte de la charla inicial, lo aprehendido en la cercanía de la que considero mi madre poética y mentora: la poeta Elizabeth Schön; por lo que hemos tomado casi textualmente consideraciones que hemos venido elaborando a lo largo de los años sobre su poética, y sobre todo, acogiéndonos a nuestro sentir personal del poeta en cuanto a un ser místico. Y cuando decimos místico, lo hacemos bajo la premisa de que para crear (y el poeta es un creador) lo primero que debe hacer es enamorarse de lo trascendente. Pero enamorarse de lo trascendente no es suficiente para ser creador… se debe penetrar hasta el centro, recorrer el camino de entrada para llegar a lo más hondo para luego regresar transformados a la luz… citando una auto-entrevista del año 1993 sobre el fenómeno poético decía que “enamorarse de lo trascendente no es suficiente… hay que dejar que esa entidad superior nos posea, incluso que nos penetre…. cuando se trata del alma, sólo el hombre que ha sido traspasado por "Ella" hasta confundirse en ese "Ella" que acepta la penetración por Dios, el amor, o cualquier ente superior que lo transcienda, será un creador, y eso es lo que constituye a un poeta y su esencialidad”

Se debe sufrir de una manera totalizadora el proceso de transmutación espiritual para constituir ese esfuerzo en lenguaje que integre la visión inicial. El creador, en este caso el poeta, a través de su esfuerzo hará que los frutos del alma se manifiesten. Es la perfecta vinculación y Asociación de aquellos elementos que se encuentran en lo más hondo del alma y que a través del proceso creativo salen a la conciencia con consistencia real y permanente. Sin embargo, como paso previo al despliegue de lo creado por el hombre, debe producirse ese tornar a sí mismo, mirar lo más hondo de sí en donde están en estado de pureza los elementos abarcantes, totalizantes y vinculantes del alma universal… es ese proceso de construir y asumir nuestra individualidad, con el solo propósito de llevar a la conciencia la sensación de que pertenecemos a una totalidad. En este estado, y aunque hemos dicho que en esta parte de la charla inicial, explicaríamos puramente la representación del alma a través de la poesía, no podemos menos que asombrarnos ante la repetición exacta en este proceso creador, del proceso de transmutación espiritual revelado por Jung, y aunque el mismo maestro en sus conversaciones con Mirecea Eliade (quien aseveraba que Jung no pretendía hacer ni teología ni filosofía de la religión) nos decía: “Yo soy un psicólogo. No me ocupo de lo que trasciende el contenido psicológico de la experiencia humana. Ni siquiera me planteo el problema de saber si es posible semejante trascendencia, pues en todos los casos lo transpsicológico ya no es asunto del psicólogo. Ahora bien, en el plano psicológico, me enfrento con experiencias religiosas que poseen una estructura y un simbolismo susceptibles de ser interpretados. Yo considero que la experiencia religiosa es real, es verdadera. Compruebo que semejantes experiencias pueden «salvar» el alma, pueden acelerar su integración e instaurar el equilibrio espiritual”, no podemos menos que extrapolar aquí lo religioso con lo poético. Es por ello que hemos querido por razones de resonancia traer el epígrafe del santo-poeta. Y así nos devela San Agustín la Conciencia. Ese acto sagrado de íntima pureza, ese replegarse sobre sí mismo: reflexión interior, cuya mejor expresión (la del Alma) es inicialmente el silencio. La conciencia es entonces el reconocimiento de la interioridad espiritual como camino privilegiado de acceso a la propia realidad del alma. No se trata en este caso de una separación o división entre el hombre y el mundo. Se trata más bien del hombre que transido de mundo, retorna a sí mismo para buscar la unión, la totalidad. Relación que también en este caso establece el alma consigo misma, como cualidad intrínseca al hombre que deviene interior o espiritual y por la cual puede conocer de otro modo, de un modo inmediato. Después y sobre ese espacio continente llamado silencio, advendrá el sonido, la palabra.

Es entonces ese camino de acceso a nuestra realidad más íntima, camino que recorremos a través de una experiencia interior y la reflexión acerca de esa interioridad, lo que se plantea en relación a la poesía como vía válida para llegar al centro del alma, para ser puestas de manifiesto a través de lo que las antiguas tradiciones del mito poético celta llamó las Representaciones del Alma Esencial.

