martes, 17 de enero de 2017

Perversión y Poder...una ecuación imprescindible


(Giorgio Vasari - La castración de Urano)


“Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo
se puede engañar a algunos todo el tiempo
pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.
                     
        Abraham Lincoln

En estos tiempos he estado leyendo y compartiendo visiones con la extraordinaria Ana María Hurtado sobre el tema de la perversión, y aunque los análisis abarcaban muchos ámbitos, (literarios, poéticos, vivenciales, antropológicos y sociales) el enfoque inicial fue sobre su concepto psiquiátrico y psicoanalítico. En una primera aproximación, el fenómeno de la perversión es el resultado de una estructuración patológica de la psique humana, o la ejecución de un acto puntual de carácter patológico que se articula por motivos también puntuales. 

En este sentido una de las evidencias más inmediatas de estas dinámicas de la psique, es que pueden existir seres perversos que no necesariamente manifiesten su malformación mediante actos perversos explícitos y por ende, estos no tienen la apariencia como tal o, por el contrario, existen personas que sin ser estructuralmente perversas, pueden ejecutar actos perversos. Como es de suponer, existe el perverso cuya psique se ha estructurado de manera patológica y se manifiesta y actualiza a través de la ejecución de actos perversos claros y evidentes. 

Pero sin duda, una de las revelaciones que he tenido a partir de estas reflexiones compartidas, es que el elemento conformador y más determinante en la manifestación perversa cabal, es la convicción en el perverso, de que él y solo él detenta el poder y el control omnipotente sobre “el otro” y sobre las circunstancias externas, lo cual le permitirá manipular a su antojo ese “afuera” como una escena de teatro montada y dirigida de manera unilateral. Esta postura narcisista de relacionarse mediante la actitud perversa, parte de la negación y No acepta la alteridad como presupuesto de cualquier interrelación mutua en igualdad de condiciones. El perverso, siempre estará en una posición de dominio y control de la “escena” en donde se despliega su acto. En otras palabras, en la dinámica antes descrita, creo que hay una ecuación que en su resolución, establece un vínculo imprescindible entre Perversión y Poder.

Esta revelación me hace sentir que todo ejercicio del Poder, tendría la posibilidad de estar derivado de manera directa de la Perversión. Esto no quiere decir que todo ejercicio de poder es perverso, sino que toda perversión, de manera ineludible, terminará manifestándose a través del ejercicio del control y del poder. Me refiero en este caso al poder ejercido bajo una determinación narcisista omnipotente en donde se niega al otro o a los otros, y no como un ejercicio revestido bien sea de valores individuales como la clemencia, la piedad y la tolerancia, o colectivos como pueden ser, la Justicia, la Equidad o cualquier otro que armonice las interrelaciones de ese mismo colectivo.

Al amplificar esta consideración inicial, si nos salimos de la esfera individual (en donde todo el tiempo estamos sometidos a los intentos de la articulación perversa del poder de terceros) y nos vamos al cuerpo de lo que se llama la “Psique Colectiva”, veremos con asombro y espanto como esta dinámica de la Perversión-Poder se manifiesta o puede manifestarse de manera recurrente y peligrosa. Ocurre en este supuesto que refiere de manera muy especial al ejercicio del poder político sobre las masas, el mismo paradigma del acto perverso que se desarrolla en ámbitos más reducidos, pues desde el punto de vista psiquiátrico y psicoanalítico, el Perverso -de manera consciente- siempre intentará el control del Poder. Sin embargo para que ello ocurra, el otro tienen que estar (en términos psíquicos) permeable a sucumbir al acto perverso.

De esta manera, y por lo general, la perversión se establece de manera permanente y sostenida, cuando ese “otro” no tiene suficientes elementos sanos que le permitirían estar consciente de que está sometido a un acto perverso. En el caso de una psique alterada o frágil, esta será la ideal para que el perverso puede concretar y complementar la dinámica de la perversión, en un círculo permanente y crónico. Sin embargo, si “el otro”, tiene como dijimos, las herramientas para descifrar el acto perverso y darse cuenta de la manipulación sobre sus necesidades genuinas, podrá romper y salirse del círculo de la perversión

En el caso de la Psique colectiva, siendo esta el resultado de otras determinaciones y estructuras dinámicas, aquel que pretende ejecutar la relación Perversión-Poder, debe articular su voluntad consciente y premeditada de conectar a esa “psique colectiva” con estados psíquicos perturbadores como la angustia, la desesperanza, la sensación de impotencia, etc., haciéndola entonces más vulnerable. Esto además se logra generalmente a partir de la manipulación, la mentira, la impostación, la distorsión de la realidad (tanto la actual como la pasada)  y el engaño. Es por ello tal vez, que la utilización de los medios y la publicidad (léase propaganda) es una de las herramientas más usadas para estos actos perversos que impactan a la psique colectiva

Para que este mecanismo de perversión-poder pueda mantenerse de manera permanente en la psique colectiva, todos los integrantes de ese cuerpo social, deberían ser permeables a creer ciegamente en los argumentos de la manipulación, a no percibir el uso perverso del poder y por ende a sucumbir a esa relación tan destructiva y alienante. Pero tal y como lo demuestra la historia del poder (sobre todo del poder político) es imposible que todos los segmentos de una sociedad entren o se dejen meter en ese círculo que yo llamaría por extensión el círculo de la “neurosis colectiva”, estableciendo así la variable para que el ejercicio del poder pueda mantenerse indefinidamente. Creo por ello que la democracia dentro de sus limitaciones y su carácter perfectible, permite en todo caso esos mecanismos de revisión, purificación y alternancia de quienes detentan el poder, y es por ello que las sociedades más avanzadas cuidan y regulan de manera estricta los mecanismos que permiten ejercer de manera institucional lo que se llama “el control del poder”: es decir, separación de poderes y control social de la gestión de los gobernantes.

