jueves, 23 de marzo de 2017

La Sopa de Los Ausentes: Impresiones sobre el poemario de Rubén Ackerman - Ana María Hurtado



                                                   El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos 
                                                                                                         (There are more things. J.L.Borges)                 


Si bien el poemario Los Ausentes debe ser leído dentro del contexto de la nostalgia hebrea, de ese pueblo elegido cuya supervivencia es sostenida en y por la Palabra, en la evocación de la pérdida y en la esperanza de la restauración, no podemos quedarnos en ese primer e inevitable acercamiento. La poesía de Ackerman encuentra su mayor logro en que partiendo de la más sombría de las horas en los pasadizos de Auschwitz, consigue catapultar sus imágenes más allá del ghetto y de la pavorosa contingencia. “Hay que sentir más allá de nuestra precariedad “. El poeta nos introduce a vivir en la errancia, nos hace sobrevivientes del holocausto, no en tanto  acontecimiento circunstancial y distante, sino que lo redimensiona como un evento esencial y cercano que nos interpela a todos. Ackerman nos muestra que la Shoah está inscrita en lo más hondo del alma colectiva. Y aún más, allí donde compartimos el mismo “Dios ciego de Transnistria que jugaba a cara o cruz con la vida y la muerte”.

Como dice Chantal Maillard: la herida nos precede, y esa herida es asidua acompañante del poeta: la herida del desgarramiento, de la ausencia que se hace constante presencia en el ámbito de lo cotidiano, de lo pequeño, lo insignificante, en el propio gesto, por ello el poeta, en este caso, intenta recuperar,  no el grandioso tiempo perdido de Proust, sino el minúsculo “gesto perdido de los ausentes”. Para esa hazaña de restitución resulta una ventaja pertenecer al pueblo judío, entrenado en hacer de la ausencia la más consistente de las presencias. Sabemos que en la memoria judía yace esa herida fundamental: el Jurbán, símbolo de toda desgracia colectiva o personal, y que luego de la destrucción de los dos templos, el  edificio espiritual del judaísmo se sostuvo gracias a la prevalencia de la Palabra, lo cual hizo posible que se constituyera curiosamente en un pueblo de escuchas y lectores. Sólo el pueblo judío pudo a través de la repetición de la Palabra -en su tradición oral y escrita- erigir un templo invisible, a salvo de las contingencias y en consecuencia perdurable, cuyo fundamento fuese la escritura divina, plena de infinitos significados e inagotable en su misterio.,  Es triunfo del judaísmo convertir una zarza ardiente en un libro y restablecer el pacto frente a un muro en ruinas. “Estarás esperándome sonriendo en una de las grietas del Muro de los Lamentos”. No obstante, ese ícono fundamental puede estar tan cercano que forme parte de la intimidad y de la inmediatez de una casa, dice RA “…todos los muros de esta casa son el Muro de los Lamentos”

Sin embargo, la universalidad de la poesía de Ackerman en este libro consiste en convertirnos a todos en judíos, en virtud del poder transformador y redentor de la palabra y el canto. 

“Hay que recuperar nuestra ración de fe
nuestro plato de sopas para indigentes
tenemos que convertirnos en lápidas
(esta escrito en el Talmud)
para que se pueda ver en nuestras pupilas
los rostros ausentes de nuestros muertos”

Del entorno familiar herido y desgarrado, nos conduce a la herida histórica para luego acercarnos a la herida íntima a través del amigo David Nejmad, con él  nos conduce al misterio del dolor en un patio de colegio: “David, a ti te quedaba grande la ropa del colegio”, con él evocamos al otro David, igualmente pequeño, pero que contrariamente lucha, vence y canta. El poeta insiste en adentrarse y adentrarnos en el misterio del sufrimiento humano, en el Job que alguna vez hemos sido, incitando con íntima sencillez una resonancia profunda en el lector, quien no sólo no puede permanecer indiferente sino que se mira y se reconoce  en cada ausente, en cada pequeñez en el camino de  los perdidos. RA nos ubica en ese lugar afectivo de los que no tienen patria sino anhelo, el “Moisés sin tierra prometida” y  nos conmueve porque todos, de una u otra manera, conocemos la indigencia, la errancia y buscamos el paraíso perdido “búscalo ahora, hijo, que tú y yo somos huérfanos y no sabemos vivir” sabiendo que  “El viaje es largo/ guarda en mi equipaje/ algunas palabras para leer en silencio”

