sábado, 11 de mayo de 2013

La montaña y su tiempo




Durante mi primer encuentro témporo-espacial (es decir dentro de las dimensiones de espacio y tiempo físicas y visibles) con el Maestro Jacobo Borges en una generosa noche de marzo en la ciudad de Caracas, sus palabras (apasionadas y sosegadas a un mismo tiempo) me sacaron contradictoriamente de esa determinación dimensional en la que nos movemos y duramos en términos estrictamente físicos. La tridimensionalidad espacial (ancho, alto y profundidad) y aquella otra dimensión determinada por la luz y la existencia que llamamos tiempo, se diluyeron de pronto en el punto central de lo que puedo recordar de sus palabras: “estoy tratando a la pintura como una espacie de labor arqueológica… que la memoria y la imagen se vayan plasmando desde su recorrido en capas superpuestas… que a través de un mecanismo de búsqueda se puedan encontrar las capas más profundas, o que estas aparezcan al escudriñar el cuadro  para darle sentido a todo en su conjunto…”

Con sencillez, el Maestro me contaba que está utilizando lo virtual-electrónico, los softwares y la computadora como herramientas para recomponer en una única visión integral e imperecedera, la imagen desde su origen, pasando por el recorrido hasta llegar a la forma que contiene y nos muestra en una mirada abarcante, todo ese evento existencial-emocional. Algo así como poder ver con los propios ojos, la carga emocional y espiritual que sostuvo al artista durante todo el acto de creación. En los antiguos pintores, la sucesión de las imágenes en el proceso del cuadro y sus transformaciones y transmutaciones se mantenían casi siempre inaccesibles para el observador final de la obra, pero en este caso, el proceso mismo de elaboración forma parte del evento que contemplamos, pues las capas superpuestas unas a otras, y como dijimos el proceso-recorrido, con los avatares de la creación (borrando a veces, otras volviendo a agregar) y en donde incluso, a decir del Maestro, por momentos el buscador se pierde en medio de la aventura, teniendo que apelar a guías con puntos o cotas del recorrido, como aquellos arqueólogos románticos que necesitaban anotar a través de mapas y gráficos en sus pequeños libros, todas las intuiciones que los llevaban y conducían a través de las sombras, al encuentro de aquello perdido y olvidado.

No puedo dejar de evocar entonces, la impresión de aquel trabajo del Maestro, que el mismo tituló“Aproximación del Paraíso Perdido” y que tuvo su génesis en las montañas que están al norte de la ciudad y en donde pude constatar, por el  álbum de fotos que me mostró esa misma noche la Musa del Maestro, la bellísima Diana Carvallo (o como le dicen algunos Diana la cazadora) la comunión vital de la energía que lo posee, con la energía de la Naturaleza en su aspecto eterno-dinámico de inminente eclosión.
Escuchándolo a su vez hablar de lo invisible, de lo innombrable y del Tao, y tomando en cuenta a su vez y como eco de estos sentires sobre el maestro, la trascendencia que él establece a través del símbolo de la Montaña con su connotación de estabilidad y manifestación de lo visible (necesidad implícita de contemplarla), pero que sin embargo su cima sigue apuntando hacia el cielo (necesidad implícita de ascender hasta esa cima), comprendo de manera anímica y emocional que estoy frente a un artista integrador, en donde lo invisible se hace visible, conservando al volverse materia manifestada y de manera indemne, todos sus atributos de invisibilidad.

Él me habló también de los poetas, de la palabra y de la imagen… pero la confidencia más extraordinaria que me hizo fue, la de ese impulso a avanzar aún más hacia su horizonte anímico-espiritual (yo diría también pasional) y que nunca podría resumirse y conformarse solamente dentro de los límites y los espacios visuales que nos otorgan la luz. Ya la imagen no será solamente la representación del color y la forma que surgen de la luz, sino la interacción de esa realidad luminosa con aquella otra representación que surge de la memoria y de las sombras indescriptibles del alma. Igualmente, el tiempo no será ya el tiempo físico: "la medida del movimiento o de la luz", sino que será el tiempo vivido, el tiempo recordado, el tiempo soñado… Fue allí donde me describió su necesidad de pasar a la tridimensionalidad de esas imágenes superpuestas (que hasta el momento eran linealmente bidimensionales), hacia una expresión en donde no solo se manifieste el proceso desde la imagen o visión original, sino mostrar toda las determinaciones dimensionales posibles de la dinámica transformante hasta su despliegue más allá de lo visual… es decir hasta lo inefable o indescriptible-innombrable.

