lunes, 8 de octubre de 2018

Breve reseña de la pieza teatral: Como una Mariposa, de María Antonieta Flores


Las mariposas,
también se enojan
algunos días

Chiyo-Ni

Este 6 de octubre pasado, asistí a la única función del monólogo: "Como una mariposa", obra que marca el debut como dramaturga de la poeta María Antonieta Flores. La pieza se presentó (creo que por primera vez en la historia de la estética dramática) en dos formatos distintos y en un solo evento: sobre la escena como pieza teatral y desde la pantalla en formato de cortometraje de cine. Debo confesar de una vez, que a pesar de tener esta doble exposición estética, ambas vivencias se amalgaman y se complementan en unidad conmovedora. 

Precedida de gran expectativa (dada la reconocida trayectoria literaria de la poeta) y a medida que se desplegaba la obra, se fue constituyendo una experiencia profunda, fuerte, contundente tanto en el aspecto estético, como en la impronta que deja en el núcleo del mundo emocional y sensible del espectador. Ya desde el inicio y las primeras señales que la preludian, en la obra hay una aparente contradicción: una mujer boxeadora que en el cartel o flayer de promoción aparece con un gesto rudo y agresivo, es signada o catalogada con un título que refiere a algo tan frágil y leve como lo es una mariposa. Mientras el drama se va desarrollando, aunque se trata de un monólogo, creo sentir que el soliloquio está encubriendo en realidad un intenso diálogo entre elementos que (como dije) parecen en principio contradictorios. 

El personaje que encarna esa voz, va desplegándose inicialmente de manera cerrada y subjetiva, escalando a lo largo de la pieza diversos planos y vinculaciones, mediante diálogos entre la realidad interior, la realidad del afuera, el choque existencial entre ambas realidades y los valores abstractos y trascendentes a esa dualidad, como lo son el amor, la justicia o los derechos del ser humano como tal. 

El primer y principal diálogo se realiza entre el cuerpo y el alma. El cuerpo como elemento expuesto a las circunstancias, a la violencia de la intemperie social, receptáculo inmediato y piel palpable que recibe en primera instancia las agresiones del afuera por un lado, y por el otro el alma como esa piel inasible, como núcleo donde se procesa y se registra el dolor. De manera especular y en el reverso del drama, es el cuerpo el que a su vez sirve como elemento o vía de reconstrucción y transformación, a través de una dinámica severa, disciplinada y ritualista, otorgándole al alma esa capacidad de asimilar el dolor y transmutarlo en victoria sobre la circunstancialidad. 

Desde los grandes monólogos en la escena como los de Shakespeare, los monólogos del teatro del siglo de oro español, o los monólogos de Alfred Tennyson o Robert Browning, (podríamos incluir aquí el extraordinario monólogo de Molly que rompe con el contexto narrativo en el Ulises de Joyce) la vivencia casi siempre se escenifica y se mantiene inalterable dentro del ámbito unipersonal, íntimo, reflexivo del personaje. En este caso, (hablo desde mi propia vivencia personal y anímica), siento que este monólogo se abre y cubre diversos planos que rebasan y trascienden al personaje. Aquí podríamos incluir como precedente el también extraordinario monólogo a modo de cuento, que rompe la narrativa y que Kafka tituló: Informe para una academia. En esa abertura de tiempos y de espacios, de la aparente contradicción que se va generando a lo largo de la pieza, termino sintiendo que el personaje no habla consigo mismo, ni se repliega hacia su espacio y su tiempo interior, para proyectarse desde ahí. En este caso, el personaje es el centro de los acontecimientos, el epicentro preciso de todas esas contradicciones y a la vez de su resolución. 

Contradicción no significa necesariamente contrasentido; Incluso creo que la contradicción es la que le da sentido a la polaridad de la realidad y la unifica en una dinámica abarcante. Decía el maestro Jung, en su Libro Rojo (en el sugerente capítulo El asesinato del héroe), que “El día no es por sí mismo, la noche no es por sí misma. Lo real, que es por sí mismo, es el día y la noche. Por lo tanto, lo real es sentido y contrasentido”. Siento como dije, que en esta pieza (que pareciera un monólogo girando sobre la contradicción para quedarse en ella), el personaje es el centro de convergencia de todas esas realidades donde confluyen no solo el cuerpo y el alma, sino el adentro y el afuera, la fuerza y la violencia, lo femenino y lo masculino, la sumisión y la rebeldía, el amor y el desamor, constituyendo así una realidad más dinámica y totalizadora

Tal vez, la otra notoria contradicción que aparece de manera inmediata al espectador, es la del boxeo y el teatro. El boxeo o pugilato, un evento deportivo de masas, que aparentemente se sustenta en la confrontación violenta de dos cuerpos, incrustado dentro de un drama escenográfico que se despliega en el contexto estético, artístico y literario del teatro. Pareciera algo osado y transgresor de la poeta este cruce de visiones. Pero si nos remitimos a la génesis de todos los asombros, es decir a los griegos, veremos que estos además de ser los creadores de la lucha y el boxeo, también dentro de nuestra cultura occidental, fueron los creadores de la tragedia y del drama. Ambas manifestaciones humanas, en este caso estarán revestidas de carácter ritual, estético, incluso espiritual. Así entonces, veremos también de nuevo asombrados, como teatro y boxeo son similares. Antes de arribar a los circos y a las arenas, el Boxeo era un ritual que involucraba la danza, la mesura, el control y la belleza. Esos rituales que se ejercían de manera sagrada en los templos del Dios “Agon”, curiosamente estaban determinados por las pautas sonoras de un coro femenino que era a su vez juez e infundía valor y certeza a los luchadores. Los rituales iban precedidos de una intensa preparación meditativa, extática y de severa disciplina, en un largo proceso que simbolizaba la unión de cuerpo-alma. Una especie de Paideia necesaria para superar el aspecto circunstancial de la existencia y sobreponerse a ellas a través de la integridad del ser humano. Liberar al alma a través de una catarsis lenta que comprometía al cuerpo como vía y vehículo de esa liberación. Etimológicamente, de la palabra Agon (contienda, desafío, logro) se desprenden las palabras Agonía, prot-agonista y ant-agonista, todos asimilados a los rituales dionisíacos del drama y la tragedia. 