Será además el poeta de los sonidos, con la música, quien realizará el logro más abstracto de representar esos arquetipos universales de la creación a través del despliegue sonoro. El canto como manifestación musical, traería la evidencia sonora a los sentidos del hombre y por ello ese canto estaría sujeto al acaecer del tiempo, a la temporalidad rítmica que rige y determina. Las teologías Celtas y Orientales, que también consideran la dualidad cuerpo-alma del hombre y la impureza que esta mezcla determina, sometían el proceso de purificación a la temporalidad cíclica, circular de la reencarnación y sus cantos sagrados estarían también sujetos a un poderoso influjo rítmico palpitante. Los instrumentos que acompañan su clamor simbolizarán aquella dualidad (la percusión sobre la piel de los animales marcando el ritmo cesante de nuestra carnalidad y los instrumentos por donde pasa el viento como el espíritu divino y su revelación melódica incesante e infinita.)

Al igual que los Celtas y los Orientales, ya los griegos se asombraron ante esta revelación. La idea pitagórica de la música, como aquella representación del orden divino que rige tanto a nuestra alma como a ese universo; o dicho de otro modo, aquella combinación sensible y sonora, que al contener la relación numérica del orden universal, nos lleva al conocimiento o más bien al RECONOCIMIENTO del origen de nuestra alma y de su concierto con el resto de las cosas que están sujetas a esa ley formal universal.

Citando un ensayo sobre el alma humana y universo, decíamos que El pitagorismo, a más de haber traído desde el oriente, la noción de la transmigración de las almas (es decir, aquella otra parte trascendente de nuestra condición humana, y que se contrapone a nuestra fugaz y contingente corporalidad) y el de la música de las esferas, nos reveló el más asombroso conocimiento: La estructura armónica, La Armonía. El descubrimiento de la relación 3:4:5, que constituye el acorde perfecto, y el placer de las almas humanas al percibir dicha relación, tendría un carácter de revelación divina, el reconocimiento intuitivo e inconsciente de haberse conectado con la ley divina que organiza el universo. Nuestra alma procedente de las regiones celestes, al percibir a través del aire, la música y su relación armónica, se transportaría a su lugar de origen, la instauración de un recuerdo con carácter de éxtasis y embriaguez; música por supuesto danzada, seguida por todo nuestro cuerpo, haciéndonos salir del encierro de la carne, del encierro del instante, del aquí, del ahora, y literalmente endiosarse. A este proceso arrebatado que conlleva la disolución del Yo, del Ego, le sigue y contrapone el de la serenidad y la templanza que produce el equilibrio armónico. La armonía pues, es la expresión o representación si se quiere, de la ley básica del universo, que traducida a través de la música, nos conduce a un estado de ánimo que ya no será individual ni momentáneo, sino consecuencia de nuestro encuentro e identificación con el principio ordenador del mundo. Música de las esferas y armonía universal. Los planetas engastados en sus respectivas esferas, midiendo las distancias entre sí, emiten una suave armonía inaudible, pues es algo más que sonido; o tal vez porque oímos de otro modo, a esa música no perecedera que es la fuente y la primera.

El poeta Jhon Keats en su Oda sobre una Urna Griega dice:

"A veces, la música imaginada es superior a la real:
Las melodías oídas son dulces, pero las no oídas
lo son más, por eso, dulces flautas, tocad;
no para el oído sencillo sino, más caro,
tocad, para los espíritus, sonsonetes sin tonos."

Thomas Mann en el Doctor Fausto dice:
"Pues escucha hasta el fin, escucha amigo: un grupo de instrumentos después de otro se retira y lo que queda, mientras la obra se desvanece en el aire, es el agudo sol de un cello, la última palabra, el último sonido que se diluye, muriendo con lentitud en un pianissimo- fermata. Luego nada más: Silencio... y noche. Pero ese tono que vibra en el silencio, que ya no está allí, el cual sólo el espíritu oye y que era la voz de duelo, no es más así. Cambia su significado, persiste y habita como una luz en la noche."

Por su parte Shelley nos regaló este hermoso poema:

La música, cuando mueren las suaves voces,
vibra en la memoria.
Los aromas, cuando enferman las dulces violetas,
viven en el sentido que ellas animan.
Los pétalos de rosa, cuando la rosa muere,
se esparcen sobre el lecho de la amada
y así tus pensamientos, cuando te hayas ido,
el propio amor lo soñará.

