sábado, 13 de diciembre de 2014

Aproximación a Proserpina. Texto de Anamaría Hurtado sobre el cuento de Armando Rojas Guardia.

                                                                                
“…esta sed que me constituye y me sobrepasa…”



Lo primero que me sorprende en el texto de Armando Rojas Guardia  es el  tiempo futuro que utiliza el personaje para narrar su historia. Somos colocados en el lugar de testigos de una historia que está por construirse. Esa manera de erigir un cuento desde el futuro nos ubica de inmediato en las fronteras de un tiempo que linda con lo eterno. El salir en la búsqueda de lo permanente desde lo venidero, utilizando como instrumento narrativo la posibilidad sólo reservada a los dioses de escribir el futuro, es una cualidad extraordinaria de este cuento que lo hace único. Consistencia y permanencia, de las que hablaba Heidegger: “Desde el punto en que el hombre se pone en presencia de algo permanente, puede ya comenzar a exponerse a lo tornadizo, a lo venidero…” (1). Con tal aproximación, ARG nos pone a vibrar  en una zona mítica en la cual el lector adviene expectante de una inminente epifanía. Hablo de la experiencia de un relato que  es una suerte de trinidad musical estructurada en un texto envolvente, de ritmo delirante, con tres movimientos como las sinfonías contemporáneas: El tiempo del presente que es el del ensayo donde con acierto, erudición, elegante ironía y brillo intelectual explica y comprende los avatares del discurso narrativo. El tiempo del pasado donde el que narra se conecta con experiencias sensoriales y afectivas de una profunda intensidad. Y un singularísimo y complejo  tiempo futuro que nos conecta paradójicamente con el no-tiempo o eternidad, no sólo en la manera de ser narrado sino en los acontecimientos que se van desplegando en ese ámbito cuasi irreal, - en esencia mitopoiético- que discurre a orillas del Nilo. La historia  que ARG va construyendo en futuro en el  mítico Egipto, curiosamente me evoca un relato de Borges (2) ambientado en la también mítica Inglaterra; ambos lugares, que nos son presentados por ambos escritores como fuera del tiempo y espacio reales, son el escenario donde acontece el encuentro erótico amoroso que termina fluyendo hacia los oscuros abismos del psiquismo, y que en el caso particular de Rojas Guardia lo lleva de frente a la experiencia mística. El amor físico, como gesto corporal fundamental y pleno de significaciones,  es la antesala del asombro del humano ante el misterio de la vida. 

El personaje central, que a la vez se construye y se recuerda, es Proserpina quien con su nombre nos remite  al lugar del mito, a la esfera de las más antiguas diosas de vida y muerte, y detrás de ella, o superpuestas, otras diosas arcaicas se asoman: Isis, María Lionza… En ellas aparece lo femenino como divinidad originaria, terrible y abarcante, siendo por eso mismo la que inicia, la que conduce al misterio, al hallazgo impostergable de la tierra que en su inminencia vegetal es sexo abierto a la experiencia mística como cópula con  la totalidad. Como en las antiguas civilizaciones donde la hierogamia no era todavía simbólica sino una experiencia directa de lo real, así nos presenta ARG su relación con Proserpina. “la enigmática y esbelta esposa del embajador de un país selvático…” . Pero su nombre nos anuncia que viene de un país aun más lejano y de las profundas selvas del inconsciente colectivo. La reminiscencia de la diosa que en algún momento deja de ser doncella  y deviene, tras el rapto, en reina del inframundo, nos transportará mucho más allá, donde hace su epifanía “algún dios vegetal y líquido que acaso no es otro que aquella misma agua inmemorial, la diosa fértil que alimenta al mundo y lo bautiza…”

Desde la presencia de la muerte como delicado fantasma que atraviesa el cuento, ARG apunta hacia la Zoé de los griegos: la vida perdurable, inagotable, sin caracterización, que aquéllos diferenciaban de la bios, la vida personal con rasgos propios que termina con la muerte.  Es en ese tiempo y espacio inundante y acuático donde aparece el Requiem de Fauré que sonará”transfiguradamente en medio de nosotros”. Así como Borges hace que  en su encuentro amoroso no exista entre los amantes la antigua espada de Sigurd y que en consecuencia sea posible el acto sexual, en este caso el Requiem, composición  directamente relacionada con la muerte, se coloca en el lecho amoroso como unión, como danza que los envuelve, no es espada sino rio, dios vegetal que fluye como la  vida perdurable entre los dos. Interesantísima paradoja.

