domingo, 11 de mayo de 2008

Vicente Huidobro...el pequeño dios

" En el principio, la palabra dio origen al padre. Un fantasma nada más existía en el principio; el padre tocó una ilusión, asió algo misterioso. Nada existía. Por medio de un sueño nuestro padre Nai-mu-ena ( el que es o tiene un sueño ) guardó el espejismo de su cuerpo, reflexionó durante largo tiempo y meditó profundamente. Nada existía, ni siquiera una estaca para sujetar la visión; nuestro padre amarró la ilusión al hilo de un sueño y la mantuvo con ayuda de su aliento. Se sumergió hasta llegar al fondo de la apariencia, pero no había nada. Nada existía. El padre miró de nuevo el fondo del misterio. Ató la ilusión vacía al hilo del sueño, la sostuvo como si fuera un copo de algodón. Luego agarró el fondo del espejismo y lo pisó repetidamente, y finalmente se sentó sobre su tierra soñada "


Mito de la creación del mundo
de los indios uitotos de Colombia.




Del poemario ADAN (1916)

EL CAOS

Silencio. Noche de las noches. Ausencia
De todo vigor, noche honda y oscura. Inercia
Preñada de futuras fuerzas,
Anhelos y deseos incompletos,
Creaciones en embrión frustradas,
Truncos intentos,
Ansias comprimidas y guardadas.
Revolución de gérmenes,
Anuncios de simientes.

Nebulosa sin mundos,
Instante sin presente,
Anhelante mirada hacia el futuro,
Ansias expectantes en espera.

Fuerza en donde no hay fuerza,
Tiempo donde aún el tiempo no comienza,
Silencio que va a ser resonancia,
Instante que será, y sin ser hoy tiene mañana,
Momento que va a empezar,
Onda que aún no es campanada
Porque falta la fuerza que hace el aire vibrar.

Eter que va a ser luz cuando tiemble y ondule,
Neblina que camina a condensarse,
Que será sólida cuando a sí misma se fecunde,
Cuando en revoluciones logre compenetrarse.

Caos, vientre que no es,
Hinchado de preñeces que serán.
! Comience el despuntar de mundo invisibles
Que los soles y los astros formarán!

Surjan y vibren las grandes energías
Que duermen sin dormir en su neblina.

VICENTE HUIDOBRO.


Este joven poeta, Vicente huidobro (1893-1948), con el poema CAOS del poemario ADAN, irrumpe en la modernidad con el ímpetu que caracterizó al fenómeno de la ruptura vivencial y conceptual que los artistas y filósofos de principios de siglo propusieron como mecanismo de purificación, de renovación, de cambio. Estos procesos de vanguardias precedidos por las revelaciones estéticas de Schopenhauer, los conceptos sobre la temporalidad y el vitalismo de Proust y Bergson, así como la trascendencia que tuvo para el arte " la intuición como expresión " en Croce y " los sueños y el inconsciente en el arte " en Sigmund Freud, desembocarán, (en el campo específico de la literatura) en la crisis del "YO" literario, en la desintegración del YO, y el surgimiento de la poesía objetiva.

"Así pues, el poeta es verdaderamente ladrón de fuego...El poeta deberá hacer oler, palpar, escuchar sus invenciones; si lo que trae de allá abajo tiene forma, él da la forma ; si es informe, él da lo informe. Encontrar una lengua...Esta lengua será del alma para el alma, resumiéndolo todo, perfumes, sonidos, colores, el pensamiento aferrándose al pensamiento, extrayendo...Enormidad deviniendo forma, absorbida por todos, el poeta será verdaderamente un multiplicador de progreso", decía Rimbaud en las Cartas del vidente como el profeta de los mares arrebatados, de las quemazones subterraneas, del planeta arrastrado, como el redentor de aquellas maravillosas "correspondencias" anunciadas por Baudelaire, haciendo surgir una nueva poesía en el esplendor de la pureza original de la palabra.

En contraposición a la embriaguez de todos los sentidos que planteara Rimbaud, cuando apareció el Libro de las imágenes (1906) de Rilke, surge también la estética de la mirada. Para Rilke, el poeta deberá entregarse a transformar en palabras su visión del mundo y, sobre todo, "las cosas", olvidándose de sus sentires personales.

