martes, 24 de mayo de 2016

Ulrica o El enamorado y la muerte. A propósito de un cuento de Jorge Luis Borges, por Ana María Hurtado






Vendrás eternamente altiva
Vendrás, lo sé, sin nostalgia, sin el feroz desencanto de los años
Vendrá el eclipse, la noche polar
Vendrás, te inclinas sobre mis cenizas, sobre las cenizas del
tiempo perdido.

Juan Sánchez Peláez
                                                                                             

Un sueño soñaba anoche   soñito del alma mía, 
soñaba con mis amores,   que en mis brazos los tenía. 
Vi entrar señora tan blanca,   muy más que la nieve fría.
                                                                                              
Romance español 


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Acercarse con el deseo de aprehender  la cosmogonía borgiana podría tener el carácter de una desmesura, si no se tiene en cuenta que la obra de Borges es incesante, inagotable  y lejos de ser un corpus unitario y compacto  tiene el carácter que él mismo señala en los fragmentos de un Evangelio Apócrifo: “Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena”. Como el propio universo, su obra tiene agujeros negros, estrellas novas, bucles cuánticos y toda una fina red en expansión, de tal manera que al sumergirnos en alguno de estos mundos circulares que se vuelven sobre sí, tendremos que tener presente esta cualidad cambiante donde la arena misma es el devenir de la piedra, y viceversa. El viaje a través de estos mundos tiene el encanto de esas tareas imposibles de realizar por completo, que dejan cabos sueltos y cuyo destino es siempre impreciso. Bajo esta premisa, y hablando de arena, intentaré tomar un hilo de este laberinto, que me lleve precisamente al Libro de Arena, publicado en 1975, y que contiene un cuento singular: Ulrica, del cual el mismo Borges dijera poco antes de morir (1985) que era su cuento preferido.

De este cuento, que también se ha convertido en mi preferido, surgen varios hilos que me llevan por igual a un hombre asediado por las mitologías del amor, a las espadas del áspero Norte, a una misteriosa mujer nórdica y al final, a una lápida en el cementerio de Plainpalais en Ginebra.

Una de sus singularidades es que se trata del único cuento explícito de amor de Borges, escrito ya en la última etapa de su vida y en el cual la figura femenina adquiere una relevancia que no se manifiesta en otros relatos. Aceptando la premisa de que Borges puede hablar de sí mismo y habla en realidad de otro, e inversamente, tal como afirma Guillermo Sucre (Borges, el poeta) y que Toda literatura es autobiográfica, como habría afirmado el mismo Borges, en El tamaño de mi Esperanza (“Este es mi postulado: toda literatura es autobiográfica, finalmente. Todo es poético en cuanto nos confiesa un destino, en cuanto nos da una vislumbre de él [...] toda poesía es plena confesión de un yo, de un carácter, de una aventura humana. El destino así revelado puede ser fingido, arquetípico"). Sin embargo, no deberíamos literalizar, como algunos hacen, afirmando que el cuento se refiere a una amiga nórdica (Ulrike von Külhman) con quien se carteaba y a quien en algún momento  prometió escribirle un cuento. Si bien algunas coordenadas nos llevan a ella, el cuento sobrepasa en mucho cualquier aproximación a una mujer concreta, incluso a la misma María Kodama, quien se adjudicaba el apelativo de Ulrica. Tal es la riqueza de significados de este texto caleidoscópico donde cada quien mira algo distinto, que en él conviven en clave simbólica elementos biográficos, míticos, cabalísticos, alquímicos, herméticos, neoplatónicos y de psicología profunda. Sin embargo, debemos tener en cuenta que Borges, permanente explorador de estas vastedades, es también habitante de un universo lúdico, donde el niño solitario de Palermo  permanece jugando a las escondidas y a múltiples  acertijos.  Tanto se ha escrito de Borges y de este cuento, que extenderme sería caer en reiteraciones; intentaré, no obstante, explorar una visión “nueva” – si es que eso puede existir- centrándome en ese Borges hombre que habitó entre nosotros y que muchas veces rozó la ficción, convirtiéndose en un personaje. Más sin embargo, si seguimos al autor sabemos que los límites entre realidad y ficción son cambiantes y aleatorios, y que un hombre puede a la vez ser muchos hombres. Coincido con Guillermo Sucre cuando afirma que el Borges narrador no procede por combinaciones aleatorias de elementos reales, sino más bien como el poeta, por exploración exacta y completa de elementos virtuales.

