domingo, 7 de agosto de 2016

La rosa alquímica...o la "Quinta Esencia del Amor"

.
"Esa mujer en el umbral… entre la tierra y el agua, entre la tierra y el cielo, con los brazos extendidos en el viento, en el centro del fuego, del laberinto, emergiendo de la oscuridad… esa mujer que hace que entiendas que el paraíso tiene la forma de una rosa…"

El Dante nos habla de ese descenso-ascenso que nos lleva de manera vivencial al centro de la rosa. Ese doble camino que debemos recorrer de ida y vuelta. Y es que empezando a caminar esta senda dorada, que me lleva con su cadencia infinita a vislumbrar la tremenda belleza de las desembocaduras, ese vislumbrar el Delta que me espera al final del recorrido, ha convertido mi mirada en una absoluta certeza. Ver la imagen de esa rosa que se parece tanto al paraíso. Y es que el amor es un ascenso y un descenso en total correspondencia, la línea dramática de su vivencia nos habla de eso invisible que rige y vincula los ciclos del sol, los ciclos de la luna, los ciclos de las aguas, la confluencia entre el cielo y la tierra: la lluvia, en lo terreno hasta convertirnos barro, en fuego…en viento. 

La expresión visible del amor también se manifiesta a través de los elementos vitales y constitutivos (fuego, tierra, agua y aire) quienes a su vez se encuentran sometidos a las fuerzas transformadoras y dinámicas que mueven el mundo: el nacimiento y la muerte, la generación y la corrupción, la luz y la sombra. Según el poeta-filósofo Empédocles, serán el amor y el odio quienes integren o fragmente el mundo y por consiguiente al propio hombre.

Más adelante Aristóteles añadió el quinto elemento, o lo que él llamó La Quintaesencia, razonando que el fuego, la tierra, el agua y el aire eran terrenales y corruptibles, y ya que no había ocurrido nada así en terrenos celestiales, las estrellas no podían estar hechas de ninguno de estos elementos, sino de uno diferente, incambiable; una substancia celestial, el Ser, el Eter, lo invisible…

Dat rosa mel apibus (la rosa da su miel a las abejas). Este secreto radiante que guardaba en el aire el sabio Robert Fludd, me fue susurrado en el oído izquierdo a través del zumbido de una abeja de pestañas rubias, ojos semi-cerrados y melancólico vuelo, en el momento justo donde mi vida (en este presente lleno de plenitudes) se vincula cada vez más con la rosa y con la miel. Mi alma es una colmena dorada que entiende ese milagro de la flor receptiva que permite la entrada de la abeja, hasta llegar a su propio corazón. Pero para ello tuvo que ocurrir este tremendo naufragio, este despojarse, para acometer desnudo esta crónica dorada, como una especie de clave para entender de que se trata este regreso a los inicios…un hombre llegando al fondo del centro en donde están todavía vibrando las preguntas que él y sólo él debe responder en un acto de íntima alquimia espiritual.

Así como la materia creada se manifiesta y se transforma desde lo sólido, a lo líquido, a lo candente para llegar a la levedad casi inmaterial del viento, así nuestra vida en su recorrido, transfigura nuestra alma en un giro elíptico que nos lleva desde la más profunda y severa gravedad de la piedra, hasta (como la llamaba Milan Kundera) la insoportable levedad del ser. 

En estas crónicas elementales del amor, su verdad se me fue revelando a través de las aguas, del fuego, del aire y de la tierra. Pero debo admitir que es en el vuelo y los aromas donde el amor más se acerca y se asemeja a lo invisible a la Quintaesencia, al espíritu entérico del universo. Pero solo llegaremos allí, si atravesamos la aspereza de la piedra, después de purificarnos en agua y fuego. Ese recorrido vital que nos lleva desde las sombras a la luz, desde la materia al espíritu, es un recorrido lleno de contrastes. Y es precisamente ese contraste entre la luz y la sombra, entre la vida y la muerte lo que nos hace en el punto atardecido de nuestras vidas, entender la realidad vivida, el sentido de su tránsito, de la memoria, para regresar a nuestra ánima perdida: el hombre iluminado por las sombras.

El amor siempre ha llegado con las lluvias me decía la madre de mi madre. Es allí, en ese descenso del cielo donde se actualiza la inminencia del milagro de la flor. Su polinización, su cualidad de entrega a lo alado, el éxtasis que se conforma con la unión de la corola abierta y el libar de las abejas. No por casualidad en este momento de mi vida estoy deviniendo en pastor de abejas, en un hombre colmenero, en un hombre con el alma colmenera. Y ha sido en ese punto exacto (donde se hace dulce la verdad), que una mujer envolvente, abarcante y secreta me abre la imagen verdadera de la rosa, la que me revela que es ella quien le otorga su miel a la abeja: Dat rosa mel apibus.

Esa secreta mujer me ha dado la llave, la clave que resuena en la confluencia de lo que miran mis ojos maduros con esa transformación que no se puede ver ni describir, la imagen del centro de mi íntima alquimia espiritual. Ella repite para mí el secreto: “Ser abejas de lo invisible y libar trémulamente la miel de lo visible en la gran colmena de oro de lo invisible”. Pero con seguridad, lo más maravilloso de esta revelación, de esta evocación que ella trae a la mirada: la rosa alquímica del sabio Robert Fludd, es que ella misma es la flor que debo libar para sacar miel…

Edgar Vidaurre