viernes, 25 de julio de 2008

Pauline de Anhnas: La encarnación del eterno femenino



Las obras de Richard Strauss toman su estructura anímica de los arquetipos femeninos, su determinación y su influjo en el ser humano. Pero sobre todo es admirable el idealismo que se patentiza en esta búsqueda del eterno femenino. Desde muy joven, Strauss sigue este impulso cuando recrea en su poema sinfónico Don Quijote la voz de Dulcinea a través de la cadencia exquisita del oboe, simbolizando el ideal del amor cortés… la mujer como aquello inalcanzable, intocable, apenas concebida y amada a través de la fuerza del espíritu.

Si vamos más allá en ese devenir, en esa ruta del ánima del artista, llegaremos a sus maravillosos poemas sinfónicos Don Juan y la Transfiguración, para terminar con sus Operas El Caballero de la Rosa, Capriccio, Ariadna en Naxos, Salomé, La mujer sin sombra y Elektra, donde también el tratamiento psicológico del ánima y de los arquetipos femeninos están profundamente trabajados.

En el caso de sus Operas, el principal libretista de las mismas, Hugo Von Hofmannsthal fue un gran asimilador del simbolismo freudiano, que reforzó y llevó al texto esta búsqueda de Strauss, proceso que culminará finalmente con Clemens Krauss, el libretista de su ultima ópera Capriccio (llamada también la última soprano de Strauss).

En el caso del poeta Hofmannsthal, cuando explica la postura en concreto sobre el arquetipo de la Ariadna en Naxos y el poder de la transformación comentaba de manera maravillosa que: “La transformación que Ariadna sufre en los brazos de Dionisio es el momento crucial de toda la obra…La transformación es la vida de la vida misma, el verdadero misterio de la naturaleza como fuerza creadora…Todo aquel que quiera vivir, ha de superarse a sí mismo, transformarse…debe olvidar. Ariadna estaba muerta, y está viva de nuevo, su espíritu se ha transformado verdaderamente…La otra cara de la moneda, Zerbinetta y sus semejantes ven en la expresión de Ariadna exactamente, sólo aquello que son capaces de ver: el cambio de un amante por otro, sin poder ver ese otro proceso íntimo de transformación de un plano a otro… los dos mundos espirituales se conectan de manera irónica al final, en la única conexión posible: la incomprensión”.

Bajo esta misma contradicción de mundos en Strauss, a pesar del idealismo que pautó su permanente búsqueda de ese eterno femenino como artista, y si estudiamos su vida como hombre, nos encontramos con un ser precoz, fiel a su sentir y a su vez con una percepción muy real del amor. Sus viajes a Italia, al mediterráneo y su encuentro con el músico y poeta Ritter, le develarán esta necesidad poética de expresar el ánima amorosa del hombre con consistencia, con veracidad, a través del encuentro real de una mujer como contrapartida y complemento existencial. Ya en 1893 realiza un viaje a Grecia y a Egipto que lo marcarán para toda su vida, y le impulsarán cada vez más a establecer la dinámica por la cual es precisamente a través de esa ánima, de ese ideal, de esa fuerza y sabiduría de lo femenino, que el hombre puede fecundar, concretar, construir el cuerpo del amor. Aquejado de una fiebre que le sobrevino en el viaje Grecia y Egipto tras perseguir agotadoramente ese ideal, y en el año de 1894, Strauss asume la realidad innegable y tangible del amor para vincularse con el mundo, con la realidad y con la vida a través de la bellísima soprano Pauline de Ahnas, su gran amor, la mujer que le inspiró e indujo todas esas transformaciones, hasta su muerte.

A su amor por ella, según manifiesta el propio Strauss, le debemos esa eclosión inicial que empieza con el gran Poema Sinfónico Don Juan, basado en un poema de Nikolaus Lenau. Este Don Juan de Lenau y de Strauss deviene directamente del Fausto de Goethe… un insaciable amador, un buscador apasionado del eterno femenino, arrastrado de mujer en mujer no tanto por su sexualidad como por la búsqueda de un amor ideal que nunca encuentra. Según palabras del director de la época Franz Schalk, “el Don Juan es acaso el más perfecto de los poemas sinfónicos de Richard Strauss. Arranca con un fulgurante y arrebatador tema Allegro molto con brio, que retrata al personaje: apasionado e inquieto, soberbio y seductor. Sucesivamente van apareciendo en el poema sinfónico las figuras deseadas y conquistadas por el aventurero -Zerlina, la condesa, doña Ana- que con el tiempo se convertirán en los fantasmas que le acompañarán en el último y dramático episodio de su vida, el desafío al Comendador. Un acorde final en la menor y pianísimo, con un acompañamiento de distantes trémolos de cuerdas, cierra la obra”.