Creo que los venezolanos de esta generación no hemos sido los únicos en sufrir los aspectos perversos que el ejercicio del poder determina en estas dinámicas. Es evidente que los estamentos que componen nuestra sociedad han resistido (ahora y siempre) las consecuencias de estas determinaciones, y sin duda alguna, los venezolanos tenemos como colectivo, las herramientas suficientes para conjurar y romper los círculos perversos y modular dicho ejercicio en términos del “ejercicio sano del poder”. Confirmando la historia del poder y su imposibilidad de perversión permanente y sostenida, podemos decir además que No toda la sociedad venezolana está ciega y dispuesta a constituirse alrededor esa “Neurosis Colectiva” indispensable para eternizar las perversiones que el poder genera en ella. Antes por el contrario, es igualmente evidente que las distintas instituciones civiles y sociales (universidades, colegios profesionales, medios de comunicación, el empresariado, los sindicatos, La iglesia, etc.) han permanecido y se mantienen funcionando en la sociedad venezolana, incluso, ganando terreno en la interacción con los detentadores del poder.

Considero igualmente que la sociedad venezolana a pesar de sus diferencias y contradicciones, ha venido respondiendo a los momentos más críticos (y en especial en la etapa terminal de este proceso perverso) amalgámadose cada vez más en torno a un fin común e idóneo como lo es la modulación del poder a través de los votos. Hemos demostrado que los venezolanos estamos empezando a desmontar la trampa perversa. Tal vez lo que nos falta es dar el paso hacia ese tercer estadio resolutorio, que siempre ha liberado y salvado a las sociedades de la perversión del poder: el logro de una conciencia colectiva. Bien lo dijo Abraham Lincoln cuando estableció esa otra ecuación (esta vez infalible) que decreta la prevalencia de las sociedades sobre la figura efímera de aquellos que pretenden detentar el poder de manera absoluta: “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo…se puede engañar a algunos todo el tiempo…pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.



Edgar Vidaurre . enero 2017

sábado, 14 de enero de 2017

Diario de un piano abierto - noche del 13 de enero 2017


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La nostalgia por el olor de los nardos, ha hecho que esta noche busque las cadencias de los preludios de Sergei Rachmaninoff, en especial los Op. 32. En estas joyas, lo que brilla es la tristeza de las noches estivales, o las fases de la luna reflejadas sobre las aguas (no sabemos si en su niñez sobre las del lago Svetloyar en el sur de la ciudad de Semionov donde se refleja también la cúpula de la Iglesia de San Nikolas, o su devenir al final de su vida en las del lago Vista en California, cerca de las montañas de Santa Mónica) brillo que se difumina y vuelve a resurgir en la multiplicidad temporo-espacial de sus ondas... pero siempre la misma tristeza y la misma luna, aunque ambas brillen en ciclos, manifestando el vínculo dinámico entre la más plena oscuridad y esa otra luz que hace crecer o bajar las aguas y el alma.
Lo que sí es seguro es que el origen de estas cadencias está en la primera juventud del conmovedor músico ruso y la música con la que resonaba su alma por ese entonces. Es de ahí que surge la efusiva - y famosísima - Pieza de Fantasía Op. 3 No 2 en do sostenido menor, ahora revestida con la piel dorada que le otorga la madurez de los frutos, etapa esta, plena y serena de donde advendría el concierto para piano No 3 y los preludios Op. 32. A partir de ahí, toda la producción de esos ciclos tendrá determinaciones claramente impresionistas. Esta serie de preludios contrastan a su vez con sus atmósferas entre cada pieza y a su vez con las transformaciones y las progresiones que se logran dentro de cada una de ellas individualmente.
Este contraste progresivo que las anima se aprecia sobre todo y por ejemplo en la sencillez y la esencialidad de los preludios 6, 8 y 11 que complementan y contrastan la fuerza apasionada y casi incontenible del tercero y del cuarto. Ya dentro de una misma pieza, podemos escuchar en el primer preludio contrastes anímicos de una belleza indescriptible. Allí, el apenas audible y melancólico susurro del pos-ludio, cierra de manera inesperada la tormentosa cadencia con la que arranca.
He escogido de manera especial para llenar la ausencia del perfume de los nardos, el preludio décimo de la serie, escrito en la tonalidad de si bemol menor. Su imagen empieza con una muy introspectiva y sensible cantinela en donde las cesuras ternarias y binarias se funden dejando entre los espacios de lamento sonoro, un silencio que suspende y transforma el dolor en una oscura belleza que se va conformando de forma descendente. Esa cantinela evoca, como dije, la elipsis transformadora de una tristeza antigua y a la vez reciente (que paralelamente nos va transformando también de manera descendente). Es en su parte central donde termina el descenso, transfigurándose desde allí en una efusión épica y romántica “in Crescendo” - contrariamente en una progresión ascendente. Luego de esta progresión hay un retorno y un sumergirse esta vez de manera definitiva en la hondura de las aguas o de la tristeza.

Cierro con este sentir: al asomarme ahora a la ventana, acabo de ver la luna ya empezando a decrecer después de su plenitud, pensando con nostalgia que no hay un lago como el Svetloyar o el Vista que pueda reflejar su pálida luz...pero ahí, justo en el medio de esa nostalgia, acabo de darme cuenta que esa luz está extendida en el borde donde a su vez se extiende interminable el lago sosegado de mi propia tristeza.