viernes, 11 de diciembre de 2015

La fiesta de los náufragos de Ana María Hurtado


   “lo único que en definitiva nos cobija es la intemperie”
                                                                          Rainer Maria Rilke



Este libro no puede ser leído y luego descrita la vivencia de su lectura, como una crónica anímica personal y subjetiva del lector. Su densidad lo hace abierto e inmensurable como la intemperie, aunque en principio parezca impenetrable, escarpado, duro, condensado. En un primer momento me ha sido imposible sumergirme en él, abrir sus puertas y hundirme con todos los sentidos, pues en este caso la experiencia, como dije, es abierta: salirse, desprenderse hacia el afuera, abandonar la calidez y la oscuridad que nos abriga. Por eso, inicialmente recojo este libro en la distancia, con los ojos. Desde la otra orilla, me van llegando los poemas por partes, a veces sueltos o en grupos que se forman con los manuscritos húmedos, fragmentados. Algunos signos parecen huellas leves de pájaros sobrenaturales difíciles de seguir, otros irrumpen como piedras de filos ascendentes en medio de una blancura inclementemente luminosa. A veces al leerlos en la oscuridad (aunque me hablan en pasado) me parece oír una voz en presente que surge desde la otra costa de la noche, un quejido, o más bien un llanto casi imperceptible, una plegaria a media voz. Y aunque la gran metáfora que lo expresa es un naufragio, tal y como lo insinúa su título, en realidad es mucho más que una crónica náufraga, o un libro o diario de náufragos.

Y digo esto porque los mensajes o poemas que contienen el lamento de quien habita una desolación indescriptible, evidentemente y por ello no tienen un destino preciso, no están escritos para el otro, no están escritos para nadie. Son trenos, absolutamente aislados, que se agolpan en la garganta de la que gime. Un sorbo de sal amarga que trata de ser expulsado en arcadas al no poder ser digerido, y que al mismo tiempo cuesta arrojar a la superficie de una orilla arenosa. Un canto recién nacido que anhela el corazón oscuro del mar, sin desear extenderse; que surge desde lo más negro y hondo, pero que se encarna a través de un cuerpo cuya boca con esfuerzo sobrehumano (digo sobrehumano porque sus palabras no parecen proceder de una voz de este mundo) lo expone en carne y hueso como una ofrenda olvidada a esa intemperie, a la luz…al blanqueo de la luz.

Tal vez la verdadera sensación que lo hace en principio impenetrable, es la sensación de que estamos ante un misterio tremendo, algo que te paraliza el alma y te produce una emoción primaria y al mismo tiempo antigua… más antigua que el miedo o la desolación. Pero a pesar del miedo, cuando aparecen flotando, como restos de naufragio todos los fragmentos que se han ido amontonando en los umbrales, uno puede ver que son un cuerpo único y extenso abierto a la inmensidad de la intemperie y que se mimetizan con ella, algo hay que te va instalando en esa alma paralizada, la conmovedora necesidad de enfrentar el naufragio sugerido de este viaje – más bien diría transmutación anímica- desde lo negro hasta lo blanco, sin saber a ciencia cierta, o más bien partiendo desde el corazón de la incerteza, si el naufragio y el viaje son lo mismo, o si el susurro desgarrado del mar de donde emerge y al mismo tiempo naufraga, nos está narrando el inicio del viaje o su final, o parafraseando al poeta Rilke, un canto que como el llanto inicial del recién nacido, se afinca y se aferra en el punto de inflexión inenarrable del nacimiento, ese punto de partida o de llegada a la intemperie a la que somos arrojados al nacer, pues todo nacimiento es un naufragio.