Cualquiera podría decir que el Maestro Borges, siendo un artista que trabaja la luz y la forma manifestadas en un espacio visual, nos está hablando de una tridimensionalidad estrictamente espacial y física, pero viendo las obras tridimensionales frente a mis ojos, comprendí que son el alma y la memoria quienes se manifiestan con su propia determinación espacial y temporal. El alma no es algo estático, ni siquiera en estado de éxtasis…. el alma es también una experiencia, un recorrido, una búsqueda con una espacialidad y una temporalidad propia

En un ensayo que denominé auto-entrevista Hablando de poesía decía que: “… el ser humano está sujeto a la dimensión tiempo y por supuesto a la dimensión espacio. Así como no podemos separar el cuerpo del alma, tampoco podemos separar la determinación dimensional que envuelve al ser humano en su integralidad, en otras palabras, así como podemos hablar de espacios físicos y espacios anímicos, también podríamos hablar de tiempo físico y de los tiempos del alma…”

En su permanente y apasionada “Aproximación al Paraíso Perdido”, este pintor-poeta, sale en busca del origen perdido (o lo recrea en la memoria) para darle sentido al presente y constituir así una visión integral. Cuando el Maestro me hablaba de tratar la pintura como una espacie de labor arqueológica Siento que nos habla de crear una temporalidad a la inversa (es decir contra la luz) estableciendo la búsqueda en los espacios de la memoria o en lo soñado (tiempo-espacio del alma) para desenterrarlos e integrarlos a lo vivido en la luz, en la existencia entendida esta como “realidad”. Esta apertura en las miradas (la física y la del alma) revoca a su vez todas las dimensiones, para integrarla en la imagen o el símbolo. El último regalo que me dio el Maestro esa noche fue mostrarme con humildad el origen de esta búsqueda: la montaña del Ávila Caraqueño en una imagen desplegada en su propia temporalidad: “La montaña y su tiempo”.

En una pequeña charla en el Centro de Estudios Junguianos de Caracas yo expresaba mi sentir sobre este cruce de realidades para formar la imagen… “La realidad pura de la mente por una parte y los acontecimientos azarosos y externos que rigen nuestra existencia bajo la determinación dimensional de tiempo-espacio (y que llamamos REALIDAD a secas) por la otra, coincidirán en un mismo sujeto cuya mente, inicialmente en estado de pureza, se verá alterada por la representación que el mismo se vaya formando del mundo. Ese hombre capaz de integrar la realidad pura del espíritu con la realidad vivida, sensible y perceptible, o en otras palabras, ese hombre capaz de llevar la visión de su mundo anímico más allá de la simple realidad, trasponiendo el azar, el tiempo y el espacio convencional, será el poeta, quien logrará dicha integración mediante la imagen. Algo así como un soñante con los ojos abiertos…”

Aunque lo anterior en ese momento de la charla era un sentir muy auténtico de mi parte, confieso que me faltaba algo… una evidencia, una manifestación tangible de que esa integración era a su vez imaginable y visible. Esa misma noche en la que tuve el privilegio de dialogar con el Maestro Borges, obtuve asombrosa y contundentemente esa evidencia. A su vez, esa misma noche soñé de manera muy intensa con sus cuadros tridimensionales, es decir soñé con lo vivido, con lo visto a través de los ojos del cuerpo, y confieso que el sueño se parecía mucho a esa montaña que pintó el Maestro desplegando sus realidades en su propia temporalidad… soñé a su vez con el origen mi sueño cuando hace mucho tiempo escribí este poema que ahora con humildad y en un gesto de correspondencia poética le regalo al Maestro: “Era larga la búsqueda y la había perdido tres veces. Próximo al misterio, cierto de no poder descifrarlo, su cercanía empavorece. Aun así, yo arrojo mi canto hacia una montaña oscura. A veces, en medio de la sombra se aparecía: “No te prometí verdad ni permanencia, sólo agua para tu sed”. Debía decirle que estaba cansado, que la sed de formas era sólo eso: sed. Que parecía no existir, que su imagen en mi sueño se derrumbaba. Pero el canto se fue volviendo montaña. Ella me hizo; fabricadora de tiempos. Yo la trasciendo en una lengua delirante. Diálogo apasionado entre un hombre y su montaña”


Edgar Vidaurre
Caracas, marzo de 2012