Wallace Stevens nos dice:

Así como mis dedos en estas teclas
hacen música, así los mismos sonidos
en mi espíritu hacen música también.
La música es entonces sentimiento y no sonido;
y tal es lo que yo siento
aquí en este cuarto, deseándote
pensando que tu seda de azuladas sombras
es música también...

Música hecha por el hombre para ser oída por los hombres y música que suena en el silencio interior de nuestra alma. Ya los orientales, en contraposición al sentido utilitario, soberbio y aislado que tiene la música en occidente, le dieron a esta última, esa connotación que la religa con el acaecer del tiempo, con el ciclo de las estaciones, con la rosa de los doce vientos, como algo sagrado y místico.

Rumi Divan-e Shams Tabriz nos lo dice así:


¡Qué maravilloso es nuestro amor, qué maravilloso es nuestro amor, oh Dios mío!
...Gracias a él podemos danzar (frente a Ti)
y no por el sonido de la flauta, ni por el golpear de manos, ni por la pandereta, ¡Oh Dios mío!
Tu mano ha perforado de tal forma la flauta de mi cuerpo que noche y día llora y se lamenta ¡Oh Dios mío! Esta pobre caña, ¿qué sabe de las gamas melódicas?
es el aliento del tocador de flauta el único que lo sabe y lo comprende ¡Oh Dios mío!
Frente a la puerta del jardín de las rosas...qué luz, ¡Oh Dios mío!

Platón concibe la creación del mundo como una canción, y en su libro, EL TIMEO, nos dice lo siguiente sobre la música y la armonía:"También la música, en cuanto emplea sonido audible, fue concebida por la armonía. Y la armonía, que tiene movimientos emparentados con las revoluciones del alma interna a nosotros, le es dada por las musas al que hace uso inteligente de ellas, cuando ésta ha perdido su armonía, ayudándole a que la restaure y ordene y esté en concordancia consigo mismo."

Yéndonos aún más allá del fenómeno sonoro cono elemento constitutivo de la creación, vemos como la expresión más acabada de la meditación de los maestros yogis Hindúes, se encuetra en la Surat Shabd Yoga, o la Yoga de la Celestial Corriente del Sonido. Esta senda espiritual que conduce hacia el interior del hombre para fundirse allí con el Absoluto, en Su estado pureza, desdoblándose hacia afuera para asumir dos atributos primarios: Luz y Sonido. Los occidentales han querido equiparar esta revelación al postulado judeo-cristiano del “Verbo” o “Palabra”, sin embargo sin ser en lo absoluto eruditos en el tema, sentimos por intiución que este camino luminoso de los sabios hindúes, abarca en su contexto una dinámica de correspondencia entre el absoluto y el hombre de connotaciones diferentes a la percepción (tal vez más estática e inalcanzable) que tiene el Verbo para las religiones, especialmente para la Judía. En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Dicen nuestros evangelios cristianos. Igualmente, en los textos sagrados hindúes (en especial en los cantos védicos) encontramos reitradamente el Aum: Palabra sagrada que interpenetra simultanemanete lo físico, lo cosmico y lo fenomenológico: La tierra y el firmamento no son sino Shabd (verbo).. Sólo del Shabd nació la Luz, Sólo del Shabd surgió la creación, Shabd es el núcleo esencial en todo. Shabd es el agente directivo de Dios, la causa de toda la creación. De una manera muy cercana Los sufis através del místico Abdul Razaq Kashi nos revela que: La creación empezó a existir por el Saut (Sonido o Verbo) y del Saut se difundió toda la luz.
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Vemos pues, cómo Pitágoras, Platón, las sabios Hindúes, los místicos sufíes, los místicos occidentales, Frai Luis de León e incluso los románticos alemanes nos hablan de la naturaleza acústica del alma, que puede encontrar su resonancia en la música sonora audible hecha por el hombre, o desembocar a través del silencio, en aquella otra, cuyo ritmo se mece al compás de lo divino.
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Esta explicación poética del mundo, de su origen, de su nacimiento, no está ajena a la exigencia y a la vivencia del sacrificio. En este caso y bajo la visión totalizadora de esta explicación poética del mundo, el sacrificio tiene también dimensiones absolutas. Estaríamos hablando de un sacrificio cósmico. Vale decir que el mundo, las formas y la materia que lo compone sólo pueden existir por la gracia de la permanente e infinita transformación del Ser o energía primordial, con todas las consecuencias que este sacrificio aporta a nuestra humanidad. Esta es la gran visión que nos otorga el mito poético, su visión del origen, del mundo, de la materia, de las formas cambiantes, del mundo fenoménico, y del Ser por cuyo sacrificio se sostuvo y se sostiene, pues del sacrificio cósmico, del caos, del hundimiento del cielo, surgirá la rosa eterna ocupando espacio a nuestros ojos, desplegándose en la realidad.