Este impulso inicial que produjo el encuentro con la encarnación de ese eterno femenino en Pauline de Anhas, se mantendrá inalterablemente dinámico en Strauss a lo largo de toda su obra, y pasará desde el símbolo del ideal inalcanzado en Don Juan, a la expresión pura del amor en la forma de una rosa, cuyos pétalos se reúnen en planos superpuestos, para converger en la esencia del amor. Basta escuchar el sentido trío de voces del acto III de la ópera El Caballero de la Rosa, en donde Octavio, La Mariscala y Sofía desde la propia realidad de cada uno, trascienden a la irresistible determinación del amor, para sentirse conmovedoramente traspasados por esta experiencia.

Es sin embargo en sus canciones para voz y piano donde Strauss realiza el máximo homenaje de belleza y de entrega a esta certeza, a esta realidad encarnada en la mujer que amo toda su vida. Cuando escuchamos la canción que le dedicara a Pauline- en realidad Strauss le dedicó todas sus canciones a Pauline- llamada Allerseelen (o canción del día de todos los muertos) entendemos como se unen en una sola experiencia estética y vivencial, lo visual y el aroma, lo visto y lo presentido, la vida y la muerte, lo perdurable y lo impermanente, a través del proceso de transformación que nos llevará desde la vida, a la muerte y otra vez a la vida.


ALLERSEELEN


Pon sobre la mesa las resedas perfumadas,
tráeme los últimos asteres rojos
y hablemos otra vez del amor,
como en otro tiempo, en mayo.

Dame tu mano para que la oprima en secreto,
y aunque otros lo vean, me es indiferente,
obséquiame tan sólo con una de tus dulces miradas,
como en otro tiempo, en mayo.

Hoy florecen y exhalan aromas todas las tumbas
pues un día del año está dedicado a los muertos,
ven a mi corazón para que te tenga de nuevo,
como en otro tiempo, en mayo.

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viernes, 18 de julio de 2008

El nadador de un solo amor...12 poemas de Georges Schehade (introducción de Gaetan Picon)


