lunes, 8 de octubre de 2018

Breve reseña de la pieza teatral: Como una Mariposa, de María Antonieta Flores


Las mariposas,
también se enojan
algunos días

Chiyo-Ni

Este 6 de octubre pasado, asistí a la única función del monólogo: "Como una mariposa", obra que marca el debut como dramaturga de la poeta María Antonieta Flores. La pieza se presentó (creo que por primera vez en la historia de la estética dramática) en dos formatos distintos y en un solo evento: sobre la escena como pieza teatral y desde la pantalla en formato de cortometraje de cine. Debo confesar de una vez, que a pesar de tener esta doble exposición estética, ambas vivencias se amalgaman y se complementan en unidad conmovedora. 

Precedida de gran expectativa (dada la reconocida trayectoria literaria de la poeta) y a medida que se desplegaba la obra, se fue constituyendo una experiencia profunda, fuerte, contundente tanto en el aspecto estético, como en la impronta que deja en el núcleo del mundo emocional y sensible del espectador. Ya desde el inicio y las primeras señales que la preludian, en la obra hay una aparente contradicción: una mujer boxeadora que en el cartel o flayer de promoción aparece con un gesto rudo y agresivo, es signada o catalogada con un título que refiere a algo tan frágil y leve como lo es una mariposa. Mientras el drama se va desarrollando, aunque se trata de un monólogo, creo sentir que el soliloquio está encubriendo en realidad un intenso diálogo entre elementos que (como dije) parecen en principio contradictorios. 

El personaje que encarna esa voz, va desplegándose inicialmente de manera cerrada y subjetiva, escalando a lo largo de la pieza diversos planos y vinculaciones, mediante diálogos entre la realidad interior, la realidad del afuera, el choque existencial entre ambas realidades y los valores abstractos y trascendentes a esa dualidad, como lo son el amor, la justicia o los derechos del ser humano como tal. 

El primer y principal diálogo se realiza entre el cuerpo y el alma. El cuerpo como elemento expuesto a las circunstancias, a la violencia de la intemperie social, receptáculo inmediato y piel palpable que recibe en primera instancia las agresiones del afuera por un lado, y por el otro el alma como esa piel inasible, como núcleo donde se procesa y se registra el dolor. De manera especular y en el reverso del drama, es el cuerpo el que a su vez sirve como elemento o vía de reconstrucción y transformación, a través de una dinámica severa, disciplinada y ritualista, otorgándole al alma esa capacidad de asimilar el dolor y transmutarlo en victoria sobre la circunstancialidad. 

Desde los grandes monólogos en la escena como los de Shakespeare, los monólogos del teatro del siglo de oro español, o los monólogos de Alfred Tennyson o Robert Browning, (podríamos incluir aquí el extraordinario monólogo de Molly que rompe con el contexto narrativo en el Ulises de Joyce) la vivencia casi siempre se escenifica y se mantiene inalterable dentro del ámbito unipersonal, íntimo, reflexivo del personaje. En este caso, (hablo desde mi propia vivencia personal y anímica), siento que este monólogo se abre y cubre diversos planos que rebasan y trascienden al personaje. Aquí podríamos incluir como precedente el también extraordinario monólogo a modo de cuento, que rompe la narrativa y que Kafka tituló: Informe para una academia. En esa abertura de tiempos y de espacios, de la aparente contradicción que se va generando a lo largo de la pieza, termino sintiendo que el personaje no habla consigo mismo, ni se repliega hacia su espacio y su tiempo interior, para proyectarse desde ahí. En este caso, el personaje es el centro de los acontecimientos, el epicentro preciso de todas esas contradicciones y a la vez de su resolución. 

Contradicción no significa necesariamente contrasentido; Incluso creo que la contradicción es la que le da sentido a la polaridad de la realidad y la unifica en una dinámica abarcante. Decía el maestro Jung, en su Libro Rojo (en el sugerente capítulo El asesinato del héroe), que “El día no es por sí mismo, la noche no es por sí misma. Lo real, que es por sí mismo, es el día y la noche. Por lo tanto, lo real es sentido y contrasentido”. Siento como dije, que en esta pieza (que pareciera un monólogo girando sobre la contradicción para quedarse en ella), el personaje es el centro de convergencia de todas esas realidades donde confluyen no solo el cuerpo y el alma, sino el adentro y el afuera, la fuerza y la violencia, lo femenino y lo masculino, la sumisión y la rebeldía, el amor y el desamor, constituyendo así una realidad más dinámica y totalizadora

Tal vez, la otra notoria contradicción que aparece de manera inmediata al espectador, es la del boxeo y el teatro. El boxeo o pugilato, un evento deportivo de masas, que aparentemente se sustenta en la confrontación violenta de dos cuerpos, incrustado dentro de un drama escenográfico que se despliega en el contexto estético, artístico y literario del teatro. Pareciera algo osado y transgresor de la poeta este cruce de visiones. Pero si nos remitimos a la génesis de todos los asombros, es decir a los griegos, veremos que estos además de ser los creadores de la lucha y el boxeo, también dentro de nuestra cultura occidental, fueron los creadores de la tragedia y del drama. Ambas manifestaciones humanas, en este caso estarán revestidas de carácter ritual, estético, incluso espiritual. Así entonces, veremos también de nuevo asombrados, como teatro y boxeo son similares. Antes de arribar a los circos y a las arenas, el Boxeo era un ritual que involucraba la danza, la mesura, el control y la belleza. Esos rituales que se ejercían de manera sagrada en los templos del Dios “Agon”, curiosamente estaban determinados por las pautas sonoras de un coro femenino que era a su vez juez e infundía valor y certeza a los luchadores. Los rituales iban precedidos de una intensa preparación meditativa, extática y de severa disciplina, en un largo proceso que simbolizaba la unión de cuerpo-alma. Una especie de Paideia necesaria para superar el aspecto circunstancial de la existencia y sobreponerse a ellas a través de la integridad del ser humano. Liberar al alma a través de una catarsis lenta que comprometía al cuerpo como vía y vehículo de esa liberación. Etimológicamente, de la palabra Agon (contienda, desafío, logro) se desprenden las palabras Agonía, prot-agonista y ant-agonista, todos asimilados a los rituales dionisíacos del drama y la tragedia. 

En el año 334 a.C. Aristóteles postuló que la tragedia (mediante una serie de circunstancias que suscitan piedad o terror) es capaz de lograr que el alma se eleve y se purifique de sus pasiones. Este proceso, que se denomina “catarsis”, es la purificación interior que logra el espectador a la vista de las miserias humanas. El fondo común de lo trágico será la lucha contra un destino inexorable, que determina la vida externa de los mortales; y el conflicto que se abre entre el hombre, el poder, las pasiones y los dioses… donde todo termina, todo se destruye, menos el alma y su poder regenerador y su capacidad de renacimiento perpetuo…De esta manera, esa visión de que el arte y la escena son una confrontación de elementos y del propio artista con la muerte, convierten al teatro en la confirmación más elocuente de que el arte es desafío, lucha interior de realidades, logro, pero sobre todo, agonía y éxtasis

La resonancia con la crisálida y la mariposa como doble símbolo que se une de manera conmovedora en un solo símbolo en sí mismo más amplio y dinámico. Ese lento proceso larvario que sufre el gusano hasta que su dolor rompe la crisálida para que la mariposa vuele en libertad hacia la llama o la luz de la vela sagrada, dándole a esa libertad el carácter de logro más allá de la instancia del cuerpo, de lo físico, por lo que aparenta ser fugaz, leve, frágil…casi inasible. Según Schneider, el logro místico de la transformación después de la vivencia del éxtasis, implica tres virtudes: el equilibrio, la regeneración y el valor guerrero. De manera magistral, el Maestro Cirlot hace la vinculación entre la crisálida y la mariposa con la máscara ritual y la metamorfosis.

Así las cosas, se me antoja que en esta pieza teatral están presentes los símbolos más precisos y originales (tanto de origen como en la reformulación novedosa estos procesos del alma) de todos los supuestos rituales y sagrados del drama como expresión de estás dinámicas sensibles. La crisálida simbolizada por el cuerpo (lo que contiene, lo que sufre y al tiempo resguarda y protege) y la mariposa como el símbolo (por cierto muy antiguo y genuino) de la psique o “Alma”. La contradicción como vertiente de sentido y reveladora de realidades más profundas y abarcantes. 

Una mujer encarna todo el drama. Sobre ella recae toda la convergencia de los elementos del adentro y del afuera. La madre que la determina, la hija que también la proyecta y la ata a las circunstancias, los supra-valores de justicia y de derechos humanos que la trascienden, el maltrato de su pareja como fenómeno de (como yo la llamo) intemperie social, la violencia física y moral de la que es objeto, su voluntad de sobreponerse y entregarse a ese proceso lento y sostenido del cuerpo como símbolo de la crisálida, para finalmente volar con el alma desellada y transformada en mariposa (también símbolo eterno de lo femenino y de la mujer).