El poeta vive en un universo de presencias-ausencias  familiares que nos recuerdan a los Manes de los antiguos romanos, aquellas almas de los ancestros que se constituían en espíritus tutelares de la familia, vagando como sombras y a quienes se les rendía culto; sin embargo, los ausentes de Ackerman no son fantasmas ni sombras, por el contrario, tienen” peso y fragancia” como la inmarcesible Rosa de Borges. La presencia tutelar de los ausentes  es vigorosa y nos cobija, ellos hablan con nuestras palabras, viven en nuestras vidas, se nutren de ellas y a su vez las enriquecen. Todos vivimos con esas presencias de los muertos que siguen existiendo en un diálogo permanente con nuestra propia muerte. “Mamá cocina una sopa para los vivos y los muertos” y la “abuela Raquel siempre acuna a los tíos muertos”.  Y en ese vaivén entre lo íntimo  y el Otro, los ausentes también adquieren presencia más allá del entorno familiar, así aparece una Marilyn Monroe, hecha eco en el vórtice, una delicada Emily Dickinson que sueña por nosotros el sueño de todos, un Franz Kafka que tose, un Sigmund Freud diagnosticando en el vagón de un tren, o un extravagante Hermann von Keyserling, cuya carta a Clhoris nos habla de lo inútil de Goldberg y Bach para mitigar el insomnio por la ausencia de la amada ” Ahora todo se desvanece… todo duerme menos tu fantasma y mi insomnio”

Sabernos seres en diáspora, exiliados, execrados, extranjeros,  nos hace humanos, demasiado humanos, puesto que todos hemos sido expulsados del paraíso, de aquellos primeros y entrañables amores, y en consecuencia,  llevamos a cuesta la palabra en sustitución de la ausencia. No hay manera de vivir sin estar sumergidos en cenizas- “soy especialista en cenizas”-  en nuestras propias cenizas y en las cenizas de los que nos preceden, pero a la vez nos acompañan, nos conforman, nos dan sentido y significación.

En este singular poemario RA logra que lo sagrado emerja como habitante de la cotidianidad; una discreta plegaria se extiende desde los primeros versos hasta los últimos, a veces letánica, a veces salmódica, una invocación sencilla, nítida, con un ritmo limpio sin ornamentos, donde  la energía de lo dicho va dirigida al corazón y no a un Dios en mayúsculas o extraterreno. En esa extendida plegaria la memoria es el centro y en ella sobrevive con insistencia la mirada de la infancia, por esta razón, este libro no resulta sombrío ni amargo, puesto que el poeta mantiene el acento infantil, precisamente porque son los niños aquellos que con mayor claridad miran hacia los ausentes, hacia lo que está más allá, como ya nos diría Rilke, ese mirar de los niños y de los animales.

“Quiere usted recuperar intacta su infancia,
resucitar a sus muertos, extender el mantel,
servirles pan y vino”

o

“Hay que aprender a alucinar en pleno día
para poder ver lo que nadie ve”

Los Ausentes, no obstante el dolor y el desamparo, es un poemario atravesado de ternura y de una conmovedora ironía; ternura por los objetos que permanecen y nos sobreviven llenos de alma. Rilke afirmaba: “Todavía para nuestros abuelos, una casa, una fuente, una torre familiar, hasta su propio traje, su abrigo, eran infinitamente más familiares, casi todas las cosas eran un recipiente en que se encontraban o dejaban algo humano”. A esto precisamente apunta Ackerman en este libro donde cada detalle es infinitamente más familiar, más cercano, más entrañable. Leerlo una y otra vez es reconciliarse con la vida y con la muerte, a pesar de todo:

“tú que danzas con mi antiguo sueño de infancia
tú que tejes silenciosa la invisible trama de la vida
y haces que respire entre ruinas
extiende tu mano como ayer
Madre, necesito tu arrullo
más allá´ de la muerte”

