miércoles, 16 de abril de 2014

La tierra y el amor… un acto de fe.



Me he despojado de todo para volver a ti
Hemos de palidecer bajo este sueño sobrenatural
Ayuntando con la tierra

Panayía - EV


Los antiguos griegos, los alquimistas, los místicos y últimamente algunos astrofísicos, han creído con inagotable fe, que la tierra es uno de los elementos constitutivos de la creación. Que junto con el agua, el aire, el fuego y su combinación, se logra la transformación de la formas, su integración en un todo y que a la inversa, cuando separamos los elementos constituyentes deviene la desintegración, la fragmentación.

San Pablo en su carta a los hebreos (11:3) cuando nos hablaba de la tierra, como la manifestación de lo visible, nos decía que “Por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra inefable, de modo que lo que se ve no fue hecho de cosas visibles.”…esta revelación, resuena de manera total con lo que el santo dice sobre el amor en su carta a los corintios (13:1-13) y que se puede resumir en una sola de sus frases: “el amor todo lo cree…”

El amor para mi entonces es el atributo alquímico más importante del ser humano, pues por él y en él participan todos los elementos, acrisolados por su fuerza unificadora. 

En estas crónicas sobre el amor y los elementos, que he venido escribiendo, cuando confesaba  -en un acto de fe y de amor- mi condición de náufrago venido de la tierra de la soledad a través del elemento agua, tuve la revelación de que el camino de las aguas nos conducía a la esencia…que el Agua es el camino y que su verdad es revelada en su manifestación más interna y secreta a través de los ojos de una mujer: “Es por el agua que comienza la tierra… pronto vendrían el fuego y otro viento marino de sal y de perfume de certeza. Los cuatro elementos concurriendo en la orilla de mi isla… Como toda experiencia mística, termino sucumbiendo a lo inefable, termino creyendo con fe en esa experiencia vinculante para iniciar en su sonrisa y en sus ojos el camino de retorno desde lo más esencial, lo más humilde…“

En cuanto al fuego, la visión apasionada – y de que otra forma podría ser tratándose del fuego-  me llevaba a sentir que: “Hombre afortunado yo, que desde las sombras y la soledad de mi vida ha visto surgir la más asombrosa de las revelaciones: el fuego no puede tener otro símbolo más exacto que el amor. Aunque la revelación a veces no es suficiente para creer, siempre aparecerá ella en silencio, con su sonrisa inexorable para revocar el momento de las incertidumbres: fuego encarnado capaz de quemar todas mis dudas.”

Ya sobre el aire, como elemento constitutivo del amor, entendía que éste también es vuelo, que es alado, que el ave Fénix sucumbía al fuego para resurgir sus cenizas, que devenía en ave del paraíso, para recobrar la tierra perdida, la tierra prometida… lo que me hizo declamar a los cuatro vientos que: "El amor es libertad, es la absoluta libertad... con mucha fe, me declaraba “espíritu libre”, como claro presentimiento de lo inminente. Que esa fe inquebrantable está contenida y colmada en la mirada de una mujer susurrante que me está enseñando la ruta de regreso al paraíso, que toma mi mano en un gesto de alianza infinita revirtiendo de manera total el Génesis y el drama de mi vida fragmentada en un retorno cierto y aéreo que me sumerge fecundante y ebrio en su flor más secreta…"

Ahora que hablo de la tierra, entiendo que la tierra tiene nombre de mujer, pero mi nombre también es tierra. No soy griego, alquimista, místico, astrofísico y mucho menos santo, pero como hombre y poeta sé y tengo la certeza de que la tierra es el origen y el principio, que he sido gestado y estoy transido de tierra. De ella vengo, en ella estoy y hacia ella me dirijo. Cuando lo inefable separó el Cielo de la Tierra, se reservó para sí el Cielo, pero nos dio la Tierra por heredad, la tierra mansa, iluminada, inocente, edénica, paradisíaca. Fue sin embargo al fragmentarnos, al dividirnos, al forzar nuestra integridad para entregar buena parte de la vida a la duda, a la conciencia del bien y el mal, cuando dejamos de ser, cuando dejamos de creer, cuando perdimos nuestra consistencia, cuando fuimos expulsados del centro.

En un esfuerzo por desentrañar el misterio de lo terrestre, escribí unos versos a la Panayía, (la Sacrosanta, la contenedora, la consoladora), bajo la premisa de que mi primera morada fue una mujer, que mi vínculo con la vida y con la tierra es una mujer y que mi destino también es una mujer. Mi hermana Ruth, en su infinita generosidad escribió sobre estos sentires que: “no es posible quitarle a estos versos su profunda pertenencia libre a la tierra. En cada uno de ellos se la invoca, se la seduce, se la posee sin poseerla, aún se la contiene y como si se tratara de una grandiosa amante, también se la reclama, confrontándola y haciéndole saber a cada instante que estos textos son de ella por la más libre de las elecciones: la del amor incondicionado tras larga meditación, y como en todo buen amor, posee esa cualidad de círculo que nace y se acrecienta en sí mismo, incorporando en órbitas sucesivas, aconteceres, tiempos y espacios cada vez más fértiles y abarcantes…”

Lo inefable, lo creante, nos entregó la tierra para que la amáramos en correspondencia a su infinita capacidad nutricia y de contención, siendo la manera más esplendorosa y consistente de hacerlo, el amarla en su advocación más perfecta y que se encarna en la mujer. Y es por eso que para asumir el amor, debemos desnudarnos, despojarnos de todo, que nuestro contacto sea directo, como lo hacían los antiguos sabios al caminar descalzos sobre ella. San Pablo en esa carta maravillosa que mencionamos sobre el Amor decía que "Aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de mover montañas, si no tengo amor no soy nada...” Tal vez por correspondencia implícita se podría afirmar que ese amor si no está precedido, envuelto y sucedido de fe y de certeza tampoco nos sirve de nada.