...! Oh vieja maldición de los poetas
que se quejan cuando deben decir;
que siempre opinan sobre sus sentires
en lugar de formarlos y suponen
que lo que en ellos es triste o gozoso
sabrían y pondrían en poemas
llorarlo o festejarlo ! Como enfermos
convierten en lamento su lenguaje
para decir donde les duele, en vez
de transformarse, duros, en palabras,
como el cantero de una catedral
se transforma en la calma de la piedra


Rilke
de Réquiem para un poeta.


Por su parte, Paul Valery (1871-1945) nos decía que "nuestra época no tiene lenguaje. No nos atrevemos a confesarlo. Entonces , unos usan el lenguaje de pastiche ( procedente de combinaciones prestadas a los tres siglos precedentes ); los demás hablan como el primer hombre y hablan para ellos solos."

De estas grandes revoluciones del lenguaje y de la expresión; de este retorno a las fuerzas primordiales de la creación que se gestan en la imaginación del hombre y toda la riqueza de su afectividad irracional, surgirán las corrientes de vanguardia, (el Fauvismo, el cubismo, el futurismo, el surrealismo, el creacionismo etc.) que ya no permitirán la simple imitación de lo que los ojos ven en la naturaleza, sino el despliegue de los mundos mentales del hombre hacia planos nuevos de conciencia, del tiempo y del espacio, hacia nuevas formas y nuevos lenguajes.

Con los ojos cerrados o abiertos, allí, en medio de esa agitación hacia lo primordial, encontramos a Vicente Huidobro, sentado al borde de sus ojos para asistir a la entrada de las imágenes. Pero para realmente entenderlo y acercarnos a él, debemos quitar una enorme cantidad de obstáculos que nos impiden una pura visión de su mundo en permanente despligue. Nuestros ojos, no quieren mirar lo que encuentra cualquier persona que intenta un acercamiento a la obra de Huidobro. No vamos a redundar en las prolongadas disputas sobre la paternidad del Creacionismo, sus enfrentamientos con los manifiestos surrealistas, ni sus duelos verbales con Neruda y otros poetas de su generación. Vamos a leer a Huidobro, Vamos a tratar de sumergirnos en su visión, en el fluir de lo que se va creando por la fuerza de su palabra.


Del poemario EL ESPEJO DE AGUA (1916)
ARTE POETICA

Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.

Inventa nuevos mundos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios
El músculo cuelga,
Como recuerdo en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerzas;
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.

Por qué cantáis a la rosa, !oh poetas!
Hacedla florecer en el poema;
Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el sol.

El poeta es un pequeño Dios.

Huidobro sabe que estamos asistiendo a un nuevo ciclo, que el lenguaje convencional, el lugar común, los clichés han muerto, o por lo menos son apenas un recuerdo. Sabe que sólo, para nosotros viven las cosas bajo el sol, pero que nuestra mirada las recrea. Cuanto miren los ojos creado sea. Por el vigor de la mente, por la fuerza de la palabra Surgirán nuevos mundos; el poeta es un pequeño Dios.

El mundo se me entra por los ojos
Se me entra por las manos se me entra por los pies
Me entra por la boca y se me sale
En insectos celestes o nubes de palabras por los poros


Más allá de las disputas terrenas, cuando Huidobro habla del creacionismo, sólo está ratificando que el poeta es un creador. No se trata de una teoría sino de una verdad. El poeta es un materializador. Se trata del acto mismo de la creación. Entre todas las acciones o actos que permitan llevar a cabo la creación ( Modelar, tejer, Plantar, Tallar etc.) Hay una que predomina por sobre todas las demás : La palabra, el verbo.

La palabra y su especialísima correspondencia con el mundo en el sentido de que es ella quien le atribuye su estructura, hace que esa palabra tenga un poder que va más allá de la simple función descriptiva : el mundo como texto de una manifestación que trasciende al hombre. La palabra pues se encuentra entre el acto y el pensamiento que no puede ser expresado en palabras. Es por la palabra que nos parecemos a Dios.

El poeta inventa mundos nuevos, pero en ese acto creador debe cuidar su palabra. A través de ella debe dar vida, no muerte. El adjetivo, lo superfluo , lo repetitivo provoca la muerte.


Altazor desconfía de la palabras
Desconfía del ardid ceremonioso
Y de la poesía
Trampas de luz y cascadas lujosas
Trampas de perla y de lámpara acuática
Anda como los ciegos con sus ojos de piedras
Presintiendo el abismo a cada paso

Más no temas que mi lenguaje es otro
No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie
Ni descolgar banderas de los pechos


La palabra que nos hunde, la palabra que nos levanta. El creador muere para que surja lo creado. El poeta cae por su palabra para que su palabra nos levante.

