jueves, 25 de mayo de 2017

Diario de un piano abierto...las mazurkas de Chopin, la lluvia o la diafanidad de las sombras. 24 de mayo 2017



diafanidad…

El rostro abajado
Los hombros suavemente incrustados en la penumbra.
Ella me pregunta que es la diafanidad.
Esa cualidad de algunos cuerpos para dejar pasar la luz.
Más abrirse a la luz no es un oficio o una actitud.
Porque como decía el poeta “vivir es iluminar”.
Ella en cambio se abre en la sombra para que yo la ame.
Y hay algo que relumbra en ese momento infinito.
No, no es la transparencia.
Es el fulgor.
Y el alma tiembla entonces como la luz de esa vela.


Días y noches de mayo. En una salida del espacio-tiempo que se rige por el afuera, me he sentado en el centro del sosiego para retomar el vínculo con el piano (y la lluvia). La sonoridad de la lluvia nocturna, a pesar de evocar algo insondable, cósmico y vertido en la intemperie, tiene el atributo íntimo de empapar, de fundirse con otras manifestaciones de la percepción: el olor, la textura que adquiere la mirada a través de su filtro que nos hace ver aun lo que está más allá de esa mirada, pero sobre todo, logra fundir en un sola vivencia, lo percibido de manera sensible con lo presentido a través del alma. Lo que desciende del cielo como la lluvia, posee el atributo dinámico de descender suavemente, en vertical para luego permearse hacia adentro y hacia afuera, pero sobre todo (y en su representación más humilde, esa última gota) hacia la hondura. En este caso la metáfora anímica hace que el alma se vea como un cauce. El alma es cóncava, recibe las aguas del cielo y a través de sus riveras, convierte lo inasible en algo que nos pertenece en su fugacidad. Entonces, esas otras aguas, las más secretas fluyen, para revelar su cualidad de hacer diáfanas a las sombras de los árboles, de transparentar la materia, de revocar la lejanía de los horizontes.

Recomienzo por donde el ángel había quedado suspendido, con Chopin y sus inefables Mazurkas. Las Mazurkas de Chopin, aunque conservan la formalidad rítmica de la danza polaca tradicional y su carácter claramente refinado, no tienen la misma levedad o casi desdén de la Mazurka que se bailaba en las cortes de casi toda Europa. La Mazurka Chopiniana tiene otras vertientes y su cuerpo anímico y rítmico adquiere o “recobra” otra cualidad; una transfiguración de la propia danza hacia adentro, para resurgir luego desde la más íntima hondura, expresando algo que sería imposible verbalizar… diría incluso que solo se puede bailar de manera ritual, sagrada, hierogámica.

Aunque he descubierto que la vertiente Chopiniana surge de las evoluciones más internas y secretas del alma, en un fluir emocional de extrema pureza y sin determinaciones externas ni producto del choque existencial: “Algo así como el claro sonido del agua desde sus vertientes, pasando en sus evoluciones por la pasión más depurada, hasta el sonido más delicado y tenue que exhala una gota de lluvia, conteniendo en su recorrido, todos los matices e iridiscencias posibles“, en sus Mazurkas, este fluir viene revestido de una revelación compartida, dentro de una vivencia amorosa donde el yo sufriente y aislado deviene en un yo danzante, sin que se pueda distinguir si la misma es soñada o vivida dentro de la realidad parcial o conflictiva que rompe la unión conformada por una realidad más abarcante entre el adentro y el afuera.

En el caso de Chopin, ese ostinato rítmico y también melódico del 3/4 o del 3/8, se sale de lo binario para dar ese triple paso que unificará y transformará (potencia, energía y forma), revelando algo más que la pureza emocional en su versión más abstracta. Aquí la danza involucra al cuerpo, a la materia, a lo visible, en ese fluir. Pero en este caso, la cesura ternaria de la Mazurka (tanto en sus verdaderos orígenes, como en la advocación chopiniana) no tiene la levedad periférica del vals de salón, o de la propia Mazurka que se danzaba en las cortes, sino la cualidad anímica de un ritual de unión entre alma y cuerpo, entre sueño y la vivencia determinada por el afuera, entre “todos” los opuestos, al modo de las danzas rituales y primarias que ejecutaba el ser humano para provocar esas conexiones revestidas de una fuerza amorosa de gran hondura.