Cierro esta reseña sin pretensiones de crítica de teatro, sino como una crónica sentida, evocando una escena conmovedora que se encuadra magistralmente dentro de la vinculación que mencionara del Maestro Cirlot, entre la crisálida, la mariposa y los rituales de la máscara. En su Diccionario de símbolos, Cirlot nos dice que "Probablemente la máscara ritual y teatral, está íntimamente ligada a la idea de la crisálida y de la metamorfosis. Tras la máscara debe ocultarse la transformación de la personalidad que ocurre durante el rito o el teatro". Victoria (el personaje del monólogo) recibe dos llamadas seguidas y contradictorias. Una donde suaviza la voz (en la versión de teatro hay un cambio de luces y de textura en la escena) y le responde aparentemente sumisa y amorosa a su marido que sí, que ella está lista para salir con él a cenar y que ha dejado a la hija con su madre. La segunda llamada es de una clienta que tiene como abogada de derechos humanos, y a la que le informa con voz llena de fortaleza, que el marido de ésta última será sometido a la justicia y a las leyes contra la violencia de género. Pero antes de estas llamadas, tanto en la versión de teatro como en la del cine (tal vez en la del cine se resalta aún más el simbolismo por la utilización como herramienta visual del Zoom) Victoria se está maquillando… se está poniendo una máscara sobre las heridas, sobre las marcas de la violencia en su rostro. Máscara que oculta su metamorfosis, su transformación, la liberación de su alma de todo conflicto, mientras ella camina voluntariamente hacia la llama, como una mariposa  

Edgar Vidaurre

martes, 24 de julio de 2018

María Magdalena



Ella le preguntó: ¿A qué se asemejará el "Reino" ?...y el le dijo: es como una semilla, un único y pequeño grano de semilla de mostaza, que una mujer tomó, amó y sembró en el centro de su jardín, y creció y creció de tal manera, que se convirtió en un frondoso árbol, donde los pájaros del cielo van a hacer nido en sus ramas.

En estos días volví a ver por segunda vez la película María Magdalena (2018) del director Garth Davis. Diría de manera conmovida, que la película narra una historia de amor, pero en su advocación más elevada. La propuesta aborda de manera inicial, el aspecto humano y no divino de Jesús de Nazareth, bajo la visión y el entendimiento de la mujer que fue (y sigue siendo) María Magdalena. No hay épica, no hay héroes mundanos, míticos o espirituales. No hay confrontación violenta con el mundo exterior y artificial creado por el hombre. Y me refiero al mundo social, al mundo religioso (en cuanto a las visiones dogmáticas-patriarcales de las castas sacerdotales), a la Institucional del poder, a la guerra, los imperios y a las demás catástrofes que el ser humano se ha empeñado de manera sostenida en crearse dentro de su entorno existencial. La película se adentra más bien en la psique humana en cuanto a sus posibilidades espirituales de alcanzar planos de conciencia superiores y acceder así de manera diáfana y dulce a un reino que está más allá de los reinos visibles (mineral, vegetal y animal): al reino de los cielos. Incluso diría que trata del despliegue interconectado que hay entre todos los planos de la creación y la toma de conciencia de ese hilo invisible, dinámico y vinculante.  

Se trata entonces de un Jesús íntimo, en su fragilidad, en su agotamiento, en los umbrales de su pasión, y el reconocimiento de María Magdalena como su testigo más fiel y más cercano. En este caso, el regazo de esta mujer será el único momento de contención que Jesús tendrá, el único momento en el que “El hijo del hombre” podrá “reposar su cabeza”.

A través de las imágenes y de la atmósfera creada por Davis, toda la simbología de las aguas, del lago, de los umbrales de luz (amaneceres y atardeceres), el árbol y en especial, el sobrecogedor símbolo de la semilla como origen, como potencial, como expresión de la fe y su interrelación con el atributo gestante de la mujer, la responsabilidad cósmica que ésta tiene como el espacio sagrado donde se concibe la vida, la que gesta, la que la da a luz y que luego la nutre. Visto superficialmente así, los hombres y el patriarcado Judeo-cristiano (y nuestros modernos patriarcados, que someten a la mujer en lugar de honrarla por esa responsabilidad) le adjudican a esta solamente el rol de madre, sin posibilidades de desarrollar un proceso propio e individual y al mismo tiempo trascendente consigo misma… Jesús como hombre entendió esto. Entendió lo que guarda y contiene el corazón de una mujer y la resonancia íntima que su latido produce en el ser humano desde que se encuentra en gestación dentro de su vientre, como esencia misma de la creación. Nada de lo que él propone está relacionado con lo externo, con lo social, con la circunstancialidad. El entendimiento de esa interioridad al mismo tiempo cósmica, es la revelación del reino de los cielos, pues todo está en tu corazón, en tu interior, en tu mente. La salvación y el Mesías no están fuera de ti…es un estado mental de plenitud…algo así como el “nirvana” en los budistas o el éxtasis en los místicos.

María Magdalena, es la única que entiende este secreto, este mensaje, esta nueva, este evangelio, (los discípulos nunca entendieron en que plano o contexto hablaba Jesús), eso invisible a los ojos y que se refiere al alma sin excluir el cuerpo: ya no será este el que contiene al alma. Será el alma quien lo reviste y lo determina. También será ella la única que entenderá además el punto de fragilidad de ese hombre tomado como todopoderoso en términos de poder material sobre lo visible y que sin embargo se entrega y asume su pasión con toda la humildad que le es posible. Así ella, María Magdalena, bajo ese entendimiento supremo que el amor le otorga, asumirá en estos planos espirituales el gesto de dejarse penetrar, de concebir y de acoger la semilla, de gestarla, de llevarla a la luz y de nutrirla. Aquí surge otra revelación sensible y esencial: la máxima expresión del amor, su más alto grado de trascendencia es la "Misericordia". Esta forma de amor, la más elevada, será revelada al mundo a través del “Espíritu Santo” encarnado en la mujer...el aspecto femenino de la divinidad que se hace cóncava y ejecuta así su máximo gesto de entrega. 

No hay alma o espíritu, no hay "Reino de los cielos" sin que esos procesos tengan su origen, su gestación, su nacimiento o sus renacimientos y sobre todo su proceso nutricio, en lo femenino…no hay amor sin esa vasija que lo pueda contener y revelar, sin la capacidad que tiene la mujer de reflejar el mundo emocional del hombre. Esa metáfora de la luna que es capaz de reflejar la luz enceguecedora del sol, para luego derramarla con suavidad y misterio sobre las aguas (las de la tierra y las del alma). María Magdalena encarna esa verdad…esa conmovedora verdad.

Como dije, la película no aborda el tema teológico, dogmático, ni siquiera el religioso. Es el misterio de la vida misma y su secreto místico expresado en términos humanos y amorosos, en una “Hierogamia” espiritual entre Jesús y María Magdalena. En un pequeño ensayo sobre Jesús, decía que: "Moises (el hebreo), hijo de faraones, criado en la casta de los ungidos, sacerdote de Thot, iniciado en los misterios Órficos y discípulo de Hermes Trimegisto, salió de los recintos secretos sin haber cerrado los ojos ni la boca para revelar estos misterios y la "verdad abarcante" al mundo. Pero lo hizo parcialmente, al pueblo escogido, al pueblo elegido. A pesar de esta apertura, de romper la regla de oro de los iniciados poniendo esa verdad en el afuera, en los montes y en los templos, esta verdad debía seguir siendo administrada por una casta sacerdotal de hombres que encendían el fuego... Cristo, el pescador, el que purificaba con agua (el amante de las mujeres, desatando sus vidas como las barcas) también democratizó ese develar de los misterios y la gracia del espíritu santo, pero amplió la ofrenda y lo hizo para toda la humanidad. De manera contradictoria sin embargo, restituye esa verdad (conformada, concebida y gestada en el vientre de una mujer) nuevamente en el interior, en el corazón...en el adentro."

Para el poeta en que he devenido y por el conmovedor reconocimiento de mi origen, de mi primera respiración, esos procesos que resuenan con mi mundo emocional (el más auténtico, el únicamente auténtico) están unidos de manera indeleble a lo más esencial de mi corazón. En este caso, la existencia cobra sentido y se desprende del tiempo y de las distancias. No importan las lejanías ni las circunstancias. Lo nacido se separa de su Matriz y sin embargo esa distancia marca el vínculo, y en términos amorosos toda esa fuerza que se actualiza a sí misma más allá del tiempo lineal, logra sostenerse en ese primer, único e inolvidable evento…en su hondura, en su esencialidad, en su verdad.

En algo (o en mucho) ese entendimiento genuino, esencial, espontaneo entre ese hombre llamado Jesús y esa mujer llamada María Magdalena, resuena con todas estas cosas que me han sido reveladas en estos tiempos y me atan a la fuerza de lo femenino contenedor, amoroso, dulce y fuerte a la vez, capaz de entender sin palabras el vínculo íntimo entre la mirada y los horizontes: Esa luna capaz de reflejar, reflejarme y reflejarse en mis propios lagos interiores.

