jueves, 22 de octubre de 2015

Armando Rojas Guardia y el Árbol de la Vida


Bendita seas, poderosa Materia, 
evolución irresistible, realidad siempre naciente, 
tú que haces estallar en cada momento nuestros esquemas 
y nos obligas a buscar cada vez más lejos la verdad.

Teilhard de Chardin – Himno a la materia


En estos días he recibido de las manos de Ana María Hurtado, (esa Diótima intermediaria, Shekinah sabia y cóncava) un escrito iluminado del querido poeta y amigo Armando Rojas Guardia, quien además en una conversación reciente, me ha dado su venia para leer y compartir a su vez mi sentir a través de la palabra. De manera inenarrable, me siento privilegiado y agradecido por participar en este Ágape, por entrar en esta lectura a la cual accedo con la profunda sensación de que se trata de un ritual de comunión. Y digo comunión, pues a pesar de que en primera instancia (como dije) penetro en estos textos y me adentro en su lectura, comprendo que la instancia que sucede a ese entrar es la de oír, la de dejarse penetrar a su vez por la palabra confesional y de esa manera entender al otro…a uno mismo en un acto de purificación compartida. Tal vez y como dice Armando en el texto: compartir ese pan inexorable que significa el hecho de vivir y existir sobre la tierra.

Me llama la atención que es precisamente desde la tierra y el hecho de pisarla, de estar arraigados en ella existencial y corporalmente, de donde parte esta primera evidencia y manifestación de vinculación inexorable. Y es justamente desde la tierra y la más esplendorosa de sus prolongaciones: los árboles, donde (mucho antes de este compartir mutuamente consciente y convenido) tuve una comunión numinosa con Armando a través de la lectura de su poema, La mística de los árboles: Los árboles son sacramento de la paz. Ellos me enseñan el arte difícil del sosiego, firme en su aplomo vertical frente al viento y al látigo incontable de la lluvia. Su tranquilidad está transida de silencio pues las hojas, como labios, sólo invitan a contemplar otra flora escondida e interior que no se puede describir con las palabras.

Aunque Armando ha titulado a estos textos de manera perfecta como Diario 2015 (septiembre), siento en su lectura que estos textos contienen algo más que lo que expresan los diarios convencionales. Al entrar en ellos me veo envuelto en un acto conmovedoramente confesional (hay una evocación muy fuerte con las confesiones San Agustín). Mas sin embargo, no se trata aquí de un acto confesional para expiar culpas o para negar y revocar aspectos conformadores del obrar, siento más bien una maravillosa eclosión de plenitud que nos relata su estado actual, pero sobre todo se me impone la sentida visión de los Libros de Horas: esas maravillosas crónicas, que no se atienen a lo acaecido anímicamente en el ciclo circadiano, sino en aquellas vivencias que se salen del tiempo convencional y se condensan como gotas de agua en pequeños detalles, que por humildes y esenciales, nos vinculan con lo abarcante. El propio Armando la ratifica cuando confiesa su despojo yoico y su retornar del contacto humilde con la tierra: lo que busco afanosamente, disfrazar y esconder ante la mirada ajena: mi pequeñez, mi real fondo de poquedad, mi flagrante nadería. El mismo San Agustín decía que la única manera de vincularse con la inmensidad era hacerse pequeño, permitir la entrada de la visión de aquello que nos trasciende.

En esos maravillosos Libros de Horas se plasmaba el movimiento que la gracia genera sobre lo íntimo sagrado para que este devenga a su vez en expansión trascendente hacia el afuera. Alternancia exquisita entre lo subjetivo del que vivenciaba o experimentaba el contacto directo con lo inefable y su correspondencia con el mundo. Ahí se manifestaban y se describían aquellos actos de purificación, rituales personales e íntimos, oraciones, pensamientos, crónicas anímicas de los ciclos celeste-terrestres y su determinación en el alma de acuerdo incluso a la manifestación fenoménica de la luz a través de los vitrales y sobre todo esos breviarios que unificaban la vida cotidiana con la vida monacal en una especie de hierofanía escrita y despojada de la existencia. 