Escuchando en primera instancia estas danzas que fluyen del alma atardecida (o quizá amanecida) de Chopin, siento una profunda evocación con las danzas estacionales que ejecutaban las culturas antiguas como la hindú, las del Asia Menor, pero sobretodo y de manera particular, las danzas hebreas que se describen en la Toráh y en la Biblia (tal vez por la mezcla de lo festivo que se celebra o conmemora en medio de una profunda nostalgia). Esas danzas que presidían o finalizaban las festividades, como las estacionales que celebraban los ciclos terrestres y su determinación con el Dios creador, la eclosión de las primaveras, la promesa floral de la tierra, la lluvia que fecunda la semilla en ella,  la luz estival que la transformará en el amarillo de los campos, el tiempo de la siega, la vendimia de los frutos y la concordia de la naturaleza con Dios en el invierno. Estas uniones que se expresaban y simbolizaban a través de la danza, alcanzaron una significación más sagrada en las ceremonias danzantes judías que se ejecutaban en los esponsales y en los matrimonios, replicando la “hierogamia sagrada”, también en las danzas mísiticas jasídicas, pero sobre todo en las danza “Davídica”, en donde el propio Rey David se revestía de una actitud receptiva, y de entendimiento de las fueras femeninas de la creación, para danzar ante el Arca que signaba la Alianza entre el hombre y Dios.

Esta evocación encontró en mi corazón una respuesta reveladora, al profundizar en la vida de Chopin, y de su vertiente anímica. Justamente en el umbral de su adultez, este niño-hombre, este “David”, se escapaba del tiempo social y urbano de su ciudad natal, Żelazowa Wola en el Gran Ducado de Varsovia, para fundirse con la luz de la campiña polaca de Szafarnia, una aldea de campesinos polacos-judíos, localizada cerca de Golub-Dobrzyń. En la casa solariega de los nobles Dziewanowscy Chopin pasó sus vacaciones verano-otoño en los años 1824 y 1825. Con el joven Federico Dziewanowscy  y otros amigos se escapaban a los campos a mezclarse con la naturaleza y con las faenas de cosecha.  Ahí pudo no solo presenciar, sino participar en las fiestas de la cosecha en Obrowo (1824) y en la misma Szafarnia (1825), al tiempo de empaparse de la lluvia estival y de la música y danza folklórica polaca durante las bodas en Bocheniec. No solamente escuchaba sino también acompañaba al grupo de músicos populares, tal y como lo describe en una carta a su padre: “Al agarrar el arco polvoriento empecé a tocar con tanta energía que todos acudieron para ver a los dos Federicos, el primero tocando el violín, el segundo haciendo sonar la basetla monocorde …”

La impresión, o más bien la conmoción sensible y anímica que se fijó con estas danzas en el alma del joven Chopin, fue indeleble. Es de este episodio sin duda que se conforma y se instala la imagen dinámica de los bailes rituales y estacionales de la campiña polaca, que él llamó “Zydek” y que los estudiosos nominaron como “Mazurka” dado su referente inmediato en la Masur polaca y su derivación más lenta llamada Oberek, que aunque eran (y siguen siendo) bailes rurales con estructura rítmica ternaria, no son exactamente esta derivación posterior a la danza originaria polaco-judía que Chopin describe y nomina como “Zydek”.

Mi aproximación personal en cuerpo y alma con estas Mazurkas, ha sido a través de las cuatro primeras que integran el “Opus” 17, justamente del ciclo al que se remonta ese momento de la vida del joven Chopin en los campos de Szafarnia, y que forma parte de las primeras Mazurkas que escribió como recuerdo y expresión de esas vivencias. En una página del diario de su hermana que narra el regreso de Federico en esos años, ella describe con precisión el estado anímico de su hermano, de la obsesión de este por las melodías y los ritmos vividos, pero sobre todo por la experiencia amorosa que tuvo Chopin en la última noche de los festivales y de los rituales de la siega. Justamente en la última noche de la cosecha se celebraban los bailes de los jóvenes solteros, para que a través de las miradas y la cercanía de los cuerpos, nacieran las uniones entre los hombres y las mujeres. Estas danzas, que como un eco de las danzas antiguas judías, simbolizaban la unión de los opuestos, la unión entre la tierra y el cielo, coincidían casi siempre con la última lluvia de verano y la primera del otoño. Es ahí que él establece y vive la primera (y tal vez la más cierta) de las experiencias amorosas, enmarcada sin duda en un contexto sagrado y trascendente. Chopin pasa entre miradas y baile todo el atardecer y la noche con una muchacha judía de nombre Kadisha (la santificada). Con ella amanece y presencia el resurgimiento de la Aurora, la unión del cielo y de la tierra, expresado en el olor y la diafanidad de esa última lluvia de verano.

Chopin, nunca pudo regresar a su amada Szafarnia y jamás volvió a ver a Kadisha, pero la vivencia quedó fijada empapando en lo más secreto e interno de su cauce anímico. La ruptura y el exilio tan repentinamente devenidos y que lo obligaron a separarse de su tierra polaca para terminar sus días en Francia, remarcaron aún más la huella o la “herida”. Además de su hermana, y una vez en Francia, la gran confidente de Chopin, y la que verdaderamente conocía el secreto místico amoroso de sus mazurkas, fue la soprano Lina Freppa, mujer sensible a quien de manera simbólica y elocuente Chopin le dedicara a la luz de las velas, el conjunto de las cuatro mazurkas Op. 17.