Poeta he ahí tu paracaidas, maravilloso como el imán del abismo
Mago, he ahí tu paracaidas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.

Cae
Cae eternamente
Cae al fondo del infinito
Cae al fondo del tiempo
Cae al fondo de ti mismo
Cae lo más bajo que se pueda caer


El poeta como creador toca fondo. Cae dentro de sí mismo, fuera de sí mismo. Mientras más alto caiga, más alto será el rebote, más larga su duración en la memoria de la piedra. Pero quién lo liberará ?

Saltaremos del vientre de nuestras madres o del borde de una estrella por la gracia y la pureza de la palabra primera, la palabra pura, porque la palabra también es una virgen o una rosa que habla una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.


Eres tú tú el ángel caído
La caída eterna sobre la muerte
La caída sin fin de muerte en muerte
Embruja el universo con tu voz
Aférrate a tu voz embrujador del mundo
Cantando como un ciego perdido en la eternidad

Liberación !oh si liberación de todo
De la propia memoria que nos posee
De las profundas víceras que saben lo que saben
A causa de estas heridas que nos atan al fondo
Y nos quiebran los gritos de las alas

La magia y el ensueño liman los barrotes
La poesía llora en la punta del alma


La palabra que otorga la vida y la muerte, que aparece lo invisible y desaparece lo visible. El poeta nos pronuncia, el poeta nos embruja mediante un encantamiento que nos da la vida. EL POETA CANTA. La palabra cuando es palabra sagrada, infunde vida. El mundo es sostenido por un canto sobrenatural.


Siglos que se balancean en mi canto
Que agonizan en mi voz
Porque mi voz es solo canto y sólo puede salir en canto
La cuna de mi lengua nació en el vacío
Anterior a los tiempos
Y guarda eternamente el ritmo primero
El ritmo que hace nacer los mundos
Soy la voz del hombre que resuena en los cielos

Quiero darte una música de espíritu
Música mía de esta cítara plantada en mi cuerpo
Música que hace pensar en el crecimiento de los árboles

Tanta exaltación para arrastrar los cielos a la tierra

viernes, 9 de mayo de 2008

Alfredo Silva Estrada: Saláh Stétié y las ambigüedades del sentido...


Salah Stétié- poeta, ensayista, filósofo crítico de las artes y de las letras, nacido en Beirut en 1929- ilumina con palabras de fuego y esperanza las tinieblas de nuestro mundo trágico, esforzándose, desde el misterio de un origen unificador, en sorprender y profundizar las confluencias del pensamiento oriental y del occidental. Así, en sus ensayos, escritos con la misma sustancia de su poesía o como una emanación radiante de ésta, no debe asombrarnos encontrar hermanados, por ejemplo, a Novalis y al poeta persa Djelal Eddine el-Roumi, elevando sus himnos con el mismo fervor de una noche esencial. Porque la noche -fondo, subsuelo, raíz del sentido- guarda en su seno el relámpago fundador de la palabra poética, a la vez luminosa y oscura.

Hölderlin es otra de las imprescindibles referencias occidentales de Stétié. Recordando el habitar poético del hombre sobre esta tierra de que nos habla el poeta del Azul adorable (“por la poesía/ hace el hombre de esta tierra su morada”), Stétié nos informa que en la lengua árabe verso se dice bayt (casa). Cada verso en el poema árabe está asimilado a una casa: es morada de las palabras que conforman el sentido. Pero – tal es el deseo del poeta- la palabra no debe hacernos olvidar que proviene de una ola de las profundidades, no hay que sentirla abrigada por el bayt ni protegida por los muros de ninguna morada. Para el poeta de la Inversión del árbol y del silencio que ha visto en la poesía nuestra salvación, la palabra “debe permanecer libre de todo muro y de toda piedra, guardar imperativamente su fluidez, conservar su naturaleza primera y primitiva de elemento: gracias a lo cual nos es respiración y aliento”.

Un hombre como Salah Stétié, que ha fundido su existencia con su escritura (respiración y aliento) sin que una sea sucedánea de la otra, al hallarse en una situación límite (algunos días antes de someterse a una grave intervención quirúrgica que pondría en peligro su vida) se plantea, tal vez nunca antes tan explícitamente, ciertas preguntas esenciales acerca de lo que ha constituido y, no obstante las penosas circunstancias, sigue constituyendo su elección vital, y su razón de ser: ¿Por qué la poesía? ¿Qué representa el poema ante el universo: “ese nido de maravillas, ese nido de víboras”? ¿Qué peso tiene cada poema ante la búsqueda de un sentido compartido, frente a la lengua plural y nuestra, frente a la muerte que es ya mía, la intransferible y, sin embargo, la de todos?

