martes, 30 de enero de 2018

El apremio de lo invisible - De Ana María Hurtado


Tierra ¿No es eso lo que tu quieres: invisible                                                                             
resurgir entre nosotros? ¿No es tu sueño                                                                                      
hacerte alguna vez invisible? La tierra ¡invisible!                                                                            
¿Qué es, sino transformación, tu exigencia apremiante                                                                         

Rainer María Rilke

Esta solicitud del poeta Rilke en su novena Elegía, me hace reflexionar sobre el exceso de visibilidad que nos rodea. Presencias agobiantes, pesadas, inundantes, se despliegan permanentemente. La tierra, en tanto naturaleza, busca lo invisible, ser presencia invisible en nosotros y en ello reside su impulso -exigencia apremiante- a la transformación: porque transformación es despliegue invisible. Hemos confundido tanto lo visible con lo real, con lo vivo, lo presente, y lo invisible con la ausencia y lo irreal. Y resulta que la naturaleza es un permanente despliegue que no busca ser visto, somos espectadores casuales, prescindibles. La concepción de intimidad ha sido desplazada por el exhibicionismo. La sobre exposición parece indispensable. Pensemos cuántos magníficos acontecimientos naturales, ínfimos o grandiosos se están dando en este momento, sin que necesiten de nuestra mirada, nuestra apreciación o nuestra evaluación. Es tu sueño, Tierra, hacerte invisible y resurgir en nosotros, recordarnos que somos aún naturaleza. Insistimos, no obstante, en la desmesura de lo visible, vivimos en el reino de la pesadez y la vulgaridad, la invasión del espacio físico por corporalidades vacías de lo invisible. Espacio ocupado. Sin transformación. Los griegos, en su insólita intuición, asimilaban el alma a una mariposa, ellas, las sutiles que van y vienen, apenas ocupan espacio, aletean, tiemblan, se posan y vuelan. Ellas, que saben de las transformaciones y de la espera invisible y silenciosa. En estos tiempos en que todo se hace visible, hasta el secretísimo e íntimo proceso del despliegue de la vida en el vientre, es ahora visto, escudriñado hasta en sus más increíbles lugares. Todo se muestra, se graba, se fotografía, todo se aleja de la discreción, todo es penetrado por el aguijón humano. Los judíos, con su conmovedora sabiduría, insisten en que dios no puede ser representado y ni siquiera escrito su nombre. Nuestra tendencia a lo representable y a lo visible, debe tener algún límite, y éste, precisamente, es lo ilimitado. La misma palabra, nuestra forma humana de despliegue -como lo afirma Hillman- es frecuentemente vocinglera, afán insípido, decibeles exaltados. Espectáculo, dicen por ahí. Palabras sin alma que lejos de conducir hacia el sentido, son bulla que aturde. Regreso a Rilke, a sus elegías que transformaron el Adriático en el lugar de los ángeles y la belleza y clamo: ¡Tierra, inúndame de tu exigencia apremiante!

Ana María Hurtado  - enero 2018