viernes, 9 de diciembre de 2016

Ese canto resonante. Poética del cuerpo en Hanni Ossott



Somos sólo un cuerpo, una carne, unos ojos
                                                                                                            Y esa infinita capacidad de sentir

Hanni Ossott



Para hablar de Hanni Ossott (1946-2003), poeta, ensayista y traductora de otros grandes como Rilke, Dickinson y Lawrence, debo acceder a un espacio sagrado y por lo tanto al misterio de su poesía singularísima. Entrar en su casa de puntillas y en silencio, adentrarme en esta gran poeta quien es en sí misma un acontecimiento  celestial y telúrico. Esperar su advenimiento requiere  cierta reverencia y perplejidad.
En una primera y necesaria visión, se me aparece Hanni como una poeta que habla desde el cuerpo, no porque halle en él un asidero desde el cual encontrar la palabra, sino porque el cuerpo es para ella el lugar de acceso directo al acontecimiento poético, y aún más, es el cuerpo el propio acontecimiento, lugar donde se pierden los pronombres, donde no habla uno sino que se habla desde el Se. Desde el cuerpo, Hanni construye la palabra poética, la construye esperándola, y uno siente que lo hace con la certeza del que espera un fenómeno natural, aceptando que, como tal, tiene su propio ritmo y cadencia, su pálpito, su pausa, su sístole y su diástole, sus estaciones, sus entuertos, sus magnificencias.
En su libro Memoria en ausencia de imagen  Memoria del cuerpo (Fundarte, 1979)  hallamos los trazos de esta poética carnal y atenta que encontramos continuamente en su obra. La poeta expone esa cualidad contradictoria y ambigua del cuerpo, lugar que habla, desde el que se habla y que siempre acaece más allá del habla, que por un lado se resiste a ser dominado por el lenguaje y por lo tanto se declara en pugna contra los códigos verbales, pues el cuerpo es siempre lo que excede la nomenclatura, el lugar de lo real no alcanzado  por la palabra, sin embargo, y permanentemente, lucha por develarse,  derrumba muros y avanza impune contra todo lenguaje, y en consecuencia el cuerpo en su devenir se constituye en el generador de la palabra, es ella su excrecencia con la cual el cuerpo intenta aliviar la herida esencial, herida que reside precisamente en él: nuestro ser para la muerte, para el dolor, para la impermanencia. Allí donde el cuerpo se sabe limitado busca lo ilimitado, allí donde se topa con lo inefable, busca la palabra que lo enuncie intentando, bajo el subterfugio del lenguaje, aplacar el horror a la vez que mostrarlo.  Y donde el cuerpo aparece,  aparece la naturaleza, lo indomable, lo desmesurado, lo vasto, el cuerpo reencuentra su espacio a través de la obra, y a su vez halla su cárcel y su límite:

Pero me contorsiono
y profiero
sólo yo puedo hacerlo
desde lo que me cerca y me abre

El cuerpo pendula en esa paradoja a la cual va atada la poesía: cuerpo que es naturaleza implica el desaprender a hablar y salir en la búsqueda del movimiento primordial, la danza, el éxtasis, lo dionisíaco, el lenguaje discontinuo y espasmódico.  Pero el cuerpo está ubicado más allá de toda habla y para Hanni la poesía da cuenta de ese excedente que no puede ser pronunciado, sino mas bien sentido en el espasmo, el dolor o el grito. En este sentido, comulga con Rilke cuando dice que el poeta es el receptor de lo excesivo de la existencia, aquello que no está atravesado por el lenguaje.
Por  ello Hanni Ossott se refiere a las hablas rotas, palabras costras que vienen del cuerpo, palabra hervor, espasmo, pulso, latido, contorsión, en oposición al habla elusiva, la que evita, disimula lo esencial y aspira a dominar lo imdominable. Dice: por la poesía somos devueltos a la memoria del cuerpo, y esa memoria es la del desvarío y sobre todo memoria de la herida primordial que nos ubica en la mortalidad, habitantes de la tierra de los atardeceres y la Noche, proclives a la desmesura y al delirio.
Y en la historia de Hanni aparece tempranamente una pérdida, muere su madre cuando la poeta apenas contaba tres años, y la ausencia de ese cuerpo que fue su casa inicial, la impulsa  a buscarlo en el propio cuerpo, en la casa, en los referentes externos, en aquel campanario al que hacía alusión Proust, en todo aquello del afuera que nos da contención y sentido. Sin embargo, el cuerpo que respira siempre la herida del abismo, momentáneamente encuentra el traje, la mirada, configura un lenguaje, una palabra que intenta definir el cuerpo ausente, pero al final vuelve el horror, la imposibilidad:

¿De qué hablaré hoy?
¿de su rostro?
¿su traje?
¿de sus ojos?
(…)
Ella 
era bella.
Y de ella aprendí este horror.

El intento de construir códigos y murallas contra el desasosiego y la ausencia de dioses que contengan nuestra mortalidad, que conviertan nuestra vida en proyectos, nunca es completo ni eficaz, por ello se hacen fisuras a través de las cuales emerge la poesía, el arte. La obra de arte es la voz de la fisura. Otra vez la paradoja: la palabra es muro y contención y no obstante, sólo a través de la poesía la palabra deja salir la herrumbre del ser, su finitud. La palabra muestra a la par que esconde la herida. Pero el cuerpo generador de la palabra es un cuerpo zanjado, abierto, roto, en combate.

Hay una mordida profunda
incisiva
en el centro de mi sexo
por la cual yo me erijo como yo misma
y soy ,
y poseo y dono.
Regalo mi cuerpo y mi ansia.

La poesía de Hanni  es discontinua como el cuerpo, alejada de la continuidad del discurso está llena de temblores, hendiduras, paisajes inconclusos…fracturas, retazos…el habla rota reminiscencia del propio Dionisos despedazado, dios del cuerpo, la naturaleza y la embriaguez creadora.

Ese canto resonante
de Cuerpo
esa expectoración primera
inicialmente contenida
bufido o eructo desarticulado

Ese pujar vocal

Estertor físico del soy que se busca
(…)

rasgadura de garganta
ruido
pobladura de lo vasto

Como señala el poeta español Antonio Rodríguez Esteban, Hanni Ossott crea en su poesía una brecha donde morar, donde de-morar-se. En tal sentido, su palabra es entonces la casa del Ser, tal como lo afirmara Heidegger.
Hanni Ossott es una poeta mayor amenazada de olvido, como tantas otras grandes poetas nuestras. Invoco entonces su presencia con el temblor de su palabra rota, con el delirio corpóreo de su poesía, con su anhelo de hallar lo inefable en el pulso de la vida, testimoniar lo esencial y lo propiamente humano. 
En estos tiempos aciagos, Hanni respondería con la abundancia de su cuerpo-palabra- “erguido el canto de regreso al soy” - a la interpelación de Hölderlin: “Ni sé qué faltan hagan los poetas en tiempos de miseria” 

Si se pudiera, si se pudiera escribir
                             el poema innumerable
                             el único, el entero
                             tenso, vibrante
el atravesado por la gravedad y la divinidad
                             el zanjado por el horror.

Ese poema innumerable, sin duda, lo escribiría Hanni Ossott.

Ana María Hurtado
Septiembre, 2016

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