Edgar Vidaurre

miércoles, 4 de julio de 2018

Ara Solis - Prólogo al poemario de Gema Matías


Prólogo
 “Que el camino salga a tu encuentro. Que el viento siempre esté detrás de ti y la lluvia caiga suave sobre tus campos. Y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano.” 
Bendición Celta – anónimo

Al traspasar el umbral y entrar por los portales que abre este libro (al modo de los libros sagrados), uno no sabe si está saliendo hacia la amplitud más abierta e inconmensurable, o entrando a la hondura interior más insondable. Así, se constituye una experiencia espiritual inédita, unívoca y al mismo tiempo dual (diría incluso fractal). El tránsito y el desdoblamiento que se vivencia en términos anímicos, me ha puesto en estado de ubicuidad con el afuera y el adentro, con el arriba y el abajo, mostrando en un sólo horizonte cóncavo-convexo las infinitas direcciones que marca la rosa de los vientos en su despliegue de ramificaciones, irrupciones, irradiaciones y convergencias. Todas esas fuerzas  se dinamizan e imantan mutuamente de manera incesante, hacia un “Centro” a su vez fluido y cambiante que lo atrae todo por el efecto de la gravedad de la “Gracia” y que abre y derrama simultáneamente la unidad hacia todos los puntos cardinales y cósmicos, esta vez y en su reverso, por el efecto de la levedad de la “Gracia”.

Aunque la vivencia y el contacto con lo inefable es por definición (o más bien por indefinición) inenarrable e indescriptible, y aun estando la primera sugerencia del texto determinada por la figura extraordinaria de Santiago el Mayor y su “camino de peregrinación” hacia los confines de la tierra, con los ecos de la saga espiritual de San Pablo apóstol y de toda la tradición de las primeras efusiones del cristianismo, es imposible desde lo sugerente de su título dejar de sentir y de evocar las visiones que los Druidas, los orientales y todas las manifestaciones místicas y míticas que han venido revelando y explicando (también en términos anímicos y abarcantes) ese tránsito, ese “camino” que vincula y le da sentido al alma universal y su absoluta relación de correspondencia con ese imponderable que llamamos “El Alma humana”.

Gema Matías, quien es astróloga, maga, sibila, es sin duda alguna una Druida en toda la extensión y la hondura (lo vertical y lo horizontal de la cruz del manzano) que encierra esa palabra del céltico insular o irlandés antiguo Dryw: maga, vidente, o como se narra poéticamente la “Historia de Augusta”, sobre las mujeres galas llamadas “dryades” o “druidesas”. Estas sacerdotisas durante los solsticios de verano oficiaban en los umbrales de los altares de piedra (¿por qué no los de Stonehenge?) tal y como lo describe en estado de éxtasis nuestra druidesa en este libro: topónimo de mi mapa ancestral / separa las aguas convergentes / y en cualquier curva roturada / se filtra sin flexiones / toca la distancia / del bosque o del destierro / como alfarero de fábula / exhuma manuscritos / engendrados en la espesura / del camino solar / para tejer ramajes en el torno / del santuario druida.

He aquí entonces los rituales del fuego o las fiestas de Litha, que se celebraban durante la noche previa al solsticio de verano en honor a la diosa solar Xana. Esta diosa es la advocación femenina del sol, de la fase gestadora, nutricia y vivificante de “La estrella Solar”, en cuyo altar las sibilas quemaban las hojas de laurel e invocaban, mediante los conjuros sagrados, su aparición justamente en el instante de su mayor cercanía con la tierra, en su momento de mayor energía, de mayor poder mágico-sagrado. Esta cercanía, revestía al sol de una cualidad femenina bajo el símbolo de la Estrella. En esta instancia de la visión que nos propone la dríade poeta, el arcano XVII de la “Estrella”, ésta representa en su simbolismo a la gran Madre, a las dinámicas de la gestación, de la creación, de nacimiento.

Stella Maris
Venus  Afrodita
Ishtar  Isis  Innana

Heraldo del día que trae la esperanza al alba
Agrada  cautiva  emociona  venera  se enconcha
rasga el envoltorio del resplandor del sí mismo

Lucero del crepúsculo  heraldo nocturno
solitario pasaje del inframundo humano
y una promesa heráldica para llegar al cenit

¿Llegaré?

El reflejo de la estrella o de su imagen en el agua de los lagos, o de los pantanos, se amplifica con el agua derramada por la virgen o la doncella a modo de vertiente desde el alma humana… así la estrella une y vincula el cielo con la tierra, el inframundo con la luz, justamente desde el punto del origen: “La estrella es el mundo en formaciónel centro original de un universo”

Referencia ineludible también la leyenda de Avalon, o la “Isla de las manzanas”. Avalon se deriva etimológicamente de la palabra Abal, que significa en celta antiguo, justamente manzana. Aquí la estrella deviene en manzana. El manzano (sobre todo en su advocación de cruz y sus amplificaciones sumerias y judeo-cristianas) es el árbol sagrado de los Druidas, pues simboliza la inmortalidad y la sabiduría. Allí se celebraba también en el advenimiento del solsticio de verano “la fiesta del amor o el amor de las manzanas”. En estos rituales se cortaba una manzana por la mitad para que apareciera la estrella de cinco puntas en el corazón del fruto sagrado. La virgen que cortaba la manzana, lo hacía debajo del árbol, invocando a la estrella y al fuego. Así se unían de manera sagrada el amor y la vida, la fuerza abstracta del amor con la vivencia trascendida y tangible de su fuego. Este especialísimo ritual, resuena con todos los arquetipos de las diosas o las doncellas del amor, de los árboles y de las manzanas. Afrodita, Inanna, Isis, Ishtar, Eva e incluso María Virgen, quien en algunas de sus advocaciones es rodeada por las manzanas: “Virgen de las Manzanas: Siendo testigo de un cielo vacío  caleidoscopio esférico. Guardaré para tus dedos. Para lamerlos. Como se lamen las heridas. O las cicatrices del alma / Poma”

Imposible para mí no reproducir en estos escritos la vivencia personal sobre mi viaje (o más bien el viaje de mi alma) y el recorrido desde la sombras hasta el amanecer, desde el símbolo de Avalon: “Esa cierva perseguida es mi alma… No importa qué nombre tuviera, qué nombre le hubieran dado: Isla de cristal, Ynyddgwtr o Avallon…fue siempre la misma tierra, como una es mi alma. La herida por la que se había escapado era profunda y al mismo tiempo luminosa. Es por eso que sólo puedo arrastrarme hasta la barca para acostarme en ella, dentro de ella y dejarme ir. Esa cierva herida es mi ánima. Se paraba junto a mí en el anochecer, desnuda, bienaventurada, como si el Paraíso nunca se hubiese ido, inamovible… en la mañana se convertía en una rosa blanca. Hoy sólo siento este dolor en el costado. Aún así me preparo para el viaje. Me preparo para cruzar este mar…aunque sea de noche.

Este círculo sagrado de solsticios y equinoccios, de la rotación de la tierra alrededor del sol, que se inicia de manera mística con el solsticio de verano, se cierra en el Mabon, que la vidente-poeta nombra en su cadencia final. En la visión druida de esta dinámica de vida-muerte-resurrección, el Mabon es el ciclo en el que Dios solar se prepara para morir en el mes de Samhain, y regresar al vientre de la Diosa Madre, para luego renacer en Yule. El gran viaje. El “Camino” de la renovación y el renacimiento, que se concreta en el equinoccio de otoño, donde el día y la noche son iguales. La naturaleza decae, reposa, descansa, los árboles se despojan de sus hojas como un acto de invocación esperanzada de su floración en primavera y de la resurrección de sus frutos. Este hundirse, estas catedrales internas (como las nomina nuestra dryade) tienen a su vez una absoluta resonancia con la leyenda Druida que narra la historia de una ciudad sumergida bajo las aguas del mar, o del “lago sagrado” la denominada ciudad de Ker-Ys, que significa "fortaleza de las profundidades". Esta leyenda, que sirve de inspiración al preludio “La catedral sumergida” del compositor Claude Debussy, narra como la catedral de dicha ciudad fue sumergida a causa de la falta de piedad y virtudes de sus habitantes pero que, cada amanecer, surge desde lo más profundo y puede ser contemplada por los seres humanos, cuando emprenden el camino interno a su origen bajo el impulso espiritual de la luz del solsticio de verano y la cercanía del sol.