Desde el epígrafe inicial de Pizarnik, esa gran poeta de lo excluido, hasta la ceguera (o muerte en los ojos cerrados) de la luz del afuera que deviene en aquella que ejecuta su lamento en este libro, es imposible no preguntarse a sí mismo, qué misterio encierra ese mar de los naufragios. ¿Será la metáfora de ese mar extenso e insondable de nuestra propia psique y su relación con las tormentas de lo inconsciente y el surgir de una isla de luz, esa luz de la conciencia que blanquea los cuerpos de aquellos que sobreviven la tormenta y cuyas bocas escupen peces del fondo? De ser así, ¿qué barco es ese que parte del propio corazón de la que ejecuta el canto? ¿Quién se queda en el puerto de partida? ¿Quién navega sin destino claro en medio de las tormentas? ¿Quién naufraga? ¿En cuáles ojos se cuela la luz que encandila inclemente hasta blanquear las cuencas vacías de su cráneo abandonado a la intemperie? Pero sobre todo quién es la que espera, quiénes son los náufragos?... esos seres que parten o arriban a la costa con su algarabía y su fiesta sonora, llena de fuegos artificiales y de olvido, que lejos de confrontarse a sí mismos en su desnudez y su despojo, viven en la periferia delirante, lejos del origen. ¿Quién es ese ser que los mira desde su gruta, la que escucha desde su silencio abisal, el ruido inaudito de la fiesta de los náufragos?

Afrodita nace de la espuma del mar, el vincularse se constituye en esa espuma, en ese umbral que la integra a la luz por la gracia del amor. En este libro se nos narra el reverso de ese nacimiento. Cómo de esa misma espuma y por la des-gracia del des-amor, surge de las fauces sinuosas del mar, aquella que traga la sal de su bautizo, la que recibe el fulgor de las estrellas que navegan obscenas en su lomo perlado, la que llora cuando en lugar de arribar por la gracia del amor a la orilla de los encuentros, llega a ellas expulsada, como castigo, como pena infinita e irreductible…la que ansía regresar a la hondura original y primaria, sepultarse de nuevo en la silente arena que yace bajo todo deseo, abajo, bien abajo en el fondo, hasta llegar al refugio sin color de la entraña.

Gioconda Belli, en un poema de La costilla de Eva llamado “La mujer irredenta” nos dice así: Hay quienes piensan que he celebrado en exceso los misterios del cuerpo la piel y su aroma de fruta. ¡Calla, mujer! –me ordenan– No nos aburras más con tu lujuria. Vete a la habitación. Desnúdate. Haz lo que quieras. Pero calla. No lo pregones a los cuatro vientos. Una mujer es frágil, leve, maternal; en sus ojos los velos del pudor la erigen en eterna vestal de todas las virtudes. Una mujer que goza es un mar agitado donde sólo es posible el naufragio.

Surge aquí tal vez la pregunta capital que se arroja a sí misma y sin respuesta en la orilla de todos los naufragios: ¿la lujuria excluye al amor? ¿Será que ambas fuerzas dividen el alma en sus manifestaciones? ¿Bajo qué premisa ocurre este proceso excluyente y fragmentador? ¿Será la culpa? ¿Será el pecado?



Regresando a los orígenes vemos como en el Génesis de todos los nacimientos y de todas las culpas, existe de entrada una profunda contradicción en cuanto al evento que crea al ser humano a imagen y semejanza del Creador. Génesis 1: 27 dice: "Y Elohim creó a Adán a su imagen, a imagen de Dios Él lo creó, varón y hembra los creó". Génesis 2:18 y 22 dice: "Y el Señor dijo: 'No es bueno que Adán esté solo. Voy a hacerle una ayuda apropiada para él. ' ... Y el Señor formó de la costilla que había tomado del hombre, una mujer, y la trajo al hombre".

Genesis I y II son dos relatos sobre la creación, contradictorios y separados. El primer relato es una amplificación del mito sumerio, mientras que el segundo relato es elaborado por la casta sacerdotal hebrea deuteronomista, alrededor del 700 A.C.

En la versión deutoronomista, será la boca de la serpiente junto al árbol del bien y del mal quien a través del deseo de los frutos, arroje la luz de la conciencia que escinde y fragmenta el alma humana, como consecuencia de la desobediencia de la primera doncella llamada Eva. Al morder la piel de la manzana, Eva es arrojada junto a su compañero Adán fuera del paraíso, fuera del círculo edénico que replicaba lo celeste en la tierra. En este evento, ambos son compañeros de exilio, ambos son expulsados y excluidos del Jardín primordial, aunque se deja muy en claro, que la culpa de todo no es de Adán sino de Eva, la seductora, le rebelde, la lujuriosa.