La poesía que ha entrañado para este poeta sabio indagación rigurosa, apasionada e incesante, situado alguna vez “En el umbral de la belleza de los muertos”... “En el umbral del origen”, afirma ahora con dolor: “Reconocer la poesía es, extrañamente, comenzar por desconfiar de ella, abstenerse de conocerla, al menos hasta no haberla experimentado en las balanzas interiores por lo que ella misma es.” Curiosa experiencia, praxis tanteante que precede a todo conocimiento teórico. La poesía se le torna entonces “una totalidad opaca con posible vocación de transparencia”...

Y las interrogaciones subyacen: ¿podrá la poesía legitimar la muerte, así como ha justificado una vida? Las palabras ¿son portadoras de realidad o, más allá de la realidad y por encima del juego semántico, son portadoras de verdad? ¿En qué coyuntura poética coinciden realidad y verdad? ¿Dónde está la autenticidad de la poesía? ¿Cuál es su verdad esquiva que sentimos adentro, encarnándose, y que nos seduce y atormenta?

Ante la amenaza de la muerte, muy cercana, aquella que a lo lejos se emparentó con “la perfectibilidad de los astros”, el poeta osa interrogarse e interrogar a su lector bajo asertos conflictivos: ¿La poesía no será acaso, en el juego de espejos que las palabras traman, más que ilusión, perspectiva tan deslumbrante como falsa, abriéndose al final sobre el vacío?

Salah Stétié nos pone a girar vertiginosamente alrededor de estas interrogantes en su libro Lo Prohibido, publicado en marzo de 1993, con esta afirmación casi al comienzo de sus inquietantes reflexiones: “La poesía, la humilde poesía, vacila en el umbral de todas las respuestas posibles.” Contradictoriamente, más adelante nos dice: “En cierta forma, la poesía es respuesta a una pregunta que no fue planteada o, lo que sería más exacto, a una pregunta que lleva consigo su respuesta y que ella deposita, como el mar a un testigo de leño sobre la playa de lo ya resuelto.” Las contradicciones que podemos encontrar en estas líneas reflejan, sin duda, las contradicciones mismas de la existencia en su relación con la complejidad del acto poético: complejidad que no contradice, en forma alguna, la simplicidad de la revelación fulgurante e instantánea.


A todo lo largo de estas líneas de Lo prohibido que bordean continuamente límites misteriosos, se entrelazan las deslizadas paradojas: “el poema es un habitual / inhabitual, un habitáculo desertado pero no vacío, más bien estaría colmado de no sabemos cuál plenitud. Plenitud que parece no estar justificada por nada objetivo. Plenitud injustificada y, no obstante, soberbiamente justa.”

En la gestación poética y en sus mutaciones, en ese dominio improbable donde el primer contacto del poeta con su poema es de orden corporal, táctil, “ciegos dedos contra ciego cuerpo”, donde hay que avanzar a tientas, con los dedos abiertos y tensos, con precauciones y prudencias para no romper los frágiles hilos de las relaciones aún nacientes, donde es preciso “tener un ojo en la punta de cada dedo para tantear la sombra”, tropezamos con todo un cúmulo de paradojas. Por ejemplo: “¿Podríamos esperar apresar desde el afuera alguna apariencia del adentro?”. La pregunta encierra su respuesta, porque sabemos por nuestra experiencia que, poéticamente hablando, no hay afuera ni adentro, “siendo el uno la expresión invertida del otro en una proyección simbólica.”

En el agolpamiento de sus espejos – insiste Stétié – “la poesía acumula paradoja sobre paradoja.” Suele mostrársenos como privada de sentido, fiel a su impulso original, a su ola de fondo oscuro, a su fuerza a la vez densa y ligera que precede al sentido. Lo que es la figura novaliana se sitúa en ese lugar intermedio entre lo nocturno que precede al sentido con vocación solar y el otro sentido que continuará esquivándose.

