viernes, 7 de julio de 2017

Diario de un piano abierto (24 de octubre de 2016)... pequeña ánima herida



Bajo el influjo de la obra de teatro Penélope de Ida Gramcko, cuyo montaje fue realizado en octubre de 2016 con la dirección de Yoyana Ahumada, me he visto envuelto en la música de Arvo Pärt, cuyas pequeñas obras para piano han sido escogidas como música incidental de la obra, y las cuales tuve el privilegio de tocar en vivo.

Siempre he aceptado de manera convencional y académicamente hablando, que este místico monje de los sonidos, es un músico “minimalista”. El minimalismo musical, entendido como aquella manifestación sonoro-experimental que basa su pulsación, precisamente en el latido primordial, primario, simple, sobre un fondo de armonía en constante movimiento pero, en su periferia pulsando lo estático o “las lentas transformaciones, a menudo en la reiteración de las frases musicales en pequeñas unidades como figuras, motivos y células.” Algo que se parece mucho a lo que miran los botánicos en el microscopio y aún más a lo que ven los físicos cuánticos cuando cierran los ojos y piensan en los átomos, los núcleos, los protones, los neutrones y la fuerza electromagnética que los sostiene, así como esas pequeñas partículas sub-atómicas llamadas “quarks”.

Esta llamada “Música minimalista” tiene como referencia más inmediata musicalmente hablando la dodecafonismo de Schoeberg y su estructura a-tonal que se engrana y articula sobre doce sonidos descompuestos en semitonos, incluido el intervalo de segunda disminuida, que hasta ese entonces y sobre la música tonal era considerada una en-armonía.

Pero he aquí, que aunque el espacio sonoro que abarca y contiene el intervalo de segunda en la música, es el más pequeño que el oído humano estándar puede percibir, puede escuchar (si-do), su inversión en cambio (do-si), es decir el intervalo de séptima, contiene y abarca el espacio sonoro más amplio dentro del sistema tonal de siete notas que se constituye en la escala tonal. Los monumentos musicales que se han construido y levantado sobre estos siete eslabones sonoros, (y sus equivalente de silencios sugerentes) tanto en las estructuras polifónicas, sinfónicas y concertantes, han adquirido en su máxima expresión de amplitud, dimensiones inconmensurables, de extrema complejidad…diría incluso que inalcanzables. Se parece mucho en la imagen que se instaura en mi alma, al macro-cosmos, al espacio sideral, lleno de galaxias, planetas, estrellas, cometas, asteroides y agujeros negros.

Pero ha sido sin embargo la aproximación a los cánones simples pero intensos de Arvo Pärt, que he reconocido la absoluta correspondencia entre la música estructurada sobre los complejos y amplios universos sonoros del afuera, y esa otra música que expresa y fluye al modo del micro-cosmos que se puede contener en ese pequeño espacio del intervalo de segunda, y las progresiones circulares o en forma de espiral que se imantan y fluyen en ese centro casi imperceptible a la resonancia sonora del alma.

Permeado (y embriagado) en la pulsación de esos cánones que él ha nominado con nombres de mujer: Alina, Anamaría o Arinushka, me ha sido revelado que no se trata de una música Minimalista propiamente dicha. Que no es una simplificación reiterativa de un canon obstinadamente melódico con fluctuaciones armónicas lentas y progresivamente cromáticas sobre la secuencias de intervalos de segunda, sino que se trata de una abertura, una amplificación de lo audible, provocando de manera prodigiosa, el que podamos escuchar lo inaudible, lo “cuántico sonoro”. Una puerta que se abre en ese pequeñísimo y casi inexistente espacio que abarcan los pequeños y esenciales intervalos sonoros. Diría incluso una puerta que al dejar pasar el alma por ese espacio tan estrecho, la conecta poderosamente con mundos infinitos y fractales, (mundos que percibimos en la periferia, o más allá con el mundo emocional y por qué no “electromagnético” del alma humana), al modo que una célula se comunica con la mirada o la tristeza.

Dejo hasta aquí estas sensaciones y estos sentires, pues las vibraciones de estos cánones esenciales, humildes y a la vez amplios y hondos de Arvo Pärt, me han llevado a un estado alterado de conciencia poética y meta-poética, al punto casi de lo inefable por inexpresable e inenarrable. Creo en todo caso que en mi ánima ha persistido una herida, una abertura que no quería develar su sentido, pero escuchando hoy de manera plena eso inaudible, empiezo a entender que esa herida en mi pequeña ánima, es también una puerta…una abertura que me permite entrar (a través de lo estrecho) al esplendor fractal de la belleza, y por lo que he re-bautizado las pequeñas “Variaciones para la salud de Arinushka” para mí, de manera íntima, como “pequeñas variaciones o arrullos a la pequeña ánima herida”


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