En los momentos finales del cuento, ARG nos saca del tiempo del mito y nos introduce tajantemente en el tiempo real, ubicándonos en el pasado  nos traslada del Nilo ancestral al río Tuy de la hacienda familiar, de la exhuberancia fantasmal nos lanza a  la exhuberancia del recuerdo, sin embargo, en ambos lugares se hace presente la experiencia iniciática, ahora  es Justina y la opulencia lujuriosa de su sexo en los laberintos vegetales del trópico quien se constituye en afirmación de lo vital , de nuevo zoé.  Homero  utiliza como intercambiables zoé y psyché, vida y alma, y en el relato el sexo, heraldo de la vida, es la puerta de acceso a la experiencia corporal del alma…. Kerenyi, en su libro sobre Dionisios, señala que la zoé es el hilo infinito en el cual cada bios individual se ensarta como una perla, así ensarta Armando la vida de la pequeña prima núbil, bautizada en la muerte con las aguas del Tuy, en la vida infinita de aquella “esbelta y enigmática” Proserpina que transcurre en ese tiempo eterno del Nilo y en cuyo cuerpo el protagonista descubrirá extasiado la presencia de todas las diosas.

En el último párrafo ARG, sorpresivamente, nos hace caer en el presente a través de una disquisición. La explicación final que nos introduce en el ámbito del ensayo nos explica en pocas palabras todo el cuento. ¿Por qué Armando quiere ubicarnos de repente en el tiempo contundente del ensayo? ¿Por qué nos saca del lugar de las epifanías, del ámbito de los inmortales? ¿Por qué necesita al final  esta ubicación? Tal vez debajo de las grumosas capas de inconsciente personal y colectivo, hay un dolor que sólo puede ser manejable a través de la razón.  Después de la voz antigua del mito y de la voz doliente del recuerdo personal  necesita la voz del intelecto que organiza y explica cómo el cuento, a través de la Palabra, es un redentor del pasado. En este momento, Armando nos conecta con la preeminencia de lo literario, “único templo que hoy cobija a los mitos exiliados”. Pareciera decirnos que sólo la literatura permite acceder a otro ámbito donde el mito personal y el colectivo pueden coexistir y de esa manera puede llevarse a cabo una suerte de recuperación y alivio de la herida. Así es como Borges recupera a la inasible Ulrica, a través de un antiguo mito nórdico, en su único cuento de amor posible. Por su parte, ARG, en la compleja construcción de su cuento, hace que el protagonista efectúe la resolución en clave de ensayo, saltando de la ficción narrativa a la seguridad del discurso intelectual.

Para concluir, tengo que hacer notar que el lenguaje poético fluye constantemente en los tres movimientos de este extraordinario cuento sinfónico de múltiples sonoridades e instrumentos verbales, de intensa sensualidad y erotismo desbordado.  “… esta sed que me constituye y me sobrepasa…” Palabras que pone en boca de Proserpina son el lugar del encuentro con la  sed de vida perdurable, la sed del escritor místico, que por sobre todo es Armando Rojas Guardia.


1. Heidegger, Martin: Hölderlin y la Esencia de la Poesía
2. Borges, Jorge Luis: Ulrica. El libro de Arena


Anamaría Hurtado. 08-09-2014

miércoles, 16 de abril de 2014

La tierra y el amor… un acto de fe.



Me he despojado de todo para volver a ti
Hemos de palidecer bajo este sueño sobrenatural
Ayuntando con la tierra

Panayía - EV


Los antiguos griegos, los alquimistas, los místicos y últimamente algunos astrofísicos, han creído con inagotable fe, que la tierra es uno de los elementos constitutivos de la creación. Que junto con el agua, el aire, el fuego y su combinación, se logra la transformación de la formas, su integración en un todo y que a la inversa, cuando separamos los elementos constituyentes deviene la desintegración, la fragmentación.