Creer en la tierra como lo visible es creer en las fuerzas que no vemos. Creer en el amor, es creer en el otro y creer en el otro es amarlo en libertad. La vivencia del amor nada tiene que ver con la posesión, la duda, la dependencia, el mero placer o el apego. El ser humano tiene los atributos de la luz y de la sombra, del bien y del mal, del cuerpo y del alma. Pero estos atributos no son excluyentes entre sí, sino conformadores de una unidad viviente, en permanente correspondencia y transformación. El hombre que no integra y no entiende que debe vivir con la integridad de todos sus atributos vivirá parcialmente, y por ende será incapaz de vivir con plenitud, de amar con plenitud. Y es el Amor lo que lo integra. Ver la tierra y creer en ella, es respetar esas leyes invisibles que la armonizan y la sostienen. Dudar de ellas la llevará a su desintegración. La relación entre la tierra y el amor es pues un acto de fe.

A lo largo de mi (ya larga) vida, la mujer -con sus equivalentes de paraíso, desterrante, orificio de fracturas, tierra, deseo santo, vida y muerte- ha sido el objeto central de mis aconteceres dolorosos o regocijantes, y aunque ella aparece como la hendidura a través de la cual vinimos del vacío primordial hacia lo contingente, es también la puerta redentora del retorno hacia la totalidad.

Por eso el amor a la tierra y a la mujer, no es un amor que se queda en lo visible. El amor como acto de fe, está más allá de la llama. No es una simple contienda entre dos sexos, en donde uno de ellos es tolerante o intolerante frente al otro. Mucho menos de una decisión sobre la supremacía, generosidad o mezquindad entre géneros. Muy por el contrario, el Amor es la firme posición ética que nos pone sin distinciones frente a frente con los orígenes, al misterio que subyace en la creación para no debatirnos en la duda. Sólo el amor nos da la certeza decisiva frente a los fenómenos de la construcción y de la destrucción, con una potencia creadora que nos trasciende y sobre la cual recae su infinito acatamiento agradecido…y en mi caso, agradecimiento a esta tierra que no sólo ha sido mi madre, sino también mi hermana, mi novia, mi amante, mi sanadora.

Tal vez para cerrar el círculo de los elementos conformadores del amor, a mi proclama de viento que hiciera para declararme “espíritu libre”, cabría añadirle una proclama de tierra en donde afirmo al tiempo que pido con toda mi fe, que mi cuerpo es mi alma y mi alma mi cuerpo. Que el amor que me rige -sin condiciones y sin dudas-, no me deje nunca fingir o vivir lo parcial. Que nunca llegue el día en que deje de ser en integridad, pues me estaré desvinculando del todo. Que lo femenino-tierra me acoja en sus infinitos caminos, que nunca deje que mi certeza y mi fe se acaben, que nunca dude de mi entrega. Que aun teniendo mis pies sobre la tierra y mis raíces más hondas arraigadas en sus sombras, ese árbol de mi vida se levante indetenible e inexorable hacia la luz para cumplir sus ciclos y ofrendar generoso sus flores y sus frutos, pero sobre todas las cosas, que jamás olvide que el amor es libertad…la absoluta libertad.



2 comentarios:

Nanda dijo...

Buscando poemas de Antonia Pozzi, encuentro en este blog temas poéticos y espirituales que alimentan el alma.
Gracias.

ana dijo...

William Blake afirmaba que el hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma, que su cuerpo es el alma percibida con los cinco sentidos. De esa manera admirable el místico y poeta inglés integra en una totalidad dinámica lo que tantos han imaginado separados y excluyentes. Recordé a Blake leyéndote, porque se me ocurre que no hay cuatro elementos diferentes, sino que todos ellos son diversas formas que tiene el alma para corporeizarse y experimentarse a sí misma: Atributos del alma cuando se percibe con los cinco sentidos, y pensando en ese número es probable que sean cinco los elementos, como lo pensaron los alquimistas, y tal vez hay aun más elementos que el alma apenas está aprendiendo a percibir. Ese podría ser el sentido último de la Gracia, otorgarnos la posibilidad de que lo que nombramos elementos sean de nuevo pasajes sucesivos de todo lo que existe, que se entrelazan unos con otros y retornan en una danza incesante. Que no somos distintos de los elementos ni ellos entre sí, cuando los percibimos con los ojos del amor, eterno conector. Resueno con Simone Weil cuando dice
"Estrellas y naranjos en flor.
La permanencia completa y la fragilidad extrema dan igualmente el sentimiento de la eternidad." Estrellas y naranjos en flor, contienen en sí todos los elementos, incluyendo el quinto.
Gracias por tus palabras que me incitaron a pensar.