Ana María Hurtado
Marzo 2017





martes, 21 de marzo de 2017

La experiencia estética del "Estar Viviendo" en Alexandra Kuhn



A finales del año 2013, recorriendo en la Hacienda la Trinidad la exposición de la artista Alexandra Kuhn (o Sasha como me gusta llamarla), tuve la profunda sensación de que estaba recorriendo mi propia vida…diría incluso que la vida más allá de esa vida individual. El “vivir” como la representación encarnada de los procesos vivientes de la naturaleza, pues como decía la poeta Elizabeth Schön: nosotros los seres humanos, también somos naturaleza. En esta propuesta denominada "Living", el gerundio nos revela que vivir es un proceso de transformación que se genera de manera incesante, que vivir no es un concepto extático o universal inamovible, sino el choque y la interacción de todos los elementos constitutivos de la naturaleza y sus metamorfosis alquímicas y bio-químicas, procesos estos con infinitas variantes y variables que se van manifestando desde la eclosión hasta el declive de cada de ser poseído por la vida o que está “viviendo”. El hecho de que ubiquemos la experiencia estética (que en este caso es vivenciada y no solo observada o contemplada) en un ser individual en donde se está manifestando el fenómeno de la vida de manera concreta en el espacio y en el tiempo, aporta a nuestra psique sensible, la ilusión de fugacidad y fragilidad.

Algunos podrían catalogar este trabajo de Sasha dentro de la corriente del Bio-Arte, (sin duda la más reciente del arte contemporáneo) en su vertiente que ha venido utilizando como elementos de composición, elementos vivos, tejidos, filamentos, algunos procesos vitales, las simbiosis, las separaciones, las divisiones, incluso el proceso de la muerte como elemento constitutivo del acto de vivir en su límite o final, o más allá el uso de la bio-tecnología para fusionar o expandir la obra creada como lo han venido haciendo George Gessert, Eduardo Kac, Oron Catts, Ionatt Zurr o Joe Davis del MIT.

Sin embargo, a todo lo largo de mi recorrido por la exposición de luz y de sombras de Alexandra Kuhn, sentí (y sigo sintiendo casi cuatro años después) que su búsqueda y sus encuentros van más allá de la utilización de elementos vivientes o de procesos bio-químicos de la naturaleza para incorporarlos de manera mecánica o deliberada en un propuesta estética.  Tampoco siento que pudiese ser insertada dentro de esa otra propuesta estética del Bio-Arte que desarrolló y aún sigue desarrollando el colectivo de arte feminista, integrado por las artistas Nunik Sauret, Laita, Roselle Faure, Rose Van Lengen y Guadalupe García desde septiembre de 1983 y cuya más significativa propuesta, es la metamorfosis de la mujer manifestada en sus ciclos biológicos, amplificada en la naturaleza como metáfora abarcante de lo femenino.

Para mi alma, el arte de Sasha, se me asemeja más a la vinculación que se produce (a través del ojo observante o la mirada), entre el alma (o la psique del ser humano) con la belleza que la naturaleza aporta de manera directa y sin filtros. Creo incluso que es una vuelta, un retorno al asombro griego o renacentista como elemento generador, multiplicador y amplificador del arte. Sus anotaciones, sus imágenes y toda su propuesta en general, se me asemeja mucho al proceso creador de Leonardo Da Vinci. Nos basta con evocar esos libros tan maravillosos que han podido "sobre vivir" hasta llegar a nuestras manos como Cuaderno de apuntes, Paisajes narrativos, Estudios de plantas para Leda, Dibujos de taller, La serie roja, Estudios sobre el agua, Los paisajes simbólicos y la serie del Diluvio o en sus dibujos anatómicos en donde el maestro empleó pluma y tinta, sanguina, lápiz negro, y aguada sepia.

Allí en estos textos llenos de magia y de belleza, Da Vinci da cuenta de esa conexión entre la naturaleza (Animal, Vegetal y Mineral) y su belleza tangible y exacta con el alma humana, cuyo vínculo se hace evidente (a pesar de que en apariencia pertenecen a “distintos reinos”), pues la naturaleza material-visible y lo intangible del alma, conforma esa unidad viviente que Hildegarda von Bingen llamaba "Anima Mundi": o lo que anima a todo el Cosmos o Universo en su conjunto. El hombre, ese “animal sensible” contiene dentro de sí todos los elementos de ese "estar viviendo", de ese living, pero teniendo el atributo extraordinario dentro el orden animal, de poder llevarlos a un plano de conciencia. Esta integración, le confirma al ser humano el hecho de estar sujeto y determinado por todos los ciclos de ese proceso. Cada crisis de la naturaleza, cada transformación, cada choque y cada cambio, es replicado en la psique humana con sus crisis, sus transformaciones, sus metamorfosis y sus cambios. Para reiterarnos esto el maestro coloca como puente de todas esas vinculaciones al cuerpo material del ser humano a través del ojo en términos biológicos y del gesto de la mirada en términos poéticos.