El texto relata una breve historia de amor ocurrida en la ciudad de York entre un profesor colombiano, Javier Otárola, y una misteriosa noruega llamada Ulrica. Ambos se hallan de paso, con caminos divergentes. Javier  quien se enamora  inmediatamente de Ulrica, narra en primera persona las particularidades del encuentro  que culmina en un acto de amor físico, que bien pudiera ser un poema o un sueño. El cuento  transcurre en una atmósfera casi fantasmal y onírica, y pareciera una invitación al lector para completar la fantasía, y se aventure como los protagonistas en un viaje cargado de claves por descifrar. La primera clave es el propio epígrafe extraído de unos versos de la Völsunga saga (saga islandesa del siglo XIII):"Hann tekr sverthit Gram okk / legger i methal theira bert",  "Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos".  Tal epígrafe hace referencia a un episodio de la  historia de Sigurd y Brynhild, en la que dos amantes,en un mismo lecho, se hallan separados por una espada,  de tal manera que no puedan consumar un amor con tintes incestuosos, pero que luego terminan unidos en la muerte por un trágico destino. El símbolo de esta imposibilidad es la espada de Sigurd que en el lecho los separa, mas no en la tumba. Es ampliamente conocida la afición de Borges por las antiguas literaturas nórdicas y por el tema de las espadas, por lo cual no nos extraña que ellas cobren especial protagonismo en este cuento. Entre los variados simbolismos asociados a la espada está el asociado con el logos, la palabra, y en este sentido, más allá de la visión guerrera, adquiriría en Borges un matiz esencial. Tal vez, Borges puso muchas veces el ejercicio de la Palabra como separación entre él y la vida, esa amante difícil. 

Borges comienza el relato aclarando que si bien pareciera fiel a la realidad, es más un ejercicio del recuerdo, que en última instancia es lo que determina nuestro registro de la realidad. El tema de la memoria, y de la identidad tan apreciados en Borges, aparecen de entrada, haciendo el papel de aquel “Había una vez” de los cuentos infantiles. Ese lugar impreciso donde el recuerdo personal ordena los acontecimientos. La crónica abarcará una noche y una mañana, no obstante, ese breve lapso en cronología lineal significa mucho más en la cronología circular, pues el encuentro de Javier y Ulrica prefigura un encuentro más antiguo, más esencial, intemporal, hasta el punto de que ambos pasan a representar otros personajes, los propios Sigurd y Brynhild, y ya sabiéndolos ubicados en el tiempo y espacios del mito, intentaré hacer algunos señalamientos simbólicos que al integrarlos nos permitan acercarnos al misterio de la humanidad de Borges. El protagonista afirma que la primera visión de Ulrica, que antecede al encuentro en la pequeña posada, la tiene mirando unos altos vitrales -“puros de toda imagen”-  de la antigua y mágica catedral de York. Ulrica es una hermosa mujer que conjugaba en sí misma el “oro y la plata”, curiosa referencia alquímica de unión de opuestos;  vestida de negro hacía alarde de su feminidad, mostrándose altiva y segura frente a la timidez del profesor Otárola. 

El hecho de que Borges fantasee la historia en su amada Inglaterra, y más precisamente en la ciudad de York, conocida por sus leyendas, nos ubica en un espacio mágico que invita a la realización de un viaje hacia la insularidad del protagonista, un viaje heroico si recordamos el epígrafe y todas las leyendas asociadas a Inglaterra, entre ellas las sagas artúricas y las antiguas sagas sajonas. El vitral sin imágenes de las cinco hermanas York, nos indica que hay una apertura hacia la experiencia que está por suceder. Esa especie de virginidad de las imágenes, nos coloca en una posición inicialmente diferente a la reiterada obsesión de Borges por los espejos. La travesía se inicia cuando ambos se ponen en marcha hacia  el descenso, conectándonos de esa manera con una simbólica disminución del nivel de consciencia y un paso hacia el mundo interno. En ese caminar juntos que los lleva “río abajo”, el amor ha asaltado a Otárola; Ulrica se muestra receptiva y le hace una promesa de entrega al ansioso profesor, sin embargo, le prohíbe tocarla hasta la noche- evoco el Nole mi tangere de Jesús a Magdalena, tras la resurrección-. En el caso que nos compete, pareciera invocarse una separación necesaria antes de la unión definitiva, separación que es límite y diferenciación, paso previo a la posibilidad de un vínculo. Ulrica ha “colocado la espada entre los dos” a través de la utilización de la palabra. 

“Para un hombre célibe  entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera”. En este punto recuerda sus desengaños amorosos, ‘y no podemos dejar de pensar en los mismos desengaños de Borges, este hombre que desde su juventud no se había sentido cómodo con su cuerpo, y los avatares del amor físico lo asustaban, haciéndole casi imposible,  la consecución de parejas: un primer matrimonio tardío e infausto, impulsado por la madre y el segundo matrimonio ya en su vejez, que parecía ser más una unión sustentada en los intereses intelectuales y en la admiración mutua. 