Pero revisando el mito sumerio que recoge la primera versión, nos encontramos con un evento dramático que ahonda en el relato. La historia de esa hembra llamada Lilith (la doncella de la diosa Innana, su reverso, la que cohabita el árbol con ella). Lilith es El primer animal al servicio de Adán: un ser cuyo cuerpo estaba a la disposición de la lujuria naturalmente aceptada de éste, quien copula con ella sin mirarle siquiera los ojos. Esta hembra se rebela, se constituye a sí misma como sujeto y no como objeto de la lujuria. Desea al igual que Adán copular con él, pero lo obliga a mirarle los ojos, a intercambiar fluidos en igualdad de deseo y de posturas enervantes. Llega al hito de colocarse encima del cuerpo de Adán y tomar su cuerpo, de raptarlo para sí misma bajo el imperio de su propio deseo. Ella logra pronunciar el nombre de Yahvé, esa divinidad celeste y patriarcal. En este momento, es repudiada, acusada, excluida, y separada en soledad por el creador, para morar en medio de una desolación absoluta en una gruta que se abre al mar Rojo e incluso en las profundidades del propio mar.

La lectura de estos cantos, me han inducido en estas noches cerradas, a soñar con el Génesis invertido. En su anverso original, la dureza de un creador masculino, patriarcal, que ejecuta su creación de manera unilateral, prescindiendo en el acto creador, propiamente dicho, de la fuerza de lo femenino, castigando duramente cualquier éxtasis o emoción que se derive del fruto apasionado, y cuyo reverso se contiene en el surgimiento incesante del mundo que se manifiesta en lo femenino dinámico, cambiante, emocional, polifacético. Sueño revelador que convierte este libro en un verdadero libro de las revelaciones.



La doncellez femenina y la transformación de esas fuerzas en una mujer, a través de su interacción con lo masculino fecundante, tiene su hito de expresión en la hipóstasis trinitaria que narra la historia de Demeter, Kore y Perséfone. El rapto de Perséfone por parte de otro Dios -este vez el Dios del inframundo- presupone un tomar, un ayuntamiento, una inclusión que se traducen en la transformación de lo femenino encarnado. Ese camino de transformación que simbolizaba la sagrada senda de Eleusis, los ritos mistéricos que contienen el misterio de lo femenino en sus etapas de transformación.

En mi sueño, contrastaba el hecho de que por un lado un Dios celeste, luminoso y creador de la vida excluye a la mujer original y la expulsa fuera de su “círculo sagrado”, de su esfera cerrada, para arrojarla a las tormentas que estremecen los acantilados infernales, mientras que en su reverso, contradictoriamente un Dios infernal que habita y rige el inframundo y la muerte, más bien la tome para sí en un rapto, en un acto incluyente, nupcial, a través del cual la asume de manera permanente.



Y aunque en este libro se narre el tránsito de “La Doncella” entre lo celeste y el inframundo, (o a la inversa, la subida desde el inframundo hacia la luz), no se trata de la dinámica femenina que al contacto incluyente con lo masculino, se transforma y deviene. Por el contrario, aquí se narra de manera dramática la historia de Lilith, la doncella vilipendiada, temida, excluida. No es la historia de Perséfone raptada o de Ariadna enamorada, cuando en el umbral ejecuta su lamento. Esta virgen, esta doncella no ha conocido el amor, el rapto, el abrazo continente, pues nunca ha sido amada. El castigo “Patriarcal”, su culpa irreversible, la expulsa, la somete al rigor de la intemperie, de esas grandes soledades que no son humanas. Lo soñado se corresponde con el corazón de este lamento, pues ahora es ella y no Adán quien se abre el costado: “la herida es el sitio por donde entra la luz” (Rumi). Por los intersticios de su costillar expuesto a la intemperie, su mano busca inútilmente un compañero de naufragio.

Continuando con la saga invertida, ella será también el aspecto femenino de Caín, la huérfana, la que ha roto el pacto con lo divino, la que ha prescindido de los Dioses, la que ha sido abandonada. Ahora no será ella quien le muestre al hombre la totalidad contenida en el corazón de los frutos. Será lo masculino, ese Dios impúdico, quien le ofrezca la sangre de las manzanas (que no su corazón reunido).