Tomando entonces de manera personal estos textos como un libro de horas o breviario, lo siguiente que siento de su lectura, es el asombro ante la capacidad del Armando-árbol (devenido como extensión que se eleva desde la tierra hacia la plenitud de su comunión armónica y sublimada con lo espiritual “alciónico”) de constituir en este espacio visible, terrestre y manifiesto, incluso urbano (con las manifestaciones sonoras que se arremansan en su inclusión dentro del ámbito numinoso), la cuadrícula de los espacios sagrados, de eso que llamamos Templo. La geometría sagrada que replica en la tierra los espacios celestes: En el rectángulo de la plaza, el ritmo exasperado de la ciudad se atempera, ingresa en una modulación espacial y temporal dentro de la cual hasta el ruido de los automóviles y las motocicletas recupera inesperadamente una como inocencia sensitiva, una placidez coreográfica y libre…. El agua de la fuente y del estanque, el silencio introvertido de los árboles, la geométrica disposición de los bancos, los dedos verdes de la hierba, la blanca pulcritud de las barandas: todo en la plaza me convoca a vivir una  dimensión  de la existencia urbana que es la única que en verdad me importa, me interesa.

Este replicar de la cuadrícula como espacio sagrado en la tierra expresado en la figura del “Templo”, no sólo es importante en los textos de Armando, desde el punto vista arquitectónico, estructural y físico, sino desde el alcance simbólico que representa la misma palabra que lo designa. Varrón, escritor latino del siglo I antes de Cristo afirmaba que “templum” es el nombre que se da a un lugar demarcado y limitado por determinadas fórmulas geométricas y simbólicas con el fin de hacer augurios o recibir auspicios”. De aquí proceden las palabras “templo” y “contemplar”, que aluden a la zona sagrada y demarcada del templo, la que estaba dentro del campo de visión del augur, la que este “contemplaba”. En sentido estricto, si no hay templo tampoco hay contemplación. Mirar es penetrar (al igual que la palabra) y es allí que la mirada, (como unión de lo visible material y el milagro de la luz) donde quiera que se pose o penetre, se hace sagrada al tiempo de sacralizar lo que se mira.

Conmovedor en grado sumo (si entendemos el carácter de la contemplación que sacraliza) el hecho llevado al plano humano en su manifestación carnal, el que Armando constituya al cuerpo humano como centro, como Axis Mundi (literalmente) del evento témporo-espacial en donde se produce la experiencia religiosa. El cuerpo es el templo donde se produce a través de la mirada contemplativa el éxtasis y Armando es el augur o el contemplante que sacraliza lo mirado: ese cuerpo que en el evangelio Jesús proclama como sagrado y en donde los ojos serán a su vez el espejo del alma. En el caso de Armando, esta se expresa en su personal ceremonia iniciática, el rito que logra su trance extático, la liturgia sensorial a través de la cual accede al relámpago dichoso que consiste en contemplar con calma lentitud, con una opulenta parsimonia – opulenta porque es un lujo visual que  enjoya su mirada-  el cuerpo desnudo. 

