martes, 24 de julio de 2018

María Magdalena



Ella le preguntó: ¿A qué se asemejará el "Reino" ?...y el le dijo: es como una semilla, un único y pequeño grano de semilla de mostaza, que una mujer tomó, amó y sembró en el centro de su jardín, y creció y creció de tal manera, que se convirtió en un frondoso árbol, donde los pájaros del cielo van a hacer nido en sus ramas.

En estos días volví a ver por segunda vez la película María Magdalena (2018) del director Garth Davis. Diría de manera conmovida, que la película narra una historia de amor, pero en su advocación más elevada. La propuesta aborda de manera inicial, el aspecto humano y no divino de Jesús de Nazareth, bajo la visión y el entendimiento de la mujer que fue (y sigue siendo) María Magdalena. No hay épica, no hay héroes mundanos, míticos o espirituales. No hay confrontación violenta con el mundo exterior y artificial creado por el hombre. Y me refiero al mundo social, al mundo religioso (en cuanto a las visiones dogmáticas-patriarcales de las castas sacerdotales), a la Institucional del poder, a la guerra, los imperios y a las demás catástrofes que el ser humano se ha empeñado de manera sostenida en crearse dentro de su entorno existencial. La película se adentra más bien en la psique humana en cuanto a sus posibilidades espirituales de alcanzar planos de conciencia superiores y acceder así de manera diáfana y dulce a un reino que está más allá de los reinos visibles (mineral, vegetal y animal): al reino de los cielos. Incluso diría que trata del despliegue interconectado que hay entre todos los planos de la creación y la toma de conciencia de ese hilo invisible, dinámico y vinculante.  

Se trata entonces de un Jesús íntimo, en su fragilidad, en su agotamiento, en los umbrales de su pasión, y el reconocimiento de María Magdalena como su testigo más fiel y más cercano. En este caso, el regazo de esta mujer será el único momento de contención que Jesús tendrá, el único momento en el que “El hijo del hombre” podrá “reposar su cabeza”.

A través de las imágenes y de la atmósfera creada por Davis, toda la simbología de las aguas, del lago, de los umbrales de luz (amaneceres y atardeceres), el árbol y en especial, el sobrecogedor símbolo de la semilla como origen, como potencial, como expresión de la fe y su interrelación con el atributo gestante de la mujer, la responsabilidad cósmica que ésta tiene como el espacio sagrado donde se concibe la vida, la que gesta, la que la da a luz y que luego la nutre. Visto superficialmente así, los hombres y el patriarcado Judeo-cristiano (y nuestros modernos patriarcados, que someten a la mujer en lugar de honrarla por esa responsabilidad) le adjudican a esta solamente el rol de madre, sin posibilidades de desarrollar un proceso propio e individual y al mismo tiempo trascendente consigo misma… Jesús como hombre entendió esto. Entendió lo que guarda y contiene el corazón de una mujer y la resonancia íntima que su latido produce en el ser humano desde que se encuentra en gestación dentro de su vientre, como esencia misma de la creación. Nada de lo que él propone está relacionado con lo externo, con lo social, con la circunstancialidad. El entendimiento de esa interioridad al mismo tiempo cósmica, es la revelación del reino de los cielos, pues todo está en tu corazón, en tu interior, en tu mente. La salvación y el Mesías no están fuera de ti…es un estado mental de plenitud…algo así como el “nirvana” en los budistas o el éxtasis en los místicos.

María Magdalena, es la única que entiende este secreto, este mensaje, esta nueva, este evangelio, (los discípulos nunca entendieron en que plano o contexto hablaba Jesús), eso invisible a los ojos y que se refiere al alma sin excluir el cuerpo: ya no será este el que contiene al alma. Será el alma quien lo reviste y lo determina. También será ella la única que entenderá además el punto de fragilidad de ese hombre tomado como todopoderoso en términos de poder material sobre lo visible y que sin embargo se entrega y asume su pasión con toda la humildad que le es posible. Así ella, María Magdalena, bajo ese entendimiento supremo que el amor le otorga, asumirá en estos planos espirituales el gesto de dejarse penetrar, de concebir y de acoger la semilla, de gestarla, de llevarla a la luz y de nutrirla. Aquí surge otra revelación sensible y esencial: la máxima expresión del amor, su más alto grado de trascendencia es la "Misericordia". Esta forma de amor, la más elevada, será revelada al mundo a través del “Espíritu Santo” encarnado en la mujer...el aspecto femenino de la divinidad que se hace cóncava y ejecuta así su máximo gesto de entrega. 

No hay alma o espíritu, no hay "Reino de los cielos" sin que esos procesos tengan su origen, su gestación, su nacimiento o sus renacimientos y sobre todo su proceso nutricio, en lo femenino…no hay amor sin esa vasija que lo pueda contener y revelar, sin la capacidad que tiene la mujer de reflejar el mundo emocional del hombre. Esa metáfora de la luna que es capaz de reflejar la luz enceguecedora del sol, para luego derramarla con suavidad y misterio sobre las aguas (las de la tierra y las del alma). María Magdalena encarna esa verdad…esa conmovedora verdad.

Como dije, la película no aborda el tema teológico, dogmático, ni siquiera el religioso. Es el misterio de la vida misma y su secreto místico expresado en términos humanos y amorosos, en una “Hierogamia” espiritual entre Jesús y María Magdalena. En un pequeño ensayo sobre Jesús, decía que: "Moises (el hebreo), hijo de faraones, criado en la casta de los ungidos, sacerdote de Thot, iniciado en los misterios Órficos y discípulo de Hermes Trimegisto, salió de los recintos secretos sin haber cerrado los ojos ni la boca para revelar estos misterios y la "verdad abarcante" al mundo. Pero lo hizo parcialmente, al pueblo escogido, al pueblo elegido. A pesar de esta apertura, de romper la regla de oro de los iniciados poniendo esa verdad en el afuera, en los montes y en los templos, esta verdad debía seguir siendo administrada por una casta sacerdotal de hombres que encendían el fuego... Cristo, el pescador, el que purificaba con agua (el amante de las mujeres, desatando sus vidas como las barcas) también democratizó ese develar de los misterios y la gracia del espíritu santo, pero amplió la ofrenda y lo hizo para toda la humanidad. De manera contradictoria sin embargo, restituye esa verdad (conformada, concebida y gestada en el vientre de una mujer) nuevamente en el interior, en el corazón...en el adentro."

Para el poeta en que he devenido y por el conmovedor reconocimiento de mi origen, de mi primera respiración, esos procesos que resuenan con mi mundo emocional (el más auténtico, el únicamente auténtico) están unidos de manera indeleble a lo más esencial de mi corazón. En este caso, la existencia cobra sentido y se desprende del tiempo y de las distancias. No importan las lejanías ni las circunstancias. Lo nacido se separa de su Matriz y sin embargo esa distancia marca el vínculo, y en términos amorosos toda esa fuerza que se actualiza a sí misma más allá del tiempo lineal, logra sostenerse en ese primer, único e inolvidable evento…en su hondura, en su esencialidad, en su verdad.

En algo (o en mucho) ese entendimiento genuino, esencial, espontaneo entre ese hombre llamado Jesús y esa mujer llamada María Magdalena, resuena con todas estas cosas que me han sido reveladas en estos tiempos y me atan a la fuerza de lo femenino contenedor, amoroso, dulce y fuerte a la vez, capaz de entender sin palabras el vínculo íntimo entre la mirada y los horizontes: Esa luna capaz de reflejar, reflejarme y reflejarse en mis propios lagos interiores.

Edgar Vidaurre

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