En este punto del relato, es imposible no evocar dos textos que expresan la simbología del inframundo, los mares, las tormentas y los naufragios. El primero es el libro perteneciente a la antigua literatura egipcia del siglo XX AC, cuyo título es “Historia de un marino náufrago” o relato de un viaje al reino de Punt. Sin lugar a dudas, este es el primer relato de náufragos que se conozca. Allí se narra el naufragio de un barco en una tormenta nocturna y el encuentro del príncipe egipcio con la serpiente que habita la isla de Ka y quien le propone la resolución de unos enigmas. Atravesar la tormenta para naufragar. Sobrevivir en la isla de luz para asumir la pérdida de todo lo material. Es en ese momento que el hombre se encuentra frente a frente con su mundo emocional, con lo seductivo, con las fuerzas de su inconsciente, para ser arrojado a la inclemente luz: Fui arrastrado hacia esta isla por una ola del mar. Pasé tres días solo, mi corazón como único compañero. Estiré mis piernas para ver lo que comería y encontré higos  maduros. Entonces, oí un ruido atronador y pensé que eran las olas del mar. Las ramas se quebraban y la tierra temblaba. Descubrí mi cara y vi que era una serpiente que venía hacia mí. Estaba erguida hacia delante y abrió su boca hacia mí. Ella me habló: ¿Quién te ha traído? ¿Quién te ha traído, hombre? ¿Quién te ha traído? Si tú demoras en decirme quien te ha traído a esta isla, haré que te reconozcas en cenizas, siendo tú convertido en alguien que no se ve. Tú me hablas y no lo comprendo. Estoy frente a ti y he perdido el conocimiento.



El segundo texto es el Canto V de la Divina Comedia del Dante. Impresionante es la resonancia descriptiva de este Canto V de la divina Comedia con el  libro de cantos que leemos conmovidos y en donde se describe al infierno como un mar tormentoso y nocturnal, cuyas olas bramantes se abaten contra los riscos afilados. Los llantos que se escuchan en medio de la oscuridad, la presencia de pájaros y aves que lo surcan batiendo sus alas, sus siete círculos que van descendiendo cada vez más hacia lo insondable-oscuro. En el corazón de este infierno se encuentran mujeres antiguas y aquellas mujeres que practicaron el “Amor Cortés”, las lujuriosas, esas mujeres amantes que han sucumbido a su deseo y que al decir de la poeta Belli esa mujer que goza es un mar agitado donde sólo es posible el naufragio.

En esa conmovedora lista de mujeres podemos ver a Semíramis, Dido, Safo, Cleopatra, Helena de Troya, Isolda y la sufrida Francesca de Rimini entre otras. Todas o casi todas las presencias masculinas en los círculos infernales que describe el Dante, son presencias secundarias, que están allí por culpa de la lujuria femenina desbordada y caótica. Llama la atención que además todas esas mujeres se ha suicidado o han sido asesinadas de manera terrible y dramática. Conmovedoras las palabras de la poeta Safo en uno de sus últimos fragmentos antes de arrojarse al mar: “Eros que paraliza los miembros, esa serpiente que otra vez me intranquiliza... dulce, amarga e invencible”. Si el Dante hubiese vivido en el siglo XX, con seguridad hubiera incluido a las poetas mujeres que han expresado con sus cantos esta tragedia: Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Anne Sexton, Edelmira Agostini, Violeta Parra, Eunice Odio, Julia de Burgos, Teresa Wilms, Carolina Coronado, Clementina Suárez, María Mercedes Carranza, la griega María Polydouri, las venezolanas Miyó Vestrini y Martha Kornblith, y en un lugar especialísimo la extraordinaria y transida Marilyn Monroe.



Siguiendo con los reversos de esta historia, podríamos asumir también que en estos cantos se narra una odisea femenina, en donde no hay héroe sino heroína. La heroína en este caso, sucumbe en el naufragio, pero llega con vida a la isla donde todo se ha consumado. El maestro Cirlot, nos dice que la Odisea no es en el fondo, sino simplemente la epopeya mítica de la navegación, como victoria sobre los dos peligros esenciales de todo navegar: la destrucción (triunfo del océano, inconsciente) o el retroceso (regresión, estancamiento). Esta idea mítica, corresponde analógicamente al misterio de la “caída” del alma en el plano material (existencia) y a la necesidad de su regreso al punto de partida.