En el año 334 a.C. Aristóteles postuló que la tragedia (mediante una serie de circunstancias que suscitan piedad o terror) es capaz de lograr que el alma se eleve y se purifique de sus pasiones. Este proceso, que se denomina “catarsis”, es la purificación interior que logra el espectador a la vista de las miserias humanas. El fondo común de lo trágico será la lucha contra un destino inexorable, que determina la vida externa de los mortales; y el conflicto que se abre entre el hombre, el poder, las pasiones y los dioses… donde todo termina, todo se destruye, menos el alma y su poder regenerador y su capacidad de renacimiento perpetuo…De esta manera, esa visión de que el arte y la escena son una confrontación de elementos y del propio artista con la muerte, convierten al teatro en la confirmación más elocuente de que el arte es desafío, lucha interior de realidades, logro, pero sobre todo, agonía y éxtasis

La resonancia con la crisálida y la mariposa como doble símbolo que se une de manera conmovedora en un solo símbolo en sí mismo más amplio y dinámico. Ese lento proceso larvario que sufre el gusano hasta que su dolor rompe la crisálida para que la mariposa vuele en libertad hacia la llama o la luz de la vela sagrada, dándole a esa libertad el carácter de logro más allá de la instancia del cuerpo, de lo físico, por lo que aparenta ser fugaz, leve, frágil…casi inasible. Según Schneider, el logro místico de la transformación después de la vivencia del éxtasis, implica tres virtudes: el equilibrio, la regeneración y el valor guerrero. De manera magistral, el Maestro Cirlot hace la vinculación entre la crisálida y la mariposa con la máscara ritual y la metamorfosis.

Así las cosas, se me antoja que en esta pieza teatral están presentes los símbolos más precisos y originales (tanto de origen como en la reformulación novedosa estos procesos del alma) de todos los supuestos rituales y sagrados del drama como expresión de estás dinámicas sensibles. La crisálida simbolizada por el cuerpo (lo que contiene, lo que sufre y al tiempo resguarda y protege) y la mariposa como el símbolo (por cierto muy antiguo y genuino) de la psique o “Alma”. La contradicción como vertiente de sentido y reveladora de realidades más profundas y abarcantes. 

Una mujer encarna todo el drama. Sobre ella recae toda la convergencia de los elementos del adentro y del afuera. La madre que la determina, la hija que también la proyecta y la ata a las circunstancias, los supra-valores de justicia y de derechos humanos que la trascienden, el maltrato de su pareja como fenómeno de (como yo la llamo) intemperie social, la violencia física y moral de la que es objeto, su voluntad de sobreponerse y entregarse a ese proceso lento y sostenido del cuerpo como símbolo de la crisálida, para finalmente volar con el alma desellada y transformada en mariposa (también símbolo eterno de lo femenino y de la mujer).

Cierro esta reseña sin pretensiones de crítica de teatro, sino como una crónica sentida, evocando una escena conmovedora que se encuadra magistralmente dentro de la vinculación que mencionara del Maestro Cirlot, entre la crisálida, la mariposa y los rituales de la máscara. En su Diccionario de símbolos, Cirlot nos dice que "Probablemente la máscara ritual y teatral, está íntimamente ligada a la idea de la crisálida y de la metamorfosis. Tras la máscara debe ocultarse la transformación de la personalidad que ocurre durante el rito o el teatro". Victoria (el personaje del monólogo) recibe dos llamadas seguidas y contradictorias. Una donde suaviza la voz (en la versión de teatro hay un cambio de luces y de textura en la escena) y le responde aparentemente sumisa y amorosa a su marido que sí, que ella está lista para salir con él a cenar y que ha dejado a la hija con su madre. La segunda llamada es de una clienta que tiene como abogada de derechos humanos, y a la que le informa con voz llena de fortaleza, que el marido de ésta última será sometido a la justicia y a las leyes contra la violencia de género. Pero antes de estas llamadas, tanto en la versión de teatro como en la del cine (tal vez en la del cine se resalta aún más el simbolismo por la utilización como herramienta visual del Zoom) Victoria se está maquillando… se está poniendo una máscara sobre las heridas, sobre las marcas de la violencia en su rostro. Máscara que oculta su metamorfosis, su transformación, la liberación de su alma de todo conflicto, mientras ella camina voluntariamente hacia la llama, como una mariposa  

Edgar Vidaurre

2 comentarios:

Luz Marina Rivas dijo...

¡Qué hermoso texto, tan inteligente y sentido, Edgar Vidaurre! Revela un sentido muy profundo de la obra de María Antonieta. ¡Cómo me hubiera gustado asistir a esta representación!

edgar vidaurre dijo...

Gracias querida Luz Marina...eres en extremo generosa. Recibe mi abrazo