En un antiguo ensayo sobre las “Corporalidades de Ana Teresa Celis, (otra magnífica Ana), yo decía que “por amor al hombre Dios ha encarnado en casi todas las teofanías, redimiendo de esta manera todo lo visible, lo concreto, lo individual. Decimos esto porque el ser humano no sólo es mente – es decir emoción, amor, sueño, intelecto - es también cuerpo y sensualidad. Dios encarnó para redimir la materia, lo visible a través del fulgor de la Belleza y el amor que lo envuelve todo, revocando con ello la culpa y el pecado (…Ama y haz lo que quieras, San Agustín dixit). Aun así, pasará mucho tiempo antes de que de manera expresa y abarcante, un santo moderno como Teilhard de Chardin, proclame nuevamente el carácter sagrado de la materia. En este caso una visión más amplia nos revela que la corporalidad como estatus cualitativo existencial, no se refiere a una cosa o ente como atributo único y excluyente, sino que en todo caso la corporalidad es apenas uno de sus atributos o cualidades: es en todo caso, el aspecto objetivo, corporal, tangible, existencial; la apariencia física y perceptible de aquello que en su aspecto más permanente y subjetivo es esencialmente invisible a los ojos e inaprensible a nuestros sentidos percepción física, evento este que se representa en muchas religiones y en especial en la cristiana a través del misterio de la encarnación (o materialización) del espíritu.

Como dijimos, la mirada y la palabra inteligible son penetrantes. No puede haber carnalidad sin que concurra ese aspecto de lo creante. ¿Es entonces la palabra creada la clave para entender y resolver el misterio de la encarnación, el punto común y convergente entre lo creante, lo creado y lo que perdura en medio de la alternancia de la esencia y la existencia, entre el alma y el cuerpo? ¿Es en la mirada en dónde se inicia el camino que nos llevará a la confluencia total de los aspectos humanos? ¿Al final, es el alma quien escucha, quien se deja penetrar?

El dogma cristiano nos habla de alma y del cuerpo como ambivalentes, que la otra vida perdurable, esencial y eterna pertenece al alma y que esta perdura sobre la finitud de nuestro cuerpo arraigado a esta vida existencial… sin embargo y de manera sorprendente y contradictoria, lo que este dogma proclama para el final de todos los tiempos, no es esa prevalencia de alma, sino la resurrección de la carne.

En esta instancia del Breviario de Armando, y a través de su palabra, se proclama a todos los vientos la sacralidad del cuerpo y la materia, del aspecto corporal del alma, de la corporalidad como la manifestación pura del espíritu en su aspecto visible y tangible a la mirada.

Parafraseando a Armando describiría estas visiones evocando a la mística de los árboles: ese árbol erguido e inhiesto que apoyado en la penetración de sus raíces en lo más profundo y oscuro de la tierra, es capaz a su vez en los aspectos aéreos y aromáticos de manifestar lo acogedor y misterioso que encierra la gestación de la flor y de los frutos. Lo femenino a través de esa tranquilidad transida de silencio pues las hojas, como labios, sólo invitan a contemplar otra flora escondida e interior que no se puede describir con las palabras, (y en donde agregaría) tampoco puede ser abarcada con la mirada: Es como presenciar con los ojos del cuerpo el milagroso instante de la floración de la rama y entender con el alma la fuerza que la hace florecer. O como escuchar con los oídos del cuerpo al ruido de la brisa suave y entender con el espíritu la paz inefable de su susurro.


***


Mi cáliz y mi patena son las profundidades de un alma ampliamente abierta a todo.
ser poseído por Ti, y conducido por la indefinible potencia de tu Cuerpo

Teilhard de Chardin – Himno al universo


En el monumental libro “El fenómeno humano” Teilhard de Chardin, nos regala la más extraordinarias de las visiones que haya podido (a través de él) alcanzar la humanidad: la parte tercera del capítulo II: “El árbol de la vida”, Curiosamente sucedida por el capítulo de Deméter y el Hilo de Ariadna o la ascensión de la conciencia. La potencia vital de la tierra (ánima mundi) desde donde la semilla del árbol de la vida se expande, La revolución celular, el número áureo, la primavera de la Vida, su incesante reproducción desde el átomo hasta la inflexión del pensamiento del hombre sobre sí mismo y la toma de conciencia hasta llegar al plano espiritual, sin cortes, cesuras, castraciones o mutilaciones. Es inevitable para quien lea los manuscritos de Armando y sepa de su religar arbóreo con el mundo, no evocar esa plenitud que se manifiesta en el aspecto visible de la creación: Todos estos objetos que nos rodean, y nosotros mismos, en apariencia tan estables, en realidad configuramos coreográficamente una casi infinita danza cósmica, tal como nos lo ha enseñado y descrito la física contemporánea: la estallante dinámica de los átomos – y dentro de ellos los protones, los neutrones, los positrones- y de las ondas y las partículas, gobernada por la indeterminación y la imprevisibilidad.