La exquisita historiadora española Isabel Soler, en su libro “El nudo y la esfera” afirma que el náufrago rompe la imagen del héroe clásico y, sin embargo, el drama que protagoniza puede compararse a una tragedia griega. Creo, dice, que en esa atmósfera fatídica creada por la realidad y la verdad intervienen elementos que participan en la ruptura del esquema clásico del héroe: el miedo, por ejemplo, o las conductas moralmente reprobables en situaciones límite, o el hecho de tener que asumir un destino sin que exista posibilidad de cambiarlo, o la conciencia de la falta de seguridad o de fragilidad o de serenidad, el desamparo, la pérdida de la esperanza. Todo eso hace del náufrago un héroe tremendamente barroco, que llora, sufre, grita, reza, se desespera; un héroe humano que inspira piedad y que necesita a Dios para que ponga orden en ese destino, en ese gran teatro del mundo, que él no puede gobernar. De ahí la necesidad de explicar el porqué de toda esa tragedia: el hombre ha de rendir cuentas por sus errores (la hamartía clásica, el pecado judeocristiano).

En este libro de cantos, de lamentos, queda claro que no hay héroe masculino victorioso que llega indemne a su destino, a su Ítaca. Será ella en este canto la heroína. Ante el hecho de naufragio y de haber sido expulsada a la orilla de la conciencia, como un castigo de sus culpas, no le quedará otro camino que regresar al punto de partida. La Arcadia o el retorno a la edad dorada prefigura este proceso: el retorno nostálgico a la niñez. Si entendemos que en este caso es el cuerpo de la poeta quien nos canta su lamento, y es a su vez el propio mar de los naufragios: arribaron barcos a mi cuerpo, que los náufragos llegan y parten desde las orillas que rodean sus costados, se nos revelará el simbolismo geográfico que plena el poema 53 del libro: una tarde llegaron / venían de Eleusis / de la Arcadia / algunos de la pequeña Patmos / nos mirábamos tratando de rescatar / las perdidas ciudades / las murallas / el cielo / algunos creyeron ver un altar / y ofrecieron en holocausto sus últimas pertenencias / quedaron / como yo / en la orfandad / riendo mientras se alejaban / dejando apenas el silencio de sus huellas.

Junto con la Arcadia, las otras referencias simbólico-geográficas son Eleusis y la pequeña isla de Patmos. Ya antes relacionábamos el simbolismo de la sagrada senda de Eleusis como expresión del proceso de transformación de lo femenino encarnado. En este caso, el naufragio como derrota existencial que obliga a regresar, a realizar esa regresión necesaria a los orígenes, se expresa también en la península del Peloponeso (nombrada en el poema 31), que siendo una isla en apariencia, se mantiene unida al continente a través de un cordón de arena que vincula ambas realidades materiales y simbólicas. Como cadencia final de estos sentires, la mención de la pequeña isla de Patmos, le confiere a este libro una dimensión abarcante y total.

Decíamos que el paralelismo narrativo de este libro con el Canto V de la Divina Comedia, era conmovedoramente dramático. Siete también son sus círculos o puertas de entrada a su naufragio: Turbulencias, Orillas, Fulgores, Ocasos, Ofrenda, Náufragos y Blanqueo. Y he aquí la cadencia final de estos cantos, la epifanía final que le da sentido a la intemperie y al alma de la mujer que de manera por demás valiente, enfrenta su naufragio. Doncella que inicia el viaje hacia la orilla, la que emerge desde el corazón del infierno, la que sobrevive a la tormenta, la que acepta y se acostumbra a los naufragios mientras se reconoce a sí misma a contraluz en la hermosura de las gaviotas,  la que ofrenda su cuerpo al desgaste de la luz y se entrega finalmente a ese mar que la espera con paciencia de madre, que todo lo acoge, que todo lo anhela, donde todo naufraga.



Replicando en su reverso el descenso de la doncella-diosa Innana a los infiernos, nuestra doncella iniciará el arribo a las orillas del naufragio con su corona de estrella de cinco puntas, como una sobreviviente de las tormentas infernales. Tendrá que cruzar también sus siete puertas, pero esta vez de salida al vacío, al desprendimiento. Al igual que a Innana, le será requerido el despojarse de sus sandalias, no habrá concesiones para ella. Tendrá que caminar descalza por los filos acerados de los acantilados. Despojarse en cada estación que la vaya acercando a la intemperie, de cada prenda, de cada vestido, de cada girón de tela que cubre su cuerpo. Tendrá que arrancarse su propia piel hasta los huesos para llegar finalmente desnuda al lugar de las revelaciones, al lugar del blanqueo, a la orilla de ese mar salvador que le devorará los ojos hasta dejarla ciega.