Dentro de nosotros mismos, la identificación del yo con el Ser en su totalidad, sólo puede ocurrir en ese lugar imponderable, al que si no llamáramos alma, no sabríamos que nombre darle. Ya Santa Teresa de Jesús en sus “Moradas” nos revelaba que Dios y la totalidad del universo por él creado, resonaban en lo más íntimo y recóndito de nuestro propio ser: El Alma. Es allí dónde ubica a la trinidad, a las tres personas que habitan en su ser para provocar la unidad del mismo. Sólo en el alma el hombre encuentra la unidad. En el caso de los primeros poetas místicos, estos ya nos revelaban igualmente, en dónde, en qué lugar dentro de nosotros mismos se produce el entendimiento de este mecanismo dinámico, entre la esencia y la existencia, que implica la reunión en un sólo evento de todas la formas de manifestación aparentemente opuestas, entre lo físico y mental, lo positivo y lo negativo, lo masculino y lo femenino, la razón y la intuición, la altura y la profundidad, la luz y la sombra, el bien y el mal, el expirar y el inspirar, lo dinámico y lo estático, la acción y el pensamiento, la atracción y la repulsión, la existencia y la no existencia, donde lo Uno da lugar a lo múltiple y lo múltiple se disuelve finalmente en lo Uno.

Es en el Alma pues en donde se produce el entendimiento profundo de que el tiempo no existe como lo percibimos, que la verdad está fuera del tiempo, que no está en el futuro, sino en el aquí y el ahora, pues aquello que está fuera del tiempo lineal, está libre de limitaciones y las contradicciones internas; de ahí la unicidad de toda la experiencia mística, una visión que transforma todo el entendimiento y lo eleva a un nivel superior que nos enseña, que el Alma, el centro, no es un punto geométrico inamovible, que el alma también es una experiencia, la experiencia de esa búsqueda espiritual, el viaje de regreso al centro, el retorno a la casa, la vuelta al corazón central que emprendieron Ulises, Parsifal, los buscadores del Grial y como decía Eliot, viaje necesario a través de largos caminos para encontrar el lugar que nunca se ha abandonado, para verlo por primera vez.

Gracias al Alma y dentro del alma, entenderemos que el vacío que percibimos entre el arriba y el abajo, entre lo profundo y la superficie, (y por qué no entre inconsciente y consciente) ya no será “ese lugar que se produce por la pérdida de la sustancia necesaria para formar el cielo”, asimilándose así al espacio continente, al espacio materno. Se trata de una insurgencia, de una aparición, de una epifanía en la que irrumpe el Caos, el Origen, la sustancia del mundo, la Magna Mater, la Protohylé, lo que Platón llamó el Alma del Mundo, y donde se integran en disolución indiferenciada todos los opuestos. Se establece entonces y teniendo al hombre como mediador, una alianza dinámica entre esencia y existencia, entre lo manifiesto y el origen, de la única forma en que es posible hacerlo, en un lenguaje inédito y purificado por el magno silencio de los cielos, reflejados en el aquí abajo en la tierra, bajo el canto amplio y generoso que constituye lo que yo llamaría La Ética entre el Hombre y su Alma, la unidad abarcante en el alma interior, en donde el poeta -como diría el Maestro Jung- “ha extraído su visión a través de las fuerzas curadoras y redentoras de la psiquis colectiva que subyacen en el alma humana. Con su aislamiento y errores penosos ha penetrado en esa matriz de vida en la que todos los hombres están incrustados, la que imparte un ritmo común a toda la existencia humana y permite al individuo comunicar sus sentimientos y luchas a toda la humanidad”

2 comentarios:

Flavia dijo...

Estimado Edgar, no veo la hora de que comiencen las charlas. Hermosos poemas, me han conmovido profundamente. Hasta pronto.

Mamapacha :: VerdePacha dijo...

que hermosa publicacion, me ha conmovido y encontrado en el momento preciso, muchas gracias.