domingo, 18 de junio de 2017

Diario de un piano abierto (Monograma 1976 - 2006)


VII Στον Παράδεισο έχω σημαδέψει ένα νησί

...para mirarme cada mañana cuando despierte
Para verte a medias pasar sobre el agua
Y llorarte a medias en el Paraíso.
Llevaré luto siempre – ¿me oyes? – por ti,
sólo, en el Paraíso

Odiseo Elytis - Monograma

Treinta años en una curva elíptica de duelo sostenido y a la vez soterrado. Abrir un piano cerrado y cuya llave se ha perdido, ha sido la metáfora perfecta de mi propia alma. Una vez re-abierto, mirar el teclado como si fuera un horizonte o un mapa emocional y atreverme de nuevo a tocar su piel, a poner las manos como si tratara de amansar a un ser profundamente herido que apenas puede respirar. Sentarme frente a ese cuerpo todavía inanimado con la necesidad de hacerlo sonar, resonar, vibrar.

En los orígenes y en términos vivenciales, sentir la vida era conectarse con esa vibración extraordinaria que se llama “Belleza” y cuyo despliegue más evidente del alma así transfigurada, era la música. Allí, en ese Edén, la conexión con el fenómeno sonoro era el árbol, el eje que evidenciaba una unión inenarrable entre todos los elementos constitutivos de una individualidad y a su vez de todo el ser individual en resonancia absoluta con el “Cosmos”. Esta sensación se actualizaba a través del cuerpo (a su vez árbol) y las manos como ramas extendidas que desde el centro anímico intangible claudicaba devenido en ola que se esparce en la orilla o el umbral de un teclado de piano, esta vez con el ritmo sosegado de la respiración del mar, como única forma de expresión posible.

Este re-inicio, este re-conocimiento y esta regresión de manera lenta y sosegada al estado de conexión total y sobre todo sensible con la belleza, Implica el recorrer a la inversa el dolor hasta el origen, hasta la herida, pues la herida en su concavidad, tiene al atributo de contener, acunar…integrar. Así durante estos diez años estuve (unas veces a tientas y otras iluminado) restaurando el lugar en donde se producen todas las convergencias, donde se produce la conexión que nos hace vivir, pero al mismo tiempo, el lugar donde se producen las heridas: mi propia ánima.

Tal vez lo más elocuente de este esfuerzo es el reconocer y descifrar por la gracia de la herida y en una visión ahora unívoca, la doble inclinación que me conectaba en mi juventud y de manera inmediata con ese fenómeno. La experiencia dual y al mismo tiempo incluyente de polos anímicos: Beethoven y Chopin.

La vertiente emocional y sensible en Beethoven es indudablemente imponente. Es decir se impone nos llega desde los elementos en rebeldía de su alma para arrasarnos, para conmovernos hasta los cimientos como una tormenta, un tornado. Aún sus lentos, sus adagios y sus largos, son interludios que expresan una calma secuencial a la tormenta. Es el agotamiento que sucede a la lucha contra lo circunstancial, contra aquello del afuera que agrede y constriñe el corazón. ¿Cómo no sentirme identificado con esa rebeldía, con ese acto capaz de trascender el dolor para llegar como dije al origen o a la herida…? Él mismo anota en el margen de la partitura del Adagio cantábile de la sonata para piano NO 8 Op. 13 o Patética: “He cruzado las tormentas para llegar hasta aquí…ese es el precio. En este espacio lleno de unción me encuentro conteniendo a mi propio corazón, pues en ese oponerse, en esa lucha por lo que agobia a través del desamparo, hemos llegado indemnes. No nos hemos consumido. Pero es aquí sin embargo en esta llama suave y tenue donde hemos de consumirnos a voluntad…con una voluntad con solo puede mover el amor y mientras nos consumimos hemos de cantar…de orar. La música, sólo la música y me fe obstinada. Eso es lo que tengo. Te ofrezco pues esa fe ahora mansificada en este canto, lejos de la razón, pues lo propio de ella es comenzar donde la razón termina. He aquí pues mi corazón…un secreto pero intenso movimiento se hace sentir para después difuminarse sin traicionar su origen”

La experiencia sensible y resonante con la música de Beethoven para mí, como dije, es una vivencia que se nos impone desde afuera, que nos llega, que proclama en alta voz y con una potencia única, la rebeldía contra ese mismo afuera y cuya vertiente circular y tremendamente giratoria nos arrasa para después enseñarnos la calma regresando de nuevo y de manera ineludible a la tormenta.

Chopin en cambio es una experiencia que se vivencia desde adentro…muy adentro, que no nos llega, que no arriba ni constituye un emoción reactiva, impuesta o circunstancial. Diría incluso que se vivencia de una manera muy particular e inédita. En su Moja Bieda, (o gran tragedia) yo me preguntaba: "¿cuál sería la vertiente de esas corrientes dinámicas del alma chopiniana, los orígenes del lirismo tan pleno y lleno de esa nostalgia tan suya, tan personal? Su música a mi sentir, es lo más acabado desde el punto de vista poético-metafísico. Es romanticismo sí, pero con una calidad de abstracción indescriptible e intraducible, como no sea a través de ese aliento contenido, de esa música conectada y surgida de las evoluciones más internas y secretas del alma." Constituye así la íntima, inefable e indescriptible expresión, en su versión más abstracta, del mundo emocional y sensible en su casi absoluta pureza. La dinámica y el cuerpo de la emoción en sí misma, sin actos o eventos externos que la determinen. Con la excepción de algunas piezas como el estudio revolucionario o algunas polonesas, no hay rebeldía, no hay confrontación, no hay lucha, solo fluir emocional. Algo así como el claro sonido del agua desde sus vertientes, pasando en sus evoluciones por la pasión más depurada, hasta el sonido más delicado y tenue que exhala una gota de lluvia, conteniendo en su recorrido, todos los matices e iridiscencias posibles.

Ahora, en el cabo de la curva, al final de dolor, la identificación es a su vez confluyente y mirífica, pues al vivenciar esta dinámica sensible y emocional, nos damos cuenta que es nuestro propio corazón el lugar desde donde afloran estas aguas. De una manera conmovedora, Chopin logra que "la herida" se abra como las esclusas del alma para que esta fluya desde lo más interno de nosotros, sin nada que proclamar, con pasión también, pero sobre todo en su manifestación más elocuente y acabada: la extrema delicadeza de un susurro…

Edgar Vidaurre

1 comentario:

anamaría dijo...

El piano y el alma parecen habitar una misma constelación en nuestra interioridad, de tal manera que las vivencias y acontecimientos del alma logran resonar tan profundamente con la expresión musical poética del instrumento y son susceptibles de expresarse a través del complejo registro de su lenguaje sonoro. Nos hablas de esta perspectiva y nos descubres los movimientos anímicos que te generan los dos grandes autores: Beethoven y Chopin trascienden su individualidad y se convierten en dos corrientes de direcciones divergentes, cuyo punto de encuentro es el centro de tu ser. Esa comunión entre las esencias de esos compositores y tu discurrir vital es conmovedor.