sábado, 9 de octubre de 2010

La Belleza en sí misma. La belleza abstracta… Platón y la belleza ideal


“No hace falta adornar la apariencia para convocar la belleza, en todo caso lo que haría falta es liberar al paisaje de nosotros mismos.”

CG Jung

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era bella y buena… separó entonces Dios la luz de la oscuridad”

Capítulo 1 del Génesis


Primera charla: La Belleza en sí misma. La belleza abstracta… Platón y la belleza ideal.

Que es La Belleza?… existe La Belleza?... La Belleza es un ente, una realidad?... o por el contrario, es un ideal, un desplazamiento y un reflejo en lo concreto de nuestra necesidad mental de perfección?…

Es La Belleza el resultado de la interacción entre la forma, lo visible, lo audible, lo perceptible y la psique del ser humano?... será La Belleza solamente un atributo de la apariencia visible de la materia y que le otorga subjetivamente el observante, o será más bien un reflejo, una imagen concreta de esa otra belleza invisible a los ojos?

Se puede hablar de La Belleza por sí misma como esencia ontológica independiente, como abstracción, o por el contrario es La Belleza un fenómeno existencial y vivencial con múltiples determinaciones, en definitiva: una experiencia? De ser una experiencia, será una experiencia de orden estrictamente psicológico?...

De tener La Belleza una naturaleza puramente psíquica, tendría los atributos de los arquetipos que constituyen lo que Jung llamó El Inconsciente Colectivo, o podríamos decir que La Belleza es absolutamente subjetiva y por ende perteneciente exclusivamente a la psique individual (por ende con un marcado carácter relativo) de cada ser humano?

Por otro lado, sea lo que fuere La Belleza, estará ésta vinculada solamente con nuestra capacidad sensible de percibir a través de nuestros sentidos biológicos (vista, oído, gusto, olfato y tacto) o también estará vinculada con nuestra capacidad inteligible de percibir aquello que está más allá de lo meramente físico?

Está La Belleza ligada a la luz como fenómeno develador o manifestante de las formas y al sonido como fenómeno develador de la vibración de la creación, o también puede hablarse La Belleza de la sombra, del vacío, del caos?... es La Belleza el resultado del proceso creador del mundo?… solo podemos hablar de belleza en función de la materia o podemos sentir e intuir que existe también la belleza en potencia o la belleza de la energía, de la vibración, del espíritu creador que genera y produce la eclosión de las formas?...

Puede el hombre a su vez generar y crear belleza?... cuál es entonces la modalidad del lenguaje humano que puede traducir La Belleza y expresarla precisamente en términos humanos?... es entonces la belleza el objetivo que ha venido buscado el ser humano en su necesidad de recrear por sí mismo al mundo a través del arte? La Belleza solo se refiere al arte, al fenómeno artístico?... La Belleza es entonces inmanente al sujeto observante y contemplante, o por el contrario es el orden universal y trascendente que penetra todas las formas? Está por ello el ser humano incluído en la belleza del mundo en su conjunto o Pankalía?…

Es La Belleza un sinónimo del bien, y en este caso su opuesto es la fealdad y el mal?... se podría decir que La Belleza es el atributo de lo bueno? O por otro lado se podría decir que La Belleza es a su vez un atributo del amor o la cualidad más significativa de la fuerza amorosa e integradora?... es La Belleza un sinónimo de verdad?... de ser así sería La Belleza una verdad que solamente expresa una parcialidad relativa y variable o por el contrario, La Belleza es una verdad que expresa una sumatoria integradora y abarcante?...

Todas esta preguntas, han inquietado al hombre desde su necesidad racional de explicarse el mundo, pero sobretodo y también, lo han conmovido y asombrado desde sus atributos emocionales, anímicos y espirituales. Pero con seguridad la única respuesta y la síntesis para tantos interrogantes sea una sola y precisamente esa: La Belleza.

Aunque ya antes Pitágoras había medido y mensurado La Belleza de las formas (estableciendo que todo es número), descubriendo y revelando las nociones de la proporción y la armonía, es Platón quien despoja y libera a La Belleza del límite exacto con que la somete la dimensión espacial de la luz, de lo visual o auditivo perceptible a través de los sentidos, para ir más allá de la medida y la proporción de las cosas, y darnos así, una visión más metafísica, mística y poética de la belleza desde lo invisible y oscuro.

