sábado, 28 de febrero de 2009

Viajes en la noche...de Aladar Temeshy


Jung nos decía que desde el punto de vista anímico y espiritual, “El Viaje” no es la simple traslación física en la dimensión espacial, sino la suma de tensiones que genera la búsqueda y la experiencia que surge de esas tensiones. Vivir pues intensamente y desplazarnos anímicamente hacia lo desconocido (pero intuido y vislumbrado) es un equivalente espiritual y simbólico del viaje. Es ese anhelo que nunca encuentra el objeto anhelado pues según Jung, ese objeto no es otra cosa que el hallazgo de la madre perdida. En este caso, la madre simboliza tanto la vida como la muerte… lo materno-contenedor nos lleva a la luz e iniciamos el viaje como un evento de desprendimiento, para luego iniciar el retorno al origen, por lo que el viaje esencial en todo caso, no es nunca una huida, si no una evolución cuyo destino es reconocer finalmente el sentido del ciclo vida-muerte. Así lo entienden los chamanes e iniciados cuando en sus ritos de iniciación toman siempre el viaje como símbolo de la travesía continua del ánima desde el inconsciente hasta luz y su retorno nuevamente a ese inconsciente o madre, a través de dolor, el sueño y el éxtasis. En todo caso la vida es ese viaje cuando efectivamente hemos vivido… viaje que nos llevará más allá de nuestra propia vida hacia otras clases de entendimiento que sólo empezamos a atravesar literalmente cuando atravesamos la muerte.

Cuando la simbología del viaje se une a la de la noche, vale decir “EL viaje Nocturno”, queda aún más patente el significado de esa travesía o búsqueda del origen… de la madre perdida, siendo que esta unión de la oscuridad con las aguas insondables, nos simbolizan (además de la mater genaratrix), al incosciente y a la muerte. No como la nulidad total o la nada, sino como el reverso de la vida, en donde están los miedos latentes, los demonios dormidos, nuestra propia oscuridad cerrada. Según el Maestro Cirlot, el Viaje Nocturno tiene exactamente ese significado: el viaje en sentido inverso, el momento en que el sol durante la noche atraviesa los abismos inferiores en una especie de muerte y su posterior resurrección. En el caso del viaje del héroe además, este lo hacia en una barca cerrada o en un arca que simbolizaba a su vez el vientre materno. Agregaba Cirlot que la salida del viaje expresa el momento de la resurrección y la superación de la muerte (también la salida del sueño, la salida del dolor y de la enfermedad).

En el caso de este libro-viaje, (además del proceso estético-literario que se constituye), es este sentir, esta búsqueda (y el encuentro), lo que nos conmueve profundamente. Ya desde el epígrafe de Cormac McCarthy: Voy a morir…dime tú como debo hacerlo, y a través de las doce estaciones de tránsito unidas a la referencia de las estaciones de la luz, nos encontramos de manera rigurosa con el ritual que se deriva de este reconocimiento, de esta verdad que se manifiesta con la cercanía de la muerte y todo lo que ella implica si ese encuentro nos lleva a entender el ciclo total vida-muerte-resurrección. La enfermedad, el dolor, la morfina, la fiebre, el miedo, el sueño, la madrugada, la nada, el anhelo del retorno a la casa, la estación final, el invierno, el otoño, la última dignidad, la caída de las hojas, el encuentro, el último baile, el después y finalmente la salida, nos establecen con una secuencia pasmosa y plena de esa otra lucidez del inconsciente –además de una profunda valentía-, la crónica espiritual de ese viaje único, irrepetible e ineludible.

De manera asombrosa evocamos el mito maori del héroe que como estrategia para vencer a la “Madre de la Noche” utiliza la simbología del regreso a la matriz, pues este se introduce en el cuerpo de la noche por el mismo pasadizo por el que dejó el cuerpo de la madre cuando nació. Este misterio, este anhelo solo se explica a través de la sensación que nos sobrecoge al identificar a ese primer lugar intemporal del que emergemos al nacer, con la inmortalidad que anhelamos tras la muerte. En el caso del héroe del mito, el anhelo de inmortalidad es también el anhelo de regresar a la matriz, pues aunque en principio lo que busque a través de esa travesía o viaje es esa inmortalidad, lo que verdaderamente desea es la muerte, para revivir estáticamente, en la calma y la placidez que produce el estar en las aguas de la matriz.