Es en esta instancia del drama, donde como lector, como hombre me pregunto: ¿será esta misma doncella, la mujer doble? ¿La celeste y la dueña del inframundo? ¿Innana y su gemela Ereshkigal? ¿La virgen-prostituta que sobre el mar de la pequeña isla de Patmos se le apareció al anciano Juan desde los acantilados de su gruta como una mujer en su anverso y su reverso: la vestida de sol y la vestida de gran ramera? ¿Aquella que pisa con su pie las conchas marinas como si fueran las palabras originarias del verbo divino y creador? ¿La que porta en su cabeza la estrella de mar? ¿Aquella cuyo cuerpo se consume en el fulgor del deseo? ¿Aquella bajo cuyos pies resplandece el universo? ¿La que es acosada por la serpiente, por el dragón?



Ante esta gran pregunta, no puedo más que pedirme perdón a mí mismo y al Eterno Femenino por el miedo de asumir mi propia ánima, mi propio mundo emocional, y con ello agredirla a veces de manera despiadada. Pedirle perdón también y rendir tributo a esa fuerza femenina, a esa doncella que nos ha acompañado siempre, el alfa y el omega de las revoluciones del alma desde el Génesis o principio de los tiempos hasta la proyección futura y apocalíptica que visionara Juan en la pequeña isla de Patmos, como cierre del círculo final de todos los tiempos. Asumir que debo escuchar con nuevos oídos su voz, mirarla a los ojos sin miedo. Que por la gracia de estos cantos entiendo más, como poeta y como hombre, los requerimientos de mi alma y en consecuencia del alma de las mujeres, requisito previo y fundamental para trascenderse en el amor por ellas.

Ya en una respuesta a la autora de estas revelaciones sobre su artículo: la Paideia oculta y necesaria y la relación del pintor Botticelli y su musa Simonetta Vespucci, le decía que el primer maltratador del alma es, en una primera instancia uno mismo. El artista debe “necesariamente” forjar esa ética del alma para poder preservarla de su propio maltrato. Esta metáfora se cumple en la realidad con el maltrato a lo femenino y más concretamente con el maltrato a la mujer.

Evocábamos entonces el cuento de la tradición Innuit llamado “La mujer esqueleto” que Clarissa Pinkola nos transcribía en su libro Mujeres que corren con los lobos. En esa narración, una joven es castigada por una transgresión y por haber cometido un acto indebido. Su padre la condena a morir y la arroja por los acantilados al fondo del mar. La metáfora expresa un evento donde lo femenino transgrede a lo masculino, al padre y por ello es eliminada en el fondo del mar, excluida, separada de lo humano y sumergida en la inconsciencia, perdiendo la carne. Su cuerpo es comido por los peces del fondo y por ello solo queda su esqueleto, por lo que pierde también su sensualidad, su sexualidad y su capacidad de vínculo con el mundo y con el hombre.

No puede ser casual (y la propia poeta es testigo de que no hubo premeditación) que la fecha de la impresión de este libro sea 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Aquí vuelve a replicarse la historia. Santa Bárbara, patrona de las tormentas, de los rayos y de los relámpagos, doncella y virgen de las intemperies, es condenada por su propio padre a la muerte. Éste la decapita en la torre donde estaba encerrada y desde allí es arrojada por él mismo al fondo del mar.



Pero tal vez la mejor respuesta a lo planteado en este libro, en esto cantos, en este lamento que surge de la boca de la serpiente, sea la que nos narra la leyenda de San Jorge, la Doncella Sabra y el Dragón (¿serpiente?). Antes de asumirla y de contraer las nupcias con ella, él se aproxima mirándola a los ojos. Quitó entonces la corona de la frente y se la puso al dragón para retenerlo por el cuello, arrastrándolo por todo el trayecto hasta la orilla del lago. Ella le dijo: dime que debo hacer para demostrarte que te amo. Y él le dijo: creer en ti misma...entonces el dragón se durmió"

Verdad resumida por el poeta Rilke en uno de los párrafos más extraordinarios que se hayan escrito sobre este drama: Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo…





Edgar Vidaurre



   

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