San Pablo en su carta a los hebreos (11:3) cuando nos hablaba de la tierra, como la manifestación de lo visible, nos decía que “Por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra inefable, de modo que lo que se ve no fue hecho de cosas visibles.”…esta revelación, resuena de manera total con lo que el santo dice sobre el amor en su carta a los corintios (13:1-13) y que se puede resumir en una sola de sus frases: “el amor todo lo cree…”

El amor para mi entonces es el atributo alquímico más importante del ser humano, pues por él y en él participan todos los elementos, acrisolados por su fuerza unificadora. 

En estas crónicas sobre el amor y los elementos, que he venido escribiendo, cuando confesaba  -en un acto de fe y de amor- mi condición de náufrago venido de la tierra de la soledad a través del elemento agua, tuve la revelación de que el camino de las aguas nos conducía a la esencia…que el Agua es el camino y que su verdad es revelada en su manifestación más interna y secreta a través de los ojos de una mujer: “Es por el agua que comienza la tierra… pronto vendrían el fuego y otro viento marino de sal y de perfume de certeza. Los cuatro elementos concurriendo en la orilla de mi isla… Como toda experiencia mística, termino sucumbiendo a lo inefable, termino creyendo con fe en esa experiencia vinculante para iniciar en su sonrisa y en sus ojos el camino de retorno desde lo más esencial, lo más humilde…“

En cuanto al fuego, la visión apasionada – y de que otra forma podría ser tratándose del fuego-  me llevaba a sentir que: “Hombre afortunado yo, que desde las sombras y la soledad de mi vida ha visto surgir la más asombrosa de las revelaciones: el fuego no puede tener otro símbolo más exacto que el amor. Aunque la revelación a veces no es suficiente para creer, siempre aparecerá ella en silencio, con su sonrisa inexorable para revocar el momento de las incertidumbres: fuego encarnado capaz de quemar todas mis dudas.”

Ya sobre el aire, como elemento constitutivo del amor, entendía que éste también es vuelo, que es alado, que el ave Fénix sucumbía al fuego para resurgir sus cenizas, que devenía en ave del paraíso, para recobrar la tierra perdida, la tierra prometida… lo que me hizo declamar a los cuatro vientos que: "El amor es libertad, es la absoluta libertad... con mucha fe, me declaraba “espíritu libre”, como claro presentimiento de lo inminente. Que esa fe inquebrantable está contenida y colmada en la mirada de una mujer susurrante que me está enseñando la ruta de regreso al paraíso, que toma mi mano en un gesto de alianza infinita revirtiendo de manera total el Génesis y el drama de mi vida fragmentada en un retorno cierto y aéreo que me sumerge fecundante y ebrio en su flor más secreta…"

Ahora que hablo de la tierra, entiendo que la tierra tiene nombre de mujer, pero mi nombre también es tierra. No soy griego, alquimista, místico, astrofísico y mucho menos santo, pero como hombre y poeta sé y tengo la certeza de que la tierra es el origen y el principio, que he sido gestado y estoy transido de tierra. De ella vengo, en ella estoy y hacia ella me dirijo. Cuando lo inefable separó el Cielo de la Tierra, se reservó para sí el Cielo, pero nos dio la Tierra por heredad, la tierra mansa, iluminada, inocente, edénica, paradisíaca. Fue sin embargo al fragmentarnos, al dividirnos, al forzar nuestra integridad para entregar buena parte de la vida a la duda, a la conciencia del bien y el mal, cuando dejamos de ser, cuando dejamos de creer, cuando perdimos nuestra consistencia, cuando fuimos expulsados del centro.

En un esfuerzo por desentrañar el misterio de lo terrestre, escribí unos versos a la Panayía, (la Sacrosanta, la contenedora, la consoladora), bajo la premisa de que mi primera morada fue una mujer, que mi vínculo con la vida y con la tierra es una mujer y que mi destino también es una mujer. Mi hermana Ruth, en su infinita generosidad escribió sobre estos sentires que: “no es posible quitarle a estos versos su profunda pertenencia libre a la tierra. En cada uno de ellos se la invoca, se la seduce, se la posee sin poseerla, aún se la contiene y como si se tratara de una grandiosa amante, también se la reclama, confrontándola y haciéndole saber a cada instante que estos textos son de ella por la más libre de las elecciones: la del amor incondicionado tras larga meditación, y como en todo buen amor, posee esa cualidad de círculo que nace y se acrecienta en sí mismo, incorporando en órbitas sucesivas, aconteceres, tiempos y espacios cada vez más fértiles y abarcantes…”