Esa mostración primigenia y a la vez velada de la poesía es lo que Stétié llama “ternura de la palabra poética”, llena de irisaciones y reflejos: “confusión clara... como el desorden de un jardín.” El autor de un admirable texto acerca de los jardines del Islam (Firdaws, 1984), no podía dejar de evocar a su venerado Georges Schéhadé:

Hay jardines que ya no tienen ninguna región
Y que están solos con el agua
Unas palomas los atraviesan azules y sin nidos

Pero la luna es un cristal de dicha
Y el niño se acuerda de una gran desorden claro

Bellas palabras de un poeta amado al que recurre Stétié, como en una oración, cuando, aun afrontando lo terrible, se atreve a acercarnos a una ternura de la palabra en claroscuro:

“Ese desorden, he aquí que poco a poco, por la claridad que asombrosamente emana de él, cede el lugar al orden, no sabemos a ciencia cierta a cuál orden tembloroso, progresiva condensación de la luz difusa, baño original del sentido... Primavera del sentido, pequeñita primavera del sentido, todavía enturbiada de lluvia y de bruma, a la manera de la madrugada.”


Un año después de la publicación de Lo prohibido, Salah Stétié publica, en junio de 1994, el poemario La tierra con el olvido. Al ofrecerme un ejemplar, con cierta timidez, me dijo: “Estos son los poemas de una vida”. Una vida, se entiende, que comienza a encarar la vejez con un excepcional coraje corporal incorporado al poema y una lucidez inusitada. Aquí, lo que podría ser sólo dolor y nostalgia se torna hallazgo de lenguaje y revelación constelada, revelación de cuerpo humano y cosmos: “Oh cuerpo nunca perdido bajo tantas noches / portador en ti de un incendio de estrella.” Y la ausencia misma, la quemadura de la ausencia tiene al final la frescura de una renunciación:

Hay un rocío que cae
Nada hay: la tierra con el olvido


En mi versión de estos poemas, como en mis anteriores de este poeta difícil y espléndido, no he perdido de vista lo que nos comenta acerca de su escritura ese otro gran visionario, el poeta sirio–libanés Adonis. Nos dice Adonis que el arte de nuestro amigo está hondamente enraizado en la caligrafía islámica, renovándola: poesía de arabescos que es, a la vez, música y geometría. “Rítmica liberada que no persigue ningún objeto externo, sino su propio desarrollo, su propia dinámica espacial y lineal. El ritmo puede ser tan pronto esta curva, esta ruptura, este cruce; tan pronto helo aquí analogía, intercambio, similitud. Es así como el cosmos, aprisionando la materia, libera de ésta solamente lo que es energía y significación. Así, con Salah Stétié, el mundo deviene, en su totalidad, admirable barandal de la palabra.”

Confieso que cuando vierto un poema de Stétié a nuestro idioma – placentera tarea emprendida hace ya más de un decenio– me asusta tener presente lo que nos señala Adonis: “Stétié escribe en francés con un lenguaje árabe”...

En los poemas de La tierra con el olvido, me parece que los arabescos, contradicciones y preciosas extensiones de la producción anterior del poeta, han cedido el paso al íntimo desgarramiento existencial del sentido. A veces, sereno desgarramiento. Lleno, en todo caso, de esa “claridad maravillosamente entenebrada” por todo aquello que fatalmente se esconde en la palabra. Porque el sentido, para que lo dicho se mantenga en la palpitación de su origen, nos es retirado por el ofrecimiento mismo del poema.

Alfredo Silva Estrada


I


He aquí, rosa de fuego en la quemadura,
Aquello que al fuego da su frutecer
Cuando el agua está allí, hija de la casa,
Y cuando esta en vigilia con el fuego de la quemadura
Sobre el techo y la larga palma de las nubes
Encendida por la sangre
Por encima del afluente del olvido

sábado, 3 de mayo de 2008

Probando el tiempo...del poeta Aladar Temeshy


Entre ser y estar / para llegar hasta la forma / viaje interminable /
entre rango de colores / y distancias de los vientos / indefinida realidad /
de aguas y letras / en la abertura incolora / de las arenas lentas /
entre ser y estar / terminando el tiempo...



Entre ser y estar -para probar el tiempo- yo abro este viaje con los pies descalzos y ver desde afuera lo de adentro, entendiendo entonces lo de afuera. Pisar la tierra con los pies descalzos, el último despojo sin nada que me impida el contacto directo con el barro (tierra y lágrima), hacia la noche abierta para no mirar la puerta que se cierra, puerta de la casa conquistada a través de una mirada intensa hacia el afuera del tiempo, justo entre las sombras del muro. Y me pregunto leyendo estos poemas ¿dónde pertenece la vida?.