Yo reabro esta compilación -- Les Poésies -- por el objeto insólitamente encerrado como en un cofre que se puede transportar a todas partes consigo, y lo hago de manera sorprendente por los dos anillos laterales de los primeros poemas y de Si encuentras una paloma torcaz -- (1938-1951: el tiempo que hizo falta para constituir la lapidaria, el herbario). Sí, lo abro como un cofre incrustado de nácar, en las paredes de cedro o de sándalo, y hay un perfume que él exhala, y que reconozco al instante, entre todos los otros, pues pertenece a una esencial, a una intemporal poesía, así; caminando con los ojos cerrados en este bosque, sé de un olor tan complejo y tan sublimemente equilibrado que no lo encontraré en ninguna otra parte, que las palabras faltan para nombrarlo, que soy advenedizo de la eminencia de un seto familiar.
Aroma único, incomparable... Es sin duda que pertenece a una tierra más lejana que aquella de la que acabo de hablar, y donde piso las innumerables hojas del otoño. Tierra donde el sol muere como un caballo de madera, donde se desarrollan las páginas de la gran Biblia de las piedras, tierra donde solas resisten a la gran sed del sol las esencias raras y violentas. Y sin embargo no es la violencia de Mediodía. Es más bien la noche, como un otoño de cada día, la frescura de las fuentes sin agua de la luna, la hora mental, imaginaria donde las cosas son filtradas, tamizadas por su espera o su memoria; y lejos de afirmarse en una evidencia demasiado fuerte para ser sensible, ellas fluyen delicadamente como el jugo de frutas que exprimimos con nuestras manos, ellas forman en el aire los menudos arroyos de la rosa, del jazmín, de la violeta. Noche a menudo más brillante que el día, primavera, otoño más ricos que el invierno y el verano, penumbra confortante donde las imágenes responden a nuestro llamado. Pero esta flora de una más lejana tierra es sobre todo la de un "lejano interior"; el Oriente es aquel del corazón y de lo imaginario; el jardín es más antiguo, mejor preservado que los otros, y tal como ha escapado a los empleados del catastro, a los guardianes y verificadores del tiempo: la hierba no ha sido pisada.
Jardín de infancia? Yo diría más bien de una vida que no tiene otra edad sino la infancia. Y justamente porque no es evocada a la luz de otra edad, no se trata de una infancia, sino de la época inmóvil en la que el niño, el hombre adulto, la mujer son los ciudadanos a derechos iguales de una capital fabulosa que el dramaturgo llamará Paola Scala o Belvento, pero que el poeta no tiene necesidad de nombrar. La infancia no es el objeto de una nostalgia; es la voz inflexiblemente ingenua de una vida que no tiene otro suelo. El poeta no ha tomado nada, no tiene nada que aprender, encuentra al término de su poema lo que ya sabía en el despuntar del día y de fuente cierta. Las palabras, inventadas sin embargo, le son dadas. No vienen las unas de las otras, sino también, de esta tan segura fuente. Y si pueden tener por ellas mismas un perfume, entonces no hablan de perfume, como el agua pura tiene su olor, no puede ser sino aquel, inmediatamente reconocido, e insólito, de la simplicidad.
Esta poesía no es una experiencia sobre el lenguaje: es una palabra de experiencia. No construye, de palabra en palabra, la pasarela que le hará dejar su tierra natal -- la tierra donde pasa, bajo el cielo cósmico, el tiempo sin hora ni edad. Hecha de palabras, seguramente, pero que no buscan su química, que no notan su fórmula, que dicen simplemente, en un solo aliento, lo que ella siempre ha sabido: ella persigue el rumor de manantial de su reminiscencia.
Pues es también un rumor que yo oigo y que reconozco, no menos que su perfume, cada vez que abro el libro; y es en él, también, que se pierde mi lectura: en la voz lenta y sorda, salmodiante, del poeta -- y he aquí que yo la desposo ahora como si fuera mía; yo soy el recitador más que el lector.
Pero esta voz, que restituyo al poeta, yo siento que es el eco de una voz más antigua, en la que la autoridad perfora a través del encanto de la inflexión personal, voz profética, sentenciosa del Abuelo (Antepasado), aquella que habla con el frío a lo alto de la montaña, como Dios lo hizo, o al umbral del jardín que hemos dejado, cuando el mundo se ha abierto delante de nosotros, y en el que el exilio y el pesar no tendrán término.

*

A este rumor de maravilla y de tristeza, a este perfume de sombra y de ámbar, somos sometidos como a un encanto -- cautivado, un poco adormecido, entumecido. Nos instalamos en el estribillo de cada poema; nos perdemos en el gota a gota de la concha de pila; dejamos a este ligero olor de incienso embriagarnos. El poema nos retiene: no nos deja fuera, armado de su fuerza, en el espacio que su destello habrá abierto. Sin embargo, he aquí la imagen, la imagen como la estrella, chispa de hambre. Ella rompe el encanto; y nos descubrimos activos, vigilantes. La recalcamos en el poema, y nos vemos, fuera del poema, hacia el mundo que contiene su prueba. Brusco resplandor de las imágenes, golpe de gong, desgarramiento de seda... Yo no las conozco más verdaderas, se bastan demás a ellas mismas, pequeñas islas donde vivir indefinidamente. No he podido escribir estas líneas sin que ciertas hayan encontrado su lugar; y también está la luna montante como un animal de tormenta, los árboles que no viajan sino por su ruido, las estrellas que viajan con sus piernas de sal, los armarios de las ancianidades de uvas; está el ojo, ese animal encantador...
Pero yo noto que la imagen termina raramente el poema. El movimiento del texto no tiene como fin el de llevarla, como si ella fuera el trofeo de su victoria, lo que nos permitirá desprendernos del poema, conservando de él este solo resplandor de hoja cortante para nuestro propio combate. Si el poema XVIII de Poésies II se acabara sobre las fuentes sin agua de la luna, en lugar de acabarse sobre el Todo pasa como si yo fuera el pájaro inmóvil, nos dejaría como al borde de una ventana abierta, expuestos y vigilantes; pero la sentencia final -- más bien una verdad que nos repite que esta antorcha de la imagen capaz de alumbrar otros fuegos -- nos hace entrar en el canto, en la penumbra maternal del poema. Y noto también que la imagen no es un comienzo frecuente. Ella no tiene la función de abrir un espacio particular, de desencadenar la embriagadora mecánica de la cual la poesía moderna no se cansa. (Sólo un poema de juventud -- el VI de Poésies I -- es construido sobre un movimiento de enumeración, que evoca muy precisamente Apollinaire). Diseminada, a veces única, la imagen es en el corazón del poema como el ícono iluminado en el ángulo oscuro de la habitación, como la mancha de sol al fondo del pozo.
Mejor: ella tiene en su cresta la brusca refulgencia de lo vago -- dulce vaga mediterránea, entre la subida y la caída -- a la vez tesoro, extremo punto de la visión, e ilusión, reflejo inasible, intransportable al aire libre. Pues si ese momento de la imagen es aquel de la intensidad, de la presencia, no es separable del movimiento por el cual vamos hacia él y que inaugura el poema, ni de aquel que, en los últimos versos, nos lo retira. Y por otra parte, antes de surgir, la imagen está ya sembrada -- retirada. El tiempo del comienzo, en efecto, es pronto el pasado, luego el futuro, o un verbo con valor de futuro:

Cuando todo dormía en la casa fiel...

o
Cuando tengamos
Playas dulces de tocar con la mirada...

o aún
Si encuentras una paloma torcaz...

Pero como el proyecto del deseo no es sino un pasado a reencontrar, el tiempo verdadero es aquel de un futuro de reminiscencia:

La estrella vendrá al jardín destruido...

Regresaremos cuerpo de ceniza o rosal...

Nos iremos un día hijos de la tierra...

Tiempo ambiguo, del que no se sabe demasiado lo que nos da, del que se sabe en todo caso que no nos da el presente, que borra la cesura de la imagen, impidiéndonos arrebatarla al fondo de estas aguas confundidas, a las cuales se abandonan, con delectación, nuestras manos.

*

Aquí, algo pasa, como lo prueban estas conjunciones de tiempo, de finalidad, de comparación, de suposición que abren tan frecuentemente el poema. Algo es anunciado, viene, luego se borra. Cada poema es por consiguiente un drama, pero el mismo, con esos dos movimientos, esos dos actos que mantienen la frágil construcción como en escuadra, con, en su cumbre, la imagen, a veces el OH interjectivo, inmóvil como el pájaro planeador. La partida de los hijos termina, tan pronto surge la estrella que ha guiado su marcha, para su repatriación en la tierra eternal. Explícita o no, la cláusula del poema, es siempre el tiempo inocente de las cosas. Drama, pero de una sola acción, de su solo personaje, de una sola verdad; no conoce ni voces antagonistas, ni colisiones, ni alternativas. En un sentido: drama sin tensión, pues lo que advendrá es conocido, ineluctable, los pasos están dados en los pasos, no puede haber sino repetición, jamás oscilación, jamás salida inesperada, no más negativa desesperada. La verdad que cada vez se revela, pero se reconoce, se sabe desde siempre, habla por la voz de una dulce, sonriente, muy melancólica sabiduría, que rinde el debate inútil y desalienta el impulso tanto como el grito. De Monsieur Bob`le á l`Emigré de Brisbane, la obra teatral, sacada de la misma fuente, no puede sino dar el cambio. Ciertamente, todo un pueblo ridículo y caprichoso se agita, tomado en situaciones imprevistas, de las que se puede creer que van a salir por puertas insospechadas. No son sino máscaras y adornos delante de la misma boca de verdad.
Boca tenebrosa... Cuál es entonces el secreto de su seducción, de dónde viene este destello de rocío, este tintineo de cristal, que cada uno reconoce, y este aire de una frescura siempre tan deliciosa? De dónde viene que tocando la tristeza del poema, la perdíamos en el poema? Es que las palabras renacen de sus cenizas. O más bien, no. Las palabras no dejan cenizas. Arden siempre a fuego lento, pequeñas pilas de pedernal sobre la línea del desierto, fieles, dulces veladoras en la noche de la habitación. Y nosotros vemos bien esta noche que ellas nos designan. Pero es a ellas que pertenece la verdadera presencia, la verdadera persistencia -- aquella de toda luz vista.