Sin duda alguna, estas dinámicas de retorno al vientre de la gran madre tiene su simbolismo en la Oca: “Plumas de amor, llevan las ocas escondidas”, (para Cirlot, la oca está asociada a “La Gran Madre” así como al descenso a los infiernos y a las fuerzas del destino). Se suma importancia también, la reiteración del verde en todas sus representaciones desde lo mítico hasta lo alquímico, donde se simboliza a la resurrección o los renacimientos. Nuestra asombrosa sibila nos lo canta así: ¿Qué nos mueve? / Las voces de los niños están cerca / verdes maizales los encubren / con olor a tierra   a verano / el sol abrasador matiza el verde / verde de mis intuiciones / trascendencia verde / verde de fanales / Extática / en éxtasis divino / me embriago en el verde del follaje / y en la distancia del olvido

Antes de cerrar y rozar la visión del apóstol Santiago y su recorrido que confirma y amplifica estas dinámicas, se hace indispensable resaltar el vínculo de estas dinámicas religantes con las visiones orientales, y concretamente con la visión del Tao que nos revela ese camino. Tao significa literalmente “El camino”, la vía, el recorrido que muestra la unidad, la armonía entre los opuestos, el arriba y el abajo, la tierra y el cielo, el movimiento convergente y centrífugo de las aguas, o como rezaríamos nosotros parafraseando a la vidente: El cielo en los pozos, las aguas convergentes, el desapego que acorta la distancia entre el cielo y el infierno, la elipsis de los solsticios,  su sinuoso y murmurante río, la lejanía del “verdadero Yo” que se acerca al corazón de nuestra esencia en los desiertos, en la abertura de surcos en la tierra, en el amor que detiene el tiempo, en ese árbol que se aleja para tocar el “Eter”. 

Ya para terminar de cerrar el círculo de vivencias que se abrió en este libro sagrado, terminamos con el título - por el principio- Ara Solis. Como una resonancia de los mitos y leyendas antiguas, en la Costa Da norte en Galicia, se sitúa el Ara Solis (El altar del Sol) en el promontorio del cabo de Finisterre o en el “fin de la tierra”. Ancestral santuario precristiano dedicado al Sol en el extremo oeste de la tierra, donde se ocultaba, sobrecogedor y con proporciones gigantescas, cada tarde.

Ara Solis, espacio donde el sol era visto por última vez y comenzaba el gran misterio,  la isla de la vida-muerte-resurrección. Circularidad que recorrían (y aún recorren) muchos peregrinos al prolongar “El camino de Santiago”, una vez llegados a Compostela, hasta la orilla del fin, como una necesidad y un espacio sagrado, impresionante, misterioso y mágico. Monumento que según las leyendas, estaba formado por cuatro columnas y una cúpula, donde se ocultaba definitivamente el Sol y concluía la ruta de las estrellas, la ruta solar, la Vía Láctea, donde ya no miraba el cuerpo sino el alma. Aunque la tradición local dice que el altar fuer destruido por el apóstol Santiago arrojándolo monte abajo durante su predicación por este umbral de abismos, la Leyenda Aurea del poeta Jacoppo de Varazze sostiene que los discípulos del apóstol consultaron al propio sabio Régulus, sumo sacerdote del Ara Solis, sobre cómo realizar el ritual de su entierro en Compostela.

Diríamos que el apóstol Santiago recorre y resume esta dinámica entre el afuera y el adentro, entre la armonía de los opuestos. Los ciclos de nacimiento, resurrección y muerte que perfecciona Jesús como símbolo solar y revelador del reino de los cielos en la tierra. Que ese recorrido nos llevará desde los orígenes del alba en Stonehenge en el solsticio de verano, hasta los abismos que están en Finisterre o el final de la tierra. Y he aquí la maga ditirámbica que parada en el centro inalcanzable a la mirada, ejecuta una invocación al sol desde las sombras, replicando el movimiento del ritual de las manos de las antiguas Dryades rezando en voz antigua la “Letanía de las azucenas”.

En este punto de la saga, nos sorprende aún más la poeta al establecer de manera gráfica las coordenadas del alma como territorio final de ese recorrido, donde se despliega y desarrolla el camino. El antropólogo Everardo Garduño, cuando nos habla de los chamanes, de los iniciados celtas, americanos y orientales narra como estos líderes espirituales, confeccionan una cartografía simbólica sobre su territorio. Esta cartografía construida con elementos naturales del paisaje, espacios intervenidos y sitios que sólo existen en sus narraciones. En el primer caso sobresalen piedras, aguajes y montañas. En el segundo, cementerios y sitios rituales. En el tercero, los sitios destruidos por el tiempo o de manera intencional. Todos son geosímbolos sobre los cuales se elaboraba una narrativa que los identifica como elementos importantes que merecen ser protegidos o recuperados. De manera poética y revestida de una gran belleza, el poeta y filósofo irlandés John O'Donohue en su libro sobre la sabiduría celta llamado Anam Cara, nos lo dice así: “Tu alma conoce la geografía de tu destino. Sólo ella tiene el mapa de tu futuro; Por eso puedes confiar en este aspecto indirecto, oblicuo de tu yo. Si lo haces, te llevará donde quieres ir; más aún, te enseñará un ritmo benigno para tu viaje”.

En el caso de nuestra poeta, ella, para dejarnos y dejarse a sí misma testimonio desde los topónimos de su mapa ancestral, establece en esa geografía de su destino, las coordenadas del alma: la Rosa de los vientos, la flor de Lis, las estrellas, el dragón, el Céfiro, el faro, las catedrales y las iglesias internas, los montes, los árboles de manzanos, las flores del Avellano (que son de manera diferenciada, femeninas y masculinas), las ocas como símbolo del retorno a la madre universal, los barcos como crisálidas de renacimiento y recorrido sobrenatural,  las aves con su vuelo y el Sol. Esta cartografía sin tiempo ni espacios concretos y materiales, revocará de manera simbólica las distancias, pudiendo unir en un mismo plano sensible a Santiago de Compostela y Santiago de León de Caracas, a Saint Jean Pied de Port con el tepuy de Roraima, como representación del dualismo cósmico, abriendo a su vez esas fisuras, esos agujeros del destino por donde entra el sol a lo más hondo, puerta que abre y une las universos paralelos, el indulto cósmico, donde las almas transmigran en una peregrinación también dual y paralela, y ella misma la druida, la vidente, la maga, como un girasol que recoge la profunda libertad de lo concéntrico, hacia el atardecer, donde el sol que se hunde en el horizonte, donde su circularidad de cierra, se sumerge y se muere entrando en las aguas para simbolizar la íntima y abierta comunión de lo cósmico con la tierra: El cáliz comulgando con el infinito”.

Ahí en ese altar, material o imaginado, cerraremos los ojos, al final del camino (o en el principio) para escuchar la cadencia final de su canto: “Sigo al sol hasta los confines de la tierra / alzo o bajo la alidada en el interior de la madre / hasta que entre por las  rendijas / con fervor silencioso / en la basílica interna / Conseguir la inmortalidad / arrojándome a las olas para morir / bautizarme y renacer en el Ara Solis”


Edgar Vidaurre

Escrito en el amanecer del 21 de junio del año del señor 2018,

en el solsticio de verano.




lunes, 9 de abril de 2018

El Pueblo del Libro... por Iván Daniel Gómez


El Pueblo del Libro. Así les llaman. Así se han llamado. Las letras, la Palabra les da Nombre. Pues Nombre es todo lo que es. Solo que, como diría Aristóteles, lo que es se dice de muchas maneras.

¿Qué es esto que parece un trabalenguas? Esto que se dice sin decirse, con la palabra que oculta y desvela, que susurra estruendosa significación, como el silencio que se dice ante la injusticia, ante la diáspora (que no es solo la de los judíos), ante la quema de templos. A los judíos les quemaron su Templo. Nabucodonosor II quemó el Primer Templo. Tito quemó el Segundo Templo. Una y otra vez les han quemado sus Templos. 

¿Qué es un Templo? Templo es el lugar de religión, de re-unión. Templo es el lugar donde el augur divisa el vuelo de las aves; donde contempla, transustanciada, la paloma que trae el olivo después del peregrinar, por agua o por tierra, y que insufla el espíritu devuelta al cuerpo que bordea el naufragio. Y con tanto Templo quemado, con tanta roca derribada y tanta ruina mundana, el religarse debe transfigurarse. La comunión debe volar, como la ceniza, en el aire. El Templo, donde retorna lo mortal a lo divino, debe inhalarse y exhalarse. Debe resguardarse en la memoria, y la memoria es el Libro.

Con la quema de los Templos, los hijos de Heber tuvieron que reubicar su espacio de reunión. La memoria fue el santuario elegido para resguardar la Palabra ante tanto fuego y, a partir de ella, religar. A fin de cuentas, ¿no fue en el ardor de una zarza donde se reveló la Palabra ante Moisés? Cuando el Príncipe Egipcio inquirió por el Nombre, la voz de la llama, la voz del que mora en la zarza, respondió: “ehyeh asher ehyeh: Yo soy el que soy”. A causa del fuego que consumió los Templos, los hijos de Heber recordaron el fuego donde se expresó el Nombre, y con el nombre, la Palabra. Así, hicieron de la Palabra Templo, y religaron en ella. La revelación se dio a sí misma en la Palabra y el hombre, comulgando, la escuchó.