“Todo esto es como sueño”, afirmación que da cuenta no sólo de la cualidad onírica del episodio, sino, por esa misma vía, anuncia la irrupción de elementos del inconsciente. Regresa allí el tema de la refutación de la realidad sustituida por la constante del elemento onírico. La escena parece darse en una suerte de espacio-tiempo intermedio, relacionado con la subjetividad. Igualmente ocurre con el tema de la identidad. La famosa frase que ser colombiano es un acto de fe nos conecta con la ausencia del referente externo, concreto, asociado a la tierra de origen y en su lugar la fe, que más bien tiene que ver con un despegarse de los asideros reales y mantenerse aferrado a lo intangible. Si lo interpretamos en clave simbólica habrá que entender que hay un intento de diferenciación, un distanciamiento de la madre tierra originaria, tema crucial en Borges quien mantuvo una estrecha y prolongada relación con su madre.

Otárola hace referencia a una búsqueda  que parece culminar en Ulrica.  Aparece así el deseo de unión junto a la posibilidad cierta del intercambio amoroso, en tanto se va dando el progresivo descenso por los páramos. En ese trayecto, ambos que no pueden pronunciar sus nombres verdaderos, se convierten en Sigurd y Brynhild, aquellos amantes víctimas del destino, revividos en eterno retorno  para reencontrase y cambiar la historia, otro tema insistente en Borges: las infinitas posibilidades de tiempo. Ahora inician su ascenso hasta hallarse en una posada gemela de la primera y con el mismo nombre donde,  cubiertos por  el advenimiento de la noche, se hace posible el encuentro erótico. Las referencias a William Morris, cultor prerrafaelita de los temas medievales, los colores en consonancia con la vida en oposición a los paisajes helados y blancos del afuera, son el escenario para la desnudez de Ulrica, quien ahora lo llama por su nombre – ya no es un personaje ficticio- : “secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y única vez la imagen de Ulrica”. Ese primera y única vez, en el decir borgiano es tal vez el territorio de lo eterno, donde las cosas suceden en presente y para siempre.

Los invito ahora a pensar en Jorge Luis Borges, el Georgie de Leonor Acevedo y de Anna Haslam, él que ha sido también un insistente célibe asustado ante lo femenino, quien parece iniciar casi al final de la vida un viaje de encuentro con su ánima, en el sentido junguiano, con la doncella interior, su dama, para lograr esa unión mística prefigurada en las bodas alquímicas con su aspecto femenino, hecho que habría estado obstaculizado por esa estrecha relación con la madre. Recuerdo a Parsifal, quien aun envuelto en las telas que la madre le ha puesto debajo de la armadura, sale en su viaje heroico, para que la madre muera y ocurra la necesaria separación. Hay referencias alquímicas en el relato, que nos conectan con el Borges alquimista, que busca más que una transformación de los metales en oro, en términos de literatura, una  elaboración de su sustancia anímica a través de la escritura. En su aproximación a la Divina Comedia, Borges vislumbra que Dante escribe esa portentosa obra   con el fin último de hacer posible un encuentro con Beatrice, aunque sea literario. Tomando en consideración las referencias anteriores y el momento de la vida en que lo escribe, intuyo que Borges escribe este particular cuento como preparación y anticipo a su propia muerte, bajo el ropaje de un cuento de amor.  Borges parece intentar el encuentro definitivo con su Dama, haciéndolo en clave de amor cortés, hecho que, como en las sagas de caballería, implica una profunda transformación: los caballeros al hallar a su dama, luego de matar al dragón que las mantiene cautivas, se desnudan, tal como el metal desnudo de la espada, se despojan de su ensamblaje heroico y proceden a la unión amorosa, que prefigura la muerte del adolescente heroico, como señala Jaime Lopez-Sanz, y la aparición o renacer del caballero (El héroe y el ánima en Doña Bárbara). Conjuntamente existe en el cuento una aproximación arquetipal: la mujer loba sugerida en Ulrica (nombre que significa “Reina de los Lobos”), vestida de negro como la Hécate de los griegos, a quien también acompañaban de lobos. Nos hallamos ante  una Dama, sin duda, emparentada con la muerte- como tantas damas- ella que habla con los pájaros y sabe que va a morir y con ello preludia el inframundo, de ahí su cualidad de psicopompo.  Jung afirmaba que la propia psique intenta prepararse para el tránsito más contundente que nos toca a los humanos, y para ello produce espontáneamente sueños cuyos contenidos son un intento del alma por compensar la finitud, con la certeza de que la vida persiste.  Y si hablamos de sueños, hablamos también del arte y la literatura.