Este juego de luces y de sombras y el proceso que se constituye a través de las esencias ideales y las formas que las reflejan cuando son traspasadas y arrojadas ante nuestros ojos como una sombra, es visionado por Platón como un suceso único, abarcante, absolutamente dependiente y comunicado entre sí. Podríamos asimilarlo plenamente al ciclo infinito de la creación y el paso de la potencia a la materia, del caos a la forma, de la sombra a la luz, de lo invisible a lo visible.

Lo que vemos inicialmente (o ilusoriamente) no es La Belleza de manera directa, si no su reflejo o “su Resplandor” en las formas… apenas su sombra proyectada a través de nuestros órganos sensibles, en la pantalla emocional de nuestra psique o alma.

En realidad siento que Platón nos habla de lo visible como una ilusión, como un efecto óptico-lumínico que no nos aporta de manera directa los datos puros de lo que él llama los trascendentales (los atributos del Ser Verdadero), mientras que La Belleza y La Verdad nunca podrán ser asimilados o aprehendidos por estar en la dimensión de lo ininteligible… más allá de la razón o del intelecto. En todo caso, la belleza podrá ser asimilada por el hombre, solamente a través del asombro y del éxtasis que nos provoca el esplendor de esa luz que surge en medio de las sombras.

Para Platón, La Belleza es el único de los trascendentales (trascendentales entendidos como los atributos del SER, como la verdad, la sabiduría) que tiene imágenes visibles en la formas que surgen del proceso creador. En otras palabras, entendemos que según Platón, las formas visibles y/o percibibles (sonido, olor, sabor, tacto), no participan o no contienen los atributos puros del SER Verdadero a excepción de la belleza de cuyo atributo si participan todas las formas creadas. Es decir que en lo bello, la creación entera participa de manera directa con lo creante.

Es a través de La Belleza que se manifiesta la unión entre el Ser Verdadero y el mundo visible de las formas creadas. Tal vez podríamos decir que, precisamente todo el proceso entero de la creación que va desde lo creante-puro hasta su emanación en la multiplicidad de las formas (incluida la vibración que las sostiene), es lo que, cuando podemos percibirlo a través del resplandor, llamamos Belleza.

Por otra parte, tal vez el error fundamental que ha venido cometiendo el pensamiento occidental con respecto a esta visión abarcante de Platón, es el de pretender que existe una separación entre el hombre y el Ser Verdadero o lo creante por un lado y entre ese mismo hombre y el resto de la creación por otro. El mundo verdadero, trascendente, abstracto o ideal que Plantea Platón es un mundo absolutamente interconectado con el despliegue de formas concretas que surgen de lo creante, mundo concreto y visible que a su vez está también absolutamente interconectado con sus orígenes, con su sustancia generatriz. Y bajo esta concepción abarcante, el hombre está involucrado de manera total con estos procesos de la creación, pues es permanentemente penetrado por el Ser creante y a su vez forma parte integral de toda la creación.

Cuando Platón nos dice que La Belleza tiene una existencia autónoma a su manifestación expresada en la apariencia de las formas, y que por tanto no es un atributo particular de los objetos sensibles sino que “resplandece en todas partes”, no nos está diciendo que no hay vínculo entre La Belleza y las formas, sino todo lo contrario: hay un vínculo absoluto y único entre La Belleza como entidad existente por sí misma y las formas creadas, y ese vínculo es precisamente el resplandor o el esplendor de esa Belleza que se esparce en todas partes.

He aquí pues, según el modo griego de asombrarse para darle sentido y correspondencia a ese juego de luz y sombra en que se desenvuelve todo el proceso de creación, lo que se ha venido llamando Lo Apolíneo y Lo Dionisíaco. Esas dos tendencias que rigen el alma, en realidad no son tendencias si no instancias de un proceso único de transformación permanente. En el muro derecho del templo de Delfos (que se encuentra bajo la protección del dios Apolo) está escrito: lo más exacto es lo más bello. Por su parte en muro izquierdo del mismo templo, encontramos el rostro oscuro y misterioso de Dionisio sin inscripción o regla alguna que lo circunde o limite.

De esta manera, La Belleza que emerge de la luz, viene y se conforma desde la sombra (esa oscura belleza). La apacible y serena armonía de la proporción que ocupa el espacio que vemos, es una resurgencia de las fuerzas oscuras y apasionadas cuya expresión ocupa y se desarrolla en los espacios de la psique o del alma. Tal vez por ello podríamos decir que para Platón, La Belleza es la manifestación en lo visible (y/o perceptible por los sentidos), de ese vínculo entre el Ser Verdadero y el mundo creado de las formas, vínculo al que no si no llamamos fuerza amorosa o integradora (o Amor a secas) no sabríamos que nombre darle. Igualmente la Belleza, al ser uno de los atributos del Ser Verdadero o Creante, y precisamente aquel del que participan las formas creadas bajo ese orden amoroso, es absolutamente asimilable a la Verdad como elemento y atributo trascendental de ese Ser Verdadero, de cuya emanación (o psique) provienen y devienen incesantemente.