La Palabra de lo divino se escucha. La voz de Dios recorre la caracola del oído humano y permite su aprehensión. Si cualquier escucha puede aprehender la Palabra, si hay un tipo especial de disposición auditiva o una atención acústica propia del escuchar lo divino, son preguntas que merece la pena conservar para la meditación. Lo que interesa, para lo escrito en este texto, es preguntar por el hecho mismo de que la Palabra de Dios sea escuchable, que sea un fenómeno perteneciente a lo oído. Gershom Scholem, en Lenguajes y Cábala, dice: 

“En el sentido que fue  primeramente acuñado por el judaísmo, la verdad era la palabra de Dios en cuanto perceptible acústicamente, es decir, hablada. Según el concepto doctrinal de la sinagoga, la revelación es un suceso acústico, no visual (…)” (pag. 11)

Moisés escucha a Dios; no lo ve. Esto tiene muchas implicaciones. Para que Moisés pueda escuchar a Dios, debe haber un canal común que posibilite la comunicación. En términos, quizás, más formales, debe haber una topología sonora compartida para que la voz llegue al oído; el estímulo sensible proferido debe compartir género con su receptor para que este sea afectado por el primero. ¿Cuál es ese canal compartido que tiende un puente entre Cielo y Tierra, entre lo humano y lo divino? Para saber esto parece necesario preguntar qué tipo de fenómeno acústico es el que coliga. 

Cuando Dios se revela ante Moisés, se presume, no lo hizo con cualquier sonido desarticulado e ininteligible. Si bien no puede tenerse certeza sobre esto, la tradición parece sugerir que el sonido de Dios es Palabra. ¿Qué posibilita la palabra?

En la sección del Éxodo que comunica este acontecimiento no se dice que la Palabra de Dios se haya revelado de una manera otra que no sea en el lenguaje de los hombres, por lo que no existe razón suficiente para suponer que no sucedió así. Concedamos que la palabra haya sido articulada en el lenguaje de los hombres y volvamos a preguntar, esta vez con un poco más de precisión, ¿Qué posibilita que la palabra proferida sea escuchada, que se haga común? Más allá de los órganos sensoriales, tanto emisores como receptores, restringidos individual y respectivamente al hablante y al oyente, para que haya comunicación es necesario que haya un medio. El medio de la palabra oral es el aire. Si bien podríamos esforzarnos para pronunciar con extrema dicción una frase bajo el agua, procurando la más refinada inteligibilidad para nuestro escucha, en el momento en que el aire se agote, la palabra se imposibilita; habrá que nadar de nuevo a la superficie para volver a respirar y proseguir el diálogo. Hay, entonces, algo esencial en el aliento que nos faculta para la palabra y nos vincula a la Palabra.

Quizás sea de utilidad preguntar a la misma lengua hebrea qué sentido vela y refiere la palabra aire, por si nos pueda arrojar alguna pista de la implicación de la cosa-aire en el hecho mismo de la palabra y su vinculación con lo divino. La palabra hebrea para aire es ruaj. Proveniente del protosemítico rūḥ- que significa soplar- ruaj también es la palabra hebrea para aliento, para espíritu. Así, en hebreo, una de las Tres Personas de Dios, el Espíritu Santo, es llamado Ruaj HaKodesh. En las Escrituras se dice que, una vez formado de barro el hijo del humus, Dios insufló en él espíritu de vida. Lo que parecen compartir, entonces, el hombre y lo divino en la tradición hebraica, parece ser el Espíritu, el aliento, el aire, el ruaj. El ruaj, y todas las implicaciones de que haya un ruaj comunicante: el sonido, la palabra.

Dios no creó con las manos. Dios dijo, y el mundo fue. La Palabra de Dios es, en este sentido, creadora. La Palabra de Dios propicia el mundo. El mundo comparte esencia con la Palabra. Creación y Revelación son Dios mismo, presentado o representado. Y, para los Cabalistas, la Palabra es un despliegue del propio Nombre de Dios. Así establece Scholem:

La posición central del nombre de Dios como origen metafísico de toda lengua y la concepción de la lengua como desentrañamiento y despliegue de ese nombre, como aparece sobre todo en los documentos de la revelación, pero también en cualquier lengua. La lengua de Dios, que cristaliza en el nombre de Dios y en último término en el nombre de uno, que es su centro, es el fundamento de toda lengua hablada, y en ella se refleja y simbólicamente se manifiesta. (pag. 17) 

Si bien queda claro que todo lo creado es palabra de Dios, esta afirmación de Scholem indica que toda lengua implica de suyo el nombre de Dios. Más aún, lo manifiesta. Por esta razón es que entre los coétaneos del rabino catalán Nahmánides era común pensar que Dios no solo había entregado a Moisés la Torá en su literalidad de mandamientos divinos, sino que el mismo Libro es una secuencia de nombres de Dios –razón por la que los rabinos son tan estrictos en la forma escrita o impresa de los textos bíblicos y no se permiten su lectura si alguna letra falta, pues supondría la ausencia de un elemento divino. Más aún, hay entre estos cabalistas la intuición de que la Torá en su conjunto es uno de los Nombres de Dios. Así lo expresa el también místico de Gerona, Ezra ben Solomon, cuando dice que “Los cinco libros de la Torá son el nombre del santo, alabado sea”.

Así, podría decirse que, cuando se reveló ante Moisés, el Libro fue entregado en el aliento. Su carácter escritural es posterior, pero la revelación original tuvo como vehículo al ruaj. En el ruaj se posibilitó la palabra. La Palabra es el verdadero Templo pues coliga con Dios. La Palabra es Dios mismo, es su Nombre manifiesto. El Libro es la memoria de la Palabra. Y toda palabra sugiere a Dios, si bien velado en una dimensión indecible de lo expresado. 

Es con esta certeza que el pueblo judío ha mantenido su peregrinaje por los desiertos de la historia y del éxodo, sin necesidad de refugiarse en sinagogas para religar. Es recitando y cantando la Palabra que lo mortal y lo divino coligan en lo uno. La verdadera religación está en la Palabra que mantiene religado al Pueblo del Libro. Es en el aliento donde acontece la unión con el que Es.


Iván Daniel Gómez

Ilutración: "Moises se descalza ante la Zarza ardiente" - Ícono Ortodoxo Griego de autor anónimo

El Cantar de los Cantares... por Ana Cecilia Mata




“¡Bésame con los besos de tu boca! 

¡Porque más embriagantes que el vino
son tus amores!”

El Cantar de los Cantares 1:2

Debo admitir que todo lo visto en clases se develó ante mí como un espacio literario por explorar. Siempre había sentido que la cultura hebrea no me pertenecía, que era hermética. Para mi agrado, durante este recorrido, me abrió un resquicio por el que sin duda me deslizaré.

La expresión de la evolución de la palabra Divina expuesta en El Tanaj me pareció impecable: Dios habla, Dios inspira y habla a través del hombre, el hombre alaba y dialoga. La ley (Torá), los Profetas (Nevi’im) y los Escritos (Ketuvim). La Palabra revelada, recopilada, única, histórica, ciertamente tiene para mí un valor adicional a lo intrínseco porque sobrevivió y trascendió la destrucción de Jerusalem. 

En este ensayo me propongo revisar brevemente el Cantar de los Cantares. Este canto pertenece al tercer libro del Tanaj: el Ketuvim, que compila los textos sagrados escritos por los hombres en diálogo con Dios. Está dividido en dos partes. Una contiene los libros poéticos: salmos, proverbios y el libro de Job. La otra, integra los escritos que son leídos durante las festividades judías y es dónde encontramos al Cantar de los Cantares que se lee en Pésaj o Pascua Judía. 

¿Por qué este Cantar? Porque su interpretaión literal tuvo eco en mi fuero interno. Fue la primera vez que una Escritura Sagrada se mostró ante mí como un lienzo, como una obra de arte que celebra el acto de amor entre un hombre y una mujer. Que lo celebra como la unión perfecta para crear vida, para crear vida Divina. Su escritura se le atribuye al Rey Salomón y relata la historia de dos amantes, un joven pastor y una campesina sulamita que son obligados a separase. 

Antes de continuar, quiero mencionar algo sobre las interpretaciones. Son cuatro: alegóricas, literales, cabalísticas y gnósticas y la hierogamia sagrada, las cuales surgieron de la necesidad de los sacerdotes de buscar un significado más allá de la exaltación del amor entre un hombre y una mujer. Tanto los judíos como los cristianos necesitaban entender cómo este canto pertenecía al conjunto de Escrituras Sagradas. Así, el judaísmo lo interpretó como una exaltación alegórica del pacto de Jehová con Israel; después, la iglesia vio representada en él su relación con Cristo; y, por último, la mística cristiana propuso verlos como una perfecta referencia a la unión del alma con Dios.

Insisto, en mi resonó la interpretación más natural. La literal. Esa fue la que me capturó. La alabanza a la unión perfecta para crear vida. La alabanza a la unión en matrimonio bendecido por Dios.

La lectura en solitario del Canto, no me fue fácil. Con la relectura, una y otra vez, y la revisión en línea de diferentes interpretaciones, me fui introduciendo el hilo de la historia que, a decir verdad, aún se ovilla en mi pensamiento. 

Quiero exponer algunos de los versos que me hablaron. 

 “¡Bésame con los besos de tu boca!
¡Porque más embriagantes que el vino
son tus amores!
Suave es el perfume de tus bálsamos…
Tu nombre va manando de aceites aromáticos…
Por eso te aman las doncellas”

—El Cantar de los Cantares 1:2

En lo literal, la mujer sulamita enamorada desfallece por la separación y las damas de la corte quieren sobreponerla. Ella les manifiesta que un beso y la presencia de su amado tendrían el mismo efecto que el vino para recobrar la alegría y el sentido de su vida. 