Ulrica, no solo es la reina de los lobos sino que asume el nombre de Brynhild, que es la reina de las valquirias, doncellas guerreras que recibían en el Valhalla a los héroes fallecidos, y  en esta historia es la misma Brynild quien ocasionará  la muerte de Sigurd. Si la espada, con su metal desnudo desapareció entre ellos, es porque ya la muerte los uniría para siempre, sin distancia se daría el sumergirse en la unión perfecta.  Borges se adentra en la eternidad de la mano de la imagen de Ulrica, magnífica referencia a su condición de ciego, que conserva dentro las imágenes del mundo. Así como Alfonso X el sabio, quien deseaba encontrar a su dama, al no hallarla entre las mortales, dedicó su ímpetu amoroso a Notre Dame, María, a quien le dedica sus magníficas cantigas. En ese sentido, creo que Borges ofrece este canto a su dama sublimada que es la muerte, mezclando el simbolismo de las sagas nórdicas, el amor cortés y de soslayo, un guiño juguetón a la mitología griega; con esto subrayo que se trata de la crónica atemporal de un encuentro-hallazgo íntimo, donde se prefigura  la entrega final a la muerte, esa dama que siempre nos espera, pero que es una dama bifronte- tal como la lápida que luego veremos-  indisolublemente relacionada con la vida.

Integrar el ánima conduce a la posibilidad de plenitud en la experiencia amorosa, pero asimismo conduce, a través del proceso de individuación, a la integración de los contrarios y a esa postrera boda alquímica, quizá necesaria para sentir que la vida ha tenido sentido y de alguna manera asumir la finitud e ingresar a la Zoe colectiva, inagotable, donde el hombre es inmortal, en tanto asume las configuraciones arquetípicas. El encuentro con la dama fantasmal es a su vez resolución de la pareja interna, dejar a la joven madre, pero como también es muerte, significa volver en circularidad a la madre, ahora en términos arquetipales, a esa mujer que es todas las mujeres. En ese punto nos dirigimos a la lápida y a su epitafio en Ginebra. Ella es la que da unión y sentido a lo que he venido proponiendo.

Quiero acá hacer una pausa para compartir parte del poema Lo Perdido (El Oro de los Tigres, 1972):

“¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la del triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo.
(…)
pienso también en esa compañera 
que me esperaba, y que tal vez me espera.”

Para finalizar llegamos a la tumba de Plainpalais. La lápida blanca y áspera tiene en su anverso un grabado circular con siete figuras humanas que representan a unos guerreros northumbrios que van directo a la muerte, pues ya perdieron la batalla, y debajo una inscripción en sajón antiguo: "And ne forhtedon na", “…y que no temieran” Por último, una pequeña cruz de Gales   El episodio al que hace referencia se halla expuesto por Borges en el libro Literaturas Germánicas Medievales (1966), libro escrito  junto a uno de sus amores frustrados María Esther Vásquez. En ese libro encontramos este párrafo: "Una lápida del norte de Inglaterra representa, con torpe ejecución, un grupo de guerreros nortumbrios. Uno blande una espada rota; todos han arrojado sus escudos; su señor ha muerto en la derrota y ellos avanzan para hacerse matar, porque el honor les obliga a acompañarlo". El tema de la espada rota, como símbolo de derrota, es un tema que aparece en las leyendas del Grial, una espada rota encima de un ataúd, esperando ser recompuesta por un caballero de corazón puro, forma parte del cortejo del Grial en el castillo del Rey Pescador

La cara posterior de la lápida nos hace topar con la sorpresa, aparece en ella el epígrafe de Ulrica: "Hann tekr sverthit Gram okk / legger i methal theira bert", "Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos". Bajo esta segunda inscripción aparece el grabado de una nave vikinga. Y bajo ésta, una tercera inscripción: "De Ulrica a Javier Otárola". En el anverso el heroísmo, en el reverso el destino trágico de Sigurd durmiendo para siempre con Brynhild, de la que un día lo separó la espada. Sea o no este epitafio expresamente deseado por Borges, lo que sí es cierto, es que se corresponde con temas esenciales que él desarrolló y que me parece están contenidos en el cuento que, según sus propias palabras, fue su preferido.

He aquí a Borges, el hombre con sus mitologías, lejos de su tierra natal y sus antepasados, con un epitafio en idiomas antiguos, distintos a su lengua materna, ya en su pura desnudez, hecho imagen y eternidad en un singular y particularísimo acto de fe.






Ana María Hurtado. Mayo 2016




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