Poemas del nadador de un solo amor


I


El talle de las muchachas flotaba en el viento
El pájaro de ojo de perla no dejaba rastro
Era la época de los ángeles oh yo me acuerdo
La tierra feliz tenía al día y a la noche por hijos
La ausencia guardaba la sonrisa y la palabra
Todo brillaba de nada: la hierba y la lámpara
A excepción de un caballo erguido que montaba guardia
Y gritaba hacia mí:
Una vez no es costumbre salvo para la muerte
Oh yo me acuerdo

II

De noche a veces los santos me visitan
Pasan a través de los cristales como se ven afuera las plantas
Y yo los reconozco con sus caras de marionetas
Pues les gusta jugar con mi corazón
Dan un paso en la casa
Otro hacia un teatro de púrpura
Luego vuelven a ser lo que son
Es decir belleza invisible
- Unico testigo del milagro
Una muñeca olvidada por descuido
Los ojos cerrados como nadie delante de los sueños

III

En el espacio vacío y lleno como un anillo
Las rejas de la noche se abren sobre la muerte o los sueños
Esta noche en la llanura está la Mesopotamia y sus ventanas
La rosa se calienta en la lámpara como una hermana
Oh mira
Un velero con cabeza de león tira el ancla
Y siempre sobre la playa
Las grandes arrugas blancas del mar

IV

Aquellos que velan muy tarde la noche
En la absolución profunda de las tinieblas
Lejos de las lámparas calientes a los ojos
En el aire desnudo
Son los viajeros del porvenir
Y las estrellas tan bien lo saben que se detiene en sus ventanas
Dejando escaleras brillantes
Al alba cuando los cazadores hacen agujeros
En el silencio de los campos

V

Mi madre encendía las lámparas para alejar las sombras de nosotros
Ella contaba nuestra edad con los dedos cuando el reloj daba sus golpes
Mi madre hablaba del tiempo que pasa sonriendo
- Y los hombres que la seguían eran sus ángeles

Ahora que la luna está muerta Dónde están maravillosos pensamientos
Amor con dientes de almendras
Infancia que lloras sobre mis mejillas

VI

Ella se levantaba en la noche para mirar el Cristo
Tocaba el bronce de su herida para sanar
Y su cuerpo temblaba como jazmín

- Yo amo en la oscuridad la profundidad de tu sombra
Tú lloras tan dulcemente que tocándote uno muere (morimos)
Y nadie tiene las vírgenes de tus labios
Sino tu imagen

VII

Lees un libro más pesado que tus manos
En ese jardín quejumbroso en el que se divisa una tórtola
La sombra levanta vuelo con ella

VIII

Si y no:
Dos bastones
Uno se doblega
El otro se rompe
- Cuál ?

Así habla el sabio
Una vez entre dos
- Cuál ?

IX

Si nunca regresas a tierra natal
A pasos lentos como un caballo al cual la tarde acrecienta la fatiga
Oh ve a ese jardín
A encontrar la rosa desconocida
El crisantemo con melena de león
- Inmensas arañas vuelan con mariposas
Como en las fiebres de la infancia
Sonríe o llora pero nada temas
Es la sombra que se muere antes de ser noche clara

X

En el otoño rojo y amarillo como un tamiz a través de los árboles
Y la vanidad de un zafiro
Un cuervo con muletas predice desgracias

Soñando con la muchacha que pasa en el bosque
Igual a una fábula
Yo grito: Oh amor concédele larga vida

Pero el eco que viene de lejos y se pliega
Perdiendo las palabras retoma:
Amor amor sin vida

Como un juego de cartas

XI

La gran tristeza de un caballo se pasea en las nubes
Y tú en esta habitación
Sueñas sin palabras
La más tierna infancia de un viaje
Sobre el reino de los muros

XII

En el sueño de una niña
Hay la gracia y el misterio de una aguja
Y salido de un violín
Un joven cazador que la espía
- Ah cubran bien a esta niña que duerme
Pues ella está afuera
En los bigotes de la noche

lunes, 14 de julio de 2008

El mes de julio...


Julio.
Mes que el emperador Marco Aurelio le dedicó al emperador Cayo Julio Cesar. Julio es un nombre masculino de origen latino "Jules" el legendario hijo de Eneas descendiente de la familia Julia, una de las familias más emblemáticas de Troya. También se usa para llamar a los nacidos en el séptimo mes del año. Marco Aurelio le dedica este mes al Cesar, en conmemoración de los triunfos sobre las Galias, siendo además, el motivo de hacer perdurable su admiración por este emperador: inspirador de su gran proceso de expansión del imperio. Junto con el mes de Agosto, que fue dedicado al emperador Augusto, forma la dupla de meses consecutivos del año que fueran dedicados a emperadores romanos.