Si leemos con el alma la secuencia de este libro-viaje encontraremos como dije, el ritual completo y riguroso de este proceso de comprensión total…en donde el poeta “parte de noche” en ese tren cuya estación inicial es la manifestación final de la vida a través de la muerte. Viaje que se produce desde la simbología de la vida universal que se impone con todo su poder implacable y su principio cósmico impersonal, ese destino que se parece tanto a ese tren que nos lleva entre ruedas y rieles infinitos por una dirección que nos trasciende y nos rebasa todos los anhelos… viaje que nos lleva por los túneles de la soledad empujados por la enfermedad, la fiebre, el dolor (y según la propia confesión del poeta inducido por la morfina) hacia la profundidad de ese inconsciente donde aún están los miedos, el sueño, la nada.

…alguien habla en el silencio desconocido,
en las bóvedas de la matriz, en la noche
cómodo, caliente cubierto todo con una nube
cuadrada, incomprensible, demente
que no la veo, ya no hay nada que ver
la nube morada va a desaparecer
¿quién habla? La noche susurra la palabra
y el cuarto de luna me lleva por el lago
nos hundimos lento, dentro en el barro
milagro, canto, cuento, abracadabra.

Nos dice el pasajero-poeta en la estación de la fiebre que lo llevará de manera inexorable al encuentro de ese niño agazapado en la oscura soledad y exclamar: tengo seis años y conozco las mayúsculas…ángel de la guarda, ayúdame por favor!

Pero sin lugar a dudas será en la décima estación (siempre es la décima estación) la del retorno a la casa-madre en donde se reafirma el sentido del viaje:

Quiero irme a mi casa
al anaquel de los jabones
tocar las teclas del piano
sentarme en la silla roja
y quedarme con el libro
el buen Testamento
del maestro Villón

quiero irme a mi casa
para hablar con la perra
y esperar que la trepadora
teja su verde muerte
sobre las paredes
de mi casa de siempre
a dónde quiero ir contigo
para terminar el tiempo
viendo las grises lluvias
y escuchar el viento
ver en la ventana de la sala
como la trinitaria abraza
la reja con su carmesí
quiero irme a mi casa
donde en cada rincón
se mueven los recuerdos
olvidadas penas
y fiestas navideñas
quiero irme a esta casa
donde tocabas el piano
donde las paredes blancas
cerraban nuestro mundo
de largas noches cantadas
y largos mullidos silencio

Quiero irme a mi casa
!

Todo el poemario está lleno de las reafirmaciones de ese anhelo, especialmente y de manera conmovedora la referencia directa del pequeño pasajero encarnado en este caso por el Rey Wenzeslav que se lamenta nostálgicamente de no habitar más su palacio transparente, de las puertas abiertas de su pecera, del torrente de aguas derramadas y de sus vidrios rotos, como ese niño que nace a la vida desprendido de las aguas matricias y tranquilas… Wencezlav mi rey inventado, la pecera no tiene puerta por donde salir y no importa, fue otra promesa rota, ahora no tienes palacio redondo, ni corona ni manto flavo…Wencezlav mi pez dorado.

El cuervo igualmente como símbolo asociado a las ideas de principio, al nigredo o estado primordial (noche materna, tinieblas primigenias, tierra fecundante) de gran poder cósmico que vincula al cielo y a la tierra y el tránsito entre los mundos, de videncia o poder contemplador de verdades que sólo se manifiestan a nuestros estados especiales de conciencia. Pero el hito de este drama, de este viaje está en la estación final: Vengo a tu noche, por la orilla de los años, por el ocre otoño, con el viento llorando…vengo a tu noche, para guindar una estrella, en el patio de tu querer, para sanar las heridas…vengo a tu noche, para quedarme en ti, viajero cansado, de la vía láctea.

Como hemos dicho, este pasajero-poeta cumple con rigurosidad el ritual eterno y cíclico del viaje, recubierto y revestido con el color que le otorga la última dignidad, meciéndose con el cosmos al compás de la última gavota, para entender El Después, la Resurrección y La Salida donde todo comienza y todo termina: el otoño, la noche, los largos caminos, lo lejos de otros lagos, la sombra de los siglos de muchos caminos, los ojos de Caín en su quimera por la muerte de la cabra, el secreto de la rendición del amargo vino, las promesas perdidas de los justos cantores y sabios doctores, dejando la noche y el otoño como una mancha de nieve sobre la mesa de la tierra eterna, para cerrar los ojos y entender y repetir con valentía junto a él: Ave Cesar los que vamos a morir te saludamos!…

Edgar Vidaurre

1 comentario:

Milagro Haack dijo...

Edgar gracias por esta gran lectura
Un gran abrazo amigo siempre Apolo