Pero ya trascendiendo en este diario mi propio sentir (que el teclado hace resonar entre el alma sonora del piano, el alma sensible de Chopín y mi propia alma), quisiera tratar de darle dentro de lo inefable de la vivencia, algún sentido a esas aguas internas que inevitablemente terminan aflorando en correspondencia amorosa a la gracia del cielo (o de la lluvia) pero sobre todo la cualidad de “diafanidad” que mi propio “secreto sagrado” guarda en lo más profundo, esencial y nuclear de mi ser.

Entre las sesenta y una danzas que conforman el corpus de estas piezas, mi vivencia esta signada por la cuarta y última de las Mazurkas Op. 17, cuya indicación temporal y dinámica es de un “Lento ma non troppo” con cadencias que fluctúan entre lo extremandamente dulce y un vértice que dosifica esa dulzura con una ruptura dramática y casi fulminante. Sin duda esta pieza es una obra maestra dentro del logro o la forma del poema danzado. Todo viene del silencio y al silencio retorna, en una sobre-ratificación de lo ternario. En este caso, la puerta por donde el silencio aparece y luego desparece, es curiosamente una secuencia cuaternaria. Cuatro compases hondos y misteriosos cuyo tempo es ternario: 3/4  que cierra el cuarto compás con un tresillo, es decir tres sobre tres. De este ángel o silencio que desciende inicialmente y queda en suspenso, surge entonces tal vez la más inolvidable de las melodías. Aunque Chopin la marca con un “Espressivo”, para mi viene revestida de un aura casi sobrenatural, pasando de una profunda cogitación (no reflexiva sino puramente emocional y anímica), expresada en su dinámica por el mismo tema repetido sin variar, a la concreción de una imagen cada vez más real. Es el mismo tema, la misma cantinela nostálgica que se basa y se expresa a sí misma, y que aun devolviéndonos la misma secuencia emocional, la devuelve profundamente transformada en cada retorno, desde lo vacilante, frágil, y casi susurrante, hasta llegar a un clímax cargado de una irrupción fuertemente pasional y suspensiva. Este primer tema aunque es un reflejo anímico, no lo es a modo de espejo o de lago sosegado. La sensación que deja es del paso de un dolor enterrado en lo más interno o inconsciente, a la conciencia del dolor ya trascendido, purificado, diría que diafanizado por la herida que marca el umbral. El segundo tema en realidad es la variación del primero, pero expresando en otro modo, el justo momento en  el que el yo se sale de sí mismo para danzar con el otro. Se repite luego de una suspensión que se reitera “in crescendo” como si fuera un anhelo infinito, la cantinela que deviene en el tercer tema en tono mayor pero dentro de una dinámica aún más dulce y efusiva. La nueva secuencia emocional, se despliega en treinta compases (otra vez lo ternario) sosteniéndose en un ostinato, cargado de erotismo, para culminar como dije en un clímax de ruptura apasionada, casi insoportable. Luego, se retoma en un recorrido a la inversa el camino del sueño o más bien de la ensoñación, para salir por la misma puerta silenciosa de cuatro hojas que se abre al paso de la misma cadencia ternaria, hasta retornar al silencio más abarcante que se puede percibir aún después del silencio propio de la danza que acaba de difuminarse.

En opinión de algunos eruditos de Chopin y del propio maestro Alfred Cortot, el cuerpo sensible y anímico de las Mazurkas de Chopin y en especial las primeras cuatro que conforman el Op. 17, posee elementos de melodías orientales de carácter lamentador, sobre todo porque recogen sin duda sonoridades de las danzas festivas y tradicionales judías, que de una manera conmovedora, son capaces de amalgamar y fundir, aquello que por fuerza del alma se debe conmemorar y festejar, pero revestido y sostenido por una profunda y casi inexpresable nostalgia. Esa certeza de la promesa, que nunca llegará, pues dejaría de ser promesa.

Para cerrar estas páginas que considero, a pesar de compartirlas, muy íntimas (incluso “secretas”), debo confesar que a través de sus revelaciones, he podido asumir aún más (o un poco más) el verdadero sentido de la herida: esa puerta o umbral cuyo tránsito suaviza y transforma el dolor en belleza. En ella he reconocido también un poco más el rostro de mi “ánima”, tan parecido en su fulgor a la luz de una vela… pues como decía el poeta, “vivir es iluminar”. Que el sentido de la lluvia y de la gracia que baja desde el cielo debe ser correspondido con esas otras aguas, que ahora fluyen con más libertad revelando su cualidad de hacer diáfanas las sombras de los árboles de mi último y más antiguo bosque, de transparentar la materia especialísima del dolor… de vincularme con el mundo e integrarlo a partir del gesto humilde de aceptar danzando, la lejanía y la cualidad inalcanzable de los horizontes.


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