Si probamos el tiempo diríamos que él es el “tiempo de la vida”, la “duración de la vida”, fuerza de vida o fuente de vitalidad. Pero la vida, como dice el poeta, no será vivida en el muro, en la pared, sólo habitamos el tiempo para ser y estar en una dualidad sin límite, alteridad impenetrable donde sólo nos es permitido ver la huella de Dios.

Entiendo entonces que la vida es algo más que mi propia vida y que el tiempo es también algo más que el tiempo de esa mi vida. De ahí la Eternidad. Sin embargo, la voz oscura y femenina de la noche abierta, me susurra que sólo somos eternos en nuestro querer: tibio tejido de apertura eterna de lágrimas y cuentos, la pertenencia negada, el sin lugar en todos los lugares...aquí mi eternidad.

Y vuelvo a ser, más allá del tiempo o con el tiempo al final del tiempo (que puede ser la noche), para estar y no pasar a través de la palabra; como una vivencia interna de aquel otro tiempo ajeno a la presencia de las cosas. Y me digo: yo soy. Mas el poeta ante esa afirmación le pregunta a Dios ¿por qué no hay lugar para nosotros, aquí donde hemos nacido, por qué sólo la tristeza del mar que no es sitio sino el fin de todos los sitios?. Y al útero del tiempo -que ahora puede ser también la madre-, le pregunta igualmente ¿cómo medir el instante tan sólo con los recuerdos rotos o con el olvido de nuestro propio ser?

Pero ante la “verdad vivida” no puede haber preguntas. No hay antes ni después, porque el tiempo es la imagen móvil de la Eternidad, la edad del cielo entero, el eterno presente, (la Presencia está siempre presente), y en la santidad de este para-siempre-ahora, sólo está la lluvia como llanto del cielo, mezclándose con la tierra, para volver a formar barro.

Sigo leyendo y me olvido del antes, del ahora, del después, del instante, y vuelvo a inquirir sobre la vida para que el tiempo no sea más el tiempo de afuera, sino el tiempo vivido, el tiempo esperado, el tiempo soñado. Ya ser y estar no son suficientes para explicar la vida, porque el ser y el estar nos rebasan. Y el poeta, de un cabo al otro de su vida, encuentra la raíz de la existencia en la memoria, en el recuerdo rosado de una tarde en la Roma imaginada o soñada, memoria abarcada desde el aire, y luego dibujada en pálidas cartas marinas. Apenas iluminado por el ámbar, escribe cartas sin fecha, evocadoras de los viajes sin sur y sin norte, de mares y de estrellas infinitas, de libros alejandrinos y versos hechos de bosques altos y la brisa que nos aguarda en el patio de la casa con sus pequeñas flores. Ciudades, amores nunca comprendidos. Un mundo compartido con el otro en el recuerdo que ya no tiene otro sonido que el sonido de los sueños porque el mundo es lo vivido: Sólo vida interminable, en el secreto sonido de la desintegración, de barro y ceniza. El mundo es lo que vimos tú y yo.

Abrimos el tiempo para ir hacia el origen, para volver. Recorrer el tiempo en desandada y en final de este viaje a la inversa, preguntar dónde está la realidad de la existencia vivida. Nos acoge entonces el extremo más lejano de la existencia donde recobraremos la esencia de la vida, con sus paredes blancas, blancas de años, con palabras blancas, soledad blanca: la muerte que también es una rosa blanca

Y es ahí donde el barro se volverá piedra. Pondremos entonces nuestra cara sobre la piedra, para verla por dentro, más allá de la forma, de la materia, volverse uno mismo piedra: Estar piedra adentro, dentro de uno mismo, para conocer el verbo. Entiendo entonces que sólo soy huésped de mi propia vida, de esa vida buscada. Sin mañana y sin ayer, sólo las manos para palpar la piedra, para prender las piras, para sajar el tiempo y escribir la palabra de Dios sobre el secreto de la vida y de la muerte.

Pero el final del viaje es el principio, porque el poeta nos llevará siempre más allá de la distancia, para que los que regresan nos traigan finalmente nuestra rosa. Ángel caído en caída lenta donde la existencia no es real, sólo el ámbar y la lámpara, para apagar las luces de la casa, cerrar las puertas, las ventanas y volver por el alargado jardín a la noche sin tiempo, donde con seguridad está el amor para susurrarle a la vida en el oído: “estoy lleno de ti, de miel y muerte, de mar ebrio... de plenitud sin fondo...sin palabras, cantándote sin voz con las bocas secas de dolor y de dicha, sin claridad estelar. Lleno de juego, de magia interminable, de luz lacerante...niño eterno, feliz... lleno de ti.”