Me cuenta que la presencia de un ser amado, del Ser amado, repone y reconforta. Tambié así su memoria.


(…)
“Como el manzano entre los árboles frutales,
así es mi amado entre los jóvenes.
 Me senté a la sombra de aquella 
que yo tanto deseaba:
su fruto es dulce a mi boca.
El me introdujo en la bodega del vino:
y su pendón es el amor”
(…)

—El Cantar de los Cantares 2:3

Hermosa metáfora con la que la mujer exalta la belleza y el abrigo que le confiere su amado. 
Para mí, es una declaración perfecta, dulce y embriagante, de una fusión de sentires. 

(…) 
“¡Cómo tú eres bella, oh mi amada,
cómo tú eres bella¡
Tus ojos son palomas a través de tu velo, 
tus cabellos un rebaño de cabras
vagando por las vertientes del monte de Galaad. 
¡Tus dientes un rebaño de ovejas trasquiladas
que se acaban de bañar,
todas ella idénticasy sin defectos.
Cómo cinta escarlata son tus labios
 y tu boca es hermosa!
… ¡Tus senos son como dos añojos
gemelos de gacela que pastan entre azucenas”
(…)

—El Cantar de los Cantares 4:1-5

Es ahora el pastor quien canta a la extraordinaria belleza de su amada. Elogia la perfección de su estampa. Ve en cada parte de ella la representación de lo más hermoso de su mundo.

Veo la valoración del ser amado desde lo más íntimo, a través del cristal de quien la mira. Desde su verdad.

(…)
¡Despierta, viento del norte, 
y acércate, viento del sur!
¡Abanica mi jardín y que se esparzan
sus aromas!
Entre mi amado en su jardín 
y coma sus mejores frutos.
(…)

—El Cantar de los Cantares 4:1-5

(…)
Yo duermo, mas mi corazón vela.
(…)
¡Abreme , oh hermana mía, amiga mía,
mi paloma, oh mi perfección!...
(…)
Me despojé del vestido:
¿cómo vestirme de nuevo?
Ya lavé mis pies;
¿he de volver a ensuciarlos?
(…)
Mi amado metió la mano por el resquicio
de la puerta y mi vientre se estremeció.
Me levanté para abrirle a mi amado,
y de mis dedos se escurrió la mirra sobre la aldaba,
 y de mi mano goteó la mirra. 
Abrí a mi amado, pero él ya no estaba.
(…)

—El Cantar de los Cantares 5:1-7

Por un lado ella suplica al universo que le abra los caminos a su amante y lo invita para que venga a su encuentro. Se le ofrece y lo anima para el goce de su amor. Lo espera desvelada y cuando él llega, en lugar de salir  a su encuentro con la celeridad de una amante, se torna caprichosa. Cuando sus entrañas lo reclaman y agitada se levanta… él ya no está… 

¡Se me muestra el juego del amor! 

(…)
Y su huída me hizo desfallecer…
lo busqué pero no lo encontré
Clamé por él, pero no me respondió
Me encontraron los guardas que rondan la ciudad:
me hirieron y me alejaron,
no sin antes quitarme el manto que me cubría
(…)

Os suplico, hijas de Jerusalem:
si vieseis a mi amado,
decidle que estoy enferma de amor.
(…)
¡Mi amado es cándido y rosado,
 y sobresale entre millares
(…)
su porte es como el del Líbano
elegante como los cedros
su voz vierte dulzura y todo en él es encanto!
(…)

—El Cantar de los Cantares 5:8-18


Sale la amante a buscar su enamorado. Deambula por la ciudad y los guardias la detienen. Ella no cesa de clamar su amor y pide ayuda a las mujeres. 

Melosa descripción de la majestuosidad de ese que la atormenta. 

(…)
Yo soy para mi amado 
y hacia mi se vuelve su deseo.

¡Ven mi amado!¡Huyamos al campo!
(…)
Sostiene mi cabeza en su mano izquierda
Y con la derecha me enlaza.
(…)


Cuando los amantes se reúnen muestran con libertad su amor. Recobran el aliento y no hay vergüenza ni pudor que los separe.  

***

Para terminar traigo la pregunta que me surgió sobre el por qué El Cantar de los Cantares es leído en Pésaj. 

Referiré mi ilustración en línea: 

“Es en Pésaj, con el éxodo de Egipto, que comienza la relación del pacto entre Dios y Su pueblo. Con la aceptación de la Torá como Ley, llega a ser el pueblo judío un pueblo libre e independiente.  Shir ha'Shirim hace hincapié que en la misma medida que una pareja se debe la fidelidad absoluta, el pueblo judío debe su fidelidad total a Dios.”  (Rabino Peter Tarlow: culturajudia.blogspot.com)

En este contexto, debo confesar que me identifico con la interpretación alegórica del concepto de la lealtad y la fidelidad, junto con la libertad en el mundo judío. 

Finalizo cerrando el círculo. 

Apenas viene de abrirse para mí una ventana hacia la cultura hebrea. Apenas recibí un haz de luz. Me cautiva en demasía la mirada hacia el pasado de la obra literaria hebrea. Por ejemplo, siento curiosidad y fascinación por lo anticipado en clases sobre la obra de Maimónides y su “Guía de los Perplejos”… 

Aún no he reflexionado sobre lo que autores contemporáneos pudieran ofrecerme. 




Ana Cecilia Mata

(Trabajo presentado para el Diplomado de Literatura Mundial - Cátedra Literatura Hebrea)

Ilustración: Marc Chagall -  Le Cantique des Cantiques I, 1960

viernes, 6 de abril de 2018

Soñando a Rambam... de José Manuel Aguilera



Yo estoy desorientado y casi entrego mi cuerpo a los abismos. 

Me detuvo mi amado Rambam, (1) Rabi Moshé ben Maimón. Me abrazó y habló: “Aparta ese dolor. Aunque tienes a tu padre, para mí siempre has sido un hijo. Aleja los miedos, las dudas, las zanjas profundas que te impiden el encuentro con Dios, Señor del Universo”. Y es que para mi maestro, todo era fácil. Compartió siempre su hogar conmigo y con mi padre musulmán, criado de su progenitor, Maimon Ben Yossef. (2) 

Yo soy apocado, en medio de tantas luces que se alargan y miran el mar horizonte que “redondea su faz”. Él escribió, juró y gritó a los cuatro vientos que la tierra era redonda. (3) Por esto, un pequeño conciliábulo intrigante osó pedir Hérem (4) para él. Su respuesta tajante fue: “Sólo un ignorante rechazaría que el orbe creado por Dios, como está en Bereshit, (5) es sin dudas un círculo del firmamento como todos los astros”. 


ii 

Mi padre cuenta que Maimónides, como le decían los cristianos a Rambam, nació de un milagro, un día antes del Pesaj, (6) el 14 de Nisán. (7) Su madre murió el día del parto, pero el niño llegó. Fue breve el desconcierto de la muerte, solo un segundo duró el túnel de las penas, porque el pequeño ocupó todos los lugares con su llanto junto a los sonidos del Cantar de los Cantares resonando en el Pesaj. Se vivió entonces la dura paradoja del amor en medio de la ausencia de la esposa, como el pastor y la sulamita, obligados a separarse y a encontrarse de nuevo. Su padre viudo leía con lágrimas en los ojos: “como un lirio entre yerbajo espinoso, así es mi compañera entre las hijas. Como un manzano entre los árboles del bosque, así es mi amado entre los hijos. ¿Quién es esta mujer que está mirando hacia abajo como el alba, hermosa como la luna llena, pura como el sol relumbrante?”. (8) 


iii 

Mi padre árabe se llamaba Yusuf Al Falati, (9) era un hombre bueno. Pero la influencia que tuvo Maimónides sobre mí lo superó. Me amó no solo con la ternura de un progenitor, sino también con el manto ilustrado de un maestro. Cayeron en la conmovida tierra de mi pecho todos sus mensajes, estudios de la Torah, de los Neviim, del Ketuvim. (10) Yo pude ver una luz de llama que entraba por sus ojos y era el Tanaj (11) que no cesaba de formar un muro grande, fuerte y brillante que sostenía su sabiduría. Maimónides, mi Rambam, era humilde ante el rezo y las lecturas. Y aunque siempre tenía la sonrisa del viento y los matorrales, esos que se mecen en medio de olivos y manzanos, fue muy duro con la comunidad cuando se trataba de mantener el sendero de la Torah, cuando buscaba “reparar las cercas rotas de la ley de Moisés” (12) . Se recuerda todavía el caso de un kohen(13) de Alejandría, que rompió las leyes casándose con una mujer agunah(14) y fue separado de la comunidad por decreto de Rambam; o su discurso en la sinagoga, cuando, con los rollos de la Torah en la mano, dijo: “abominable es cualquier mujer que no cuenta los 7 días o no se sumerge”, hablando del rito de limpieza luego del sangramiento de la mujer; o sus reclamos a aquellos que no mantenían compostura durante el rezo. 