En el prólogo del libro El silencio del árbol de la poeta Maite Ayala sentíamos qué la verdad no podía ser otra cosa si no La Belleza...“La luz y la belleza son reflejos de la verdad. El amor terreno encendido por la belleza mundana es el primer peldaño en el camino ascendente que lleva al alma a la contemplación de la belleza como tal, que no es otra cosa que la verdad. La belleza pertenece al mundo de las ideas y es a partir de ellas que el hombre crea el mundo real". Platón, aquí nos habla de que únicamente La Belleza en todo su esplendor y el amor que suscita en el hombre, es el punto de partida, el punto de retorno posible para el recuerdo y la contemplación de la sustancia ideal y por ende de la verdad.

La identificación posterior de la verdad con la belleza, ya en pleno Romanticismo, nos la entrega Hegel cuando afirma que: Belleza y verdad son la misma cosa y sólo se distinguen porque la verdad es la manifestación objetiva y universal de la idea, en tanto que lo bello es su manifestación sensible. Fue sin embargo San Agustín, quien de una manera arrebatada nos reafirma que ante la belleza –que sólo pude venir de Dios- se redimen y purifican todos los aspectos contradictorios del hombre. En esa hondura angustiada entre la consciencia de la culpa, del pecado y el anhelo clamoroso hacia Dios, surge la belleza para salvar al hombre: amaba esa “otra belleza” de las cosas mundanas, y luego iba a lo profundo y decía a mis amigos ¿acaso amamos algo sino lo bello?...Di te lo ruego, ¿podemos amar algo que no sea lo bello?...tarde te amé, belleza tan antigua como nueva…tarde te amé…(Confesiones IV, 13).

La creación en todo su proceso que va desde la voluntad creadora del Ser, a la aparición de las formas, es precisamente emanación pura, vibración transformadora cuya energía tiene, (y así podríamos verla), un naturaleza psíquica, es decir, la parte física y concreta de la creación es apenas una instancia dentro de la infinita dinámica en que se despliega el proceso desdoblante y multiplicador del Ser. En otras palabras la potencia creadora capaz de provocar el incesante devenir de la potencia a la materia y viceversa, es de naturaleza psíquica, de la cual participa el ser humano de una manera especial y privilegiada. De hecho, el proceso de alquimia espiritual que es capaz de llevar al ser humano desde un principio instintivo y animal a consustanciarse con al espíritu puro, es absolutamente un proceso psíquico, cuya dinámica también consiste en ese paso incesante de correspondencias entre las sombras a la luz, o como diría el Maestro Jung, la auto-realización del inconsciente.

Esta visión abarcante e indisoluble de la belleza-amor-verdad que resplandece como el fulgor de la creación, tiene su expresión contemporánea y a la vez perenne, en este párrafo del Maestro Jung cuando nos dice que: “La belleza y la verdad como atributos de la fuerza amorosa se pone de manifiesto tanto más plenamente cuanto mayor cantidad de instinto sea capaz de contener. Pero cuanto más sofoque el instinto al amor más sale a la luz el animal. El amor se revela empíricamente como la fuerza del destino por excelencia, tanto si aparece como vulgar concupiscencia o como la afección más espiritual. Es uno de los móviles más poderosos en los asuntos humanos. Cuando se lo considera “divino”, entonces esta denominación se le aplica con todo derecho, pues a lo más poderoso en la psique se le llamó desde siempre “Dios”. Siempre y en todas partes se llamó divino a lo que posee la máxima potencia psíquica. Sin embargo, Dios siempre es contrapuesto a las personas y se lo diferencia expresamente de ellas. El amor, con todo, es algo común a ambas partes. Este mundo solamente es vacío para aquel que no sabe dirigir su libido a las cosas y personas para hacerlas vivas y bellas. Solamente la resistencia que su no-querer opone al querer produce esa regresión que puede convertirse en el punto de partida de un trastorno psíquico. El problema del amor pertenece a los grandes padecimientos de la humanidad, y nadie debería avergonzarse del hecho de tener que pagar su tributo.”

Edgar Vidaurre