Y es aquí, en este punto de la secuencia anímica del breviario, donde se produce el maravilloso drama y el ritual que expresa la maravillosa epifanía que nos obsequia Armando: La resolución de la culpa y el advenimiento de la plenitud. Armando se confiesa así: Desde hace muchos años siento predilección intelectual y anímica por las éticas eudomonológicas: Demócrito, los cirenaicos, Epicuro, Lucrecio, Montaigne, Spinoza,  y,  a su modo intransferible, Nietzsche y Albert Camus. Pero sobre todo, junto con Nietzsche, Spinoza. Como es sabido, para éste no existen el Bien y el Mal metafísicos, que son meras nociones engendradas por la superstición; solo existen lo bueno y lo malo. En otras palabras, el logro de la mayor felicidad posible, a través de aquello que se corresponde con los impulsos más verdaderos y armónicos del ser humano en su totalidad, cuyo reverso sería lo malo: aquello que lo fragmenta a través de los conflictos entre su esencia y su existir. Sin embargo, hay un evento crucial que ocurre de manera sorpresiva en Armando cuando de manera inesperada (y dejando a un lado esa predilección intelectual, para entregarse de manera arremansada a oír), a asumir aquello femenino, cóncavo como elemento necesario en contrapartida a lo penetrante creante. Poco antes de ese evento advenido y maravilloso, ya el alma se hacía menos intelectiva, menos penetrante. 

Ya en Armando y por su propia descripción de las epifanías que le venían ocurriendo durante el retiro estaba preparando su alma para dar el paso en un ritual “prenupcial”: En la tarde del tercer día de retiro, Jonatan me lee un texto de La Gaya Ciencia. En él, Nietzsche afirma que el amor a todas las cosas que amamos, empezando por el amor a nosotros mismos, requiere un arte, casi una orfebrería , lentos, pacientes y delicados, cuyo ejemplo más cabal nos los ofrece nuestra relación con una pieza musical por la cual sentimos predilección: se trata, primero, de  aprender a oír.

He aquí pues al Lover Man, escuchando a su propia ánima desnuda, dispuesta a esas nupcias interiores, cuyo ritual definitivo se celebra en el último día del retiro espiritual y que el poeta nos narra así: A mediodía, Jonatan me dice que el retiro culminará, a las cinco en punto de la tarde, con una sorpresa. A esa hora nos dirigimos a la capillita que está en la zona de clausura de la casa de ejercicios espirituales situada al lado de la cabaña dentro de la cual he pernotado estos días; zona donde la comunidad de las seis monjas que atienden a los ejercitantes ocasionales tiene sus aposentos privados. Ningún hombre puede penetrar dentro de esa intimidad femeninamente conventual.

Ese entrar en los recintos femeninos, íntimos y virginales para escuchar arremansado, erguirse suavemente en ellos y de esta manera penetrar con su palabra el alma de estas mujeres para a su vez fecundarlas, polinizarlas, hace de esta experiencia, de esta vivencia, un hito comparable a la hierogamia o Boda sagrada. La confirmación correspondida de esta evento maravilloso está contenida en las palabras de la hermana Claudia (la más espiritual de todas) y que al sentir del poeta, se quedarán para siempre orbitando en su memoria emocional: Armando, a nombre mío y de mis hermanas quiero que sepas que te consideramos un miembro masculino de nuestra comunidad y, como tal, puedes venir a esta casa y a la cabaña que está a su lado en el día y a la hora que lo desees”. Ante esta respuesta afirmativa y de aceptación él se confiesa transido: "Yo no puedo decir nada más. El llanto me quema los ojos, la garganta, el pecho y las ingles.