Yusuf, mi padre y Yossef, el padre de Rambam, hablaban juntos la lengua árabe, que en esos años oscuros nos unía a todos los pueblos de al-Ándalus. (15) Rambam sabía que los templos caían, pero las palabras eran el aliento que preservaba la doctrina. Su inteligencia hizo que los mensajes repetidos por el eco de Dios siempre flotaran. Es que, aunque habitábamos una península sitiada, el corazón de varios dioses, que eran solo uno, estaba presente, en todas las lenguas. 


iv 

Y fue mi lengua de niño musulmán la que salvó a toda la familia una noche, cuando Maimónides tenía 13 años. 

Llegaban historias terribles de los Almohades, que ocuparon Córdoba con su califa y decretaron allí su capital. Con violencia inaudita destruyeron Eliossana, (16) sus sinagogas, la academia talmúdica. Los sefardíes preferían morir antes de convertirse al Islam. 

Todos dormían tras el miedo almohade. La casa de piedra acobijaba el otoño y ese imperio árabe era una tromba de dolor que marcaba las paredes de los hogares para contar sus días. Solo la conversión al Islam podía salvar los pellejos de judíos y cristianos. Mi padre Al Falati era bueno y me amaba pero gustaba de llorar. Él siempre recordaba con vana esperanza, cuando hace no tanto en los mercados estaban juntas las tres religiones, cuando las mujeres se confundían en sus ritos y la bruma de la tarde al pasar dejaba un halo de sonrisas. El padre de Maimónides también sufría. Pero lo hacía en el silencio de los sacrificios, leyendo la Torah con pasión. 

Tocaron la puerta. Todos se incorporaron menos David, hermano de Rambam, que dormía siempre como una piedra. Los corazones se agitaron. Nadie se atrevía a abrir por temor a delatar el judaísmo que se respiraba en cada palmo del edificio familiar. Era olor, solo olor, porque todos los libros sagrados, los menorah, (17) los kipá(18) y por supuesto la mezuzá(19) de la puerta estaban escondidos. Finalmente no hubo remedio. Los soldados musulmanes entraron con violencia y mi padre los frenó en seco gritando: ¡Salam Aleikum!(20) Al principio, todos los invasores callaron, para unos segundos después responder: ¡Aleikum Salam! Mi padre hablaba y hablaba en árabe y preguntaba qué estaba sucediendo. En la casa los demás callaban. No era fácil para una familia de jueces rabínicos mantener la calma y no pensar en el acto de apostasía en el que estaban incurriendo. La casa temblaba y las palabras de mi padre Yusuf eran un monólogo interminable de tinte religioso que no tenía sentido. El jefe lo mandó a callar. Quería saber quién más estaba refugiado en las cuatro paredes. Más atrás, un soldado tosco, gritón y con una cicatriz que dividía diagonalmente su rostro sacó una gran espada árabe que blandió por los aires. Maimon ben Yossef, padre de Rambam, ripostó en buen árabe que eran una familia cansada que sólo quería seguir durmiendo y esperar el alba para rezar y salir a cumplir con sus obligaciones. Trató de ser generoso, ofreciendo un dulce fresco que estaba en la mesa y solo logró nuevos insultos de parte del esperpento que hacía de espadachín, que golpeó con furia el mueble, arrojando la comida por el piso de tierra. 

Todos callaron. Pero alguien flaqueó. La nueva esposa de Yossef temblaba. No sabía una pizca de árabe y estaba aterrada. Y resulta que yo a mis seis años estaba en sus piernas, recostado en su pecho, medio dormido, ajeno a todos los calores de la discusión. Los soldados le gritaban: ¡Altahaduth!(21) Lo repetían más fuerte: ¡Altahaduth! ¡Habla! La mujer comenzó a llorar y cuando estaba a punto de lanzar algún torpe fraseo en idioma hebreo, hablé yo, gritando en perfecto árabe: “¡tengo hambre! ¡Quiero leche con miel!”. 

Luego de varias risotadas, el jefe del grupo dijo: “dele de comer a ese niño cuanto antes”. 

Maimónides siempre me recordó como el muchacho que hizo menos grave su breve apostasía, al evitar la farsa de tener que llamarse musulmán en juramento, para evitar ser sacrificados. 

Salimos al amanecer, despavoridos. La lenta sombra del dolor nos persiguió cinco días, hasta la entrada de Almería, para seguir casi de inmediato hasta Santa María del Camino. Me cuentan que Maimónides no paró de rezar, de estudiar. No cesó de adentrarse en la teofanía, con la pasión que lo amalgamaba con la Torah en piadoso encuentro. 



Rambam de 23 años empezó a escribir y nunca más paró. Ya su entrega lo había convertido en Rabbi. (22) Era conocido por todos, comentaba los textos sagrados y era respetado por su guía iluminada que se ocupó de los tratados del Talmud. (23)En Fez vio a su gente escondida, desorientada y sentía que los corazones escapaban de los pechos con tristeza e ignorancia. Una noche se enteró de la muerte de su hermano David en un naufragio, camino a La India. (24) Con ojos desorbitados, delirando, dijo: “Los corceles de Jerusalem me acompañaron en trasfondo hasta los límites excelsos de la amargura”, para luego recitar en ladino “Kien munço se lo pyensa non se va en Yeruşalayim”(25) ; moría un poco a diario, sollozaba, era un mártir de sus fantasías, buscaba sanar heridas, ganglios, llagas de todos los colores y se dijo: “Dios me pide que cure” y fue cuando se adentró con los maestros de las ciencias del cuerpo humano, llegando a abrazar -no sabía si en sueños- a Hipócrates y a Galeno. Rambam aprendió mucho de la forma y la materia, de la piel y de los órganos del centro del mundo que eran los cuerpos. Fue cuando se dio cuenta que Aristóteles también lo acompañaba porque entendió la esencia fundida a la materia, el ser que es la sustancia. 


vi

Seguía mi maestro en Fez, cuando se dio cuenta que muchos de su pueblo ocultaban sus creencias tras las formas musulmanas, pero seguían, a hurtadillas, orando y leyendo la palabra sagrada en el Yeshivá, un pequeño cuarto que se escondía al fondo de un pasillo del mercado judío. Deliraba. Luego de “verse y hablar” con la imagen de Verroes en Almería, sin saber del todo si eso sucedió, Rambam se dijo: es tiempo de escribir sobre la Mishná. Lo hizo por veinte años, junto a una vida errante que lo llevaba y traía desde el norte de Africa, hasta los confines de los cinco reinos de la España. Yo estuve con él algunas veces. Mi primer viaje solo con Maimónides fue a mis dieciséis años. Me marcó para siempre. 

Corría el año 4925. Salíamos de la región de España por el puesto de Santa María cuando conocí a una hermosa dama, llamada Constanza, quien vino de Aragón. Era catolissisima y vino a complicar nuestra Babel con sus ojos verdes. La tuve por 5 años a mi lado y no me dio hijos, pero me abrió de nuevo la entrada de los Cantares, que recitaba de memoria en nuestras noches de cuerpos amarrados. Maimónides la aceptaba porque era mi compañera, y tenía cultura para hablar del Tanaj. Un día discutieron de la resurrección de los muertos hasta la madrugada y Rambam le leyó, sin parar, sobre temas profundos, esos que mencionan el hueso inquebrantable y el viaje del cuerpo que sube hasta el alma el día final. Ella, con ojos engrandecidos, soñó esa noche con iluminaciones de seres corpóreos y almas que salían disparadas como flechas al firmamento. Rambam dijo: “los cuerpos necesitan del alma para su conformación, para existir con su fuerza vital, para encender los sentidos, la imaginación, las pasiones, el entendimiento y la libertad”. Constanza, en profundo parabién, sintió en ese momento lo que dijo llamar communio, armonía profunda con el sabio, mi Rambam, a quien llamó “abuelo” de sus creencias en Cristo. 


vii 

En Egipto, nuestro grupo se estableció con Maimónides en Al-Qahira, llamado también El Cairo. Su fama y erudición era harto conocida, por lo que el visir Al-Fadhel lo presenta y recomienda al sultán Saladino para que sea su médico. Cómo pudo mi Rambam tener la armonía y grandeza para luchar por las curas del cuerpo al mismo tiempo que escribía en arábigo su Dalalat Al-Hairin, nunca pudo mi cabeza entenderlo. Se lo dedicó a Joseph Ibn Aknin, un aventajado discípulo a quien quiso mucho. A él le escribió: “Desde el instante mismo en que resolviste, mi querido discípulo, venir a mi lado desde lejano país a estudiar dirigido por mí, tuve el más alto concepto de tu sed de conocimiento, de tu amor por las indagaciones de carácter especulativo de las cuales dan testimonio tus poemas… Cuando quiso Dios que te marcharas lejos, el recuerdo de nuestras discusiones avivó en mí un propósito largo tiempo acariciado: tu ausencia me ha inspirado e inducido a componer para ti, si quiera no sean muchos, el presente Tratado”. Más adelante, Joseph no mostró verdadero amor ni rigor alguno con Rambam ni con la exégesis de sus escritos. 