Lo inefable, lo creante, nos entregó la tierra para que la amáramos en correspondencia a su infinita capacidad nutricia y de contención, siendo la manera más esplendorosa y consistente de hacerlo, el amarla en su advocación más perfecta y que se encarna en la mujer. Y es por eso que para asumir el amor, debemos desnudarnos, despojarnos de todo, que nuestro contacto sea directo, como lo hacían los antiguos sabios al caminar descalzos sobre ella. San Pablo en esa carta maravillosa que mencionamos sobre el Amor decía que "Aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de mover montañas, si no tengo amor no soy nada...” Tal vez por correspondencia implícita se podría afirmar que ese amor si no está precedido, envuelto y sucedido de fe y de certeza tampoco nos sirve de nada.

Creer en la tierra como lo visible es creer en las fuerzas que no vemos. Creer en el amor, es creer en el otro y creer en el otro es amarlo en libertad. La vivencia del amor nada tiene que ver con la posesión, la duda, la dependencia, el mero placer o el apego. El ser humano tiene los atributos de la luz y de la sombra, del bien y del mal, del cuerpo y del alma. Pero estos atributos no son excluyentes entre sí, sino conformadores de una unidad viviente, en permanente correspondencia y transformación. El hombre que no integra y no entiende que debe vivir con la integridad de todos sus atributos vivirá parcialmente, y por ende será incapaz de vivir con plenitud, de amar con plenitud. Y es el Amor lo que lo integra. Ver la tierra y creer en ella, es respetar esas leyes invisibles que la armonizan y la sostienen. Dudar de ellas la llevará a su desintegración. La relación entre la tierra y el amor es pues un acto de fe.

A lo largo de mi (ya larga) vida, la mujer -con sus equivalentes de paraíso, desterrante, orificio de fracturas, tierra, deseo santo, vida y muerte- ha sido el objeto central de mis aconteceres dolorosos o regocijantes, y aunque ella aparece como la hendidura a través de la cual vinimos del vacío primordial hacia lo contingente, es también la puerta redentora del retorno hacia la totalidad.

Por eso el amor a la tierra y a la mujer, no es un amor que se queda en lo visible. El amor como acto de fe, está más allá de la llama. No es una simple contienda entre dos sexos, en donde uno de ellos es tolerante o intolerante frente al otro. Mucho menos de una decisión sobre la supremacía, generosidad o mezquindad entre géneros. Muy por el contrario, el Amor es la firme posición ética que nos pone sin distinciones frente a frente con los orígenes, al misterio que subyace en la creación para no debatirnos en la duda. Sólo el amor nos da la certeza decisiva frente a los fenómenos de la construcción y de la destrucción, con una potencia creadora que nos trasciende y sobre la cual recae su infinito acatamiento agradecido…y en mi caso, agradecimiento a esta tierra que no sólo ha sido mi madre, sino también mi hermana, mi novia, mi amante, mi sanadora.

Tal vez para cerrar el círculo de los elementos conformadores del amor, a mi proclama de viento que hiciera para declararme “espíritu libre”, cabría añadirle una proclama de tierra en donde afirmo al tiempo que pido con toda mi fe, que mi cuerpo es mi alma y mi alma mi cuerpo. Que el amor que me rige -sin condiciones y sin dudas-, no me deje nunca fingir o vivir lo parcial. Que nunca llegue el día en que deje de ser en integridad, pues me estaré desvinculando del todo. Que lo femenino-tierra me acoja en sus infinitos caminos, que nunca deje que mi certeza y mi fe se acaben, que nunca dude de mi entrega. Que aun teniendo mis pies sobre la tierra y mis raíces más hondas arraigadas en sus sombras, ese árbol de mi vida se levante indetenible e inexorable hacia la luz para cumplir sus ciclos y ofrendar generoso sus flores y sus frutos, pero sobre todas las cosas, que jamás olvide que el amor es libertad…la absoluta libertad.