El propio Armando declara el carácter nupcial que este evento, de este paso que convoca el matrimonio y la integración dentro de sí mismo cuando expresa: La epifanía de Eros en nuestra vida, así acontezca en pequeña escala, inaugura para cada uno de nosotros la boda de la subjetividad propia con la materialidad concreta del mundo. Quedamos nupcialmente ebrios de una inédita desenvoltura mental y corporal. Eros nos desnuda (Camus: “Estar desnudo guarda siempre un sentido de libertad física”). Desnudo para hacer el amor con el fasto, la opulencia del cosmos. Yo soy ahora un ejemplo viviente de ello.

Dejándome a su vez penetrar por la lectura de los textos de Armando, entiendo que después de esa unión, ya no habrá necesidad de éticas eudomonológicas, ni de relativizar a la “Moral” al hecho circunstancial, colectivo y social del hombre como lo hace Nietzsche en su extraordinaria “Genealogía de la Moral”. Esa plenitud, esa felicidad que revoca la culpa proviene de las energías naturales de la creación en todo su esplendor, es la “Pankalía” o la belleza del mundo en su conjunto y que hace que el árbol de la vida se expanda de manera incesante, por la voluntad amorosa e ineludible de Dios creador. 

La culpa nació también a los pies de un árbol: del árbol del bien y del mal, ese árbol escindido, cuyo fruto no pudimos asimilar. En unos intercambios con Ana María, decía que “si hacemos una lectura poetica-abarcante, del Génesis (no solo el de la Tora y la Biblia Cristiana), veremos como a partir de ese eje central que une lo de arriba y lo de abajo, la luz y la sombra, el cielo y el infierno, es decir del Árbol de la conciencia del bien y del mal, se establece en la psique del ser humano esa sensación de desprendimiento, de separación, que nos hace sentir que la creación es una cosa diferenciada de nuestra individualidad. La primera palabra, el primer aliento, es el Verbo: la palabra indiferenciada. Esta palabra hay que llevarla al plano de la conciencia, al plano de la luz. El hombre en este afán (y digo “hombre” en sentido estricto y literal), quiere llevar a ese plano consciente, no solo a los elementos de la creación, sino incluso a su propia Anima, su núcleo emocional, aquello que lo anima, lo nutre lo vincula. No en balde los sabios Leroi y Gourham, nos interpretan ese momento, con la salida de Eva del costado de Adan. Dicen Leroi y Gourham, que los aspectos puramente inmanentes del hombre, serán invisibles o imposibles de ver, si no hay reflejo, trascendencia. Eva, o el elemento femenino-emocional, se encontraba totalmente integrado e indiferenciado en el ser humano en lo más hondo de sí. El hombre, en su pretensión de confiar solamente en el aspecto luminoso-racional, saca hacia afuera, es decir trasciende este elemento inmanente hacia el afuera para verlo, para poder mirarlo. Esto implica de manera casi irrevocable la sensación, de separación, de que el todo y nosotros estamos diferenciados a través de la conciencia individual. Eva seduce, al hombre, Lo lleva a la “trampa” con la dulzura del fruto de ese árbol, para que acceda de manera definitiva, a la luz del entendimiento, a la conciencia.