Su día en El Cairo era muy duro. Una vez, mientras atendía la llaga de un paseante enfermo que vino a nuestra casa, me dictó una carta dirigida a Rabi Samuel Ibn Tibbon, que decía: “Resido en Egipto, en Fostat. Al Sultán, que vive en El Cairo, alejado de mi morada, estoy obligado a visitarlo a diario, muy temprano en la mañana. Y cuando alguno de sus hijos o personas de su harem están indispuestas, no oso abandonar El Cairo, y permanezco en palacio la mayor parte del día. Igual es cuando algún funcionario de la corona se enferma. Lo corriente es que vaya a primera hora del día a palacio, y si nada anormal acontece, regrese a primera hora de la tarde a mi casa en Fostat. Pero entonces hallo las antecámaras abarrotadas de judíos y gentiles, nobles y villanos que esperan mi regreso” 

Pero seguía escribiendo. Mucho de madrugada. Tres velas anchas permitían a mi Rambam escribir, a veces en pergamino, otras en vitela, siempre con una pluma de hierro vieja que él apreciaba mucho. Fueron tantas las veces que me pidió que oyera y transcribiera su dictado que tal vez la mitad de los pliegos estaban llenos de mi caligrafía nasji, dibujada con cálamo. 

Recuerdo la introducción, que me dictó al final de su trabajo: "El objeto de este Tratado es dar luz al hombre piadoso que fue educado para creer en la verdad de nuestra Santa Ley, el cual conscientemente cumple sus deberes morales y religiosos, y, al mismo tiempo, ha seguido con acierto y aprovechamiento el estudio de la filosofía. Tiene también esta obra una segunda aspiración: procura aclarar ciertas metáforas oscuras que se hallan en los Profetas, y que algunos lectores ignorantes y superficiales toman al pie de la letra. Aun las personas bien informadas se descarrían, quedarían perplejas y se confundirían si entendieran estos pasajes en su sentido literal; empero, se sentirán por completo aliviados de su confusión y perplejidad cuando les expliquemos las figuras o simplemente les indiquemos que las palabras se emplean en sentido alegórico. Tal es la razón de que haya llamado a este libro Guía de los Perplejos" Aun recuerdo cuando me dijo, estoicamente, “acabamos de escribir una guía para perplejos”. Logré, no sin esfuerzo, mantener mi rostro inmutable en ese instante curioso. 

Duros comentarios estallaron los primeros días, cuando la guía fue conocida por otros Rabbis. Fueron tan duros y punzantes las palabras que lanzaron a Rambam que una vez su corazón parecía estallar, luego de una meditación en la sinagoga, donde dos viejos sabios se enfrentaron a él, llamándolo “loco peripatético extraviado de la fe”. 

Pronto las aguas volvían a su cauce y fueron más los que exaltaron su virtud y fe que los que se quedaron atrapados en el fango de la mediocridad. 

Varios párrafos valiosísimos brillan en la Guía. Nuestros sabios Rabbis tienen aquel dicho esencial: “La escritura habla con el lenguaje de los hombres”. Pues para mí esta línea se ilumina en claridad cuando Maimónides nos explica que debemos quitar literalidad a los escritos, y que así como el padre educa a su hijo pequeño con historias impregnadas de alegoría, así mismo Dios nos da luz “con el lenguaje de los hombres” a través de sus parábolas que nos imbuyen en las verdades espirituales. 

Rambam también nos habló para el nacer y el renacer. Nacemos con la religión natural, decía. Y renacemos con la Revelación. Fue así como nos brindó el auxilio necesario, la mano de maestro, para abrazar al filósofo Aristóteles no sin detenerse frente a él varias veces, mirarlo a los ojos con dureza y pasar por su costado. Pero siempre regresaba y parecía darle la mano para caminar, como lo hacían los peripatéticos, hasta llegar al primer motor inmóvil, que era el dios de los descarriados. “Por algo se empieza” decía Maimónides. Los judíos dispersos y aún los gentiles podían así extraer todos los jugos de su conciencia, caminando con Aristóteles, hasta que viniera la fe en pos de acercarnos hasta la otra orilla, aquella donde se dibuja con la fidelidad del mejor pintor la silueta de nuestro único Dios. 

Y trata a Dios con la delicadeza y amor necesarios. A Dios lo alcanzamos con la imaginación del niño que ve a lo alto, e imagina y palpa lo imaginado, con profunda fe. Hasta ahí es suficiente. Escribió Rambam: “Dios vive sin atributo de vida; conoce, sin atributo de conocimiento; es omnipotente sin atributo de omnipotencia; y sabio sin atributo de sabiduría. En Él todo se reduce a una sola y la misma esencia”. Una noche, enfebrecido, me dijo: “toda la palabra que nos ha sido dada transita por el camino de nuestra condición de hombres de carne y hueso. Y tal vez así entendamos, quizás lleguemos a la esencia, mediante los atributos que no son de Dios, sino nuestros” Escribió acerca de la llama de profeta que todos tenemos. Ínfima a veces. Reflexionó también sobre los íntegros profetas, los menos, los que escribieron los Neviin. Yo me encendí un solo día y me bastó. Día triste. El día que supo mi alma encendida que Constanza viajaría lejos. 


viii 

Cinco años tenía conmigo Constanza cuando enfermó. 

Y la vi acostada. Sus pies libres, blancos, helados. Sus brazos del mismo nácar. Sus ojos verdes enrojecidos. Yo, apenas un ser extraviado hasta los huesos, roca inanimada esperando algo que brotara de las entrañas de la tierra, una pócima, un soplido indulgente, que hiciera reaccionar sus órganos detenidos. Yo, muerto en movimiento, en desesperación, en vida. Ella detenida, congelada en esta sinrazón que me la quitó en pocos días. 

Yo estoy desorientado y casi entrego mi cuerpo a los abismos. 




                                                                  José Manuel Aguilera



(Trabajo presentado para el Diplomado de Literatura Mundial Cátedra de Literatura Hebrea Universidad Metropolitana)

NOTAS:

(1) Rabi Moshé ben Maimón, Maimónides, llamado también Rambam.

(2) Padre de Maimónides.

(3) Planteamiento de Maimónides 350 años antes del descubrimiento de América.

(4) Censura eclesiástica hebrea que consiste en la exclusión del afectado de la comunidad religiosa.

(5) Libro del Génesis, primer libro de la Torah y de la Biblia.

(6) Fiesta judía que conmemora la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto.

(7) Primer mes del calendario hebreo bíblico.

(8) Pasaje de “El Cantar de los Cantares”, uno de los libros del Tanaj

(9) Criado del padre de Maimónides (personaje imaginario).

(10) La Torah, los Neviim, y el Ketuvim son las tres secciones del Tanaj

(11) Es el conjunto de los 39 libros sagrados del Judaísmo, equivalentes al Antiguo Testamento de los cristianos.

(12) Frase atribuida a Maimónides, en: Yacob Even-Hen, EL RAMBAM, RABI MOSHE BEN MAIMON, LA HISTORIA DE SU VIDA. Jerusalem, 5755 - 1995

(13) Religioso hebreo, considerado como un descendiente varón directo de Aarón.

(14) Mujer separada de su legítimo esposo pero que se considera “encadenada” a su matrimonio, porque el esposo no ha acordado formalmente la separación.

(15) Nombre árabe dado al territorio de la peninsula ibérica ocupado por los musulmanes.

(16) Legendaria ciudad judía de la península ibérica entre los siglos IX y XII, llamada “la perla de Sefaraf”.

(17) Candelabro o lámpara de aceite de siete brazos de la cultura hebrea, considerado uno de los elementos rituales más antiguos e importantes del judaísmo.

(18) Tradicional gorra ritual utilizada por los varones judíos.

(19) Pequeño pergamino colocado en el marco de la puerta que tiene escrito dos versículos de la Torah, e indica al hogar como judío.

(20) En árabe significa “La paz sea contigo”.

(21) En árabe significa “¡habla!”.

(22) Rabino.

(23) Talmud: Enseñanzas orales y recopilaciones escritas del Judaísmo.

(24) David era un gran negociante. Se dirigía a La India a importar joyas.

(25)  “Quien mucho lo piensa, no se va a Jerusalem”


BIBLIOGRAFÍA

- Yacob Even-Hen, EL RAMBAM, RABI MOSHE BEN MAIMON, LA HISTORIA DE SU VIDA. Jerusalem, 5755 – 1995

- Maimónides. GUIA DE LOS DESCARRIADOS, Editorial Orión, México. 1947

- Moshé Korin, MAIMÓNIDES Y LA GUIA DE LOS PERPLEJOS, Coloquio.org

- La Torah

- Aristóteles. ACERCA DEL ALMA. Biblioteca básica Gredos.

- Rabí Moshé Jaim Luzzatto –Ramjal; ¿QUÉ SIGNIFICA LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS? Extraído de El Zohar 4

- Edgar Vidaurre: CATEDRA DE LITERATURA HEBREA. Diplomado de Literatura Mundial, Universidad Metropolitana. Notas de clase, 2018