domingo, 16 de octubre de 2016

Soplando en el viento...


Soplando en el viento...
El polémico premio Nobel que le ha sido otorgado al músico-poeta Bob Dylan, (el Dylan se lo agrega como un homenaje al gran poeta Dylan Thomas) me hace rememorar la historia del premio Nobel que le fuera concedido al también músico-poeta Rabindranath Tagore. Y digo el también músico-poeta, pues por las traducciones a todos los idiomas conocidos a raíz del premio, este trovador hindú, es más conocido por su obra poética estrictamente escrita, que por sus innumerables canciones en Bengalí, las cuales superan diez veces en abundancia a su obra literaria.
Estas canciones que por su abundancia han sido muy difícil recopilar y que dieron lugar a un nuevo género de música bengalí conocido popularmente como Rabindrasangeet, fueron además recogidas por la crítica, la academia y el mundo cultural hindú con fuertes y marcadas polémicas, pues muchas de ellas estaban basadas o eran compendios y recopilaciones de las llamadas “Canciones de los Beoles” (Los Beoles de Bengala son una secta de religiosos mendigos, ignorantes y libres, cuyos cantos ama y canta el pueblo. El sentido literal de la palabra “Beol” es “Loco”). Por ello, fueron consideradas por el mundo cultural de Calcuta como un desafío a las severas y cerradas formas clásicas de la tradición académica y religiosa de la India.
La polémica además en el caso de Tagore, tenía el añadido de que era un perfecto desconocido en occidente y el primer laureado no europeo en un premio que ya tenía para ése entonces trece entregas consecutivas. Ello fue posible gracias a la generosidad y al asombro que sus dos pequeños libros (traducidos por el mismo) provocaron en el pintor británico William Rothenstein y en el poeta irlandés W.B. Yeats, quién a pesar de ser candidato y posible merecedor del premio (lo ganaría diez años después) trabajo desinteresadamente junto con el gran poeta norteamericano Ezra Pound, en el patrocinio del desconocido trovador hindú.
En el pequeño artículo que Ezra Pound escribe como reseña a seis pequeños poemas de “Ofrenda Lírica” en la prestigiosa revista norteamericana “Poetry”, este afirmaba conmovido como esta lírica limpia y humilde, retomaba los orígenes de la verdadera poesía, de la poesía con letra acompañada y en fusión con la música, de la poesía cantada, de la antigua poesía egipcia que recogía los cantos de siembra y de siega los “cantos de maneros” de Osiris o del grano cortado por la hoz del segador al compás de la percusión, las sonajas, el Sistro o el susurro de las cañas, el arpa y la lira. De los rapsodas griegos y de su lírica (se llamaba lírica pues los rapsodas acompañaban sus cantos con la lira, instrumento musical que aportó Hermes a la belleza y al arte).
En el caso de Bob Dylan, más que un acto de audacia, un rompimiento de reglas académicas o una renovación de criterios de la academia Sueca (y habiendo pasado ya más de cien años de ese primer y polémico premio Nobel a Tagore), se hace aún más evidente la intensión de volver la mirada a las fuentes, del retorno a los orígenes de la poesía y de la lírica como género literario en fusión única e inseparable con la música, en donde se retoma con fuerza y además con contundencia, no solo las tradiciones de la poesía cantada de los antiguos egipcios o de los rapsodas griegos, (diría incluso que en resonancia y continuidad a esa expresión oral y cantada que recoge el corpus más extraordinario de poemas cantados conocidos, esos poemas en forma de salmos que el joven y adolescente pastor David le cantara acompañado por la lira al Rey Saúl), sino en la reiteración que la verdadera esencia del género lírico mantuvo y sigue manteniendo en el tiempo a través de esa eclosión de los llamados trovadores y juglares medievales, quienes sin duda alguna, a través de sus canciones y su literatura de contenido amoroso, social y político constituyeron las bases de toda la poesía occidental hasta bien adentrado incluso el siglo XX, donde los cancioneros populares así como los de alta poesía como el “Cancionero gitano” de Federico García Lorca, o el caso del poeta catalán Josep Vicenç Foix (1893-1987) cuya obra solo se puede entender bajo la poética de los escritores populares de la trova de los siglos XII y XIII que se cantaban por los pueblos de Cataluña.
Recordar y escuchar hoy día la poesía cantada de esos extraordinarios trovadores franceses como Pierre Riffard, Marroux, Roubaud y Moret, a los místicos trovadores cátaros Pierre Rogier de Mirepoix, Bernard Mir y Guilhem de Dulfort, pero sobre todo al gran Chrétien de Troyes, es como dije acceder a las fuentes más claras de toda la poesía occidental que fuera escrita en adelante. Pero sin lugar a dudas, los ejemplos de trovadores que al tiempo fueron poetas y literatos de lírica estrictamente escrita en la nueva lengua italiana, lo constituyen los llamados los poetas del «stil nuovo», pues hay que recordar y tener en claro que tanto el gran Dante como el maravilloso Cavalcanti, mantuvieron viva la tradición oral y cantada (en el aspecto esoterista) de la obra trovadoresca. Sin pretender hacer muy larga la lista, no podemos dejar de evocar como grandes trovadores a Guillermo de Poitiers, al Papa Clemente IV, al rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León (que antes de presidir la corte inglesa fue duque de Aquitania y conde de Poitiers), a Pedro el Grande, a Federico III de Sicilia y al humilde Marcabrú, que empezó como juglar para terminar siendo uno de los trovadores más extraordinarios de su época.
Caso muy especial y extraordinario y que puede servir como puente de unión entre la gran poesía contemporánea considerada desde el punto de vista estrictamente literario y escrito y las expresiones musicales que han devenido en música popular universal como el Jazz, el folk, el góspel, el spiritual, pero sobre todo el Blues, lo constituye el poemario “Blues Castellano” del gran poeta español Antonio Gamoneda, en donde éste crea y recrea la auténtica atmósfera del blues como género musical, pero también como género literario-poético. Dicho por él mismo, la poesía es ritmo, hay un ritmo y una cesura rítmica inseparable del poema que además lo vincula y la ata al fenómeno sonoro-musical de manera determinante como los latidos del corazón:


Por la escalera sube una mujer

con un caldero lleno de penas.
Por la escalera sube la mujer
con el caldero de las penas.
Encontré a una mujer en la escalera
y ella bajó sus ojos ante mí.
Encontré la mujer con el caldero.
Ya nunca tendré paz en la escalera

En el caso del hoy premiado con el Nobel 2016, el (indiscutible poeta-músico o músico-poeta, en el orden que queramos ponerlo) trovador Bob Dylan, no solo se manifiesta de manera sostenida, perseverante y contundente una obra de creación que reafirma la unión de la música con el fenómeno poético llamado poema en un solo evento, en un solo soplo de arte, sino la vuelta y retorno del verdadero origen de la poesía como género literario en todo su contexto.
Esta trova, como decíamos, no solo recoge la tradición antigua e inmemorial de la poesía cantada por los segadores egipcios en la siega y la salida del sol, o de los rapsodas griegos o de la trova medieval, sino que además recoge la fusión extraordinaria del blues y del folk como expresiones que mezclan y enriquecen los cantos de los campesinos y segadores irlandeses con los cantos africanos en una expresión poética de dimensiones infinitamente bellas desde el punto de vista estético y de contenido abarcante desde el punto de vista humano y su diálogo con el mundo natural de las estaciones cósmicas y terrestre con la fases emocionales del alma de los hombres y mujeres que viven y aman a las orillas de los grandes ríos del norte.
A razón de estas mágicas y maravillosas fusiones y sobre la poesía cantada, el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor escribió: «La poesía llega a su completa expresión cuando se convierte en canto: en palabra y en música simultáneamente. Ya es tiempo de detener la decadencia poética del mundo moderno. La poesía debe reencontrar sus orígenes, debe llegar a los tiempos en que fue cantada y bailada. Como en Grecia, en Israel y, sobre todo, en el Egipto de los faraones. Y como todavía hoy en África negra».
En el extraordinario libro mágico y surrealista “Tarántula”, Dylan hace un recorrido en prosa poética, (aún hoy en día de difícil comprensión) de la vivencia anímica que constituye la melancólica y cruda cadencia de esta especialísima trova. Posteriormente en sus Crónicas I, aparte del despliegue literario en el que narra sus vivencias existenciales y anímicas, realiza y acomete el que sin duda alguna es el más completo recorrido del cancionero norteamericano en sus expresiones más sugerentes como lo son el Blues y el Folk, alcanzando por su esfuerzo una categoría universal como expresión artística.
Si unimos a todo ello, el sonoro ·"Delta ribereño" de sus propias y sentidas baladas, que aún siguen fluyendo de manera abundante e incesante (como la propia tristeza humana), sería más fácil (para algunos) entender por qué no solo la Academia Sueca lo ha distinguido con el premio Nobel de literatura, (reconociendo en él a todo ese océano de poesía infinita y perenne que conforma la trova o la poesía cantada), sino el por qué le han venido concediendo en el tiempo otros premios tan importantes como el “Premio Príncipe de Asturias de las Artes” Los doctorados Honoris Causa en las universidades de Princeton en New Jersey, de Saint Andrews de Escocia, la gran Orden de Caballero que otorga la república francesa Commandeur des Arts et des Lettres, Miembro honorífico de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, el Premio Pulitzer 2008, así como innumerables premios Grammy y el premio de la Academia de artes escénicas o premio Oscar 2000 por la mejor canción y el Globo de oro 2001, entre otros reconocimientos.
Pero más allá de cualquier premio, polémica o discusión, la poesía cantada ya estaba en el viento mucho antes de que existieran los papiros egipcios o griegos o en los cancioneros medievales. Yo siento y creo que aún sigue allí...soplando en el viento.

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