Creo que un punto central de estas visiones o consideraciones sensibles, es el tema de las aguas, del oxígeno como elementos que en estado puro y al mezclarse con la materia crean esa trilogía que la artista pone en la ecuación Agua + Materia = burbuja

Muy conmovedora y plena de poesía es la confesión de la propia Sasha cuando dice que soñó que desafiaba a la naturaleza. Mientras dormía, vino a su cabeza la imagen de una hoja de salvia que cuando hacía contacto con el agua emitía una chispa de luz..."Al día siguiente, corrí a experimentarlo. Tomé una hoja de helecho y la sumergí en agua. No obtuve una bengala, pero de ese cuerpo vegetal floreció un mensaje: el fenómeno de la adaptación. No se puede luchar por situaciones que no se dan" (…) "En estas imágenes quise jugar con los blancos que para mí representan la luz; de alguna manera aluden a esa búsqueda incesante del ser humano para encontrar claridad. Están las burbujas que muestran lo dinámico, un cuerpo que está en constante interacción y movimiento" (…) "Son imágenes en las que fotografié una mezcla de líquidos. Miel, yodo y tinta china conectan la luz y la oscuridad en un mismo lugar. Para mí tiene que ver con las situaciones de la vida; el negro te remite a un proceso de oscuridad y negación, y por otro lado aparece una tonalidad brillante de una sustancia dulce en un intento por disipar la depresión". Pero tal vez para mi lo que marca definitivamente su expresión creadora y su visión pura del acto creativo que "se deja" llevar por la fuerza anímica y espiritual de la Naturaleza, es su propia entrega a esas fuerzas y su alejamiento a lo conceptual o teórico que siempre nos remitirá a lo individual, a lo que nace y muere, a lo que en apariencia es fugaz y frágil: "Lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer', decía Gramsci. Pero a mí no me sirven los tratados. Yo apelo a representaciones puras, como la rosa marchita que renace de las cenizas"

Para cerrar, quisiera transcribir completo el párrafo que Raimon Arola Ferrer, Doctor en Historia del Arte, profesor de la Universidad de Barcelona, y uno de los más prestigiosos especialistas en simbología sagrada, arte y tradición hermética, nos ofrenda a razón de esas relaciones tan conmovedoras entre la Naturaleza, el alma y el ojo de ser humano en el proceso de vivir la belleza y que he podido ver, sentir y vivenciar en el arte de Sacha o Alexandra Khun: "...existen dos aspectos de la realidad: un primer aspecto que sería la forma, el aspecto exterior de la realidad, la apariencia externa; y un segundo aspecto que consiste en la realidad interna de la naturaleza, la energía que da vida a dicha forma, que hace crecer a una planta pero que también hace girar el universo, es el "Spiritus Mundi", el espíritu del mundo. Existe, sin embargo, un tercer nivel y en él consiste, además, la grandeza del arte: el arte puede ir más allá de la naturaleza, puede actuar como ella y mover una pintura o una escultura siguiendo este impulso natural pero puede también reconocer el origen de este movimiento. El arte va más lejos, llega donde no llega la naturaleza: llega a conocer al creador, al pensamiento que está detrás de esta energía, de este espíritu del mundo. Para crear es preciso considerar que detrás de la vida hay un creador, un origen, una conciencia que mueve dicha vida. En realidad, el arte sirve para ir más allá de la naturaleza, para ver lo sobrenatural dentro de lo natural, es decir, para ver al creador en las criaturas. El arte es una cognición, es un conocimiento de la realidad que mueve la creación, del Gran Arquitecto del universo. El arte desvela la sobrenaturalidad de la naturalidad, la fuente de creación que continuamente está creando, en un impulso creativo continuo. Sin embargo, es preciso remarcar que esto no tiene nada que ver con la imagen teológica de la divinidad sino con la fuerza que hace mover el universo; es física y no metafísica o teología. Si todo está en constante movimiento, si todo sigue el ritmo del universo, en el momento en que esto se pare, todo se destruye. El arte manifestará, nos enseñará, nos mostrará esta fuerza sobrenatural, origen de la naturalidad pues el arte, como decía Platón, es aquello que "hace visible lo invisible".

Edgar Vidaurre