Pero el hombre ha pecado contra su propia consistencia, pues al sacar hacia el afuera el aspecto emocional que lo conforma, estará condenado a entender desde una percepción puramente racional, parcial, analítica, donde solo hay luz. De todas maneras la resonancia con Ariadna y Teseo se me antoja asombrosa. Es Ariadna quien lleva a Teseo de regreso a la luz, luego de su llegada al centro del laberinto. En el caso de Eva (o ánima), es ella también quien lleva a Adán a la conciencia, es decir a la luz, desde ese centro o “Axis Mundi” de cuyo punto giratorio y centrífugo (o su reverso centrípeto) sale la fuerza vinculante desde el adentro o hacia el afuera, de toda la creación.
Al darle el fruto del bien y del mal, ella le muestra ambos aspectos unidos por el fruto, tal y como Ariadna le otorga a Teseo el hilo conductor, el vínculo, el nudo. En el caso de Adán, este solo vera la división, no la unión, pues esta despojado, condenado a no ver también y simultáneamente desde ese otro aspecto de la conciencia: “la conciencia emocional”.

El eco de ese árbol del bien y del mal (árbol escindido como dijimos) será la cruz, donde todo converge, centro donde el ser humano bajo el símbolo y la figura de Jesús habitará como receptáculo de confluencias. Aquí y ya para terminar, Armando nos regala tal vez la mejor vivencia anímica de su retiro (o más bien encuentro). Bajo el ritual de auto-mirarse, de verse a sí mismo en el espejo, esa la alternancia entre lo inmanente y lo trascendente, la sensación de individualidad y al mismo tiempo la sensación de formar parte de “Un Todo”, la necesidad de trascender lo inmanente para verlo con los ojos y su reverso: hacer inmanente lo trascendente para entenderlo con el alma. Concurre aquí además el hecho de escucharse a sí mismo, escuchar la resonancia del alma, ese “Mantra” que Armando hace a través de la repetición ondulante y ondulada de la palabra Obrar: este es el vocablo escogido. Me dedico a pronunciar, mentalmente, y  en voz baja y en voz alta, desde todos los estratos recónditos de mi interioridad convertida en conciencia, ese infinitivo que no solo sintetiza para mí aquellos párrafos del El Anticristo sino que, igualmente,  me devuelve a una vieja y querida convicción mía: o se entiende el Evangelio como praxis  o no se lo comprende en absoluto.

Ante la pregunta ética sobre lo bueno y lo malo en el obrar, Jesús responde: Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.

No puedo terminar sin evocar la imagen de Armando sentado bajo el amparo del tronco de un gran árbol, en un video documental confesional que le hiciera el cineasta Luis Alejandro Rodríguez, mientras recitaba a viva voz el poema “La mística de los árboles”. En esos días, viendo el documental, tuve un sueño que hoy mezclo con sus sentires en una correspondencia de comunión, para sentarme con él debajo del árbol y compartir el pan de la tierra y el vino de sus frutos: “Anoche soñé que era un árbol… los árboles están arraigados a la tierra, pero se mecen al ritmo de los vientos. Ellos no fuerzan nada, no obligan, no perturban. Se elevan en silencio. No andan pregonando nada ni ofreciendo en alta voz la dulzura de sus frutos. No piden ni exigen nada a cambio, ni espera que se sienten a ver sus ramas y sus flores. No importa cómo, ni por qué, pero aún a aquellos que temen o denigran de su tronco a la plena luz del mediodía, ofrecen el sosiego y la tranquilidad de su sombra.”

He aquí también pues el fruto apasionado, el reverso del fruto del árbol del bien y del mal: El fruto del Árbol de la Vida, donde al probarlo, en lugar de escindirnos, ejecutamos las bodas interiores y sagradas. Fruto que se trasforma en vino. El retorno de ese fruto original e inocente que endulza nuestra boca, para transformarse y transformarnos y que a modo de revelación evangélica Armando proclama así: el primer acto taumatúrgico de Cristo consistió en la transformación, dentro del marco de una fiesta nupcial, del agua destinada a los rituales de purificación en el vino de la alegría: finaliza la obsesión por la mancha culpábilizadora  a ser purificada mediante el rito y el sacrificio, y empieza a escucharse el e-vanggelion, es decir, la buena noticia de la ebria libertad del gozo, que nos devuelve al paladeo de la inocencia.

Edgar Vidaurre